XVII Jornada De La Vida Consagrada

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Homilía del Santo Padre Benedicto XVI Ocasión de da XVII Jornada De La Vida Consagrada

Queridos hermanos y hermanas!

En su narración de la infancia de Jesús, san Lucas subraya cómo María y José eran fieles a la Ley del Señor. Con profunda devoción cumplen todo lo prescrito después del parto de un primogénito varón. Dos prescripciones muy antiguas: una se refiere a la madre y la otra al recién nacido. Para la mujer está prescrito que se abstenga, por cuarenta días, de las prácticas rituales y que después ofrezca un doble sacrificio: un cordero en holocausto y un pichón de paloma o una tórtola, por el pecado; pero, si la mujer es pobre, puede ofrecer dos tórtolas y dos pichones de paloma (cfr. Lv 12,1-8).

San Lucas precisa que María y José ofrecieron el sacrificio de los pobres (cfr. 2,24). Para el primogénito varón, que según la Ley de Moisés es propiedad de Dios, se prescribía el rescate, establecido en la ofrenda que se debía pagar a un sacerdote en cualquier lugar. Ello en perenne memoria de que, en el tiempo del Éxodo, Dios salvó a los primogénitos de los judíos (cfr Ex 13, 11 -16)

Es importante observar que para estos dos actos – la purificación de la madre y el rescate del hijo – no se necesitaba ir al Templo. Sin embargo, María y José quieren cumplir todo en Jerusalén y san Lucas nos hace ver que toda la escena converge hacia el Templo hasta focalizarse en Jesús, que entra en él. Y he aquí que, precisamente a través de la prescripción de la Ley, el acontecimiento principal se vuelve otro, es decir la «presentación» de Jesús en el Templo de Dios, que significa el acto de ofrecer al Hijo del Altísimo al Padre que lo ha enviado (cfr. Lc 1,32.35).

Esta narración del Evangelista se comprueba en la palabra del profeta Malaquías, que escuchamos al comienzo de la primera Lectura: «Así dice el Señor Dios: ‘Yo envío a mi mensajero, para que prepare el camino delante de mí. Y en seguida entrará en su Templo el Señor que ustedes buscan; y el Ángel de la alianza que ustedes desean ya viene...Él purificará a los hijos de Leví... para que ofrezcan al Señor los que presentan la ofrenda conforme a la justicia». (3,1.3). Claramente aquí no se habla de un niño y, sin embargo, esta palabra encuentra su cumplimiento en Jesús, porque ‘enseguida’, gracias a la fe de sus padres, Él ha sido llevado al Templo. Y, en el acto de su «presentación», o de su «ofrenda» personal a Dios Padre, se trasluce claramente el tema del sacrificio y del sacerdocio, como en el pasaje del profeta.

El niño Jesús, presentado enseguida en el Templo, es el mismo que, siendo adulto, purificará el Templo (Cfr. Jn 2,13-22; Mc 11,15,19) y, sobre todo, hará de sí mismo el sacrificio y el sumo sacerdote de la nueva Alianza.

Ésta es también la perspectiva de la Carta a los Hebreos, de la que se ha proclamado un pasaje en la segunda Lectura, de forma que el tema del nuevo sacerdocio se refuerza: un sacerdocio – el que inaugura Jesús – que es existencial: «Y por haber experimentado personalmente la prueba y el sufrimiento, él puede ayudar a aquellos que están sometidos a la prueba». (Heb 2,18). Y así encontramos también el tema del sufrimiento, tan marcado asimismo en el pasaje evangélico, donde Simeón pronuncia su profecía sobre el Niño y sobre la Madre: «Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón». (Lc 2,34-35).

La «salvación» que Jesús brinda a su pueblo, y que encarna en sí mismo, pasa a través de la cruz, a través de la muerte violenta que Él vencerá y transformará con la oblación de su vida por amor. Esta oblación se preanuncia por entero ya en el gesto de la presentación en el Templo, un gesto ciertamente movido por las tradiciones de la antigua Alianza, pero íntimamente animado por la plenitud de la fe y del amor que corresponde a la plenitud de los tiempos, a la presencia de Dios y de su Santo Espíritu en Jesús. El Espíritu, en efecto, aletea en toda la escena de la presentación de Jesús en el Templo, en particular sobre la figura de Simeón, pero también de Ana. Es el Espíritu «Paráclito», que lleva el «consuelo» de Israel y mueve los pasos y el corazón de aquellos que lo esperan. Es el Espíritu que sugiere las palabras proféticas de Simeón y de Ana, palabras de bendición, de alabanza a Dios, de fe en su Consagrado, de agradecimiento porque por fin nuestros ojos pueden ver y nuestros brazos pueden estrechar «la salvación» (cfr. 2,30)

“Luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel” (2,32): Simeón define así al Mesías del Señor, al final de su canto de bendición. El tema de la luz, que resuena el primer y el segundo carmen del siervo del señor, en el Deutero-Isaías (cfr Is 12,6; 49,6), está fuertemente presente en esta liturgia. Ella de hecho ha sido abierta por una sugestiva procesión, de la que han participado los Superiores y las Superioras generales de los institutos de vida consagrada aquí representados, que llevaban las candelas encendidas. Este signo específico de la tradición litúrgica de esta fiesta, es muy expresivo. Manifiesta la belleza y el valor de la vida consagrada como reflejo de la luz de Cristo; un signo que vuelve a recordar el ingreso de María en el Templo: la Virgen María, la Consagrada por excelencia, llevaba en brazos la Luz misma, el verbo encarnado, venido a disipar las tinieblas del mundo con el amor de Dios.

Queridos hermanos y hermanas consagrados, todos vosotros estáis representados en aquella peregrinación simbólica, que en el Año de la fe expresa aún más vuestro converger en la Iglesia, para ser confirmados en la fe y renovar la oferta de vosotros mismos a Dios. Dirijo con afecto a cada uno de vosotros, y a vuestros institutos, mi más cordial saludo y os agradezco por vuestra presencia. En la luz de Cristo, con los múltiples carismas de vida contemplativa y apostólica, vosotros cooperáis a la vida y a la misión de la Iglesia en el mundo. En este espíritu de reconocimiento y de comunión, quisiera dirigiros tres invitaciones, para que podáis entrar plenamente a través de aquella puerta de la fe, que esta siempre abierta para vosotros (cfr Cart. ap. Porta fidei,1).

En primer lugar, os invito a alimentar una fe capaz de iluminar vuestra vocación. Por esto os exhorto a hacer memoria, como en una peregrinación interior, del “primer amor” con el que el Señor Jesucristo ha encendido vuestro corazón, no por nostalgia, sino para alimentar esa llama. Y para esto es necesario estar con Él, en el silencio de la adoración; y así despertar la voluntad y el gozo de compartir la vida, las decisiones, la obediencia de fe, la bienaventuranza de los pobres, la radicalidad el amor. A partir siempre nuevamente de este encuentro de amor dejad todo para estar con Él al servicio de Dios y de los hermanos (cfr Exhort. ap. Vita consecrata, 1).

En segundo lugar, os invito a una fe que sepa reconocer la sabiduría de la debilidad. En los gozos y en las aflicciones del tiempo presente, cuando la dureza y el peso de la cruz se hacen sentir, no dudéis que la kenosis de Cristo es ya una victoria pascual. Justamente en el límite y en la debilidad humana estamos llamados a vivir la conformación a Cristo, en una tensión totalizadora que anticipa, en la medida de lo posible, en el tiempo, la perfección escatológica (ibid., 16). En la sociedad de la eficiencia y del éxito, vuestra vida, marcada por la “minoría” y por la debilidad de los pequeños, por la empatía con aquellos que no tienen voz, se convierte en un signo evangélico de contradicción.

Por último, os invito a renovar la fe que os hace ser peregrinos hacia el futuro. Por su naturaleza la vida consagrada es peregrinación del espíritu, en búsqueda de un Rostro que algunas veces se manifiesta y otras se vela: “Faciem tuam, Domine, requiram” (Sal 26,8). Que éste sea el aliento constante de vuestro corazón, el criterio fundamental que orienta vuestro camino, tanto en los pequeños pasos cotidianos como en las decisiones más importantes. No os unáis a los profetas de desventura que proclaman el fin o la sinrazón de la vida consagrada en la Iglesia de nuestros días; más bien revestíos de Jesucristo y vístanse con las armas de la luz - como exhorta san Pablo ( cfr Rm 13, 11-14) - permaneciendo despiertos y vigilantes. San Cromacio de Aquileya escribía: “El Señor aleje de nosotros tal peligro para que nunca nos dejemos amodorrar por el sueño de la infidelidad, sino que nos conceda su gracia y su misericordia, para que podamos velar siempre en la fidelidad a Él. De hecho nuestra fidelidad puede velar en Cristo (Sermón 32, 4)”.

Queridos hermanos y hermanas, el gozo de la vida consagrada pasa necesariamente a través de la participación en la Cruz de Cristo. Así fue para María Santísima. El suyo es el sufrimiento del corazón que forma un todo único con el Corazón del Hijo de Dios, traspasado por amor. De aquella herida brota la luz de Dios, y también de los sufrimientos, de los sacrificios, del don de sí mismos que los consagrados viven por amor de Dios y de los demás se irradia la misma luz, que evangeliza las gentes. En esta fiesta, deseo de manera particular a vosotros consagrados que vuestra vida tenga siempre el sabor de la parresia evangélica, para que en vosotros la Buena Noticia sea vivida, testimoniada, anunciada y resplandezca como palabra de verdad (cfr Lect. ap. Porta fidei, 6). Amén.