MUJERES DOMINICAS,
PREDICADORAS EN EL MUNDO.
DESAFÍOS Y POSIBILIDADESHermana Alejandra Marabotto OP
Conferencia. Asamblea Inaugural del Movimiento Internacional
de Hermanas Dominicas.
Mayo 1995 "Ahora en el exilio, el Espíritu Santo desciende más fácilmente que al tiempo en que estaba de pie, en el Santuario". (Maggid de Mesritscli)INTRODUCCIÓN
Por ser una dominica entre la multitud de dominicas he aceptado -- no sin temor y temblor -- narrar algo de nuestro patrimonio común y de los frutos de nuestro estar "en medio del pueblo" (II Re 4, 13).
Lo hago con sencillez, recordando lo de Rabbí Baruch, que devuelve a cada uno la propia responsabilidad y la irrepetibilidad de cada instante. El dice:
"El mundo necesita de una cada uno y entrar en diálogo con los demás, es llevar a cumplimiento algo de lo que es tarea de cada uno".Lo hago con alegría, porque me parece un símbolo lleno de esperanza que se me invite a hablar, llamándome desde el Sur, desde el desierto de la Patagonia y desde el mundo de los discapacitados, donde hago itinerancia y convento.
MUJER Y PREDICACIÓN
Empecemos entonces con el primer gran desafío que -- a mi entender -- es tomar conciencia y abrir caminos para que la mujer llegue a ser un lugar teológico, superando la cultura de los lugares comunes.
Estos empiezan definiendo a la mujer desde su uterinidad -- como madre -- en lugar de incluirla en la categoría mayor de personas. Es decir, tradicionalmente (al menos al Sur) se define a la mujer desde una alternativa biológica silenciando que esencialmente es sujeto pensante y que además engendra sujetos pensantes.
Sucede así que la capacidad de reproducción y de maternidad de la mujer es usada como modo de mantenerla ceñida -- no sólo a la crianza de los hijos -- sino también a las tareas del hogar y a la servidumbre del varón.
Observando un día -- en una escuelita de campo -- que la única niña del grupo cargaba con todas las tareas para transformar el aula en un comedor, señaló a los varones que la ayudaran. "Para qué -- contestó con tono despectivo uno de ellos, de once años -- si ha nacido mujer es para que sufra ".
Además, el discurso masculino continúa generando un modo de percibir a la mujer como alguien incapaz y frágil, lo que fue conduciendo a que no sólo nos viéramos así y lo aceptásemos, sino que origináramos algo que yo llamaría "la conciencia de lo imposible".
Esta conciencia tiene un particular peso en el momento de ocupar espacios, de tomar decisiones, porque aparece como un enorme resistencia que tironea para atrás y activa la sensación de "no poder", "no tener derecho", "no deber". A causa de esta conciencia de lo imposible, también nuestro deseo queda mortificado.
Sabemos también que, más allá del discurso oficial sobre la paridad de derechos inaugurados por la revolución francesa, la cultura patriarcal continúa encerrándonos en un "imaginario igualitario" para sumirnos prácticamente en una "violencia inviible" que muestra su eficacia cuando conversamos en la cotidianidad -- tanto en el barrio como en la facultad -- o cuando escuchamos a quienes se expresan a través de los medios de comunicación.
Lamentablemente, en muchos medios bien conocidos por nosotras, no es sólo la violencia invisible, el imaginario social que penaliza a la mujer, cristalizando su dinamismo vital en mitos, prejuicios y vivencias de distinta índole. La mujer en nuestro medio padece también violencia asociada a agresiones mayores, visibles, tangibles, cuyo compromiso corporal es innegable: violencia a menudo familiar, doméstica, alertándonos de que el hogar ya no es ese lugar de aguas calmas y calmantes.
Esta breve panorámica que refleja la situación de América Latina en primer lugar, quiere ser memoria e invitación a la vez, para que nos vinculemos estrechamente al destino de la femineidad, en este hoy histórico que transitamos.
Es importante que estemos con las mujeres, habitadas por los mismos pensamientos, preocupaciones y provisoriedad siendo ésta la primera condición para que juntas veamos la realidad, la soportemos y hallemos consolación en la misma.
El parto es una imagen apropiada para visualizar la esencia de este mutuo acompañamiento. Es de la mujer el parir, pero es el niño quien nace: los dos llegan juntos, luego de un recorrido solidario y de un sufrimiento mancomunado a una meta mayor: la de ser dos criaturas separadas y llamadas a tejer una nueva y más alta comunicación.
Al mismo tiempo sólo la presencia de un bebé convierte los senos de la mujer en pechos maternos, es decir, sin la presencia de mujeres escuchadas en sus clamores, en sus dispersiones, en su orfandad de esperanza, nuestro carisma de predicar corre el riesgo de ser exhibicionismo, consumismo, exactamente como senos de mujer.
Peor aún, nuestra predicación sin el pueblo con quien caminar juntos para llegarjuntos al lugar del descanso, corre el riesgo de ser poder, como nos lo recuerda R. Barthes?.
"Hablar es ejercer una voluntad de poder: en el espacio de la palabra, ninguna inocencia, ninguna necesidad".¿Qué es entonces nuestro predicar?
Domingo y los frailes que lo acompañaron desde el comienzo; los hermanos y hermanas que después de ellos caminaron en fidelidad al carisma, son quienes nos descubren el hondo sentido de nuestra predicación y nos aseguran que la predicación continuará teniendo futuro si sabe alimentar a los nativos del mundo entero, nuestros hermanos, hijos de nuestros compañeros de viaje.
Muchas veces hemos relevado con dolor la proliferación de mensajes, de discursos y de palabras que nos saturan y saturan a nuestros contemporáneos y no hemos dejado de diagnosticarle a nuestro mundo una sordera irreversible. Creo sin embargo que se trata de una desconfianza exagerada ya que la predicación en todos los tiempos ha experimentado resistencias y acogidas. Predicaba Pablo, vaso de elección, lleno de celo, preparado y lleno de solicitud hacia el pueblo griego al cual se dirigía y los pocos que se detienen a escucharlo dicen: "Sobre ésto te escucharemos en otra ocasión" (cfr He 17, 32).
Sin lugar a duda nuestra predicación es en sí misma un atrevimiento: abierta a todos los riesgos, frágil como toda criatura humana, en busca de interlocutores, invitando, esperando, vulnerable a la distracción ajena, a veces "voz en el desierto". Pero es condición indispensable que prediquemos (así): por la gracia de predicar y porque lo que deseamos predicar gratuitamente nos ha sido dado y sólo compartiéndolo resalta como don. Como mujeres predicadoras buscamos nostálgicamente a las demás mujeres, a la humanidad entera para caminar las situaciones de postergación y de cansancio, de amanecer que tarda en llegar. "Se me fue el alma detrás de El", (Ct 5, 6) dice la Novia del Cantar y ésta debería ser nuestra fundamental actitud de dominicas itínerantes.
Nuestra predicción además, ha de acreditar nuestra esperanza y solicitar toda la esperanza adormilada que, por no atreverse a ser, se angustia en miles de protestas:
"Me quité la túnica. ¿Tendré que ponérmela otra vez? Me lavé los pies. ¿Cómo voy a volver a ensuciármelos?" (Ct 5, 3-4)DESAFÍOS
a) La omnipotencia de la tecnología
No estoy capacitada para pensar cabalmente los desafíos que interpelan nuestra predicación hoy.
Haré resonar algunas situaciones, deseando que luego, entre todas, podamos evocar una realidad más compleja.
Nuestra predicación es como la pequeña honda de David, delante del gigante tecnológico que exhibe su omnipotencia y omnipresencia.
La consigna, en este fin de siglo, pareciera ser:
"La ciencia avanza, tú puedes".Todo se desplaza ahí, en un gran vértigo que cuestiona y hace tambalear lo fundante del vivir, el hecho de que ciertamente cada cosa tiene su valor, pero sólo el hombre dignidad. Así el gigante ni puede ocultar su terrible dimensión de Moloc que se come a los propios hijos, no sólo porque los insume en un activismo sin alma y los enceguece con un optimismo que a menudo se tiñe de dudas, sino porque literalmente hace desvanecer a multitudes de mujeres y de hombres, abrasados por el dolor, desnudos de sentido.
De manera que cada día resulta más claro que en la relación de la ciencia moderna con el mundo le está faltando algo, pues éste no acierta a conectarse con la más intrínseca naturaleza de la realidad, ni con la experiencia natural del hombre y de hecho, es más una fuente de desintegración y duda que de integración y sentido.
Havel dice que sólo nuevos brotes de trascendencia serán la real alternativa a la extensión.
b) La crisis de la familia
Nos preguntamos luego, con dolor, por nuestra predicación frente al desafío de la fragmentación de la familia, cuya placenta ya no es continente de rostros y de sueños.
Sus frecuentes mimetizaciones engendran rabia y procesos de duelo; desamparo y confusión en las nuevas generaciones. Tal vez no en todas partes sea lo mismo, pero para quienes vivimos en América Latina, la familia encierra largos silencios y largos martirologios: historias de abandono que puntualmente se repiten.
Las mujeres suelen decirlo: "Lo mismo que le pasó a mi madre, a mi abuela" y no saben que hacer con ese hilo que en lugar de suturar, lastima y desvincula.
Los chicos, frecuentemente se llenan de preguntas acuciantes y, alguna vez en una sola frase dicen todo su desconcierto. "¿,A qué familia tengo que dibujar -- dijo un día una niña de ocho años -- porque mi papá tiene una y mi mamá otra" y ella desconocía su lugar, siempre en tránsito entre las dos.
Una adolescente de trece años, débil mental, luego de haber llorado a la madre que la abandonó cuando era chiquita y que, según sus verbalizaciones, "le rompió la cabeza cuando todavía no había nacido", me dijo un día: "por haber hecho lo que hizo, se ve que mimamá no es civilizada".
Los niños se llenan de recuerdos que no les pertenecen, porque son de cuando los padres peleaban y se lastimaban. Pero son recuerdos que, como patrimonio de familia, quedan adentro y los acompañarán cuando se mudarán a lugares nuevos y continuarán construyendo la vida.
e) La religiosidad desencarnada
Otro desafío que interroga nuestra predicación tiene que ver con cierta esfera del mundo religioso institucionalizado donde fácilmente los valores se hacen invisibles y se exacerban los milagros.
La religión así concebida, puede ser graficada como una madre que ofrece su regazo para consuelo de tantas hambres, pero es incapaz de impulsar el desarrollo de la tensión, frente a la carencia. Este tipo de iglesia, se encierra en el papel de madre sobreprotectora: resucita nostalgias de paraísos terrenales, pero no narra la realidad de la vida; no ayuda a expresar deseos; no pone a sus hijos frente a frente con otro mundo acompañándolos para que cada uno produzca la dosis de indignación y de asombro de que es capaz para conquistarlo.
"¡Bienaventurados los que tienen hambre y sed dejusticia, porque serán saciados!" (Mt 5, 6).Ya no se oyen resonar las palabras de Jawhé sobre Abraham:"Camina hacia tí mismo, hacia tu propia tierra; atraviesa la vida recorriendo tu territorio de hijo, de hermano: ¡cásate con esta humanidad!".Descubrimos con euforia al Dios de los milagros, a los mediadores humanos con poderes de curación y caen en la penumbra el respeto por el milagro del ser, del universo, de cada existencia. El milagro de nuestra personal libertad y responsabilidad; el milagro de poder trascendernos constantemente hacia alguien, algo que no somos nosotros mismos; el milagro de hacer crecer juntos, en comunidad el Pan y la Paz, la conciencia y el futuro; la utopía y el diálogo."Anda y cásate con una de esas mujeres que se entregan a la pros
titución y ten hijos" -- dijo Jawhé a Oseas -- "ponle el nombre de no amada y aprende a amar a ese pueblo no amado" (cfr Os l).
d) La demagogia discriminante
También nuestros gobiernos, cada vez más populistas y narcisistas practican ampliamente el paternalismo.
Si bien nuestros jefes carismáticos se autodefinen representantes del pueblo en su totalidad y apelan constantemente al alto índice de aprobación de las bases, en realidad en su quehacer privilegian
"a los dotados de buen sentido, a los capaces que rindieron bien los exámenes en las empresas, a los afortunados".Evidentemente que, en el discurso oficial los pobres nunca son olvidados, por los mismos son básicamente percibidos como "pobres criaturas" que el jefe carismático tiene el deber de salvar.Pero, por debajo del proclama, los hechos son todavía más vergonzosos, ya que los últimos, en la práctica están condenados a volverse invisibles.
e) Las nuevas generaciones
En América Latina, otro desafío grande es que, dicho sistema, tiende a sumergir en la invisibilidad y en el mutismo a una porción muy significativa de las nuevas generaciones.
La falta de programas estables y generalizados en el campo de la salud y el sistema escolar que se enrosca sobre sí mismo, sin memoria ni futuro, producen terribles desgranamientos entre su población, mientras que los resultados son decepcionantes para los que cierran su preparación con la escuela obligatoria. No existen tampoco instituciones suficientemente significativas que apoyen a las familias en graves dificultades, para que las mismas no dejen de cumplir con la función fundante de contener a las nuevas generaciones y transmitirles una delegación que las ponga erguidas sobre sus propios pies.
Demasiados niños y adolescentes están desnudos frente a cualquier mirada: desnudos, esperando que esa mirada los revista de gracia; desnudos, temiendo que, una vez más, esa mirada se apropie de ellos para abandonarlos luego más vacíos de sentido, más objetos. Niños y adolescentes mudos en la familia y en una sociedad que no espera mucho de ellos y que los subestiman.
Pero no diferente es el destino de aquellos niños y adolescentes que, en otras sociedades viven sobreprotegidos y envueltos en un clima de edulcorada bonanza. A ellos se les brindan derechos de adultos pero sus responsabilidades son de bebé y el entrampe del sistema cerrado en que crecen hará que sólo salgan de una burbuja para meterse en las muchas otras burbujas tristemente conocidas.
Nuestra época, afanosamente prendida de una libertad que no quiere vincularse con la responsabilidad, tiende a producir ataduras y, a través de ellas, opresiones y cerrazones. Ignora en cambio los recorridos hacia la unidad que pasan por desatar la vida en cualquier lugar y ser en que se encuentre, solitaria y atrancada.
POSIBILIDADES DE PREDICACIÓN DOMINICA
Pero, aún conociendo la complejidad epocal y la multiplicidad de sus retos, queremos ser animadas por la esperanza, ala de nuestros pequeños vuelos, vela de tantas orillas que acogen las fatigas de las aguas y de los hombre.
Esperanza que -- con palabras de Casaldáliga- nos permite ser
"en última instancia el reino que nos es dado y que construimos cada día y hacia el cual, jadeando vamos".Hoy, si nos dirigiéramos a Domingo y le dijéramos: "Dime, Domingo, ¿qué harías si volvieras?", tal vez escucharíamos esta invitación:"Cuida de cada mujer, de su nombre y de su rostro; cuida de la humanidad en lucha todavía.Si, como Domingo conservamos la "rectitud y la gozosa satisfacción de la esperanza" (Heb 3, 6), descubriremos que cada espera se vuelve esperanza y que "saber esperar" significa saber vivir activos, vigilantes, con las lámparas encendidas.No dejes que el grano de tu granero, amontonado, se pudra y tu sangre se reseque llenando tan sólo el cáliz de tus venas
a) La predicación al pozo
En el entrenamiento de nuestra historia, la primera posibilidad de predicación la simbolizaría con el pozo.
Pozo y mujer frecuentemente se asocian en la Biblia y en las culturas, no sólo porque -- en la valencia positiva -- el pozo se asemeja al vientre de una mujer en gestación, sino porque, en lo negativo del símbolo, es figura de la negritud de la ofensa que hundiéndose en el alma de la humanidadmujer, amenaza con hundirla.
Es importante que nuestro predicar empiece escuchando las ofensas y el sufrimiento que -- como pesada piedra tumbal-- cierran a tanta parte de la humanidad; sobre todo a tantas mujeres: golpeadas, usadas, abusadas sexualmente, esclavizadas.
Si nos convertimos en oído amigo que escucha, preparamos el terreno para que los oprimidos de la historia algún día puedan decir la ofensa que los mortifica y expresar su reto a los verdaderos destinatarios sin deber sucumbir más al silencio, en un círculo que siempre se cierra declarando culpables a los inocentes. Sólo así el Verbo triunfará sobre el mal y será patrimonio de los pequeños, amonestar para que la culpa no sea más cometida, ni se acreciente la venganza, sino que nos vincule el amor.
El pozo entonces será lugar y símbolo de las aguas que engendran la nueva matriz de la paz; símbolo también de nuevos pequeños cosmos.
Creemos que lo más auténtico de nuestra predicación femenina se diseña en este ámbito del escuchar y del suscitar la narración, cuidando de que las palabras acogidas y brindadas sean sobriamente necesarias, fermento de liberación.
b) La predicación y el desierto
El segundo lugar de nuestras posibilidades frente a los desailos, es el desierto. "Su belleza -- dice Saint-Exupéry -- consiste en que esconde un pozo en algún lugar".
Israel vivió el desierto como una realidad ambivalente: a veces como lugar terrible (Dt 8, 15), otras, como un ideal perdido (Jer 2, 1). Lo sembró de murmuraciones, de quejas y de desconfianza y de amargura. Pero Israel comprendió, cuando ya estaba en la Tierra Prometida, que el desierto había sido la etapa de su amor juvenil y escuchó -- como una novia estremecida -- que Jawhé querría llevarla allí otra vez para hablarle el corazón (Os 2, 16).
Yo creo que para nosotras dominicas el desierto hacia el cual debemos caminar sin titubeos es "la ciudad invisible" que cruza toda ciudad opulenta; la periferia del centro; el sur, hijo ilegítimo del Norte.
Allí, según el lenguaje de los mercaderes de este mundo, viven los que son excedencia y por lo tanto, hacen problema por su sola presencia, no ya por su protesta o por sus necesidades.
Singer, el antropólogo, ha dicho que los discapacitados deben ser eliminados "por sentido común".
En una sociedad que divide a los hombres en usuarios de derechos y excedencia, siguiendo las huellas de Domingo caminamos hacia los que están de más; los no necesarios, los no previstos.
Estamos llamados a nombrarlos y a incluirlos; a necesitarlos allí donde están, con compasión y en fuerza de la Palabra que nos ha sido confiada.
Los excedentes no tienen trabajo; son las mujeres analfabetas; los indígenas; los ancianos abandonados, los incurables, los extranjeros desprovistos de identidad; las multitudes desheredadas.
Los jefes del mundo de los afortunados -- provocante en su visibilidad -- no saben qué hacer con ellos y los paralizan con las nuevas políticas de defensa. Nuestra elección del desierto, de la ciudad invisible y de los que están en sobre número, es para consumar allí nuestras bodas hasta ser una sola carne y plasmar la imagen del salmo: "Justicia y Paz se han abrazado".
Yo creo que contemplando esos lugares "otros', plantando nuestra tienda en el descampado de los que nacen y mueren lejos del centro, llegamos a conocer la fuerza transformadora de lo de abajo y podemos participar en la fecundidad escondida de aquellos que "crecieron entre nosotros como una raicilla en tierra desierta" (cfr Is 53, 2).
Allí predicar es disfrutar del banquete desertado por la ciudad opulenta. En cada esquina, en cualquier lugar los excedentes en número, con el hábito de los que vuelven de la gran tribulación están disponibles para fraternizar y compartir el pan, dando rostro al Reino que ya está entre nosotros.
e) La itinerancia y la mendicidad
La itinerancia y la mendicidad son el tercer lugar de nuestra predicación.
Es el camino elegido por el Señor de la vida, quien se hizo mendigo del hombre y enseñó este secreto a Domingo.
Nuestro Padre, celoso de la porción de herencia que le tocó en suerte, nos la transfiere íntegra, queriendo que nuestro horizonte sea el mundo entero; contemplativas de cada átomo que compone la vida y servidoras de la verdad que por la mendicidad de Cristo habita todo hombre y mujer confiriéndole dignidad absoluta.
Tagore, en una de sus poesías nos ayuda a palpar el alcance más profundo y la trascendencia de nuestro ir de camino. Dice en un fragmento:
"¿A quién adoras en este rincón oscuro y solitario de un templo cuyas puertas están todas cerradas? Abre tus ojos y mira: No está aquí tu Dios. Está allá donde el arador ara la dura tierra donde el picapiedra trabaja en la calle. Está con ellos en el sol y en la lluvia su vestido está cubierto de polvo. Quítate el manto sagrado y baja con él en el polvo".Allí, en los recorridos por la tierra de los hombres, en los viajes hacia los misterios de la humanidad y hacia el corazón humano, las dominicas percibimos hoy, con urgencia, la oportunidad de reconstruir la esperanza.Nuestra femineidad y la actitud misericordiosa que aprendemos de Domingo, se cifran peculiarmente en la esperanza, ya que su campo se configura con lo que todavía no está y exige sin embargo entrega para llegar a ser.
La esperanza nos llama siempre desde un: "no ser siendo"; desde el futuro.
En esta post-modernidad, como tiempo de desesperanza y epidemias aditivas, donde parecieran haberse concluido los grandes relatos, las utopías y cada uno se reduce a fragmento, sin pasado común que salve de ser pasajero, sin futuro solidario que libere el deseo, a nosotras también nos llama el desafío de redespertar la esperanza.
Sabemos que las frustraciones epocales no son su muerte, más bien marcan el límite y a la vez evocan la necesidad de trascenderlo.
Hoy es la esperanza la que puede superar el escándalo y la constatación doliente de la razón cuando descubre el error final de la modernidad, es decir, haber presumido resolver todo misterio, todo anhelo humano.
Nosotras que, por carisma, estamos llamadas a itinerar, tenemos hoy como tarea fundamental encontrar -- junto a todo hombre y mujer de buena voluntadlos caminos válidos para que la post-modernidad se re-encuentre con la esperanza, No podemos crear los valores que la fundamentan, pero está en nosotras aplicarnos para hacerlos luminosos.
Como dominicas que creemos en el estudio y amamos la razón "que nos alegra con su claridad" (fray Luis de Granada), estamos invitadas a re-instalarla en el centro mismo de la escena de la vida, dejando que pronuncie las palabras desde lo más profundo de su ser que no ama el absurdo, ni puede vivir indefinidamente en él.
Si juntos volvemos a la sensatez de una razón afectuosa, reconstruiremos la espiritualidad y la genuina actitud religiosa, que son esencialmente vivencia gozosa de los valores, máxima apertura hacia el sentido y la afirmación de la vida. Bajo este aspecto, la actitud religiosa es la menos conformista, la menos conservadora, la más cargada de energías y sentido transformadores.
Gracias a la esperanza, volveremos a percibir que todo en la vida apunta hacia una complementación de su sentido, un todo cumplido que los creyentes llamamos Reino de Dios y los hombres de buena voluntad, armonizacióny plenitud de vida, justicia y paz.
Nuestro tiempo sin esperanza se ha vuelto impaciente y el corazón humano ha perdido desarraigo, pero si la esperanza vuelve y nos libera de perecer en el hastío del puro presente; el tiempo y el corazón humano volverán a ser pacientes, mansos; es decir aceptaremos nuevamente padecer y sobrellevar la tensión del "ya y todavía no".
Como Humanidad rescatada, podremos rezarjuntos el credo de H. Hess:
"Creo que a pesar de su apa rente absurdo la vida tiene sentido y aunque reconozca que no lo puedo captar con la razón estoy dispuesto a seguirlo aún con sacrificio.Los que vivimos en el Sur del mundo, hemos encontrado la esperanza en nuestra itinerancia y necesitamos anunciarla, ser ministras de nuestros pueblos que cuidan tiernamente de ella y por ella son alimentados. En el sur del mundo el proyecto engendrado por la esperanza, salva a diario la vida amenazada.Su voz la oigo en mi interior, cuando estoy vivo y despierto".
En el Norte del mundo la esperanza tal vez deba resucitar tantos proyectos nacidos en favor de la vida, de lajusticia, de la fraternidad y de la paz que, sin embargo el egoísmo estructural ha reducido a faraones de muerte.
d) El convento y la alabanza
Nuestra itinerancia lleva en sus entrañas la nostalgia del convento: luego de la urgencia o de la serenidad con que hicimos caminos, re-encontrarnos es el momento de la memoria y de la nueva proyectualidad.
Como María que conservaba todo en su corazón y para quien Lucas emplea la palabra griega "symballous" -- para expresar el proceso simbólico de confrontación entre la Escritura y los acontecimientos --, las mujeres dominicas convenimos para hacer síntesis y apertura.
Según la más honda intuición de Domingo "hacer convento" es otra de nuestras posibilidades y un desafío también.
Si multiplicamos nuestros conventos, por pequeños que ellos sean, haremos que haya pueblo donde ahora hay gente anónima y gracias a la memoria y a la narración de los eventos, el pueblo redescubrirá el respeto por las recíprocas vidas, como también el deseo de mancomunarse para corporizar el futuro.
El convento se configura entonces como el lugar donde cada vez más ahorraremos las palabras inútiles y nos purificaremos para encontrar aquellas pocas que son necesarias.
Será también el lugar donde -- porque soñamos -- tendremos la gracia de vivir despiertos y porque padeceremos contradicciones y discutimos, abriremos espacios al "Siervo-brote" (Zac. 4, 8) cuyo recuerdo entre las gentes, a pesar de las estrangulaciones, genera siempre nostalgia y búsqueda.
Frente a la multitud que hoy también se asemeja a "ovejas sin pastor", el convento dominico puede ser una trama de comunicación, donde la solidaridad hace lugar a todos y cada persona puede entregar y recibir vínculos y verdad.
El convento de cuya construcción cada mujer dominica es responsable y capaz, permite hoy que nuestro ser dialogal triunfe, y pronunciando la verdad destruya la mentira, gritando la esperanza venza a la tristeza, predicando el amor venza al egoísmo.
En ese convenir humano y esencial, abierto a todos y mendigo de cada presencia, es importante la escucha de cada cosa, de cada parte, de cada paso que se acerca. Que en el convento, el pueblo pueda hablar de verdad, que la verdad nos hable a todos y que por encima de las tempestades que nos sacuden, sepamos crear el espacio de la libertad humana y el anuncio del Reino como tarea de todos...
Allí en el convento, toda noticia preciosa debería volverse patrimonio común, para que corriendo de boca en boca sea un bautismo de purificación y de gracia, el triunfo de la bondad de la vida y de la bendición.
También en el convento predicamos, pero al mismo tiempo disfrutamos el privilegio de contemplar como nace la Palabra que nos salva, como verdaderamente se hace carne en cada carne y que por la Palabra entregada redimimos, mientras somos redimidos cuando la acogemos.
Cada uno se vuelve nodriza del otro y nadie es nodriza de sí mismo.
Todos juntos somos nodrizas de la historia.
El convento, cuando es compartir el sufrimiento de los pobres nos hará llorar como Domingo lloraba en el corazón de la noche; nos ensuciará de barro y nos cansará física y moralmente cuando se trate de compartir la historia de mujeres y de hombres saturados de violencia, de desesperanza y de oscuridad.
Pero el convento será también el lugar de la paciencia y del gozo que circuncidarán nuestra mira y nuestro corazón hasta hacernos transparentes.
De convento en convento, de predicación en predicación, para todas se abre la posibilidad de rezar -- al final del camino -- la oración de Casaldáliga:
"... Me dirán: ¿Has vivido? ¿Has amado? y yo, sin decir nada abriré el corazón lleno de nombres".Pero mientras vamos todavía de camino, la vida, bendecida en cada persona y encontrada en cada convento, da razón de nuestra alabanza: otra posibilidad para nuestro tiempo.En la medida que la re-despertemos en nosotras, que sepamos acogerla, enseñarla humildemente y vivirla en comunión con nuestros compañeros de viaje, le devolveremos al mundo el alma que le ha sido arrebatada y re-crearemos la gratitud, las raíces de la paz en la tierra del frío y violento cálculo.
La alabanza a Dios que nos lleva a contemplarlo en todos los íconos sembrados en la historia y a descubrirlo también en los más dolientes y silenciados, es gozo que santifica la humanidad y unción que alivia sus heridas.
La cadena de alabanza que entre todas las mujeres ylos hombres del mundo, podemos trenzar -- invisible pero incandescente y luminosa como el deseo que la engendra -- vence las ataduras de la muerte e imprime a nuestro mundo una danza de enderezamiento, como Jesús hizo con la mujer encorvada (Le 13, 13).
Trascendiendo por la alabanza hacia El, nuestro origen, fuente de las aguas de nuestra vida y sentido último de todo, recobramos la vida y su resplandor brillará hasta disipar las tinieblas.
CONCLUSIÓN
Finalizando entonces, sencillamente podemos sintetizar nuestra misión en este gesto: preparar incesantemente una morada para Dios allí donde estamos, instaurando vínculos santos y siendo ministras para que su Espíritu llegue a cumplimientos.
Y cuando nuestros compañeros de itinerancia y de convento; al pozo o en el desierto, desde la nostalgia pregunten por "dónde habita Dios": humildemente dejaremos resonar la sentencia de Rabbi Memdel de Kork:
"Dios habita donde se lo deja entrar. Esta es la debilidad del Dios en que ponemos nuestra confianza: se consigna a toda mujer y a todo hombre que quiere dejarse conquistar por El".Hermana Alejandra Marabotto OP