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el
momento de ser recibidos en la Orden de Predicadores,
a todos y cada uno de nosotros se nos preguntó:
"¿Qué pides?" Y contestamos:
"La misericordia de Dios y la vuestra". Esta
mañana me encuentro aquí, en el Capítulo
General de la Orden, para hablaros sobre el tema de
la contemplación. Soy consciente, como quizás
nunca antes lo he sido, de mis propias limitaciones
y también, por lo mismo, de lo mucho que necesito
de la paciencia y la compasión de mis hermanos.
Dios sabe que todavía soy un pobre novicio en
la vida de oración y de contemplación.
Y no me cabe duda de que esta charla es la más
difícil que jamás se me haya pedido. Así
pues, hermanos, os pido con toda sinceridad que tengáis
compasión de mí y de mis palabras.
Una
característica distintiva de muchos de nuestros
santos y predicadores dominicos más conocidos
ha sido su gran fidelidad a la vida de oración
y contemplación. Ahora bien, por lo menos hasta
hace muy poco tiempo, la Orden ha sido generalmente
conocida en la Iglesia más por su talla intelectual
que por su celo contemplativo. Hoy, sin embargo, todo
eso está empezando a cambiar. Por ejemplo, en
este momento tenemos a nuestra disposición más
traducciones que nunca de los escritos de autores como
Juan Taulero, Catalina de Siena, Enrique Susón
y el maestro Eckart. Sucede incluso que Santo Tomás
de Aquino, que siempre fue venerado en la Iglesia como
un teólogo dogmático, actualmente es considerado
por muchos como un maestro espiritual.
Parecería
que, de repente, tenemos la oportunidad de permitir
que la dimensión contemplativa de nuestra tradición
hable a una nueva generación con una autoridad
profunda e impresionante. Pero nuestra tarea inmediata
y, sin duda, el motivo de la charla de esta mañana
es consentir que esta tradición nos hable a nosotros
mismos en primer lugar, aquí y ahora, y que se
dirija no sólo a nuestros corazones y nuestras
mentes, sino también a la manera en que vivimos
nuestras vidas como predicadores. Por supuesto, todos
los que estamos aquí nos sentimos deudores del
testimonio de nuestras hermanas dominicas contemplativas.
No sabría expresar la deuda tan grande que tengo
con la comunidad de hermanas del convento de Siena en
Droheda, Irlanda. Y algunos de vosotros, si no todos,
sois conscientes del reconocimiento pleno del testimonio
de las hermanas contemplativas expresado por el maestro
Timothy en su más reciente carta a la Orden.
Hay
que decir que no todas las formas de contemplación
han sido reconocidas por nuestros predecesores dominicos.
De hecho, en el Vitae fratrum, se ha conservado el relato
real de un desafortunado fraile que estuvo a punto de
perder la fe a causa del exceso de "contemplación".
En esta línea, en su largo tratado sobre la contemplación,
Humberto de Romanis se queja abiertamente de las personas
cuya "única pasión es la contemplación".
Esa gente busca, dice él, "una oculta vida
de quietud" o "un lugar retirado para la contemplación",
y entonces se niegan "a responder a la petición
de ser útiles a los demás mediante la
predicación".
Vale
la pena señalar aquí que la palabra "contemplación"
no posee en estos primeros textos dominicanos el carácter
esotérico y altamente místico que posteriormente
adquirirá en el siglo XVI. Es verdad que esa
palabra puede estar ocasionalmente relacionada con las
nociones de retiro y de huida, pero tiende a tener una
connotación más sencilla y elemental.
De hecho, a menudo puede significar poco más
que un simple acto de atención o de estudio orante.
(En tiempos modernos, para aumentar la confusión,
tendemos a usar la palabra "contemplación"
como un sinónimo común de oración)
Es
obvio que Humberto de Romanis no intenta en modo alguno
presentar como opuestas la vida de oración y
la vida de predicación. "Dado que el esfuerzo
humano no puede lograr nada sin la ayuda de Dios",
escribe, "lo más importante de todo para
el predicador es que debe recurrir a la oración".
Ahora bien, la vida de oración y contemplación
que Humberto de Romanis y los primeros dominicos recomendarían,
contemplación que constituye también el
tema central de esta charla, es aquella que nos movería,
utilizando la excelente frase de Humberto, "a salir
a la luz pública", es decir, a comenzar
a realizar la tarea de la predicación.
Para
comenzar nuestras reflexiones, sugiero que no nos fijemos
primeramente en ninguno de los textos más famosos
de nuestra tradición, sino en el texto de un
dominico francés anónimo del siglo XIII.
Encontré este texto escondido en un enorme comentario
bíblico sobre el libro del Apocalipsis que había
sido atribuido a Santo Tomás durante muchos siglos.
Sin embargo, actualmente se considera que ese trabajo
fue elaborado por un equipo de dominicos que trabajó
en Saint-Jacques de Paris bajo la supervisión
de Hugo de Saint-Cher entre 1240 y 1244. Aunque la mayor
parte del comentario es bastante aburrido, algunos textos
están elaborados con una claridad y una fuerza
que, en ciertos momentos, recuerdan la obra de la contemplativa
francesa moderna Simone Weil. En uno de esos pasajes,
el autor dominico en cuestión afirma que, entre
las cosas que"un hombre ha de ver en la contemplación"
y debe "escribir en el libro de su corazón",
están "las necesidades de su prójimo":
"Debe
ver en la contemplación lo que le gustaría
haber hecho por sí mismo si se encontrase en
tal necesidad y cuán grande es la debilidad de
cada ser humano
Entienda, por lo que conoce de
sí mismo, la condición de su prójimo
('Intellige ex te ipso quae sunt proximi tui'). Y lo
que vea en Cristo y en el mundo y en tu prójimo,
escríbalo en tu corazón".
Estas
líneas son memorables por la atención
compasiva que prestan al prójimo en el contexto
de la contemplación. Pero me gustaría
pensar también que su énfasis en el verdadero
conocimiento de uno mismo, así como su sencilla
apertura a Cristo, al prójimo y al mundo, tienen
un matiz distintivamente dominicano. El pasaje termina
con una referencia sencilla, pero impresionante, a la
tarea de la predicación. Nuestro autor nos exhorta,
en primer lugar, a entendernos a nosotros mismos y a
estar atentos a todo lo que vemos a nuestro alrededor
y en nuestro prójimo, y también a reflexionar
en lo más profundo de nuestro corazón
sobre las cosas que hemos observado. Y entonces se nos
pide que salgamos y vayamos a predicar: "Primero,
ve; después, escribe; y más tarde, envía.
Lo primero que se necesita es el estudio; después,
la reflexión en lo más hondo del corazón
y, a continuación, la predicación".
El
resto de mi charla estará dividido en tres secciones:
1) La contemplación como visión de Cristo.
2) La contemplación como visión del mundo.
3) La contemplación como visión del prójimo.
La contemplación: una visión de Cristo.
Si
uno habla sobre el tema de la contemplación,
el primer nombre que a muchos se les ocurre es el de
San Juan de la Cruz, carmelita místico español.
Pero no es de Juan el carmelita de quien quiero hablar
aquí, sino que me gustaría hablar brevemente
de un autor espiritual mucho menos conocido, un hombre
cuyo nombre, por casualidad, es el mismo que el del
famoso Juan de la Cruz. Pero este otro Juan, el Juan
de la Cruz menos conocido, autor espiritual del siglo
XVI, era en realidad dominico.
Cuando
Juan de la Cruz, el dominico, publicó hacia mediados
del siglos XVI su obra principal, El diálogo,
la vida de oración o de contemplación
era considerada en muchos lugares de Europa como una
actividad muy difícil y altamente especializada.
Existía el riesgo, por lo tanto, de que toda
una generación de personas pudiera empezar a
perder contacto con la enorme sencillez del evangelio,
e incluso dejar de encontrar estímulo en la enseñanza
del propio Cristo sobre la oración. Lo que más
me impresiona del dominico Juan de la Cruz es el modo
en que criticó como exagerado el énfasis
que en ese período se ponía en la necesidad
de experiencias interiores especiales, y también
la manera en que defendió la simple oración
vocal, subrayando la importancia que para la transformación
espiritual tienen los esfuerzos diarios del cristiano
que trata de vivir una vida de virtud.
En
su Diálogo, Juan de la Cruz estaba claramente
decidido a desafiar a aquellos contemporáneos
que en sus escritos tendían a exaltar la oración
como algo fuera del alcance humano, y que hablaban de
la contemplación de un modo elitista y exclusivo.
Consiguientemente, con la sal del evangelio en sus palabras
-y con un humor ciertamente agudo- el dominico afirmó:
"Si de hecho sólo los contemplativos en
el sentido estricto de la palabra pueden alcanzar el
cielo, entonces, en lo que a mí toca, tendría
que decir lo mismo que el emperador Constantino contestó
al obispo Acesius, quien se había mostrado sumamente
inflexible en el Concilio de Nicea: '¡Toma tu
escalera y sube al cielo por tus propios medios si eres
capaz, porque el resto de nosotros no somos sino pecadores!'
".
Esta
contestación aguda y vibrante me recuerda un
comentario no menos ameno y entretenido, hecho por un
anciano dominico de esta provincia de San José.
Tengo entendido que era afectuosamente conocido como
padre "Buzz" (Bebida). Había venido
de Memphis (Tennessee). En cierta ocasión, no
sintiéndose bien de salud, fue a visitar a su
médico, el cual le dijo: "Padre, siento
decirle que lo mejor que puede usted hacer es dejar
de beber alcohol totalmente". A lo que el dominico
contestó: "Doctor, yo no soy digno de lo
mejor. ¿Qué hay por debajo de lo mejor?".
En
la invectiva o humor agudo del dominico Juan de la Cruz
subyace una importante declaración, que es la
siguiente: la oración o la contemplación
no es algo que pueda conseguirse con el simple esfuerzo
humano, aunque sea bien intencionado o extenuante. La
oración es una gracia. Es un regalo que nos eleva
más allá de lo que pudiéramos haber
logrado en la vida a través de la práctica
ascética o de técnicas meditativas. Por
tanto, la comunión con Dios, la amistad real
con Dios en la oración, aún cuando sea
imposible para los más fuertes, es algo que el
propio Dios puede conseguir para nosotros en un instante,
si Él lo desea. ¡"A veces", se
atreve a afirmar una homilía dominicana del siglo
XIII, "un hombre está en estado de condenación
antes de comenzar su oración y, antes de que
la termine, se encuentra ya en un estado de salvación"!
William
Peraldus, el predicador de esa homilía, al responder
a la pregunta "¿por qué todos deben
estar contentos por aprender a orar?", hace una
declaración que apenas volveremos a escuchar
en los tres siglos posteriores. Pues, en ese tiempo,
como ya he indicado, se pensaba que la oración
en su forma más auténtica era algo muy
difícil de conseguir. El dominico Peraldus afirma
sin ningún tipo de vacilación: "¡la
oración es una tarea muy sencilla!".
Quizás
esta declaración puede parecer ingenua. Pero
creo que su autoridad procede del propio evangelio.
Pues, ¿acaso no es cierto que en el evangelio
somos alentados por Cristo a orar con sencillez de corazón
y con sinceridad? Cuando, a lo largo de los años,
los dominicos se han ido confrontando a sí mismos
con métodos y técnicas detalladas de meditación,
y con largas listas de instrucciones acerca qué
hacer y qué no hacer durante la meditación,
su reacción ha sido casi siempre la misma: sentir
instintivamente que algo no funciona.
Por
ejemplo, es típica la reacción de Bede
Jarrett. En un lugar señala con verdadero pesar
que, a veces, la oración puede verse "reducida
a reglas duras y rígidas" y que puede estar
tan "reglamentada y trazada" que "ya
no se parece en nada al lenguaje del corazón".
Cuando esto sucede, en las memorables palabras de Jarrett,
"ha desaparecido toda la aventura, todos los toques
personales y toda la contemplación. Estamos demasiado
angustiados y atormentados para pensar en Dios. Las
instrucciones son tan detalladas e insistentes que nos
olvidamos de lo que estamos intentando aprender. La
consecuencia es que nosotros nos aburrimos y que, sin
duda, también Dios se aburre".
Santa
Teresa de Ávila, escribiendo en cierta ocasión
acerca la oración, hace una confesión
realmente importante. Dice que "algunos libros
sobre la oración" que estaba leyendo la
animaron a dejar de lado como un estorbo positivo "el
pensamiento de la humanidad de Cristo". ¡Teresa
intentó seguir este camino durante algún
tiempo, pero pronto se dio cuenta de que una vida de
oración que excluía a Cristo era, por
lo menos, tan equivocada como mística! Menciono
aquí estos hechos porque resulta aleccionador
señalar la reacción a esta clase de misticismo
abstracto por parte de otro dominico del siglo XVI,
el tomista práctico Francisco de Vitoria. Escribe
Vitoria:
"Hay
un nuevo tipo de contemplación practicada en
estos días por los monjes, que consiste en meditar
en Dios y en los ángeles. Pasan mucho tiempo
en un estado de elevación sin pensar en nada.
Esto es, sin duda, muy bueno, pero yo no encuentro eso
en la Sagrada Escritura y, honestamente, no es lo que
los santos recomiendan. La contemplación genuina
es la lectura de la Biblia y el estudio de la verdadera
sabiduría".
Esta
última afirmación de Vitoria revela, si
no estoy confundido, la influencia directa de santo
Domingo. Domingo, como bien sabéis, nunca compuso
para sus hermanos ninguna clase de devocionario, ni
texto espiritual, ni testamento. Fue ante todo un predicador,
no un escritor. Y aún después de tanto
tiempo tenemos disponibles dentro de nuestra tradición
un gran número de detalles referentes a su modo
de oración y de contemplación. Una de
las causas de esto reside el extraordinario temperamento
de Santo Domingo. Poseyó una naturaleza tan exuberante
que, lejos de ser suprimida por la vida de oración
y de contemplación, parece haber sido maravillosamente
despertada y desarrollada por ella. Era un hombre, como
señaló en cierta ocasión el cardenal
Villot "increíblemente libre". En particular,
en la oración apenas podía controlarse.
A menudo clamaba a Dios en voz alta y con gritos. En
consecuencia, su oración privada era una especie
de libro abierto para sus hermanos. Durante la noche,
cuando se encontraba solo en la Iglesia, a menudo se
escuchaba el eco de su voz por todo el convento.
Domingo
reza con todo lo que es, cuerpo y alma. Reza en privado
con intensidad y humilde devoción. Y, con la
misma profundidad de fe y emoción, reza en publico
la oración de la misa. Aunque la intensidad de
la fe y de los sentimientos de Domingo puedan parecer
infrecuentes, así como sus largas vigilias nocturnas,
su oración parece no distinguirse de la de cualquier
devoto cristiano, hombre o mujer. Su oración
no es de ninguna manera esotérica. Es siempre
sencilla y eclesial.
Desde
mi punto de vista, uno de los grandes méritos
de la tradición contemplativa dominicana es su
resistencia obstinada al aura esotérica o al
sofisticado encanto espiritual que tiende a rodear el
asunto de la contemplación. Por ejemplo, un conocido
predicador de la Provincia inglesa, el norirlandés
Vicente McNabb, con su característico buen humor,
gustaba siempre de bajar el asunto de la contemplación
de las altas nubes del misticismo al simple terreno
de la verdad del evangelio. A propósito de la
cuestión de la oración tal y como se presenta
en la parábola del fariseo y del publicano, escribe
McNabb:
"El
publicano no sabía que había sido justificado.
Si le hubieras preguntado: '¿puedes orar?', él
habría respondido: 'no, no puedo orar. Pensaba
preguntarle al fariseo. Parece conocerlo todo. Sólo
puedo decir que soy un pecador. Mi pasado es tan terrible
que no puedo imaginarme a mí mismo orando. Soy
más experto en el asunto del robo' ".
En
Los nueve modos de oración podemos vislumbrar
al propio Santo Domingo repitiendo la oración
del publicano mientras yacía postrado en el suelo
ante Dios. "Su corazón", se nos dice,
"estaba movido por el arrepentimiento y, avergonzado
de sí mismo, diría, a veces con la suficiente
fuerza como para ser escuchado, las palabras del evangelio
'Señor, ten piedad de mí, que soy un pecador'
".
Encuentro,
sin excepción, que lo que más admiro en
la vida de oración de los predicadores dominicos
es que hay siempre algo de esa indigencia común
y de esa sencillez del evangelio. Durante su oración,
estos predicadores no tienen miedo de hablar con Dios
directamente, como si fuera un amigo. Pero siempre vuelven
instintivamente a la oración sincera de petición
del evangelio. Por ejemplo, Santo Tomás nos dice:
"Vengo
ante Ti como pecador, oh Dios, fuente de toda misericordia.
Estoy manchado y te pido que me limpies. Oh sol de justicia,
dale vista al hombre ciego
Oh rey de reyes, viste
al que está abandonado
(
)
Omnipotente y eterno Dios, Tú ves que estoy acudiendo
al sacramento de tu único Hijo nuestro Señor
Jesucristo. Vengo a Él como el enfermo que acude
al sanador que da vida, como el impuro que acude a la
fuente de la misericordia
, como quien es pobre
e indigente y acude al Señor de cielo y tierra".
Las
palabras de esta oración son rezadas con una
profunda pobreza de espíritu. Pero la oración
se dice con absoluta confianza. Y ¿por qué?
Porque las palabras de la oración son las palabras
del evangelio. Y porque Cristo, el sanador que da vida
y es fuente de misericordia, está en su centro.
La contemplación: una visión del mundo.
En
algunas tradiciones religiosas, la vida contemplativa
implica un desprendimiento casi total del mundo y, en
el caso de algunos religiosos ascéticos, un rechazo
no sólo de su familia inmediata y de sus amigos,
sino también de las personas en general o, por
lo menos, de aquellos que parecen estar dominados por
la debilidad o por la pasión del mundo. Afortunadamente,
el impulso hacia la contemplación en las vidas
de nuestros más conocidos predicadores y santos
dominicos nunca se caracterizó por esta clase
de actitud rígida y sentenciosa.
Pienso
que un buen ejemplo del enfoque dominicano es el breve
texto anteriormente citado y escrito en el siglo XIII
por un fraile dominico anónimo de Saint-Jacques
de París: "Entre las cosas que un hombre
debe ver en la contemplación", escribe,
"están las necesidades de su prójimo",
y también "la magnitud de la fragilidad
de cada uno de los seres humanos". Así,
en nuestra tradición, el contemplativo auténtico,
el verdadero apóstol, no invoca maldiciones sobre
un mundo pecador. Por el contrario, consciente de su
propia debilidad y humildemente identificado con la
necesidad del mundo, el dominico impetra una bendición.
En
un momento llamativo de El Diálogo de Santa Catalina
de Siena, Dios Padre pide a la santa que alce sus ojos
para que pueda mostrarle de alguna manera la magnitud
de su apasionado cuidado por el mundo. "Mira mi
mano", le dice el Padre. Cuando Catalina mira -y
la visión debe haberla asombrado- ve enseguida
el mundo entero sostenido y envuelto en las manos de
Dios. Entonces el Padre le dice: "Hija mía,
mira ahora y date cuenta de que nadie puede salir de
mi mano
son míos. Yo los creé y
los amo sin límite. Y verás que, a pesar
de su maldad, voy a ser misericordioso con ellos
Y yo te concederé lo que me has pedido con tanta
pena y amor".
Lo
que resulta obvio en este relato es que la devoción
apasionada de Catalina por el mundo no surge simplemente
del instinto de un corazón generoso. No, es algo
basado en una profunda comprensión y visión
teológica. Esto mismo podemos decir también
de otros dominicos. Por ejemplo, la visión de
Tomás de Aquino ha sido caracterizada por el
tomista alemán Joseph Pieper como un "secularismo"
teológicamente fundado. En principio esta afirmación
puede sorprendernos. Sin embargo, creo que, debidamente
entendida, puede decirse otro tanto no sólo de
la visión de Catalina, sino también de
la visión del mismo Santo Domingo.
Mi
imagen favorita de Santo Domingo, una pintada en madera,
puede verse en Bolonia. Es una tabla que recoge el "milagro
de los panes", que, según la tradición,
sucedió en el convento de Santa María
a la Mascerella. En esta pieza medieval, la identidad
contemplativa de Domingo se manifiesta en la capucha
negra que cubre su cabeza. Pero el hombre que tenemos
ante nosotros es, ante todo, un "vir evangelicus",
un hombre "in persona Christi", rodeado por
sus hermanos y sentado a la mesa. Es una comida que
no sólo recuerda el "milagro de los panes",
sino que, al mismo tiempo, sugiere una vida litúrgica
y comunitaria, una auténtica fraternidad eucarística.
Su mirada posee un extraordinario candor. Y su presencia
física da la impresión de ser la de un
hombre de una extraordinaria sencillez, un hombre que
se encuentra a gusto consigo mismo y con el mundo que
le rodea. Creo que, en toda la iconografía medieval,
no encontramos ningún otro fresco o pintura religiosa
en la que se nos muestre al Santo como aquí,
mirando al mundo con una confianza serena y con tranquilidad
de espíritu.
Hay
un pequeño detalle que vale la pena señalar:
la mano derecha de Domingo sostiene el pan con energía,
al mismo tiempo que su mano izquierda sujeta la mesa
con firmeza y decisión. El Santo Domingo de esta
tabla, lo mismo que el Santo Domingo de la historia,
manifiesta claramente un contacto firme y vital con
el mundo que le rodea.
Esta
apertura al mundo es una característica distintiva
de muchos de los grandes predicadores dominicos. "Cuando
me hice cristiano", señala Lacordaire, "no
perdí de vista al mundo". Y, en ese mismo
tono, en el siglo recientemente acabado, Vicente McNabb
comentó en alguna ocasión a sus hermanos:
"el mundo está esperando por aquellos que
lo aman
Si no amáis a los hombres, no
les prediquéis; predicad para vosotros mismos".
En
cierta ocasión, Yves Congar, llamando al orden
a aquellos contemplativos, algunos de ellos monjes y
sacerdotes, cuya pasión por lo absoluto les inclinaba
a sentirse indiferentes ante el mundo y ante la "verdadera
interioridad de las cosas", es decir, el hecho
de que las "cosas existen en sí mismas con
su propia naturaleza y necesidades", quiso señalar
lo que consideraba un importante, aunque inesperado,
rasgo laico de la visión dominicana de santo
Tomás. Para Congar, igual que para santo Tomás,
el "auténtico laico" es "alguien
que, a través del mismo trabajo que Dios le ha
confiado, encuentra que el verdadero ser de las cosas
es en sí mismo real e interesante". Congar
señala lo mismo en una carta escrita a un compañero
dominico en 1959. Expresando un cierto desinterés
hacia lo que él refería como "la
distinción entre 'vida contemplativa/ activa'
", Congar escribía:
"Si
mi Dios es el Dios de la Biblia, el Dios vivo, el 'Yo
soy, Yo era, Yo estoy llegando', entonces Dios es inseparable
del mundo y de los seres humanos
Mi acción
consiste, por lo tanto, en entregarme a mi Dios, que
permite que yo sea el lazo de unión de su divina
actividad en el mundo y con la gente. Mi relación
con Dios no es un simple acto de culto, que va de mí
a Él, sino una fe por la cual yo me entrego a
la acción del Dios vivo, quien se comunica a
sí mismo con el mundo y con los seres humanos
según su plan. Lo único que puedo hacer
es ponerme confiadamente ante Él y ofrecerle
la plenitud de mi ser y de mis talentos para poder estar
allí donde Dios quiere que esté, como
vínculo entre esa acción de Dios y el
mundo".
Al
leer este extracto de la carta de Congar, me viene a
la mente una de las visiones más famosas de Santa
Catalina de Siena. En ella, Santo Domingo se muestra
precisamente como una especie de eslabón entre
la acción de Dios y el mundo. Catalina le comunica
a su amigo dominico el Padre Bartolomé que, antes
que nada, había visto al Hijo de Dios saliendo
de la boca del Padre eterno y luego, para sorpresa suya,
vio salir del pecho del Padre al "santísimo
patriarca Domingo". "Para esclarecer su asombro",
el Padre le dijo: "Igual que este Hijo mío,
por su propia naturaleza
habló al mundo
,
también Domingo, mi hijo adoptivo, lo ha hecho".
En esta visión la unión entre Domingo
y el Padre no podía ser más íntima.
Pero el predicador que vemos aquí no se ajusta
al modelo ordinario del contemplativo, que deja el mundo
y mira hacia Dios, sino que Domingo, al igual que el
Hijo de Dios, aparece saliendo de Aquel que, desde el
principio, "tanto amó al mundo".
En
términos de Congar, la única acción
de Domingo fue rendirse con fe y esperanza a la maravillosa
iniciativa salvadora de Dios. "Sólo hay
una cosa importante y verdadera", señala
Congar, "entregarse a Dios". Pero Congar es
asimismo consciente de que en la vida de Santo Domingo
y de los primeros frailes esta entrega no fue nunca
un simple acto ocasional de la voluntad, sino una entrega
que exigía a los hermanos un "seguimiento
diario de los pasos del Salvador", una aceptación
libre y radical de un modo evangélico de vida.
Es aquí, en este momento, donde nos encontramos
de frente con una de las formas más claras y
concretas de la dimensión contemplativa de nuestra
vida: el rezo en común, el estudio, la observancia
regular, el seguimiento de la regla de San Agustín
y la disciplina del silencio. Estas prácticas
religiosas concretas representaban para Santo Domingo
una parte vital del modo de vida evangélico,
pero la predicación siempre permaneció
como lo más importante. Creo que debemos estar
agradecidos porque en las últimas décadas
este mensaje sobre la predicación ha vuelto a
la Orden con fuerza y claridad.
Pero,
¿qué formas de vida regular y contemplativa
deberían apoyar idealmente la predicación?
¿No estaremos acaso hoy necesitados de recuperar
la confianza en este aspecto de nuestra tradición?
Ciertamente no somos monjes pero tampoco un instituto
secular. Por supuesto que la predicación es,
en sí misma, una actividad espiritual e incluso
contemplativa. Para Santo Domingo y los primeros frailes
hablar de Dios ("de Deo") -la gracia de la
predicación- presupone haber hablado antes con
Dios ("cum Deo") -la gracia de la oración
actual o de la contemplación-. En la vida apostólica
adoptada por los frailes el éxtasis del servicio
o atención al prójimo no puede pensarse
sin el éxtasis de la oración o de la atención
a Dios, y viceversa.
Por
supuesto que para ser predicador no se necesita ser
un monje del desierto ni un maestro de mística,
ni siquiera un santo, pero lo que sí hay que
ser, en frase de Humberto de Romanis, es, ante todo,
"primeramente un orante". Ha de someterse
uno mismo a Dios en la oración con al menos el
humilde éxtasis de la esperanza, ya que, como
nos recuerda Santa Catalina de Siena en El Diálogo,
"no podemos compartir con los demás lo que
no tenemos nosotros mismos".
Por
supuesto, al final es la predicación lo que importa.
Cristo no nos dijo "estaos quietos y contemplad".
Nos mandó "id y predicad". Sin embargo,
merece la pena recordar aquí que, para los primeros
frailes, la gracia de la predicación -el rendirse
a la palabra viva de Dios- estaba siempre íntimamente
unida con una vida común de oración y
de adoración, y también con lo que Jordán
de Sajonia llama, con una expresión muy aguda,
la "observancia apostólica".
Según
la comprensión de Jordán de Sajonia, el
diseño de la vida y de la oración comunitarias
dominicanas no constituía ningún tipo
de disciplina externa o arbitraria. Más bien,
Jordán lo vio de forma entusiasta como una oportunidad
que tenemos para experimentar, aquí y ahora en
la fe, al Cristo resucitado entre nosotros. En una carta
escrita a sus hermanos en París, Jordán
habla de la necesidad que cada uno de nosotros tiene
de mantenerse en el vínculo de la caridad y de
sostenerse en la fe con los hermanos. Jordán
dice que, si fallamos en eso, perderemos la oportunidad
de encontrar al Cristo resucitado. Porque "el hombre"
que se aísla de la unidad de la fraternidad "no
podrá encontrar el consuelo del Espíritu".
En opinión de Jordán, "no podrá
nunca tener plenitud de visión del Señor
a no ser que esté con los discípulos reunidos
en la casa".
En
la práctica de la oración pública
y privada y en la tarea de la predicación descubrimos,
"in medio ecclesiae", que ahora Cristo está
vivo dentro de nosotros. Él es nuestro hermano
resucitado, a quien podemos acercarnos y hablar como
amigo. Escribe Santo Tomás, citando a Crisóstomo:
"¡qué alegría se os ha concedido,
qué gloria se os dado, hablar con Dios en vuestra
oración, conversar con Cristo, pidiéndole
lo que necesitáis y lo que deseáis!".
En
la contemplación ponemos toda nuestra atención
en Dios, pero hay algo más. Aunque totalmente
transcendente en su origen, la Palabra de Dios ha descendido
al mundo y se ha encarnado. Como señaló
alguna vez Simone Weil, "Dios tiene que estar de
parte del sujeto". La iniciativa le pertenece siempre.
Por consiguiente, tanto en nuestro trabajo como en nuestra
oración, nos damos cuenta de que Cristo no es
simplemente el objeto de nuestra atención. Él
es la Palabra viva en nosotros, el amigo "en quien
vivimos, nos movemos y existimos". Y así,
haciéndonos eco de la primera carta de San Juan,
no dudamos en proclamar: esto es contemplación
-esto es amor contemplativo-, no tanto que podemos contemplar
a Dios cuanto que Dios nos ha contemplado a nosotros
primeramente, y ahora está en nosotros, en cierto
sentido, e incluso a través de nosotros, como
parte del misterio de su vida resucitada en la Iglesia,
contempla el mundo.
Hace
más de 50 años, el filósofo existencialista
Albert Camus fue invitado a dar una charla a la comunidad
dominicana de Latour-Maubourg, en Francia. En su charla
Camus recomendó encarecidamente a los hermanos
que mantuvieran su propia identidad dominicana y cristiana.
Señaló que "el dialogo sólo
es posible entre personas que conservan su identidad
y que dicen la verdad". Seguid siendo lo que sois.
Parece algo sencillo pero, como todos muy bien sabemos,
nuestra identidad como dominicos, con su fundamental
sencillez evangélica, por un lado, y con su gran
riqueza y variedad de elementos, por el otro, es algo
que no podemos dar por hecho. En cada época existe
el riesgo de que algún aspecto de nuestra identidad
se pierda, se olvide o se ignore. Y, en consecuencia,
la tarea de la predicación - objetivo prioritario
de la Orden - se resentirá.
Si
existe un aspecto o dimensión de nuestra vida
dominicana actualmente expuesto al olvido, no tengo
ninguna duda de que es la dimensión contemplativa.
Al principio de esta charla os he contado la historia
de aquel antiguo dominico que casi pierde su fe por
culpa de tanta contemplación. Dudo mucho que
esto suceda hoy en la Orden. Si algo pudiera ocurrir,
en esta época de prisas y en un mundo tan altamente
tecnológico, sería que perdiéramos
la fe debido al exceso de actividad.
Encuentro
alentador y desafiante, en este contexto, un comentario
hecho por Marie-Dominique Chenu en una de sus últimas
entrevistas. Viviendo en Saint-Jacques de Paris, en
el mismo convento que aquel frater anonymus del siglo
XIII a quien antes hemos citado, Chenu descubrió
que lo que él había visto en el mundo
le dirigió, de algún modo, hacia la contemplación.
Chenu insistía en que el mundo y la Palabra de
Dios no debían caminar por separado. "Nuestra
prioridad es salir al mundo porque el mundo es el lugar
en que la Palabra de Dios cobra significado". Estos
pensamientos, tal y como los entendemos hoy, forman
parte de la herencia recibida desde el siglo XII o,
mejor, desde el siglo XIII. Pero el comentario de Chenu
que yo encuentro más interesante se refiere a
su experiencia inicial de la Orden y a la razón
por la que él vino al convento. Nos dice: "No
tenía intención de entrar, pero me impresionó
mucho la atmósfera del lugar". Chenu recuerda
que no era una atmósfera monástica propiamente
dicha, pero sí de contemplación. Fue la
"atmósfera contemplativa" lo que le
atrajo. Y no sólo eso, sino que también
la devoción de los hermanos por el estudio y
el ambiente general de dedicación intensa y ascética
permanecerían con Chenu durante muchos años.
"A lo largo de mi vida", dice él, "he
cosechado los beneficios de este 'cadre' (marco) contemplativo".
También
Santo Tomás, en la Summa, se ocupa de la vida
contemplativa. Recordaréis que ya anteriormente,
en esta misma sección, he hablado sobre el espíritu
laico del Aquinate, cómo miraba siempre las cosas
de este mundo con mucho respeto. Pero en la Summa, al
hablar de la vida contemplativa, enfatiza la importancia
de prestar atención también a lo que llama
las "cosas eternas". Escribe: "La vida
contemplativa consiste en una cierta libertad de espíritu.
Así, dice Gregorio que la vida contemplativa
produce una cierta libertad de espíritu porque
considera las cosas eternas".
Esta
"libertad de espíritu" que emana de
la contemplación no está exclusivamente
reservada a los contemplativos enclaustrados. De hecho,
como predicadores que somos, tenemos necesidad de esa
libertad quizás más que nadie. Ya que,
sin ella, corremos el riesgo a ser prisioneros del espíritu
de la época y de las modas imperantes. Y, al
final, lo que prediquemos no será la Palabra
de Dios, sino nuestras propias palabras e ideas. Y esa
palabra, ese mensaje, no servirá al mundo, aún
cuando nos parezca estar llevándola hasta los
últimos extremos de la necesidad humana. Tal
y como el evangelio y nuestra propia tradición
nos recuerdan, para verdaderamente "salir al exterior",
hemos de exigirnos, antes que nada, un viaje a nuestra
interioridad. Dice Eckhart: "Dios está dentro,
nosotros fuera. Dios está en casa, nosotros en
el extranjero
Dios conduce al justo por sendas
estrechas hacia el camino ancho que los llevará
al exterior".
La contemplación: una visión del prójimo.
En
la literatura religiosa tradicional, la palabra "éxtasis"
está frecuentemente ligada a la contemplación.
Pero, por supuesto, en la calle esa palabra significa
hoy en día una sola cosa: ¡una droga muy
potente y peligrosa! A lo largo de los siglos, los dominicos
no se han recatado en el uso de esa palabra a la hora
de hablar sobre la oración o la contemplación.
Pero es típico el siguiente comentario de Eckart,
más bien agudo y desafiante. Afirma: "Si
una persona estuviera en éxtasis, como San Pablo
estuvo, y supiera que algún enfermo tenía
necesidad de que le diera un poco de sopa, yo creo que
sería mucho mejor que esa persona dejara su éxtasis
por amor y mostrara mayor amor en el cuidado del necesitado".
"Amor", he ahí esa pequeña palabra
del evangelio, ese heraldo de la gracia de la atención,
que nos recuerda a todos nosotros lo que realmente significa
la palabra contemplación, la contemplación
cristiana.
Una
de las afirmaciones sobre Santo Domingo más frecuentemente
citadas es que "entregaba el día a su prójimo
y la noche a Dios". Es una afirmación elocuente,
pero, en cierto modo, no es estrictamente verdadera,
pues, incluso antes de que el día se acabara,
en el gran silencio y soledad de las largas vigilias
nocturnas de Domingo, el prójimo no era nunca
olvidado. Según uno de los contemporáneos
del Santo -el hermano Juan de Bolonia-, después
de largas oraciones en las que permanecía postrado
boca abajo en el suelo de la iglesia, Domingo se levantaba
y rendía dos pequeños actos de homenaje:
primeramente "visitaba cada uno de los altares
de la iglesia
hasta la media noche", y después
"iba sigilosamente a visitar a los hermanos que
dormían y, si era necesario, les cubría".
El
modo en que este relato ha sido escrito produce en uno
la sensación de que la reverencia de Domingo
hacia cada uno de los altares de la iglesia está,
de algún modo, íntimamente relacionada
con su reverencia y cuidado de los hermanos que dormían.
Es casi como si Domingo reconociera, antes que nada,
la presencia de lo sagrado en los altares y después,
con no menor reverencia, esta misma presencia en sus
propios hermanos. Siempre me ha llamado poderosamente
la atención una frase de Nicolás Cabasilas
citada por Yves Congar hace muchos años. Dice
así: "De entre todas las criaturas visibles,
sólo la naturaleza humana puede ser realmente
un altar". El mismo Congar, en su libro El misterio
del templo, se permite afirmar: "Todo cristiano
tiene derecho al nombre de 'santo' y al título
de 'templo' ". Igualmente Jordán de Sajonia,
el primer maestro después de Domingo, haciéndose
eco de la misma visión paulina, exclamó
en una carta escrita a una comunidad de monjas dominicas:
"El templo de Dios es santo y ese templo eres tú;
no cabe ninguna duda de que el Señor está
en su santo templo cuando mora en ti ".
En
mi opinión, la más sobresaliente de todos
los que, en la tradición dominicana, han hablado
o escrito sobre el tema del prójimo en la contemplación
es Santa Catalina de Siena. En la primera página
de su Diálogo se nos dice que, "cuando estaba
orando, elevada espiritualmente", Dios le reveló
algo sobre el misterio y dignidad de cada uno de los
seres humanos. "Abre los ojos de tu mente",
le dijo, "y verás la dignidad y la belleza
de mis criaturas racionales". Catalina le obedece
inmediatamente, pero, al abrir los ojos de su mente
en oración, descubre no sólo una visión
de Dios y una visión de ella misma en Dios como
su imagen, sino también una nueva y compasiva
visión y conocimiento de su prójimo. "Inmediatamente
se siente obligada", escribe Catalina, "a
amar a su prójimo como a sí misma, porque
ve cuán supremamente es amada por Dios, observándose
a sí misma en la fuente del mar de la esencia
divina".
Yo
creo que, dentro de estas escuetas palabras de Catalina,
hay una verdad simple, pero profunda: el origen de su
visión del prójimo y la causa de su profundo
respeto por la persona individual es su experiencia
contemplativa. Lo que Catalina recibe en la oración
y contemplación es lo que Domingo recibió
antes que ella: no sólo el mandamiento divino
de amar a su prójimo como ella misma había
sido amada, sino una inolvidable intuición que
va más allá de las consecuencias de la
miseria humana, un vislumbre de la gracia y de la dignidad
ocultas en cada persona. Esta visión del prójimo
afectó tan profundamente a Catalina que, en una
ocasión, comentó a Raimundo de Capua que,
si él pudiera ver como ella veía esta
belleza, la belleza interior y oculta de la persona
individual, sería capaz de sufrir y morir por
ella. "Oh Padre
si pudieras ver la belleza
del alma humana, estoy convencida de que estarías
dispuesto a morir cien veces, si esto fuera posible,
por la salvación de una sola alma. Nada en este
mundo sensible que nos rodea puede compararse en hermosura
al alma humana".
La
afirmación de estar dispuesta a morir cien veces
por el hermano parece extrema, pero es típica
de Catalina. En otro lugar Catalina escribe: "¡Aquí
estoy, pobre desdichada, viviendo en mi cuerpo y, sin
embargo, constantemente fuera de él en el deseo!
¡Ah, amable y buen Jesús!, estoy muriendo
y no puedo morir". "Estoy muriendo y no puedo
morir", Catalina repite esta última frase
varias veces en sus cartas. Dos siglos después,
la mística carmelita Santa Teresa de Ávila
usa también la misma frase, pero de un modo muy
diferente. Fiel a su vocación carmelitana, su
atención se centra enteramente y con profundo
anhelo en Cristo, su Esposo. Sin Él, el mundo
tiene escaso o nulo interés. Y así, en
uno de sus poemas, Teresa nos dice que "está
muriendo" de gran dolor espiritual, porque aún
no puede "morir" físicamente y ser
una con Cristo en el cielo:
"Sólo
esperar la salida me causa dolor tan fiero que muero
porque no muero".
Cuando
Catalina utiliza la frase "muero porque no muero",
no lo hace nunca para expresar un deseo de salir de
este mundo. Por supuesto que Catalina, al igual que
Teresa, anhela estar con Cristo, pero su pasión
por Cristo la lleva, como dominica que es, a querer
servir de cualquier modo posible al Cuerpo de Cristo,
la Iglesia, que está en el mundo aquí
y ahora. Su deseo angustioso procede de su conciencia
de la limitación de todos sus esfuerzos. Escribe:
"Muero porque no muero; reboso, pero no puedo rebosar
a causa de mi deseo de renovación de la santa
Iglesia por el honor de Dios y por la salvación
de todos".
El
misticismo de Catalina de Siena, como el de Domingo,
es un misticismo eclesial, un misticismo de servicio
y no de entusiasmo psicológico. Por supuesto,
tanto para Catalina como para Domingo, Dios es siempre
el primer foco de atención, pero nunca olvidan
al prójimo y sus necesidades. En aquella ocasión
en que un grupo de ermitaños rehusó abandonar
su vida solitaria en los bosques, aún cuando
su presencia en Roma era muy necesitaba por la Iglesia,
Catalina les escribió inmediatamente, diciéndoles
con sarcasmo mordaz: "Se diría que la vida
espiritual se observa actualmente con demasiada ligereza
si puede perderse por cambiar de lugar. Pareciera que
Dios prefiere ciertos lugares y que sólo se le
encuentra en el bosque y no en cualquier otro lugar
en tiempo de necesidad".
Este
pronto de Catalina no significa que no apreciara la
ayuda y los apoyos que ordinariamente son necesarios
para la vida contemplativa: la soledad, el retiro y
el silencio, por ejemplo. Catalina respetaba particularmente
el silencio, pero lo que no aprobaba en modo alguno
era el silencio cobarde de ciertos ministros del evangelio
que, en su opinión, deberían estar gritando
alto y claro en favor de la verdad y de la justicia.
"Grita como si tuvieras un millón de voces",
urgía ella, "es el silencio lo que está
matando al mundo".
Dos
siglos más tarde, en una carta enviada a España
por el dominico Bartolomé de las Casas, leemos
esa misma urgencia. Era el año 1545. Bartolomé
ya había descubierto, con no pequeño valor,
que su vocación consistía en ser la voz
que aquellos que no tenían voz. Viéndose
diariamente confrontado con la apabullante degradación
y tortura de gente inocente a su alrededor, estaba decidido
a no permanecer callado por más tiempo. "Creo",
escribió, "que Dios quiere que yo llene
el cielo y la tierra, y otra vez toda la tierra, con
gritos, lágrimas y gemidos".
Las
Casas no fundamentó la fuerza de este desafío
en la mera emoción. Una y otra vez vemos al predicador
dominico apelando en sus escritos a lo que él
llamó la "inteligencia de la fe". Según
Las Casas, el mejor modo de alcanzar la verdad evangélica
era "encomendarse decididamente uno mismo a Dios
y penetrar profundamente hasta encontrar los cimientos".
Era en este nivel de meditación humilde, pero
persistente, en el que Bartolomé encontró
no sólo la verdad sobre Dios, sino a Dios mismo,
el Dios de la Biblia, el Padre de Cristo Jesús,
el Dios vivo que, en palabras del propio Bartolomé,
tiene "memoria fresca y viva de los más
pequeños y de los más olvidados".
Al
consentir estar expuesto él mismo de ese modo
al rostro de Cristo crucificado en el afligido, Bartolomé
fue verdadero hijo de su padre Domingo, porque Domingo
era un hombre poseído no sólo por una
visión de Dios, sino también por una profunda
convicción interna de las necesidades de las
personas. Y era a los hombres y mujeres de su propio
tiempo, a sus contemporáneos, cuyas necesidades
había sentido en su oración casi como
una herida, a los que Domingo quería comunicar
lo que había aprendido en la contemplación.
En
el corazón mismo de la vida de Domingo, como
principio y como fin, existía un intenso y contemplativo
amor de Dios. Pero al leer las primeras crónicas
sobre la vida de oración de Domingo, lo que también
llama inmediatamente la atención es el lugar
que ocupan los otros, los afligidos y oprimidos, en
el acto mismo de la contemplación. Los "alii",
los otros, no son simplemente receptores pasivos de
la viva predicación de Domingo. Incluso antes
del momento de la predicación, cuando Domingo
se convierte en una especie de canal de gracia, esas
personas, los afligidos y oprimidos, ocupan "el
más íntimo recinto de su compasión".
Incluso forman parte del "contemplata" en
"contemplata aliis tradere". Escribe Jordán
de Sajonia:
"Dios
había concedido a Domingo una gracia especial
para llorar por los pecadores y por los afligidos y
oprimidos; cargó con sus miserias en el más
íntimo recinto de su compasión, y la cálida
simpatía que sentía por ellos en su corazón
desbordaba en las lágrimas que caían de
sus ojos".
Por
supuesto que, en parte, esto significa sin más
que, cuando Domingo ora, se acuerda de interceder por
las personas que él sabe que están en
necesidad, especialmente por los pecadores. Pero hay
algo más, una "gracia especial", por
usar la expresión de Jordán. La herida
del saber que abre el corazón y la mente de Domingo
en la contemplación, permitiéndole experimentar
en toda su crudeza el dolor y la necesidad de su prójimo,
no puede ser atribuida ni a las múltiples experiencias
de dolor observadas ni a su propia simpatía natural.
La herida apostólica que Domingo recibe, y que
le capacita para actuar y predicar, es una herida contemplativa.
Conclusión.
Recuerdo que, cuando era novicio en la Orden, pregunté
acerca de la contemplación a uno de los sacerdotes
de la casa, un hombre maravilloso llamado Cahal Hutchison.
"¿Cuál es el secreto de la contemplación
dominicana?", pregunté. El padre Cahal dudó
por un momento, me sonrió y después dijo:
"Hermano Paul, nunca se lo digas a los carmelitas
o a los jesuitas, pero nosotros no tenemos otro secreto
que el del evangelio". "No obstante",
continuó, "como dominico que soy, puede
revelarte las dos grandes leyes de la contemplación".
Inmediatamente, con el entusiasmo propio de un novicio,
saqué papel y lápiz. Cahal dijo: "La
primera ley es orar. Y la segunda ley es seguir orando".
Quizás, hermanos míos, esto es lo primero
y lo último que puede decirse sobre este tema.
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