CUARESMA: PREPARANDO NUESTRA FIESTA

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Las personas preparamos siempre los acontecimientos importantes de nuestra vida, nuestras fiestas. Cuando yo era más joven solía salir los fines de semana con mis amigos. Nos pasábamos parte de la noche bailando y charlando en las discotecas y los pubs de mi ciudad. Era nuestro momento de fiesta. Era algo que requería una preparación: la tarde del viernes ya comenzábamos a hacer los preparativos. Nos poníamos en contacto unos con otros, quedábamos en un lugar, elegíamos un restaurante para cenar… Cuando llegaba la noche los rituales seguían: el aseo en la casa, la elección de la ropa… Todo formaba parte de un detallado proceso que nos preparaba para la noche que íbamos a vivir juntos. Otras actividades requieren preparaciones más largas. Mucha gente se pone a dieta unos meses antes del verano. Es lo que conocemos como «operación biquini». Todo el mundo quiere estar a gusto consigo mismo, agradar a los demás, disfrutar del verano en buena forma física y anímica. Cada sociedad, cada actividad, tiene sus ritos preparatorios, sus liturgias previas a los acontecimientos importantes.

Las preparaciones son importantes, porque en ellas nos ponemos a tono física y mentalmente con lo que vamos a vivir. Durante la preparación reflexionamos sobre este o aquel aspecto de lo que esperamos, nos volvemos sensibles a la realidad futura, nos hacemos más receptivos, orientamos nuestra atención hacia eso que está por llegar. Además, nos relacionamos más intensamente con aquellos con los que estamos compartiendo la preparación. Es una actividad previa a un acontecimiento que da sentido a nuestro tiempo, lo preña de un futuro soñado. El de la preparación es un tiempo que en cierto modo nos adelanta aquello que estamos preparando. Es siempre un esperar activo, como cuando aguardamos al amigo que va a venir a cenar. Cocinar lo que sabemos que le gusta, utilizar el mantel que nos regaló aquél cumpleaños que pasamos juntos, pensar en la sonrisa que pondrá cuando desenvuelva el regalo que le hemos preparado, ese regalo que sólo nosotros sabemos lo que significa… En los preparativos se disfruta mucho de lo venidero… ¡que se lo digan si no a quienes llevan meses y meses preparando los carnavales que acabamos de terminar! Los preparativos son la condición de la fiesta, como los pasos del montañero son la condición de la belleza del paisaje una vez en la cumbre.

La Cuaresma es el tiempo en el que los cristianos preparamos nuestra fiesta, que es la Pascua. En este tiempo no estaremos tristes, como algunos piensan. Antes bien, iremos poco a poco anticipando la alegría de aquello que esperamos celebrar con emoción. Pero se nos verá concentrados, pensativos, sin parar de un lado para otro, como cuando en la casa estamos preparando la llegada del amigo que viene a cenar. Los preparativos a veces suponen cierto trabajo, cierta privación. El agricultor al final del invierno se nos aparece como un titán luchando con su azada contra la dureza de la tierra, que conserva aún la sólida memoria de las heladas. Su esfuerzo nos parece ímprobo, pero es un esfuerzo animado por la esperanza del fruto. A cada golpe de azada el labriego siente que al final del verano el sudor de su frente será pan en la mesa de su familia.

Hay muchas cosas que en la Cuaresma nos ayudan a preparar lo que queremos vivir con intensidad y emoción. Nos ayuda el ayuno, que utilizado por religiones y filosofías de todas las épocas y lugares, nos sirve para controlar nuestro cuerpo, no porque sea malo y haya que domarlo a látigo, sino porque decidir voluntariamente sobre él en modo sobrio nos ayuda a sentirnos mejor con nosotros mismos, a clarificar nuestra mente y asentar nuestros pensamientos. Nos ayuda la oración: intensificarla en este tiempo es orientar nuestras energías, nuestra voluntad, hacia Dios, que es aquél cuyo misterio de vida inagotable queremos celebrar en la Vigilia Pascual. Por eso decimos que es un tiempo en el que queremos convertimos: nos volvemos hacia él, reconocemos que quizá hemos estado distraídos en otras cosas menos importantes, o que no hemos dado a nuestras ocupaciones cotidianas el sentido del encuentro con él. Nos ayuda el perdón, porque pedir perdón a Dios y perdonarnos entre nosotros es estrechar los lazos entre quienes vamos a celebrar juntos la fiesta.

Porque la Pascua es la fiesta preparada para todos los hombres y mujeres de todos los tiempos. Es el banquete de salvación, fraternidad y comunión que Dios nos ofrece para que seamos plenos y bienaventurados, para que seamos felices desde ya mismo. Semejante fiesta bien merece una preparación. ¡Preparemos nuestra fiesta!
 

 Fr. Moisés Pérez Marcos
 Convento de San Esteban, Salamanca