Dos Apóstoles Apasionados

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Siembren, Siembren la Palabra de Dios [1]

Entre María Magdalena y Catalina de Siena hay una comunión humana y espiritual, del todo femenina, que va más alla del tiempo porque su fuente es lo eterno.  Mujeres apasionadas, enamoradas y del alma ansiosa dirigida al deseo santo.

Me parece que nuestra Doctora, Catalina de Siena, normalmente moderada en el hablar de sí misma, cuando habla de Santa María de Magdalena es como si develara su corazón, su vida interior, y sus deseos más profundos: así, sus paginas se convierten en escuela de vida para aquellos que quieren seguir y anunciar con su propia vida la Dulce Verdad, el Cordero inmaculado. Vida.

La invitación más urgente que nuestra hermana Dominica nos aporta a los destinatarios de su carta cuando menciona a la Magdalena es aquello de comportarse como ella.  Ella es un ejemplo.  Es con sus palabras tan ardiente y animadora, de plena humanidad, que se dirige a la prostituta de Perugia:

Tú, como hija y sierva rescatada por la sangre, entra entonces en las heridas del Hijo de Dios, donde encontrarás el fuego de la inefable caridad, que consumirá y arderá toda la miseria y defectos tuyos.  Verás que ha hecho un baño de sangre para lavarte de la lepra del pecado mortal y de la inmundicia, en la cual tanto tiempo has estado.  No te fallará el dulce Dios tuyo. Amparate y aprende de aquella dulce y enamorada Magdalena que, inmediatamente que ha visto el mal y los defectos suyos, y ve el estado de su propia condencación, inmediatamente se levanta con profundo rechazo a las ofensas contra Dios y por el amor de la virtud.  Va buscando para poder encontrar misericordia, ve claramente que no puede encontrarse con otro que con el Cristo, dulce Jesús, así, ella se acerca a él...[2]

 

O también a otra de su discípula le dice:

A usted, queridísima y amada hija monna Agnesa e hijos, yo Catalina, sierva inútil de Jesús Cristo, escribo a ustedes con amor y deseo, retomando la palabra que dice Cristo: con deseo y deseando de verlos unidos y transformados en aquél amor comsumado y ardientísimo, como lo hace aquella apóstola enamorada María Magdalena; que tanto fue su amor ardientísimo, que no experimentó ninguna cosa creada. [3]

 

La gran Penitente para Catalina es el model de amor sin miedo y si me permiten la expresión, sin “moderación”: no tiene miedo a ningún juicio humano y esta ahí bajo el Golgota aferrada al árbol de la Cruz[4], de tal modo a la “cátedra de la Cruz, en tanto su Maestro está ridiculizado y con el “oprovio”, se consume por la locura de amor como el Cordero inmaculado abrazado por el fuego de la divina caridad.[5]  Catalina contempla a la Magdalena también por la mañana de la Pascua y subraya, con una aproximación del todo femenina, la angustia vivida por María de Magdala ante aquella piedra que obstaculiza el encuentro con el Maestro a pesar de estar muerto.  Pero justamente por su amor sin medida deviene la apóstola enamorada por encargo directo del Rabboni resucitado.

Y si decimos que ella (Magdalena) le mostrara amor (a Cristo), bien lo vemos en aquella Santa Cruz, porque ella no teme a los judíos, no teme a sí misma, pero, como desventurada, ella corre y abraza la cruz.  No hay duda que, para ver al su maestro, ella se inunda de sangre.  O ebria de amor, ¡Magdalena! En señal que ella está ebria de su maestro, ella lo demuestra en sus creaturas, y esto lo hace después de la santa resurrección, cuando ella predicó en la ciudad de Marsiglia.

Así, digo, que ella tiene la virtud de la perserverancia.  ¡Esto mostraste, dulcísima Magdalena cuando, buscándo a tu dulcísimo maestro, no encontrándolo en el lugar donde lo habían colocado, oh Magdalena amor, enloqueciste, porque no tenías corazón, porque tu corazón había sido colocado con el del tu dulcísimo maestro y nuestro dulce salvador! Pero no cesaste para encontrar a tu dulce Jesús: perseveraste y no pususte límite a tu grandísimo dolor.  ¡Qué bien has hecho! ¡Porque viste que la perseverancia era la que te haría encontrar a tu maestro![6]

 

Estas palabras son el espejo del corazón de Catalina.  A pesar de que el estilo de alguna manera la “traiciona”: está invitando a Inés para vibrar del amor como María Magdalena y he aquí, el ardor de la empatía mística que une a la Magdalena con el mismo amor apasionado por el dulce Verbo encarnado, la lleva a una contemplación dialogante con este amor perseverante y fiel de Cristo, dulce Jesús.

Me parece que esta palabra muestra el modo de evangelizar de nuestra hermana y madre, la dominica Catalina de Siena: un tema que por sí mismo ameritaría un estudio, una contemplación mucho más profunda.  Subrayo que la fuerza de su palabra es siempre ubicada en la coherencia de su manera de ser: es una dominica, no se “hace” la dominica.  Por ello no pudo callar el amor que la Mantellata tenía, pero, ¿por qué hablar al pasado? Digamos “si” para su Orden, para los predicadores. Pero no se cansa de exhortarla a predicar sin descanso, jamás se cansa de incitarla a continuar la misión del Santo Padre Domingo: Ha tomado el oficio del Verbo unigénito Hijo Mio [7]Y justamente en esta exhortación, de animar no sólo a los hermanos, sino a todos aquellos que la seguían, hacemos experiencia de su maternidad.  Catalina es una gran educadora con una fuerte percepción de todo “tú” que encuentra y al que se dirige siempre animada de la llama del deseo cierto como de la dignidad de la persona que tiene en razón de ser creada a inagen y semejanza de Dios para gloria de su eterna belleza. [8]

Termino con algunas palabras que todavía hoy quieren hacer de nosotras fuego:

Por lo tanto, no hay que dormir más en la ignorancia, sino con un corazón valiente y desear dar el amoroso deseo de ir y dar honor a Dios y ayudar al prógimo, sin ir con más objeto que el Cristo Crucificado. Sépanlo que él es aquel muro donde les conviene reposar y permanecer en su fuente.  Corran, corran, reúnanase y acerquense a los pies de Cristo.  Disfruten, disfruten y exalten, porque el tiempo se aproxima que la primavera y otorgará olorosas flores.  Y no vieron porque pensaban venir lo contrario: ahora están más justificados que nunca.  ¡Hay, hay, desventurada alma mia, que no quisiera permanecer así hasta ver que, por honor de Dios, me atravesara un cuchillo que me traspasara la garganta, y que mi sangre permaneciera en el cuerpo mísitco de la Santa Iglesia.  ¡Hay, hay, muero y no puedo morir! No digo más: perdoname Padre mi ignirancia, y que se disuelva mi corazón en el calor del amor.[9]

 

Es una carta que tiene como sestinatario a Fray Raimundo de Capua, su padre confesor, futuro Maestro de la Orden.

Hna. M. Elena Ascoli op – CRSD
19 – marzo - 2012

 


[1] L. 70

[2] L.  276

[3] L. 61

[4] L. 120 donde encontramos al Cordero inmaculado, árbol de la vida, que de su cuerpo ha hecho escalera.

[5] L. 32

[6] L. 61

[7] Dialogo cap CLVIII

[8] L. 5

[9] L. 226