LAS MUJERES DOMINICAS
EN EL MUNDO DE HOYMary O'Driscoll O.P.
Una historia cuenta que cuando un famoso Rabbi Hasidico, de nombre Susya, estaba a punto de morir, dijo a los que estaban a su alrededor: "Cuando llegue al cielo ellos no me preguntarán, ¿Por qué no fuiste Moisés? sino ¿Por qué no fuiste Susya?" Hay algo en esta anécdota para todas nosotras, individualmente y colectivamente. A mí, por ejemplo, no se me preguntará, ¿Por qué no fuiste Catalina de Siena? sino ¿Por qué no fuiste Mary?'. Y a todas nosotras, Hermanas, se nos preguntará, no por qué no fueron Carmelitas o solitarias en el desierto Egipcio, o madres de familia numerosa?' sino ¿Por qué no fueron mujeres Dominicas? - porque eso es lo que hemos sido llamadas a ser.
La historia acerca de Rabbi Susya me recuerda que al final solo se nos pedirá que respondamos acerca de haber logrado o no, ser lo que fuimos llamadas a ser. Me gustaría reflexionar sobre lo que significa el llamado a ser y a convertirnos en mujeres Dominicas en un mundo del siglo XX y en una Iglesia del siglo XX.
EL LLAMADO A LA PREDICACION
No hay ninguna duda que de que el llamado a ser una Dominica es un llamado a seruna predicadora. Las Constituciones Primitivas de la Orden nos dicen: "Esta Orden fue fundada para predicar el Evangelio", y el Documento de Bologna redactado unos pocos años atrás para toda la Familía Dominicana nos recuerda que "Nuestra misión particular es la proclamación de la Palabra de Dios". Las recientes declaraciones sobre las Prioridades Apostólicas de la Orden nos llaman a estar atentas constantemente al hecho de que Para nosotras las Dominicas la "prioridad de todas las prioridades" es predicar. Pertenecer a la Orden de Predicadores y no ser un predicador es por lo tanto una situación insostenible.
¿Qué es, entonces, una predicadora?. Se pued dar muchas respuestas a esta pregunta. la que prefiero es 1a que describe a tina predicadora como alguien que sabe que le ha sido confiada la Palabra de Dios para los demás: alguien que siente urgencia por decir la palabra de la verdad, el amor, la misericordia y la justicia que ella misma ha recibido de Dios en Cristo Jesús. Alguien que, como Pablo, sabe que no debe negarse a proclamarla, aún cuando ella se sienta incapaz o pecadora. Domingo fue un predicador, Catalina fue predicadora, como también Vincente Ferrer, Fray Angélico, Bartolomé de Las Casas, Savonarola, Rosa de Lima, Henri Lacordaire, Catherine Sanzo de China, Margaret Hallahan, Louis Joseph Lebret y otros innumerables en nuestra historia dominicana. ¿Somos nosotras predicadoras? ¿Tenemos nosotras el mismo ardor y deseo compulsivo que tuvieron ellos para compartir con los demás la Buena Noticia que nos ha sido confiada?. Si no lo tenemos, las letras "O, P" detrás de nuestro nombre no responden a la realidad, son una burla.
Por supuesto, necesitamos recordar que la Palabra de Dios puede ser predicada de mil maneras distintas. A menudo cuando ustedes mencionan la palabra predicación, algunas personas inmediatamente piensan en un púlpito u otro lugar formal. Pero la Palabra de Dios puede proclamarse en cualquier parte donde la gente se reuna y aún hasta donde haya una sola persona. El capellán del hospital puede ser un predicador. También el maestro y el profesor secundario, el director de retiros, el animador en la comunidad, el que trabaja en la pastoral, el cocinero, el que visita las cárceles, el escritor, el artista, el jubilado y la Hermana enferma. Vicente de Couesnongle, el último Maestro de la Orden, nos recuerda que el púlpito no es a menudo el mejor lugar para predicar el Evangelio. Siempre estaba diciendo a sus hermanos dominicos que ellos necesitaban buscar nuevos lugares de predicación porque no pueden estar contentos al "predicar solamente desde un púlpito dentro de una Iglesia".
Aunque podamos entristecemos de que como mujeres, pertenecientes a los no-ordenados en la iglesia, se nos niegue jurídicamente el derecho a predicar en el contexto de la celebración Eucarística y haber tenido consecuentemente que encontrar nuestros lugares de predicación fuera del edificio de una Iglesia, podemos estar felices al saber que a causa de esto hemos aprendido a ser flexibles y creativas en nuestra predicación. Este siempre ha sido el caso de las mujeres en la Orden. Piensen, por ejemplo, en Catalina de Siena. Si alguna vez hubo alguien que experimentó la urgencia de predicar el Evangelio, ésta fue Catalina. Si alguna vez hubo una mujer que estaba atenta a los nuevos lugares de predicación, fue ella. Un escritor la describe como siempre de "alcance máximo".
Sabiendo que la Palabra de Dios, de amor y verdad, le había sido confiada a ella para los demás, la predicaba en cualquier parte y en todos los lugares que podía: a Nicholas en su celda de la prisión esperando ser ejecutado; al Papa Gregorio XI en Avignon, demasiado tímido para volver a Roma; a Palmira en su lecho de muerte rechazando todos los ofrecimientos de reconciliación; a John Hawkwood, soldado mercenario inglés que buscaba otra batalla para pelear.
Pero Catalina no fue la única mujer Domínica en nuestra historia con el carisma de predicar de nuevas maneras y en nuevos lugares, mas bien, esto ha sido característico de muchas de nuestras mujeres. A través de nuestra historia me ha deleitado descubrir nombre tras nombre de mujeres entusiastas en cada siglo desde el comienzo de la Orden quienes en respuesta a las necesidades concretas de sus contemporáneos, particularmente los pobres y los marginados, fueron movidas a salir para compartir con ellos la Buena Noticia del amor de Dios. Y me parece a míque a causa de que estas mujeres eran libres de status clerical en la iglesia ellas podían a menudo expresar, más libremente y creativamente que sus hermanos, la misión de la Orden de predicar el Evangelio.Como ellas, nosotras también nos encontramos en mejor situación para responder al llamado de la Orden a estar siempre alertas a los nuevos y relevantes lugares de predicación.
Hoy cuando buscamos relevantes lugares de predicación hacemos lo que siempre se ha hecho en los mejores momentos de predicación en la Orden, a saber: buscarlos en el contexto del mundo real en el cual vivimos. El mundo de hoy es un mundo en el que hay una creciente explotación del pobre por parte del rico, en el que el hambre se íncrementa en forma alarmante, en el cual la crisis del exilio está afectando a millones, en el que hay un resurgimiento vicioso del racismo y una amplia erosión de los derechos humanos. Es un mundo en el cual somos testigos de un abuso rapaz de los recursos de la tierra y un crecimiento global en el fanatismo religioso; un mundo en que gran número de gente joven en todos los países son drogadictos, sin empleo y sin esperanza. Este mundo angustiado de la última parte del siglo veinte es el mundo que provee el contexto y la agenda para nuestra predicación Dominicana.
MUJERES PREDICADORAS
¿Se nota alguna diferencia en la tarea de predicar el Evangelio cuando lo hace una mujer y no un hombre? Pienso que sí. Al hacer esta afirmación por supuesto reconozco que mucho de lo que denominamos experiencia femenina, mucho de lo que involucra "Ser-mujer" en nuestra sociedad no es intrínseco sino que ha sido adquirido a través de un largo proceso de acondicionamiento. Se sabe generalmente que aparte de diferencias puramente biológicas entre los sexos, la mayoría, si no todas, de las otras diferencias son relativas a una cultura dada. No obstante, sin entrar en la materia, pienso que todas estaríamos de acuerdo que, la cualidad de "ser-mujer" le da un color especial a la existencia de una persona, y que consecuentemente el "Ser-mujer" le da un color especial al ser Dominica, como obviamente, "ser varón" le da un color especial al ser Dominico. Se que es difícil señalar con exactitud qué es este color especial, aunque pienso que todas somos conscientes de que hay una diferencia entre la manera en que una mujer proclama y revela la Palabra de Dios y el modo en que un varón lo hace, no necesariamente mejor, ni peor, sino diferente. Piensen por ejemplo en la diferencia entre la predicación de Domingo y Catalina. Cuando una mujer Dominica proclama la Palabra, si es fiel y verdadera, debe hacerlo desde su propia experiencia de cómo ilumina la condición humana y desde su experiencia femenina de la condición humana.
Tendremos esto presente cuando pensamos en lo que significa para nosotras ser predicadoras Dominicas en el mundo de hoy.
No obstante, no alcanza con pertenecer a la Orden de Santo Domingo para ser auténticos predicadores. Hay dos criterios que son esenciales si queremos proclamar válidamente el Evangelio, hoy. Estos dos criterios que se encamaban en la propia vida de Domingo y en la vida de sus primeros compañeros predicadores, varones y mujeres, son : un estilo de vida evangélico y una conciencia teológica.
Recuerdan que cuando Domingo, en respuesta a las apremiantes necesidades de su época decidió no volver a España para continuar su vida como canónigo Agustino, optó por permanecer en el sur de Francia y convertirse en predicador de la Verdad y el Amorde Dios. Con su Obispo Diego, se dio cuenta de que la condición más importante para una predicación efectiva en esa región deprimida y sumergida en la herejía, era un estilo de vida Evangélico. Sabía que, solamente tendría derecho a predicar el Evangelio si primeramente lo vivía. Por eso hizo una elección muy consciente en favor de una vida evangélica sencilla. Esa elección clave y la consecuente vivencia de ella por parte de Domingo y de quienes lo seguían, ha dado forma para siempre a la comprensión dominicana de la predicación. A traves de esto, Domingo ha demostrado que el contexto esencial para la predicación Evangélica es la vivencia evangélica a imitación de Cristo, el predicador por excelencia. Edward Schillebeeckx, de acuerdo con esto ha señalado muy bien que "la fidelidad a la praxis de vida de Jesús mismo" es precisamente "fundarnento de una proclamación del Evangelio llena del Espíritu" pues es sólo a la luz de la experiencia evangélica que cualquier cristiano tiene derecho a proclamar la Buena Noticia.
Como Domingo bien sabía que esto era verdad, también nosotras reconocemos desde muy adentro, lo mismo, aunque la Ley Canónica establezca otros criterios más externos para la predicación oficial en la Iglesia. Yo sugeriría, por lo tanto, ya que como mujeres estamos siendo llamadas de una nueva manera en nuestro tiempo a ser predicadoras Dominicas que no debemos titubear en hacemos la pregunta desafiante: ¿Cumplimos el criterio Más importante para una válida predicación llena del Espíritu en la Iglesia? ¿ Nuestro estilo de vida es evangélico?.
Tomando a Jesús como modelo según se presenta en los Evangelios, descubrimos que un estilo de vida evangélica tiene tres dimensiones esenciales. Es una vida de simplicidad, de compasión y de disponibilidad. Reflexionemos sobre estas tres dimensiones en la medida en que se relacionan con nuestra vocación Dominicana.
LA SENCILLEZ
Cuando hablarnos de una vida sencilla tenemos en mente una vida libre de cosas superfluas de cualquier clase. Cuando Domingo decidió permanecer en Francia y dedicar su vida a la predicación del Evangelio, se dio cuenta rápidamente de que la razón por la cual los abades Cistercenses, que habían estado trabajando en la zona durante algún tiempo, no habían logrado nada, era su modo lujoso de vida. Jordán de Sajonia nos cuenta que estos abades tenían una "enorme cantidad de provisiones, caballos y vestimenta. "Esto era motivo de escándalo para los pobladores locales que observaban cómo vivían humildemente los herejes Albigenses. Una de las primeras acciones de Domingo, por eso, fue deshacerse de sus caballos y otras posesiones innecesarias y así poder vivir pobremente.
Desde ese momento en adelante la pobreza evagélica ha estado íntimamente conectada con la predicación evangélica en la comprensión dominicana de la misión. "Predicación en la pobreza" es como fue descripta la tarea de la Orden en la Bula Papal de aprobación. Nuestra pobreza, consecuentemente, es para bien de nuestra predicación y nunca es un fín en sí. Al escribir esta condición en las Constituciones Primitivas, Domingo se inspiró en el Capítulo diez del Evangelio de Mateo, donde Jesús al enviar a sus discípulos a anunciar la Buena Noticia de ciudad en ciudad, les dice que no lleven con ellos nada más que lo esencial..
Todas sabemos cuánto el equipaje puede pesarnos e impedirnos el movemos de un lugar a otro. Estar libre de todo equipaje innecesario (lo que es una manera de describir la pobreza) debe ser por lo tanto una característica de la predicadora Dominica. Santo Tomás ha definido la vida de un predicador como una vida en la cual se abandona todo para ir par todo el mundo anunciando y predicando el Evangelio.
Me parece que si las dominicas hemos vivido menos pobremente a veces, es justamente porque la pobreza en nuestra Orden nunca ha sido valorizada en sí sino como un medio para la predicación efectiva, y si en el pasado la conexión entre pobreza y predicación no se ha acentuado en nosotras, podíamos haber perdido de vista lo fundamental de la pobreza dominicana. Ahora, entonces, al tomar conciencia de que somos llamadas a ser predicadoras, y al presentarse muchas veces, excitantes y desafíantes oportunidades de predicación, aumentará el deseo de deshacemos de las cosas que nos poseen, nos atan y nos quitan libertad, y nuestra pobreza voluntaria tomará un nuevo dinamismo y despertará nueva energía.
LA COMPASION
La segunda característica de la praxis de vida de Jesús que se nos pide incorporar a nuestras vidas como predicadoras del Evangelio es la compasión por todo el que sufre. Domingo tuvo esa compasión. Se nos cuenta que estaba siempre alegre, su cara siempre felíz y radiante, excepto cuando se encontraba con cualquier clase de sufrimiento. Entonces, su rostro de repente se entristecía y sus lágrimas fluían. Verdaderamente muchos biógrafos singularizan la compasión como la cualidad que más caracterizaba a Domingo. A causa de esto, su tarea y la nuestra se describe en términos de predicar un Evangelio de misericordia. Como en ningún período de la historia nuestro mundo angustiado necesita oír el Evangelio de la misericordia. Nosotras dominicas seremos conscientes, por lo tanto, de que en nuestro ministerio de predicación, la palabra que sobre todo debe ser proclamada es la palabra de la compasión. Al dirigirse a las dominicas (siendo Maestro de la Orden) el Padre de Couesnongle comentando la tarea Dominicana de predicar el Evangelio de misericordia al mundo, sugiere que dentro de la Orden, las mujeres estén particularmente capacitadas para esta tarea. El nos pregunta "¿Es la misericordia realmente una fuerza vital entre nosotros?... ¿una fuerza enraizada profundamente en nosotros, una inquietud profundamente sentida? ¿Es algo que nace de la tristeza humana y nos atrapa, sacándonos de nuestras costumbres normales, nuestro modo común de vida, obligándonos a cambiar nuestra conducta y provocando insomnio en la noche?. El mundo moderno está clamando por este mensaje.
¿Es éste un constante dolor que late en nuestros corazones?.
Sentir así la misericordia es participar de la misma nusericordia de Dios. La palabra hebrea "rahmin", usada para describir la misericordia divina, deriva de la palabra "raham" que significa vientre, y expresa bien la ternura matemal de Dios, una ternura dirigida hacia todos los que, como niños en el vientre, están sin ayuda, necesitados y dependientes. Todos los dominicos, varones y mujeres, necesitan esta calidad de misericordia en su predicación, pero a causa de que está asociada con lo femenino en Dios ésta debería ser particularmente evidente en nosotras las mujeres.
¿Cómo se manifestarán la misericordia y la compasión?. De múltiples formas. Para comenzar, en un mundo donde hay tanta injusticia y opresión, se pedirá a las dominicas que se pongan al lado de aquellos que sufren y que tomen su causa como algo propio. De esta manera, las mujeres podremos mirar más allá de nuestra propia liberación de la opresión hacia la liberación de todos los oprimidos. En realidad, cualquier experiencia de opresión nuestra puede provocar un nuevo entendimiento de los mecanismos sutiles que destruyen a la gente en nuestra sociedad y una identificación con todos los oprimidos del mundo. Si nos faltan ese entendimiento e identificación, entonces necesitamos acercamos aún más a aquellos que sufren para ver mejor su sufrimiento. Es precisamente la virtud de la compasión que nos capacita para acercamos aun intuyendo que lo que está allí nos perturbará.
Pero es una actitud de Jesucristo, una actitud personificada en la vida de Domingo, el dejarnos perturbar. El cambio dislocante de perspectiva, que esta perturbación causa, ayudará a revelar algunos prejuicios que nos mantienen cautivos. De este modo nos libera para quitar las máscaras que esconden, el rostro de Cristo, reflejado en el pueblo que sufre.
Es a las mujeres sobre todo que se nos exige una palabra de compasión. En cualquier situación opresiva, sea económica, política, racial, social u otra, es la mujer la que está doblemente oprimida. Esto ocurre por ejemplo en Africa. Dado que las mujeres de Africa son las más oprimidas de este continente, Africa permanecerá pobre y oprimida, hasta que sus mujeres sean libres. Lo mismo se puede decir de las mujeres indígenas de América Latina. Estas mujeres son las más pobres y las más explotadas en todo el continente. No obstante, no sólo Africa y Latinoamerica, sino el mundo en general, permanecerá oprimido hasta que sus mujeres oprimidas sean liberadas. Como predicadoras sensibles del Evangelio las dominicas somos llamadas a ayudar en el proceso de liberación de todos las mujeres. Al hacerlo, vamos a encontrarnos involucradas cada vez más en situaciones donde, desde un profundo sentido de compasión y solidaridad, no podremos contenemos sino que más bien seremos impulsadas a hablar proféticamente.
Cuanto más sensibles nos volvamos al sufrímiento de otras mujeres y de todos los oprimidos, más claro veremos que su opresión está ligada con otras fuerzas destructivas de nuestro mundo como la guerra, el armamento nuclear, racismo, materialismo, explotación y contaminación ambiental. Como mujeres nos encontramos con mente y corazón, con palabras y obra, en oposición a todas las situaciones y estructuras que tengan que ver con la muerte, porque ¿no estamos comprometidas por naturaleza a dar la vida?. La responsabilidad por la vida que es nuestra como mujeres no puede limitarse exclusivamente a dar a luz y nutrir a los hijos, aunque ésta no deja de ser expresión básica maravillosa de esa responsabilidad .
Hoy somos conscientes de que la responsabilidad de las mujeres por la vida debe extenderse a la lucha contra la destrucción de toda. vida por las potencias opresoras de la sociedad, y contra todo lo que amenace las verdaderas condiciones de vida humana, para todas las personas. Esto implica un llamado a nosotras, dominicas, a ser, en nuestra proclamación profética y compasiva del Evangelio, dadoras de vida en un mundo volcado hacia la autodestruicción,
LA DISPONIBILIDAD
En tercer lugar, un modo de vida evangélica, a imitación de Jesucristo, se caracteriza por una actitud de disponíbilidad hacia los otros. Santo Tomás quien ve a Jesús como "el perfecto dominico" describe en la Summa su estilo de vida como de constante disponibilidad a todos los que lo necesitaban. Me gustaría relacionar lo que tengo que decir aquí sobre la disponibilidad evangélica con el concepto de la predicación itinerante en nuestra Orden Dominicana. La predicación itinerante, que se modela en la vida de Jesús y sus discípulos que iban de un lugar a otro llevando la Buena Noticia de salvación, implica un deseo de no establecerse sino por el contrario estar siempre dispuestos a ir a nuevos lugares de predicación. No obstante, aunque éste es un aspecto muy importante de nuestra visión de la predicación itinerante, no lo agota y puede no ser la forma más adecuada para algunos.
En años recientes, en conexión principalmente con la beatificación de Francisco Coll, ha habido un renovado interés en el concepto de predicación itinerante en nuestra tradición dominicana. De esta discusión, lo que se ha vuelto más claro es que actualmente, el énfasis no está tanto en el movimiento constante como en la disponibilidad constante. Por eso puede significar quedarse de hecho en el mismo lugar, pero disponible frente a cualquier necesidad en cuanto y donde quiera que se presente.
Algunos años atrás, en una celebración en honor a Ives Congar, el teólogo Ortodoxo León Zander, recordó una de las críticas hechas a Congar, a saber, "... qué respondes a todas las demandas que se te hacen, que trabajas demasiado, que estás sobrecargado". La respuesta de Congar fue: "yo no puedo rechazarlos, Santo Domingo no los habría rechazado tampoco". León Zander rindió luego a Congar el más alto tributo que cualquier dominico puede recibir: 'Tí en ti el Icono de Santo Domingo". Y en su disponibilidad Domingo fue por supuesto un Icono de Jesús.
Buscar a aquellos cuyos lamentos oímos, estar dispuesta a caminar compasivamente con ellos, sea una solapersonao un grupo de personas, seaporpoco o mucho tiempo, es una forma de predicación itinerante para la cual las dominicas somos muy idóneas, y en la cual ya estamos comprometidas. Puede ser que necesitemos entender que estamos llevando a cabo la predicación itinerante. Ya que nuestro ministerio nunca ha sido "ritualizado" a la manera de los "ordenados", con el consecuente carácter impersonal, puede prestarse más a ser un acompañamiento compasivo y personal de los otros en su camino en un momento dado de sus vidas. Caminar un tiempo junto con otro ser humano necesitado, en la compasión y la solidaridad, segurarnente forma parte de la tarea y privilegio del predicador itinerante.
A veces, cuando compartimos parte de su camino con otra persona desde la compasión puede parecer casi lo opuesto a ser itinerante, porque puede significar estar presente aun cuando hay poco que podamos hacer. Pienso que las mujeres lo hacemos bien. En muchas situaciones de la vida, especialmente las confusas, las dolorosas, las que nos dejan sentimiento de impotencia, a las mujeres nos resulta fácil estar allí, allí en la misma impotencia, sufriendo en solidaridad con los demás, disponibles a dar una palabra de esperanza y consuelo cuando pueda ser escuchada. Los varones tienden frecuentemente a apartarse de estas situaciones cuando descubren que no pueden hacer nada. Esto es exactamente lo que sucedió en el momento de la Resurrección. Hombres y mujeres, ambos, vinieron al lugar donde Jesús había sido sepultado. Los hombres vieron la tumba vacía y se fueron; Jesús no estaba allí, no había nada que pudieran hacer. María Magdalena también vio la tumba vacía, pero ella se quedó. Se quedó en el lugar, triste, sin fuerzas, tal vez sintiendo un poco de desesperanza, queriendo estar cerca del lugar de sufrimiento de Jesús. Y ella fue la que lo encontró y a quien le fue dada unapalabra de esperanza y alegría para transmitir a los otros discípulos.
Al decir todo esto mi intención obviamente no es inferir que las mujeres son mejores que los hombres, sino más bien enfatizar que al ser llamadas a predicar el Evangelio en el mundo de hoy, nosotras que somos mujeres estamos invitadas a hacerlo así en la verdad de quienes somos y en las maneras que brotan naturalmente en nosotras.
LA CONCIENCIA TEOLOGICA
Un estilo de Vida Evangélica que se expresa en la sencillez, la compasión y la disponibilidad es entonces el primer y más importante criterio para toda predicación dominicana auténtica. Pero, como mencioné antes, hay también otro criterio, llamado, conciencia teológica. Domingo actuó claramente en base a este criterio cuando con sus primeros compañeros golpeó la puerta del teólogo inglés, Alexander Stavensby, en Toulouse y pidió aprender del maestro. Domingo siendo ya un predicador de experiencia y conocimiento, sabía que para ser fiel a este llamado necesitaba aprender y estar abierto a nuevas ideas toda su vida. En el pasado, a causa de la falta de competencia teológica, las mujeres, como también los hombres laicos, han sido excluídos de la predicación. Pero, en estos días, cuando esa competencia es accesible para todos, es posible para las mujeres cumplir también esta condición, y así ser predicadoras del Evangelio. Este hecho establece un nuevo desafío, como también una nueva invitación, a las mujeres de la Orden. Nos pide que estemos dispuestas a estudiar, y estudiar mucho; pero si queremos lograr nuestra vocación como predicadoras dominicanas, ¿nos queda otra?.
La conciencia teológica, no obstante, no viene sólo de estudiar libros. En realidad, ningún teólogo dominicano puede válidamente definir la teología meramente como un ejercicio intelectual y científico. Por el contrario, también implica una actitud hacia la vida a la vez reflexiva y llena de fe.
Si queremos predicar una palabra relevante a nuestros contemporáneos, necesitamos, por lo tanto, hacer de las situaciones de vida, las propias y las de los demás, una fuente de nuestra teología. Así es como Catalina, doctora de la Iglesia, hizo su teología tan sabia y creativa. Así los teólogos de la liberación hacen hoy su teología.
Así los grupos de hombres y mujeres comunes en las comunidades Eclesiales de Base están aprendiendo a hacer teología.
Las Actas del Capítulo General de la Orden llevado a cabo en Avila nos alientan en nuestra búsqueda de la verdad, a cultivar una "profunda actitud reflexiva" hacia la vida, una actitud que nos conducirá a cuestionar, a investigar, a buscar, a aprender y permitir que cambiemos. Esta manera de hacer teología no niega o se pone en oposición a hacer teología desde los libros; más bien la complementa y la enraiza en nuestro mundo. La contextualiza. Apunta al hecho de que la teología no es la prerrogativa de los clérigos instruídos sino que es el privilegio y el deber de todos los cristianos.
Esta manera de hacer teología que, además de los libros, tiene como herramientas una fe viva y una capacidad para reflexionar sobre lo que está sucediendo en nuestra vida diaria y la de los otros es un modo idóneo para nosotras como mujeres. Al no pertenecer al estado clerical y por ser mujeres muy frecuentemente tenemos más acceso directo a muchos lugares donde la vida, con su dolor y alegría, se está viviendo en un nivel profundo.
A menudo podemos entrar más fácilmente en situaciones de vida dolorosas, desordenadas o hasta conflictivas, y ver y tocar el misterio pascual de la muerte y la resurrección presente allí. Desde esta experiencia en medio de la vida en toda su crudeza, podemos hacer mejor nuestra teología. Y si lo hacemos, hay una posibilidad de que cuando prediquemos expresemos una palabra que pueda ser entendida por los hombres y mujeres de nuestro tiempo.
No olvidemos nunca, no obstante, que aún cuando hagamos nuestra propia teología en medio de la vida donde Dios está trabajando, también podemos aprender de aquellos a quienes hablamos porque ellos también pueden hacer teología. ¿No les suena bastante raro que muy a menudo en nuestra Iglesia alguna personajoven sin experiencia que ha estado en un seminario le es adjudicada por ese simple hecho una autoridad sobre la verdad del Evangelio mientras que muchas personas mayores y sabias que lo escuchan no lo son?. Es importante que envolvamos a nuestros oyentes en el diálogo teológico con nosotros. El hecho de que otros, particularmente aquellos que están oprimidos o marginados, puedan decir su palabra teológíca y ser escuchados, significa un paso hacia adelante en el reconocimiento de su dignidad. También es un paso más hacia su liberación.
Es en la vivencia de estos dos criterios, vida evangélica y conciencia teológica, con todo lo que ellas involucran, por lo tanto, que la predicación dominicana está enraizada. Siempre me ha fascinado que en los primeros tiempos de la Orden, cuando sus miembros (presumiblemente sus hombres) buscaban santos que pudieran calificarse como "patronos" de la Orden, no elegían hombres santos, por ejemplo, ni uno de los Apóstoles, ni San Pablo, ese gran predicador, ni Juan el Bautista, el anunciador profético de la venida del Señor, sino dos mujeres, María Magdalena, a menudo llamada la apóstol de los apóstoles a causa de su rol de traer las noticias de la Resurrección a los discípulos; y Catalina de Aleja, d í tina gran estudiante y maestra de filosofía.
Encontrarnos encarnados en estas dos mujeres los dos criterios para la predicación que hemos tratado hasta ahora. María Magdalena simbolizando la vida evangelica, y Catalina de Alejandría, si lo de conciencia teológica y competencia filosófica. Nuestra orden aún en sus momentos más masculinos, parece haber apreciado siempre el rol que las mujeres pueden cumplir al encarnar las características esenciales de su misión predicadora.
DIMENSION CONTEMPLATIVA
Al principio describí al predicador como aquel que sabe que le ha sido confiada la Palabra de Dios para los otros. Hasta ahora nos hemos concentrado en la parte de "para los otros". Pero antes de concluir necesitamos mirar más de cerca el resto de la frase: "un predicador es aquel que sabe que le ha sido confiada la Palabra de Dios". Meister Eckhart en uno de sus sermones sobre la Carta de Pablo a Timoteo, en la cual se le dice a Timoteo que "predique la Palabra en la época y fuera de la época" Pregunta: "¿Que palabra tenemos qué predicar?". Y él contesta: "La única palabra que cualquiera de nosotros puede predicar es la Palabra que ha nacido dentro de nosotros, la palabra que hemos recibido y hemos oído en la profundidad de nuestro ser.
La única palabra que podemos predicar es por lo tanto la palabra que ha encontrado un hogar dentro de nosotros porque la hemos recibido bien, la hemos meditado y contemplado en el silencio de nuestros corazones. Esta comprensión nos alienta a atender la dimensión contemplatíva de nuestras vidas como predicadoras: la dimensión que nos enraíza en los lugares profundos de Dios y de nosotras mismas en Dios, y nos abre para recibir la Palabra de Dios.
Esa Palabra nos llega en la Escritura, en la oración, en los lugares secretos de nuestro corazón, en la Liturgia, a través de otras personas y en los eventos de nuestra vida diaria. Dios está siempre diciéndonos esa Palabra, sí tenemos corazones atentos a oírla.
Ninguna de nosotras puede auténticamente predicar una palabra que no se haya hecho primero carne en nosotras. Las palabras del P.de Couesnongle son muy apropiadas aquí. Nos recuerda que la gente a la cual hablamos puede fácilmente distinguir entre el predicador que habla de Jesús como el amigo con el cual él o ella vive constantemente, y el predicador que habla de él como un extraño mientras trata de hacerlo pasar como un amigo.
Entonces, el llamado que hemos recibido, a ser predicadoras de la Palabra, es un llamado a ser contemplativas. Las contemplativas son solamente aquéllas que pueden ser proféticas, porque pueden mirar todo lo que encuentran con los ojos de Dios. Las Actas del Capitulo de Avila señalan que el predicador profético es el que ve más profundamente que otros dentro de la realidad y quien puede por lo tanto captar el momento de Dios en la historia. La palabra que Domingo, predicador profético, proclamó, fue la palabra que recibió durante sus largas noches de oración. La palabra que Catalina, otra profeta, expresó fue la palabra que le fue confiada mientras miraba fijamente a Jesús crucificado, y contemplaba en él el insondable amor de Dios por la humanidad.
T. S. Eliot en uno de sus poemas escribe: "Y cualquier cosa que sucede comenzó en el pasado y va apresuradamente hacia el futuro". Nuestra historia dominicana comenzó en el pasado con Domingo y ahora va apresuradamente hacia el futuro. ¿Cómo será ese futuro? ¿Podemos definirlo?
Verdaderamente no podemos controlarlo pero podemos con optimismo darle una dirección. Podemos hacer esto abrazando hoy el llamado que es nuestro como mujeres dominicanas: ser, en nuestro mundo angustiado, predicadoras contemplativas y teológicamente reflexivas que vivamos evangélicamente mientras nos volvemos hacia los otros en la compasión y la disponibilidad.
Esta tarea es grande y ninguna puede hacerla sola. Nos necesitamos unas a otras hasta para tener el valor de intentarlo. Pero podemos hacerlo juntas mientras nos movamos en el futuro, llamémonos constantemente las unas a las otras y apoyémonos unas a otras en ello.
Cuando Domingo fundó las primeras casas de la Orden se conocían, cada una de ellas, como "la predicación de Jesucristo". Cada comunidad formaba tal predicación. Hoy, cada una de nuestras comunidades, como así también toda la Orden Dominicana puede solamente ser genuina y definir su futuro preferido, si se transforma (para nuestro mundo), en una predicación de Jesucristo.
Si todas nosotras tratamos de ser esto, luego al final de nuestras vidas, a la pregunta: "¿Has intentado ser lo que fuiste llamada a ser? podremos responder : "Sí, hemos intentado".