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San Domingo.  Matisse

La urgencia de la evangelización y el ministerio de la predicación

Fr. Felecísimo Martínez, O.P.


n una reunión de Alcohólicos Anónimos, se analizaba el primero de los Doce Pasos. Reza así: «Admitimos que éramos impotentes ante el alcohol, que nuestras vidas se habían vuelto ingobernables». Y todos los miembros, uno tras otro, hacían énfasis en la experiencia de «tocar fondo». El «tocar fondo» es, para el alcohólico, algo así como el momento de la iluminación, el momento en que se hace la luz sobre la verdadera situación en que se encuentra el alcohólico y que nunca antes había sido capaz de aceptar con honestidad. Ni las súplicas de la esposa y de los hijos, ni las advertencias del médico, ni los consejos del sacerdote, ni los regaños justificados del amigo íntimo, ni los propios propósitos, sinceros pero pasajeros, habían sido capaces de poner los fundamentos sólidos de un proceso conducente definitivamente a la sobriedad. Sólo el día en que el alcohólico «tocó fondo», el día en que cayó en la cuenta de su verdadera situación... comenzó este proceso. «Caer en la cuenta». Esta fue la frase repetida una y otra vez por los miembros de aquella reunión, como quien estaba dando con la clave de un cambio radical en su vida. Nadie habló allí de grandes ideas o de grandes programas, de fuerza de voluntad o de grandes propósitos, de vigilancia o controles externos, menos aún de ascesis o de moral voluntarista. El problema era otro. Era un problema de «luz», de «iluminación», lo que se estaba manejando allí.

1. La evangelización, misión de la Iglesia

No se habló del Evangelio de Jesús, porque se estaba analizando la vida del hombre en otra clave, en clave meramente humana, psicológica, en clave de mera memoria histórica. Pero en el trasfondo de los testimonios había importantes analogías con ese drama de luz y tinieblas que nos presenta cada página del Evangelio. Abundantes textos sagrados hubieran cuadrado perfectamente en aquella reunión. «La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará luminoso; pero si tu ojo está malo, todo tu cuerpo estará a oscuras. Y, si la luz que hay en ti es oscuridad, ¡qué oscuridad habrá! (Mt. 6, 22-23). La Escritura está atravesada de textos sobre la luz y las tienieblas. La historia de la salvación está atravesada por el drama de la luz y las tinieblas. Un drama que se hace especialmente patente en el Evangelio de Juan. «En ella (la Palabra) estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron... La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo... Vino a su casa y los suyos no la recibieron» Un. 1, 4-11). «Y el juicio está en que vino la luz al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras. Pero el que obra la verdad, va a la luz para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios» Un. 3, 19-21). Y así sigue desenvolviendo el Evangelio de Juan el enfrentamiento entre la luz del Reino y las tinieblas de quienes lo rechazan, entre la visión y la ceguera, entre la fe y la incredulidad... entre la revelación del Reino en Jesús y la oposición de los judíos a esta revelación. Pero aquí hay algo más que mera conciencia psicológica; aquí se trata ya del gran don de la luz, de una verdadera «iluminación» que nace de lo alto.

Planteado así el problema radical de la experiencia cristiana, las bases de la comunidad cristiana, es fácil comprender ya la trascendencia de la misión apostólica. «Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt. 5, 14-16). «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará...» (Mc. 16, 15). «...Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra» (Hech., 1, 8). Es la vocación esencialmente misionera y evangelizadora de la comunidad cristiana. Es la gran tarea de la Iglesia, que continúa a lo largo de los siglos la misión apostólica del grupo de los Doce.

La fidelidad a esta vocación misionera y evangelizadora ha sido siempre la respuesta a las grandes crisis de la historia de la Iglesia y de la humanidad. Y esa misma fidelidad en el anuncio del Evangelio ha conducido a su vez a la comunidad cristiana a sus más altas cuotas de fidelidad en el seguimiento de Jesús, de fidelidad a los valores y las exigencias del Reino. Cuotas que no se miden por ningún tipo de triunfalismo temporal, llámese poder político, influencia social, prosperidad material, prestigio cultural..., sino, al contrario, por la única medida de la radicalidad evangélica, llámese firmeza en la fe, constancia en la esperanza, servicio humilde en el amor, martirio en la persecución... Por aquí camina la dinámica del Reino anunciado y realizado en Jesús, el Cristo, convertido en fermento y luz en medio de las naciones.

Esta fue la intuición básica de la Iglesia al poner la evangelización como su vocación esencial para dar respuesta a una humanidad que busca incesantemente el Absoluto al interior de las situaciones históricas, siempre conflictivas y llenas de interrogantes... Bajo esta clave se puede estudiar toda la historia de la Iglesia. Bajo esta clave se puede analizar la actual reflexión de la Iglesia sobre su propia naturaleza y su compromiso con la humanidad. Una reflexión que se ha hecho especialmente intensa a partir del Concilio Vaticano II.

El mundo contemporáneo no puede ocultar su crisis. Las ciencias sociales hablan de una «transculturación» como característica más destacada de este siglo XX, ya a punto de terminar. El año 2000 se presenta a la humanidad actual como un gran interrogante. Los valores del pasado -la tradición- parecen haberse diluido y no garantizan a la humanidad contemporánea unas bases firmes para atravesar la coyuntura de esta transculturación. Numerosas ideologías encontradas se han dado cita en una crítica indiscriminada contra esos valores, y han arrancado a la vez la cizaña y el trigo, dejando a la humanidad a la intemperie, sin poder «hacer pie» en los valores heredados de la historia.

Los recelos y resentimientos frente al pasado han arrojado, como sucede siempre, una profunda inseguridad sobre el presente. La transculturación alude al paso hacia una sociedad cualitativamente distinta, hacía un hombre cualitativamente nuevo. Los cambios experimentados por la humanidad en este siglo, a todos los niveles, cultural, político, económico, social, religioso..., han sido y siguen siendo tan veloces, que el hombre se siente con frecuencia impotente para asimilarlos, integrarlos y manejarlos. Es como si la historia se le hubiera ido de las manos al hombre, como si el timón de la humanidad hubiera pasado a manos de duendes invisibles. «El aprendiz de brujo vuelve a ser una imagen fiel del hombre que ha hipotecado su señorío y su libertad a la causa del progreso». Este, convertido en ídolo, se está vengando de sus adoradores.

El recelo frente al pasado y la inseguridad del presente ponen a su vez en peligro la esperanza de la humanidad enfrentada con el futuro. Las palabras del Insensato, de F. Nietzsche, tras anunciar la muerte de Dios, reflejan bien esta angustia sorda del hombre de finales del siglo XX enfrentado con su futuro: «¿Cómo hemos podido obrar así? ¿Cómo hemos podido vaciar el mar? ¿Quién nos ha dado la esponja para vaciar el horizonte? ¿Qué hemos hecho cuando hemos separado esta tierra de la cadena de su sol? ¿Adónde le conducen ahora sus movimientos? ¿Lejos de todos los soles? ¿No caemos sin cesar? ¿Hacia adelante, hacia atrás, de lado, de todos los lados? ¿Todavía hay un abajo y un arriba? ¿No erramos como a través de una nada infinita? El vacío, ¿no nos persigue con su hálito? ¿No hace más frío? ¿No véis oscurecer cada vez más, cada vez más? ¿No es necesario encender linternas a pleno día?» (Aforismo 125 de La Gaya Ciencia).

El texto de Nietzsche suena dramático y, para muchos, exagerado. Por eso hablamos de angustia sorda, porque la conciencia siempre va detrás de los hechos, y lleva su tiempo el «caer en la cuenta» de estos. El mismo aforismo de Nietzsche afirma un poco más adelante: «He llegado demasiado pronto, dijo el insensato. No es mi tiempo aún. Este acontecimiento enorme está en camino, marcha, todavía no ha llegado hasta los oídos de los hombres. Es necesario dar tiempo al relámpago y al trueno, es necesario dar tiempo a la luz de los astros, tiempo a las acciones, cuando ya se han realizado, para ser vistas y oídas». Con todo y su exageración, el texto refleja bien la crisis de identidad que ronda a la humanidad del siglo XX, aun cuando sean pocos los que han tomado conciencia lúcida de esa crisis. ¡Cómo le cuesta a la humanidad reconocer sus propios fracasos! ¡Qué amargo es el canto del profeta encargado de entonar denuncias! Por eso han muerto tantos profetas.

¿No es la misión de la Iglesia convertirse en conciencia de la humanidad? ¿No es su misión profética denunciar fracasos y anunciar esperanzas? ¿Se echará atrás ante quien la golpea porque no gusta de sus canciones? Si ella se calla, ¿quién anunciará la Buena Noticia del Reino de Dios? Si ella se calla, gritarán las piedras.

En medio de estos interrogantes, que suenan a Evangelio, ha brotado pujante en las últimas décadas la urgencia de la evangelización como tarea prioritaria de la Iglesia. Los textos que han subrayado esta urgencia de la evangelización son demasiado conocidos. No es preciso transcribirlos. Basta evocar nombres y acontecimientos. Juan XXIII, y Pablo VI, y Juan Pablo 1, y Juan Pablo II. El Concilio Vaticano II, y el Sínodo de los Obispos, y la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Medellín, y la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Puebla... Y la Evangelización del Mundo contemporáneo, de Pablo VI. Y la Evangelización en el presente y en el futuro de América Latina, de los Obispos reunidos en Puebla.

Detrás de estos nombres y acontecimientos hay una afirmación central: la razón de ser de la Iglesia, su vocación esencial, su naturaleza íntima, es la evangelización en todas sus formas. La Iglesia está en medio de la humanidad para evangelizar. La Iglesia es esencialmente misionera en medio de los pueblos.

Y no se trata de una mera obligación moral, prescrita por este o el otro texto de los cuatro Evangelios o de cualquier otro texto bíblico. Si, por una hipótesis, desapareciera la Escritura, la comunidad cristiana mantendría igualmente viva la conciencia de que su razón de ser y su vocación esencial es la evangelización... Aquí hay algo más que una mera obligación moral, más que una mera fidelidad a unos textos del pasado. Se trata de la naturaleza misma de la comunidad cristiana. La voz de la Iglesia, que ha resonado firme a través de los últimos Papas, del Concilio, de Medellín, de Puebla... urgiendo la tarea de la evangelización, no es un simple consejo o un precepto que exige como respuesta la obediencia a una ley moral. Esa voz refleja, más bien, la conciencia viva de una Iglesia que, si abandona la evangelización no sólo deja de ser fiel al Evangelio; simplemente deja de ser la Iglesia de Jesucristo, aunque permanezca intacto todo el aparato eclesial. La evangelización es la vocación esencial de la Iglesia; sólo por eso se convierte consiguientemente en una obligación irrenunciable.

La conciencia de la prioridad y de la urgencia de la evangelización se ha convertido en un signo de los tiempos en el intento renovador eclesial posconciliar. Son muchos los campos que urgen esta tarea evangelizadora de la Iglesia: la religiosidad popular, amplias comunidades cristianas sacramentalizadas mas no evangelizadas, amplios sectores de la Iglesia y de la humanidad comprometidos con el ideal y la lucha por la liberación, amplios sectores de la Iglesia y de la humanidad secularizados o en proceso de secularización, numerosas corrientes culturales, filosóficas, ideológicas que cuestionan de raíz el mensaje y las praxis cristiana... Son algunos de los retos planteados a la misión evangelizadora de la Iglesia.

Ante estos retos, la Iglesia ha urgido la evangelización con fuertes acentos. Pero no es sólo la voz de la Iglesia la que testifica esta urgencia. La Iglesia se ha hecho portavoz de los clamores del pueblo. Y, como siempre, el clamor del pueblo suele ser un clamor sordo... El pueblo no puede explicitar su reclamo de evangelización, precisamente porque apenas ha sido evangelizado. A este nivel, sin culpa propia, se comporta como un adolescente: sabe que quiere y necesita algo, pero no sabe explicitar exactamente qué es lo que quiere y necesita. Con todo y el carácter sordo de su clamor, tiene pleno derecho a ser escuchado, porque tiene derecho a que se le anuncie el Evangelio, la Buena Noticia del Reino, mensaje de salvación para todas las gentes. El Reino tiene un carácter universalista, no es privilegio de unos pocos, destinado a ser conservado como un «depósito» intocable, por miedo a la contaminación o por falsas regionalizaciones del mismo. Esta fue la gran tentación del mundo judío y, precisamente por no superar esta gran tentación, el anuncio del Reino, que comenzó en su ámbito geográfico, quedó fuera de su ámbito espiritual. Vinieron de Oriente y de Occidente y les arrebataron el Reino a quienes se consideraban propietarios de la salvación. La evangelización tiene como destinatarios a todos los hombres de todos los tiempos y de todas las culturas. No es sólo la voz de la Iglesia, encargada de anunciar la Buena Noticia del Reino, la que urge la evangelización; es la voz del pueblo, el clamor sordo de los hombres, que exigen como un derecho propio que el Evangelio les sea anunciado.

2. Dominicos para evangelizar

La voz de la Iglesia y el clamor del pueblo se dan hoy cita para urgir la tarea evangelizadora. Y esta urgencia remite a los dominicos a sus orígenes, pues concuerda y otorga plena vigencia al original proyecto dominicano. El ideal de Domingo fue la evangelización. La Orden de Predicadores nació para la evangelización. El carisma fundacional de Domingo está marcado por la misión evangelizadora. La fidelidad de la Orden de Predicadores a su propio carisma fundacional coincide así, de forma extraordinaria, con la fidelidad al proyecto cristiano original, con la fidelidad a la Iglesia contemporánea, con la fidelidad al hombre contemporáneo. Los tres criterios básicos para la renovación de la Vida Religiosa, se dan aquí cita armónicamente para una renovación de la vida dominicana.

Hemos hablado ya del ideal evangelizador de Domingo en el contexto social y eclesial de la Edad Media. Hemos analizado también el proyecto fundacional de Domingo y su carisma evangelizador. En aquel contexto social y eclesial, la Predicación fue concebida como la única respuesta a los retos de la sociedad y de la Iglesia. Domingo, atento a los signos de los tiempos, vio nacer su vocación evangelizadora al contacto con la herejía y con el paganismo. Hasta aquí, el origen de su vocación es análogo al de tantos otros fundadores religiosos. La peculiaridad del proyecto de Domingo hay que buscarla precisamente en el puesto que otorga a la predicación. Es la actividad esencial de la Iglesia y será la actividad esencial de la Orden de Predicadores. El carisma dominicano adquiere aquí un perfil propio, distinto del de Francisco de Asís, del de Ignacio de Loyola...

El intento de la reforma gregoriana de la Iglesia llevaba ya siglos en el candelero, pero no había encontrado el verdadero punto de apoyo que podía llevarle a feliz término. Perdido en una lucha continua por el poder y la influencia temporal de la Iglesia, o distraído en el irritante terreno de la corrección disciplinar y moral del clero, apenas se podían advertir verdaderos signos de reforma en la Iglesia. Antes bien, era la herejía la que ganaba terreno. Domingo, con su sentido evangélico y su visión profética, cae en la cuenta de que no hay otro camino para la verdadera reforma de la Iglesia y para el servicio misionero eficaz a la sociedad, sino el camino de la predicación. Da de lado la poco evangélica lucha por el poder temporal de la Iglesia frente al Imperio. Ni las cruzadas mejor intencionadas pueden cuadrar dentro del verdadero espíritu evangélico. Sólo la Iglesia que se vacía del poder y el dominio temporal comienza a ser verdaderamente evangélica. La Iglesia evangélica no tiene más fuerza que el poder del Espíritu y de la Palabra, ni tiene más seña que el servicio humilde a la humanidad. Por eso, pensando evangélica y eclesialmente, Domingo, al igual que Pablo, se siente urgido al anuncio del Evangelio.

Tampoco desconoce Domingo la buena voluntad de quienes quieren comenzar la reforma eclesial y la tarea evangelizadora por la reforma disciplinar y moral del clero. Pero la considera empresa inútil e inviable, sí no está respaldada por un anuncio de la Buena Noticia del Reino. Si no se hace primero la luz, todo quedará en tinieblas, aún la ascesis, la disciplina y la moral. Esta visión de Domingo recuerda oportunamente el constante enfrentamiento entre Jesús de Nazaret que anuncia el Reino a los pobres y a los pecadores, y los fariseos que piensan forzar la venida del Reino a base del cumplimiento de la ley. Por eso, Domingo no intenta partir de la reforma del clero, y hasta prohíbe a sus predicadores que «pongan el grito en el cielo», es decir, que dirijan su evangelización hacia la denuncia frontal de los clérigos disolutos. El anuncio directo del Evangelio actuará por sí mismo, como en los primeros tiempos de la comunidad cristiana... y en todos los tiempos. La misión primordial de la nueva Orden será el anuncio del Evangelio, recogiendo el núcleo de la misión apostólica.

Ni considera Domingo suficiente quedarse en la mera predicación moral o en la exhortación penitencial de los predicadores populares ambulantes. Si esta predicación moral y esta exhortación a la penitencia y conversión no está respaldada por el anuncio del Reino de Dios, coloca al predicador y a los oyentes a nivel del Antiguo Testamento, privándoles de la Buena Noticia de la salvación que ha tenido lugar en Cristo Jesús y que es don y gracia. Por eso la predicación de Domingo será una predicación kerigmática, positiva, doctrinal... un anuncio desnudo del Evangelio, respaldado sólo con la fuerza del Espíritu y la fuerza de la misma Palabra. Sólo a partir de la «iluminación» se puede pensar en la conversión y en la reforma de las costumbres.

Y, como el Evangelio tiene un destino universal, Domingo no se queda en los estrechos límites de la cristiandad establecida o de la Iglesia institucional. No descarta la evangelización de los creyentes, pues la comunidad cristiana sólo se alimenta con el anuncio constante de la Palabra. Por eso reclama el derecho a predicar en las propias iglesias conventuales, frente a la oposición de canónigos y seculares. Pero insiste en sacar la predicación de los marcos rígidos de la Iglesia ya establecida. Son destinatarios preferidos de su evangelización los que se encuentran de la parte de fuera de la Iglesia institucional: los herejes y los paganos. Su predicación y la que él desea para su Orden es una predicación de fronteras, que rompe los marcos geográficos y teológicos en los que, con frecuencia, la Iglesia institucional quiere encerrar el Reino. Y el Reino está más allá de la Iglesia, aunque ésta esté llamada a ser signo y sacramento del Reino.

Este rápido recuento del ideal evangelizador de Domingo pone de relieve su plena vigencia. Coincide, en una forma sorprendente, con el ideal evangelizador de la Iglesia contemporánea y con el clamor del hombre contemporáneo por el anuncio de un Evangelio de Jesús, que anuncie salvación y liberación radicales, que no oculte la verdad del Reino. Ese ideal evangelizador es gloria de Domingo, el profeta que supo colocarse en la perspectiva del Evangelio para hacer Iglesia y ser luz y fermento en medio de los hombres. Para la Orden de Predicadores hoy no es gloria ni es motivo de un estéril triunfalismo que sólo conduce a vivir de cara al pasado, alimentándose de éxitos ajenos y glorias idas. Sencillamente, es reto, compromiso y responsabilidad ante el Evangelio de Jesús, ante los hombres de hoy y ante el propio carisma fundacional.

3. Una predicación de fronteras

Uno de los rasgos más significativos de la eclesiología posconciliar ha sido precisamente la nueva concepción de la misión evangelizadora de la Iglesia. Se ha abandonado progresivamente el concepto geográfico de misión, para implantar una concepción teológica de la misión evangelizadora. El concepto geográfico de misión dividía al mundo en áreas geográficas cristianas y áreas geográficas paganas. Desde esta perspectiva, la misión evangelizadora de la Iglesia estaba dirigida a los pueblos paganos. Así se había escrito la historia de las misiones en la edad moderna y contemporánea. Pero estas fronteras geográficas no cuadran bien con las verdaderas fronteras teológicas de la fe y con la concepción teológica de la misión evangelizadora. La división de la humanidad en espacios geográficos cristianos y paganos responde manifiestamente a una mentalidad de cristiandad, llamada a desaparecer definitivamente para bien del Evangelio y de la comunidad cristiana. Detrás de esa concepción geográfica de la misión y de esa mentalidad de cristiandad se esconden visiones políticas de la Iglesia, eclesiologías del poder y del prestigio, ideologías de dominio y colonización encubiertas por razonamientos teológicos. Y, lo que es más grave aún, encubren una falsa interpretación de la Iglesia y de la misión evangelizadora que no se compagina con las exigencias evangélicas del seguimiento de Jesús. La Iglesia de Jesús siente caer sobre sí misma todo el peso de las exigencias evangélicas de conversión, antes de - o por lo menos mientras- anunciar el Evangelio a la gentilidad.

Afortunadamente, la Iglesia posconciliar ha caído en la cuenta de esta dinámica evangélica de la comunidad cristiana, y ha pasado a una concepción teológica de la misión evangelizadora. La eclesiología fundamental ha planteado con claridad que la frontera entre la fe y la incredulidad no pasa por fronteras geográficas, sino que atraviesa el corazón del creyente y de la comunidad cristiana. Por eso ha entendido que la misión evangelizadora de la Iglesia no se dirige exclusivamente a los de fuera, sino también a los de dentro. Termina así una época de apologética, para entrar en una etapa de fundamentación cristiana. La concepción de la Iglesia como el lugar que monopoliza la salvación, la gracia, el bien y la verdad, cede el paso a una concepción de la Iglesia como un lugar de búsqueda de la salvación, la gracia, el bien y la verdad. Heredera de las promesas, la comunidad cristiana es el lugar privilegiado de la búsqueda, del seguimiento, de la fidelidad a Jesús. Por eso, es la comunidad cristiana la primera en ser llamada a la conversión. Consciente de que no coincide con el Reino, la Iglesia se sabe atravesada por la incredulidad, el pecado y la infidelidad, se sabe obligada a una autocrítica permanente y se confiesa necesitada de conversión. Pasando de una actitud de dominio, poder y prestigio social, a una actitud de servicio, debilidad y humildad... encuentra de nuevo el verdadero camino del seguimiento de Jesús.

Desde esta perspectiva, que recoge la mejor tradición de la comunidad cristiana primitiva siempre en lucha contra la frontera teológica del judaísmo, la Iglesia emprende un nuevo estilo de evangelización hacia adentro y hacia afuera de sí misma. Siente como su primer deber escuchar ella misma el Evangelio, el anuncio de la Buena Noticia del Reino, con todas sus implicaciones. Ni el polvo de las tradiciones, ni la rigidez de los dogmas, ni el miedo a perder dominio e influencia, ni los cálculos y oportunismos políticos... deben apartar a la Iglesia de este primer compromiso misionero. En este contexto se ubica el compromiso evangelizador de la comunidad cristiana frente a sí misma.

Domingo es un predicador de fronteras; los dominicos, siguiendo sus huellas, deben continuar siendo predicadores de fronteras. No están llamados a conservar, sino a abrir caminos. Es exigencia del carisma profético de la Orden. Su misión original es la «predicación a los fieles y a los infieles». Nadie está excluido de su evangelización, pero su tarea específica dentro de la Iglesia y de la humanidad es exactamente esa: la evangelización mediante la predicación de la Palabra.

Domingo es sacerdote, ciertamente, y ejerce el ministerio sacerdotal al interior de la comunidad cristiana. Pero este ejercicio del ministerio sacerdotal se centra en el primer paso hacia la construcción de la comunidad cristiana: el anuncio de la Palabra. El pastoreo de la comunidad cristiana establecida corresponde ya a otros sectores de la jerarquía. La memoria de este espíritu y de esta vocación apostólica de Domingo cuestiona hoy determinados ministerios de la Orden Dominicana, como es el ministerio parroquial, o, al menos, la orientación de los mismos.

Dentro de la geografía de la Iglesia establecida hay dos campos en los que sigue especialmente vigente el proyecto fundacional de Domingo: la religiosidad popular y el sector secularizado – otros lo llaman «poscristíano»- de los bautizados. En estas áreas se hace especialmente necesario hoy el anuncio del Evangelio, primer paso hacia la construcción de la comunidad cristiana. Y no se trata de caer en la trampa de una falsa alternativa: evangelización o sacramentalización. Plantear así el problema significa miopía pastoral. Se trata, en definitiva, de dar con la dinámica del nacimiento de la comunidad cristiana, recordando el hacer de Jesús y la praxis de las comunidades cristianas primitivas.

4. El desafío de la religiosidad popular

La gran masa de los bautizados entran en la categoría de lo que se ha dado en llamar «religiosidad popular». Su vinculación con la Iglesia se exterioriza a través de la profesión de la fe, a través de la práctica devocional y sacramental, entre sistemática y ocasional, a través de una conciencia moral que hace referencia a los mandamientos de Dios y de la Iglesia. No es momento de análisis y descripciones científicos; menos aún de juicios de valor. Pero sí es preciso subrayar que esta gran masa de bautizados se ha convertido hoy en un campo privilegiado para la evangelización.

En las raíces de esta «religiosidad popular» se encuentran las «semillas del verbo», como se encuentran en las diversas tradiciones religiosas y en las diversas culturas. Pero esas semillas apenas se han desarrollado por la ausencia o la deficiencia de la evangelización. El Verbo no ha sido explícitado en la fe y en la conciencia cristiana de quienes están bautizados y se profesan cristianos. Y es que los lazos de pertenencia a la Iglesia se reducen a la práctica cultual y a la referencia moral a los mandamientos de la Iglesia. El encuentro con Jesús, el descubrimiento del Reino, la fuerza del Espíritu, el seguimiento de Jesús... que sustentan la auténtica comunidad cristiana no se han hecho en la comunidad de bautizados conciencia viva, compromiso y responsabilidad liberadores.

La experiencia cristiana ha quedado así secuestrada en los estrechos límites del culto y de la moral, como sucediera en la tradición sacerdotal del mundo judío. Allí, la tradición de los profetas intentó una y otra vez romper estos márgenes estrechos de la fidelidad a Yahvé, para devolver a la promesa su carácter universal y, sobre todo, su capacidad para generar vida y justicia en medio del pueblo.

El enfrentamiento de Jesús con el templo y con la ley, con los sacerdotes y los fariseos, tiene esta misma motivación: devolver el Reino a los pobres y liberarlo del secuestro a que le tenían sometido los sacerdotes y los fariseos... Por eso, Jesús no comienza predicando moral, para que venga el Reino. Comienza predicando bienaventuranzas, porque el Reino ya está presente y se ofrece gratuitamente a quienes están dispuestos a recibirlo. Los que consideran ser poseedores del Reino naturalmente no escuchan el mensaje, antes bien asesinan al que lo anuncia. Su actitud de rechazo les condena a quedarse fuera del Reino. Por eso Jesús no comienza predicando la obligación del culto religioso, sino la obligación del amor al prójimo, sacramento de Dios. Los que se consideraban propietarios de Dios y creían tenerlo secuestrado en el templo, pasaron de largo, dieron un rodeo, y no se encontraron con el herido ni con Dios. Hicieron milagros, expulsaron demonios..., pero a la hora de la verdad el Señor les desconoció, porque nunca se habían encontrado con El.

Verdaderamente, ¿qué significan la práctica devocional y el culto cuando no son expresión del encuentro con el Señor en la vida? Cualquier cosa menos celebración de la fe en Jesús y celebración de la llegada del Reino -salvación y liberación- para los hombres. Cuando el culto está vacío de vida se convierte en un obstáculo para la búsqueda de Dios y el encuentro con Jesús, porque Dios sólo está allí donde está la vida y Jesús sólo está allí donde están los hombres. La comunidad primitiva jamás llamó al templo la «casa de Dios» -esta denominación tiene su origen en los templos paganos-; lo llamaron originalmente domus ecclesiae, la casa de la Iglesia, el lugar donde se reúnen los que han sido convocados por la fe en el Resucitado, para celebrar la vida que ha tomado cuerpo en sus relaciones fraternas de cada día.

Los sacramentos son sacramentos de fe, y nadie llega a la fe si no es por la escucha de la Palabra. Por eso, aunque la alternativa entre evangelización y sacramentalización sea falsa, es verdadera la jerarquización que pone prioridad en la evangelización. «Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea, y proclamaba la Buena Nueva de Dios: el tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva» (Mc. 1, 14-15). Es la fe en la Buena Nueva y la conversión a las nuevas exigencias del Reino lo que puede llenar de nuevo los moldes estériles de un culto vacío, y poner vino nuevo en odres nuevos. Este fue siempre el ideal de los profetas, denunciando un culto que pasa al margen de la vida o que camina en dirección contraria a la justicia y al derecho (Is. 1, 10-20). Esta es la pastoral de Jesús, enfrentado siempre con el sacerdocio judío y acusado al final de querer destruir el templo, ajusticiado por blasfemo. Fuera de la ciudad, después de purificar el templo, inaugura el verdadero culto con la entrega de su vida para redención de muchos. Quien quiera dar culto a Dios tendrá que encontrarse con Jesús, seguirle hasta la Cruz y reconocerle vivo de nuevo en Galilea. Esta fe pascual, que ha construido la comunidad de la Iglesia, sí podrá ser celebrada en un nuevo culto, en el sacramento del bautismo, de la reconciliación, de la comunión, de la fracción del pan por las casas.

El ideal de Domingo es una predicación de fronteras que abarca también las fronteras existentes dentro de la Iglesia institucional. Esas fronteras que separan lo sagrado y lo profano, la liturgia y la vida, el templo y la ciudad secular, la casa de Dios y la casa de los hombres. Rompiendo estas fronteras, el proyecto dominicano vuelve a cobrar todo el vigor cuando anuncia la Buena Noticia del Reino que convoca a los creyentes a una celebración viva de la salvación y de la liberación. El compromiso evangelizador de los dominicos les lleva hasta el corazón de la Iglesia institucional y de la masa de los bautizados para explicitar allí las semillas del Verbo, con frecuencia ocultas por unos esquemas cultuales rígidos y vacíos.

Y la moral, traducida en «los mandamientos de Dios y de la Iglesia». Junto con la profesión de fe y la práctica cultual, es el otro vínculo por el que la masa de los bautizados se confiesan cristianos. Pero una moral, que no está inspirada y motivada por la experiencia del Reino y por la fuerza del Espíritu, se convierte en una carga pesada e intolerable como la que imponían los escribas y los fariseos a la gente (Mt. 23, 4). En vez de acercar a Dios, distancia de El. En vez de conducir a la experiencia de salvación causa la impresión de ser una condena. En vez de liberar, esclaviza. La moral sólo es cristiana, cuando es fruto del descubrimiento del Reino. El anuncio de la Buena Noticia es el inicio de la fe y de la conversión.

La moral que ha llegado a la masa de los bautizados no ha pasado de ser en muchos casos una moral de preceptos y prohibiciones. Los códigos preceptivos y prohibitivos suelen obligar al hombre, pero no suelen convencerlo. Y éste ha sido el drama de la moral cristiana para la mayor parte de los bautizados. Pese a la insistencia de que el mensaje del Nuevo Testamento no tiene como núcleo una moral, sino el anuncio de la Buena Nueva del Reino, la enseñanza de la moral cristiana ha olvidado con frecuencia esta verdad, acarreando su propio descrédito. Con frecuencia se han invertido los términos: en vez de presentar las exigencias morales del cristianismo como una consecuencia lógica de la presencia del Reino, se ha supeditado la consecución del Reino a un comportamiento moral impecable.

Esta inversión de valores ha conducido a una presentación de la moral que se basa más en la fuerza del hombre que en la fuerza del Espíritu. El hombre cuenta sólo con sus fuerzas y con sus recursos ascéticos. Toda la obligación moral radica en la fuerza de la ley y del precepto, impuesto desde fuera por Dios o por sus representantes como una carga. Esta moral no se sustenta por sí misma. Por eso, debe ser reforzada desde fuera. La amenaza de un castigo resultó ser el recurso más fácil para imponer un moral, cuya dinámica interna era insuficiente. Y la amenaza de un castigo cobra cuotas insuperables cuando el castigo que se preconiza es una condenación eterna. De aquí a una moral de temor no hay más que un paso, y nada más distante de la moral cristiana que el temor, pues la experiencia básica de la auténtica comunidad de los seguidores de Jesús es la experiencia de filiación y de confianza.

Por otra parte, la imagen de Dios que subyace a una moral concebida como código de preceptos y prohibiciones sólo puede ser una imagen falsa de Dios, un Dios cruel y tirano que abusa de su omnipotencia. Esta es la imagen de Dios que prima en determinadas concepciones morales de corte veterotestamentario, constituidas e impuestas al margen de la dinámica interna que inspira la alianza de amor entre Dios y su pueblo. Este es el Dios apocalíptico y vengador que nada tiene que ver con el Dios Padre de Jesús.

También la moral debe ser liberada sobre la base de un anuncio de la Buena Noticia del Reino. Y este es el gran reto de la evangelización hoy al interior de la misma Iglesia. La memoria de los profetas y de Jesús, y la fidelidad al propio carisma, compromete a los dominicos hoy en esta ardua tarea.

Si Domingo optó por una predicación doctrinal y positiva, en vez de incorporarse a los grupos de predicadores de moral y penitencía, no fue por mero prurito de cambio y de novedad. Había allí un gesto profético y una visión aguda de lo que es la evangelización cristiana. Predicación doctrinal nunca significó para él mera instrucción religiosa, sino anuncio directo y frontal del kerigma cristiano. Predicación doctrinal significaba en aquel entonces el paso anterior y necesario para que la exhortación moral y penitencial tuviera sentido. Era el anuncio del Reino, cuya dinámica conduce a la penitencia y a la conversión. En el contexto de la Iglesia actual, este ideal de Domingo se torna especialmente significativo e iluminador, porque revela extraordinariamente la dinámica interna de la auténtica moral evangélica. Fieles a este ideal original, los dominicos están comprometidos con el rescate de la tradición profética judeo-cristiana que devuelve a la moral su inspiración original.

Ya los profetas del Antiguo Testamento recogen la mejor tradición de la moral deuteronomista, cuya base es la alianza, y enfrentan constantemente la moral del Levítico, asociada a la tradición sacerdotal y al culto. En ésta prevalecen las categorías de puro e impuro; en aquélla predominan las categorías de justicia y derecho. En la tradición sacerdotal el pecado se elimina mediante la purificación ritual. En la tradición profética, el pecado se elimina mediante la reconciliación y la reconstrucción de las relaciones rotas al interior de la comunidad. Para la tradición sacerdotal, la fuerza de la moral está en la fuerza de la ley. Para la tradición profética, la dinámica de la moral arranca desde las exigencias de la Alianza. La ley genera una religión cerrada que levanta fronteras entre los puros y los impuros, entre los judíos y los paganos, entre los amigos y los enemigos. La Alianza genera una religión abierta que tumba las murallas y construye la comunidad a base de urgir la justicia y el derecho entre los hombres como prolongación de las relaciones de amor entre Dios y su pueblo. Para la tradición sacerdotal, matar a los profetas es dar culto a Dios. Para la tradición profética, conocer a Dios es hacer justicia.

En tiempo de Jesús ambos sistemas están aún presentes. Su postura es tajante en favor de la tradición profética y contra la tradición sacerdotal. Sin renunciar a la ley, le devuelve su inspiración original que sólo puede hallarse en la Alianza. Profundiza esta inspiración original con base en las exigencias del Reino que predica y hace presente. Estas son, por encima de todo, exigencias de comunión y fraternidad. En este contexto es preciso leer el enfrentamiento constante de Jesús con los sacerdotes, representantes del templo y del culto, y con los escribas y fariseos, representantes de la ley. En este contexto es preciso comprender la reinterpretación del decálogo y de la ley desde las exigencias del Reino ya presente.

Todos los mandamientos se reducen a dos, que a su vez se reducen a uno: «Amarás a Dios en el prójimo». E incluso este mandamiento tiene su raíz en un hecho anterior: «El nos amó primero» (I Jn., 4, 19). Este es el fundamento que imprime a la moral una dimensión verdaderamente evangélica. No está el hombre en función de la ley y del sábado, sino el sábado y la ley en función del hombre, es decir, en función del amor y de la vida. No está la vida en función del culto, sino el culto en función de la vida. No están los hombres en función de los bienes materiales, sino los bienes materiales en función de la vida y la comunión humana. Las bienaventuranzas del Reino son para los marginados de la sociedad, porque de nuevo pertenecen a la comunidad con pleno derecho. El ideal de toda moral evangélica es la construcción de una comunidad fraterna basada en unas relaciones de comunión y reconciliación, sobre el fundamento de la común filiación divina de todos los hombres. Pecado es lo que quebranta esta comunión; justicia es lo que hace posible la comunidad de los hombres entre sí y con Dios.

El ideal evangelizador de Domingo y la orientación de su predicación fue en el siglo XIII y vuelve a ser hoy un fiel recordatorio del anuncio del Reino presente en la predicación y en el hacer de Jesús. El ideal evangelizador de Domingo y la orientación de su predicación se convierte hoy en un reto y un compromiso para los dominicos en el interior mismo de la comunidad de bautizados. La Iglesia se encuentra hoy ante numerosas masas de bautizados que han sido sacramentalizados y a quienes apenas se les ha evangelizado. Y se encuentra hoy con una religiosidad popular marcada por el ritualismo, el clericalismo, el moralismo. La predicación dominicana enfrenta hoy el reto de franquear estas fronteras que atraviesan el corazón de la Iglesia institucional y de la comunidad cristiana: la frontera entre la sacramentalización y la evangelización, la frontera entre el culto y la vida, la frontera entre la moral y el Evangelio.

5. Secularismo y predicación

Pero, más allá de la religiosidad popular, hay otra frontera que señala nuevos campos a la evangelización de los dominicos. Es la frontera del secularismo. El lenguaje es nuevo y sería ingenuidad histórica buscar situaciones idénticas en la vida de Domingo. Esta se encuentra a siete siglos de distancia de nosotros. Sin embargo, en el espíritu de Domingo hay actitudes que pueden ser ilustrativas para nosotros hoy.

Domingo concibe su proyecto apostólico como un proyecto universalista y misionero. No se deja atrapar en los estrechos límites de un monasterio, de una iglesia parroquial, de una diócesis. La fórmula de profesión, no ligada con el voto de estabilidad en una iglesia, es un dato significativo. La búsqueda de una aprobación en Roma, cuando ya había recibido la misión del Obispo Fulco para la diócesis de Tolosa, es el mejor testimonio de catolicidad y universalismo. Su vocación apostólica y su proyecto fundacional no se circunscriben a los límites de la Iglesia ya establecida. Tienen en la mira el mundo pagano, cuya evangelización fue ideal permanente para Domingo desde su primer contacto con el paganismo en su viaje a las Marcas... Y, al interior de la geografía cristiana, otra frontera es campo privilegiado de evangelización para Domingo y sus compañeros: la frontera que separa la comunidad cristiana de la herejía. Domingo es infatigable en la evangelización de los herejes, pero frente a ellos adopta una sabia actitud de discernimiento: si censura en ellos su maniqueísmo y la falsificación del mensaje evangélico, también sabe reconocer su celo en la predicación y las costumbres y hábitos evangélicos de sus predicadores.

Este espíritu de Domingo y este ideal evangelizador se convierte hoy en un reto y un compromiso para los dominicos. Más allá de la masa cristiana vinculada a la Iglesia institucional por el culto y la moral está la masa secularizada distante de la catequesis y la predicación del templo. También ellos tienen derecho a que se les anuncie el Evangelio. Y ellos no son simples minorías a las que alegremente se les pudiera acusar de indiferentes, malintencionados o resentidos. Son las grandes masas de la sociedad contemporánea en medio de las sociedades tradicionalmente cristianas. También ellos son buscadores de la verdad y receptivos frente al auténtico mensaje evangélico.

Sus resentimientos tienen con frecuencia origen en la experiencia de un culto vacío, de una moral farisaica, de una mensaje cristiano que no recoge el anuncio del Reino de Dios. Son masas de marginados sociales que ven a la Iglesia como aliada con los poderosos. Son masas obreras que ven a la Iglesia encerrada en sus templos y despreocupada de los problemas de la justicia. Son masas de intelectuales que ven a la Iglesia cerrada en sus dogmatismos y ajena al diálogo con la cultura. Sí la Iglesia se encierra en el templo, si los agentes evangelizadores se encierran en las casas parroquiales, nunca el anuncio del Evangelio llegará a estas masas en proceso de secularización. La predicación dominicana de fronteras tiene aquí un reto y un compromiso para la evangelización del mundo contemporáneo.

¿Es la secularización la herejía del siglo XX? Al igual que hizo Santo Domingo con las herejías medievales, habría que discernir. Efectivamente, hay un proceso de secularización que sólo conduce al secularismo, a una interpretación autárquica o idolátrica del mundo y de las realidades terrenas. Este secularismo excluye positivamente cualquier referencia a lo trascendente. La palabra «Dios» sólo esconde una ilusión inútil y el sentimiento religioso es sólo la suprema alienación del hombre, incapaz de asumir sus responsabilidades históricas, incapaz de convertirse en dueño y protagonista de su propio destino individual y colectivo. La afirmación de Dios implica y postula la negación del hombre, y viceversa. En esta interpretación secular del mundo y de la historia no hay lugar para la experiencia de lo numinoso, lo místico, lo trascendente, lo religioso... El mundo y la historia están cerrados sobre sí mismos y el futuro escatológico sólo puede brotar de las entrañas del mundo y de la historia humana.

Resuenan aquí los radicales cuestionamientos hechos al mensaje cristiano y a la Iglesia por parte de los grandes maestros de la sospecha: Nietzsche, Marx, Freud..., aquéllos que sospechan mentira y engaño detrás de los dogmas y de las morales religiosas. Pero nada ha conseguido la Iglesia con anatemas y condenaciones. No basta tildarlos de herejes para neutralizar la creciente influencia de esta crítica de la religión entre nuestros contemporáneos. Sus cuestionamientos son radicales y apuntan certeramente a patentes falsificaciones del mensaje y de la praxis cristiana. La respuesta no puede ser el anatema y la simple condena. Sus cuestionamientos llaman a la comunidad cristiana a la autocrítica honesta y al diálogo humilde. «Del anatema al diálogo», es un título adecuado para definir el camino de conversión que debe recorrer la pastoral cristiana. Ante este reto planteado a la evangelización de poco sirve la pastoral de conservación y la predicación apologética. Sólo una pastoral fundamental, que arranque desde el Evangelio desnudo y desde una praxis evangélica de la comunidad cristiana, podrá entrar en diálogo con estas áreas de la cultura contemporánea. Y, en este diálogo, saldrán beneficiados, sin género de duda, ambos interlocutores. Las preguntas más radicales del hombre, los clamores más profundos de la historia, han sido y seguirán siendo un campo hermenéutico propicio para escuchar e interpretar la respuesta reveladora de Dios. Dios se revela a través de la historia humana.

El espíritu de Domingo y el carisma fundacional dominicano comprometen a los dominicos del siglo XX en este diálogo evangelizador. Quizá es este el campo específico en el que los dominicos deben prestar hoy a la Iglesia su aporte específico, fieles al Evangelio, fieles a su carisma, fieles a la historia de los hombres. Este diálogo tiene lugar más allá del templo y de la parroquia. Tiene lugar en las fronteras de la Iglesia establecida, allí donde se gesta esta cultura secular. Los centros de investigación, las universidades, los medios de comunicación social, los centros de movilización de masas... son lugares preferenciales para este diálogo evangelizador.

Por otra parte, no todo proceso de secularización se caracteriza por este radicalismo, ni conduce a este secularismo. Es especialmente en este proceso de secularización donde la Iglesia debe ejercer un discernimiento profético, porque aquí hay algo más que mera militancia antirreligiosa. Hay un proceso de secularización que sólo reclama los justos derechos de lo secular, la autonomía que corresponde a las realidades terrenas. La teología contemporánea se ha percatado de estos valores positivos que subyacen en este proceso de secularización. El Concilio Vaticano II dio un paso decisivo en el diálogo con este proceso al reconocer una legítima autonomía al mundo, al hombre y a la historia. Desde aquí, el diálogo ha resultado más fundamental y menos apologético, y la Iglesia ha comenzado a aprender de los cuestionamientos saludables que la secularización le ha venido haciendo.

Ha habido en este proceso de secularización un justo y saludable correctivo de imágenes de Dios falsas o falsificadas que distancian al creyente del cristianismo oficial e institucional. No hay aquí una ruptura de la referencia del hombre y de la historia humana a lo trascendente, a lo numinoso, a lo místico, a lo religioso. Sólo hay una búsqueda de la experiencia religiosa por caminos distintos y más amplios que los estrechos esquemas dogmáticos y culturales en los que el cristianismo oficial ha pretendido encerrar al Dios vivo de la Biblia. No se niega a Dios, pero sí se establece una justa rebelión contra las falsas imágenes de Dios que distan mucho de revelar al Dios de Jesús, al Dios que interviene para revelar su Reino a los pobres y a los pecadores, al Dios que hace justicia al oprimido, al Dios de la vida que ha venido a llamar y a reconciliar a los pecadores. Son imágenes contrarias al Dios de la vida que está más allá del culto vacío, imágenes contrarias al Dios del Reino que está más allá de la moral farisaica. Son imágenes falsas de un Dios secuestrado por la religiosidad oficial, una religiosidad que no permite brotar la experiencia cristiana en medio de la historia humana. Estos falsos dioses tienen que morir, para que aparezca el Dios que vive y hace vivir. La idolatría, el pecado más grave contra la Alianza en el Antiguo Testamento, sigue siendo la gran tentación en los nuevos tiempos de la Iglesia. La secularización que destruye estos falsos dioses y acaba con los ídolos revestidos de legitimidad oficial, es un signo de los tiempos de gracia por los que atraviesan actualmente la humanidad y la comunidad cristiana. Gracias a esta desarticulación y desconstrucción del aparato religioso, puede ir apareciendo radiante el Dios de Jesús resucitado en medio de la comunidad cristiana y en medio de la humanidad.

Ese mismo proceso de secularización está ayudando a la misma Iglesia a redescubrir la pureza de su misión evangélica y su condición de humilde servidora en medio de la historia humana. Los tiempos modernos han sustraído progresivamente las actividades temporales del enfeudamiento eclesial al que habían estado sometidas en un régimen de cristiandad. La política, la economía, la cultura... han ido ganando progresivamente su justa autonomía, para regirse por los cánones de la propia racionalidad científica. La sociedad y la historia han pasado a ser manejadas por centros de poder temporales, y el hombre ha ido reclamando cada vez más su derecho a erigirse en protagonista de su propia historia. Es la justa y legítima autonomía de las realidades temporales, cuya conquista ha sido notablemente beneficiosa para la misma Iglesia, aun cuando haya sido en muchos casos una conquista lograda contra la voluntad y la intencionalidad de la misma Iglesia institucional.

¿Significa necesariamente esta autonomía de las realidades terrenas la negación de toda función histórica de la experiencia cristiana y de la Iglesia? En absoluto. Más bien, se trata de un paso importante hacia la redefinición de la experiencia cristiana y de la función histórica de la Iglesia. Lo que ha tenido lugar en esta conquista de la autonomía temporal ha sido precisamente una pérdida del poder y de la influencia temporal de la Iglesia. Y es ésta una pérdida beneficiosa, porque no es éste el poder y la influencia que competen a la Iglesia de Jesucristo. Las tentaciones de Jesús en el desierto han seguido siendo las tentaciones de la Iglesia y ésta ha caído en ellas más de una vez, reforzando su misión evangelizadora con el poderío político, con la prosperidad económica, con el prestigio social. Estas regionalizaciones del Reino que trasciende todo proyecto histórico, se han convertido con frecuencia en obstáculo para el fiel cumplimiento de la misión histórica de la Iglesia. A medida que la Iglesia va siendo despojada del poder político, de la abundancia material, del prestigio social, se encuentra en situación de redescubrir con más nitidez su estatuto original de comunidad seguidora de Jesús por el camino de la Cruz y del anonadamiento, su vocación original de servidora de la Buena Noticia del Reino a los pobres. La teología del Vaticano II fue un paso trascendental en esta vuelta de la Iglesia a sus genuinos orígenes. Entre la crítica y la persecución por parte de propios y extraños, la reflexión teológica posconciliar se esfuerza por sacar a la luz los tesoros escondidos del mensaje evangélico y las exigencias más radicales del auténtico seguimiento de Jesús. La pérdida de poder y de influencia social es otro signo de los tiempos que se ha convertido en tiempo de gracia para la comunidad cristiana. Lejos de perder función histórica, la comunidad cristiana descubre cada vez con más claridad su vocación de servicio humilde a la humanidad mediante el anuncio del Evangelio con su palabra y con su vida. Esta es su misión histórica, misión tan específica que sólo los seguidores de Jesús pueden llevar a cabo.

En este proceso de secularización ha tenido lugar al mismo tiempo una desclerícalización de la experiencia cristiana. Vuelve a resonar aquí aquel enfrentamiento constante de Jesús con la casta sacerdotal, que encerraba las promesas en el templo y negaba a los de afuera toda entrada al Reino que no fuera por la puerta del culto. Jesús se coloca de la parte de fuera de esta tradición sacerdotal, y sin embargo se presenta a sí mismo como el cumplimiento de las promesas y como la puerta de entrada al Reino. Enfrenta también a los escribas que ni entran ni dejan entrar a los demás en el Reino. Jesús rompe las fronteras del culto y de la ley para que las promesas lleguen a todos, aunque no sean de la raza de Abrahán. Y este universalismo es visto como una traición a la tradición religiosa de Israel por aquellos que se consideran a sí mismos guardianes de la ortodoxia. Sin embargo, los que vienen de fuera se adelantan en la entrada al Reino. Pecadores, publicanos, prostitutas, paganos... acaban por arrebatar el Reino a los de la raza de Abrahán. Esta es la paradoja del Evangelio de Jesús, aceptado por los gentiles y rechazado por los judíos. Bajo este signo comienza su historia la comunidad cristiana.

El actual proceso de secularización y desclericalización tiene algo que ver con esta situación original de la evangelización. Las luchas por la liberación y la justicia han comenzado a brotar fuera del recinto institucional de la Iglesia, fuera de las murallas del templo, fuera del culto hierático de la liturgia. Y en medio de esas luchas ha brotado también la experiencia cristiana en su sabor original. En medio de esas luchas muchos «secularizados» han comenzado a escuchar las bienaventuranzas y el anuncio de la Buena Noticia del Reino, mientras comprendían qué significa verdaderamente «dar la vida por los hermanos». Las «semillas del Verbo» han comenzado a brotar en medio de la ciudad secular y allí ha comenzado a celebrarse la liturgia de la vida y de la muerte, la liturgia de la esperanza y de la libertad, la liturgia de la justicia y de la verdad. La secularización no ha significado aquí una pérdida de referencia a los trascendente, a lo numinoso, a lo místico, a lo religioso. Al contrario, ha sido precisamente en ese proceso donde se han dado las condiciones reales para un reencuentro con el Dios vivo de la Biblia, con el Dios de Jesús, con la originalidad del ser y del quehacer cristiano. Desde allí se reclama hoy una evangelización más acorde con el Evangelio de Jesús y una liturgia más cercana a la vida de los hombres. Desde ahí se pide hoy a gritos una explicitación de la experiencia de Dios que se reveló en Jesús. Esta es la misión esencial de la comunidad cristiana.

Fieles al espíritu evangelizador de Domingo y a su propio carisma fundacional, los Dominicos enfrentan hoy el reto y el compromiso de la Evangelización en medio de una humanidad en proceso de secularización, pero que, al mismo tiempo, reclama con justicia su derecho a que se le anuncie el auténtico Evangelio de Jesús. La Iglesia de las últimas décadas ha urgido insistentemente esta tarea de la evangelización. La humanidad la reclama en medio de sus interrogantes y de su búsqueda de sentido. La racionalidad no agota la totalidad de sentido del mundo y de la historia. Por eso, tras el proceso de secularización, tras la autonomía de las realidades terrenas, tras el progreso científico sin precedentes, quedan pendientes una serie de interrogantes fundamentales cuya respuesta se ha de buscar más allá del mundo empírico. Nunca la humanidad había echado tan en falta como hoy la experiencia de lo trascendente, de lo numinoso, de lo místico... Por eso, la evangelización no es ya para los dominicos una mera exigencia de la fidelidad a sus orígenes y a su carisma. Es exigencia de fidelidad a la voz de la Iglesia y al clamor de la humanidad contemporánea.

Pero esta evangelización debe rebasar las fronteras de la Iglesia institucional y de la comunidad cristiana ya establecida. Acorde con el proyecto fundacional de Domingo, ha de ser una evangelización universalista. Debe trascender también los límites de una predicación moralizante y de una catequesis cultual. Ha de ser un anuncio positivo del Reino de Dios y una denuncia profética de cuanto contradice las exigencias del Reino. La humanidad actual necesita profetas, maestros espirituales, testigos de Dios, antes que predicadores moralizantes y apocalípticos. El Reino de Dios es gracia y sólo desde su carácter gratuito es posible comprender sus exigencias radicales. Sólo la experiencia del Reino como don da valor y consistencia a la moral del seguimiento de Jesús. El anuncio directo del Reino de Dios hace inútil los sermones de moral veterotestamentaria, las amenazas apocalípticas, y los consejos de rebajas. Domingo se reveló profeta cuando entendió la predicación como un anuncio positivo y kerigmático de la Palabra de Dios, respaldada sólo por la fuerza del Espíritu y la vida evangélica del predicador. Esa misma inspiración y ese mismo espíritu debe animar la predicación de los dominicos hoy.

Lo propio del profeta, del maestro espiritual, del testigo de Dios es abrir el mundo y la historia a la trascendencia sin distanciarles de su proceso autonómico. Disciernen con agudeza espiritual la historia de salvación y liberación que Dios realiza en medio de la historia humana. Hacen presente el Reino en medio de un mundo secular. Su anuncio es Buena Noticia para quienes piensan poseerlo en propiedad. Su presencia es densa y devuelve al mundo una apertura hacia lo Absoluto. Su palabra genera vida y esperanza, porque anuncia un Dios que hace justicia y hace vivir a los muertos. El mundo actual necesita de estos profetas, de estos maestros espirituales, de estos testigos de Dios. Necesita este tipo de predicación y de anuncio de la Buena Noticia del Reino. Siguiendo las huellas y el ideal original de Domingo, los Dominicos están hoy enfrentados a este reto y este compromiso, si quieren ser fieles al Evangelio, al carisma fundacional y al hombre contemporáneo. Este debe ser su estilo de predicación. Este es su aporte específico a la Iglesia y a la humanidad.

(Fuente : Martínez, Felicisímo. Domingo de Guzman Evangelio Viviente. Editorial San Esteban, 1991.)


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