C a p i t u l o   G e n e r a l   B o l o n i a   '9 8
Orden de Predicadores

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LA DEMOCRACIA POLITICA Y RELIGIOSA

EN EL UMBRAL DEL NUEVO MILENIO

 

Fr Maciej Ziêba, O.P.

 

 

La Espiritualidad Democrática

 

La democracia es un sistema difícil y nos llevaría mucho tiempo poder profundizar en ella. Aunque con frecuencia nos canse, al mismo tiempo nos sentimos orgullosos de ella, ya que la democracia es al mismo tiempo una tarea ardua y, quizás podríamos decir, atrevida. A veces, sabemos que en la práctica no triunfa. Por eso hay muchos que, desde hace mucho tiempo, no han dejado de criticarla, como los famosos pensadores: Herodoto, Platón, Hobbes, Stuart Mill, Ortega y Gasset, von Hayek

 

El optimismo de la democracia dominicana

Por lo tanto, si después de 800 años nuestra democracia dominicana no muestra signos de demencia senil, si no todo lo contrario, es porque todavía es creativa y fértil, debido a que la democracia para nosotros no es únicamente una forma de gobierno. Como Timothy Radcliffe señala, la democracia está en el centro de nuestra espiritualidad1.

En otras palabras, la democracia es una expresión institucional básica de la espiritualidad de la Orden. La condición fundamental y primera del éxito de los dominicos durante éstos 8 siglos de haber experimentado con la democracia, ha sido una mejor comprensión del hecho que, la democracia, aún cuando de modo secundario pertenece al campo de la política, es ante todo una tarea espiritual.

Esto no cambia el hecho de que la democracia es un experimento audaz, y es audaz porque la espiritualidad de la democracia es sin lugar a duda optimista. ¿No es realmente audaz saber que los hermanos enviados a "los confines de la tierra" no sólo encontrarán una lengua y unos objetivos comunes sino que también llevarán a cabo un autogobierno efectivo, sin mirar si éstos "confines" se extienden desde Castilla al país de los cumanos, de Noruega a la República de Sudáfrica, de Canadá a Vietnam? ¿No es audaz decir que ésta comunidad, que es capaz de autogobernarse y de llevar a cabo sus objetivos comunes, incluye gente famosa, predicadores populares, extrovertidos e introvertidos, pragmatistas e incluso iluminados, o también economistas y artistas? ¿No es audaz decir que ésta comunidad se irá renovando de generación en generación?

La espiritualidad de la democracia es audaz porque es optimista; y al mismo tiempo es dominicana porque el optimismo incluído en ésta forma de gobierno, es otra manera de expresar el mismo optimismo que encontramos en las cartas de Jordán a Diana, o en los frescos de fra Angélico, o en los escritos de Santo Tomás.

El Homo democraticus

El optimismo inherente a la democracia es el resultado necesario de los principios antropológicos en los que se basa la democracia. El Homo democraticus, reconoce la igualdad de las otras gentes, no sólo tiene una actitud de respeto total hacia las ideas diferentes a las suyas, sino que también reconoce su propia falibilidad, aceptando que los demás saben más y mejor. También cree que la mayor parte de la comunidad a la que pertenece es capaz de una conducta generosa hacia la minoría, mientras que la minoría es capaz de ser leal hacia los que han votado una decisión que a ella no le gusta.

 

En su credo hay también una creencia en la constante buena voluntad de la mayoría, (al menos por un periodo largo de tiempo y entre la mayoría de la comunidad). El homo democraticus se caracteriza por la inteligencia y la imaginación que son condición para que haya un poco de esa preciosa empatía, que tan necesaria es para asumir compromisos creativos. También tiene el sentido común para fiarse del planteamiento racional y tener el coraje de participar, porque un debate democrático también significa el permiso para exponerse al escrutinio público.

Aún cuando ésta "persona democrática" es sólo un tipo ideal, para que la sociedad democrática sea algo más que una abstracción, la mayor parte de los rasgos mencionados anteriormente tienen que ser característicos de por lo menos la mayoría de los miembros de ésta sociedad. Este es un pre-requisito necesario. Es por eso que los eminentes pensadores arriba mencionados, aunque se inclinan hacia la democracia, critican éste sistema: simplemente no creen que tal sociedad pueda existir de una manera permanente. Para Platón, por ejemplo, la democracia era un sistema "bello y sin leyes" y que siempre e inevitablemente camina hacia la anarquía. Para otros la democracia estaba condenada: a ser patrimonio de la clase baja, ya que "los peces chicos no elegirán jamás a los grandes" (Burke); inestable, porque está gobernada por la "tiranía de opinión" (Stuart Mill); o a tener una "igualdad impuesta por su propio despotismo"(Tocqueville). ¿Estamos a favor de tal pesimismo? ¿No hay una nota de realismo en ésta crítica?

 

La respuesta dominicana

Sí, es verdad que la anarquía, la inestabilidad, la nivelación primitiva no son solamente contagiosas sino que con frecuencia son enfermedades mortales que contrae la democracia. Si por lo tanto, nuestras estructuras religiosas no solo han sobrevivido a través de los siglos, sino que siguen funcionando bastante bien, significa que nuestros hermanos mayores han sido conscientes desde el principio de que la democracia, de hecho, no es un procedimiento sino una tarea espiritual muy grande. Hablando en sentido estricto, la democracia es una tarea teológica.

Sí, también es verdad que una amenaza fundamental a la democracia es la falta de arché; su anarquía. Pero entonces, la respuesta a la cuestión sobre el arché de la democracia dominicana es más evidente: en arché en ho logos. Cristo es éste arché.

La democracia está amenazada también por la fragmentación, por la erosión de un sentido de comunidad interpersonal entre la gente. Pero nuestra Orden ha aceptado la Regla de San Agustín que se edificó alrededor de la idea de unanimitas; es una Orden que desde el principio ha optado por la apertura y la flexibilidad, tanto en sus leyes como en sus instituciones2. Es precisamente por éste sistema democrático y libre de nuestra Orden, por lo que Humberto de Romans señala: unitas cordium nobis est in praecepto3.

Esta unitas cordium, se fortalece con los objetivos comunes: nuestra salvación y la de los otros, dado que cada comunidad democrática es también una comunidad que se está haciendo4. Si nuestra Orden ha conservado su unidad y su estructura democrática en el curso de los siglos y de los continentes, eso significa que, a pesar de las vueltas y revueltas de la historia, una gran mayoría de nuestros hermanos ha entendido siempre y respetado la naturaleza teológica de la democracia.

 

El carácter teológico de la democracia.

Al enfatizar la naturaleza teológica de la democracia dominicana, tengo presente el hecho de que está edificada no sobre arena sino sobre roca, y Cristo es la roca (cf.1 Co 10,4b).

El ideal de la unanimitas no solamente es un eslogan teórico sino que, de generación en generación ha sido arduamente incorporado en la realidad dominicana, y de una manera efectiva, ha sido el Espíritu Santo, vinculum unitatis, la fuente inagotable de éste anhelo de unidad. El objetivo de ésta comunidad ha sido también teológico, entrar en la casa del Padre, es decir, nuestra salvación y la de los demás.

Esto no quiere decir que cada comunidad democrática deba tener un carácter trinitario. Significa, sin embargo, que cada democracia, si tiene que reproducirse a sí misma, y aún más desarrollarse, debe tener al menos implícitamente, una estructura más profunda que es teológica en su núcleo.

Hay tres cosas que son necesarias para la vitalidad de la democracia política: su arché ­ el respeto por la dignidad de cada persona, como el principìo de su unidad -, la honestidad del debate público y el consenso elemental, y como su objetivo, - el bien común -. De este modo, "la fe democrática" no se refiere expressis verbis a la trascendencia; puede tener muchas justificaciones diferentes, laicas y religiosas. Pero si nos preguntamos acerca del origen de la dignidad humana y de la justificación del bien común desde el punto de vista de la naturaleza, entonces lo atribuiremos o a la ley de la naturaleza, o al Absoluto. Si hacemos la pregunta desde el punto de vista de la gracia, llegaremos a la dignidad de cada persona humana que ha sido marcada por la cruz y por la resurrección de Jesús, y nos llevará hasta el "bien común último" ­ la salvación de la humanidad -. Desde ésta perspectiva teológica, podemos decir que la democracia dominicana es, en cierta manera, una extrapolación ad infinitum de todas las formas de democracia.

 

 

Democracia procesal

 

Pienso que éstas no son especulaciones meramente teóricas. Las he tratado por dos razones. La primera, porque en el umbral del nuevo milenio, la democracia, que organiza la vida de las sociedades en la mayor parte de nuestro mundo, y a la cual aspiran muchas otras sociedades, tiene que darse cuenta de que esto es un reto muy serio. En segundo lugar, porque este reto es muy importante para nuestra Orden.

La primera razón es suficiente para que merezca ser tratada porque la democracia es, o mejor dicho, puede ser un buen sistema. Juan Pablo II escribe: "La iglesia valora el sistema democrático en tanto en cuanto asegura la participación de los ciudadanos para tomar posturas políticas, garantiza a los gobernados la posibilidad, tanto de elegir y pedir responsabilidades a los que les gobiernan, como de reemplazarles por medios pacíficos cuando lo crean apropiado"5. Una participación, más o menos amplia de la sociedad en la vida política, una cierta transparencia, y el traspaso fácil del poder entre las élites políticas, dan a la democracia una gran ventaja sobre todos los otros sistemas en los que un grupo más o menos grande de "iluminados" se encarga de supervisarlo todo.

Platón tenía razón. La democracia reúne todas las condiciones para ser un sistema que pueda ser el mejor de todos6. La democracia es por lo tanto un comienzo, una posibilidad. Mientras tanto, las democracias actuales están como un poco anestesiadas por el hecho de la estabilidad a largo plazo. Están también algo anestesiadas por el agresivo secularismo ideológico presente en la sociedad (¡no es en modo alguno una Weltanschaung neutral o una secularidad pasiva!). Y para éstas democracias actuales la respuesta al difícil reto que les presenta la hasta ahora desconocida pluralidad de visiones del mundo y de formas culturales, es rendirse, dejar a un lado los elementos éticos y espirituales y adoptar un minimalismo legalístico.

Antiguamente entre las élites, y últimamente con mayor rapidez y en círculos más amplios de la sociedad, la democracia ha quedado reducida a ser solamente un proceso7. Externamente nada ha cambiado, pero sin embargo, ha habido un cambio cualitativo.

Para alguien que como yo ha sido educado en un ambiente no democrático, donde los sistemas totalitarios han cosechado sangre durante años, es muy fácil ver que la democracia es frágil y destructible, tan frágil y destructible como todas las empresas humanas. Lo peor es que uno se siente preocupado por el futuro cuando constata que ésta fragilidad elemental es ignorada por la democracia procesal. Hay dos posibles escenarios ­ el estancamiento o la evolución -.

 

El estancamiento

El primer escenario asume que el desarrollo económico junto con la falta de amenazas externas, y la omnipresente filosofía del consumo, ­ lo que llama Daniel Bells, "el hedonismo pop" - asegurará que la democracia procesal tenga una cierta estabilidad y durabilidad. Algunos estudiosos creen que tiene un futuro más obscuro. El desarrollo del procesalismo significa que al interno del mundo democrático habrá un cambio hacia la tribalización social8. Entonces seremos testigos de la atrofia del debate común y de la solidaridad interpersonal. Seremos testigos, dicen, de la transformación de las grandes sociedades actuales en federaciones de pueblos autónomos y en ghettos aislados cuyas fronteras se trazan en términos étnicos, de raza, de sexo, de religión, y de ingresos per capita.

Este es un mundo en el que la cultura del hombre estará separada de la cultura de la mujer. El pensamiento católico separado del pensamiento ortodoxo y del pensamiento budista; la lengua negra de la amarilla o de la blanca, y la sensibilidad del bienestar de los ricos separada de la de los pobres por un muro insuperable. Este es un mundo en el que los procesos democráticos deciden absolutamente todo, y por lo tanto, todo se convierte en política.

Para la gente que vive fuera del mundo de los procesos, las implicaciones de éste desarrollo de la democracia son desconcertantes. "No moriremos por Gdansk" - cantaba Maurice Chevalier en 1939. La doctrina de la indiferencia: hoy no moriríamos por Rwanda o Argelia, por Kosovo, o por Chechenia, por Tianamen o por Chiapas ­ ésta es la respuesta típica de los seguidores de la democracia procesal.

¿Qué relevancia tiene ésta corriente de pensamiento para los dominicos? No importa si los candidatos para nuestra Orden están desilusionados o reconciliados con tal democracia, ya que han sido educados en culturas muy diferentes. Para unos y otros la democracia tendrá básicamente un significado diferente del que ha estado en uso entre los dominicos durante los últimos ocho siglos. El "diccionario de la democracia" que se usará en el futuro próximo va a ser muy limitado: se limitará a las votaciones y a la legalidad de los procesos. Este diccionario no va a incluir términos como "bien común" y "magnanimidad", "unidad de espíritu" y "solidaridad".

¿Cómo podremos mostrar a éstos futuros dominicos la estructura espiritual de la democracia? ¿Cómo, en una situación así, podremos los dominicos continuar yendo hasta "los confines de la tierra" cuando "éstos confines" cada vez son más distintos y más lejanos? ¿Cómo podremos construir la unanimitas? Estos son los desafíos importantes que nuestra Orden tiene actualmente.

 

La evolución

El otro escenario, es decir, el evolutivo, nos ofrece dos posibilidades. Esto se debe a que es consciente de su crisis en el futuro, sobre todo a la hora de tomar decisiones; con lo cual o hay una vuelta a lo que se entendía por democracia en el pasado, es decir, entendida como tareas del bien común que hay que llevar a cabo, o resultará que tal vuelta ya no es posible. Entonces podríamos comenzar a leer el libro VIII de La República de Platón, no como una especulación antigua si no como un "documental" de hoy.

No me atrevo a hacer una descripción futurista del día después, una visión de la degeneración del sistema político y sus posibles cambios. Estos cambios podrían ser brutales. Podrían estar disfrazados muy sutilmente en la educación y en los medios de comunicación social, y al mismo tiempo, muy sofisticadamente computerizados y reprimidos de un modo selectivo. Baste decir que la amenaza totalitaria no es tan irreal. En cuyo caso, ¿podría una orden democrática desarrollarse en un ambiente antidemocrático?

La primera respuesta intuitiva sería afirmativa. Después de todo, los dominicos han vivido y trabajado desde el comienzo de la Orden hasta el siglo XIX en una sociedad que no conoció la democracia; y durante este período la Orden experimentó grandes momentos de esplendor. Pero pienso que esta es una falsa intuición; ya que en los tiempos antiguos, "los sistemas de control de la sociedad" aún cuando tenían aspiraciones autoritarias, no tenían en general, ambiciones totalitarias. Sobre todo no tenían los medios para satisfacer tales ambiciones. Hoy la situación ha cambiado radicalmente. Los medios están ahí y la posible inclinación de la sociedad democrática hacia la anarquía puede dar origen a un intento de controlar el caos por medios antidemocráticos. Este intento, en las sociedades que no tienen un sistema común de valores ni la figura de la autoridad, podrían convertirse ­ y con mucha probabilidad - se convertirán en sociedades de naturaleza totalitaria.

Me doy cuenta que para muchos, sobre todo para los que han sido educados en países democráticos, éstas especulaciones pudieran parecerles abstractas. Pero para nosotros, que hemos vivido al este del muro de Berlín, no nos es difícil imaginar realizaciones concretas en ésta misma línea.

Mi viejo amigo, el primer ministro no comunista del bloque del Este, Tadeuz Mazowiecki, nombrado representante de las Naciones Unidas en la antigua Yugoslavia a principios de los años noventa, intentó despertar la atención pública al hecho del genocidio que se estaba llevando a cabo en el mismo corazón de Europa y ante los ojos de todo el mundo. El vio muy de cerca la indolencia y la arrogancia de la burocracia, la creciente maniobra de los egoísmos del juego económico, y el desenvolvimiento de pequeñas rivalidades entre los políticos, los militares y los medios de comunicación. Sintiéndose impotente para actuar en tal situación, renunció a su mandato en señal de protesta. Más tarde me dijo: "Matías, sabes que después de la Segunda Guerra Mundial me convencí de que la gente podría extraer conclusiones de una vez para siempre de aquella lección de locura inhumana. Estuve seguro de esto durante varias décadas pero en éstos últimos años comienzo a tener miedo".

No me veo a mi mismo como un futurólogo o un profeta. Intento simplemente analizar los hechos y esbozar posibles escenarios. Me doy cuenta que, a largo plazo, uno no puede pasar por alto las leyes de la física espiritual y salirse con la suya. Después de todo uno no puede, según pienso, dudar que si las democracias actuales se desarrollan como simples procesos formales al servicio de un pragmatismo mezquino, entonces aumentará el riesgo de anarquía. El siguiente argumento también parece válido y comprobado empíricamente: en un ambiente totalitario la democracia dominicana inevitablemente se degenera.

 

El totalitarismo ­ La experiencia Polaca

El totalitarismo adopta formas muy diversas que van del brutal y cruel, al suave y rosado. En Polonia, de 1939 a 1989 hemos conocido todas éstas formas de totalitarismo. El último, en los años 80 fue relativamente suave; intentó chantajear a la Iglesia. Y aunque podemos sin duda decir que la Iglesia polaca y los dominicos polacos pasaron la prueba de éste medio siglo airosamente, tenemos que admitir que nos ha dejado marcados. Estoy seguro, desde ésta perspectiva, que éste totalitarismo suave, éste periodo de intentar atraer a la Iglesia por el chantaje, no fue mejor que en sus formas anteriores.

El ambiente totalitario nos obligó a ocultar nuestra economía y ésta economía sumergida se ha generalizado. Este ambiente ha provocado una centralización del poder que más tarde se ha consolidado. Añadiré que el dominio de la ideología en todo el país ha sido total, como escribe Wis3awa Szymborska, Premio Nobel de literatura 1996: "Aún cuando pasees por los bosques y las selvas, tus pasos son políticos, fundados en la política". En tal situación, la clausura monástica no impidió que nuestras comunidades se politizaran. El sistema de desconfianza social creció por todas partes. Por último, la omnipresencia de la censura imposibilitó tener un debate abierto sobre el trabajo dominicano y sus prioridades. Con el tiempo, la necesidad de tal debate comenzó a desaparecer.

Con esfuerzo y no sin dolor, estamos intentando sacudirnos el pesado fardo del totalitarismo que inevitablemente cada uno de nosotros acarrea, de la misma manera que los habitantes de Europa del Este están intentando sacudirse ésta misma carga.

Este es un proceso duro y difícil, mucho más difícil de lo que se preveía. No obstante cada día, desde lo más profundo de mi corazón, doy gracias a Dios, junto con mis hermanos porque nos ha permitido participar en éste proceso.

 

 

Conclusiones

 

Es el momento de resumir. En el umbral del tercer milenio nos enfrentamos a nuevos desafíos: la globalización progresiva a la vista del pluralismo cultural y religioso, y el desarrollo de la ciencia y la tecnología que crece en progresión geométrica. El sistema democrático afronta nuevos peligros conectados con la evolución de la democracia hacia una forma meramente procesal y el despliegue del pragmatismo mezquino y del hedonismo-pop; éstos dos últimos son una especie de prefilosofía de nuestra época y están conectados con la democracia procesal.

Por eso, la democracia dominicana que tan significativamente marca la identidad de nuestra Orden, necesita hoy de una profunda auto-concienciación. Antes de nada, necesitamos reflexionar sobre la naturaleza teológica de nuestra democracia. Aún más, necesitamos su aplicación teológica en nuestra vida. Sin embargo, lo que está haciéndose cada vez más importante es, la necesidad de analizar cómo la democracia política actual influye en la concepción dominicana de la democracia.

La globalización de los procesos y de los desarrollos, y el pluralismo del mundo una vez más, y de manera imperativa, ponen ante los ojos de nuestra democracia, el problema de la unidad. ¿Cómo podemos elaborar nuestros objetivos comunes? ¿Cómo podemos mantener un debate común, aún reconociendo la multiplicidad de nuestras experiencias? ¿Cómo podemos reforzar nuestros lazos mutuos y fraternos? ¿Cómo podemos crear un lugar para el encuentro y la cooperación?

Pero sobre todo ¿cómo podremos profundizar, en cada uno de nosotros y cada una de nuestras comunidades la unión con Cristo? Es solamente en El donde todas las diferencias desaparecen, y es solamente El quien hace desaparecer toda división entre la gente (cf Ef 2,14-16; Gal 3,28). Es más, la peculiaridad de nuestras vocaciones y la diversidad de nuestros talentos, cuando nos unimos a El, en quien reside toda la plenitud (Col 1,19b), se convierte en nuestra riqueza y fortaleza. Jesucristo es la fuente del nuevo dinamismo y de la energía que capacita a los Frailes Predicadores para llevar la Buena Nueva hasta los confines de nuestro mundo actual.

 

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Capítulo General, 1998
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