C a p i t u l o   G e n e r a l   B o l o n i a   '9 8
Orden de Predicadores

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LIBRES PARA LA MISION

 

Nota de la Comisión 'De missione ordinis'

(Traducción española 13Iug98)

 

Indice

 

Novitas

 

La misión en su contexto

1.1. El mundo tal y como va

1.2. El cristianismo en situación

 

La verdad del otro

2.1.El 'otro' que nos precede

2.2.El Evangelio es para el mundo

2.3.Al fundamento de la misión

 

Una predicación en diálogo

3.1.Las condiciones del diálogo

3.2.Una actitud espiritual

3.3.Los riesgos

 

IV. Perspectivas dominicanas

4.1. El tiempo de salir

4.2. ¿Dónde llevar la palabra?

4.3. Una libertad sorprendente


Novitas

 

Fr. Marie- Dominique Chenu señaló con qué frecuencia los hombres del siglo XIII recurrían a esta palabra para designar su tiempo: "muchos decían entonces que Novitas era la catastrofe. Pero junto a ello, ¡qué impetú, qué búsqueda, qué fervor hacia la novedad!" La vida de santo Domingo como los comienzos de la Orden de Predicadores se situaron bajo el signo de lo 'nuevo'. La humanidad de nuestro fin de siglo conoce cambios tan fuertes que esta Novitas podría también caracterizar este tiempo ­ más allá de las seduciones superficiales de un New Age de moda-.

 

Fr. Timothy pidió a la nueva comisión 'De missione ordinis' que se diera como objetivo para sus reflexiones el tema: 'ser libre para la misión' y desde ahí contribuir a darle a ésta un dinamismo nuevo. No tenemos miedo de avanzar en estos nuevos campos de la reflexión teológica. ¿Es éste un objetivo presuntuoso? Reposa al menos sobre la constatación de una convergencia de ideas entre dieciseis hermanos procedentes de diversas partes del planeta, de edades y con funciones muy variadas.

 

Nos ofrecen aquí unas reflexiones inacabadas, abiertas, sometidas a la discusión. Ha hecho falta que pasen siglos para definir quién es Cristo. Nos harán falta algunos años para comprender los retos de este tiempo nuevo. Pensamos que aunque los asuntos que aquí suscitamos no estén del todo clarificados, no es necesaria una claridad total para actuar. Despues de todo, Amós no dominaba ningún análisis político: sabía que el pueblo sufría, y eso le bastaba para lanzar un grito profético.

 

Este tiempo nuevo nos invita a repensar la misión y, para hacerlo, debemos clarificar el contexto de ésta (I), plantear de una manera nueva la pregunta del otro (II) y revisar nuestras concepciones del dialogo (III). Quedará entonces por extraer las implicaciones para una Orden decididamente comprometida con el seguimiento de Jesucristo en la predicación del Reino (IV)


I. La misión en su contexto

 

1.1. El mundo, tal y como va

 

Nuestra Orden, como toda la Iglesia, está al servicio del Evangelio y este es para el mundo. Arriesguémonos pues a perfilar algunos de los rasgos más notables de este mundo en el que el Evangelio continua hoy su camino.

 

 

1.1.1. La mundialización

 

La economía internacional y las comunicaciones que circundan el globo han interconectado a la humanidad. Se ha instaurado un tiempo mundial. La red de Internet, las antenas parábolicas que proliferan sobre los tejados del tercer mundo, son testigos de ello, al igual que los efectos, a través del planeta, de los recientes hundimientos de los mercados financieros de Extremo Oriente.

 

Hemos aprendido que el batir de un ala de mariposa de Nueva Guinea puede desencadenar un mes más tarde una tempestad en Nueva York. Más que nunca, este mundo, atravesado por un flujo de imágenes y de capitales, se descubre en su unidad.

 

¿Contribuye nuestra orden, diseminada por el mundo, a acompañar esta mundialización por caminos de paz?

 

1.1.2. La fragmentación

 

Este mundo globalmente unificado se nos presenta hoy más que nunca resquebrajado y fracturado. Fr. Pierre Claverie hablaba de 'líneas de fractura', las cuales no son sólo geográficas ­pueden estar en zonas fronterizas calientes- sino también sociales, culturales, religiosas o económicas: entre Norte y Sur, Islam y Occidente, países ricos y pobres, grupos ricos y pobres en los países del Oeste, Casi en todas partes, estas líneas, separan a aquellos que tienen poder de aquellos que están privados de él, y son inmensas las masas sin poder.

 

Muchos hermanos y hermanas han hecho la opción por estar al lado de esas mujeres y hombres sin poder. Algunos movilizan todos los recursos posibles para estar a su servicio, mejorar e incluso cambiar su condición. Otros quieren compartir plenamente la condición de hombres sin poder.

 

¿Qué lugar tienen estos hermanos en nuestras provincias? ¿Son marginados u ocupan el centro de la vida dominicana?

 

1.1.3. La violencia

 

Este mundo es también el de la diseminación de la violencia: su mediatización generalizada hace que esté más que nunca presente cada día en nuestras conciencias. Es un mundo de sangrantes enfrentamientos étnicos (Ruanda, Burundi, Sierra Leona, Sri Lanka), nacionalistas (Bosnia, Acerbaian) y religiosos (Afganistán, Indía, Irlanda, Argelia). En él se da la violencia política sobre estados débiles (Cuba, Irak), la violencia urbana crónica (Washington, Karachi, Lagos), la violencia gratuita en las periferias occidentales (Estrasburgo, Birminghan), la violencia de las armas incontroladas (los niños americanos que matan a sus profesores o alumnos en sus propias escuelas sin razón alguna), la violencia social sobre los más desfavorecidos (niños explotados, mujeres dominadas, refugiados rechazados, minorías aparcadas, enfermos de sida excluídos, ) ¿Hemos estado alguna vez tan vivamente enfrentados a las realidades de la diferencia, o hemos tomado conciencia de la dureza de las fuerzas que se le oponen o de la incapacidad de vivir con ella? Estamos en un tiempo de repliegue sobre las identidades primarias, de odio al otro y de culto a uno mismo.

 

¿Como afronta nuestra predicación esta cultura de la violencia?

 

1.1.4. La creación

 

Este mundo es también prodigiosamente creativo. Las culturas se entrelazan, la investigación ciéntifica se desarrolla a nivel mundial, las artes plásticas, las escénicas, la música y la literatura, a pesar de los efectos niveladores de la comercialización, circulan sobre todo nuestro planeta. Son muchos los lugares de creacción en los que se inventan nuevas formas de solidaridad (vitalidad del mundo asociativo, etc), nuevas relaciones entre culturas y pueblos, nuevas exigencias democráticas. Las líneas de fractura también pueden ser lugares de creación de una humanidad nueva.

 

Asímismo hay en este terreno hermanos y hermanas, que forman parte activa de estas fuerzas creadoras, - ¿son los mismos? ­ Trabajan en ello como otros y con otros que vienen frecuentemente de horizontes bien distintos. ¿Qué lugar, qué atencion reciben éstos en nuestras provincias?

 

1.2 El cristianismo en contexto

El cristianismo vive en este contexto. Así como ha unido una parte de su destino a la civilización que tecnicamente ha unificado el planeta, conoce también las ambigüedades de esta historia.

 

1.2.1. Minoría

 

En cualquier lugar el cristianismo debe aprender a vivir en un contexto de pluralismo cultural y religioso, a ser una forma de vida y de pensamiento entre otras. En los países donde el cristianismo estaba en situación dominante, ha sido destituido de su posición de fuerza, o por lo menos, de su monopolio; por ejemplo: entre los italianos, los musulmanes, despues de los católicos, son los más numerosos.

 

Allí donde los cristianos se encuentran realmente en minoría ­no sólo por razones numéricas sino por relación al poder- la viven a veces como un desafío. Sin dominio sobre la sociedad, no tienen ya no tienen que defender bienes o privilegios. La gracia de recuperar la libertad puede llegar a darse en estas ocasiones como una nueva oportunidad .

 

Algunos conventos, algunas provincias, siempre han conocido este estado. Otros lo descubren ahora. ¿Qué repercusión tiene este hecho sobre nuestra vida dominicana?

 

1.2.2.. Conflictos

 

En todas partes el cristianismo se encuentra situado en ambas márgenes de las líneas de fractura. Es inevitable entonces que se produzcan tensiones internas: enfrentamientos entre las iglesias ortodoxas y uniatas en Europa oriental, diversas tensiones dentro del catolicismo A su pesar, el cristianismo, a veces está en situación de competir con otras fuerzas religiosas: concurrencia con otras sectas en America Latina, rivalidades con los misioneros musulmanes en el Africa negra No deberíamos olvidarlo.

 

¿Conocen nuestras provincias situaciones de conflicto? En caso afirmativo, ¿las afrontan?

 

1.2.3 Caer en desuso

 

Incluso en los paises donde la tradición cristiana goza de fortaleza, una parte de su discurso se ha vuelto ininteligible. Algunos términos esenciales para el lenguaje de la fe han dejado de tener sentido para nuestros conciudadanos. En sus "Cartas de Prisión", Bonhoeffer, decía que palabras como 'redención' o 'salvación' habían perdido todo su significado y que hacía falta que éste resurgiera en "la oración y el combate por la justicia".

 

El Evangelio urge a unas exprexiones nuevas. Como predicadores ¿tenemos algo nuevo y diferente que decir? ¿Renacen nuestras palabras en la oración, en el combate por la justicia y en los riesgos que asumimos? En todo caso, esta situación siempre supone una provocación para inventar nuevas vías de expresión de los misterios del ser humano y del de Dios.

 

II. LA VERDAD DEL OTRO

 

Siempre hemos hablado de la Orden como la de los hermanos y hermanas, servidores de la verdad y mendicantes respecto de los otros. ¿No deberíamos reconocernos como servidores de los otros y mendicantes de la verdad?

 

Este cambio requiere comentarios. En primer lugar hemos de clarificar la nueva relacion con el 'otro' (§ 2.1), comprenderla a la luz del Evangelio (§ 2.2) y esbozar los grandes rasgos de una teología de la misión (§ 2.3).

 

2.1. El otro que nos precede.

 

Cuando decimos 'el otro', nos referimos a personas, a las que comprendemos desde lo que difieren de nosotros, - en este sentido todo ser humano, aunque sea el más cercano de nuestros prójimos, es para nosotros irreductiblemente 'otro' ­ y lo mismo podemos decir de sociedades, culturas y religiones distintas de las nuestras. En todo lo que expondremos a continuación estará presente esta doble dimensión de la relación entre las personas y de los aspectos sociales de la existencia humana.

 

2.1.1. El reto ético del encuentro

 

Ser humano es fundamentalmente estar en relación con otros humanos. No alcanzamos nuestra plena humanidad más que socialmente, en nuestras relaciones con los otros. Del mismo modo, no vamos hacia la verdad de Dios más que a través del encuentro con otros. (1 Jn 4, 7-21).

 

La meta es unir a los hombres y mujeres por lazos más fuertes que todas las divisiones de nuestra humanidad, fragmentada entre naciones, clases, culturas, religiones. Sirviendo a los marginados, doy testimonio de una relación más solida que las que manifiestan las fuerzas de exclusión social. Si en mi propia vida destruyo esas fuerzas de separación, entonces estoy en camino hacia la verdad a la que aspiramos. Servidores de los otros somos mendicantes de la verdad, de una verdad que no procede más que del servicio, en vista a una humanidad enteramente solidaria.

 

La dimensión ética del encuentro descansa sobre aquello que me une al otro, más allá de toda división. Afirmar este lazo de unión significa decir que los derechos del otro me preceden sin ningún requisito previo. Estos interpelan mi responsabilidad, sea cual sea el contexto o mi forma de comprender la relación.

 

2.1.2. Sufrimientos y responsabilidades

 

Nuestra fe en el amor incondicional del Padre por cada ser humano es el fundamento de esta responsabilidad hacia el otro. Ser creyente, es participar del amor de Dios, que nos hace responsables ante los sufrimientos del otro, incluso aunque no seamos la causa de los mismos. Jesús se ha manifestado como Mesías haciéndose responsable de los sufrimientos de su pueblo: convivió con ellos y su muerte es la consecuencia de esa solidaridad, de la cual no se sustrajo. La vida que vivió y lo que anunció llama a todo hombre a esa misma responsabilidad. En este sentido, creer en Jesús (cf Jn 3, 16) no es afirmar una doctrina, sino reconocer esta llamada a ser responsable ante los sufrimientos del otro. La salvación, o el juicio, no se juegan en la proclamación de un contenido dogmático, sino asumiendo, o no, esta responsabilidad por los sufrimientos de los otros (Mt 25, 31).

 

2.1.3. Humanidad plural

 

De este modo se plantea la pregunta por la verdad. No podemos tener la noción de una verdad predeterminada y cerrada de antemano, ni somos los poseedores y los transmisores de ésta a otros que no tendrían más que recibirla tal y como se la ofrecemos. Tampoco es aceptable la concepción opuesta, la de una verdad que recibimos en un puro aparecer venido de lejos. La verdad surge del encuentro en su contexto. Viene en plenitud de ese descubrimiento del 'otro' en su propia verdad. Si es posible, debo recibir de él, antes de ir juntos hacia 'la verdad total, entera', de la cual hemos recibido la promesa de ser conducidos por el Paráclito (Jn 16 13). Esta búsqueda de la verdad no dispensa a cada uno de un trabajo apasionado y a veces doloroso.

 

Fr. Pierre Calverie, en un texto publicado en enero de 1996, seis meses antes de su muerte, dio con fuerza y concisión un fundamento teológico y espiritual de esta actitud.

 

'No hay mas que una humanidad plural. Desde que pretendemos poseer la verdad o hablar en nombre de la humanidad, ­ en la Iglesia católica tenemos una triste experiencia sobre ello a lo largo de la historia ­, caemos en el totalitarismo y en la exclusión. Nadie posee la verdad, cada uno la busca. Ciertamente, hay verdades objetivas, pero que nos sobrepasan a todos y a las cuales no podemos acceder más que en un largo camino, recomponiendo poco a poco esa verdad, rebuscando en otras culturas, en otros tipos de humanidad, en aquello que los otros han adquirido y han buscado en su propio camino.

Soy creyente, creo que hay un Dios, pero no tengo la pretensión de poseerlo, ni por Jesús que me lo revela , ni por los dogmas de mi fe. No se posee a Dios. No se posee la verdad y tengo necesidad de la verdad de otros. Esta es la experiencia que tengo hoy con miles de argelinos al compartir la existencia y preguntas que nos planteamos todos".

 

2.2. El Evangelio es para el mundo

 

Hemos aprendido a pensar que la mediación única de Cristo no implica necesariamente para cada hombre la única mediación de su Iglesia. Dicho de otro modo, si Jesús pertenece a una historia, la nuestra, Cristo es, la recapitulación de todas las historias.

 

2.2.1. La Iglesia y Cristo

 

¿Cuál es entonces el papel de la Iglesia? Es el lugar en el que el Evangelio de Jesucristo es recibido, reconocido, confesado, celebrado y vivido. Los cristianos encuentran en ella ayuda, alegría, fuerza y por medio de los sacramentos, la vida fraterna y la liturgia, encuentran los caminos de acceso hacia el Padre. Pero la Iglesia no puede conservar para sí misma este tesoro. Está al servicio del Evangelio y éste es para el mundo. ¿No han querido a menudo los cristianos acaparar a Cristo para sí? Conociendo a Jesús, en quien el Verbo se hizo carne, a menudo han creido poseer la llave del único camino hacia el Padre. Las iglesias han enunciado y definido todo lo que hacía falta y todo lo que se podía decir de Dios. De esta manera lo han guardado para sí mismas. Mientras que Él forma parte de la herencia de la humanidad, a la que puede llegar por otras vías distintas de las nuestras

 

2.2.2. Las semillas y los arboles

 

Reencontramos aquí una concepción teológica que se remonta a Justino, la de las 'semilllas del Verbo' que existen en todo ser humano, la cual ha permitido desarrollar la concepción de la 'preparación evangélica', en la que la mirada creyente puede discernir aquello que en germen hay de justo en el otro sin referencia explícita a Jesucristo.

 

La llamada de atención de una indígena de America Latina pone en movimiento esta teología: "no son sólamente semillas lo que descubrimos a veces por ahí, sino también flores, frutos, arboles. No tenemos únicamente que reconocer aquello que podría llegar a ser cristiano, sino eso que se desarrolla según otras virtualidades de la vida, individual o colectiva, como aquellas que ha vivido el cristianismo".

 

2.2.3. La prioridad por los que sufren

 

La vida de Jesús y su palabra no nos invita a mirar la diversidad de situaciones con indiferencia. En el primer plano se encuentran esos lugares de humanidad donde la fraternidad que el Padre quiere para los hombres esta rota. Nuestra misión nos lleva allí donde los hombres son excluídos y expuestos a la violencia y a la muerte.

 

No somos enviados a estos lugares desde nuestra propia autoridad, sino por la realidad de miseria de los otros: su sufrimiento hace temblar el orden del mundo: nos convoca a construir un mundo nuevo en el que el amor fraterno se haga realidad.

 

2.3. El fundamento de la Misión

 

2.3.1. La misión y la profecía del otro

 

En primer lugar, hagamos humildemente esta constatación: la Orden existe desde hace siglos, algunos de nosotros han vivido en ella decenios, sin embargo siempre tenemos que aprender qué es la misión ¿Constación de insuficencia?. Ciertamente, y Pablo tenía conciencia de ello 'Y ¿quién es capaz para ésto? (2 Co 2, 16). Por este motivo la misión no puede ser definida de una vez para siempre, ya que si es relación entre el Evangelio y el mundo, debe cambiar cuando el mundo y la visión del mundo cambian.

 

La verdad se busca y se construye juntos. El predicador no va solo hacia 'el otro' para proclamarle el evangelio, sino para reconocer como el Espíritu trabaja en aquel a quien él encuentra. El mismo predicador recibe el Evangelio en ese encuentro. Anunciar el Evangelio es también buscarlo y revelarlo, escuchando la profecia del otro que se dice a sí mismo a traves de lo que Dios hace en él.

 

La misión dominicana consiste en recibir las provocaciones del mundo de hoy, tanto en sus 'fracturas' como en sus capacidades de creación, siendo el lugar en el que la verdad suscita la respuesta que se va formando en nosotros.

 

2.3.2. Un fundamento trinitario

 

Nuestro modo de comprender misión tiene su origen en la vida de Dios Trinidad. El Hijo y el Espíritu Santo son enviados para comunicar el amor del Padre a toda criatura. Esta misión reenvia a la eterna procedencia (processio) del Hijo a partir del Padre, y del Espíritu Santo a partir del Padre y del Hijo. Participando de la misión divina, nuestra misión no tiene otra finalidad que la de conducir toda la creación hacia la comunión con la vida divina.

 

En el ámbito de la creación, la misión implica un cambio de lugar, una separación entre aquel que envía y quien es enviado y, desde ese momento, una transformación. La misión de una persona divina, se hace -como dice santo Tomás de Aquino ­ sin separación. Cuando Jesús envía a sus discípulos, estos deben alejarse de él y a su vuelta, contarle todo lo que han hecho (Lc 9, 10). Pero cuando el Hijo es enviado al mundo por el Padre, éste permanece unido a él en todo lo que él piensa, dice y hace. Si vivimos en la misión del Hijo, éste no nos envia lejos de él, sino que nos deja estar con él, allí donde está (Jn 17, 24).

 

Esta misión, 'sin separación', llega a ser la vocación de los creyentes, gracias al Espíritu Santo que el Resucitado envia. Los discípulos descubren esta vocación de forma dolorosa como la otra cara de su experiencia de alejamiento de Jesús en su forma terrestre y familiar. El Resucitado se separa de María Magdalena, quien le busca en la tumba vacía y quiere retenerle: pero la envía a sus hermanos, portadora del mensaje de la resurrección: apostolorum apostola. Cuando los discípulos de Emaús reconocen a Jesús en la fracción del pan, él se separa de ellos, no para retirarse en una ausencia, sino para una nueva presencia que es la misión en el Espíritu Santo. Aprenden a reconocerle en su corazon ardiente, en la fracción del pan y la Eucaristía, en las conversaciones y predicaciones a los hermanos y hermanas, en la comunión con aquellos que han encontrado al Resucitado, en resumen: en la comunidad de la Iglesia.

 

Así se verifica la Palabra de Jesús: 'Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendra a vosotros el Paraclito; pero si me voy, os lo enviaré ' (Jn 16, 7). Llamados en el Espíritu Santo, nos hacemos uno con Jesucristo en su misión permanente por la salvación de toda la creacción. La mision es descanso en el movimiento de Dios y a su vez movimiento que hace participar a toda criatura, su sufrimiento y soledad, en el reposo de Dios, que se ha manifestado en la compasión del Hijo y la proximidad del Espíritu.

 

III. UNA PREDICACIÓN EN DIÁLOGO

 

3.1. Las condiciones del diálogo

 

3.1.1. El "don de orejas"

 

Una palabra clave aquí es el diálogo. Conviene explorar sus dimensiones. Para que haya un verdadero diálogo hay que tener algo que decir y desear recibir algo del otro. Los interlocutores, en situación de igualdad, se colocan delante de la verdad y profundizan su propia parte de la verdad. No se aproximarán necesariamente el uno al otro, pero se aproximaran a Dios. Dejemos a un viejo teólogo irlandes resumir este hecho: "En Pentecostés , el Espíritu dio a la Iglesia el don de lenguas y eso es admirable. No estoy enteramente convencido de que diera también el de orejas'.

 

3.1.2. El diálogo imposible

 

No hay que hacerse ilusión: un dialogo de este tipo no es siempre posible en la actualidad. Un grupo que sobrevive (por ejemplo los coptos de Egipto) no puede estar en diálogo con quien le amenaza. Cuando el fundamentalismo aumenta (en Filipinas, por ejemplo), las posibilidades del diálogo están en retroceso. A veces, a falta de interlocutores o porque hemos despreciado durante mucho tiempo al otro, las vias de dialogo parecen cerradas; como es el caso de las religiones tradicionales de Africa. En otros casos, la Iglesia no parece aún preparada (China). Pero todo es posible para Dios, ¡incluso el perdón!

 

3.1.3. Más allá del diálogo

 

está la acción conjunta, que puede tener lugar sin que el lenguaje la haya precedido. Así el ecumenismo entre católicos y protestantes se vive a través de numerosas acciones caritativas o sociales, preocupándose poco de las complejidades del diálogo de los teólogos. Cristianos y musulmanes pueden reencontrar o reconstruir concertadamente la mezquita del pueblo 'Paradis' en Benin, por poner tan sólo dos ejemplos en los cuales nuestros hermanos desempeñan un papel esencial.

 

El diálogo con quien es diferente ('otro') de nosotros es hoy una exigencia. Encerrarse o permanecer en el recinto de los creyentes, con los que compartimos nuestra fe, supondría la muerte para la Orden entera y para cada comunidad.

 

 

 

3.2. El diálogo, una actitud espiritual

 

Más que buscar reglas generales, conviene hablar de una "actitud dialogal", una "espiritualidad dialogal", donde pueda emerger el diálogo. Se perfila como una actitud fundamental del predicador, a la raiz misma de la misión de nuestros días. Proponemos aquí ciertos rasgos:

 

a) El diálogo supone ponerse al servicio del otro. Se despliega en las situaciones donde el otro puede ser un maestro para nosotros. Es dar la vuelta a la postura del que piensa poseer algo que debe transmitir al que no lo tiene;

 

b) Como dice Mgr. Kenneth Cragg: "Nuestro primer deber cuando nos aproximamos a otro pueblo, a otra cultura, a otra religión, es quitar el calzado de nuestos pies. Pues el lugar al que nos acercamos es santo. De otro modo corremos el riesgo de arrasar los tesoros de otros hombres. Más aún, no podemos olvidar que Dios está presente allí, antes de que nosotros hayamos llegado". El Evangelio mismo nos lo pedía: "Cuando entréis en una casa, decid shalom" (Lc 10,5);

 

c) Allí donde sea posible, la simpatía por la otra cultura, (o por las nuevas formas de la propia cultura) puede nacer del diálogo que se funda sobre la común humanidad.;

 

d) La reciprocidad no es una condición para el diálogo. Si éste no es correspondido o si es rechazado, no debe disuadirnos de seguirlo buscando. Si el otro se cierra, podemos permanecer abiertos y esforzarnos por crear un nuevo contexto para la relación, una atmósfera más respirable. A menos que el rechazo sea explícito. "en ese caso vuestra paz volverá sobre vosotros" (Lc. 10,6);

 

e) Por el contrario, es esencial prepararse para ser transformado por el otro, "alterado", es decir, hecho otro. Las brechas que abrimos en las murallas tienen un doble flujo; estamos listos para recibir lo que pasará del otro hacia nosotros. Se trata de salir de nosotros mismos, ir a otro lugar, y volver hacia sí mismo transformado;

 

f) Por último, la actitud del predicador de hoy plantea una paradoja: estar plenamente abierto, y al mismo tiempo, querer firmemente atestiguar lo que tenemos de verdad. Ponerse sin reservas a la escucha del otro, manifestándole que tenemos algo que decirle. Creer que no tenemos la última palabra sobre Dios, sin perder la propia fe y sin perderse

 

Entonces el diálogo podrá ser una forma de la predicación de este tiempo.

 

 

3.3 Los riesgos del diálogo

 

3.3.1. El riesgo, un valor dominicano.

 

Entrar en la actitud aquí evocada conduce a asumir riesgos: Santo Domingo tomó los suyos. Sin duda, ésta es, -sin pretender tener el monopolio-, un fuerte valor dominicano. Riesgo de salir de los espacios conocidos y cerrados; riesgo de escuchar al otro y de entrar en aventuras que no sabemos dónde nos conducirán. Ciertos hermanos y hermanas nuestros corren el riesgo de su propia vida. Resisten, en la región de los Grandes Lagos, en Chiapas, en el centro de Brasil. Algunos se exponen en lugares con una enorme miseria. No son estos lugares los que más faltan en el mundo y esto podría recordarse a aquellos que no encuentran su lugar en la Orden. "Si alguien se aburre, Paquistán es un buen lugar para curarse", dice fr. Chrys McVey.

 

¿Se asegura en la formación inicial de los hermanos el despertar a esta dimensión constitutiva de la existencia dominicana?

 

3.3.2 Los riesgos del amor

 

Según fr. Herbert Mc.Cabe, "si no amas, estás muerto; si amas, te matan". La vida y la muerte de Jesús, la vida y la muerte de nuestro hermano Pierre Claverie, lo atestiguan. La salvación viene del amor. Amar es aceptar ser vulnerable, ser herido. Conocemos la historia del hombre que se muere y que quiere entrar en el cielo. El ángel de la puerta le dice: ¿Dónde están tus heridas? - ¿Mis heridas? Responde. No tengo ninguna herida. Y el ángel, mirándolo con tristeza, le contesta: "¿no había nada por lo que te mereciera la pena luchar?".

 

Incluso sin violencia física, vivir dos culturas también supone un riesgo; pero es una exigencia del diálogo del que hemos hablado. Se trata de pertenecer plenamente a la cultura forjada por la tradición de la Iglesia y de la Orden y de estar plenamente fuera de ella. Santo Domingo vivió esto : se situaba in medio Ecclesiae y también más alla de las fronteras. Este canónigo estaba habitado por el deseo de ir a los Cumanos.

Nuestra capacidad de asumir riesgos implicará a veces incomprensiones, incluso tensiones en el seno mismo de la Iglesia. En el capítulo general de Roma se homenajeó a los hermanos: Schillebeeckx, Congar y Chenu, por haber sido fieles a la fe y a la Iglesia "a pesar de las dificuldades". El reto para el predicador consiste en tomar en serio las nuevas cuestiones en nombre de su fidelidad a la misión confiada por Jesús a su Iglesia. A veces deberá explorar vías nuevas teológicas y pensar en cristiano lo que aún no ha sido considerado.

 

IV. PERSPECTIVAS DOMINICANAS

 

4.1. El tiempo de salir

 

4.1.1. La orden y la Iglesia.

 

Nos confían misiones de Iglesia y algunos dominicos las asumen y asumirán en el espíritu auténticamente dominicano. Sabemos también que alrededor de la mayoría de nuestros conventos se han constituído comunidades cristianas: se les debe asegurar el servicio de la Palabra.

 

Con todo, no debemos realizar necesariamente todas las tareas de la Iglesia. "Hacer lo que hace todo el mundo, -dice Schillebeeckx-, no es dominicano". Sin presunción, se trata de hacer lo que otros no hacen. En efecto, no podemos olvidar que somos enviados a los que viven fuera de los límites visibles de la Iglesia. La Orden recibe sin cesar la llamada a desplazar el centro de gravedad de su misión y a velar para que esta no sea únicamente absorbida por medios cristianos.

 

 

 

4.1.2. Una orden en movimiento

 

Es tiempo de salir. Entrar en una cultura, recibir la profecía del otro, salir del proprio entorno y de sí mismo. No es sólo una cuestión numérica: no se trata de calcular el número de hermanos que están fuera o dentro, ni de la proporción de cada uno de nosotros que se dirige hacia el exterior, aunque un criterio cuantitativo tenga cierta pertinencia.

 

Ser dominico es estar en movimiento, no en la estabilidad de un ordo, por tanto somos una Orden ordenada al movimiento. ¿Somos frailes seguros y estables o más bien móviles? Movilidad geográfica, hacia los que son menos accesibles; movilidad social, hacia lugares poco accesibles de nuestros propios mundos; movilidad intelectual, pues nuestras viejas teologías y eclesiologías no nos dotan suficientemente frente a nuevos desafíos. Sin audacia intelectual, no saldremos adelante.

 

4.1.3. Más allá de Ávila.

 

¿Acaso no es tiempo de ir más allá de las propuestas del capítulo general de Ávila? Este designó fronteras para la Orden (éstas han sido interpretadas en ocasiones de manera estática: "tal hermano está o no está en las fronteras"; sin embargo se trataba más bien de un dinamismo). Pero, ¿somos llamados a permanecer en las fronteras o más bien a sobrepasarlas, a ir más allá? Toda frontera está hacha para ser franqueada, es un paso ­ ¡la misma palabra que "Pascua"!

 

4.2 ¿Dónde llevar la Palabra?

 

4.2.1 Las religiones y las culturas.

 

Frecuentemente hablamos de diálogo interreligioso: algunos hermanos y hermanas se han comprometido decididamente en esta labor y es una tarea de la misión en nuestros días. La experiencia muestra que este diálogo es ante todo un encuentro entre creyentes, antes que entre religiones; entre personas y no entre sistemas.

 

Pero el diálogo no puede reducirse a esto. Merece ser planteado con toda persona diferente de nosotros, aunque no compartamos el suelo común de una pertenencia religiosa. Puedo recibir de cada una parte de la verdad sobre lo que es un ser humano. Charles Péguy hablaba de uno de sus amigos como "un ateo que rezumaba la Palabra de Dios".

 

Este encuentro con otros mundos puede hacerse fuera de nuestro país o dentro del mismo, a través de los extranjeros que viven en él, o también a través de formas de cultura que emergen en su seno (Internet, cultura de los jóvenes, actores económicos, investigadores, trabajadores sociales, artistas).

 

4.4.2 Fracturas y reconciliación

 

Hemos de volver aquí a las "líneas de fractura". En estos lugares (geográficos, sociales, culturales, religiosos) la comunión entre los seres humanos está deshecha. ¿No consiste nuestra tarea en llevar la reconciliación en Cristo allí donde el mundo se resquebraja? Una "palabra de reconciliación" es una dimensión importante de nuestra predicación. Y cuando toda palabra sobra, la sóla presencia puede ser significativa por sí misma. Diversos testimonios nos muestran la importancia de "estar ahí".

 

Podemos volver a evocar a fr. Pierre Claverie, a propósito de Argelia. Cinco semanas antes de su muerte, predicaba en Prouille:

 

"Nos encontramos como al pié de la cama de un amigo, un hermano enfermo, en silencio, apretándole la mano, secándole la frente. A causa de Jesús, porque Él mismo sufre aquí, en esta violencia que no perdona a nadie, crucificado de nuevo en la carne de miles de inocentes. Como María, su madre, y san Juan, estamos aquí, al pie de la cruz en la que Jesús muere, abandonado por los suyos y humillado por el pueblo. ¿No pertenece a la esencia del cristianismo estar presente en los lugares de sufrimiento, en lugares de desamparo, de abandono? ¿Cuál sería entonces el lugar de la Iglesia de Jesucristo, que es Cuerpo de Cristo, si no estuviera allí en primer término? Creo que muere por no estar suficiéntemete cercana de su Señor."

 

4.3 Una libertad sorprendente

 

Los desafíos que nos llegan son nuevos, pero podemos anfrontarlos con los antiguos recursos de la Orden. ¿Cómo sacamos de ellos fuerzas para ser libres en nuestra misión?. Tenemos los recursos, y no usarlos para afrontar estos desafíos supondría pecar contra el Espíritu.

 

4.3.1 Liberados para la misión.

 

Estamos consagrados a la misión de la Orden. Aquí radica el sentido del voto de obediencia pronunciado al Maestro de la Orden. A veces se nos olvida. ¿No deberíamos recordárnoslo más a menudo, personalmente y a nuestros hermanos?

 

Se ha descrito a santo Domingo como un hombre de una libertad sorprendente. ¿Qué había en él que llenaba a sus contemporáneos de estupor y que aún hoy nos consterna? ¿Se trata de esta libertad que a la vez admiramos y tememos? Nos maravillamos de la audacia de nuestro fundador, pero podría suceder que de hecho, nos situemos del lado de los hermanos que ante su ímpetu llamaban a la prudencia.

 

Poner en juego tal libertad hoy significa:

 

por un lado, adquirir la libertad interior, en la que la pobreza es una de las condiciones: si no tenemos nada, no tenemos nada que perder o defender. ¿Conocemos la desposesión que nos hace libres? Significa también ausencia de poder: quien no lo tiene, no tiene nada que proteger. Es también la libertad del hermano itinerante, descargado de toda pesadumbre;

 

por otro lado, permanecer libres frente a las instituciones, sobre todo hacia las nuestras. El cristianismo es un gran creador de instituciones, que pueden maniatarnos. Aunque no podamos hacer una regla general, dada la diversidad de situaciones en la Orden, al menos podemos preguntarnos qué suscita el servicio a las comunidades cristianas: ¿no se convierte a veces en una cierta pantalla alrededor de los conventos, que impide a los hermanos llegar a otros horizontes?

 

4.3.2 Más allá de las trabas

 

Da la impresión que algunos están encadenados a lugares, instituciones, contratos, campos de trabajo. ¿No es hora de emprender una evaluación profunda y sin contemplaciones sobre las misiones actuales, tanto las de la comunidad como las de cada fraile, y si fuera necesario sacrificar con generosidad aquellos compromisos, que por buenos que sean, frenan la libertad de relanzar el apostolado de nuestras provincias y nuestros conventos?

 

En el momento en el que Abraham recibió la llamada a salir de su tierra, no estaba haciendo nada malo: vivía en su país como cualquier otro, pero fue convocado por Dios a ir a otro lugar.

 

Las preguntas que se nos lanzan a cada hermano y a cada comunidad son: ¿de qué necesitamos liberarnos? ¿qué medios hemos de utilizar para hacernos más disponibles para la misión?

 

4.3.3 Una última palabra : la locura

 

"Quien no oye la música, cree que los bailarines están locos." Cuando decaen las formas de una vieja cultura, la nueva cultura siempre se crea por un puñado de gente que no tiene miedo de perder sus puntos de referencia y arriesgarse. Los demás los toman por presuntuosos y locos.

 

La gente pensaba que Jesús "había perdido la cabeza" (Mc 3, 21), tan excéntricos eran sus comportaientos y tan alejados de la norma. Si debemos estar "totalmente en un lugar y totalmente fuera de él, acaso necesitemos situarnos más allá de las normas, lejos de las conveniencias y de los equilibrios tranquilos. ¿Qué es lo que hacemos que induzca a los otros a pensar que hemos perdido la cabeza?

 

Si vivimos lo que predicamos, si nuestra vida es en verdad un servicio al Evangelio que nos empuja por caminos más allá de las fronteras, entonces una brizna de locura evangélica nos habitará.


 

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Capítulo General, 1998
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