Lecciones de Voz - en el Desierto: Nacimiento de San Juan Bautista

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Nacimiento de San Juan Bautista
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Comparto estas reflexiones sobre el Nacimiento de Juan Bautista desde un monasterio de monjas dominicas contemplativas en España – uno de tantos monasterios de nuestras monjas esparcidos por el mundo, donde me lleva mi actual ministerio. Es curioso que una de las cuestiones que la gente me pregunta con frecuencia es “¿Cómo pueden los Dominicos, una Orden de Predicadores, tener en ella monjas contemplativas, de clausura? ¿No es una contradicción? ¿Monjas de clausura en una Orden predicadora?”

Bueno, de hecho pienso que no es una contradicción, pero para responder este interrogante, me gustaría fijarme en la liturgia y lecturas de hoy (el Nacimiento de San Juan Bautista), porque pienso que lo que la gente pregunta sobre las monjas es en realidad una cuestión sobre nuestra vida como discípulos de Jesús en general.

Isaías, el profeta, dice en la primera lectura de hoy: “Estaba yo en el vientre, y el Señor me llamó; en las entrañas maternas, y pronunció mi nombre”. El vientre de una madre es un espacio cerrado de profundo silencio. Hoy la Escritura nos dice que hemos sido formados y llamados – en el misterioso plan de Dios – estando inmersos en este profundo, maternal silencio. Los místicos irán incluso más allá y dirán que este período de gestación silenciosa ocurre en el mismo vientre de Dios. El Salmista canta “Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno. Te doy gracias porque me has escogido portentosamente, porque son admirables tus obras”.

Juan Bautista, el ardiente profeta y gran predicador, fue preparado para su misión predicadora en el silencio del vientre de su madre, pero este silencio se hizo incluso más radical cuando su padre, Zacarías, se quedó mudo durante los nueve meses de embarazo. ¡Esto es mucho silencio! ¿Nos atreveríamos a decir que las palabras de un verdadero profeta sólo pueden nacer de un lugar de gestación silenciosa? El mismo Juan se va al árido silencio del desierto a escuchar a Dios, a descubrir la Palabra en lo profundo de su ser – el paso final en la preparación para su ministerio profético.

En un famoso sermón de San Agustín, escuchamos estas palabras: “Juan es la voz, pero Cristo es la Palabra… Juan era una voz pasajera… Cristo es la Palabra eterna… Quita la Palabra… ¿y qué es la voz? Sólo un sonido sin sentido. La voz sin la Palabra golpea el oído, pero no edifica el  corazón”[i]

¿No podríamos decir también que Juan es el silencio y Cristo la Palabra… que Juan Bautista descubre su voz profética en el silencio del desierto? ¿No es verdad que muchos de los grandes profetas y místicos de nuestros tiempos – Etty Hillesum y Martin Luther King Jr, por citar un par de ejemplos – encontraron y clarificaron sus voces proféticas en el desierto silencioso de las celdas de su prisión?

Elimina el maternal silencio donde la Palabra de Dios se enraíza en nosotros  y ¿qué Buena Nueva podremos anunciar? Incluso San Pablo dice que podemos decir muchas y muy sofisticadas palabras, pero si no están enraizadas en el amor de Dios, nos son más que bronce que suena o címbalo que retiñe (1 Co 13, 1). ¡Quizá gran parte de nuestro hablar de Dios no es más que ruido rociado con agua bendita! Y añade a esto todo el clamor político y comercial que nos bombardea cada día, y ¡vivimos en un mundo muy ruidoso! Nuestro hermano, Fray Timothy Radcliffe, dijo en una charla hace algunos años:

Solo si aprendemos a permanecer en el silencio de Dios podremos descubrir las palabras correctas, palabras que no son ni arrogantes ni vacías, palabras que son a la vez verdaderas y humildes. Sólo si el centro de nuestras vidas es el silencio mismo de Dios, podremos entonces saber cuándo termina el lenguaje y cuándo comienza el silencio, cuándo proclamar y cuándo callar.[ii]

Ahora volvemos a la pregunta relativa a las monjas Dominicas contemplativas que yo visito por todo el mundo. “¿Cómo puede una Orden de Predicadores tener en ella monjas contemplativas, de clausura? ¿No es una contradicción?”. Mi respuesta es: ¿Cómo podríamos no tenerlas? Como dije antes, “el vientre de una madre es un espacio cerrado y de profundo silencio”. Necesitamos de quienes cuidan el silencio, quienes lo mantienen como un fuego que nos trae la vida. ¿Qué ocurrirá cuando el silencio desaparezca? ¿Qué predicaremos entonces? ¿Cómo aprenderemos a decir “te quiero”, “te perdono”, “la paz esté contigo” si ya no hay silencio? Quizá ha llegado el momento para todos nosotros de darnos un paseo por el desierto, o tener un descanso sabático del ajetreo frenético cotidiano para que podamos aprender de nuevo a hablar el lenguaje de Dios.[iii]

 


[i] Esta lectura del nacimiento de Juan Bautista es de un sermón de San Agustín (Sermo 293, 1-3; PL 38, 1327-1328) incluida en el Oficio Romano de Lecturas el 24 de Junio, Solemnidad del Nacimiento de Juan Bautista.

[ii] Timothy Radcliffe, OP, (Misión en un Mundo Desbocado: Futuros Ciudadanos del Reino, Roma: Asamblea de SEDOS, 5 Diciembre, 2000).

[iii] Agradezco a Sor María de Jesús Gil, monja dominica española, por traducir esta reflexión al español.