El Beato Pedro Claverie y la santidad "apostólica" Dominicana

Imagen: 
Cuerpo: 

(Fr. Gianni Festa op - Postulador general de la Orden)

La beatificación de Pierre Claverie op (8 de diciembre de 2018) y su entrada en el Santoral de la Orden de Predicadores (según las últimas estadísticas, el Santoral de la Orden de Predicadores está compuesto de la siguiente manera: 83 santos, 287 beatos, 25 venerables, 119 siervos de Dios) nos devuelve a la imagen de la santidad tal como fue concebida y promovida por la jerarquía de la Orden, desde el principio (me refiero a la canonización de Santo Domingo de Caleruega en 1234). Este modelo de santidad se expresa en la tríada: predicador/doctor, virgen (religiosa) y mártir. El primer santo moderno al que se han atribuido las tres aureolas es el dominico San Pedro Mártir de Verona; pero también Santo Domingo, según la hagiografía y la primitiva liturgia de la Orden, es recompensado con las aureolas, no tres sino dos: las de la virginidad y la del médico predicador. Sin embargo, no falta la alusión a la imagen de Domingo como "mártir": cuando, por ejemplo, varias veces en textos hagiográficos se menciona su deseo de martirio o el peligro al que se enfrenta -el de ser asesinado por los cátaros- cuando iba por ahí a predicar. Finalmente, Santa Catalina de Siena es celebrada en la liturgia como honrada con la triple corona del predicador/doctor, virgen y mártir.

Esta premisa histórico-agiográfica es importante porque nos ayuda a comprender mejor lo que podemos llamar el "modelo apostólico de santidad dominicana" y que recuerda a los primeros santos que la Orden ha propuesto a la piedad e imitación de los hermanos y hermanas según la tríada del predicador/doctor, virgen, mártir (Domingo, Pedro Mártir, Tomás de Aquino y Catalina de Siena). A principios del tercer milenio, por tanto, la figura del Beato Pedro Clavería no sólo inauguró la procesión de los santos cuya santidad fue reconocida oficialmente, sino que en su plenitud y profundidad volvió a proponer incuestionablemente la identidad del carisma dominicano. Una identidad que puede definirse así: la de la persona consagrada en la vida religiosa que, llamada a la misión de la predicación, con los medios del estudio y de la vida común, se dedica al servicio de la Iglesia y de la humanidad como sacerdote y obispo, y como creadora de una original e innovadora "teología del encuentro con el otro", hasta el don total de sí misma en el testimonio del martirio. Una santidad nunca buscada en la mesa, nunca programada, sino el efecto de una total disponibilidad a la voluntad de Dios que cada día hace su camino más en contacto con las diversas realidades en las que se encontrará viviendo.