Las 3 convicciones planteadas por el Maestro de la Orden para Responder a los desafíos de a predicación hoy

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Fray Bruno Cadore, op
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Unos 600 dominicos de distintos rincones del mundo participaron, a mediados de enero, en el Congreso Internacional para la Misión de la Orden. Para los que no pudieron estar y para quienes deseen de alguna forma revivir algunas instancias, compartimos el texto de la intervención del Maestro de la Orden, Fr. Bruno Cadoré al cierre, en la que sintetizó los aspectos medulares de lo compartido durante el Congreso, al tiempo que planteó los desafíos que quedan latentes para ir al encuentro de un mundo que “amamos” y para “aprender a caminar” con las víctimas, los pecadores, los hombres y mujeres de buena voluntad, los que se plantean otras búsquedas de la verdad, creyentes y no creyentes.

“Dios nos envía al encuentro con nuestros contemporáneos para hablar con ellos de la Buena Noticia del Reino y evangelizar en nombre de Nuestro Señor Jesucristo que es el único, el primero que sale al encuentro. Este encuentro no es una curiosidad o un deseo de conocer algo nuevo. No es una apología. Es una voluntad para amar, servir, cuidar a la humanidad con la que compartimos el destino”, subrayó el Maestro.

Fr. Cadoré propuso, a modo de corolario, 3 convicciones: la predicación, la fraternidad y el encuentro “para un camino de santidad”, y puso sobre la mesa las necesidades señaladas por los hermanos y hermanas para responder al llamado de la Predicación hoy.

Intervención de Fr. Bruno Cadoré OP al cierre del Congreso, sábado 21 de Febrero de 2017

Quiero en primer lugar evocar la alegría y la gratitud por haber vivido estos 4 días con los miembros de la Orden, haber descubierto hermanos, hermanas, países, culturas, generaciones, rostros de Iglesia muy diversos. Alegría y una experiencia de unidad profunda. Una especie de casa común. Gratitud porque nos ha permitido ser conscientes, una vez más. de que se trata de una Gracia que nos ha sido dada por Otro, una Gracia compartida independientemente de la especificidad de cada una de las ramas y entidades a las que pertenecemos.

Este sentimiento de casa común nos lleva a reconocernos en un mismo rostro, el de Santo Domingo, que al guiarnos en el camino del seguimiento de Cristo predicador nos propone una aventura de predicación según el modo de la proclamación de la Buena Noticia a través de las ciudades.

Esto no depende de una oposición entre dentro y fuera de una Iglesia establecida sino más bien como un estímulo ante la imposibilidad de caminar sin las víctimas, sin las memorias heridas, sin los refugiados que son los nuestros, sin los pecadores, sin los hombres y mujeres de buena voluntad, sin las otras búsquedas de la verdad de los creyentes o no. Tensión entre la posibilidad de caminar sin todos ellos y el deseo profundo, vital, de aprender a caminar con ellos. Este deseo lo llevamos cada uno y de una manera común, en un mundo que amamos y queremos aprender a amar desarrollando la capacidad de contemplación.

Como todo amor verdadero, este amor es exigente. Es la exigencia de la mirada lúcida y realista que permite a la vez leer y condenar los estragos de la guerra que desfiguran las víctimas. Identificar también los lugares y realidades de resistencia de las que el hombre es capaz.

Un mundo donde el hombre puede descubrir la humanidad y enfrentar las dificultades de la vida e ir más allá de ellas con la convicción de que por la humanidad puede ser bueno, generoso, capaz del perdón, solidario.

En este mundo y para este mundo somos enviados a predicar y vemos en este envío lo que constituye nuestra unidad, la unidad de todos los miembros de la Orden de Predicadores, frailes, laicos, cooperadores, jóvenes…enviados para servir por el ministerio de la evangelización del nombre de Jesucristo. Servir al ministerio de la Gracia de la Palabra.

Si, mucha alegría y una profunda gratitud por pertenecer a esta familia. Alegría de estar con ustedes en la comunión, y gratitud por cada uno de vosotros por haber hecho de este Congreso una apertura para después del jubileo.

Esta familia que vive nuestra casa común de la predicación, esta comunión de santas predicaciones está animada por un cierto número de convicciones que hemos oído expresar en las conferencias, los paneles, las presentaciones y las preguntas, pero que también se han expresado en los talleres que nos han reunido durante estos 3 días. He leído sus resúmenes. Después de haber escuchado las presentaciones y haber leído las síntesis de los talleres quiero comentar tres principales convicciones; lo que puede ser una mística o un estilo de vida de la predicación.

La primera convicción es la predicación, de la que hemos sido convencidos. No se limita a la homilía litúrgica sino que concierne a todos los modos en los que la palabra humana puede servir como expresión de la Palabra de Dios que quiere conversar con la humanidad. El ministerio de la Palabra nos instituye como mediadores  que no son ministros solitarios, sino como los músicos y los actores que hemos encontrado estos días, mediadores solidarios en una misma aventura. Esta predicación tiene características sin borrar la diversidad de los estados de vida de la Orden, de nuestras culturas, nuestras iglesias. Es la mediación de un diálogo permanente entre la Palabra dirigida por Dios a la humanidad, la Iglesia que está instituida por esta palabra como sacramento de salvación en la medida en la que es profética hablando de parte de Dios, y las culturas concretas e históricas en la que la Palabra es proclamada en diálogo con el saber y las prácticas. Y cuando decimos que la Palabra es proclamada, es insistiendo que la Palabra humana sobre Dios tiene a la vez una secuencia donde se suceden silencio, escucha, palabra y silencio de contemplación de la Gracia de la Palabra de Dios en acción. Y es esta alternancia como Santo Domingo la practicaba. Alternancia entre los momentos para hablar de Dios a los hombres y otros esenciales para hablar a Dios de los hombres. Esta alternancia es lo que nos hace descubrir y vivir la aventura a la que nos conduce la predicación. Experimentar la vida que se da y recibe. Dar gracias a Dios por la vida que transmite y que anima la Palabra que es el que ha venido a dar vida en abundancia.

Por esta razón pensamos que la palabra de la predicación es al mismo tiempo palabra de vida y de amor, palabra de misericordia que libera y que cura, palabra que engendra una vida que tiene la fuerza de transformar a cada uno y al mundo.

La proclamación de esta buena noticia de la vida, de la belleza y del amor, pensamos, tiene que recoger diversos lenguajes según las culturas y ambientes.

Quiero subrayar varios de estos lenguajes: el de la conversación, el del anuncio y el de la explicación. Es el lenguaje del testimonio de la vida, individual y comunitario, muy importante, es el lenguaje de los gestos que manifiestan la exigencia de la justicia, que restauran el tejido social, que establecen el diálogo entre las instancias sociales y políticas, para desencadenar una trama de solidaridad. Se trata también del lenguaje del arte que nos conduce a la capacidad de búsqueda de verdad y de belleza. Estos lenguajes buscan el despliegue de una predicación cualificada utilizando métodos adaptados a la conversación con nuestros contemporáneos y que nos permiten salir de nuestras burbujas en las que podemos encerrarnos. Estos lenguajes serán una manera de manifestar la bella realidad de la Encarnación que es precisamente el que ha elegido quien es la Palabra.

Entre estos lenguajes de la encarnación tengo una segunda convicción: hemos dado una gran importancia al lenguaje de la fraternidad, el lenguaje y el testimonio de la amistad. Fraternidad es el nombre de la amistad de Dios con el mundo del cual queremos ser los predicadores. La fraternidad es una realidad y los hombres son capaces de ella. Dando testimonio del amor y del agradecimiento mutuo como miembros de una común humanidad . Los actos y las palabras consolidan una fraternidad, lenguaje del corazón que se convierte en un camino que lleva a Dios. Al mismo tiempo que esta fraternidad es una especie de testimonio podemos construir puentes entre los seres y los grupos, entre las culturas y los mundos contemporáneos que parecen excluirse. Se puede resistir a la segregación, a la exclusión, para comprometer la comunidad humana en la confianza en su capacidad de integración en la unidad de la comunión. En primer lugar dada, y siempre primera y fundadora de la posibilidad misma y de la riqueza de su diversidad. Convicción de la fraternidad relacionada y unida a la predicación.

Una tercera convicción que hemos desarrollado estos días es que el encuentro es el modo primero de la predicación. Un encuentro que está inscrito como un eco del Dios de la revelación con su pueblo. Dios que oye el sufrimiento y el clamor de su pueblo y Dios que va a caminar con su pueblo. Y pensamos que ese Dios nos envía al encuentro con nuestros contemporáneos para hablar con ellos de la buena noticia del Reino y evangelizar en nombre de nuestro Señor Jesucristo que es el único, el primero que sale al encuentro. Este encuentro no es una curiosidad o un deseo de conocer algo nuevo. No es una apología. Es una voluntad para amar, servir, cuidar a la humanidad con la que compartimos el destino. Somos todos humanos. Encontraremos personas dispuestas a escuchar y a recibir, también indiferentes, sin ilusión y a veces opuestas. En todos los casos, la autenticidad de la vida, la más justa coherencia entre lo que se dice y lo que se vive, dará la credibilidad al predicador y por consiguiente a su mensaje. El encuentro será como una ocasión para ajustar de manera mutua la comunicación entre los seres y como en el diálogo con la samaritana, o en el camino de Emaús, el encuentro se dejará guiar por la pedagogía de Dios mismo cuando entra en conversación con su pueblo. Hemos expresado el deseo de que esta convicción del encuentro nos lleve a salir de nuestras diferentes burbujas en las que estamos instalados y a encontrar como una prioridad a los que sufren la violencia, la pobreza, la exclusión y la discriminación social. Nos enseñan algo sobre nuestra propia vulnerabilidad. Queremos aprender de ellos algo sobre la venida de Dios al mundo, venida que le ha conducido hasta la cruz.

Tres convicciones: la predicación, la fraternidad y el encuentro, para un camino de santidad. Este ministerio de la Palabra para los predicadores es un camino de santificación. Así lo ha confirmado el Papa Honorio III al confirmar a la Orden. Predicar bajo pena de pecado.

Quiero subrayar algo que ha atravesado el Congreso: la predicación nos conduce a corazón del mundo porque es nuestra manera de seguir a Jesucristo y de querer vivir con Él. Y nos lleva al corazón de un mundo en el que con Cristo queremos reconocer todos los signos de la promesa hecha para que sea engendrado. Un mundo trabajado. La predicación nos lleva también al corazón de nosotros mismos, personalmente y comunitariamente ya que experimentamos la misma promesa de nacer de nuevo. Sobre el mundo en evolución, en gestación, se trata de aprender los medios para ver lo que transforma la figura del mundo para ir al encuentro de lo que la gente vive, piensa, y desplegar todavía más lo que debe ser transformado, reconstruido, reorientado, rechazado. Hasta que la larga historia de la conversación a la que queremos servir, de Dios con los hombres, contribuya a la unión con la historia construida por los hombres, a establecer de verdad un mundo vivido en común, acogedor para todos y soportable para todos.

Los debates han subrayado un cierto número de “signos de los tiempos”, de los cambios que pueden ser peligros terribles para la humanidad pero también pueden ser la ocasión como dice el poeta, de donde crece el peligro crezca también lo que salva.

Solo voy a enumerar aquí lo que hemos dicho ya juntos y que tenemos que profundizar para comprenderlo mejor. Profundizar nuestra comprensión de lo que pasa en el mundo y no creer que lo sabemos ya. Santo Domingo envió a los primeros hermanos para estudiar, para encontrar los nuevos lugares académicos en los que se intentaba hacer comprensible el mundo al hombre. Ver los movimientos importantes de la emigración, la realidad de los refugiados hoy es terrible, lleva consigo tanto sufrimiento, miedo, parálisis de la capacidad humana de comunión. Es la realidad de las mezclas  y la cohabitación de las culturas y las religiones. Los repliegues identitarios y los proteccionismos. Estos proteccionismos que no son siempre inteligentes, atravesados por pasiones y memorias dolorosas. Estas mutaciones profundas de los modos de comunicación con los demás, de afirmación de un sí mismo con una paradoja: deseo de afirmarse y con el riesgo de encerrarse con la gente que piensa igual. Los conflictos se multiplican en esta paradoja, con la tensión entre la globalización y la búsqueda de la identidad, la visión de un mercado ultra liberal, la explotación de los recursos esenciales, la dependencia de poblaciones enteras según los conflictos de intereses, estos conflictos que recuerdan las heridas de la colonización. Tenemos que tener cuidado para no reproducir los mismos problemas. Crisis graves de la política, corrupción, palabras de mentira, de manipulación, una mirada elitista sobre el tejido social, una democracia sin contenido de exigencia y de sentido donde la dignidad de lo humano y de los derechos.

Es la crisis ecológica de la que el texto del Papa “Laudato Si” ha puesto en evidencia con sus desafíos para la evangelización. Los pueblos originarios, su dignidad, sus condiciones. La crisis de la vulnerabilidad en la que se encuentra a la vez una gran sensibilidad ya que la vulnerabilidad está en el corazón de la identidad misma de lo humano. Pero al mismo tiempo un desarrollo de la vulnerabilidad obligada de los individuos: trata de personas, supresión de determinados lugares de libertad de expresión de la mujer, vulnerabilidad de estructuras y de condiciones de vida, vulnerabilidad de la tierra, del agua y de la energía. Es la crisis de de las células bases de las sociedades, de la célula familiar, de los lugares de trabajo, de la células de la vida social.

Durante siglos el pluralismo cultural y religioso fue una suerte y una fuerza y parece que hoy se convierten en un peligro y una maldición. Es la crisis de las religiones expuestas de nuevo a su tentación fundamental: imponerse como un poder unívoco, afirmarse como identidades exclusivas, combatir para dominar los territorios y las poblaciones.

También está la crisis de la Iglesia misma con la secularización y la necesidad de buscar cómo se pueden transformar las estructuras de organización territorial o la repartición de los cargos, para adaptarlas a la evolución de las sociedades y las culturas. La está Iglesia desorientada muchas veces por la secularización. Hemos sido impresionados por todo esto. Pero cuando las hermanas y hermanos han evocado estos desafíos urgentes han manifestado también la posibilidad de llevar el fuego de la esperanza de la transformación, la fuerza del cambio en los que el dolor y el fracaso no tendrían la última palabra.

Los talleres en particular y las experiencias concretas hechas también ayer, por ejemplo por las monjas, son un resistencia a la resignación. Todos juntos sabemos que estás realidades presentadas habitan nuestras propias realidades comunitarias y personales. La realidad de la emigración, la obligación de refugiarse, la secularización, la necesidad de reconciliación después de conflictos que han envenenado las relaciones. Esta proximidad de las experiencias entre lo que vive el mundo y lo que vivimos cada uno de nosotros en nuestra propia carne debe ayudarnos en la relación con las personas a las que somos enviados y  a las que deseamos anunciar la amistad de Dios como una buena noticia. Con ellos queremos vivir la amistad de Dios como una buena noticia.

Hemos tenido la alegría de haber oído los testimonios de prácticas de resistencia, testigos de los dominicos, movimientos sociales, ONG, grupos voluntarios, militantes de la promoción social y la solidaridad, grupos de víctimas, la importancia de la educación. Lo que me ha impresionado en estos testimonios y en la síntesis de los talleres es ver cómo el hecho de comprometerse da fuerza a la vida de las personas y de las comunidades. Se trata por una parte de promover la humanización en nuestras propias comunidades y de cada uno, del perdón y la reconciliación, el ejercicio del poder, de la práctica lo más justa posible de la democracia (que tanto amamos en la Orden), del pluralismo cultural, sin que la identidades se excluyan mutuamente. El uso de los bienes orientados al bien común, la puesta en común sin vueltas y sin condiciones de los bienes para los que hemos hecho profesión religiosa. Hemos hecho la experiencia de este desafío de la construcción de una familia, del respeto, del reconocimiento del otro, de las capacidades y complementariedad de cada uno. Afirmo la convicción de que podemos dar una contribución para la salvación y la transformación del mundo enfrentando en nosotros mismos las dificultades que el mundo enfrenta también. Se trata también de expresar cómo la manera de enfrentar estás realidades que experimentamos en nuestro seno pueden conducir a asumir responsabilidades precisas solidarias en favor de la paz, de la justicia, de la educación, de la democracia, de la reconciliación. No porque es una teoría, sino porque experimentamos en nuestra carne y en nuestra familia que es algo vital y esencial.

Llama la atención como el cuidado del trato de cada uno con los demás puede consolidar el deseo de servir al derecho a la palabra de quienes no tienen voz. Lo experimentamos fuera de nosotros y en nosotros mismos. Es una buena noticia de la Encarnación y la Gracia  que queremos anunciar, nosotros predicadores. Somos felices al decir que esto funda la predicción en la contemplación, en la oración por la paz, en la conversión. Este diálogo entre el discernimiento de los signos de los tiempos y el trabajo en nosotros mismos y en nuestras comunidades abre la posibilidad de una evaluación serena de los compromisos apostólicos permitiendo a cada uno cómo desinstalarse y escoger de manera preferencial los lugares difíciles en los que la Palabra no es conocida y dejar a Dios ser Dios para nosotros.

Al leer la síntesis de los talleres he constatado una serie de llamadas y peticiones de formación y acompañamiento. Estas peticiones deben ser llevadas por nosotros a nuestras instituciones y que cada uno pida a su institución que organice para todos propuestas de formación. Por mi parte pido a las universidades que dependen del Maestro de la Orden que trabajen conmigo para que estos lugares sean de formación de la familia dominicana para que tengamos los medios y el tiempo para hacer comprensible el mundo en crisis, un mundo que también está naciendo, engendrado. Yo quiero que los laicos, los frailes, las monjas se comprometan en este trabajo para comprender el mundo y nuestro envió. Podemos seleccionar 6 necesidades importantes;

1- En primer lugar, establecer entre nosotros un diálogo vivo entre la predicación y la teología. Este diálogo es constitutivo de nuestra identidad, de nuestro envío. Necesitamos estudiar, no para ser sabios sino para hacer comprensible la presencia de Dios en este mundo.

2. Queremos vivir considerando que el mundo y nuestra vocación y envío están constantemente siendo trabajados, en plena evolución. Nada es definitivo. Nada está establecido. Todo está en camino.

3. En este camino pensamos que tenemos que llevar nuestra contribución, hermanos y hermanas de la Orden, a la edificación de una Iglesia en comunión, empezando por las comunidades de esta Iglesia, la edificación de la comunión y las comunidades, dando el lugar pleno y exacto a los laicos en la Orden.

4. Esto despierta en nosotros el deseo de la transmisión y la educación. El deseo de la llamada, del discernimiento de las vocaciones.

5. En este camino con la Iglesia en el mundo y que lo transforma, hemos hablado del proceso de Salamanca. Este diálogo entre la reflexión teológica y los lugares en los que lo humano es un desafío debe ser una prioridad. La transformación del mundo no por una ideología sino por amor y por la presencia y el amor de la vida dada.

6. Todo esto es imposible sin la colaboración para cuatro aspectos terrenos: el mundo de los jóvenes para que la Palabra se les de; el mundo digital para que el cuerpo y la Palabra estén presentes; las migraciones, para que el mundo sea uno no por lo más alto sino por lo más bajo, no por otros sino por nosotros y que seamos acogedores a todos. Por último estudiar, estudiar y estudiar para constituir comunidades y predicar.

Nota: Texto resultante de la desgrabación de la traducción en español efectuada durante el Congreso (se omiten pequeños detalles que no se comprendieron de la traducción)

 

​(15 de marzo de 2017)