Resumen de la Historia del Monasterio

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El Papa Alejandro VI había asignado a la Corona de España el control y la planificación de la tarea de conquista y evangelización del Nuevo Mundo. Los Reyes Católicos y sus sucesores, determinaron priorizar las tareas misioneras, no dando autorización para que se establecieran órdenes contemplativas masculinas en todo el territorio de sus dominios, con excepción de un monasterio benedictino en Brasil.

Hubo una presencia verdaderamente abundante de beaterios, recogimientos y monasterios femeninos, que surgían “por generación espontánea”. Mujeres que sentían la llamada interior a la consagración a Dios, a la vida retirada, a la oración y penitencia unidas a obras de caridad, se reunían en un cenobio. Tanto el aspecto jurídico-canónico como la definición del perfil espiritual y su incorporación a una Orden Religiosa ya existente, venían en segundo lugar.

Como no había monjas que desde España vinieran a formar a las nuevas religiosas, las fundadoras eran novicias y prioras al mismo tiempo. Tenía un papel central el obispo diocesano, y también los edificios reflejaron una fisonomía propia: no existía el claustro sino el patio criollo. Nacieron en las ciudades, no en el campo: por tanto, la fundación y la vida de los cenobios estuvieron inmersos en todos los acontecimientos tanto civiles como religiosos que vivía la población en la que estaban, ampliándose luego el marco geográfico, al todo el territorio del país. Se palpaba dentro de la sociedad colonial la presencia viva de un grupo de monjas que compartían sus destinos, elevaban sus plegarias por sus intenciones, atraían las gracias del Señor y lo alababan en sus misterios.

Córdoba de la Nueva Andalucía fue fundada el 6 de julio de 1573, por don Jerónimo Luis de Cabrera; transcurridos solo 30 años de la fundación,  ya se habían establecido 4 Ordenes religiosas de manera permanente: franciscanos, jesuitas, mercedarios y dominicos. En el grupo de 100 hombres que acompañaba al fundador, estaba don Tristán de Tejeda y su esposa doña Leonor Mejía y Mirabal, padres de 7 hijos, la mayor de ellos, doña Leonor, quien se casó con don Manuel de Fonseca y Contreras. Otro de los hijos, don Juan de Tejeda, ayudará a fundar el primer Carmelo argentino.

La ciudad de Córdoba pertenecía a la diócesis del Tucumán, creada por el Papa dominico San Pío V mediante la Bula Super Specula del 14 de mayo de 1570, como sufragánea de la diócesis de Charcas. Comprendía los territorios de Tarija (Bolivia), Salta, Jujuy, Tucumán, La Rioja, Catamarca, Santiago del Estero y Córdoba.

Como era costumbre en todas las fundaciones hispánicas, entre las primeras medidas tomadas era el repartir las fracciones de tierras. Después de ubicar la plaza, la Iglesia, el cabildo y la cárcel, se señalaban los sitios para conventos y monasterios. Así, podemos ubicar el lugar que ocupó el Monasterio, que fue la casa de los esposos Tejeda y Fonseca y luego, el que adquirió la comunidad al trasladarse.

Intentos de fundación surgieron a partir de fines del S. XVI. En 1584 el Gobernador del Tucumán, don Juan Ramírez de Velasco informa al Rey: “He hallado en esta provincia más de doscientas doncellas…hijas de conquistadores…ando procurando de hacer un monasterio adonde se recojan algunas”…

Obtenido el apoyo del Obispo Trejo y las autorizaciones respectivas del Rey Felipe III, quien se expidió mediante una Cédula de fecha 6 de marzo de 1613 y del Gobernador del Tucumán, Don Luis de Quiñones y Osorio, el 2 de julio de 1613 se realizó la fundación del primer monasterio del país. La tarea fue suscitada por el soplo del Espíritu Santo en su vida y en la de varias personas que la acompañaron en este proyecto, entre las que cabe destacar el obispo franciscano Fray Fernando de Trejo y Sanabria y el Padre jesuita Diego de Torres.

Las fuentes documentales dan testimonio de la devoción y profundo agradecimiento que guardó doña Leonor hacia Santa Catalina y su firme decisión de fundar el monasterio, de tenerla por titular del mismo y de vestir el hábito de la Orden de Predicadores, a la que perteneció la Santa de Siena.  Su testamento lleva fecha 26 de junio de 1613, por medio del cual renunciaba a todos sus bienes y a su persona, en favor del Monasterio que iba a fundar.

Doña Leonor y su esposo don Manuel, no tuvieron hijos, pero tenían el deseo de perpetuarse espiritualmente, fundando un monasterio. Doña Leonor al enviudar el 22 de diciembre de 1612, tomó la decisión de convertir su casa en monasterio. De hecho, su esposo había transformado el solar donde vivían, para que ella se hiciese monja y de hecho, ya venía instruyendo a muchas jóvenes, enseñándoles además de las tareas propias del hogar, el camino de la vida virtuosa; por ello se la considera la primera maestra argentina: “inspirole Dios que recogiera en su casa algunas niñas bien inclinadas, y lo hizo con singular charidad, y ella era la maestra que les enseñaba… y todas se ejercitaban en virtudes cristianas y eran el ejemplo de la ciudad”…

El día 2 de Julio el Obispo Trejo y Sanabria, habiendo viajado exclusivamente para la ceremonia desde su sede en Santiago del Estero, celebró de pontifical y bendijo los hábitos de las primeras monjas, que se llamaron: Leonor de Tejeda, la fundadora, que tomó el nombre de Catalina de Sena; Jerónima de la Concepción Abreu y Albornoz; Catalina de Jesús Mejía y Mojica; Mariana Bautista de los Ángeles Mejía; Ana de la Trinidad Mejía; Petronila de la Cruz Luna y Cárdenas; Mariana de la Cruz Ludueña; Antonia de la Encarnación Ávila y Zárate; Teresa de San José; Ana de Jesús; Isabel del Sacramento; Juana de la Ascensión; Clara del Espíritu Santo; Jerónima del Rosario Bustamante; Ursula de las Vírgenes; Melchora de los Ángeles, Gregoria de Santa María y María de San Miguel.

El Monasterio fue canónicamente erigido por Bula del Papa Urbano VIII de fecha 15 de julio de 1625, quedando definitivamente organizada la vida de las monjas, según el carisma de Santo Domingo de Guzmán, estando el original de dicha Bula en el Archivo del Monasterio.

La sede episcopal fue trasladada Santiago del Estero en 1699, siendo obispo Fray Dr. Manuel Mercadillo, de la Orden de Predicadores.

El techo de la iglesia Catedral de Córdoba se desmoronó en 1677, mientras estaban cantando la Salve varios sacerdotes, entre ellos el Pbro. Dr. Adrián Cornejo y el Pbro. Juan de Cáceres, quienes murieron. Mientras construían la nueva Catedral, la Iglesia de las Catalinas fue designada como Catedral, por mandato expreso de su Majestad el Rey y con autorización del Obispo.

Un hecho relevante, que destaca la vitalidad espiritual de la comunidad de monjas y la profunda religiosidad de la ciudad, es la fundación del primer monasterio de Carmelitas Descalzas en nuestro país, nacido por iniciativa de don Juan de Tejeda, hermano de Doña Leonor. Al enfermarse la hija de Juan, Magdalena, su padre hizo voto a Santa Teresa, de edificarle un monasterio para que si su hija se sanara, fuese monja allí. Magdalena recobró la salud instantáneamente, manifestando a su padre que la santa la había curado y que quería ser monja carmelita. El 7 de mayo de 1628 dio comienzo la vida en el Carmelo “San José”, nombrada Priora sor Catalina de Sena (doña Leonor de Tejeda) por el Obispo, llevando consigo dos monjas catalinas: sor Mariana de la Cruz y sor Catalina de Santo Domingo, su sobrina Magdalena y varias postulantes. Luego se les agregaría su cuñada, doña Ana María de Guzmán, ya que don Juan, falleció a los pocos meses de la fundación del Carmelo. Una vez establecida la observancia regular y elegida la primera Priora, regresó la Madre Catalina de Siena a su monasterio de origen hacia 1637, siendo un referente primordial en la vida de ambas comunidades, hasta su fallecimiento, alrededor de 1640.

Debido a las periódicas inundaciones, el estado del edificio del monasterio era calamitoso, por ello las Catalinas lo abandonaron entre 1638 y 1639; se establecieron en la nueva propiedad, adquirida a los descendientes del fundador de la ciudad, situada detrás de la Iglesia Catedral, donde permanecen hasta el presente: “una estrecha callejuela entre la Matriz y el Cabildo conduce justamente al pórtico de la iglesia de Santa Catalina…”.

En la iglesia actual, de estilo neoclásico italiano, muchos artistas tuvieron participación por el tiempo que la construcción demandó, ya que se comenzó el 2 de septiembre de 1814 y fue consagrada el 19 de octubre de 1890, por el Obispo dominico Fray Reginaldo Toro. El retablo mayor fue restaurado en el año 2010. Nuestra iglesia es solicitada para la celebración de la Misa de ordenaciones diaconales y presbiterales.

Otro hecho relevante que pone de manifiesto la continuidad de la vitalidad religiosa de las Catalinas ocurre en 1745, cuando el mecenas Pbro. Dr. Dionisio de Torres Briceño, sacerdote de la diócesis de Buenos Aires, viajó a España para conseguir las licencias requeridas para fundar un Monasterio en Buenos Aires, y una vez obtenidas, se abocó a la tarea de la construcción del nuevo monasterio, donando para ello todo su capital. El nuevo Monasterio también fue colocado bajo la titularidad de la Santa de Siena. Viajaron en calidad de fundadoras, escoltadas por dos sacerdotes, algunas señoras y 25 soldados: la Madre Ana María de la Concepción Arregui de Armaza, su hija sor Gertrudis de Jesús de Armaza, la Madre Catalina de San Laurel, la Madre Ana de la Concepción y sor María Josefa de Jesús Narbona. Su fundación se llevó a cabo el 22 de diciembre de 1745.

En la segunda mitad del siglo XIX, tuvo lugar un proceso cuyo desarrollo hizo posible la organización constitucional definitiva del país. Tendencias políticas antagónicas compartían el mismo ámbito y tradición cultural: por un lado, la criolla y por otro, la mestiza, nacida de la conjunción del español y del indígena. A esto se añadieron las corrientes inmigratorias, lo que daba por resultado un crisol de razas, de concepciones y posturas diferentes ante los distintos aspectos de la vida. 

En 1882 se promulgó la Ley 1420, de creación del Registro Civil y con sus disposiciones, se abría más la brecha entre Iglesia y Estado. Desde entonces, era obligación de todos los ciudadanos, anotar los nacimientos, casamientos y defunciones en las oficinas de los recién creados registros civiles, quitándole toda jurisdicción a los registros parroquiales. Desde Córdoba, se dirigió la oposición a las medidas laicistas del Gobierno Nacional. Se interrumpieron las relaciones con la Santa Sede, durante 16 años, reanudándose recién en 1902.

 A pesar de todo ello, la Córdoba de entonces era profundamente cristiana. Era una ciudad de vida tranquila, cuya sencillez presidía todos los actos familiares y estaba orientada en su espíritu por un profundo sentido religioso. Había mucha concurrencia a novenas y procesiones y era común el rezo cotidiano del rosario. Surgieron entonces varias congregaciones religiosas y por ello a Córdoba se la llamó “la  Roma Argentina”.

En la urdimbre de esa realidad nacional tan conflictiva, la gracia forjó grandes hombres de Dios como el Venerable José Gabriel Brochero, el Siervo de Dios fray Mamerto Esquiú, Obispo de Córdoba; el Venerable José León Torres O. M., fundador de las Hermanas Mercedarias del Niño Jesús y confesor de las monjas Catalinas; la Venerable Madre Catalina de María Rodríguez, fundadora de las Hermanas Esclavas del Corazón de Jesús; la Beata Madre Tránsito Cabanillas, Fundadora de las Terciarias Misioneras Franciscanas; fray Reginaldo Toro, dominico, Obispo de Córdoba, y sor Leonor de Santa María Ocampo.

En la década de los años 60 del siglo XX, la comunidad decidió formar parte de la Federación de la “Inmaculada Concepción” que agrupa monasterios de España, Argentina y Chile, cuyo fin es el logro más pleno de aquella comunión de almas y corazones que quiso Santo Domingo para sus hijos al fundar la Orden. En el año 1990, una monja de nuestra comunidad integró el grupo fundador del Monasterio “Inmaculada Concepción” en la diócesis de Concepción, provincia de Tucumán, al Norte del país.

 

MONJAS FAMOSAS

Hubo muchas monjas que se santificaron y seguramente atrajeron sobre Córdoba y la Iglesia que peregrina en nuestra patria, muchos dones y gracias del Señor. Así lo reflejan en parte, las cronologías que se hallan redactadas en el libro respectivo del Archivo del Monasterio. Caben destacar entre ellas: la Madre Catalina de Sena (doña Leonor de Tejeda); María Aurelia de la Santísima Trinidad Ocampo; Madre Cándida Rosa de los Dolores Ortiz de Ocampo; sor María Melchora Tagle; Madre María Mercedes Cabanillas (hermana carnal de la Beata Madre Tránsito Cabanillas) Flora del Corazón de Jesús Allende; sor Tomasa de la Cruz Cabanillas; Madre Rosalía Luque; sor María Imelda de Santo Domingo Savid; Madre Carmen Dominga Ortiz de Ocampo y Dulón; sor Dolores Catalina Dávila; sor Carmen de San José Méndez Valladares; sor Mercedes Guzmán y Carranza; sor María Serafina Cabanillas; sor María Javiera Cabanillas, autora del 1º Tomo del Libro de la Historia del Monasterio y de la Historia de la imagen y del Triduo al Niño Milagroso; Madre Catalina Rosa del Corazón de Jesús Álvarez y Las Casas; Madre Teresa de Santo Domingo Ferreira, quien fue Priora varios trienios y redactó para su comunidad un libro sobre la caridad fraterna; sor María Isabel Castellano; sor Josefa Ferrer, y sor Leonor de Santa María Ocampo.

 

 

SOR LEONOR DE SANTA MARÍA OCAMPO

Sierva de Dios

 

El 15 de agosto de 1841, nació en una cueva del cerro Famatina, de la provincia de La Rioja, María Isora, con el tiempo, sor Leonor de Santa María, hija de Don Amaranto Ocampo y de doña Francisca Solana Brizuela y Doria, Señora del Mayorazgo “San Sebastián”.

Los Ocampo componían una larga familia cuyos miembros tuvieron una destacada y descollante actuación, dando de entre sus miembros, verdaderos patriotas. Don Francisco Antonio Ortiz de Ocampo, es considerado el primer general del Ejército Argentino. Al cumplirse en 1º centenario de nuestra patria, sus restos fueron trasladados desde la cripta de la Capilla de su familia en Sañogasta, y depositados junto a los del General don José de San Martín, en la Catedral de Buenos Aires.

El Cerro Famatina, era un centro minero muy importante de los Brizuela y Doria. Allí se fundieron los primeros cañones que utilizó San Martín en el ejército de los Andes, y el abuelo de Isora, don Francisco Javier de Brizuela y Doria, ayudó al ejército de San Martín con aportes personales.

A fines de 1867 comenzó la peste del cólera morbo en Buenos Aires, también la ciudad de Córdoba se vio afectada por la epidemia. La muerte de algunas religiosas dejó lugares vacantes que hicieron posible el ingreso de Isora Ocampo al Monasterio.  El número máximo de monjas permitido por el obispo de entonces era de 30, además de hermanas legas o de velo blanco, como se las llamaba.

Los aspectos que consideramos más destacados en la espiritualidad de sor Leonor son los siguientes: Toda su vida fue, según lo que transmitió en la Autobiografía, un descubrir la acción constante de Dios en ella, desde su infancia, lo que le causó admiración, amor, gratitud y plena colaboración; intuyó en los mismos acontecimientos vividos al mismo Dios que la conducía, y así se acrecentó en ella la caridad que la mantuvo en tensión creciente hacia Él.

Reconoció que el Señor hizo en ella maravillas: desde pequeña supo que Dios obraba prodigios en su alma y que Él era guía y protección de su vida; obtuvo sabiduría para ganarle al demonio en astucia, intuyendo que quería perderla; este hecho se manifestó como asco y horror al pecado, y huía de las ocasiones próximas; atribuyendo el no caer en la tentación a la misericordia divina.

Hubo un hecho que la desposeyó del cuidado humano, y la colocó bajo la protección divina: fue la temprana muerte de su madre. Este acontecimiento marcó su vida. Cambió la protección materna por el amparo de María. Desde pequeña tuvo gran amor y devoción a Santo Domingo y a Santa Catalina, pues como tenía tías que eran monjas en el Monasterio, oía hablar mucho de sus tías y de estos santos. Al morir su madre, su padre la mandó a vivir a la casa de una tía, en la ciudad de La Rioja. Allí comenzó su camino de cruz hacia la Pascua. Sus primas, movidas por celos e incomprensión por sus inclinaciones religiosas, le ocasionaron muchos pesares. Lejos de resentirla, la abrieron a la caridad. Reconoció, a la luz de la fe, en aquel hogar, un noviciado anticipado, donde aprendió a vencerse a sí misma, a no devolver mal por mal, ni proferir palabras despectivas hacia aquellas que la maltrataron y la hicieron sufrir tanto.

Después de numerosos contratiempos en semejante hogar, buscando un entorno más benigno, y porque los contrarios a las convicciones políticas de su padre, lo buscaban para matar si lo encontraban en el territorio de la Provincia, decidieron huir. Viajó con su padre y su hermana menor, Ramona, a San Juan, donde vivía su hermana mayor Benjamina, casada y con hijos.

Halló en esta ciudad un ambiente más propicio para su vida cristiana. Las pruebas de este período estuvieron en el contexto de la purificación pasiva de las pasiones, pudiendo vencer al mundo, al demonio y a la carne, rechazando las tentaciones propias de éstas. De una manera valiente y decidida superó, lo que ella llamó "vanidades del mundo", relacionadas con la vida social que frecuentaba su familia. El orgullo y la carne fueron pisoteados por los regalos divinos que recibió de Cristo en la plegaria. Es importante destacar que fue la oración, el encuentro personal con Jesús, lo que le proporcionó el deseo de servirlo sólo a Él y rechazar todo lo que pretendiera apartarla de su vocación religiosa. Anticipó de algún modo en este período su futura vida monacal, viviendo intensamente la oración, el ayuno y la penitencia. Un deseo de Dios muy grande caracterizó esta etapa y se proyectó  en actos de caridad y obras de misericordia, en una entrega oblativa hacia los enfermos, tanto de la familia como de sus “pobres limosneros” según los llamaba. Otro elemento que prefiguró su vocación fue el de suplicar a Dios misericordia para el mundo, intuyendo que si Dios fue misericordioso con ella, preservándola de tantos peligros, lo sería con toda la humanidad y especialmente rogaba por la mujer, viendo muchas veces mancillada su condición. Sentía como propios los pecados de los demás; clamaba piedad para aquellos que los cometían, y animó a quienes la rodearon, a vivir en la oración lo bueno que ella gustó del Señor. Marchó al monasterio entre contradicciones familiares, ya que para conseguir el dinero para la dote, tuvo que mendigar. La oposición de su familia ante este hecho, vergonzoso para ellos, aquilató su entrega y deseo de servir a Dios. Por gracia del Señor y entereza de su parte, pudo vencer este último obstáculo y viajar a Córdoba, ingresando en el Monasterio el día de la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.

Su vida en el monasterio fue un reflejo de cuanto vivió previamente en su camino de Cruz. Fue la misma magnanimidad que siempre tuvo, la que la hizo  vivir como monja de manera abnegada, alegre, silenciosa y caritativa. Contaron sus contemporáneas que nunca profirió palabra de rencor ni deseo de reivindicarse frente a malos tratos recibidos de sus pares, aun cuando la ocasión se prestara a ello. Se desahogaba sólo con Aquél que lo sabe todo. Fue muy probada no sólo por sus hermanas, sino también por sus confesores, quienes examinando diligentemente lo que ella recibió de Jesús, la aquilataron como el oro en el crisol. Le prohibieron hacer oración en su celda, le quitaron la posibilidad de un diálogo más fluido con ellos; esto le llevó a  buscar el desasimiento total de las criaturas y buscar solo a Dios.

Hay algo que está presente en toda la Autobiografía: se sintió unida a los padecimientos del Salvador. Desde su juventud remarcó el carácter cristocéntrico de su oración.

Otro aspecto de la gracia fue su amor hacia el sacramento de la Reconciliación. Desde muy pequeña lo frecuentó, y durante toda su vida, vivió muy intensamente la gracia que Dios regala a sus hijos por este medio. Vivió como una hija confiada en la Providencia, y todos los sucesos de su vida los contempló bajo esta perspectiva. Fue  la protección de María, la que acrecentó en ella la confianza en la entrega divina. Dicha confianza, medida del amor, fue la luz que iluminó su condición de discípula de Jesús. Hechos difíciles de comprender sin esta perspectiva fueron numerosos. Al conocerlos de este modo comprendió que fueron permitidos por Dios que la preparó a vivir algo grande. Fue librada de peligros que podían haber acabado con su vida; Dios puso en su corazón un anhelo muy grande de santidad, fue favorecida en la oración, y esto la inclinó a vivir constantemente en un clima interior de recogimiento y escucha atenta al suave soplo del Espíritu Santo. Estas gracias fueron reconocidas por ella como hechos que la configuraron con Cristo y que hicieron crecer día a día su amor y entrega. Se elevó a Dios en todo cuanto hizo, en lo ordinario de su vivir de cada día: esto le sirvió para proyectar luz sobre todas sus cosas. Oró por la humanidad, presentando en su corazón a todos los que el Padre le había confiado. Comunicó solo a sus confesores los dones que Jesús le regaló en la oración, "cosas muy altas, más para vivirlas que para decirlas" que despojaron su corazón de todo afecto terreno, llevándola al deseo de Dios cada vez con más amor; lo describió como Luz Imperecedera, y lo contempló en la Eucaristía como Fuente de Agua Viva; conoció también que las puertas del infierno no prevalecerían sobre la Esposa de Cristo.

Escribió su autobiografía por mandato de su último confesor, el Venerable José León Torres O. M. La Superiora General de la Congregación por él fundada,  Madre María de San Ramón Montenegro, después de morir el Padre Torres, lo entregó al Monasterio en 1937. Tal hallazgo causó estupor y santa alegría en la comunidad, porque Dios había ocultado bajo el velo de una profundísima humildad, la santidad de sor Leonor. Todavía vivían monjas que la habían conocido y redactaron, como testigos oculares, hechos de su vida y se dio comienzo al proceso de su canonización, que está ya tramitándose en la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos.

En los testimonios sobre sor Leonor destacaron, entre sus virtudes, la mansedumbre y la humildad. La humildad como fundamento de todas las demás virtudes: obediencia, siendo ejemplo en el monasterio para las demás religiosas; abandono confiado en la Providencia; paciencia en el momento de la adversidad; dulzura, manifestada en el trato con sus semejantes. La humildad hizo de ella una verdadera discípula de Cristo, con rasgos característicos de vigor y entrega, templada en la dura batalla de la fe y en la fatiga diaria del retorno a Dios. Fue la suya una espiritualidad vigorosa, templada en ambientes y circunstancias nada fáciles. Ella supo aprovechar todo, para tender hacia la santidad e impulsarla, casi sin pretenderlo, a su alrededor. No es extraño, pues, que su "mensaje" haya calado en las diferentes generaciones de monjas, hasta la actualidad. Es la primera monja dominica argentina en proceso de canonización.

 

TRABAJO

Es tradición de este monasterio, afirmar que las monjas de siglos pasados, confeccionaban y bordaban alfombras, en lanas de colores, obtenidos de tintes naturales, sobre cañamazo. Se conservan 3 del siglo XVIII.

Otro trabajo que se destaca por la calidad lograda, es la confección de palias bordadas sobre tela de seda, u otras telas, con apliques de pedrería, canutillos y lentejuelas. Sobre la base de cartón forrado en tela, se calcaba el molde, y hay de variados temas, todos relacionados con el misterio de la Eucaristía. 

También confeccionaban los vestidos de algunas imágenes, frontales y manteles de altares, casullas y albas, que son testimonio elocuente de la habilidad de las monjas, utilizando varios puntos: el bordado libre, de realce, acolchado, enristrado y en matiz.

En el siglo XIX crearon sobre una estructura de alambre, madera y pasta, con canutillos, perlas, cuero, badana, lana, espejos y lentejuelas, bellas imágenes de bulto: ovejitas de distinto tamaño, un pelícano con sus crías, el Espíritu Santo, entre otras; y pesebres, colocados dentro de fanales de vidrio.

Son muy artísticos y bellos los ramos que confeccionaban sobre una estructura de alambre, enhebrando canutillos y perlas de diferentes colores, formando los tallos, variadas flores y las hojas.

Actualmente la comunidad trabaja en restauración de imágenes, encuadernación manual y confección de ornamentos.

 

TRADICIONES

Es tradición del monasterio la devoción al Niño Jesús y se conservan varias imágenes del mismo: el que llaman “Resucitadito” que es una talla completa del Niño de pie y en actitud de bendecir, otro llamado “el Esposito”, es decir, el Niño esposo de las monjas, al que se le coloca en una mano el velo con que se cubrirá su nueva esposa, en la ceremonia de la Profesión, la monja que hace sus votos. Y el más conocido de todos, el llamado “Niño Jesús Milagroso”: es tradición que fue encontrado antes de 1860 en las sierras de Córdoba, en un lugar denominado la “Candelaria”, formando parte de las gruesas ramas de un árbol. El pastorcito que lo encontró se lo dio a la dueña del campo, doña Mercedes Pinto y ella, a su hermana monja, sor Ana Josefa Pinto. Se construyó a fines del Siglo XX un oratorio para la veneración pública del Niño, ya que su devoción ha rebasado los límites del país. 

 

Para este trabajo nos hemos guiado por la documentación del Archivo del Monasterio y la bibliografía citada. Además, por la tradición oral de la comunidad, argumento de gran valor, si tenemos en cuenta el peso que la costumbre monástica da a muchos hechos relevantes de su historia y que se va tejiendo en el entramado del día a día, viviendo en la Casa del Señor, con perspectiva de eternidad.

El intenso tránsito de las calles peatonales que pasan por dos de sus costados, y las dos avenidas que la circundan por los otros dos lados, es un violento contraste con la serena quietud de los claustros conventuales. Se puede ingresar a la Iglesia y participar de la liturgia que celebra la comunidad, y luego, al partir, llevarse consigo la intuición que en ese remanso de paz y de oración, un puñado de monjas, las catalinas de Córdoba, seguirán elevando sus plegarias al Dador de todo Bien, porque han podido, por gracia de Dios, permanecer fieles al Espíritu fundacional, durante 400 años, desde los albores de “la Docta” o de la “ciudad de Cabrera”, en la primera sede episcopal en el centro geográfico del país, en la antigua Gobernación del Tucumán.    

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BIBLIOGRAFÍA

ARCHIVO DEL MONASTERIO SANTA CATALINA DE SIENA

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