Una voluntaria en la misión de los Dominicos en El Seibo

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Rocio Elizabeth Huamancondor Paz ha terminado su misión en República Dominicana y escribe un relato de esta experiencia
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Después de haber terminado el voluntariado puedo decir -sin temor a equivocarme- que existe un antes y después del mismo. Pasar un año en El Seibo – República Dominicana - ha contribuido a mi crecimiento personal y profesional; me ha permitido ampliar la mirada, a ser más tolerante con lo diferente y a aprender de las diferencias. Ahora, casi un mes después de haber salido de este hermoso país caribeño, siento que la comunidad de El Seibo es y seguirá siendo parte de mi vida. Cuando leo una noticia de Dominicana ya no pienso en una masa anónima, sino que la noticia tiene rostros, rostros de personas a las que valoro y quiero, quienes me hicieron parte de su vida y con las que compartí muchas experiencias gratificantes y edificadoras. Es difícil partir a un lugar lejano, en el que no conoces a alguien. Aun recuerdo lo que implicó para mi, dejar Perú por un año; en ese momento llevaba casi 2 años trabajando en la Defensoría del Pueblo y más de 7 años en Radio Santo Domingo (radio dominica) al llegar el fin de año decidí renunciar a mis labores y emprender la aventura de la misión. Las palabras de mi madre fueron: “Estás loca, no puedes renunciar a tu trabajo e irte a un lugar que no conoces, con quienes tampoco conoces”. En esta parte es necesario aclarar que la labor de promoción de derechos fundamentales y la comunicacional eran y son mis pasiones, y no renuncié porque estaba aburrida, ni mucho menos. Yo había decidido hacer un alto en mi vida profesional y personal para realizar esta experiencia, sabía a lo que me exponía y las implicaciones que tenía dejar lo conocido para ir a lo desconocido. Para mi era el momento oportuno, había terminado la carrera y aún no tenía familia propia. Luego de conversar con mi familia y expresarles mis sentimientos y anhelos recibí su apoyo. Fue importante también en esta etapa el acompañamiento de mi comunidad de envío: frailes, religiosas y laicos quienes me animaron a realizar la experiencia y a la vez me contaron lo que sabían del DVI y del proyecto misionero. Recuerdo con cariño los consejos de Mariana Connoly, OP y de Fray Javier Abanto Silva, OP de la familia dominica en Chimbote. Un 13 de enero de 2011 a las cinco de la mañana el avión alzaba el vuelo y me alejaba de mi querido Perú, y en la tarde de ese mismo día llegaba a un país que nunca había soñado conocer y mucho menos estar un año. Rostros sonrientes con un cartel en la mano me esperaban, me recibieron con los brazos abiertos, en ese momento todos los temores que puede tener respecto a lo desconocido fueron desvaneciéndose poco a poco. Durante este año viví con Petra, una laica dominica, que se convirtió con el tiempo en mi amiga, mi madre adoptiva; una persona, alegre, espontánea y muy conversadora. Recuerdo el primer día en mi habitación, al instalarme observé el calendario y me parecía bastante lejano la llegada de enero del año próximo. Fue importante para mi tener en casa de Petra un espacio acogedor que lo convertí en “mi hogar”, en el que me sentía con toda libertad. Durante el voluntariado estuve apoyando las obras de la familia dominica en El Seibo: las mismas que fueron: Radio Seibo, que se convirtió en mi segundo hogar, fue el espacio en donde la pasión por las comunicaciones siguió encendida. Aprendí de cada uno de mis compañeros: de la alegría de Jesús Canela, de la perseverancia de Milagros Santiago, de la habilidad de Camilio Herrera, del esfuerzo de Felito, del humor de Patricia Heredia, de la disposición de Miguel Marte, de la facilidad para las comunicaciones de Elizabeth, de la dulzura de Rayza, de la sabiduría de Anselmo, del coraje de Aridio, de la actitud positiva de Nayrobis, de la sinceridad de Petra, de la acogida de Miguel Angel, de la libertad de los niños… en fin aprendí de todo el equipo. Armar el noticiero junto al equipo de prensa fue toda una aventura, preparar las noticias si bien era un trabajo de todos los días, lejos de convertirse en rutina fue siempre una experiencia nueva con el equipo que había, algunas veces renegaba, otras reía; si bien discutíamos las temáticas y enfoques, al final el consenso se hacía presente; creo que esta labor me permitió conocer más a fondo la realidad política, económica y social del país, la región y la provincia. Además en Radio Seibo compartí con el elenco infantil “Los niños/as también cantan”, la emoción que sentía al escuchar a los niños expresando sus opiniones, riendo, preparando el programa infantil fue revitalizante. Esos rostros sonrientes y llenos de vida no los olvidaré nunca, esas vidas llenas de energías e ilusiones siempre estarán presentes en mi, porque me han enseñado lo hermoso que es ser niños/as, lo lindo que es vivir libres. En los últimos meses en la radio estuve también realizando un programa de acompañamiento a los miembros del “club de amigos”; preparar un programa con un formato distinto al noticiero fue muy interesante y me permitió llegar de diferente manera -a través de música, cuentos, comentarios- a quienes son la razón de ser de Radio Seibo: la gente. Debo confesar que en Radio Seibo me sentía como pez en el agua, y compartí con personas de las que aprendí mucho, a las que les tengo especial cariño; es el caso de Fr. Miguel Angel Gullón, OP, director de la radio, quién posee un espíritu acogedor y bondadoso, con quién tenía la confianza suficiente para compartir mis temores, dudas y alegrías. Puedo decir que el equipo de Radio Seibo me hizo parte de la familia. Gracias a la radio también pude realizar una experiencia de innovación (a través de talleres) en las diferentes radios católicas del país, lo que me permitió conocer otras realidades y comprender aún más las carencias, potencialidades y cultura del bello país que me albergó. La compañía de comunidad de frailes (3 frailes: Aridio, Anselmo y Miguel Angel) fue muy importante para mí sobre todo en las épocas de fiesta (navidad, año nuevo, pascua) ya que son las épocas en las que más extrañaba a mi familia y a mi comunidad. Ellos se convirtieron en mi familia adoptiva; siempre recordaré esos rostros generosos y alegres. Otra obra de los frailes dominicos -que es parte de Radio Seibo- es el Proyecto de Agricultura Virgen de Covadonga, debo confesar que me hubiera gustado estar más tiempo en los invernaderos ayudando a sembrar, podar, cultivar o cosechar los pimientos; pero los días que lo hacía disfrutaba mucho, era delicioso sentir a la Pachamama (la madre tierra), también disfrutaba compartir con los trabajadores de quienes aprendí mucho no solo sobre los cultivos, sino también de la vida: de eso que sólo se aprende escuchando las experiencias que se convierten en consejos de quienes han vivido. Durante este tiempo también presté labor en la Escuela El Rosario, dirigido por las Misioneras Dominicas del Rosario; Carmela, Margarita, Ana y Marlén, a pesar de ser pocas y dos de ellas muy mayores realizan un trabajo titánico con los niños y niñas de la escuela, con quienes hacíamos talleres de lectura y redacción. Las dificultades y retos en esta labor siempre las compartía con Marlén en quién encontré respuestas y disposición. Estar en la escuela y compartir con los niños/ as me llenaba de alegría, terminaba agotada pero con una sonrisa en los labios por sus ocurrencias espontáneas. Una vez a la semana colaboraba en el Centro de Salud Fray Luis Oregui, obra de la familia dominica en el Seibo y de Acción Verapaz. Dulce Díaz, la encargada tuvo algunos de dolores de cabeza conmigo, ya que no tenía la menor idea de medicinas y servicios de salud. Pero, de todas maneras, los viernes en la mañana iba al Centro de Salud a ordenar medicinas, a barrer, a limpiar o a lo que se ofrecía. Esta etapa de la misión me hizo valorar muchas cosas, desde la importancia de la salud a una población empobrecida hasta que siempre puedes aportar algo de ti a los demás -así no conozcas de medicina- puedes aportar una sonrisa, un “espere por favor que ahora lo atendemos” o simplemente una mirada alegre. Recuerdo con muchísimo cariño este espacio de la misión. Una de las cosas más importantes de esta etapa, es tener a personas que te acompañen, a quienes recurrir y con quienes compartir tus experiencias y dificultades; es por eso que se nombró a un pequeño grupo que me acompañara: Fr. Miguel Angel, Hna. Marlén y Manuel, de la comunidad de laicos. Si bien no fue necesario tener reuniones mensuales rigurosas; yo sabía a quienes recurrir si algo se presentaba, porque hay cosas que van cambiando y adecuándose en el transcurso de la misión. La mejor manera de estar cerca... es tomando distancia’. No podemos apreciar un cuadro si tenemos la nariz pegada al lienzo o muro en que está plasmado. Si nos retiramos lo suficiente no sólo podremos apreciar el conjunto sino los detalles que dejamos y la relación de unos detalles con otros. Después de haber transcurrido más de un mes desde que salí de Dominicana, puedo apreciar mejor el cuadro, me doy cuenta de lo que significa para mí, de cuanto aprendí sobre mí misma y sobre ellos/as. Sé que allá tengo una familia, amigos y comunidad que siempre serán en mi corazón.