Festividad de la Beata Sor Ana de los Ángeles Monteagudo, Flor de la Campiña Arequipeña - Perú

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la Beata Sor Ana de los Ángeles Monteagudo
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Ana Monteagudo Ponce de León conocida como Sor Ana de los Ángeles Monteagudo, es una beata peruana. Nació en Arequipa el 26 de julio de 1602. Fue hija del español Sebastián Monteagudo de la Jara, y de la dama arequipeña Francisca Ponce de León. Fue la cuarta de ocho hermanos. A los tres años, fue entregada a las monjas catalinas que residían en el Monasterio de Santa Catalina, de la Orden Dominica. para ser educada e instruida. Es de suponer que el trato con algunas religiosas de probada virtud fuera sembrando en su alma el deseo que luego se transformó en vocación de entregarse a Dios como religiosa dominica de clausura.

Cuando tenía 14 años de edad, sus padres decidieron que ya había llegado el momento de reintegrarla a la vida de la ciudad y fue retirada del monasterio, con el fin de comprometerla. La joven Ana, de vuelta a su casa, decidió seguir con el mismo género de vida que hasta entonces había llevado en el monasterio de Santa Catalina. Hizo de su habitación un lugar de retiro, donde trabajaba y rezaba, sin descuidar los que haceres de la casa. Un día, mientras meditaba en su aposento, se le apareció en una visión, Santa Catalina de Siena, quien le hizo saber de parte de Dios, que había sido elegida para entrar en el estado religioso, vistiendo el hábito dominicano. Le dirigió estas palabras: "Ana, hija mía, este hábito te tengo preparado; déjalo todo por Dios; yo te aseguro que nada te faltará".

Terminado el año de noviciado y habiendo dado pruebas más que suficientes de su idoneidad, le llegó el tiempo de su profesión religiosa. Le faltaba la "dote", que sus

padres se negaban a entregar, con el objeto de obligarla a regresar con ellos. Francisco, su hermano sacerdote acudió en su ayuda, pagando generosamente la dote prescrita. Superadas estas dificultades pudo hacer su "Profesión Religiosa" con gran alegría y contento. Abrazado ya el estado religioso y hechos sus votos temporales,dirigió todas sus miradas y consagró todas sus energías a realizar el ideal de la vida religiosa, íntimamente persuadida de que toda su perfección y santidad consistía solamente en el exacto cumplimiento de sus votos y demás obligaciones de religiosa dominica.

En 1647, Mons. Pedro de Ortega Sotomayor, recientemente nombrado Obispo de Arequipa, quiso visitar el Monasterio de Santa Catalina. Enseguida comprobó el abandono espiritual en que se encontraba. Conversando con varias de las religiosas descubrió las cualidades extraordinarias de la entonces Maestra de Novicias Ana de los Ángeles y manifestó el deseo de que fuera ella quien gobernase dicho monasterio. A los pocos meseseligieron a Sor Ana de los Ángeles como nueva Priora. Cuando recibió ese cargo, vivían en el monasterio cerca de 300 personas: 75 monjas de Coro; 17 legas; 5 novicias; 14 donadas; 7 criadas personales; 75 educandas; 130 siervas; y no pocas huérfanas y viudas. Éstas últimas se refugiaban en el monasterio para cuidar su buen nombre, pero no dejaban de vivir "según el mundo", rodeadas de servidumbre, entregadas al cuidado de sus personas y gozando de todo lo que la moda de aquel tiempo les ofrecía. Al contacto con este género de vida algunas de las monjas se contagiaban, y degeneraba su espíritu religioso hasta el punto de ser en el monasterio origen de muchos conflictos y pésimo ejemplo para las religiosas más jóvenes. Entretanto la nueva Priora conoce muy bien esta situación y sabe con cuanta prudencia y energía deberá corregir esos graves abusos.

El año 1676, sor Ana quedó ciega y permaneció tullida en su lecho durante los últimos diez años de su vida. Sufría mucho y todo lo ofrecía a Dios por la salvación de las almas y la liberación de las que estaban en el purgatorio.

En estos últimos años, consiguió permiso del obispo para que un sacerdote pudiera celebrar cada día la misa en su celda y así poder comulgar diariamente. Les pidió a sus Superiores que le conmutasen la obligación de rezar el Oficio divino por una visita espiritual al Santísimo y por el rezo del rosario. El rosario era su oración predilecta, pues siempre estaba con el rosario en las manos. Y era tanta la rabia de los demonios que, varias veces, se lo quitaban de las manos.

Ella vivía tranquila, ofreciendo su dolor con amor. Nunca se quejaba y, sobre todo, era muy agradecida. Dice sor Catalina de Jesús que era tan agradecida a las personas que le ayudaban que les besaba las manos y les decía:¡Cómo se acuerdan de mí, siendo una pobre miserable, echada en un lecho, mientras otras están pasando necesidad! Y daba en limosna lo que recibía o mandaba celebrar misas por las almas benditas.

El 19 de julio de 1686, el mismo año de su muerte, todas las religiosas del Monasterio de Santa Catalina de Arequipa solicitaron al obispo la apertura del proceso de su beatificación. Éste proceso Ordinario se llevó a cabo desde el 18 de diciembre de 1686 hasta el 16 de setiembre de 1693. En él declararon 35 testigos. El Proceso original se envió a Roma, quedando una copia en Arequipa, pero, según parece, el barco naufragó y nunca llegó el Proceso a Roma. Por ello, hubo de hacerse una copia para enviarla de nuevo, lo que retrasó todo el Proceso durante años.

El Proceso apostólico tuvo lugar en Arequipa desde el 22 de julio de 1921 a mayo de 1923. El milagro, aprobado para su beatificación, fue la curación de la señora María Vera de Jarrín, madre de familia. El 2 de noviembre de 1931 se sometió a un examen de útero por padecer frecuentes hemorragias. Su salud empeoró y el 10 de marzo de 1932 fue sometida a una exploración quirúrgica en el hospital Goyeneche de Arequipa.

Según el testimonio jurado del doctor Humberto Portillo, se observó la presencia de un gravísimo tumor canceroso que, no sólo afectaba a la pelvis, sino que se extendía por toda la región pélvica. Ante la gravedad del caso, optaron por observar y cerrar el corte quirúrgico. Por eso, se pensaba en su inminente deceso, ya que no había solución humana. Pero no habían transcurrido ni dos días y sin ninguna medicina, se sintió mejor. En pocos días, sanó de modo que, pasado un mes, se la consideró apta para seguir cumpliendo sus labores del hogar. Tres médicos certificaron que no se podía explicar científicamente la curación de un cáncer tan grave como el que había sufrido la citada doña María Vera de Jarrín. Ella afirmó que su curación había sido producido por la intervención milagrosa de sor Ana de los Ángeles Monteagudo, de quien había llevado una reliquia el día de su operación. Y su salud continuó estable, es decir, completamente sana hasta el día de su muerte, ocurrida en 1966, cuando ella tenía 80 años de edad.

El milagro, aceptado por la comisión científica del Vaticano, ocurrido en marzo de 1932, fue aprobado el 15 de octubre de 1981. Y el 2 de febrero de 1985 el Papa Juan Pablo II, en Arequipa, declaró beata con su autoridad apostólica a sor Ana de los Ángeles Monteagudo. De ella dijo: En ella admiramos sobre todo a la cristiana ejemplar, la contemplativa, monja dominica del célebre monasterio de santa Catalina, monumento de arte y piedad del que los arequipeños se sienten con razón orgullosos. Ella realizó en su vida el programa dominicano de la luz, de la verdad, del amor y de la vida, concentrado en la conocida frase: Contemplar y transmitir lo contemplado.

 

(10 de enero de 2017)