| C a p i t u l o G e n e r a l | B o l o n i a '9 8 |
| Orden de Predicadores |
SAN BUENAVENTURA, 15 DE JULIO DE 1998.
Fray Juan José de León Lastra, O.P.
Se ha entendido en la Orden la figura de S. Buenaventura, por una parte como muestra del acercamiento entre el carisma de Francisco y Domingo, por su dedicación al estudio de la Teología y, por otra, como el representante de una línea teológica distinta de la más propia de nuestra Orden. Pero más allá de esas apreciaciones en San Buenaventura hemos de ver hoy y aquí, en este capítulo general de provinciales, alguien que ha sabido conjugar el esfuerzo en buscar la verdad y en enseñarla, con el arte de gobernar. Y junto a ello, lo que puede parecer más sorprendente, logró desarrollar la sensibilidad del místico, que se nutre de la escucha contemplativa.
Cuando, en Madrid, me dispuse a preparar esta homilía estaba leyendo, el texto que un fraile de la provincia ha publicado, como resumen de su tesis doctoral. Allí encontré esta afirmación del poeta alemán Holderlin:, "Algo de la sabiduría del balbucir y enmudecer sea tal vez la herencia que nuestra cultura espiritual deba transmitir a las generaciones siguientes". Pensé que podía ser objeto de reflexión por los frailes que nos llaman superiores mayores y como tales estamos reunidos en capítulo, en la fiesta de un santo a quien damos la categoría de doctor, teniendo ante los ojos el texto del evangelio que acabamos de escuchar en el que Cristo hace el elogio de los sencillos.
Ser predicadores parece lo contrario de saber callar y también de balbucir. Y sin embargo ese silencio, ese balbucir es una sabiduría. Es la sabiduría de esos sencillos del evangelio de hoy. Nadie sabe callar mejor que el sabio, nadie habla con más miedo a no expresarse bien que el sabio. Nadie es más sencillo que el sabio. Y nadie es sabio que el sencillo, el ha captado la revelación del Padre.
Los doctores de nuestra Iglesia han hablado mucho, han escrito mucho, pero sabemos por nuestro doctor por antonomasia, Tomás de Aquino, que todo lo escrito y hablado es paja ante una experiencia profunda de aquello a lo que quería acercarse con el esfuerzo de su razón. El silencio acaba siendo la actitud más propia ante el misterio de Dios y del hombre
No es un alegato contra el esfuerzo racional, ni contra la predicación lo que estoy exponiendo al hilo del evangelio de hoy y de la fiesta del místico San Buenaventura, sí es la preocupación por la actitud interior que ha de conducir nuestra reflexión, nuestra palabra en el capítulo. No somos los maestros que les vamos a dictar lo que tienen que hacer nuestros hermanos, los sabios que todo lo saben: somos frailes que al afrontar nuestra vida, la de todos, nos sentimos pobres para comprender nuestro mundo, a nuestro Dios y a nosotros mismos. Y desde esa pobreza, balbuciendo, queremos hablarles a quienes representamos.
En el libro antes aludido encontré, ya en su título, algo que creo que completa lo que os vengo ofreciendo: "El diálogo que somos". Hemos de entender nuestra palabra como palabra en diálogo, palabra, por tanto precedida del silencio de la escucha. Me daba pie para ello el texto de un filósofo de nuestro siglo: "Nosotros los hombres somos palabra en diálogo. El ser del hombre se funda en la palabra, mas la palabra viene al ser como diálogo... sólo en cuanto diálogo es la palabra esencial hombre...", Heidegger. No tenemos la última palabra y menos la única. Ser hombre es ser en diálogo, es "ser palabra-en-diálogo, de modo que podamos oírnos unos a otros", Hölderlin
Y el que originó el diálogo en el hombre fue Dios, el mismo que lo hizo. Él nos escucha, ha escuchado a lo largo de la historia y, según esa historia. El ha ido dialogando con nosotros, revelándose y quitando los velos de nuestra propia verdad. "Tengamos los oídos de Dios para escuchar, como paso previo a atrevernos a pronunciar su Palabra", Bonhoeffer. Aprendamos la mística de la escucha, del silencio, de la palabra humilde, y del amor sincero para decir algo en nuestro capítulo, que sea creíble.
Sólo desde la sencillez se dialoga. La sofisticación, la complejidad, la pérdida de vista de lo nuclear en favor de las múltiples y diferentes facetas de lo accidental, hace difícil la comunicación. Las actitudes más dogmáticas e intransigentes suelen ser sobre aspectos más accidentales de nuestro ser y nuestra vida: nuestro hábito, nuestros ritos,...
Pero la sencillez es producto de un esfuerzo, no lo tenemos "por defecto" como se dice en el leguaje de la informática, necesita saber ir a lo esencial, elevar la consideración para tener visiones elevadas, superar los detalles que diferencian y apoyarnos en lo que nos une. Y en definitiva procurar verlo todo sub specie aeternitis, desde Dios y los valores del Reino.
Así, el Padre nos encontrará sencillos y humildes y nos
irá revelando su verdad, nuestra verdad. Y nuestros hermanos, aquellos
a donde lleguen nuestras reflexiones, y nuestra palabra, nos entenderán,
entenderán nuestra palabra y nuestros silencios. También nuestros
errores.
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