| C a p i t u l o G e n e r a l | B o l o n i a '9 8 |
| Orden de Predicadores |
En ciertos momentos decisivos (kairoi) nosotros ösea personal o comunitariamente- podremos estar llamados a desprendernos de las posesiones que hemos adquirido. La acumulación de bienes, bien sea a nivel local, nacional o internacional, está en contradicción con la predicación de la justicia de Dios que es la prioridad de la comunidad.
A nivel personal cada uno tiene que discernir cómo satisfacer del mejor modo posible las necesidades más auténticas, tanto las propias como las de los demás, sin dejarnos arrastrar por el gran escaparate de bienes que nuestro mundo consumista nos induce a desear y comprar. Las necesidades materiales de una persona no deben suprimir los valores de participación, sosiego, amistad, sentido de la vida e identidad que maduran cuando los compartimos. Cada uno de nosotros está llamado a defender la dignidad trascendente propia de cada ser humano. Ser testigo de esto es muy exigente sobre todo de cara a una economía de mercado que con frecuencia trata a la gente, sobre todo a los pobres, poco menos que como si fueran bienes de consumo.
La vida comunitaria ofrece un marco adecuado a todos sus miembros para discernir las necesidades que tienen y ver cómo satisfacer del mejor modo posible las auténticas. Esto variará de unas personas a otras, dependiendo de sus cualidades, carácter, salud, obligaciones y compromisos apostólicos, en todo aquello que no se oponga al bien común.
Cuanto más se usan las tarjetas de crédito, ordenadores, automóviles y otros equipos que capacitan a algunos hermanos para trabajar por sí mismos de una manera más rápida y eficaz, tanto más se necesita una mayor honestidad personal, compartir información, dar cuentas a la comunidad y elaborar juntos el presupuesto comunitario. Este presupuesto deberá tener en cuenta las necesidades personales, las obligaciones y las circunstancias de cada uno de los hermanos.
Nuestras provincias y vicariatos, además de garantizar la vida y la salud de sus miembros, mantener un programa de formación y estudios, y desarrollar su labor apostólica, deben también utilizar sus fondos, inversiones y bienes para luchar por una economía más justa, especialmente en un mundo que con frecuencia está claramente dividido entre ricos y pobres, acreedores y deudores, poderosos y quienes tienen amenazada su propia supervivencia. Las Provincias, por tanto, deben preparar síndicos que no sólo posean las cualidades técnicas requeridas, sino que también sean sensibles a los problemas éticos y humanos que surgen en un mundo dominado exclusivamente por las fuerzas del mercado.
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Capítulo General, 1998 Site de Internet por Scott Steinkerchner OP correo electrónico: steinkerchner@op.org |