C a p i t u l o   G e n e r a l  B o l o n i a   '9 8
Orden de Predicadores
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Traducción española 14lug98/1402ectts

AFECTIVIDAD Y FORMACIÓN
 

 

Algunas cuestiones sobre el pleno desarrollo de los hermanos en la Orden

Fr. Eric de Clermont-Tonerre
Bolonia, 14 de julio 1998
 

Maestro de novicios durante ocho años, fui después Prior Provincial de la Provincia de Francia (París) durante 4 años y medio. En la actualidad, desde hace un año, soy prior provincial de la nueva provincia de Francia, resultado de la unión de las provincias de París y de Lyon. Mi intervención está, por tanto, situada en Europa y Francia. No conozco otros contextos. Tampoco soy un especialista. Mi objetivo se va a limitar a proponer algunas reflexiones, no siempre muy elaboradas. Si esperáis recetas o soluciones para la formación de los hermanos, seguramente quedaréis decepcionados.
 

1.- Siete observaciones.
 

1.1.- En muchos institutos religiosos, y también en nuestra provincia dominicana, asistimos a crisis muy profundas y a veces a salidas de frailes, las cuales se sitúan a menudo alrededor de la profesión solemne o en torno a la ordenación (antes o después). Estas crisis para mí son signo del difícil paso a la edad adulta y a una cierta madurez humana que la caracteriza. Me parece que están relacionadas, - pero volveré sobre estas cuestiones más tarde en mi exposición -, con lo que representa la etapa decisiva de la salida de la formación inicial y del estatuto de estudiante, y con el hecho de afrontar una soledad diferente y a menudo mayor, aquella que los frailes encuentran al final de sus estudios y al principio de su vida como jóvenes sacerdotes.
 

Una de las razones, entre otras, que pueden explicar estas crisis - las cuales considero como normales y beneficiosas, aunque sean peligrosas- es la lenta maduración de los jóvenes de hoy: éstos necesitan tiempo para pasar a la edad adulta, aunque no siempre lo parezca, sobre todo, porque en muchos aspectos los jóvenes son también, con la misma edad, más maduros que en otras épocas. Hace unos años apareció en Francia un libro sobre esta cuestión; su título era significativo: Las interminables adolescencias. Ahora bien, nuestro largo sistema de formación mantiene al fraile en un estatuto de estudiante durante siete u ocho años, mientras que cuando entra en la Orden con una cierta edad, ya lleva varios años de estudios superiores. ¿No contribuye este sistema de formación, en ciertos casos, a que la maduración humana vaya más lenta? Nuestros frailes hacen sus opciones muy tarde. La opción por la vida religiosa no siempre se asume psicológicamente como una opción de la edad adulta, porque no conduce inmediatamente a un nuevo estatuto en la sociedad, sino que mantiene al fraile en cierta posición: está en formación, es todavía estudiante.
 

1.2.- Me parece que hay un gran silencio en nuestras comunidades sobre las cuestiones afectivas. No sé si esto se verifica en otros lugares como ocurre en Francia. El hecho de que no hablemos o de que hablemos poco de estos temas, que no reflexionemos juntos sobre estos temas, tiene una cierta explicación. Pero me pregunto si no hay un gran déficit de reflexión y, en consecuencia, un gran vacío para aquéllos que están encargados de la formación de los hermanos. La buena acogida que muchos frailes han mostrado ante la última carta a la Orden de fr. Timothy Radcliffe, se explica en este contexto. ¡Se atreve a hablar de estos temas!
 

¿Hay en nuestros programas de formación, además de cursos o seminarios sobre la moral sexual, una reflexión seria sobre la sexualidad, el deseo, el placer, el crecimiento humano y afectivo, sobre la maduración - siempre relativa y siempre a desarrollar en las diferentes edades de la vida, sobre el celibato·, y esto teniendo en cuenta nuestra situación específica de célibes, que deben vivir la continencia, y que han prometido vivir las relaciones humanas con un amor verdadero y casto? Quizá sería importante que intercambiáramos las experiencias que tenemos en nuestras provincias sobre estas cuestiones, la reflexión común sobre la formación (inicial o permanente). El enorme silencio en estos temas, al cual se añade un cierto silencio sobre las crisis de las que hablaba en el número 1.1, conlleva una gran soledad para los frailes que se sitúan ante las cuestiones que se les plantean.
 

1.3.- La ausencia de una reflexión común y de intercambios sobre la sexualidad y sobre la maduración afectiva está, en mi opinión, completamente ligada a la ausencia de reflexión común y de intercambio sobre la muerte. Sigo impresionado por un comentario de fr. Damián Byrne al final de la visita canónica que hizo hace algunos años a la Provincia de Francia. Nos decía: "Me he encontrado un gran número de frailes mayores, sin embargo no les he oído hablar de la muerte". No obstante, nosotros utilizamos precisamente esta palabra cuando hacemos nuestra profesión de obediencia usque ad mortem (hasta la muerte), y sabemos que esta fórmula caracteriza la vida de Jesús, de quien el Evangelio nos dice claramente que enfrentó la muerte. Pienso igualmente en la antífona Media vita, in morte sumus. La maduración está muy unida a la experiencia personal de la muerte, es decir, a la integración de la muerte (de la propia muerte) en su visión de la vida y de la propia vida. Quiero hablar de esta experiencia que necesitamos hacer, de una manera u otra, ya que la vida es un don, nos ha sido dada y no la controlamos, ya que somos mortales.
 

La experiencia de nuestra condición mortal, comienza a través de las etapas de nuestra vida que nos conducen a "hacer ciertos duelo", por ejemplo, asumir ciertas pruebas de salud o limitaciones personales, pruebas afectivas dolorosas por las elecciones que implican, rupturas de relaciones que proceden de una nueva asignación·, en definitiva tener que asumir el riesgo que comporta toda elección importante en la propia existencia o todo acontecimiento que nos afecta íntimamente. La maduración personal, ¿no pasa por la capacidad de hacer elecciones, de descartar otras posibilidades hasta entonces abiertas, y por la capacidad de asumir los riesgos que estas elecciones implican?
 

1.4.- El contexto social y eclesial se caracteriza por una fuerte crisis de identidad o de las identidades. Por un lado, sabemos que existe una gran incertidumbre sobre la identidad de la vida religiosa, sobre la identidad del sacerdote en nuestras sociedades, porque las formas de vida y las imágenes que la sociedad nos envía desde el exterior, han evolucionado mucho y al mismo tiempo hay poca presión social para que esas identidades estén más caracterizadas y se puedan percibir, distinguir mejor. Por otro lado, existe una fuerte presión social en lo que se refiere a la identidad sexual y a la identidad profesional, aunque a causa de la evolución de las costumbres y del paro, estos dos campos de identificación, (la sexualidad y la profesión), estén también caracterizados por la incertidumbre. Como consecuencia de todo ello, creo que los procesos de identificación necesarios para la maduración humana y afectiva son a menudo demasiado caóticos. Por ello vemos aparecer, en el desarrollo de las personas, ciertos acentos, esto es, focalizaciones, bien sea sobre la identidad religiosa, sobre la identidad sexual, o sobre la identidad profesional (tal actividad apostólica, o a caso tal campo de estudio o los estudios en general), insistencias o campos que absorben todas sus preocupaciones.
 

1.5.- Una gran proporción de hermanos que entran en la Orden, en nuestro caso, están marcados por el tema de la homofilia o de la homosexualidad (dependiendo de los términos que prefiramos emplear). Podríamos distinguir, por una parte, los hermanos que tienen una estructuración psicoafectiva homosexual afirmada, habiéndola experimentado ya, que tienen conciencia de su identidad y que a veces desean que se reconozca esta identidad; y por otra, los hermanos aún algo inmaduros a nivel afectivo, un tanto indeterminados en su orientación psicoafectiva y en búsqueda de su identidad. Sea lo que sea, y reconociendo que estas afirmaciones de identidad o estas búsquedas de identidad son legítimas, y que forman parte de la maduración necesaria, quisiera destacar dos dificultades que a menudo nos encontramos. La primera dificultad reside en el hecho de que, como he indicado antes, se puede producir una focalización individual o colectiva sobre la cuestión de la identidad sexual, se hable o no abiertamente de ello. La segunda dificultad que aparece a menudo como consecuencia de esta focalización es que, en algunas comunidades, puede desarrollarse lo que yo llamo -aunque la expresión quizás no sea acertada- una cultura homófila, caracterizada por formas de reconocimiento, por modos de estar en relación unos con otros, por acentos particulares en la vida fraterna, que puede ser una fuente de tensión entre los hermanos y llegar a impedir la libertad de la palabra.
 

1.6.- Me parece que sería interesante, - pero, ¿es realizable? -, preguntarnos, en comunidad, qué imagen de mujer tenemos y transmitimos a través de nuestros comportamientos, a través de nuestra manera de hablar de las mujeres, y en particular de aquellas que están más cerca de nosotros y de nuestras comunidades. Debe haber diferencias culturales en función de las regiones del mundo, o según los países. Y hay diferencias también según las personas. Sin embargo, si tomamos distancia para escuchar a los hermanos, para analizar las actitudes, las reacciones espontáneas, las reflexiones o los discursos, nos sorprendería constatar que nuestro universo masculino y eclesiástico transmite imágenes de la mujer, a veces muy diferentes, que no siempre son sanas en el plano afectivo.
 

1.7.- Las relaciones de los hermanos con sus familias son ámbitos particularmente delicados hoy. Muchos son los hermanos para los cuales la situación familiar, los lazos afectivos con sus padres, constituyen dificultades serias para una integración duradera en la Orden, para su maduración afectiva y para una verdadera libertad. Muchos tienen dificultad en dejar sus familias para echar raíces en la vida religiosa y para crear un nuevo tipo de relación con sus familias. Esto me parece muy importante, incluso si no tengo el tiempo de desarrollarlo.
 

2. Los tres recursos de la maduración afectiva.
 

2.1.-La maduración afectiva tiene lugar a lo largo de la existencia del individuo, es decir, existiendo. Utilizo este término atendiendo a su significado: "existir" significa "salir de". La existencia consiste, pues, en una serie de éxodos, en salir de estados anteriores hacia otros nuevos. De hay que para que una vida sea fecunda es preciso, de alguna manera, desenraizarse para volver a echar raíces. El hermano Antoine Lion recordaba esto ayer a propósito de la misión de la Orden, utilizaba para ello la expresión, "asumir el riesgo de salir y de alejarse". También ayer, el itinerario de Pierre Claverie se nos describía claramente en términos de desenraizamiento y de enraizamiento. Siento, sin embargo, que este proceso difícil se reemplaza con frecuencia por enraizamientos sucesivos que no siempre son buenos para la maduración, ya que se tiene miedo de perder, de abandonar, y se convierten en verdaderos frenos para el crecimiento. Podríamos retomar aquí la relación con la familia de la cual hablaba hace un instante
 

2.2.-Los tres dinamismos esenciales de la existencia y de la maduración afectiva, si los vivimos en esta línea de éxodo, son: la acción, el apego y el proyecto, es decir, el trabajo, el amor y la política. Estos tres dinamismos se corresponden a su vez con los ámbitos a los que nos referimos con los tres votos: la pobreza (compartir el trabajo y los recursos), la castidad (o la capacidad de amar y dejarse amar), la obediencia (el hecho de participar con otros en proyectos elaborados en común). Los tres ámbitos son esenciales para la humanización del individuo. Y la maduración afectiva (amor-relación) no puede realizarse más que sobre el despliegue de los otros dos ámbitos.
 

2.3.- Las crisis que se dan en los frailes jóvenes al acabar la formación provienen a menudo del hecho de que, al pasar del estatuto de hermano estudiante al de hermano sacerdote, los tres ámbitos de desarrollo se quiebran al mismo tiempo, en el proceso de desenraizamiento y enraizamiento que hemos de vivir:

Las crisis, cuando son profundas, se "solucionan" a veces con el activismo (mi actividad que por fin he encontrado), con una relación amorosa o la búsqueda, muchas veces inconsciente, de una relación amorosa y por el alejamiento de la comunidad al elaborar con otros proyectos fuertes.
 

2.4.- Nuestras comunidades manifiestan un gran déficit a la hora de ofrecer a nuestros hermanos condiciones favorables para su completo desarrollo y para su maduración en momentos decisivos de su vida: el individualismo en las actividades; las relaciones afectivas no siempre bien equilibradas, bien porque se vuelcan demasiado hacia fuera de la comunidad o excesivamente dentro de ella; la ausencia de proyecto comunitario. Además, he constatado a menudo que, frente a las crisis hay mucho pánico en las comunidades, e incluso se producen a veces procesos psicológicos de exclusión, pero se manifiesta poca paciencia.
 

3. Maduración y formación.

Para terminar, he aquí algunos puntos que debemos considerar en la formación, y algunos ámbitos en los que se verifica la madurez dentro de nuestra vida religiosa dominicana:
 

3.1.- No existe madurez en sí misma. Toda madurez es relativa, varía según la edad que consideremos, según las personas, las situaciones familiares y los estados de vida. Los cambios bruscos en la vida de un hombre o de una mujer pueden alterar la madurez demostrada hasta entonces. No hay madurez sin autonomía personal, que surge de la toma de conciencia y del conocimiento de sí mismo. A través de las etapas normales de la existencia humana, hemos de gestionar nuestra personalidad tomando cierta distancia de las presiones y de los replanteamientos e interpelaciones venidos del exterior, manifestando a la vez la capacidad de acogerlas y tenerlas en cuenta, y la capacidad de que nos afecten excesivamente. Además la maduración requiere el sentido del otro, del diferente. Este sentido del otro es el que nos abre a la acogida, a la escucha, al respeto del pensamiento y los deseos del otro, sabiendo al mismo tiempo situarnos frente a su influencia. El tercer componente es la capacidad de discernir, de juzgar, de decidir, de reaccionar desde el centro de las situaciones, de adaptarse o de oponerse a ellas. El cuarto componente es la capacidad de asumir los conflictos y los fracasos.
 

3.2.- La vida religiosa presenta características propias en lo que respecta a la maduración y a los riesgos de inmadurez:

Estos signos de inmadurez deben ser examinados de cerca en la formación, ya que hace falta tener en cuenta el pasado de los hermanos, y las inevitables regresiones·

3.3.- La vida de oración, con el recogimiento que exige y con la meditación de la palabra de Dios que implica, contribuye a la desposesión de sí mismo, necesaria para la maduración. La oración nos reenvía sin cesar al conocimiento personal y a una verdadera soledad. Nos enfrenta a nosotros mismos, nos invita a quitarnos las máscaras y a purificar nuestras motivaciones. Pero para que la vida de oración sea benéfica, debe estar acompañada de la autentificación del encuentro con Dios que supone la conversión: si al presentarte ante el altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja ahí tu ofrenda y vete primero a reconciliarte con tu hermano.

3.4.- En la vida de comunidad, el aprendizaje de un verdadero diálogo con los otros, es también un elemento de formación y de maduración, con todo lo que el diálogo comporta de silencio, de escucha a otros, y de capacidad para expresar su propio pensamiento. Me sorprende como en nuestras comunidades existe la dificultad para un diálogo sencillo y fecundo. Considero importante que en nuestras comunidades estemos atentos a la perversión de la palabra, que es una de las expresiones de la perversión de la ley. La ley ética en la vida común se basa sobre tres prohibiciones: la de la violencia mortífera o la prohibición del homicidio (no matar la palabra del otro en nuestras comunidades, la libertad que tiene de decir lo que piensa, respetando su pensamiento y su palabra); la de la fusión o del incesto (la palabra absoluta que absorbe y excluye las palabras de los otros); la de la mentira (la palabra falsa que engaña). En nuestra Orden, que es la Orden de la palabra, no se da sin embargo la suficiente reflexión acerca de lo que significa hablar, acerca del papel de la palabra en la estructuración de la vida humana. La madurez implica la capacidad de asumir las dependencias y las mediaciones, a veces duraderas, que supone la vida con otros, la vida en comunidad y esa mediación particular que es la palabra. El estudio es, también, un ámbito particularmente importante para el aprendizaje del diálogo y para el respeto de las mediaciones.
 

3.5.- Por último, tendríamos que subrayar el importante papel que desempeñan las responsabilidades apostólicas que se les confían a los hermanos. En ellas tienen que aprender cómo el servicio real a los otros exige el olvido de sí mismo. También aquí, el encuentro con el otro, con quien es diferente y tiene sus propias opiniones y necesidades reales, es un lugar de maduración, en la medida en la que se reflexionen y se evalúen las experiencias realizadas.

 
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