Laicado Dominicano Chile: Encuentros de Formación

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Nuestros Hermanos Predicadores, reunidos en el Capítulo General, celebrado en México, 1992, exhortan a los Laicos de la Orden a “comprometerse en su formación conjuntamente con los demás miembros de la Familia Dominicana, como preparación a nuestra misión específica dentro de la Orden” (nº 128, 6). Es un deseo, reiteradamente manifestado, que expresa, por una parte, la necesidad del cristiano, de todo cristiano, de formarse, para “ordenar los asuntos temporales según Dios” (LG 33), y para estar “siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza” (1 P 3,15). El nuestro es un mundo que pide explicaciones.

Por otra, nos recuerda el desafío de nuestra misión hoy, al interior del mundo, que parte por dejarnos interpelar, como Jesús (Mt 9,36; Mc 6,34), por la situación de muchos de nuestros hermanos/as, (desorientados, marginados, excluidos, los que “no cuentan”...), que luchan por tener “vida” y poder mostrar su dignidad de hijos/as de Dios.

Como miembros de la Familia Dominicana, estamos llamados a ser  hombres – mujeres de “fronteras”, atentos a los lugares, situaciones, etc.,  del quehacer cotidiano, que necesitan, de modo especial, del poder transformante de Dios. Pero estas fronteras hay que “descubrirlas”, y entrar en ellas entregando vida (Jn 10,10), “transformándolas”.

La espiritualidad dominicana, que es nuestro modo de vivir el Evangelio, es una espiritualidad de “ojos abiertos”, especialmente adiestrados y afinados para detectar el “paso” de Dios por nuestro mundo. Mirada de profeta que “ve lejos”, “mira en profundidad”, y está “vuelta hacia el futuro”. Una espiritualidad que nos envía a la hermosa misión de anunciar a Jesucristo y su plan de amor salvífico para todos los seres humanos.

Los laicos no somos simples destinatarios, “clientes”, de la misión de la Iglesia, que sería responsabilidad del clero (Obispos y sacerdotes) y los religiosos/as. La Iglesia, más que una productora y administradora de servicios (religiosos), es una Comunidad de creyentes en Jesucristo. Compartimos, pues, junto con los clérigos y los religiosos/as, una misma responsabilidad en esta comunidad de creyentes que forman  el “Pueblo de Dios”. A nuestro modo, en nuestro ámbito peculiar y siguiendo nuestra vocación laical, somos verdaderos misioneros, testigos del Señor. Con nuestro hermano el Cardenal Y. M. Congar, OP, reconocemos que, además de la acción del Espíritu Santo, el doble “elemento decisivo” que construye la Iglesia no es “sacerdocio – laicado”, sino “ministerio (o servicio) – comunidad”.

Dirigiéndose, años atrás, el Maestro de la Orden, Fr Damián Byrne, a los frailes de la Orden, les urgía a “inaugurar y potenciar nuevos modelos de formación compartidos con los laicos. Esta no puede orientarse en una sola dirección..., ha de ser una formación compartida y mutua”. “La Familia Dominicana está llamada a ser una comunidad de predicación en la que son miembros activos y corresponsables frailes, religiosas, laicos, con carisma y ministerios diferenciados” (Los laicos y la misión de la Orden, 1987).

En la práctica esto significa, que los laicos dominicos no somos mera memoria, una página de los documentos capitulares, sino que estamos llamados a asumir la tarea del anuncio del Evangelio, primero en nuestra vida, y después a través de cualquier otro medio que esté a nuestro alcance, con el fin de iluminar la vida de nuestros contemporáneos, y llenar su alma de esperanza. Como se nos recuerda en la Regla, ese es nuestro modo, de dar testimonio de nuestra fe, atender a las necesidades de las personas de  nuestro tiempo y servir a la verdad (Cf Regla de las Fraternidades Laicales de Santo Domingo, nº 5).

En orden a realizar esa tarea dignamente, con fidelidad a nuestra vocación, personal y eclesial, es imperativo beber en la fuente de la Palabra de Dios, actualizada en la Iglesia por su Espíritu Santo. Necesitamos, además, empaparnos del espíritu que animó a Domingo de Guzmán, su espiritualidad, su talante, como respuesta a Dios y a las exigencias de su Evangelio. Y necesitamos también “educar el corazón”, para que con cada uno de sus latidos impregne nuestra cultura contemporánea, sus estructuras, y sus manifestaciones, con los valores del Evangelio y con la vida misma de Dios.

Nadie de nosotros alberga la más mínima duda sobre el particular. Ya la Regla contempla la formación como una exigencia de nuestra vocación, “inseparablemente contemplativa y apostólica”, recurriendo al “estudio de la verdad revelada y una reflexión constante, a la luz de la fe, sobre los problemas contemporáneos” (Regla, 10, f). ¿Para qué? ¿Para ser más eruditos? No. El mismo texto añade: “El objetivo de la formación dominicana es lograr personas adultas en la Fe, capaces de acoger, celebrar y proclamar la Palabra de Dios” (Ibid.,11). Con este fin, se “establecerá un Programa: a) de formación por etapas para quienes se inician, b) de formación permanente para todos sus miembros, incluidos los que se encuentran aislados” (Ibid., 11,a y b).

El Laicado dominicano chileno ha sentido, desde hace tiempo, esta necesidad,  anhelando contar con un instrumento que: a) facilite la formación para la misión, b) sea asequible a todas las Fraternidades, y c) ofrezca los elementos fundamentales para una idónea formación de sus integrantes. Que facilite también la tarea de quienes asumen el servicio de la formación al interior de las comunidades, poniendo en sus manos las fuentes más importantes:  la Palabra de Dios, los documentos contemporáneos de la Iglesia, la espiritualidad de la Orden, los signos de los tiempos, etc., para que puedan saciar su sed, y en el proceso, dar de beber el “agua viva” a los demás miembros de la Fraternidad, especialmente a los recién integrados.

Con esta premisa, se formó una Comisión de Formación, encargada de elaborar el material que eventualmente sería usado para la formación de nuestras Fraternidades. Esta Comisión, formada por tres laicos, una hermana contemplativa y un fraile, se reunió periódicamente, durante meses, compartiendo esquemas, pareceres, metodología, etc. El resultado lo tienen en sus manos. Es un trabajo de amor, un regalo que entregamos con cariño a cada uno y cada una de ustedes. En él encontrarán diversos temas, tratados a modo de taller, en los que se integran la Palabra de Dios con la misión del laico hoy, la oración, las tareas a realizar, etc. También se incluye una bibliografía mínima, así como notas biográficas, y textos especiales, tales como el Documento de Bolonia, la Regla del Laicado, la Familia Dominicana en los documentos de la Orden, una brevísima reseña de los Laicos Dominicos Santos y Beatos, y de los otros Santos y Santas de la Orden, así como de algunos  hermanos nuestros más eminentes a lo largo de la historia. Finalmente, a modo de colofón, y como paradigma para todo predicador y predicadora, se ofrece una nota sobre María, la Madre de la Orden de Predicadores, la Madre de la Palabra, protectora y modelo de nuestra misión evangelizadora.

Sería injusto silenciar, que el gran peso de la obra recayó sobre nuestra Hermana Soledad Cordero, monja contemplativa, quien nos tiene ya acostumbrados a compartir luces y servicios, amor y dedicación sin límites a todos los miembros de la Familia Dominicana. La obra tiene así el mérito de haber sido filtrada con anterioridad por la profundidad del corazón y por la experiencia de la oración y de la unión con Dios. Una y otra, junto con su gran sentido de la actualidad del plan de Dios, y el caminar de su “Pueblo”, entre alegrías y quebrantos, le han convertido en la persona más adecuada para gestar estos “Encuentros de Formación para los Laicos de la Orden de Predicadores”. Gracias, Hermana, y que Dios la siga bendiciendo.

            Sor María Soledad Cordero
 
            María Paz Castillo Lagarrigue                
 
            María Victoria Trujillo Brogan
           
            Alfredo Acle Acle
 
            Mario E Silva Gómez
 
            Fr. José Luis de Miguel