Santo Domingo de Guzmán, Modelo de Encuentro para el Presente y el Futuro: la Fuerza de la Palabra

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Santo Domingo de Guzmán
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El proyecto básico de Santo Domingo de Guzmán, cuya fiesta celebramos el próximo 8 de agosto, no fue la represión de la opinión ajena, sino el diálogo sincero entre fronteras geográficas, culturales, espirituales, mentales, afectivas, políticas… Es Domingo precisamente el santo paradigmático para el encuentro de toda la Humanidad, como propuesta enfática del Papa Francisco acerca de la nueva forma de con-vivir los creyentes cristianos. Algunos creen que Domingo introdujo y practicó la Inquisición, ignorando que ésta fue instituida 10 años después de su muerte. El fresco de Andrea de Bonaiuto (s. XIV) sugiere que el rasgo definitorio de Domingo era el del encuentro discursivo con el otro (distinto), mediante los recursos dialécticos del método de la “disputatio” que se practicaba en las universidades nacientes.

El universitario Domingo de Guzmán

Domingo completó su formación, durante 10 años, en el Estudio General de Palencia, que pronto se convertiría en la primera “universitas” española. Allí estudió “artes liberales” y teología, haciéndose experto en el arte de la “disputatio” con recursos de Fe y Razón, metodología dialéctica que se venía extendiendo por la influencia de los discípulos de Pedro Abelardo[1].

A pesar del ambiente guerrerista, atizado por las tres Cruzadas conocidas por Domingo y el espíritu de Reconquista castellana, Domingo de Guzmán había aprendido en Palencia a no utilizar otras armas que las que le permitían la lógica, la dialéctica y la retórica del trivium, en los debates practicados para argumentar a favor de una u otra postura filosófica o teológica[2]. Desde 1206 fue conocido en el sur de Francia por sus controversias públicas, sostenidas con intelectuales cátaros frente a amplios auditorios a campo abierto. Un jurado de expertos tenía que dar el veredicto final sobre textos presentados por los controversistas. El catarismo constituía una Iglesia alternativa[3], especie de protestantismo adelantado en 400 años, que la cúpula eclesiástica, encabezada por el Papa Inocencio III, prefería combatir con métodos autoritarios y los recursos de la guerra. Domingo prefirió practicar con ellos el método de la “disputatio”.

Fue paradigmática la disputatio de 1207 en Montréal. Los “cátaros” ─precisa Josef Pieper─ “ya no se encuentran como reos ante el juez. Antes bien, como participantes en la discusión, con los mismos derechos, se esfuerzan en la búsqueda de la verdad según reglas del juego previamente establecidas, a las que pertenece también ésta: quien no pueda probar su tesis en la Biblia, debe darse por vencido”.[4] “Esta disputación ─puntualiza Pieper─ constituye el núcleo de la Orden Dominicana”[5].

La experiencia del diálogo abierto y sincero lo llevó a convencerse, por una parte, de que no podía comprometerse con la Cruzada local, y por otra parte, que se imponía la organización de un equipo de controversistas hábiles, con la formación propia de los Estudios Generales o de las Universidades en auge. Los dos obispos (Diego y Fulco) que lo asesoraron lo hicieron caer en la cuenta de que los clérigos, por lo general, no tenían formación para la predicación, tarea propia de los obispos, quienes tampoco reunían las condiciones para presentar la Fe con inteligencia (en lo que había insistido Anselmo de Canterbury), viviendo la pobreza apostólica, en lo que eran ejemplares los cátaros.

Antes de Domingo de Guzmán, ninguna Orden religiosa había convertido el estudio en un medio esencial ni había establecido la actividad universitaria como condición para la formación cabal de sus miembros. Desde el principio, los dominicos tuvieron como lema: “vivir rectamente, aprender y enseñar” (“honeste vivere, discere et docere”). Pretendían ser testigos de la verdad y por ello adoptaron como blasón el significante “Veritas”[6]. Y organizaron la Orden a manera de una corporación educativa transnacional o “universidad mundial” con un Maestro General a la cabeza.

La misión definida por Santo Domingo consistía en servir a la inteligencia de la fe, en una época en que la influyente fe cátara pretendía reducir la comprensión de la realidad total a una dimensión espiritualista, que degradaba el mundo material y que no permitía asumir el misterio de la Encarnación.

La Escuela Dominicana

La Escuela filosófico-teológico dominicana se irá perfilando a lo largo de 800 años, pero en cada una de las ocho etapas centenarias, en que va evolucionando de acuerdo con las demandas de cada época, habrá un hilo conductor que la mantendrá ligada a la originaria propuesta del Fundador: Orden al servicio doctrinal de la fe cristiana, en búsqueda dialogal de la Verdad, con los recursos propios de la “disputatio” universitaria, a lo cual alude el prístino texto constitucional de 1216, o “Libro de las Costumbres” (“liber consuetudinum”)[8], redactado por el propio Domingo de Guzmán.

Este manual de convivencia religioso, concebido por Domingo para jóvenes “canónigos” (como se llamaban al principio los dominicos), está centrado en la importancia del estudio, basado en la lectio personal y comunitaria, cuyas exigencias justifican la “dispensa” de las observancias religiosas. Por el estudio, cada convento se transforma en aula para la quaestio (problematización) y la disputatio o debate reglado, enderezado a la participación de todos. Así, la predicación se convierte en un ejercicio público de proclamación ilustrada de la fe, evitando las formas no racionales o irracionales de presentarla. El estudio debía recurrir a autoridades teológicas reconocidas, con preferencias a las fuentes no seguras, de autores no cristianos, los cuales, sin embargo, no era conveniente desechar.

El Diccionario de filósofos del Centro de Estudios de Gallarate[9] insiste en que “la paternidad espiritual de la Escuela Dominicana se remonta a Domingo de Guzmán”, gracias especialmente a que Domingo sugirió unas pistas metódicas básicas, de lo cual se derivó que la Orden aportase pronto contribución fundamental a la solución de los grandes problemas doctrinales que se debatían a comienzos del siglo XIII. El Diccionario de Ferrater Mora se refiere, como modélica a una de las vertientes más influyentes dentro de la Escuela Dominicana en el siglo XX: la del Estudio General de Le Saulchoir.

Pasada una primerísima etapa de “enciclopedismo” por parte de los primeros maestros dominicos (Vicente de Beauvais, Tomás de Cantimpré, Alberto Magno…), interesados en elaborar cosmovisiones o comprensiones de totalidad, más o menos eclécticas, según la intención de los Estudios Generales, el mismo Alberto prefiere ponerse en diálogo con el naturalismo y el racionalismo aristotélicos y asumirlos como posibles recursos para el diálogo sistemático entre fe y razón. Es tal la autoridad de Alberto Magno, que su intención de apertura y de diálogo universal terminan por marcar la segunda impronta a la Escuela Dominicana.

[1] Cfr. Historia de Santo Domingo, HM. Vicaire, O.P., Edibesa, Madrid, 2003, pp. 101 – 112. [2] Op. Cit., pg 16. [3] COQUEBERT, Michel, Santo Domingo: La leyenda Negra, Santisteban, Salamanca 2008, pp. 32 – 40. [4] PIEPER, Josef: Filosofía Medieval y Mundo Moderno, Rialp, Madrid, 1979, pp. 233 -235. [5] Op. Cit. pg. 233. [6] Cfr. BEDOUELLE, Guy, O.P., La fuerza de la Palabra, Domingo de Guzmán, San Esteban, Salamanca, 1987, pp. 193 – 195. [7] Santo Domingo de Guzmán, BAC, Madrid, 1947, pp. 864 – 905. [8] Santo Domingo de Guzmán, BAC, Madrid, 1947, pp. 864 – 905. [9] RIODUERO, Madrid, 1986.

Frater Róbinson Arí Cárdenas Sierra

 

(03 de agosto de 2017)