Comentario sobre el tema anual del Jubileo (2015)

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Commentaire du thème annuel du Jubilé (2015)
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Domingo: gobierno, espiritualidad y libertad.

«Si permanecéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8, 31-32); «Cristo nos ha liberado para que seamos libres» (Ga 5,1).

¡La verdad os hará libres ! Esta promesa de Jesús me trae a la mente la imagen del grupo que camina junto a Él, anunciando el Reino de aldea en aldea. Cada uno de ellos había sido liberado a su modo: liberados del peso de sus culpas, de los  callejones sin salida de sus mentiras, del peso de su propia historia, de las divisiones alienantes… Conducidos por el anhelo de su Maestro y Señor de ir más allá, a otros pueblos; lo acompañan con la seguridad de permanecer unidos a Él, animados por una divina inspiración que les hacía cada vez más libres para ser ellos mismos, libres para entregarse a la amistad que Dios ofrece por medio de su Hijo, libres para ser enviados. Libres para ser discípulos de Cristo y también para invitar a otros a seguirle. Es la divina inspiración de la predicación de Jesús lo que los hace libres, aun cuando no hubieran dimensionado a qué se estaban comprometiendo cuando respondieron a la invitación de seguirlo o cuando se unieron a Él por iniciativa propia como gratitud por la misericordia que les había concedido. Permaneciendo con Él en Su proclamación del Reino, ellos descubren que llegan a ser mucho más libres de que lo que nunca hubieran imaginado esperar. Libres, gracias a la palabra de su Amigo y Señor. «Si permanecéis en mi palabra, conoceréis la verdad y la verdad os hará libres». ¡Liberados por la Palabra de la verdad!

Creo que es a esta libertad del predicador a la cual se refiere el tema de este año de preparación para la celebración del Jubileo de la Orden. Domingo: gobierno, espiritualidad y libertad. Recordamos algunos textos importantes que nos han sido propuestos a lo largo de las últimas décadas sobre estos temas (el gobierno en la Orden, la obediencia, la libertad y la responsabilidad…) y que retomamos con gusto. Me parece que el tema de este año nos invita,  de acuerdo con el enfoque global de estos textos, a centrar nuestra atención sobre aquello que constituye probablemente el corazón de la espiritualidad de la Orden: adquirir la audacia de la libertad del predicador que nos enseña a ser sus discípulos. Ese es justamente el horizonte del gobierno en la Orden.   

Se insiste con frecuencia en el lugar esencial, único, que tiene la obediencia en la fórmula de profesión para ser predicador: «prometo obediencia a Dios…». Los historiadores recuerdan que Domingo pedía a sus primeros frailes que le prometieran «obediencia y vida común». Dos caminos para convertirse en discípulo: escuchar la Palabra y seguirla, viviendo junto a otros en su búsqueda, tal como aquella primera comunidad de amigos y amigas que iban con Jesús de aldea en aldea para aprender de él a ser predicadores. Escuchar y  vivir juntos, haciendo del seguimiento de la Palabra la fuente de la unanimidad

 

Consagrados en la predicación: Enviados a predicar el Evangelio

En este año dedicado a la vida consagrada, veo que se nos invita a volver de nuevo y sin cesar a esta fuente de nuestra vida: dedicándonos por entero a la evangelización íntegra de la Palabra de Dios, consagrados a la predicación de la Palabra de Dios, «permanecer en Su Palabra». «Si permanecéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos ». Para Santo Domingo, el gobierno consiste en apoyar ese anhelo – de los individuos y de las comunidades – de ser «verdaderamente sus discípulos». Esto significa, cuidar de esta «morada de la Palabra». Aquí predomina de nuevo el criterio de la misión. Ahora bien, ¿de qué «Palabra»  estamos hablando? Aprendemos lo que esta Palabra significa para nosotros a partir de la conversación del Hijo con el Padre en la divina inspiración del Espíritu: «aquellos que me has dado…», «que allí donde yo esté, ellos también estén conmigo…». La misión tiene sus raíces en esta intimidad filial: «así como tú me has enviado, yo también los envío a ellos…». «Permanecer en la Palabra» no hace referencia a un simple «inmovilismo contemplativo auto-centrado». No se trata de una «observancia moral» que establecería (o buscaría) un «estado de perfección» definitivo. Permanecer en la Palabra, en el estilo ideado por Domingo, significa más bien entrar en el movimiento del Verbo que viene a la humanidad para establecer su morada en ella y hacernos libres por el poder de su Espíritu. Significa permanecer en la divina inspiración de la misión del Hijo. Significa hacerse uno mismo discípulo (y comunidad de discípulos) en la medida de una proximidad amistosa y fraterna con el Hijo. Según la expresión de Tomás de Aquino, cuando habla del « verbum spirans amorem », se puede pensar que permanecer en la Palabra significa mantenerse unido esa Palabra que «inspira» el amor, es decir, que establece la amistad, la fraternidad y la comunión en nosotros y entre nosotros. El Espíritu, la Palabra de verdad y de libertad.  

Una de las primeras decisiones de Domingo, registrada en la historia de la Orden como una de las más importantes, fue aquella de dispersar a los frailes de San Román para que el grano no se echara a perder. De este modo puso de manifiesto que el gobierno de la Orden debería estar ordenado esencialmente a la predicación. Por esta razón, el gobierno implica una cierta dinámica de vida espiritual que busca promover y servir la libertad de cada uno que nace de la Palabra de Dios. Como Jesús lo había hecho con los discípulos, Domingo envía sus frailes de dos en dos por los caminos de la predicación. En realidad, los envía simultáneamente a estudiar y a predicar y, gracias a esta decisión de dispersarlos, la Orden se desarrolla, se implanta, funda y acoge nuevas vocaciones. Esta dispersión inaugura la itinerancia como modalidad para «convertirse en discípulo», al tiempo que invita a los predicadores a dejar que su vida sea marcada por los encuentros que tendrán mientras van por el mundo como «hermanos». Esta dispersión los lleva también a encontrarse con las primeras universidades y, de este modo, a arraigar su búsqueda de la verdad de la Palabra en el diálogo con los saberes de su tiempo, a fundamentar en el estudio del misterio de la revelación de Dios creador y salvador su aprecio por la capacidad humana de conocer.  Permanecer en su Palabra significa mantenerse en comunión con el «Dios con nosotros» que Jesús, primer y único maestro de la predicación del Reino, ha hecho visible a los ojos de todos.    

«Dios, que manifestó la benignidad y humanidad de nuestro Salvador en su siervo Domingo, nos haga también a nosotros conformes a la imagen de su Hijo…»[1]. Esta oración de bendición de la fiesta de Santo Domingo hace eco a la decisión del Papa San Juan Pablo II de enfocar su reflexión sobre la «Vita Consacrata» a la luz del misterio de la Transfiguración (VC 14). En esta perspectiva, y dado que tiene la tarea de llamar, conducir y apoyar en el camino de «hacerse discípulos» para convertirse en predicadores, el gobierno dominicano busca promover continuamente las condiciones de esta «economía de la transfiguración». La predicación del Reino es la modalidad que la Orden propone a sus hermanos y hermanas para dejarse configurar con Cristo por el Espíritu. La contemplación del ícono de la Transfiguración nos deja ver las dimensiones esenciales de esta aventura. En medio de su camino de predicación, Jesús toma consigo a tres de sus discípulos que serán testigos de la transfiguración: la contemplación del misterio del Hijo está en el centro de la misión del predicador. El predicador recibe de esta contemplación aquello mismo que habrá de transmitir en su misión: la realidad del Hijo de Dios y la revelación de la economía del misterio de salvación. Recordemos lo que dice el relato de la Transfiguración: «hagamos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías…». Y la respuesta de Jesús llega de inmediato: habrá una tienda bien levantada, sí, pero estará en el Gólgota de Jerusalén. Habrá dos compañeros pero serán dos ladrones expulsados de la sociedad, como Él, y sentenciados a muerte. A la luz resplandeciente de la montaña de la transfiguración replicará el relámpago que desgarrará los cielos, como para garantizar por adelantado el cumplimiento del descenso al lugar de los muertos desde donde el Hijo será levantado, vivo, derrotando de una vez para siempre todas las tinieblas de la muerte y llevando consigo a la presencia plena del Padre a aquellos que ahora viven para siempre con Él. Sobre la montaña de la Transfiguración, los discípulos reciben, finalmente, aquella misión que constituirá su alegría: ir con Jesús, hasta Jerusalén, allá donde se revela plenamente la Palabra de la verdad, allá donde la vida entregada de Cristo es la fuente de nuestra libertad.        

Ser testigo de la Transfiguración implica emprender un camino en el cual ha de madurar nuestro anhelo de ser discípulos, permaneciendo en su Palabra, dejando que Ella nos enseñe la obediencia y el amor del Hijo revelados en el Gólgota y en la mañana de Pascua, recibiendo de su divina inspiración la misión como en el día de Pentecostés.     

Permaneced en mi Palabra

En su carta apostólica a los consagrados, el Papa Francisco nos invita a «despertar al mundo», sabiendo crear «otros lugares donde se viva la lógica evangélica del don, de la fraternidad, de la acogida de la diversidad, del amor recíproco». Estos lugares «deben convertirse cada vez más en la levadura de una sociedad inspirada por el Evangelio, la «ciudad sobre el monte» que dice la verdad y el poder de las palabras de Jesús». Estos lugares son nuestras comunidades en las que prometimos aprender a convertirnos en esos «expertos en la comunión» a los que se refiere el Papa en la misma carta apostólica. 

Es significativo y esencial que, en la Orden, la función de superior(a) se sitúa precisamente en la intersección de estos dos horizontes de la promesa: la obediencia y la vida común. «Obediencia apostólica» por la que Domingo quiso que los predicadores se comprometieran a hacerse hermanos de aquellos a los eran enviados en itinerancia mendicante y a dejarse convertir y formar por la fraternidad, vivida en comunidad. La fraternidad apostólica a la que nos compromete el voto de obediencia es el camino propuesto por Domingo para que vivamos a plenitud nuestra libertad. Obediencia y vida común: dos maneras de orientar las miradas hacia la comunión escatológica a la que está destinado el mundo y para la cual ha sido creado; por eso decimos que el mundo ha sido creado «capaz de Dios». Dos maneras de comprometer « usque ad mortem » nuestra libertad en toda su plenitud. Por eso, insisto, la tarea del superior o la superiora consiste en invitar a emprender este camino para ponerse «bajo la autoridad» de la Palabra y hacerse servidor de ese diálogo de Dios con la humanidad que el Verbo vino a realizar habitando entre los hombres. Obediencia y vida común, para que la predicación se fundamente a la vez en la comunidad de discípulos que escuchan la Palabra de vida y en la comunidad esperada como comunión escatológica anunciada por el profeta y que el Hijo viene a sellar con su propia vida.

Podemos decir que el «árbol de la predicación» es fruto de la promesa de vida evangélica y apostólica y hunde sus raíces en tres fuentes que la tradición de la Orden nos ofrece para «permanecer en su palabra»: la comunión fraterna, la celebración de la Palabra y la oración, y el estudio. Una tarea específica del gobierno en la Orden – y tal vez sea su primera responsabilidad – consiste en promover entre los frailes, hermanas y laicos  la calidad de este triple enraizamiento que garantiza y promueve la libertad apostólica.   

La comunión fraterna es el lugar donde los hermanos y hermanas pueden experimentar la capacidad de la palabra humana para dedicarse a la búsqueda de la verdad que les hará libres. Por medio de la vida comunitaria se nos ofrece la posibilidad de alcanzar nuestra libertad como contribución a la comunión. Por esta razón, nuestra «religión capitular» es esencial para nuestra espiritualidad: cada miembro de la comunidad tiene voz propia y, al comprometerse en la búsqueda común del bien de todos, adaptado a la misión de ser servidores de la Palabra, cada miembro participa plenamente en el gobierno de la Orden. Dicho gobierno es democrático, no porque consista en la designación del poder de la mayoría, sino porque implica más bien la búsqueda democrática de la unanimidad. Sabemos bien que este ejercicio de la vida comunitaria es exigente porque requiere que ninguno se prive de participar en el diálogo que conlleva esta búsqueda. Es exigente también porque nos compromete a expresar con la mayor veracidad posible nuestras posturas y argumentos, incluso a objetivar desacuerdos entre los hermanos, pero con la confianza de que ninguno será reducido nunca a una opinión o postura extrema sino que, ante todo, será acogido y amado como un hermano. Es todavía más exigente, porque, tras la búsqueda paciente del punto más cercano posible a la unanimidad, compromete a todos los miembros de la comunidad en la realización de la decisión tomada por todos. Esta es la condición necesaria para que cada uno sea acogido, reconocido y apoyado por todos en el entusiasmo de su propia generosidad y creatividad apostólica. Sin embargo, con demasiada frecuencia, tal vez a causa de la dificultad de este ejercicio, olvidamos esta dimensión de nuestro enraizamiento en la Palabra que nos ofrece la vida comunitaria.      

La segunda fuente de enraizamiento del árbol de la predicación en la palabra es la oración. La oración personal y comunitaria no pueden ser vistas como un ejercicio que se debe hacer para cumplir con el compromiso de la vida regular consagrada. La oración es la modalidad a través de la cual optamos, personalmente y en comunidad, por acompasar el tiempo de nuestra historia humana con la meditación del misterio de la historia de Dios con el mundo. Con esto se busca «hacer propia» la historia de la revelación como respuesta a ese Dios que viene en su Hijo a «hacer propia» la historia de cada uno de nosotros. Se trata de dejar que, en la oración, el Espíritu «sople donde quiere». Por esta razón, la oración nace de la escucha de la Palabra y conduce de nuevo a ella, estableciendo como centro de gravedad de la vida de cada uno de nosotros la contemplación del misterio de la revelación que nos narra la Escritura. La celebración de la Palabra en la liturgia, su contemplación en la meditación de los misterios del Rosario, la paciente oración en silencio, nos ayudan a interponer la consagración de nuestra vida a la predicación entre la contemplación y el estudio: dos modos de búsqueda de la verdad de Su Palabra cuyo gusto anhelamos compartir con aquellos y aquellas a quienes somos enviados.  « Si permanecéis en mi Palabra, seréis de verdad discípulos míos». De igual manera que lo fue para los primeros amigos de Jesús, permanecer se convierte para nosotros en la oportunidad de reconocernos plenamente libres porque hemos sido restablecidos por su llamado, consolidados por su amor y su misericordia, animados y enviados por su gracia para llevar aún más lejos su Palabra de verdad. Permanecer en la Palabra nos conduce entonces a llevar con nosotros, en el silencio de la escucha y de la espera, a todos aquellos a quienes somos enviados, a quienes se confían a nuestra oración, a aquellos que Dios nos da para que, de modo misterioso, aceptemos que Él une sus destinos al nuestro en una misma gracia de salvación. En este sentido, el gobierno en la Orden es un centinela que ha de velar por que la libertad de las personas y de las comunidades se fundamente verdaderamente en la contemplación de ese misterio por el que el Hijo en su humanidad ha dado la salvación al mundo uniendo conformando su libertad a la libertad del Padre. 

La oración nos invita a seguir el ejemplo de Nuestra Señora de los Predicadores. Junto a ella, podremos descubrir y maravillarnos continuamente de la capacidad de la vida humana de convertirse en una «vida para Dios». Junto a ella, cantando los salmos, que dirigen la contemplación hacia la historia de la revelación, las palabras humanas de los predicadores se arraigan en una comprensión familiar de ese diálogo a través del cual Dios le propone su adopción a la humanidad. Junto a ella, la Orden asume en las entrañas de su predicación el signo profético de la conversión a la comunión fraterna, anuncio confiado de la plena realización de la promesa de la alianza en Aquél que es la Verdad. Siguiendo el ejemplo de Nuestra Señora de los Predicadores, la espiritualidad de la obediencia en la vida común une íntimamente a la Orden al misterio de la Iglesia, por el amor compartido de Cristo, por la adopción en la divina inspiración de Su Vida, de su don para el mundo.      

            El estudio es la tercera forma de enraizar la predicación de manera que «permanezca en su palabra». Es el lugar de la búsqueda y la contemplación de la verdad y, por esta razón constituye una observancia muy particular dentro de nuestra tradición. Fundamentado sólidamente en la escucha de la Escritura y en la fidelidad a la doctrina y al magisterio de la Iglesia, el estudio es en la Orden la manera privilegiada de mantener nuestra conversación con Dios y un dialogo amistoso y fraterno con los numerosos sistemas de pensamiento que dan forma a nuestro mundo y buscan, a su modo, la verdad. A través del estudio, la Orden nos propone crecer continuamente en la libertad, no con el fin de valorizar de modo mundano el nivel de conocimientos adquiridos sino más bien como medio para avanzar por el camino de la «humildad de la verdad». Comprometer la inteligencia humana en esta aventura que tiene la audacia de intentar hacer inteligible el misterio en palabras y conceptos humanos, es a la vez dar gracias al Dios creador que ha querido que la razón humana, con toda su finitud y limitación, sea «capaz de Dios» y permitir, a su vez, que la razón sea desbordada por la esperanza de una plenitud que ningún concepto puede aprehender verdaderamente. Advenimiento de la esperanza que revela la verdadera amplitud de nuestra libertad. El gobierno dentro de la Orden tiene la responsabilidad de no dejarnos desertar del campo del estudio y de estimular nuestra creatividad para buscar incansablemente los medios más adecuados para proponer a otros esta aventura de la evangelización de la razón.             

¿Gobierno y espiritualidad?

Considerar la espiritualidad de la Orden desde esta perspectiva (permanecer en la Palabra para conocer la verdad que hace libres) permite identificar algunos principios esenciales del gobierno en la Orden. Ya hemos visto que el gobierno está ordenado esencialmente a la misión de la predicación y a impulsar el modo de vida específico de la tradición dominicana en el que se brinda a los frailes las condiciones para enraizar su predicación en la Palabra.

El primer principio consiste en animar continuamente la celebración de capítulos para fomentar en los frailes una responsabilidad apostólica común. En su reciente carta apostólica, el Papa Francisco expresaba el deseo de que los consagrados nos cuestionemos sobre aquello que Dios y la humanidad nos piden. En nuestra tradición, esto significa darle una importancia renovada a la celebración de nuestros capítulos. Ciertamente, los capítulos – conventuales, provinciales y generales – tienen la tarea de tomar decisiones precisas de organización y legislación para nuestra vida y misión. Por esta razón, como ya lo hemos señalado, los capítulos son momentos privilegiados para avanzar con humildad por el camino de la búsqueda común de la verdad en la fraternidad. Las preciosas reflexiones de mis predecesores nos han ayudado a comprender cómo la modalidad en la Orden no es el ejercicio del poder por parte de la mayoría sino la búsqueda de la mayor unanimidad posible. El diálogo y el debate entre los frailes tienen tanta importancia en nuestra tradición precisamente porque permiten que cada uno pueda participar libremente y con confianza en la formulación común del bien de todos al que cada uno se comprometerá a contribuir. Este dialogo fraterno se hace posible en la medida en que, entre nosotros, manifestemos respeto fraterno, apertura y libertad para expresar cada uno su propia reflexión.  

Uno de los objetivos primordiales de este diálogo debe ser la atención a los signos de nuestro tiempo, como también la comprensión de las necesidades e inquietudes que dichos signos le plantean al carisma propio de la Orden: llevar en medio de la Iglesia la memoria de la predicación evangélica. En una próxima carta, respondiendo a la petición del Capítulo General de Trogir, abordaré el tema del proyecto comunitario cuya elaboración me parece ser el punto de apoyo del gobierno en la Orden. En la medida en que todos hayan participado en la elaboración de dicho proyecto podremos evaluar y orientar de manera efectiva nuestro servicio a la Iglesia y al mundo a través de la predicación. La comunión fraterna se construye a partir de la preocupación común por la misión, que no es solamente la determinación de lo que se quiere «hacer» sino también la puesta en común de nuestras «compasiones por el mundo» a partir de las cuales anhelamos compartir el bien precioso de la liberación por medio de la Palabra de verdad

Sobre la base de esta responsabilidad apostólica común y, dado que la tarea del gobierno en la Orden consiste en asegurar el arraigo en la verdad de la Palabra, el segundo principio del gobierno es el envío a predicar. Domingo quiso que la respuesta a esta «misión» fuera itinerante y mendicante de modo que la predicación de la Orden prolongara la economía de la Palabra que vino al mundo en Jesús, como amigo y hermano, mendicante de la hospitalidad de aquellos a quienes quería invitar a tomar parte en el diálogo con el Padre. Las «asignaciones» hechas por los (las) superiores(as), deberían estar ordenadas siempre a este horizonte de la itinerancia mendicante para la misión. Es decir, estrictamente hablando, la itinerancia apostólica consiste en la «no-instalación» que es el modo de «hacerse discípulo». «Te seguiré donde quiera vayas…», decía uno de los discípulos, y Jesús le respondió: «Las zorras tienen madrigueras y los pájaros tienen nidos pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza…». Domingo quiso tomar en serio esta afirmación al ofrecer de igual modo a sus frailes, la oportunidad de hacer suya la pregunta de los discípulos del Bautista: Maestro, ¿dónde vives? Ven y lo verás… Esto nos ayuda a comprender el ejercicio del gobierno en la Orden; a comprender y a escuchar en medio de la vida, de los ministerios y de las responsabilidades de cada uno: en medio de las realidades más estables, a veces de los triunfos o de las «carreras» más brillantes, de las funciones más importantes, puede resonar un llamado que pide abandonar para unirse, más lejos y más libres, a otra dimensión de la misión común de la Orden en la Iglesia. Estas desinstalaciones  – algunas veces, dolorosas pero, con frecuencia, fecundas – tienen rasgos que se recuerdan continuamente en la vida de Domingo: compasión, frontera entre la vida y la muerte, entre lo humano y lo inhumano, desafío de la justicia y la paz, imperativo del diálogo entre religiones y culturas  – como realidades que hacen eco a las «periferias existenciales» de las que el Papa Francisco habla nuevamente en su carta.  Misericordia por los pecadores antes que la fijación sobre los propios pecados que nos centra sobre nosotros mismos. Servicio de la comunión de la Iglesia y de su extensión antes que dar demasiada importancia a identidades que nos aseguran y nos retienen en nosotros mismos. Permanecer en la Palabra significa mantenerse en medio del viento de esa divina inspiración de la misión de la Palabra, del Verbo del cual queremos hacernos discípulos. La itinerancia de la predicación es por lo tanto el camino de nuestra «liberación para ser libres».     

Dado que el ejercicio del gobierno en la Orden está orientado al envío, se debe prestar atención especial a cada persona, a sus dones propios y su creatividad, de manera que se promueva de la mejor manera el desarrollo de la libertad de cada uno en servicio del bien y de la misión de todos. Como elemento central de esta atención y en nombre de la búsqueda común de la verdad de la Palabra, los superiores deben tener muy presente la doble exigencia de la misericordia y de la justicia. La misericordia, tan importante en nuestra tradición, debe caracterizar de modo esencial la preocupación por las personas. Por eso, las relaciones fraternas interpersonales, como las relaciones al interior de una comunidad, deben ser siempre el punto de apoyo que permite recordarle a cada uno que él no se reduce a sus falencias o a sus carencias. La fraternidad se teje verdaderamente cuando cada uno descubre, en ella y en el llamado que ella hace continuamente a dejarse redimir para ser libre, su dignidad plena de ser levantado y salvado por la misericordia de Cristo. Pero, al mismo tiempo, dicha dignidad debe ser reconocida en su capacidad de responsabilidad. En la perspectiva de la Palabra de verdad que libera, la libertad individual no puede pretender ser una isla, ni el centro de gravedad de la vida de todos los demás. La fraternidad, tal y como la propone Cristo, nos enseña precisamente a recibir nuestra verdadera libertad en total disposición a la reciprocidad según la cual el otro cuenta siempre más que yo mismo. Por esta razón, el gobierno tiene la responsabilidad exigente de mantener juntos el celo por la misericordia y el deber de la justicia. La referencia precisa y objetiva a nuestras Constituciones, al bien común, a las determinaciones de nuestros capítulos, permite preservar el bien común de todos al abrigo de la arbitrariedad de las pretensiones individualistas de libertad. La tarea puede parecer a veces árida e ingrata pero es al precio de ese equilibro exigente que se puede evitar una referencia demasiado fácil a una misericordia que termina reducida a la cobardía, la irresponsabilidad o la indiferencia. Es en virtud de este equilibrio que cada uno podrá recibir la gracia que vino a buscar en la Orden: ser llamado a dejarse liberar por la Palabra de verdad.              

Para concluir este comentario del tema anual del Jubileo, quisiera evocar un último principio espiritual del gobierno en la Orden: el de la unidad y la comunión. Una vez más, el criterio de la misión nos sirve como punto de apoyo. A medida que buscamos, con paciencia, los medios que favorezcan la deliberación común para orientar el ministerio de la predicación, los individuos, las comunidades, las provincias y todas las entidades de la familia dominicana entran en la dinámica de integración en una misma entidad. Por supuesto, cada una de dichas instancias está invitada, convocada, a aportar su propia identidad personal, cultural y eclesial al bien común. Pero, a causa de la referencia común al entusiasmo fundador que nos ha consagrado a todos a la predicación, nuestra voluntad consistirá en responder juntos al envío. Mejor aún, y todavía más exigente: pedimos al Espíritu que nos constituya en una comunión de predicación. Expresamos esta petición al tiempo que pedimos incesantemente al Espíritu de comunión para que abra el mundo al horizonte de la salvación y afiance en nuestro corazón la esperanza de la nueva creación. Sobre la puerta de la Basílica de Santa Sabina, entregada a Santo Domingo por el Papa Honorio III, el mosaico que representa la Iglesia de la circuncisión y la Iglesia de los gentiles recuerda este horizonte primero de la predicación de la Orden: la Palabra de verdad nos compromete a servir, por medio de la predicación y el testimonio, a la comunión que ha sido prometida. Es para eso que hemos sido enviados. Y sobre la puerta de esta misma basílica, lo sabemos, la representación de la crucifixión nos recuerda que dicha predicación nos conducirá a ser discípulos de Aquel que libremente da su vida para que todos sean congregados en la unidad. 

¡La verdad os hará libres!

Fr. Bruno Cadoré, O.P.
Maestro de la Orden

 

(2 de febrero de 2015)

 

 

 

[1] Fórmula de la Bendición Final de la Solemnidad de nuestro padre Santo Domingo de Guzmán. Liturgia de las Horas Propio O.P., Roma, 1987, p. 897.