El estudio en la vida dominicana

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El estudio en la vida dominicana
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El estudio no es un sistema reglado de enseñanza, ni preparar exámenes, ni asistir a clases aburridas, no es coger apuntes, ni recoger los resultados una vez cada trimestre. El estudio se sirve de libros, pero no es vivir pegado a los libros. Sus libros, por otra parte, deben ser “buenos”, que no son los que nos entretienen, sino los que nos sacuden o remueven. El estudio requiere esfuerzo, pero no es una tortura, sino una vocación y una responsabilidad. En el estudio hay maestros, que a veces son profesores, pero que otras veces son los lirios del campo. El estudio exige concentración, pero no necesita Red Bull o Monster. El estudio no es un adoctrinamiento; antes bien, nos da alas y nos hace libres (de nuevo, ¡alas sin Red Bull!) El que estudia es erudito, pero el estudio no es adquirir erudición. No se trata de tener muchos conocimientos o saber cosas, sino de fomentar la natural inclinación del ser humano hacia la Verdad. El estudio nos proporciona una posición privilegiada, pero el que estudia es siempre humilde. El que estudia suele ser alabado por los hombres, y con razón, pero el estudio no busca la alabanza humana. El estudio requiere inteligencia, pero no es sólo inteligencia: no se puede estudiar sin bondad y sin devoción. El estudio conduce a una transformación de la mente, pero sobre todo es la transformación del corazón.

El estudio es búsqueda compartida de la Verdad. El estudio es oración: encuentro con Dios. El estudio es una manera de ser, pero también una praxis: es un mirar y un obrar nuevos. Es tener ojos para lo que otros no los tienen, leer entre líneas la realidad. Es obrar según un mundo rico y lleno de matices, un mundo cuyo cimiento es el amor. El estudio ensancha nuestro corazón: por el conocimiento y el amor nuestra alma se hace semejante a todas las cosas. El estudio es camino hacia la santidad: abre nuestro corazón y nuestra mente a los demás, crea comunidad y nos capacita para denunciar las injusticias y proclamar la esperanza. El estudio es un placer, porque es un gozo descubrir que las cosas tienen sentido: la Sabiduría danza ante el trono de Dios cuando crea el mundo, y la finalidad del estudio es compartir ese placer. El estudio exige valentía: es arduo y necesita constancia, implica asumir que podemos equivocarnos, que somos falibles, perfectibles.

Santo Domingo quiso que los dominicos estudiasen, para saber cosas, pero sobre todo para amar más y mejor. El estudio está en función del amor, no al revés: porque conocemos adecuando las cosas a nosotros, pero amamos ensanchando nuestro corazón hacia las cosas y las personas. El estudio nos enseña la ternura: nos la enseña en Dios y nos invita a adoptarla como actitud de vida. Estudiamos para cultivar la amistad: con Dios y con nuestros hermanos. Estudiamos para afirmar la esperanza y el sentido frente al fundamentalismo y al relativismo. Los predicadores somos “guardianes de la esperanza” (Radcliffe). Estudiamos para dar vida con la palabra y no herir con ella. Estudiamos para destruir nuestras falsas imágenes de Dios y así poder vivirlo en el misterio. El estudio destruye nuestros ídolos (Estado, mercado, poder, dinero…) y nos acerca al Dios verdadero. Estudiamos para acercarnos a la Verdad, y porque la Verdad nos hará libres. Estudiamos no para explicarlo todo y dejar de maravillarnos, sino para aprender siempre de nuevo a maravillarnos. Intentar comprender las cosas, a los demás, la obra de Dios, nos mantiene arrastrados por la maravilla. Estudiamos para saber que Dios es Dios y el mundo es el mundo: y no es que renuncie al mundo en absoluto, sino que renuncia al mundo sin Dios. Cuando el cristiano experimenta a Dios en el mundo, llega al Creador a través de las criaturas, entonces conquista el mundo, lo exprime, le saca el verdadero jugo, es feliz y disfruta del mundo. Vivir el mundo con Dios no nos aleja del mundo: hace que lo veamos con ojos auténticos y veraces, hace que conquistemos la Felicidad detrás de todas las felicidades, el Placer detrás de todos los placeres, la Belleza detrás de todas las bellezas, la Alegría tras todas las alegrías.

¿Qué estudiamos? Pues es fácil: ¡Todo! Y es que todo lo creado es un “sacramento” de Dios, un símbolo de su bondad: “Cada partícula del cosmos es una zarza ardiente” (Elmar Salmann). Él está en todas las cosas, dándoles su ser, manteniéndolas en su existencia entre las palmas de sus manos tiernas. Su gloria resplandece en todas las cosas. El mundo es maravilloso porque transparenta la luz que viene de Dios. Estudiamos para vivir en ese resplandor, arrastrados por la maravilla.

Moisés

 

(12 de diciembre de 2016)