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pensarlo estamos tomando los primeros pasos hacia un
nuevo siglo que comienza pronto y que nos llevarán
hacia la aventura de la nueva evangelización
en el tercer milenio.
Con
esto en mente, quisiera plantear una pregunta: y, ahora,
¿qué haremos? A mi modo de entender, la
Iglesia, en el Concilio Vaticano II, nos pedía
que retomáramos el Carisma de Domingo de Guzmán,
nuestro Fundador, no para volver al momento histórico
que él vivía sino para que su Orden tenga
vigencia hoy y que sea siempre orientando hacia el futuro.
La Orden de Predicadores fue fundada para anunciar el
Evangelio de Jesucristo, para que este Evangelio fuera
"buena nueva" de salvación en todos
los tiempos y para todos los pueblos y culturas. Renovación
siempre requiere adaptación conforme a las necesidades
de cada época.
?Por
eso, sin temor a equivocarme, puedo decir que no tendría
sentido recordar la historia de los primeros frailes
en este continente o de recordar los acontecimientos
de los siglos que ya pasaron - por más que hayan
sido luminosos e importantes para la vida de la Iglesia
y la Orden en el Perú - si no nos inspiren para
profundizar y continuar la obra que ellos iniciaron.
Esto no quiere decir que no estamos agradecidos, sinceramente,
a todos aquellos que nos han precedido, haciendo posible
que llegásemos a este momento. Sin su perseverancia
y fidelidad al Evangelio y al Carisma de Domingo de
Guzmán, es evidente que no estaríamos
aquí, en estos momentos. Pero no estaríamos
sinceramente agradecidos si intentáramos vivir
simplemente de "sus rentas".
Ahora
nos queda mirar hacia el futuro. Y, creo yo, que en
las palabras del P. Timoteo Radcliffe, actual Maestro
de la Orden, dirigidas a todos los dominicos del Perú
últimamente, podemos inspirarnos y motivarnos,
como Familia que somos, hacia ese futuro. Nos dice el
P. Timothy: "No sabemos cómo será
el futuro de la Orden en el Perú de aquí
a 20 o 30 anos. Pero podemos, desde ahora, enfrentarlo
juntos."
Para
mí, estas palabras del P. Maestro captan profundamente
el espíritu de nuestra tradición, expresada
bella y escuetamente en la Constitución Fundamental
de los frailes:
«Esta
continua renovación es necesaria no sólo
como exigencia del espíritu de perenne conversión
cristiana, sino también como postulado de la
vocación propia de la Orden que la impulsa a
una presencia en el mundo adaptada a cada generación
..... La finalidad fundamental de la Orden y el género
de vida de que de ella deriva, conservan su valor en
todos los tiempos de la Iglesia. Pero su comprensión
y estima, como sabemos por nuestra tradición,
urgen sobre manera cuando se dan situaciones de mayor
cambio y evolución. En tales circunstancias,
la Orden ha de tener la fortaleza de ánimo de
renovarse a sí misma y de adaptarse a ellas,
discerniendo y probando lo que es bueno en los anhelos
de los hombres, y asimilándolo en la inmutable
armonía de los elementos fundamentales de su
propia vida. »
Por
eso, con respecto a la presencia dominicana en el presente
y su proyección hacia el futuro inmediato, hay
la oportunidad y la obligación de responder,
como Familia dominicana, a algunas de las preguntas
presentadas a toda la Orden por el mismo Maestro en
su Carta sobre La Libertad y Responsabilidad Dominicanas.
Nos dice en esa carta:
"La
Provincia debe preguntarse a sí misma qué
es lo que quiere hacer realmente. ¿Cuál
es su misión hoy? ¿Qué nuevos retos
tiene que afrontar? ¿Qué nuevas formas
de predicación puede llevar a cabo?
Intentar
responder con seriedad a estas preguntas sería
un signo muy positivo de que hayamos captado y asimilado
el significado profundo de las palabras de otro Maestro
de la Orden, Fray Vicente de Cousnongle, cuando, hace
unos años, nos habló del "coraje
del futuro". Promover vocaciones a la vida dominicana
tiene sentido solamente si va acompañado de una
renovación continuada, en cada época y
conforme a las necesidades y exigencias de la realidad
en la cual nos encontramos viviendo nuestra fe y nuestra
vocación de Predicadores de la Palabra.
En
estos últimos años del siglo que termina,
es evidente que el Señor nos está bendiciendo
con el envío de muchos jóvenes a nuestras
puertas, quienes expresan el deseo de seguir de cerca
a Cristo en el hábito de Domingo de Guzmán.
La presencia de esta juventud es, sin duda alguna, un
signo de esperanza para el futuro. Serán ellos
los que tendrán que asumir los retos que se presenten
a la Iglesia y a la Orden al iniciar este nuevo milenio
del cristianismo en nuestra América Latina. Por
eso, quisiera recordar las palabras dirigidas a los
Padres capitulares en Calaruega por el P. Gilbert Markus,
de la Provincia de Inglaterra y citadas por el Maestro
en su Carta a la Orden:
"Si
estos jóvenes vienen a la Orden para seguir a
Cristo, hay que orientarles en el arte de morir. Se
han entregados a sí mismos a la Orden, y parte
de la responsabilidad que aceptamos al recibir su profesión
consiste en enseñarles ese arte. No hay esperanza
para un joven dominico que no es capaz de darse cuenta
progresivamente, durante su formación, de cómo
debe perderse a sí mismo, morir a sí mismo.
No es una excusa para los hermanos mayores aferrarse
defensivamente a su propia postura para resistir al
cambio. En vez de ello, necesitan conducir a los jóvenes
por el camino de sacrificio, lo cual significa recorrer
con ellos ese camino, dar un ejemplo de generosidad".
Estamos
viviendo, al interior de la Familia dominicana del Perú
un nuevo e importante momento de transición que,
según el mismo Maestro, podría llenar
de inquietud a los mayores y a los jóvenes: a
los mayores por temer que "las aspiraciones de
los jóvenes" pongan en tela de juicio todo
lo que hicieron a través de tanto años;
a los jóvenes que "se preguntan si serán
capaces de realizar sus sueños de una vida dominicana
plena."
Hay
un refrán chino que dice: Maldito a quien le
toca vivir en tiempos de transición. Personalmente,
no creo que sea una maldición; más bien,
es un reto que se nos presenta en este plan maravilloso
de Dios que sigue revelándose en la historia.
No tenemos derecho de ser pesimistas si somos, de verdad,
hijos e hijas de Domingo de Guzmán. Con su ejemplo
y su intercesión no debemos temer aceptar este
reto histórico.
Pero
este reto, al interior de nuestra Familia, no es tan
grande, a mi modo de ver, si lo comparamos a los desafíos
que surgen para la Iglesia y, en forma especial, para
nuestra Orden en el mundo actual. El Concilio Vaticano
II nos advertía que es necesario tomar en cuenta
"los signos de los tiempos" para poder anunciar
con fidelidad el Reino de Dios. Y estos tiempos en que
vivimos no son precisamente "tiempos cristianos".
El
Capítulo General de Calaruega lo expresa así:
"El reto universal que encontramos en nuestro ministerio
de predicación es el mismo que encontró
Jesús: la cultura de un "corazón
de piedra", es decir, todo lo contrario a la parábola
del buen samaritano. Sus características son:
un concepto falso de ‘lo bueno’ (el sábado
es más importante que el hombre); un espíritu
de discriminación y marginalización (la
parábola del fariseo y el publicano); una actitud
de imponer en lugar de dialogar (preparan cargas pesadas
y las echan sobre la gente); dando más importancia
al adjetivo que al sustantivo (parábola del fariseo
y publicano)."
¿Cómo
predicar los valores del evangelio - solidaridad; comunidad;
compasión; fraternidad; en una sola palabra -
el amor mutuo que respeta la dignidad de cada persona
y busca el bien de todos - en una sociedad impregnada
con criterios totalmente opuestos y elogiados por el
sistema socio - político y económico vigente:
el individualismo y el éxito personal como valor
absoluto; la violencia y el temor como instrumentos
de control social; el nacionalismo exagerado como principio
de unión nacional; el mercado como único
criterio de todos los demás valores. Este es
el reto fundamental y seríamos infieles a nuestra
vocación si no lo aceptáramos, porque
es nuestra razón de ser como Predicadores del
Evangelio de Jesucristo.
Para
enfrentar estas dificultades, los mismos Padres capitulares,
en Caleruega, insistieron que la respuesta dominicana
tenía que tener 3 dimensiones:
1.
una predicación en las fronteras desde la pobreza:
Es
decir, volver al espíritu de Domingo de Guzmán
quien, imitando a Cristo mismo y a los Apóstoles,
se hizo pobre y salió del monasterio para acercarse
al pueblo hostil a la Palabra de Dios, dando un ejemplo
concreto y práctico del Evangelio. Vale preguntarnos
si hemos tomado en serio las opciones fundamentales
de nuestra Orden en estos últimos tiempos: opción
por los pobres, por la justicia y por los medios de
comunicaciones. En otras palabras: ¿para quiénes
y para qué predicamos?
2.
disponibilidad.
Domingo
fundó una Orden "itinerante" porque
respondía a las necesidades de sus tiempos. Ser
itinerante es ser disponible para satisfacer la urgencia
de predicar y servir donde existe necesidad. El auténtico
espíritu de disponibilidad, exigida por Domingo
a sus frailes, tiene sus raíces profundas en
la vida comunitaria y en la espiritualidad dominicana.
Con el individualismo, enemigo letal de la vida religiosa,
corremos el riesgo de "atrincherarnos" en
la comodidad de nuestros conventos, contentos con nuestros
títulos académicos y nuestras obras personales.
3.
diálogo
Nos
gusta mucho hablar de la democracia como elemento fundamental
del régimen estructural de la Orden. Para que
haya diálogo hay que evitar toda tentación
a maneras sectarias de pensar -sea esto dentro de nuestras
comunidades, sea en nuestro contacto con el mundo que
nos toca servir con la Palabra de Dios. Hoy en día
se oye hablar mucho del ecumenismo, de inculturación,
de secularismo y, aún, de la postmodernidad.
Para encontrarnos con estas realidades, ¿cuán
abiertos somos en nuestra forma de pensar? ¿Somos
capaces de entrar en verdadero diálogo con el
mundo, respetando las diferencias que hay? Quizás
nos ayude si recordamos los ejemplos de nuestros ilustres
predecesores quienes dieron unos ejemplos maravillosos
de dialogar con los de sus tiempos, sin temor, porque
estaban convencidos que la búsqueda de la verdad
requería una mente abierta a los demás.
Me refiero, por supuesto, a San Alberto Magno y a Santo
Tomás de Aquino.
El
guante está lanzado; ¿quién lo
recogerá?
Hay
mucho que agradecer en nuestra historia: el ejemplo
de nuestros hermanos y hermanas; el coraje de generaciones
de hombres y mujeres que fueron fieles al Carisma de
Domingo de Guzmán, fieles al Evangelio y al Espíritu
de Jesús. Nos toca ahora pedir que este mismo
Espíritu de Jesús, siempre presente en
nuestras vidas, nos dé las fuerzas y el coraje
de continuar la obra iniciada hace tanto tiempo por
nuestro Padre, Domingo de Guzmán. Es su carisma
que hemos heredado y solamente en fidelidad a este carisma
tendremos la certeza de que estamos bien encaminados
hacia un futuro mejor, que todos deseamos.
Hay
mucho que agradecer. Hay, también, mucho que
hacer. La nuestra es una vida de fe en el poder de Cristo
de convertir nuestras debilidades en instrumentos de
salvación. Muchas veces, un falso triunfalismo
- producto quizás de aparentes éxitos
apostólicos o una sobrevaloración de las
técnicas modernas - nos hace olvidar que nuestra
tarea es la de anunciar a Cristo y no a nosotros mismos.
?
Como
todos los santos y santas de nuestra Orden, aprendamos
que el verdadero triunfo es él de la Cruz de
Cristo. En vano es nuestra presencia como Orden y como
Familia si no haya una renovación continua de
nuestras comunidades, de nuestra vida de oración,
y de nuestra predicación según las necesidades
del momento que vivimos. De esta manera, la Familia
dominicana se prepara para entrar en el próximo
milenio, haciendo que el Carisma de Santo Domingo de
Guzmán vive y vibra en medio del mundo. El mundo
es nuestro claustro.
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