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una reunión de Alcohólicos Anónimos,
se analizaba el primero de los Doce Pasos. Reza así:
«Admitimos que éramos impotentes ante el
alcohol, que nuestras vidas se habían vuelto
ingobernables». Y todos los miembros, uno tras
otro, hacían énfasis en la experiencia
de «tocar fondo». El «tocar fondo»
es, para el alcohólico, algo así como
el momento de la iluminación, el momento en que
se hace la luz sobre la verdadera situación en
que se encuentra el alcohólico y que nunca antes
había sido capaz de aceptar con honestidad. Ni
las súplicas de la esposa y de los hijos, ni
las advertencias del médico, ni los consejos
del sacerdote, ni los regaños justificados del
amigo íntimo, ni los propios propósitos,
sinceros pero pasajeros, habían sido capaces
de poner los fundamentos sólidos de un proceso
conducente definitivamente a la sobriedad. Sólo
el día en que el alcohólico «tocó
fondo», el día en que cayó en la
cuenta de su verdadera situación... comenzó
este proceso. «Caer en la cuenta». Esta
fue la frase repetida una y otra vez por los miembros
de aquella reunión, como quien estaba dando con
la clave de un cambio radical en su vida. Nadie habló
allí de grandes ideas o de grandes programas,
de fuerza de voluntad o de grandes propósitos,
de vigilancia o controles externos, menos aún
de ascesis o de moral voluntarista. El problema era
otro. Era un problema de «luz», de «iluminación»,
lo que se estaba manejando allí.
1.
La evangelización, misión de la Iglesia
No
se habló del Evangelio de Jesús, porque
se estaba analizando la vida del hombre en otra clave,
en clave meramente humana, psicológica, en clave
de mera memoria histórica. Pero en el trasfondo
de los testimonios había importantes analogías
con ese drama de luz y tinieblas que nos presenta cada
página del Evangelio. Abundantes textos sagrados
hubieran cuadrado perfectamente en aquella reunión.
«La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu
ojo está sano, todo tu cuerpo estará luminoso;
pero si tu ojo está malo, todo tu cuerpo estará
a oscuras. Y, si la luz que hay en ti es oscuridad,
¡qué oscuridad habrá! (Mt. 6, 22-23).
La Escritura está atravesada de textos sobre
la luz y las tienieblas. La historia de la salvación
está atravesada por el drama de la luz y las
tinieblas. Un drama que se hace especialmente patente
en el Evangelio de Juan. «En ella (la Palabra)
estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres,
y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no
la vencieron... La Palabra era la luz verdadera que
ilumina a todo hombre que viene a este mundo... Vino
a su casa y los suyos no la recibieron» Un. 1,
4-11). «Y el juicio está en que vino la
luz al mundo y los hombres amaron más las tinieblas
que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el
que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para
que no sean censuradas sus obras. Pero el que obra la
verdad, va a la luz para que quede de manifiesto que
sus obras están hechas según Dios»
Un. 3, 19-21). Y así sigue desenvolviendo el
Evangelio de Juan el enfrentamiento entre la luz del
Reino y las tinieblas de quienes lo rechazan, entre
la visión y la ceguera, entre la fe y la incredulidad...
entre la revelación del Reino en Jesús
y la oposición de los judíos a esta revelación.
Pero aquí hay algo más que mera conciencia
psicológica; aquí se trata ya del gran
don de la luz, de una verdadera «iluminación»
que nace de lo alto.
Planteado
así el problema radical de la experiencia cristiana,
las bases de la comunidad cristiana, es fácil
comprender ya la trascendencia de la misión apostólica.
«Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse
una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco
se enciende una lámpara y la ponen debajo del
celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre
a todos los que están en la casa. Brille así
vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras
buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está
en los cielos» (Mt. 5, 14-16). «Id por todo
el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación.
El que crea y sea bautizado, se salvará; el que
no crea, se condenará...» (Mc. 16, 15).
«...Recibiréis la fuerza del Espíritu
Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis
mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría,
y hasta los confines de la tierra» (Hech., 1,
8). Es la vocación esencialmente misionera y
evangelizadora de la comunidad cristiana. Es la gran
tarea de la Iglesia, que continúa a lo largo
de los siglos la misión apostólica del
grupo de los Doce.
La
fidelidad a esta vocación misionera y evangelizadora
ha sido siempre la respuesta a las grandes crisis de
la historia de la Iglesia y de la humanidad. Y esa misma
fidelidad en el anuncio del Evangelio ha conducido a
su vez a la comunidad cristiana a sus más altas
cuotas de fidelidad en el seguimiento de Jesús,
de fidelidad a los valores y las exigencias del Reino.
Cuotas que no se miden por ningún tipo de triunfalismo
temporal, llámese poder político, influencia
social, prosperidad material, prestigio cultural...,
sino, al contrario, por la única medida de la
radicalidad evangélica, llámese firmeza
en la fe, constancia en la esperanza, servicio humilde
en el amor, martirio en la persecución... Por
aquí camina la dinámica del Reino anunciado
y realizado en Jesús, el Cristo, convertido en
fermento y luz en medio de las naciones.
Esta
fue la intuición básica de la Iglesia
al poner la evangelización como su vocación
esencial para dar respuesta a una humanidad que busca
incesantemente el Absoluto al interior de las situaciones
históricas, siempre conflictivas y llenas de
interrogantes... Bajo esta clave se puede estudiar toda
la historia de la Iglesia. Bajo esta clave se puede
analizar la actual reflexión de la Iglesia sobre
su propia naturaleza y su compromiso con la humanidad.
Una reflexión que se ha hecho especialmente intensa
a partir del Concilio Vaticano II.
El
mundo contemporáneo no puede ocultar su crisis.
Las ciencias sociales hablan de una «transculturación»
como característica más destacada de este
siglo XX, ya a punto de terminar. El año 2000
se presenta a la humanidad actual como un gran interrogante.
Los valores del pasado -la tradición- parecen
haberse diluido y no garantizan a la humanidad contemporánea
unas bases firmes para atravesar la coyuntura de esta
transculturación. Numerosas ideologías
encontradas se han dado cita en una crítica indiscriminada
contra esos valores, y han arrancado a la vez la cizaña
y el trigo, dejando a la humanidad a la intemperie,
sin poder «hacer pie» en los valores heredados
de la historia.
Los
recelos y resentimientos frente al pasado han arrojado,
como sucede siempre, una profunda inseguridad sobre
el presente. La transculturación alude al paso
hacia una sociedad cualitativamente distinta, hacía
un hombre cualitativamente nuevo. Los cambios experimentados
por la humanidad en este siglo, a todos los niveles,
cultural, político, económico, social,
religioso..., han sido y siguen siendo tan veloces,
que el hombre se siente con frecuencia impotente para
asimilarlos, integrarlos y manejarlos. Es como si la
historia se le hubiera ido de las manos al hombre, como
si el timón de la humanidad hubiera pasado a
manos de duendes invisibles. «El aprendiz de brujo
vuelve a ser una imagen fiel del hombre que ha hipotecado
su señorío y su libertad a la causa del
progreso». Este, convertido en ídolo, se
está vengando de sus adoradores.
El
recelo frente al pasado y la inseguridad del presente
ponen a su vez en peligro la esperanza de la humanidad
enfrentada con el futuro. Las palabras del Insensato,
de F. Nietzsche, tras anunciar la muerte de Dios, reflejan
bien esta angustia sorda del hombre de finales del siglo
XX enfrentado con su futuro: «¿Cómo
hemos podido obrar así? ¿Cómo hemos
podido vaciar el mar? ¿Quién nos ha dado
la esponja para vaciar el horizonte? ¿Qué
hemos hecho cuando hemos separado esta tierra de la
cadena de su sol? ¿Adónde le conducen
ahora sus movimientos? ¿Lejos de todos los soles?
¿No caemos sin cesar? ¿Hacia adelante,
hacia atrás, de lado, de todos los lados? ¿Todavía
hay un abajo y un arriba? ¿No erramos como a
través de una nada infinita? El vacío,
¿no nos persigue con su hálito? ¿No
hace más frío? ¿No véis
oscurecer cada vez más, cada vez más?
¿No es necesario encender linternas a pleno día?»
(Aforismo 125 de La Gaya Ciencia).
El
texto de Nietzsche suena dramático y, para muchos,
exagerado. Por eso hablamos de angustia sorda, porque
la conciencia siempre va detrás de los hechos,
y lleva su tiempo el «caer en la cuenta»
de estos. El mismo aforismo de Nietzsche afirma un poco
más adelante: «He llegado demasiado pronto,
dijo el insensato. No es mi tiempo aún. Este
acontecimiento enorme está en camino, marcha,
todavía no ha llegado hasta los oídos
de los hombres. Es necesario dar tiempo al relámpago
y al trueno, es necesario dar tiempo a la luz de los
astros, tiempo a las acciones, cuando ya se han realizado,
para ser vistas y oídas». Con todo y su
exageración, el texto refleja bien la crisis
de identidad que ronda a la humanidad del siglo XX,
aun cuando sean pocos los que han tomado conciencia
lúcida de esa crisis. ¡Cómo le cuesta
a la humanidad reconocer sus propios fracasos! ¡Qué
amargo es el canto del profeta encargado de entonar
denuncias! Por eso han muerto tantos profetas.
¿No
es la misión de la Iglesia convertirse en conciencia
de la humanidad? ¿No es su misión profética
denunciar fracasos y anunciar esperanzas? ¿Se
echará atrás ante quien la golpea porque
no gusta de sus canciones? Si ella se calla, ¿quién
anunciará la Buena Noticia del Reino de Dios?
Si ella se calla, gritarán las piedras.
En
medio de estos interrogantes, que suenan a Evangelio,
ha brotado pujante en las últimas décadas
la urgencia de la evangelización como tarea prioritaria
de la Iglesia. Los textos que han subrayado esta urgencia
de la evangelización son demasiado conocidos.
No es preciso transcribirlos. Basta evocar nombres y
acontecimientos. Juan XXIII, y Pablo VI, y Juan Pablo
1, y Juan Pablo II. El Concilio Vaticano II, y el Sínodo
de los Obispos, y la II Conferencia General del Episcopado
Latinoamericano en Medellín, y la III Conferencia
General del Episcopado Latinoamericano en Puebla...
Y la Evangelización del Mundo contemporáneo,
de Pablo VI. Y la Evangelización en el presente
y en el futuro de América Latina, de los Obispos
reunidos en Puebla.
Detrás
de estos nombres y acontecimientos hay una afirmación
central: la razón de ser de la Iglesia, su vocación
esencial, su naturaleza íntima, es la evangelización
en todas sus formas. La Iglesia está en medio
de la humanidad para evangelizar. La Iglesia es esencialmente
misionera en medio de los pueblos.
Y
no se trata de una mera obligación moral, prescrita
por este o el otro texto de los cuatro Evangelios o
de cualquier otro texto bíblico. Si, por una
hipótesis, desapareciera la Escritura, la comunidad
cristiana mantendría igualmente viva la conciencia
de que su razón de ser y su vocación esencial
es la evangelización... Aquí hay algo
más que una mera obligación moral, más
que una mera fidelidad a unos textos del pasado. Se
trata de la naturaleza misma de la comunidad cristiana.
La voz de la Iglesia, que ha resonado firme a través
de los últimos Papas, del Concilio, de Medellín,
de Puebla... urgiendo la tarea de la evangelización,
no es un simple consejo o un precepto que exige como
respuesta la obediencia a una ley moral. Esa voz refleja,
más bien, la conciencia viva de una Iglesia que,
si abandona la evangelización no sólo
deja de ser fiel al Evangelio; simplemente deja de ser
la Iglesia de Jesucristo, aunque permanezca intacto
todo el aparato eclesial. La evangelización es
la vocación esencial de la Iglesia; sólo
por eso se convierte consiguientemente en una obligación
irrenunciable.
La
conciencia de la prioridad y de la urgencia de la evangelización
se ha convertido en un signo de los tiempos en el intento
renovador eclesial posconciliar. Son muchos los campos
que urgen esta tarea evangelizadora de la Iglesia: la
religiosidad popular, amplias comunidades cristianas
sacramentalizadas mas no evangelizadas, amplios sectores
de la Iglesia y de la humanidad comprometidos con el
ideal y la lucha por la liberación, amplios sectores
de la Iglesia y de la humanidad secularizados o en proceso
de secularización, numerosas corrientes culturales,
filosóficas, ideológicas que cuestionan
de raíz el mensaje y las praxis cristiana...
Son algunos de los retos planteados a la misión
evangelizadora de la Iglesia.
Ante
estos retos, la Iglesia ha urgido la evangelización
con fuertes acentos. Pero no es sólo la voz de
la Iglesia la que testifica esta urgencia. La Iglesia
se ha hecho portavoz de los clamores del pueblo. Y,
como siempre, el clamor del pueblo suele ser un clamor
sordo... El pueblo no puede explicitar su reclamo de
evangelización, precisamente porque apenas ha
sido evangelizado. A este nivel, sin culpa propia, se
comporta como un adolescente: sabe que quiere y necesita
algo, pero no sabe explicitar exactamente qué
es lo que quiere y necesita. Con todo y el carácter
sordo de su clamor, tiene pleno derecho a ser escuchado,
porque tiene derecho a que se le anuncie el Evangelio,
la Buena Noticia del Reino, mensaje de salvación
para todas las gentes. El Reino tiene un carácter
universalista, no es privilegio de unos pocos, destinado
a ser conservado como un «depósito»
intocable, por miedo a la contaminación o por
falsas regionalizaciones del mismo. Esta fue la gran
tentación del mundo judío y, precisamente
por no superar esta gran tentación, el anuncio
del Reino, que comenzó en su ámbito geográfico,
quedó fuera de su ámbito espiritual. Vinieron
de Oriente y de Occidente y les arrebataron el Reino
a quienes se consideraban propietarios de la salvación.
La evangelización tiene como destinatarios a
todos los hombres de todos los tiempos y de todas las
culturas. No es sólo la voz de la Iglesia, encargada
de anunciar la Buena Noticia del Reino, la que urge
la evangelización; es la voz del pueblo, el clamor
sordo de los hombres, que exigen como un derecho propio
que el Evangelio les sea anunciado.
2.
Dominicos para evangelizar
La
voz de la Iglesia y el clamor del pueblo se dan hoy
cita para urgir la tarea evangelizadora. Y esta urgencia
remite a los dominicos a sus orígenes, pues concuerda
y otorga plena vigencia al original proyecto dominicano.
El ideal de Domingo fue la evangelización. La
Orden de Predicadores nació para la evangelización.
El carisma fundacional de Domingo está marcado
por la misión evangelizadora. La fidelidad de
la Orden de Predicadores a su propio carisma fundacional
coincide así, de forma extraordinaria, con la
fidelidad al proyecto cristiano original, con la fidelidad
a la Iglesia contemporánea, con la fidelidad
al hombre contemporáneo. Los tres criterios básicos
para la renovación de la Vida Religiosa, se dan
aquí cita armónicamente para una renovación
de la vida dominicana.
Hemos
hablado ya del ideal evangelizador de Domingo en el
contexto social y eclesial de la Edad Media. Hemos analizado
también el proyecto fundacional de Domingo y
su carisma evangelizador. En aquel contexto social y
eclesial, la Predicación fue concebida como la
única respuesta a los retos de la sociedad y
de la Iglesia. Domingo, atento a los signos de los tiempos,
vio nacer su vocación evangelizadora al contacto
con la herejía y con el paganismo. Hasta aquí,
el origen de su vocación es análogo al
de tantos otros fundadores religiosos. La peculiaridad
del proyecto de Domingo hay que buscarla precisamente
en el puesto que otorga a la predicación. Es
la actividad esencial de la Iglesia y será la
actividad esencial de la Orden de Predicadores. El carisma
dominicano adquiere aquí un perfil propio, distinto
del de Francisco de Asís, del de Ignacio de Loyola...
El
intento de la reforma gregoriana de la Iglesia llevaba
ya siglos en el candelero, pero no había encontrado
el verdadero punto de apoyo que podía llevarle
a feliz término. Perdido en una lucha continua
por el poder y la influencia temporal de la Iglesia,
o distraído en el irritante terreno de la corrección
disciplinar y moral del clero, apenas se podían
advertir verdaderos signos de reforma en la Iglesia.
Antes bien, era la herejía la que ganaba terreno.
Domingo, con su sentido evangélico y su visión
profética, cae en la cuenta de que no hay otro
camino para la verdadera reforma de la Iglesia y para
el servicio misionero eficaz a la sociedad, sino el
camino de la predicación. Da de lado la poco
evangélica lucha por el poder temporal de la
Iglesia frente al Imperio. Ni las cruzadas mejor intencionadas
pueden cuadrar dentro del verdadero espíritu
evangélico. Sólo la Iglesia que se vacía
del poder y el dominio temporal comienza a ser verdaderamente
evangélica. La Iglesia evangélica no tiene
más fuerza que el poder del Espíritu y
de la Palabra, ni tiene más seña que el
servicio humilde a la humanidad. Por eso, pensando evangélica
y eclesialmente, Domingo, al igual que Pablo, se siente
urgido al anuncio del Evangelio.
Tampoco
desconoce Domingo la buena voluntad de quienes quieren
comenzar la reforma eclesial y la tarea evangelizadora
por la reforma disciplinar y moral del clero. Pero la
considera empresa inútil e inviable, sí
no está respaldada por un anuncio de la Buena
Noticia del Reino. Si no se hace primero la luz, todo
quedará en tinieblas, aún la ascesis,
la disciplina y la moral. Esta visión de Domingo
recuerda oportunamente el constante enfrentamiento entre
Jesús de Nazaret que anuncia el Reino a los pobres
y a los pecadores, y los fariseos que piensan forzar
la venida del Reino a base del cumplimiento de la ley.
Por eso, Domingo no intenta partir de la reforma del
clero, y hasta prohíbe a sus predicadores que
«pongan el grito en el cielo», es decir,
que dirijan su evangelización hacia la denuncia
frontal de los clérigos disolutos. El anuncio
directo del Evangelio actuará por sí mismo,
como en los primeros tiempos de la comunidad cristiana...
y en todos los tiempos. La misión primordial
de la nueva Orden será el anuncio del Evangelio,
recogiendo el núcleo de la misión apostólica.
Ni
considera Domingo suficiente quedarse en la mera predicación
moral o en la exhortación penitencial de los
predicadores populares ambulantes. Si esta predicación
moral y esta exhortación a la penitencia y conversión
no está respaldada por el anuncio del Reino de
Dios, coloca al predicador y a los oyentes a nivel del
Antiguo Testamento, privándoles de la Buena Noticia
de la salvación que ha tenido lugar en Cristo
Jesús y que es don y gracia. Por eso la predicación
de Domingo será una predicación kerigmática,
positiva, doctrinal... un anuncio desnudo del Evangelio,
respaldado sólo con la fuerza del Espíritu
y la fuerza de la misma Palabra. Sólo a partir
de la «iluminación» se puede pensar
en la conversión y en la reforma de las costumbres.
Y,
como el Evangelio tiene un destino universal, Domingo
no se queda en los estrechos límites de la cristiandad
establecida o de la Iglesia institucional. No descarta
la evangelización de los creyentes, pues la comunidad
cristiana sólo se alimenta con el anuncio constante
de la Palabra. Por eso reclama el derecho a predicar
en las propias iglesias conventuales, frente a la oposición
de canónigos y seculares. Pero insiste en sacar
la predicación de los marcos rígidos de
la Iglesia ya establecida. Son destinatarios preferidos
de su evangelización los que se encuentran de
la parte de fuera de la Iglesia institucional: los herejes
y los paganos. Su predicación y la que él
desea para su Orden es una predicación de fronteras,
que rompe los marcos geográficos y teológicos
en los que, con frecuencia, la Iglesia institucional
quiere encerrar el Reino. Y el Reino está más
allá de la Iglesia, aunque ésta esté
llamada a ser signo y sacramento del Reino.
Este
rápido recuento del ideal evangelizador de Domingo
pone de relieve su plena vigencia. Coincide, en una
forma sorprendente, con el ideal evangelizador de la
Iglesia contemporánea y con el clamor del hombre
contemporáneo por el anuncio de un Evangelio
de Jesús, que anuncie salvación y liberación
radicales, que no oculte la verdad del Reino. Ese ideal
evangelizador es gloria de Domingo, el profeta que supo
colocarse en la perspectiva del Evangelio para hacer
Iglesia y ser luz y fermento en medio de los hombres.
Para la Orden de Predicadores hoy no es gloria ni es
motivo de un estéril triunfalismo que sólo
conduce a vivir de cara al pasado, alimentándose
de éxitos ajenos y glorias idas. Sencillamente,
es reto, compromiso y responsabilidad ante el Evangelio
de Jesús, ante los hombres de hoy y ante el propio
carisma fundacional.
3. Una predicación de fronteras
Uno
de los rasgos más significativos de la eclesiología
posconciliar ha sido precisamente la nueva concepción
de la misión evangelizadora de la Iglesia. Se
ha abandonado progresivamente el concepto geográfico
de misión, para implantar una concepción
teológica de la misión evangelizadora.
El concepto geográfico de misión dividía
al mundo en áreas geográficas cristianas
y áreas geográficas paganas. Desde esta
perspectiva, la misión evangelizadora de la Iglesia
estaba dirigida a los pueblos paganos. Así se
había escrito la historia de las misiones en
la edad moderna y contemporánea. Pero estas fronteras
geográficas no cuadran bien con las verdaderas
fronteras teológicas de la fe y con la concepción
teológica de la misión evangelizadora.
La división de la humanidad en espacios geográficos
cristianos y paganos responde manifiestamente a una
mentalidad de cristiandad, llamada a desaparecer definitivamente
para bien del Evangelio y de la comunidad cristiana.
Detrás de esa concepción geográfica
de la misión y de esa mentalidad de cristiandad
se esconden visiones políticas de la Iglesia,
eclesiologías del poder y del prestigio, ideologías
de dominio y colonización encubiertas por razonamientos
teológicos. Y, lo que es más grave aún,
encubren una falsa interpretación de la Iglesia
y de la misión evangelizadora que no se compagina
con las exigencias evangélicas del seguimiento
de Jesús. La Iglesia de Jesús siente caer
sobre sí misma todo el peso de las exigencias
evangélicas de conversión, antes de -
o por lo menos mientras- anunciar el Evangelio a la
gentilidad.
Afortunadamente,
la Iglesia posconciliar ha caído en la cuenta
de esta dinámica evangélica de la comunidad
cristiana, y ha pasado a una concepción teológica
de la misión evangelizadora. La eclesiología
fundamental ha planteado con claridad que la frontera
entre la fe y la incredulidad no pasa por fronteras
geográficas, sino que atraviesa el corazón
del creyente y de la comunidad cristiana. Por eso ha
entendido que la misión evangelizadora de la
Iglesia no se dirige exclusivamente a los de fuera,
sino también a los de dentro. Termina así
una época de apologética, para entrar
en una etapa de fundamentación cristiana. La
concepción de la Iglesia como el lugar que monopoliza
la salvación, la gracia, el bien y la verdad,
cede el paso a una concepción de la Iglesia como
un lugar de búsqueda de la salvación,
la gracia, el bien y la verdad. Heredera de las promesas,
la comunidad cristiana es el lugar privilegiado de la
búsqueda, del seguimiento, de la fidelidad a
Jesús. Por eso, es la comunidad cristiana la
primera en ser llamada a la conversión. Consciente
de que no coincide con el Reino, la Iglesia se sabe
atravesada por la incredulidad, el pecado y la infidelidad,
se sabe obligada a una autocrítica permanente
y se confiesa necesitada de conversión. Pasando
de una actitud de dominio, poder y prestigio social,
a una actitud de servicio, debilidad y humildad... encuentra
de nuevo el verdadero camino del seguimiento de Jesús.
Desde
esta perspectiva, que recoge la mejor tradición
de la comunidad cristiana primitiva siempre en lucha
contra la frontera teológica del judaísmo,
la Iglesia emprende un nuevo estilo de evangelización
hacia adentro y hacia afuera de sí misma. Siente
como su primer deber escuchar ella misma el Evangelio,
el anuncio de la Buena Noticia del Reino, con todas
sus implicaciones. Ni el polvo de las tradiciones, ni
la rigidez de los dogmas, ni el miedo a perder dominio
e influencia, ni los cálculos y oportunismos
políticos... deben apartar a la Iglesia de este
primer compromiso misionero. En este contexto se ubica
el compromiso evangelizador de la comunidad cristiana
frente a sí misma.
Domingo
es un predicador de fronteras; los dominicos, siguiendo
sus huellas, deben continuar siendo predicadores de
fronteras. No están llamados a conservar, sino
a abrir caminos. Es exigencia del carisma profético
de la Orden. Su misión original es la «predicación
a los fieles y a los infieles». Nadie está
excluido de su evangelización, pero su tarea
específica dentro de la Iglesia y de la humanidad
es exactamente esa: la evangelización mediante
la predicación de la Palabra.
Domingo
es sacerdote, ciertamente, y ejerce el ministerio sacerdotal
al interior de la comunidad cristiana. Pero este ejercicio
del ministerio sacerdotal se centra en el primer paso
hacia la construcción de la comunidad cristiana:
el anuncio de la Palabra. El pastoreo de la comunidad
cristiana establecida corresponde ya a otros sectores
de la jerarquía. La memoria de este espíritu
y de esta vocación apostólica de Domingo
cuestiona hoy determinados ministerios de la Orden Dominicana,
como es el ministerio parroquial, o, al menos, la orientación
de los mismos.
Dentro de la geografía de la Iglesia establecida
hay dos campos en los que sigue especialmente vigente
el proyecto fundacional de Domingo: la religiosidad
popular y el sector secularizado – otros lo llaman
«poscristíano»- de los bautizados.
En estas áreas se hace especialmente necesario
hoy el anuncio del Evangelio, primer paso hacia la construcción
de la comunidad cristiana. Y no se trata de caer en
la trampa de una falsa alternativa: evangelización
o sacramentalización. Plantear así el
problema significa miopía pastoral. Se trata,
en definitiva, de dar con la dinámica del nacimiento
de la comunidad cristiana, recordando el hacer de Jesús
y la praxis de las comunidades cristianas primitivas.
4.
El desafío de la religiosidad popular
La
gran masa de los bautizados entran en la categoría
de lo que se ha dado en llamar «religiosidad popular».
Su vinculación con la Iglesia se exterioriza
a través de la profesión de la fe, a través
de la práctica devocional y sacramental, entre
sistemática y ocasional, a través de una
conciencia moral que hace referencia a los mandamientos
de Dios y de la Iglesia. No es momento de análisis
y descripciones científicos; menos aún
de juicios de valor. Pero sí es preciso subrayar
que esta gran masa de bautizados se ha convertido hoy
en un campo privilegiado para la evangelización.
En
las raíces de esta «religiosidad popular»
se encuentran las «semillas del verbo»,
como se encuentran en las diversas tradiciones religiosas
y en las diversas culturas. Pero esas semillas apenas
se han desarrollado por la ausencia o la deficiencia
de la evangelización. El Verbo no ha sido explícitado
en la fe y en la conciencia cristiana de quienes están
bautizados y se profesan cristianos. Y es que los lazos
de pertenencia a la Iglesia se reducen a la práctica
cultual y a la referencia moral a los mandamientos de
la Iglesia. El encuentro con Jesús, el descubrimiento
del Reino, la fuerza del Espíritu, el seguimiento
de Jesús... que sustentan la auténtica
comunidad cristiana no se han hecho en la comunidad
de bautizados conciencia viva, compromiso y responsabilidad
liberadores.
La
experiencia cristiana ha quedado así secuestrada
en los estrechos límites del culto y de la moral,
como sucediera en la tradición sacerdotal del
mundo judío. Allí, la tradición
de los profetas intentó una y otra vez romper
estos márgenes estrechos de la fidelidad a Yahvé,
para devolver a la promesa su carácter universal
y, sobre todo, su capacidad para generar vida y justicia
en medio del pueblo.
El
enfrentamiento de Jesús con el templo y con la
ley, con los sacerdotes y los fariseos, tiene esta misma
motivación: devolver el Reino a los pobres y
liberarlo del secuestro a que le tenían sometido
los sacerdotes y los fariseos... Por eso, Jesús
no comienza predicando moral, para que venga el Reino.
Comienza predicando bienaventuranzas, porque el Reino
ya está presente y se ofrece gratuitamente a
quienes están dispuestos a recibirlo. Los que
consideran ser poseedores del Reino naturalmente no
escuchan el mensaje, antes bien asesinan al que lo anuncia.
Su actitud de rechazo les condena a quedarse fuera del
Reino. Por eso Jesús no comienza predicando la
obligación del culto religioso, sino la obligación
del amor al prójimo, sacramento de Dios. Los
que se consideraban propietarios de Dios y creían
tenerlo secuestrado en el templo, pasaron de largo,
dieron un rodeo, y no se encontraron con el herido ni
con Dios. Hicieron milagros, expulsaron demonios...,
pero a la hora de la verdad el Señor les desconoció,
porque nunca se habían encontrado con El.
Verdaderamente,
¿qué significan la práctica devocional
y el culto cuando no son expresión del encuentro
con el Señor en la vida? Cualquier cosa menos
celebración de la fe en Jesús y celebración
de la llegada del Reino -salvación y liberación-
para los hombres. Cuando el culto está vacío
de vida se convierte en un obstáculo para la
búsqueda de Dios y el encuentro con Jesús,
porque Dios sólo está allí donde
está la vida y Jesús sólo está
allí donde están los hombres. La comunidad
primitiva jamás llamó al templo la «casa
de Dios» -esta denominación tiene su origen
en los templos paganos-; lo llamaron originalmente domus
ecclesiae, la casa de la Iglesia, el lugar donde se
reúnen los que han sido convocados por la fe
en el Resucitado, para celebrar la vida que ha tomado
cuerpo en sus relaciones fraternas de cada día.
Los
sacramentos son sacramentos de fe, y nadie llega a la
fe si no es por la escucha de la Palabra. Por eso, aunque
la alternativa entre evangelización y sacramentalización
sea falsa, es verdadera la jerarquización que
pone prioridad en la evangelización. «Después
que Juan fue entregado, marchó Jesús a
Galilea, y proclamaba la Buena Nueva de Dios: el tiempo
se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca;
convertíos y creed en la Buena Nueva» (Mc.
1, 14-15). Es la fe en la Buena Nueva y la conversión
a las nuevas exigencias del Reino lo que puede llenar
de nuevo los moldes estériles de un culto vacío,
y poner vino nuevo en odres nuevos. Este fue siempre
el ideal de los profetas, denunciando un culto que pasa
al margen de la vida o que camina en dirección
contraria a la justicia y al derecho (Is. 1, 10-20).
Esta es la pastoral de Jesús, enfrentado siempre
con el sacerdocio judío y acusado al final de
querer destruir el templo, ajusticiado por blasfemo.
Fuera de la ciudad, después de purificar el templo,
inaugura el verdadero culto con la entrega de su vida
para redención de muchos. Quien quiera dar culto
a Dios tendrá que encontrarse con Jesús,
seguirle hasta la Cruz y reconocerle vivo de nuevo en
Galilea. Esta fe pascual, que ha construido la comunidad
de la Iglesia, sí podrá ser celebrada
en un nuevo culto, en el sacramento del bautismo, de
la reconciliación, de la comunión, de
la fracción del pan por las casas.
El
ideal de Domingo es una predicación de fronteras
que abarca también las fronteras existentes dentro
de la Iglesia institucional. Esas fronteras que separan
lo sagrado y lo profano, la liturgia y la vida, el templo
y la ciudad secular, la casa de Dios y la casa de los
hombres. Rompiendo estas fronteras, el proyecto dominicano
vuelve a cobrar todo el vigor cuando anuncia la Buena
Noticia del Reino que convoca a los creyentes a una
celebración viva de la salvación y de
la liberación. El compromiso evangelizador de
los dominicos les lleva hasta el corazón de la
Iglesia institucional y de la masa de los bautizados
para explicitar allí las semillas del Verbo,
con frecuencia ocultas por unos esquemas cultuales rígidos
y vacíos.
Y
la moral, traducida en «los mandamientos de Dios
y de la Iglesia». Junto con la profesión
de fe y la práctica cultual, es el otro vínculo
por el que la masa de los bautizados se confiesan cristianos.
Pero una moral, que no está inspirada y motivada
por la experiencia del Reino y por la fuerza del Espíritu,
se convierte en una carga pesada e intolerable como
la que imponían los escribas y los fariseos a
la gente (Mt. 23, 4). En vez de acercar a Dios, distancia
de El. En vez de conducir a la experiencia de salvación
causa la impresión de ser una condena. En vez
de liberar, esclaviza. La moral sólo es cristiana,
cuando es fruto del descubrimiento del Reino. El anuncio
de la Buena Noticia es el inicio de la fe y de la conversión.
La
moral que ha llegado a la masa de los bautizados no
ha pasado de ser en muchos casos una moral de preceptos
y prohibiciones. Los códigos preceptivos y prohibitivos
suelen obligar al hombre, pero no suelen convencerlo.
Y éste ha sido el drama de la moral cristiana
para la mayor parte de los bautizados. Pese a la insistencia
de que el mensaje del Nuevo Testamento no tiene como
núcleo una moral, sino el anuncio de la Buena
Nueva del Reino, la enseñanza de la moral cristiana
ha olvidado con frecuencia esta verdad, acarreando su
propio descrédito. Con frecuencia se han invertido
los términos: en vez de presentar las exigencias
morales del cristianismo como una consecuencia lógica
de la presencia del Reino, se ha supeditado la consecución
del Reino a un comportamiento moral impecable.
Esta
inversión de valores ha conducido a una presentación
de la moral que se basa más en la fuerza del
hombre que en la fuerza del Espíritu. El hombre
cuenta sólo con sus fuerzas y con sus recursos
ascéticos. Toda la obligación moral radica
en la fuerza de la ley y del precepto, impuesto desde
fuera por Dios o por sus representantes como una carga.
Esta moral no se sustenta por sí misma. Por eso,
debe ser reforzada desde fuera. La amenaza de un castigo
resultó ser el recurso más fácil
para imponer un moral, cuya dinámica interna
era insuficiente. Y la amenaza de un castigo cobra cuotas
insuperables cuando el castigo que se preconiza es una
condenación eterna. De aquí a una moral
de temor no hay más que un paso, y nada más
distante de la moral cristiana que el temor, pues la
experiencia básica de la auténtica comunidad
de los seguidores de Jesús es la experiencia
de filiación y de confianza.
Por
otra parte, la imagen de Dios que subyace a una moral
concebida como código de preceptos y prohibiciones
sólo puede ser una imagen falsa de Dios, un Dios
cruel y tirano que abusa de su omnipotencia. Esta es
la imagen de Dios que prima en determinadas concepciones
morales de corte veterotestamentario, constituidas e
impuestas al margen de la dinámica interna que
inspira la alianza de amor entre Dios y su pueblo. Este
es el Dios apocalíptico y vengador que nada tiene
que ver con el Dios Padre de Jesús.
También
la moral debe ser liberada sobre la base de un anuncio
de la Buena Noticia del Reino. Y este es el gran reto
de la evangelización hoy al interior de la misma
Iglesia. La memoria de los profetas y de Jesús,
y la fidelidad al propio carisma, compromete a los dominicos
hoy en esta ardua tarea.
Si
Domingo optó por una predicación doctrinal
y positiva, en vez de incorporarse a los grupos de predicadores
de moral y penitencía, no fue por mero prurito
de cambio y de novedad. Había allí un
gesto profético y una visión aguda de
lo que es la evangelización cristiana. Predicación
doctrinal nunca significó para él mera
instrucción religiosa, sino anuncio directo y
frontal del kerigma cristiano. Predicación doctrinal
significaba en aquel entonces el paso anterior y necesario
para que la exhortación moral y penitencial tuviera
sentido. Era el anuncio del Reino, cuya dinámica
conduce a la penitencia y a la conversión. En
el contexto de la Iglesia actual, este ideal de Domingo
se torna especialmente significativo e iluminador, porque
revela extraordinariamente la dinámica interna
de la auténtica moral evangélica. Fieles
a este ideal original, los dominicos están comprometidos
con el rescate de la tradición profética
judeo-cristiana que devuelve a la moral su inspiración
original.
Ya
los profetas del Antiguo Testamento recogen la mejor
tradición de la moral deuteronomista, cuya base
es la alianza, y enfrentan constantemente la moral del
Levítico, asociada a la tradición sacerdotal
y al culto. En ésta prevalecen las categorías
de puro e impuro; en aquélla predominan las categorías
de justicia y derecho. En la tradición sacerdotal
el pecado se elimina mediante la purificación
ritual. En la tradición profética, el
pecado se elimina mediante la reconciliación
y la reconstrucción de las relaciones rotas al
interior de la comunidad. Para la tradición sacerdotal,
la fuerza de la moral está en la fuerza de la
ley. Para la tradición profética, la dinámica
de la moral arranca desde las exigencias de la Alianza.
La ley genera una religión cerrada que levanta
fronteras entre los puros y los impuros, entre los judíos
y los paganos, entre los amigos y los enemigos. La Alianza
genera una religión abierta que tumba las murallas
y construye la comunidad a base de urgir la justicia
y el derecho entre los hombres como prolongación
de las relaciones de amor entre Dios y su pueblo. Para
la tradición sacerdotal, matar a los profetas
es dar culto a Dios. Para la tradición profética,
conocer a Dios es hacer justicia.
En
tiempo de Jesús ambos sistemas están aún
presentes. Su postura es tajante en favor de la tradición
profética y contra la tradición sacerdotal.
Sin renunciar a la ley, le devuelve su inspiración
original que sólo puede hallarse en la Alianza.
Profundiza esta inspiración original con base
en las exigencias del Reino que predica y hace presente.
Estas son, por encima de todo, exigencias de comunión
y fraternidad. En este contexto es preciso leer el enfrentamiento
constante de Jesús con los sacerdotes, representantes
del templo y del culto, y con los escribas y fariseos,
representantes de la ley. En este contexto es preciso
comprender la reinterpretación del decálogo
y de la ley desde las exigencias del Reino ya presente.
Todos
los mandamientos se reducen a dos, que a su vez se reducen
a uno: «Amarás a Dios en el prójimo».
E incluso este mandamiento tiene su raíz en un
hecho anterior: «El nos amó primero»
(I Jn., 4, 19). Este es el fundamento que imprime a
la moral una dimensión verdaderamente evangélica.
No está el hombre en función de la ley
y del sábado, sino el sábado y la ley
en función del hombre, es decir, en función
del amor y de la vida. No está la vida en función
del culto, sino el culto en función de la vida.
No están los hombres en función de los
bienes materiales, sino los bienes materiales en función
de la vida y la comunión humana. Las bienaventuranzas
del Reino son para los marginados de la sociedad, porque
de nuevo pertenecen a la comunidad con pleno derecho.
El ideal de toda moral evangélica es la construcción
de una comunidad fraterna basada en unas relaciones
de comunión y reconciliación, sobre el
fundamento de la común filiación divina
de todos los hombres. Pecado es lo que quebranta esta
comunión; justicia es lo que hace posible la
comunidad de los hombres entre sí y con Dios.
El
ideal evangelizador de Domingo y la orientación
de su predicación fue en el siglo XIII y vuelve
a ser hoy un fiel recordatorio del anuncio del Reino
presente en la predicación y en el hacer de Jesús.
El ideal evangelizador de Domingo y la orientación
de su predicación se convierte hoy en un reto
y un compromiso para los dominicos en el interior mismo
de la comunidad de bautizados. La Iglesia se encuentra
hoy ante numerosas masas de bautizados que han sido
sacramentalizados y a quienes apenas se les ha evangelizado.
Y se encuentra hoy con una religiosidad popular marcada
por el ritualismo, el clericalismo, el moralismo. La
predicación dominicana enfrenta hoy el reto de
franquear estas fronteras que atraviesan el corazón
de la Iglesia institucional y de la comunidad cristiana:
la frontera entre la sacramentalización y la
evangelización, la frontera entre el culto y
la vida, la frontera entre la moral y el Evangelio.
5.
Secularismo y predicación
Pero,
más allá de la religiosidad popular, hay
otra frontera que señala nuevos campos a la evangelización
de los dominicos. Es la frontera del secularismo. El
lenguaje es nuevo y sería ingenuidad histórica
buscar situaciones idénticas en la vida de Domingo.
Esta se encuentra a siete siglos de distancia de nosotros.
Sin embargo, en el espíritu de Domingo hay actitudes
que pueden ser ilustrativas para nosotros hoy.
Domingo
concibe su proyecto apostólico como un proyecto
universalista y misionero. No se deja atrapar en los
estrechos límites de un monasterio, de una iglesia
parroquial, de una diócesis. La fórmula
de profesión, no ligada con el voto de estabilidad
en una iglesia, es un dato significativo. La búsqueda
de una aprobación en Roma, cuando ya había
recibido la misión del Obispo Fulco para la diócesis
de Tolosa, es el mejor testimonio de catolicidad y universalismo.
Su vocación apostólica y su proyecto fundacional
no se circunscriben a los límites de la Iglesia
ya establecida. Tienen en la mira el mundo pagano, cuya
evangelización fue ideal permanente para Domingo
desde su primer contacto con el paganismo en su viaje
a las Marcas... Y, al interior de la geografía
cristiana, otra frontera es campo privilegiado de evangelización
para Domingo y sus compañeros: la frontera que
separa la comunidad cristiana de la herejía.
Domingo es infatigable en la evangelización de
los herejes, pero frente a ellos adopta una sabia actitud
de discernimiento: si censura en ellos su maniqueísmo
y la falsificación del mensaje evangélico,
también sabe reconocer su celo en la predicación
y las costumbres y hábitos evangélicos
de sus predicadores.
Este
espíritu de Domingo y este ideal evangelizador
se convierte hoy en un reto y un compromiso para los
dominicos. Más allá de la masa cristiana
vinculada a la Iglesia institucional por el culto y
la moral está la masa secularizada distante de
la catequesis y la predicación del templo. También
ellos tienen derecho a que se les anuncie el Evangelio.
Y ellos no son simples minorías a las que alegremente
se les pudiera acusar de indiferentes, malintencionados
o resentidos. Son las grandes masas de la sociedad contemporánea
en medio de las sociedades tradicionalmente cristianas.
También ellos son buscadores de la verdad y receptivos
frente al auténtico mensaje evangélico.
Sus
resentimientos tienen con frecuencia origen en la experiencia
de un culto vacío, de una moral farisaica, de
una mensaje cristiano que no recoge el anuncio del Reino
de Dios. Son masas de marginados sociales que ven a
la Iglesia como aliada con los poderosos. Son masas
obreras que ven a la Iglesia encerrada en sus templos
y despreocupada de los problemas de la justicia. Son
masas de intelectuales que ven a la Iglesia cerrada
en sus dogmatismos y ajena al diálogo con la
cultura. Sí la Iglesia se encierra en el templo,
si los agentes evangelizadores se encierran en las casas
parroquiales, nunca el anuncio del Evangelio llegará
a estas masas en proceso de secularización. La
predicación dominicana de fronteras tiene aquí
un reto y un compromiso para la evangelización
del mundo contemporáneo.
¿Es
la secularización la herejía del siglo
XX? Al igual que hizo Santo Domingo con las herejías
medievales, habría que discernir. Efectivamente,
hay un proceso de secularización que sólo
conduce al secularismo, a una interpretación
autárquica o idolátrica del mundo y de
las realidades terrenas. Este secularismo excluye positivamente
cualquier referencia a lo trascendente. La palabra «Dios»
sólo esconde una ilusión inútil
y el sentimiento religioso es sólo la suprema
alienación del hombre, incapaz de asumir sus
responsabilidades históricas, incapaz de convertirse
en dueño y protagonista de su propio destino
individual y colectivo. La afirmación de Dios
implica y postula la negación del hombre, y viceversa.
En esta interpretación secular del mundo y de
la historia no hay lugar para la experiencia de lo numinoso,
lo místico, lo trascendente, lo religioso...
El mundo y la historia están cerrados sobre sí
mismos y el futuro escatológico sólo puede
brotar de las entrañas del mundo y de la historia
humana.
Resuenan
aquí los radicales cuestionamientos hechos al
mensaje cristiano y a la Iglesia por parte de los grandes
maestros de la sospecha: Nietzsche, Marx, Freud...,
aquéllos que sospechan mentira y engaño
detrás de los dogmas y de las morales religiosas.
Pero nada ha conseguido la Iglesia con anatemas y condenaciones.
No basta tildarlos de herejes para neutralizar la creciente
influencia de esta crítica de la religión
entre nuestros contemporáneos. Sus cuestionamientos
son radicales y apuntan certeramente a patentes falsificaciones
del mensaje y de la praxis cristiana. La respuesta no
puede ser el anatema y la simple condena. Sus cuestionamientos
llaman a la comunidad cristiana a la autocrítica
honesta y al diálogo humilde. «Del anatema
al diálogo», es un título adecuado
para definir el camino de conversión que debe
recorrer la pastoral cristiana. Ante este reto planteado
a la evangelización de poco sirve la pastoral
de conservación y la predicación apologética.
Sólo una pastoral fundamental, que arranque desde
el Evangelio desnudo y desde una praxis evangélica
de la comunidad cristiana, podrá entrar en diálogo
con estas áreas de la cultura contemporánea.
Y, en este diálogo, saldrán beneficiados,
sin género de duda, ambos interlocutores. Las
preguntas más radicales del hombre, los clamores
más profundos de la historia, han sido y seguirán
siendo un campo hermenéutico propicio para escuchar
e interpretar la respuesta reveladora de Dios. Dios
se revela a través de la historia humana.
El
espíritu de Domingo y el carisma fundacional
dominicano comprometen a los dominicos del siglo XX
en este diálogo evangelizador. Quizá es
este el campo específico en el que los dominicos
deben prestar hoy a la Iglesia su aporte específico,
fieles al Evangelio, fieles a su carisma, fieles a la
historia de los hombres. Este diálogo tiene lugar
más allá del templo y de la parroquia.
Tiene lugar en las fronteras de la Iglesia establecida,
allí donde se gesta esta cultura secular. Los
centros de investigación, las universidades,
los medios de comunicación social, los centros
de movilización de masas... son lugares preferenciales
para este diálogo evangelizador.
Por
otra parte, no todo proceso de secularización
se caracteriza por este radicalismo, ni conduce a este
secularismo. Es especialmente en este proceso de secularización
donde la Iglesia debe ejercer un discernimiento profético,
porque aquí hay algo más que mera militancia
antirreligiosa. Hay un proceso de secularización
que sólo reclama los justos derechos de lo secular,
la autonomía que corresponde a las realidades
terrenas. La teología contemporánea se
ha percatado de estos valores positivos que subyacen
en este proceso de secularización. El Concilio
Vaticano II dio un paso decisivo en el diálogo
con este proceso al reconocer una legítima autonomía
al mundo, al hombre y a la historia. Desde aquí,
el diálogo ha resultado más fundamental
y menos apologético, y la Iglesia ha comenzado
a aprender de los cuestionamientos saludables que la
secularización le ha venido haciendo.
Ha
habido en este proceso de secularización un justo
y saludable correctivo de imágenes de Dios falsas
o falsificadas que distancian al creyente del cristianismo
oficial e institucional. No hay aquí una ruptura
de la referencia del hombre y de la historia humana
a lo trascendente, a lo numinoso, a lo místico,
a lo religioso. Sólo hay una búsqueda
de la experiencia religiosa por caminos distintos y
más amplios que los estrechos esquemas dogmáticos
y culturales en los que el cristianismo oficial ha pretendido
encerrar al Dios vivo de la Biblia. No se niega a Dios,
pero sí se establece una justa rebelión
contra las falsas imágenes de Dios que distan
mucho de revelar al Dios de Jesús, al Dios que
interviene para revelar su Reino a los pobres y a los
pecadores, al Dios que hace justicia al oprimido, al
Dios de la vida que ha venido a llamar y a reconciliar
a los pecadores. Son imágenes contrarias al Dios
de la vida que está más allá del
culto vacío, imágenes contrarias al Dios
del Reino que está más allá de
la moral farisaica. Son imágenes falsas de un
Dios secuestrado por la religiosidad oficial, una religiosidad
que no permite brotar la experiencia cristiana en medio
de la historia humana. Estos falsos dioses tienen que
morir, para que aparezca el Dios que vive y hace vivir.
La idolatría, el pecado más grave contra
la Alianza en el Antiguo Testamento, sigue siendo la
gran tentación en los nuevos tiempos de la Iglesia.
La secularización que destruye estos falsos dioses
y acaba con los ídolos revestidos de legitimidad
oficial, es un signo de los tiempos de gracia por los
que atraviesan actualmente la humanidad y la comunidad
cristiana. Gracias a esta desarticulación y desconstrucción
del aparato religioso, puede ir apareciendo radiante
el Dios de Jesús resucitado en medio de la comunidad
cristiana y en medio de la humanidad.
Ese
mismo proceso de secularización está ayudando
a la misma Iglesia a redescubrir la pureza de su misión
evangélica y su condición de humilde servidora
en medio de la historia humana. Los tiempos modernos
han sustraído progresivamente las actividades
temporales del enfeudamiento eclesial al que habían
estado sometidas en un régimen de cristiandad.
La política, la economía, la cultura...
han ido ganando progresivamente su justa autonomía,
para regirse por los cánones de la propia racionalidad
científica. La sociedad y la historia han pasado
a ser manejadas por centros de poder temporales, y el
hombre ha ido reclamando cada vez más su derecho
a erigirse en protagonista de su propia historia. Es
la justa y legítima autonomía de las realidades
temporales, cuya conquista ha sido notablemente beneficiosa
para la misma Iglesia, aun cuando haya sido en muchos
casos una conquista lograda contra la voluntad y la
intencionalidad de la misma Iglesia institucional.
¿Significa
necesariamente esta autonomía de las realidades
terrenas la negación de toda función histórica
de la experiencia cristiana y de la Iglesia? En absoluto.
Más bien, se trata de un paso importante hacia
la redefinición de la experiencia cristiana y
de la función histórica de la Iglesia.
Lo que ha tenido lugar en esta conquista de la autonomía
temporal ha sido precisamente una pérdida del
poder y de la influencia temporal de la Iglesia. Y es
ésta una pérdida beneficiosa, porque no
es éste el poder y la influencia que competen
a la Iglesia de Jesucristo. Las tentaciones de Jesús
en el desierto han seguido siendo las tentaciones de
la Iglesia y ésta ha caído en ellas más
de una vez, reforzando su misión evangelizadora
con el poderío político, con la prosperidad
económica, con el prestigio social. Estas regionalizaciones
del Reino que trasciende todo proyecto histórico,
se han convertido con frecuencia en obstáculo
para el fiel cumplimiento de la misión histórica
de la Iglesia. A medida que la Iglesia va siendo despojada
del poder político, de la abundancia material,
del prestigio social, se encuentra en situación
de redescubrir con más nitidez su estatuto original
de comunidad seguidora de Jesús por el camino
de la Cruz y del anonadamiento, su vocación original
de servidora de la Buena Noticia del Reino a los pobres.
La teología del Vaticano II fue un paso trascendental
en esta vuelta de la Iglesia a sus genuinos orígenes.
Entre la crítica y la persecución por
parte de propios y extraños, la reflexión
teológica posconciliar se esfuerza por sacar
a la luz los tesoros escondidos del mensaje evangélico
y las exigencias más radicales del auténtico
seguimiento de Jesús. La pérdida de poder
y de influencia social es otro signo de los tiempos
que se ha convertido en tiempo de gracia para la comunidad
cristiana. Lejos de perder función histórica,
la comunidad cristiana descubre cada vez con más
claridad su vocación de servicio humilde a la
humanidad mediante el anuncio del Evangelio con su palabra
y con su vida. Esta es su misión histórica,
misión tan específica que sólo
los seguidores de Jesús pueden llevar a cabo.
En
este proceso de secularización ha tenido lugar
al mismo tiempo una desclerícalización
de la experiencia cristiana. Vuelve a resonar aquí
aquel enfrentamiento constante de Jesús con la
casta sacerdotal, que encerraba las promesas en el templo
y negaba a los de afuera toda entrada al Reino que no
fuera por la puerta del culto. Jesús se coloca
de la parte de fuera de esta tradición sacerdotal,
y sin embargo se presenta a sí mismo como el
cumplimiento de las promesas y como la puerta de entrada
al Reino. Enfrenta también a los escribas que
ni entran ni dejan entrar a los demás en el Reino.
Jesús rompe las fronteras del culto y de la ley
para que las promesas lleguen a todos, aunque no sean
de la raza de Abrahán. Y este universalismo es
visto como una traición a la tradición
religiosa de Israel por aquellos que se consideran a
sí mismos guardianes de la ortodoxia. Sin embargo,
los que vienen de fuera se adelantan en la entrada al
Reino. Pecadores, publicanos, prostitutas, paganos...
acaban por arrebatar el Reino a los de la raza de Abrahán.
Esta es la paradoja del Evangelio de Jesús, aceptado
por los gentiles y rechazado por los judíos.
Bajo este signo comienza su historia la comunidad cristiana.
El
actual proceso de secularización y desclericalización
tiene algo que ver con esta situación original
de la evangelización. Las luchas por la liberación
y la justicia han comenzado a brotar fuera del recinto
institucional de la Iglesia, fuera de las murallas del
templo, fuera del culto hierático de la liturgia.
Y en medio de esas luchas ha brotado también
la experiencia cristiana en su sabor original. En medio
de esas luchas muchos «secularizados» han
comenzado a escuchar las bienaventuranzas y el anuncio
de la Buena Noticia del Reino, mientras comprendían
qué significa verdaderamente «dar la vida
por los hermanos». Las «semillas del Verbo»
han comenzado a brotar en medio de la ciudad secular
y allí ha comenzado a celebrarse la liturgia
de la vida y de la muerte, la liturgia de la esperanza
y de la libertad, la liturgia de la justicia y de la
verdad. La secularización no ha significado aquí
una pérdida de referencia a los trascendente,
a lo numinoso, a lo místico, a lo religioso.
Al contrario, ha sido precisamente en ese proceso donde
se han dado las condiciones reales para un reencuentro
con el Dios vivo de la Biblia, con el Dios de Jesús,
con la originalidad del ser y del quehacer cristiano.
Desde allí se reclama hoy una evangelización
más acorde con el Evangelio de Jesús y
una liturgia más cercana a la vida de los hombres.
Desde ahí se pide hoy a gritos una explicitación
de la experiencia de Dios que se reveló en Jesús.
Esta es la misión esencial de la comunidad cristiana.
Fieles
al espíritu evangelizador de Domingo y a su propio
carisma fundacional, los Dominicos enfrentan hoy el
reto y el compromiso de la Evangelización en
medio de una humanidad en proceso de secularización,
pero que, al mismo tiempo, reclama con justicia su derecho
a que se le anuncie el auténtico Evangelio de
Jesús. La Iglesia de las últimas décadas
ha urgido insistentemente esta tarea de la evangelización.
La humanidad la reclama en medio de sus interrogantes
y de su búsqueda de sentido. La racionalidad
no agota la totalidad de sentido del mundo y de la historia.
Por eso, tras el proceso de secularización, tras
la autonomía de las realidades terrenas, tras
el progreso científico sin precedentes, quedan
pendientes una serie de interrogantes fundamentales
cuya respuesta se ha de buscar más allá
del mundo empírico. Nunca la humanidad había
echado tan en falta como hoy la experiencia de lo trascendente,
de lo numinoso, de lo místico... Por eso, la
evangelización no es ya para los dominicos una
mera exigencia de la fidelidad a sus orígenes
y a su carisma. Es exigencia de fidelidad a la voz de
la Iglesia y al clamor de la humanidad contemporánea.
Pero
esta evangelización debe rebasar las fronteras
de la Iglesia institucional y de la comunidad cristiana
ya establecida. Acorde con el proyecto fundacional de
Domingo, ha de ser una evangelización universalista.
Debe trascender también los límites de
una predicación moralizante y de una catequesis
cultual. Ha de ser un anuncio positivo del Reino de
Dios y una denuncia profética de cuanto contradice
las exigencias del Reino. La humanidad actual necesita
profetas, maestros espirituales, testigos de Dios, antes
que predicadores moralizantes y apocalípticos.
El Reino de Dios es gracia y sólo desde su carácter
gratuito es posible comprender sus exigencias radicales.
Sólo la experiencia del Reino como don da valor
y consistencia a la moral del seguimiento de Jesús.
El anuncio directo del Reino de Dios hace inútil
los sermones de moral veterotestamentaria, las amenazas
apocalípticas, y los consejos de rebajas. Domingo
se reveló profeta cuando entendió la predicación
como un anuncio positivo y kerigmático de la
Palabra de Dios, respaldada sólo por la fuerza
del Espíritu y la vida evangélica del
predicador. Esa misma inspiración y ese mismo
espíritu debe animar la predicación de
los dominicos hoy.
Lo
propio del profeta, del maestro espiritual, del testigo
de Dios es abrir el mundo y la historia a la trascendencia
sin distanciarles de su proceso autonómico. Disciernen
con agudeza espiritual la historia de salvación
y liberación que Dios realiza en medio de la
historia humana. Hacen presente el Reino en medio de
un mundo secular. Su anuncio es Buena Noticia para quienes
piensan poseerlo en propiedad. Su presencia es densa
y devuelve al mundo una apertura hacia lo Absoluto.
Su palabra genera vida y esperanza, porque anuncia un
Dios que hace justicia y hace vivir a los muertos. El
mundo actual necesita de estos profetas, de estos maestros
espirituales, de estos testigos de Dios. Necesita este
tipo de predicación y de anuncio de la Buena
Noticia del Reino. Siguiendo las huellas y el ideal
original de Domingo, los Dominicos están hoy
enfrentados a este reto y este compromiso, si quieren
ser fieles al Evangelio, al carisma fundacional y al
hombre contemporáneo. Este debe ser su estilo
de predicación. Este es su aporte específico
a la Iglesia y a la humanidad. 
(Fuente
: Martínez, Felicisímo. Domingo de Guzman
Evangelio Viviente. Editorial San Esteban, 1991.)
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