a
vida dominicana se definió ya como la síntesis
viva de la evangelización con la contemplación,
en la que la contemplación sobreabunda en la
evangelización. Por tanto los elementos esenciales
de la vida dominicana crean la contemplación
en cuanto tal, si bien tienden siempre al fin contemplativo
y apostólico de la Orden.
Los
textos de la legislación primitiva eran comentados.
desde el siglo XVI hasta la edición de las constituciones
de la Orden el año 1872, por las glosas a las
mismas constituciones. Desde entonces ya se hizo una
redacción que incluía su sentido dentro
de los mismos textos legislativos.
Las
constituciones del año 1505, comentando el prólogo
de las constituciones primitivas, afirman: «Nuestra
Orden desde su origen se ordenó principal, esencial,
específica y nominalmente a enseñar y
predicar y a comunicar lo contemplado» (CF, 1505,
Pról. decl. «i»). Las constituciones
del año 1932 explican que para conseguir el fin
de la predicación de la verdad: «es necesario
que nuestra predicación y nuestra enseñanza
broten de la abundancia y plenitud de la contemplación,
a ejemplo de nuestro Padre santo Domingo, el cual no
hablaba sino con Dios o de Dios para la salvación
de las almas» (CF, 1932, n. 3, § II). En
las constituciones actuales en su constitución
fundamental y en otros lugares se afirma que la predicación
y la enseñanza deben manar de la abundancia de
la contemplación (LCO, C.f., § IV; nn. 3,
§ 1. 41. 57. 66, § 1. 67, § II. 83. 129).
El
papa Pablo VI, dirigiéndose al capítulo
general celebrado el año 1977 en Madonna dell'Arco,
ha propuesto muy claramente este carisma de la Orden
de Predicadores: «Vuestra misión es seguramente
la que os asignaba nuestro predecesor Honorio III con
estas palabras: "Evangelizar por el mundo entero
el nombre de nuestro Señor Jesucristo" (LCO,
1, § I). Pero para poder realizar perfectamente
este mandato es necesario, sobre todo, que vosotros,
en coherencia plena con vuestra vocación, sigáis
a Cristo contemplando la Verdad primera. Y su motivación
es lo que ha enunciado santo Tomás en la "Suma
contra los gentiles": "meditar la Verdad divina
y después de haberla meditado, manifestarla"»
(Sto. Tomás, Summa contra gentiles, 1, 1, c.
1). «Del mismo modo que toda la vida de la Iglesia
se apoya sobre el pacto que Dios estrechó con
los hombres desde los orígenes del género
humano, así vosotros habéis sido llamados
en la Iglesia para respetar una forma de pacto especial,
que Dios en su misericordia ha estipulado con vuestro
Fundador y su descendencia, que es éste: si vosotros,
ayudados por la gracia del Espíritu Santo, contempláis
con amor la Verdad divina, Dios hará fecundísimas
vuestras palabras» (ACG, Madonna dell'Arco, 1977,
3-4).
Esta síntesis de la vida dominicana se hallaba
en germen en la mente y en la práctica de santo
Domingo, precisamente por la importancia que él
y los primeros legisladores dieron al estudio científico
de la Verdad primera, junto con la oración tradicional,
ya dosificada con gran novedad de forma muy explícita.
En «Vidas de los frailes» se cuenta que
el beato Jordán de Sajonia habría afirmado
que, el superior al enviar a sus frailes a la predicación,
debe actuar como el cantero que intenta enderezar una
pared torcida; para ello extrae las piedras escondidas
y esconde las que sobresalen. Del mismo modo el superior
enviará a la actividad apostólica a los
frailes que prefieren quedarse escondidos en la serenidad
del claustro, mientras que deberá mantener dentro
del convento a los que quieren dedicarse demasiado a
la predicación (VF, pr. 3a, c. 42, n. 19).
Diversos
maestros de la Orden en sus cartas encíclicas
a los frailes han descrito con diversas alegorías
esta simbiosis de la contemplación y de la acción,
ya antes que tan magistralmente lo hiciera santo Tomás
de Aquino (t 1274) en la «Suma Teológica».
El
MO fray Juan de Wildeshausen escribe el año 1246:
«Esforzaos en llenar para poder derramar»
(MOPH, V, 9). El MO beato Juan de Vercelli, el año
1266, exhortaba a los frailes: «al celo de las
almas y al vuelo de la contemplación».
«El predicador para ser fecundo debe velar de
día y de noche en la meditación de la
ley del Señor... y beber copiosamente de las
aguas fecundas de las sagradas Escrituras... para que
tomando las aguas fecundas de las fuentes del Salvador,
podamos luego verterlas eficazmente para regar los corazones
de los hombres» (MOPH, V, 88, n. 22; 12, n. 33;
124, n. 34). El MO fray Munio de Zamora, el año
1285, repetía: «para poder derramar, rellenad;
para poder esparcir, recoged; llenad de agudas flechas
vuestras aliabas para poder herir saludablemente los
corazones de los oyentes. Manifiéstese a todos
vuestros oyentes vuestra ciencia de las cosas celestes
adquiridas por vosotros en el estudio e infundidas en
vosotros por la gracia» (MOPH, V, n. 40. 146).
El
MO fray Humberto de Romans (t 1277) si bien parece que
disocia el estudio de la contemplación, que él
entiende como adquirida solamente en la oración,
en cambio afirma con claridad la importancia real de
la contemplación y del tiempo más amplio
que se debe dedicar a la contemplación en orden
a la acción apostólica. En el comentario
a la Regla de san Agustín afirma: «Las
cosas que se predican, se recogen sobre todo en la contemplación,
conforme a la afirmación de san Gregorio: "efunden
en la contemplación"». «Por
tanto la predicación es probablemente una obligación
más propia del estado religioso que no del clero
secular, en cuanto aquél está más
dado a la contemplación y por lo tanto le compete
mayormente la predicación, dado que, para predicar,
él puede acudir abundantemente no sólo
al estudio sino también a la contemplación».
Más adelante afirma: «Es propio del predicador
alternar la contemplación de las cosas de Dios
con la acción hacia el prójimo; él
debe ocuparse sea de la contemplación, sea de
la acción... Pero dado que cada cual debe cuidar
de sí mismo más que de los otros, por
ello debe ser más el tiempo que él dedica
a la serenidad de la contemplación, que el que
dedica a la fatiga de la acción» (OVR,
1, 48. 50. 59-60). Sin duda que fray Humberto de Romans
ha exagerado hablando de las excelencias de la vida
de predicación también en su obra «De
eruditione praedicatorum» (OVR, 1, 60; II, 385.
426; VLOP, 345).
Tales
afirmaciones aumentan en las cartas encíclicas
de los maestros de la Orden después de la muerte
de santo Tomás de Aquino, como se puede ver en
los textos de esa época (MOPH, V, 131. 146. 196.
210. 225. 244, etc.) Como demostración de estas
afirmaciones se transcribe un texto del MO fray Serafín
Cavalli, quien el año 1571, glosando la frase:
«sic nos tu vísitas sicut te cólimus»
del himno del Oficio de lectura de la solemnidad del
«Corpus Christi», escribe: «Os pido
a vosotros, que estáis al frente de las provincias,
que en el desempeño de vuestro oficio... cuidéis
del culto de Dios, el cual nos acompaña en la
medida en que le rendimos culto. Perseverad día
y noche en la oración y en las Horas canónicas
y esforzaos para que se mantengan con fuerza y se observen
estrictamente las sanciones determinadas por los padres»
(MOPH, X, 120-121).
La
expresión «contemplación»,
en griego «theoria», casi no aparece en
la sagrada Escritura, si bien se da su contenido, como
cuando se dice que algunos habían venido «a
ver el espectáculo» de la muerte de Jesús
(Lc 23, 48). También se usa en el sentido de
«estar atentos» o «concentrar la atención»
(Hb 12, 15; 2 Co 4, 18).
En
el ámbito cultural de la «retórica»
o cultura greco-romana, se entendía por vida
contemplativa la que llevan los filósofos y sabios,
que dedican su vida a la contemplación de la
verdad, o la investigación de la presencia del
Ser supremo o «logos» en la naturaleza,
para alcanzar su conocimiento o «gnosis».
Por vida activa se entendía, la de aquellos que
se dedican a las ocupaciones de la vida práctica.
La vida activa debe unirse también con el ejercicio
de las virtudes morales y por lo mismo también
la vida activa es un ejercicio ascético que tiende
a la creación de estas virtudes morales.
En
consecuencia, los Padres de la Iglesia tales como Clemente
de Alejandría y Orígenes, no verán
oposición entre la vida contemplativa y la activa.
La vida contemplativa consiste sobre todo en la oración
y en el estudio de la sagrada Escritura, pero de hecho
la vida activa será el modo práctico también
para llegar a la contemplación. Por tanto ambas
situaciones son como dos momentos de la vida cristiana.
Así, para los Padres más próximos
a la cultura clásica neoplatónica y, tomada
de ellos se concentrará en toda la teología
de Juan Casiano (t c. 435), la contemplación
es un conocimiento espiritual para descubrir la presencia
de la divinidad en primer lugar en las cosas, después
en nosotros mismos. Esta es la verdadera «gnosis»
espiritual. San Máximo el Confesor, a mediados
del siglo VI, define la contemplación como: «cualquier
conocimiento religioso de la realidad divina o en sí
misma o en las cosas en las que esta realidad está
de algún modo presente» (Ad Thalass, 31,
MG, 90, 372 A). Este conocimiento se profundiza de verdad
por la fuerza del Espíritu Santo. Cuanto menos
alguien se fíe de su propia ciencia, cuando más
sencillo, o simple («idiota») se es, como
lo eran los Apóstoles (Hch. 4, 13), tanto más
fácilmente se llegará a tener este conocimiento
espiritual. Para llegar a esta contemplación
(«theoria») se necesita de la fe, fortificada
por la práctica («praxis») de la
virtud para conseguir la pureza del corazón,
es decir, la perfección espiritual. Por tanto
la praxis y la teoría deben ir juntas, ayudándose
mutuamente. La praxis de las virtudes consigue la «apatía»,
la serenidad o tranquilidad controlada de los sentidos
y pasiones, para poder llegar a la contemplación
de Dios (A. ESZER, «La spiritualitá dei
Padri oriental¡», en: Compendio di teologia
spirituale, PUST, Roma 1992, 17-30.).
En
el pensamiento oriental cristiano, la «divina
teología» o teología «primera»
es la alabanza de Dios y el conocimiento de Dios, que
él mismo nos infunde especialmente por la experiencia
de la oración litúrgica; la teología
«segunda» es la explicación racional
de las verdades de fe.
Santo
Tomás, recoge de los Padres, sobre todo de J.
Casiano, la síntesis del pensamiento de los filósofos
griegos con el mensaje cristiano, precisando el sentido
exacto de la contemplación y de la acción
(LSD, 160-165). Para él, la vida contemplativa
es la de quienes tienden principalmente a la contemplación
de la verdad, es decir, la de quienes han elegido como
fin principal e inmediato de su vida el conocimiento
y el amor de Dios y, todo el resto, como origen y efecto
de este fin. En cambio, la vida activa será la
de quienes, por amor de Dios, se consagran a actividades
externas, especialmente en obras caridad o misericordia
a los demás (ST, II-II, q. 179, a. 2 ad 2; q.
180, a. 1). Aplicando esta orientación a la vida
religiosa, se puede deducir que, siendo absoluta esta
división bipartita de contemplación o
de acción, no se da ya la posibilidad de una
tercera forma de vida religiosa que se pueda llamar
«mixta», es decir, compuesta de estos dos
modos de vida contemplativa y activa, excepto cuando
no estuvieran siempre presentes en síntesis y
diversa proporción.
Así
sucede en la vida dominicana, en la cual, siendo su
fin externo la evangelización multiforme, se
puede pensar que tiende ante todo a ser una vida religiosa
activa. En efecto, la predicación y la enseñanza
son actividades externas en cuanto que el mensaje sale
hacia los demás. Sin embargo por parte del sujeto
que anuncia el mensaje y por parte del mismo mensaje
que se proclama, la evangelización es absolutamente
el fruto interno de la contemplación que se manifiesta
al exterior. Es decir, se trata, en primer lugar, de
contemplar y luego de dar a los demás lo contemplado.
Por lo tanto se trata realmente de exteriorizar la vida
contemplativa (ST, II-II, q. 181, a. 3).
La
contemplación es en la vida dominicana el componente
esencial o formal de la predicación. La contemplación
es en la vida dominicana, hablando metafóricamente,
el corazón de toda su actividad, como exactamente
se afirmó en el capítulo general celebrado
el año 1967 en Santafé de Bogotá.
Así pues en la legislación dominicana
actual se usa dos veces de la metáfora del «corazón»
en la vida dominicana, que se aplican a la contemplación
y la liturgia, si bien ambas se incluyen mutuamente
(LCO, n. 57; ACG, Bogotá, 1965, 124, n. 276).
Es
bien claro que, dentro de la vida religiosa, se pueden
hacer otras muchas actividades externas que no sean
precisamente la predicación y la enseñanza
teológica. Estas actividades, si bien se hacen
por el amor a Dios, en cambio, no provienen necesariamente
de la abundancia de la contemplación, fruto de
la oración y el estudio de la verdad sagrada.
En la vida dominicana, que es una vida apostólica,
se debe afirmar que su actividad es una contemplación
que fructifica no sólo hacia el interior de la
persona (contemplativos), sino también hacia
afuera (apóstoles).
La
Orden dominicana se llama a sí misma precisamente
«apostólica» y, ya desde su fundación,
se la conecta en relación directa con los Apóstoles,
como una reencarnación de su mismo estilo de
vida. Efectivamente, los Apóstoles, obispos,
delegaron a los diáconos el ejercicio de las
obras de misericordia en la comunidad, reservando para
sí mismos, obispos y presbíteros, el dedicarse
a la oración, al anuncio de la Palabra (Hch 6,
4) y, como añade el concilio Vaticano II, a la
celebración sacramental de la Palabra anunciada
(SC 6. 10; LG 19; LCO, C.f., § IV).
Se
puede decir que la Orden dominicana es no sólo
formalmente contemplativa, sino que lo es eminentemente,
es decir, algo más que puramente contemplativa,
ya que su contemplación redunda o sale hacia
afuera. Así se entiende la afirmación
de santo Tomás a este propósito: «es
mejor iluminar, que solamente lucir» (ST., II-II.
q. 188, a. 6). Aquí la contemplación no
es una candela colocada bajo el celemín o bajo
la cama, sino sobre el candelero (cf. Mc 4, 21). Además,
el hablar de Dios con los hombres no se interrumpe en
el seguir luego hablando con Dios. Por lo mismo la evangelización
es un actuar o actualizar la misma contemplación.
Como
se ha afirmado desde el principio de este estudio, para
poner en práctica estos principios sobre la esencia
de la vida dominicana se debe conseguir el equilibrio
y síntesis vital de la contemplación con
la evangelización. Así pues, al hablar
de fin próximo o interno de la vida dominicana
se debe describir como la íntima unión
de la evangelización con la contemplación
de modo que la evangelización mane o brote de
la contemplación. Fray P. Lippini ha escrito
que la evangelización es la contemplación
«en voz alta» en la predicación y
la enseñanza. La contemplación es el manantial
de la predicación (LSD, 163).
Santo
Tomás ha afirmado sobre la contemplación,
que es la operación de la parte más noble
del ser humano, de su inteligencia; que puede ser incesante;
que es más agradable; que tiene en sí
misma más razón de fin; que da más
serenidad; que es más semejante a la vida divina;
que es más autosuficiente; que es un acto de
la facultad que especifica al ser humano (ST, II- II.
q. 182, a. 1).
En
esta línea, la contemplación y la evangelización
no son ya dos fines igualmente importantes, ya que siempre
toda acción debe tener inmediatamente un único
fin, sino que se conjuntan o completan. En la comprensión
ideal del carisma de la vida dominicana se abarcan ambas
realidades, que en su síntesis crean el fin interno
o próximo de la vida dominicana. Se puede afirmar
que, incluso la misma evangelización, se somete,
como el efecto a su causa, a la contemplación.
Cabe
afirmar que en la vida dominicana la relación
de la evangelización a la contemplación
es semejante a la relación que se da en la virtud
de la caridad entre el amor a Dios y el amor a los demás.
En la virtud de la caridad se ama al prójimo
en relación a Dios. La caridad tiene un único
objeto formal o absoluto que es la bondad absoluta,
es decir, el mismo Dios, y diversos objetos secundarios,
nosotros mismos y el prójimo y, no obstante,
el amor a Dios incluye los demás y amándonos
a nosotros mismos y al prójimo por amor a Dios
se está siempre dentro del amor a Dios (ST, II-II,
q. 4, a. 3 c; q. 25, a. 1; q. 32, a. 3 ad 3; q. 44,
a. 2, etc.). Así, en el carisma dominicano la
contemplación es su objeto formal o principal
y la evangelización es su objeto secundario o
expresión externa. En la vida dominicana la evangelización
es una expresión o actuación de la contemplación,
la cual es el verdadero objeto formal o cualificante
de la misma evangelización.
La
contemplación es común a todo cristiano
y, concretamente, a tantas fundaciones religiosas. Santo
Tomás ha afirmado: «Cada cristiano, una
vez que se halla en estado de salvación, debe
participar en cierta medida de la contemplación,
ya que es un precepto para todos» (III Sent. d.
36, q. 1, a. 3 ad 5; ST, II-II, q. 45, a. 5). De hecho,
todos los cristianos están llamados a esta contemplación.
Además todo contemplativo debe ser un apóstol
y todo apóstol debe ser un contemplativo (Sto.
Tomás, IV Sent. d. 15, q. 4, a. 1, qc. 2, ad
2; ST, II-II, q. 180, aa. 3. 4. 6; q. 8.; q. 45). Siempre
se debe afirmar que en la vida dominicana el fin de
evangelizar debe brotar de una plenitud de contemplación
y esto es lo que de hecho la especifica y distingue.
Cuando
se habla de contemplación se trata siempre, como
se ha afirmado desde el principio, de una contemplación
como realidad sobrenatural.
A
nivel natural y en su mismo sentido etimológico,
la «contemplación» es la aplicación
atenta de la inteligencia a un objeto para tener un
conocimiento profundo del mismo. Para la etimología
científica, la expresión «contemplar»
deriva del lenguaje religioso, para el cual el templo
(«templum») es un espacio sagrado en el
que un augur recogía e interpretaba los presagios.
Así también «considerar» se
deriva de la observación atenta de las estrellas
(«sídera»).
A
nivel natural se puede dar una contemplación
sobre cosas sensibles o sobre cosas imaginadas o elaboradas
intelectualmente. En cambio, la contemplación
sobrenatural es la que se centra sobre cosas o verdades
que transcienden la naturaleza. Esta contemplación
puede ser fruto de la actividad humana, ayudada por
la gracia divina, como lo es el estudio asiduo de la
verdad sagrada. Puede ser también, y sobre todo,
fruto de la acción gratuita de Dios, como acaece
especialmente en la oración litúrgica
y personal.
La
contemplación a la que se refiere la tradición
dominicana es una contemplación infusa y permanente
de la fe revelada que, movida por el amor a Dios y a
su gloria, con la fuerza o presencia del Espíritu
Santo, como aconteció en la vida de los Apóstoles,
llevará a expandirla a los demás en la
evangelización. Esta contemplación es
como un mirada sencilla de la verdad, con raíz
en la caridad, que se puede iniciar mediante actos naturales,
como el estudio y la meditación de la verdad
revelada, pero que, en sus grados más elevados,
procederá ya de una fe viva, fortalecida por
los dones del Espíritu Santo, especialmente por
el don de sabiduría («sapientia»).
La
tradición y legislación dominicanas hablan
de ambos modos de contemplación. Cuando santo
Domingo pide en las constituciones primitivas que, el
maestro de novicios debe enseñarlos y prepararlos
sobre qué cosa orar y cómo orar, a continuación
añade que también los novicios debían
ser formados para: «dedicarse al estudio, de modo
tal que de día y de noche, en casa y de camino,
siempre lean o mediten algo y procuren aprenderlo de
memoria, y cómo, cuando les llegue su tiempo,
deberán ser fervientes en la predicación»
(CP, I, c. 13, 324).
También
la legislación actual se mueve en estos mismos
conceptos cuando afirman que se debe buscar el llevar
progresivamente a los formandos a la plenitud de la
vida y del apostolado que son propios de la Orden. Que
para la vida de contemplación y de apostolado
se necesita la salud física y la madurez psicológica
proporcionada a la edad. Para la actividad apostólica
se exige una idoneidad o tendencia a la vida social
y comunitaria, además de la recta intención
de servir a Dios dentro de la Orden (LCO, nn. 154. 155).
La vida del convento de formación debe ser una
encarnación real de la vida en la que los frailes
vivirán en el futuro. Por ello se deberá
vivir en la comunidad de formación una vida común
auténtica y fraterna (LCO, nn 160. 161).
Actualmente
se afirma que, en orden a preparar esta vida de contemplación
apostólica, tanto los novicios a clérigos,
como a cooperadores, deben recibir una formación
teológica suficiente. Además, deben conocer
bien la realidad de la vida religiosa, la historia,
el carisma y las leyes de la Orden. Deben iniciarse
en la observancia de la vida dominicana en orden al
apostolado y también en la formación de
las virtudes y en la vida sacramental. Se les deben
proponer la situación y las necesidades del mundo
actual y de la sociedad. También deberán
prepararse para ser fervientes en la predicación
cuando les llegue el tiempo de ejercerla. De hecho de
berán participar ya durante la formación
en algunas actividades apostólicas de la Orden.
También los presbíteros o clérigos
que entran en la Orden deberán formarse durante
algunos años en este espíritu dominicano
(LCO nn. 187. 188. 220. 222. 223).
Esta
misma formación se deberá continuar y
acentuarse después de la profesión buscando
especialmente la práctica y solidez en la vida
dominicana integral (LCO, n. 213).
La
contemplación a la que se aspira en la vida dominicana,
no se debe entender como fin de sí misma sino
como fuente de la evangelización y la evangelización
como única realidad junto con la contemplación.
Se
pueden dar dos perspectivas o modos de vivir la misma
vida de contemplación. Una, la de quienes pueden
saborear la contemplación en medio a las actividades
externas; otra, en cambio, la de quienes reposan en
la contemplación sin la necesidad de continuarla
mientras transmiten a los demás lo que han contemplado
en ella.
En
el primer modo se comportaba santo Domingo, el cual
según el MO beato Jordán de Sajonia: «acostumbraba
hacer a Dios una plegaria especial: que se dignase darle
una verdadera y eficaz caridad para buscar y anhelar
la salvación de los hombres, ya que estaba convencido
que habría sido un verdadero miembro de Cristo
solamente cuando se hubiera dedicado con todas sus fuerzas
a la salvación de las almas» (OFP, n. 13).
Por ello, de hecho: «mientras estaba de viaje
quería siempre discutir en torno a Dios o enseñar,
o leer o rezar». En sus viajes decía a
sus acompañantes: «Caminemos y pensemos
en nuestro Salvador» (ACB, tg. 1, n. 2; tg. VIII,
n. 1). Esta última frase es una magnífica
síntesis de la vida dominicana: caminar, moverse
en la predicación, pero llenos de la contemplación
del misterio de nuestro Salvador. Baste, además,
recordar los numerosos testimonios de su modo de vida,
descrito como el hablar siempre con Dios o de Dios.
También cabe destacar que en la vida da santo
Domingo se dio la experiencia evidente y externa de
su contemplación en la oración litúrgica,
como se demostró de las abundantes lágrimas
que derramaba en la celebración eucarística
y en la salmodia (ACB, tg. I, n. 3; tg. IV, n. 1; tg.
VII, nn. 3. 4; tg. IX, nn. 2. 3). 
(Fuente
: Fuente, Antolín González. El Carisma
de la Vida Dominicana. Editorial de San Esteban.
1994.)
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