C a p i t u l o   G e n e r a l  B o l o n i a   '9 8
Orden de Predicadores
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GOBIERNO: DEMOCRACIA Y COLABORACIÓN

Me han pedido que os proponga algunas reflexiones obre el tema: "Gobierno: Democracia y colaboración". Me he tomado la libertad de inspirarme en la Biblia para hablar de estas realidades que a primera vista tienen su fuente en el ámbito extra bíblico.

¿Democracia o koinocracia?

En el congreso en el que se conmemoró el 25 aniversario de la revista Concilium (Lovaina, septiembre, 1990) me arriesgué a proponer la exploración e utilización del concepto "koinocracia", en el lenguaje religioso cristiano en lugar del de democracia. La razón fue la siguiente:

Democracia, sistema de gobierno

La democracia es un concepto, un sistema y una práctica nacidas en la Grecia antigua, y asumida por los diversos pueblos para el gobierno de las sociedades. Como sistema social y como modo de gobierno político, la democracia se apoya sobre unos presupuestos y sobre una ética que excluyen la intrusión de los dioses y del dictado de las religiones. Las sociedades se dan a sí mismas reglas y leyes que se apoyan en la máxima implicación del pueblo y del ciudadano, en el ejercicio del poder político, y en la concepción y organización de las leyes. La democracia como concepto y como práctica se caracteriza, por tanto, por una total autonomía respecto de las religiones. La democracia evoluciona como un sistema complejo, siempre susceptible de ser perfeccionado y según una lógica endógena.

Es cierto que en la historia, las religiones, y particularmente el cristianismo, han influido, frenado o favorecido el ejercicio político de la democracia, situándose a favor o en contra de los regímenes democráticos, aliándose a gobiernos o a estructuras monárquicas, despóticas o tiránicas. La historia de Europa muestra que, hasta la Revolución Francesa y más allá de ella, la Iglesia Católica sostuvo tradicionalmente a las monarquías autocráticas y a las instituciones feudales, legitimando con ello poderes poco respetuosos con las libertades humanas y engendrando en la Iglesia una alergia a las formas democráticas de gobierno. Sería injusto y simplista, sin embargo, oponer cristianismo y democracia: la tradición de nuestra Orden bastaría para invalidar esta afirmación.

Tradicion "democrática" de la Orden de Predicadores

A partir de los escritos, bien conocidos, del sociólogo belga Léo Moulin y numerosas obras contemporáneas sobre la legislación de la Orden de Predicadores, reconocemos en general que los dominicos constituyen, en el seno de la Iglesia, la orden antigua más democrática. En una conferencia titulada "Une 'démocratie' au Moyen-Âge: l'Ordre des Frères Prêcheurs" (en: Le Rotarien, Nov, 1997, 17-22), fr. P. Abeberry op. muestra con precisión cómo la estructura, la práctica y el espíritu democráticos que caracterizan a la Orden desde sus inicios, constituyen una originalidad notable en el seno de las instituciones eclesiales. Él señala que: "ˇ esta 'democracia' dominicana funciona desde hace casi ocho siglos. En el ámbito político, parece ser que ha influenciado las constituciones de ciertas naciones modernas".

Sabemos también de la admiración que Leon Moulin presta al funcionamiento democrático de la Orden, como lo muestra en el siguiente texto de su obra La société de demain dans l'Europe d'aujourd'hui: "Es difícil, escribe, no tener un sentimiento de admiración ante esta catedral del derecho constitucional que es la legislación dominicana (ˇ) Estamos aquí en presencia de una auténtica democracia en la que los gobernados gozan de más poder, es decir, de más ocasiones para manifestar su voluntad, que los gobernantes. (ˇ) Un mecanismo animado por un doble movimiento, que va sin cesar de la base a la cabeza pasando, para enriquecerse, por todas las escalas, y vuelve en cascada de la cabeza a la base, mecanismo alejado tanto de la facilidad de los sistemas centralizadores como de los peligros de la anarquía.".

No insistimos más en ello ya que todos estamos convencidos - y legítimamente orgullosos- del carácter fundamentalmente democrático de nuestras instituciones y de nuestro estilo de vida, hasta el punto de proponer al resto de la Iglesia nuestra forma de gobierno. El hermano Pierre Abéberry termina un artículo sobre la democracia dominicana, señala a las instituciones de la Iglesia y de Europa como: "en el mismo seno de un catolicismo fuertemente centralizado, la democracia dominicana ofrece aún hoy un posible modelo de funcionamiento eclesial, ya que pone el acento en la participación y la corresponsabilidadˇ Quién sabe si no encontraríamos aquí una fuente de inspiración para una Europa en búsqueda de sí misma".

Se plantean preguntasˇ

En la práctica se nos plantean a veces algunas preguntas sobre el funcionamiento actual de la Orden o sobre la pertinencia de tal o cual práctica en nuestras instituciones: como por ejemplo ¿hasta dónde debe llegar el respeto de las libertades, la autonomía y las diversidades? ¿No tienen las mayorías la tentación de ser a veces tiránicas y exclusivas? ¿Encuentran las minorías siempre una consideración adecuada? ¿La igualdad fundamental de las personas y sus derechos no conduce a veces a un cierto igualitarismo, a la nivelación de las relaciones intracomunitarias y a ciertos comportamientos descarados? ¿ Invita la corresponsabilidad a la solidaridad y a la colaboración? ¿Qué hacer ante situaciones de parálisis o de bloqueo institucional? ¿Qué hacer frente a las manipulaciones de los "lobbies" o grupos de presión? ¿Cómo utilizar sanciones que sean a la vez respetuosas con la libertad de las personas y, al mismo tiempo, protectoras de la integridad y de la identidad de la institución? ¿Cuál es hoy el sentido y el alcance del precepto formal? ¿Cómo evitar, en el marco de la mundialización actual, que la instancia del Capítulo General aparezca como un parlamento aislado de la base y desconectado de las realidades humanas y religiosas del mundo de hoy?

Las fuentes evangélicas de nuestras instituciones

Frente a estas preguntas y a los límites de la práctica institucional de la Orden, se nos invita a ir más allá del sistema democrático, a través del regreso a las fuentes evangélicas, que nos indican cómo vivir juntos. Nuestras comunidades y la Orden en su conjunto no constituyen asambleas democráticas, que obedecen simplemente a reglas y a leyes, al servicio de proyectos humanos de convivencia o de conquista del mundo. La regla de San Agustín señala, desde el principio, la natrutaleza exacta de nuestra institución: 'Lo primero porque os habéis congregado en comunidad es para que habitéis en la casa unánimes y tengáis un alma sola y un solo corazón hacia Dios?' Para Domingo la vida apostólica se caracteriza, ante todo, por la koinonía, tal y como los apóstoles la intentaron constituir después de Pentecostés, con la fuerza del Espíritu: 'La multitud de los creyentes tenía un sólo corazón y una sola alma... Lo tenían todo en común, ... eran asiduos a la koinonía' (Hch 2 y 4)

Las raíces evangélicas de nuestras instituciones y, más especialmente, de nuestra forma de gobierno, se nos recuerdan sin cesar en la regla de San Agustín, en la Constitución Fundamental, en los preámbulos del libro de las Constituciones y en las actas de los Capítulos Generales. Tal vez tengamos tendencia a olvidar un cierto número de verdades de base, constitutivas de la existencia y del crecimiento de la koinonía dominicana. Destacaré tres:

1. El Espíritu es el autor y la fuente permanente de la koinonia dominicana

Que el Espíritu sea el Autor y la fuente de la koinonía dominicana es algo que queda claramente testimoniado en la Constitución Fundamental. 'Como en la Iglesia de los Apóstoles, entre nosotros la comunión se funda, construye y afirma en el mismo Espíritu' (Const. Fund. 3 § 1). Nuestro vivir juntos y nuestra Misión, nacidos de la tradición apostólica y profética, están marcados por el sello del Espíritu cuyo primer carisma es el de la koinonía.

La tradición de la Orden quiere que a cada acto mayor propuesto por los capítulos le preceda la invocación o la Misa del Espíritu Santo. Esto debería ser habitual en nuestras reuniones electivas o deliberativas, para recordarnos el puesto y el rol del Espíritu en el Proyecto de vida de Domingo y en la permanente fidelidad de la Orden a este Proyecto. Cuando en los Capítulos, llegamos a veces a las palabras (o incluso a las manos) o cuando, en situaciones de conflicto, estamos a punto de romper la koinonia, ¿porqué no reavivar la presencia del Espíritu en la comunidad siguiendo el ejemplo de los Apostoles, que no tomaban ninguna decisión sin la asistencia y la autoridad del Espíritu? Entonces nuestras asambleas capitulares se atreverían a decir, en verdad y con responsabilidad, al igual que la Asamblea apostólica de Jerusalén: 'El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido...'

Creo que una de las causas principales del mal funcionamiento de nuestras instituciones reside en el 'déficit de Espíritu' que caracteriza algunas de nuestras asambleas, una falta de referencia vital a la necesaria presencia del Espíritu, el único que conduce nuestras deliberaciones y nuestros debates a la Verdad entera en la koinonía. El compartir fraterno de los bienes, el intercambio de las ideas, se efectúan en la invocación y en la acogida del Espíritu. Las reglas prácticas del funcionamiento democrático y de gobierno deben apoyarse sobre esta realidad primera, fuente del servicio de la Autoridad y de la disponibilidad de la Obediencia.

2. La koinonia se apoya sobre la corresponsabilidad

Dos textos del Antiguo Testamento ilustran esta realidad fundamental de la corresponsabilidad que caracteriza a la koinonía. En el episodio bien conocido del libro de los Números (Nm 11, 16-18) Dios da esta orden a Moisés: "Reúneme a setenta ancianos de Israel... Tomaré parte del espíritu que hay en ti y lo pondré en ellos, para que lleven contigo la carga del pueblo y no la tengas que llevar tú solo". La corresponsabilidad ejercida por Moisés y los 70 ancianos a la cabeza del pueblo tiene como fuente el Espíritu compartido, cuya unidad se significa por el hecho de haberlo tomado de la cabeza de Moisés. Todos comulgan en un mismo espíritu, entregado en primer lugar a Moisés. Todos participan colegialmente en el gobierno del pueblo. El episodio de Eldad y Medad que recibieron el mismo espíritu aunque se quedaron fuera del campamento, conduce a Moises a realizar esta bella oración, que exclama: "¡Ojalá que todo el pueblo Yahvé fuera profeta y recibiera el espíritu de Yahvé", (Nm 11, 26-30).

Este deseo será retomado por el profeta Joel, bajo forma de profecía. "Derramaré mi espíritu en toda carne. Vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán. Vuestros ancianos tendrán sueños y vuestros jóvenes verán visiones. Hasta en los servidores y las siervas derramaré mi espíritu." (Jl 3, 1-2).

Estos dos pasajes del Antiguo Testamento ilustran la manera en la que el Pueblo de Dios es llamado a gobernarse: en un espíritu de corresponsabilidad, es decir, de comunión con el mismo Espíritu, Fuente de todo poder, de participación de todos a la vida y al crecimiento del conjunto, del compartir armonioso de las responsabilidades. En el Nuevo Testamento, ni el poder de las llaves (Mt 16, 19), ni la práctica de los apóstoles conduce a una concentración autocrática del poder de gobierno. Al contrario, invita al ejercicio de la corresponsabilidad a todos los niveles, sin confiscación jerárquica del Bien común del Espíritu que se derrama sobre jóvenes y viejos, mujeres y hombres, sobre personas importantes y los siervos.

En la Orden, nuestras constituciones y la práctica capitular nos despiertan sin cesar al ejercicio de esta corresponsabilidad. Muy pronto, cada hermano descubre que es sujeto de pleno derecho y miembro por entero del cuerpo entero y que, 'siendo muchos, no formamos más que un solo cuerpo en Cristo' (Rm 12, 5), en la diversidad de dones y de funciones. Pero frecuentemente, en la práctica, no comprendemos la corresponsabilidad ni se ejerce de manera adecuada, sea porque quienes detentan oficialmente esta responsabilidad no la comparten o bien por la falta de participación de otros miembros de la comunidad o de la provincia.

Esto puede explicarse de dos maneras. por un lado, a pesar de las barreras institucionales puestas en el ejercicio de la autoridad, a veces es muy grande la tentación de un autoritarismo y una práctica solitaria del poder en el seno de las instituciones. Creo que es imperativo que en la mitad del mandato se ejerza un control verdadero y fraterno del gobierno de los priores conventuales y de los provinciales, para poder realizar las correcciones necesarias y aportar las enmiendas requeridas.

Por otro lado, los capítulos y los consejos pueden igualmente caer en la tentación de funcionar como espacios protegidos por el secreto de los grupos muy cerrados. Hoy, particularmente, la necesidad de una información amplia y lo más regular posible se hace sentir en todos los niveles de deliberación y de toma de decisiones. La indiferencia o el desinterés que muestran los hermanos hacia las Actas y las decisiones de los capítulos provinciales y generales provien, en en gran parte, del déficit de información que caracteriza el funcionamiento de nuestras asambleas. Si nos referimos expresamente al Capítulo General, es necesario reconocer que la mayoría de los hermanos, no tienen ningún interés por él, por la sencilla razón de que no están asociados ni en su preparación, ni en su desarrollo y todavía menos en las orientaciones y las decisiones que se toman. Muchos se lamentan de que los Capítulos Generales se ocupan más de cuestiones de rutina que de los verdaderos retos del momento presente. Se lamentan también de que no podamos comunicar de antemano al conjunto de los frailes las grandes cuestiones a tratar, para poder favorecer la elaboración de decisiones más consensuadas. Tal vez sería provechoso para todos, conocer con un año de antelación, el resultado del trabajo de las distintas comisiones de la Orden sobre las principales cuestiones de la vida y de la misión dominicana, y que éstos fueran comunicados al conjunto de los hermanos como información, o para poder hacer sugerencias o enmiendas. Por otro lado, en la época del fax y del internet, el secretariado y el comité de prensa del capítulo podrían dar cada semana noticias del Capítulo bajo forma de comunicados informativos destinados a todos los hermanos, durante toda la Asamblea capitular. Finalmente, ¿no podríamos al final del capítulo, sin esperar a la publicación de las actas que después muy pocos hermanos leen, hacer un resumen claro y sucinto de las principales decisiones y orientaciones tomadas por él, un resumen destinado al conjunto de los hermanos sin tanta demora? Es verdad que muchas de las dificultades y de los problemas encontrados en la práctica de la autoridad y de la responsabilidad son engendrados por una falta de información y de comunicación entre los frailes y las instancias de gobierno.

Continuando con el tema del ejercicio de la corresponsbilidad para el funcionamiento de las asambleas capitulares, una cuestión particular ya planteada en el pasado, se refiere a la composición de los capítulos en las casas de formación en las que, por razones númericas, los jóvenes hermanos vocales en formación pueden constituir una mayoría para decidir y gobernar, pudiendo afectar o paralizar las orientaciones y las decisiones del convento o incluso de la provincia. La mayoría automática está, ciertamente, en continuidad con la democracia, pero no siempre traduce la koinonia. El resultado alcanzado por la mera aplicación de la regla del juego democrático (un persona, un voto) no tiene en cuenta la disparidad de experiencias y del juicio prudencial de los votantes. Entonces ¿hay que recurrir al Consejo conventual como a un senado de sabios? Sería arriesgado constituir un contra-poder antagónico y superior a la instancia del capítulo, lo cual no esta en conformidad con el espíritu de nuestras leyes . La pregunta y la dificultad permanecen. Nos queda encontrar un modo particular de funcionamiento del capítulo en el caso particular del estudiantado y de los centros de formación.

Por último hay que destacar que la concepción del estado-providencia, generador de tanta pasividad e irresponsabilidad en el ciudadano, parece trasladarse a veces a nuestros conventos o provincias. Los largos años de formación durante los cuales maestros, regentes, priores, provinciales y otros 'superiores' proveen la educación y la promoción del hermano no siempre parecen haber engendrado y acrecentado en él un agudo sentido de la responsabilidad frente al conjunto. El bien común permanece como una imagen sin rostro, y nos apoyamos con gusto sobre los 'superiores' para nuestra promoción y salvaguarda. Esto crea a la vez una visión patriarcal y providencialista de la autoridad y una concepción pasiva y legalista de la obediencia. También este tema necesita ser examinado y reevaluado.

3. La koinonia abierta a la colaboración y la solidaridad

Terminemos esta reflexiones con una breve alusión a un aspecto importante de la koinonia dominicana: esta implica colaboración y solidaridad.

Si nos quedamos con la estructura democrática de la Orden, corremos el riesgo de subrayar en exceso la autonomía de las personas y entidades. La koinonia exige apertura, colaboración y solidaridad. Apertura a las necesidades de los más débiles (inspirados por la koinonia, los apóstoles, organizaron la puesta en común de bienes y Pablo emprendió una colecta en favor de las comunidades de Palestina): necesidad de sostenimiento material, necesidad de personal, de apoyo o de asistencia de todo tipo.

Exigencia de colaboración entre conventos o entidades, de intercambio de hermanos, de información, de servicios. Las estructuras regionales o nacionales de colaboración son instrumentos preciosos para la koinonia, a condición de que funcionen eficazmente. Gracias a la Inter-Africa, por ejemplo, el Africa dominicano se ha consolidado y se ha convertido en una realidad viva y viable, en el transcurso de un cuarto de siglo.

Finalmente la koinonia promueve la solidaridad en la búsqueda de la unidad de corazón y la construcción de la fraternidad. Diversidad de personas, culturas, contextos, opiniones, compromisos, pero comunión en la fraternidad. Tal vez hemos de promover más, en la actualidad, esta solidaridad, pasando la página de un pasado no exento de oposiciones, discusiones, rivalidades, e incluso de anatemas entre provincias. No es necesario transmitir a la nueva generación esta herencia que perpetúa prejuicios y rompe la solidaridad. La apertura y la colaboración entre provincias más allá de las fronteras históricas y jurídicas han de ser promovidas por todos los medios desde el período de la formación institucional.

Conclusión

¿Qué podemos decir para concluir? ¿Democracia o koinocracia? La respuesta es bien sencilla: democracia y koinocracia. Hemos de respetar los dos ordenes e ir más allá (Aufbebung, dirían los filósofos alemanes), pasando perpetuamente de un régimen hacia otro que tiene sus fuentes y encuentra sus exigencias en el Evangelio. Hemos de subrayar que el autogobierno de la comunidad (koinocracia) se efectúa a través de la tensión de todos hacia un mismo fin: unanimidad apostólica, comunión (koinonia) para la Misión.
 
 
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Capítulo General, 1998
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