odas
las características del carisma de la Orden Dominicana,
especialmente su concepción y su práctica
del estudio, derivan de su razón de ser esencial:
surgió en la Iglesia para predicar la Palabra
de Dios, en un momento de maduración de la inteligencia
y cambios profundos en la sociedad medieval y en la
Iglesia. La orientación posterior de los estudios
en la Familia Dominicana, sus posiciones doctrinales,
sus momentos de grandeza y el tributo que pagó
a los errores provenientes de ciertas mentalidades y
contextos sociológicos; en una palabra, toda
su vida de estudio está marcada por esta inspiración
original: La fidelidad a la Iglesia, el empeño
por comprender aquello que creemos y la aceptación
de los desafíos y problemas provenientes del
desarrollo de la cultura.
1.
EN EL PRINCIPIO. . .
La necesidad del estudio como una exigencia vital está
afirmada desde la primera hora por el fundador de la
Orden Dominicana y será constantemente recordada
por todos los textos constitucionales y por las autoridades
de la Orden a través de los siglos.
Santo Domingo perteneció a una época (finales
del siglo XII y primer cuarto del siglo XIII) en la
que se va configurando un nuevo modelo sociocultural
debido, en gran parte, a la misma evolución que
llevaría a la Europa medieval del feudalismo
a las comunas y que implicará, como es lógico,
un cambio de mentalidad. Las cruzadas, con los nuevos
horizontes culturales y comerciales que ellas abrieron;
la derrota y disgregación del Sacro Imperio romano-germánico,
que hizo que Europa dejara de ser una teocracia; la
formación de los nuevos estados modernos, de
los cuales el más representativo fue la nueva
Francia de Luis IX; las influencias del Islam con sus
triunfos militares y sus grandes centros de cultura,
la aparición de la nueva sociedad comunal con
sus corporaciones de artesanos y comerciantes, que reemplazan
a los siervos de la sociedad feudal; todo esto no pudo
sino determinar una nueva mentalidad.
Una de las corporaciones más importantes y quizá
la principal, era la asociación de maestros y
estudiantes, con su reglamento interno, su autonomía,
su derecho a intervenir en la vida pública. La
Universidad se presentará, al comienzo, como
una de tantas corporaciones pero, dado su carácter
especial y colocada en el centro mismo de la ciudad,
se convertirá en el eje de la misma y de toda
la vida pública, con un alcance que irá
más allá de los límites de una
ciudad o incluso de las incipientes naciones.
Cuando Santo Domingo comenzó su experiencia de
predicación en el sur de Francia (1206), la Iglesia
afrontaba una grave crisis escolar y el nuevo mundo
comunal se estaba organizando al margen y, con frecuencia,
en una actitud de hostilidad y enemistad cada vez más
exacerbada hacia la misma Iglesia. Ésta no contaba
con mucha gente preparada para comprender y encauzar
debidamente el nuevo tipo de ser humano y de sociedad
que se estaba configurando, así como para afrontar
los graves problemas que ésta planteaba a la
fe cristiana y a su anuncio evangelizador.
En ese contexto, Santo Domingo dispone que las primeras
fundaciones de su Orden sean en ciudades universitarias.
Cinco frailes son enviados a París para fundar
el famoso convento de Saint Jacques, en 1217, apenas
un año después de la aprobación
de la Orden por Honorio III. La finalidad de esta fundación
es explicada de este modo por uno de los integrantes
del grupo, Fray Juan de España, cuando más
tarde declara en el proceso de canonización de
Santo Domingo: “[Envió a sus frailes a
París] para que estudiaran, predicaran y fundaran
un convento.” Donado por el maestro Juan de Barastre,
profesor de la Universidad, recibieron del mismo maestro
los cursos de Teología. Será habitual
que los primeros dominicos ingresen a la escuela de
un Maestro en Sagrada Teología con el fin de
capacitarse para la predicación del Evangelio.
En 1220 y en 1221 el Papa Honorio III describe a los
dominicos de París como religiosos aplicados
al estudio de la “Sacra Página”,
que era el modo como se llamaba a la Teología.
Igualmente en Bolonia vemos a los primeros dominicos
entregados al estudio, pues fueron enviados a dicha
ciudad universitaria con ese objetivo. Estos frailes
enviados a las universidades no son simples estudiantes
sino predicadores activos. El hecho es verdaderamente
manifestativo de una concepción del estudio en
relación con la institución universitaria.
No se trataba sólo de hacer una lectura edificante
de la Biblia, ni siquiera de la meditación al
estilo monástico para alimento de la piedad personal
o comunitaria. La propuesta era la búsqueda y
la reflexión allí donde los problemas
doctrinales de la época se presentaban con toda
su agudeza; se estudiaba en el ambiente en que se daba
el encuentro de las disciplinas religiosas y profanas.
Los hermanos no se aíslan tras las paredes del
claustro; se preparan para vivir en el propio medio,
abierto y agitado, donde confluían las diferentes
tendencias y corrientes culturales.
Formados en las universidades y teniendo allí,
desde el principio, a sus profesores, los primeros dominicos
harán de sus mismos conventos, otras tantas escuelas
en que se consagrarán al estudio de manera constante
y metódica. Y así, la orientación
inicial del estudio dominicano aparecerá con
estas características: es organizado, metódico,
institucional, en contacto con el medio universitario
y abierto a la problemática de la actualidad.
En definitiva, el problema de la fe, según creía
Santo Domingo, tenía que abordarse con los mismos
instrumentos y métodos de la cultura que estaba
naciendo. Domingo quiso comprometer a sus hermanos dentro
del despertar intelectual de su época y procuró
situar a su Orden en relación con las nuevas
condiciones sociológicas del pensamiento y los
cambios culturales que ocurrían entonces.
2.
ALGUNOS RASGOS DEL ESTUDIO SEGÚN EL CARISMA DOMINICANO.
a) Apostólico.
El estudio dominicano tiene una finalidad esencialmente
apostólica. Está en función de
la predicación. No pretende formar simples maestros,
sino predicadoras y predicadores. Un estudio sin finalidad
apostólica perdería su carácter
dominicano. El verdadero estudio dominicano arranca
de los interrogantes suscitados por la misión
y desemboca de nuevo en ella. El carisma de Santo Domingo
no fue suscitado en la Iglesia para estudiar, sino para
llevar a cabo el anuncio del Evangelio; en función
de ello se descubre la imperiosa necesidad del estudio.
Domingo percibió con agudeza que una predicación
que no esté sustentada por el estudio, difícilmente
podrá responder adecuadamente a las exigencias
de la misión. Y esto, en todo tiempo.
b) Comunitario.
El estudio dominicano es comunitario. Naturalmente,
esto no quiere decir que las personas estén dispensadas
de esa responsabilidad. Significa que no es un asunto
meramente individual, ni es un privilegio o monopolio
de aquellos que específicamente están
dedicados a la investigación y a la enseñanza.
Afirmar que el estudio dominicano es comunitario significa
que el primer sujeto responsable del estudio es la propia
comunidad o grupo, al igual que ésta es también
la primera responsable de la predicación. Éste
es el verdadero sentido de los “Estudios Generales”
que tanta importancia han tenido en la historia de la
Orden. Las collationes monásticas han evolucionado
en la comunidad dominicana hacia un estudio y una reflexión
teológica, que implica lectio, quaestio, disputatio.
El convento de Saint Jacques de París fue fiel
reflejo de este espíritu que anima el estudio
en la comunidad dominicana primitiva. Es el primer “Estudio
General” de la Orden. Dicho convento vivió
y trabajó en estrecha colaboración con
la Universidad de París, convirtiéndose
en un colegio universitario de Teología.
La comunidad, cualquiera sea su forma de realización,
es el ámbito donde nos animamos unos a otros
en el empeño por estudiar. Por eso, la humillación
o el desprecio no puede tener cabida si existe esta
disposición a la ayuda mutua.
c) Interdisciplinar.
Habitualmente se señala que el estudio dominicano
debe ser preferentemente teológico, pero esto
no significa que deba desentenderse de otras áreas
del conocimiento. Quiere decir, más bien, que
las otras áreas del conocimiento han de ser estudiadas
en relación con la reflexión teológica.
En la primera cuestión de la Suma de Teología,
Santo Tomás de Aquino clarifica suficientemente
el carácter interdisciplinar de la Teología,
si bien es verdad que éste término es
ajeno al lenguaje medieval: “Lo que constituye
la diversidad de las ciencias es el distinto punto de
vista bajo el que se mira lo cognoscible (...) Por eso
no se ve inconveniente en que las mismas cosas que estudian
las disciplinas filosóficas, en cuanto asequibles
a la luz de la razón natural, sean objeto también
de otra ciencia [la Teología] en cuanto son conocidas
con la luz de la revelación divina.”
Uno de los méritos del saber medieval es precisamente
su carácter complexivo o interdisciplinar. El
término universitas alude precisamente a ese
carácter totalizante e interdisciplinar. No ha
llegado todavía el tiempo de la moderna especialización.
Estas circunstancias marcan el carácter del estudio
dominicano: centrado en el estudio teológico,
incursiona en todas las áreas del saber desde
esa perspectiva. La quaestio y la disputatio son los
dos ejercicios escolásticos más representativos
del estudio interdisciplinar en aquella época.
Una de las lecciones positivas de los orígenes
dominicanos y de la historia de la Orden ha sido la
capacidad de ésta para entrar en diálogo
con diversas culturas, clásicas o nuevas, con
apertura y libertad de espíritu. Más aún,
la historia de la Familia Dominicana es testigo de que
la reflexión sobre la fe ha sido fecunda y creativa
cuando ha entrado en este diálogo o debate interdisciplinar.
Todas las disciplinas -literatura, poesía, filosofía,
psicología, sociología, física,
etc.- que intentan dar un sentido a nuestro mundo son
nuestras aliadas en la búsqueda de Dios. “Tiene
que ser posible encontrar a Dios en la complejidad de
la experiencia humana” , porque nuestro mundo,
con todas sus penas y sufrimientos, es fruto en último
término de ese amor divino que creo primero todas
las cosas hermosas.
d) Dialogal.
Es una característica derivada de la anterior.
El estudio dominicano exige el diálogo con la
mujer y el hombre de hoy, reconociendo solidariamente
sus aspiraciones y sus luchas. Es necesario mantener
un contacto permanente y un diálogo abierto y
leal con el pensamiento contemporáneo y con sus
nuevas formas de elaborar el saber y de aplicarlo a
la vida, y una adecuada sintonía con las más
legítimas aspiraciones de nuestros pueblos.
Este diálogo va enfocado hacia el conocimiento
y promoción de los principales valores sociales,
culturales, políticos, religiosos y éticos
que caracterizan la situación actual del ser
humano y de la sociedad, y que son especialmente estimados.
Estamos invitados a reconocer los tesoros escondidos
en las distintas formas de cultura a través de
los cuales se manifiesta la misma grandeza del ser humano
y se abren caminos nuevos en la búsqueda de la
verdad, de la que hablaremos más tarde. Este
reconocimiento alcanza, inclusive, a las llamadas “contraculturas”,
que manifiestan los límites e insatisfacciones
de diferentes grupos humanos o expresan una creatividad
particular.
De esta característica dialogal del estudio se
desprende también la consideración del
lenguaje del ser humano contemporáneo, que a
veces nos pareciera difícil de comprender en
sus imágenes, paradigmas, símbolos y demás
formas de expresión y comunicación. Si
el diálogo es indispensable, el lenguaje –que
es su instrumento- necesita ser tenido muy en cuenta.
e) Compasivo.
“El
estudio en sí mismo es un acto de esperanza,
puesto que expresa nuestra confianza de que nuestra
vida y los sufrimientos de la gente tienen un significado.
Y este significado es como un don, como una palabra
de esperanza que promete vida (...) La esperanza que
nos hace predicadores de la Buena Nueva no es un vago
optimismo, una alegría sincera que silba en la
oscuridad. Es la fe en que al final podemos descubrir
un cierto significado para nuestra vida, significado
no impuesto sino que está ahí, esperando
que lo descubramos.” De esto se sigue que el estudio
debería ser, ante todo, un placentero descubrimiento
de que las cosas tienen sentido para nosotros y para
los demás, a pesar de todas las evidencias en
contra, tanto en nuestra vida como en la historia humana.
Vale la pena recordar aquí que el estudio dominicano
ha sido desde el principio una reflexión sobre
la fe en la ciudad y las plazas de mercado. Santo Domingo
envió a sus hermanos a las ciudades, a los lugares
de ideas nuevas, donde se experimentaban nuevas organizaciones
económicas y políticas, pero también
a lugares donde se reunían los nuevos pobres.
Es bueno que nos preguntemos: “¿Nos atreveremos
a dejarnos inquietar por las cuestiones de la ciudad
moderna? ¿Qué palabra de esperanza puede
ser compartida con los jóvenes que se enfrentan
con el desempleo por el resto de sus vidas? ¿Cómo
puede descubrirse a Dios en el sufrimiento de una madre
soltera o de un emigrante atemorizado? (...) ¿Qué
tenemos que decir a un mundo que se vuelve estéril
por la contaminación ambiental? ¿Nos dejaremos
interrogar por las cuestiones de los jóvenes
y entraremos en los campos minados de problemas morales
como los de la ética sexual, o preferimos estar
a salvo de todo ello?”
Ahora bien, no basta con indignarse ante las injusticias
de este mundo. Nuestras palabras sólo tendrían
autoridad si están enraizadas en análisis
económicos y políticos serios sobre las
causas de la injusticia. Dos hermanos, en dos épocas
distintas, afrontaron este desafío. San Antonino
(siglo XVI) se esforzó por resolver los problemas
de un nuevo orden económico en la Florencia del
Renacimiento; en este siglo, L.-J. Lebret analizó
los problemas de la nueva economía. Si queremos
resistir a la tentación de los clichés
fáciles, la Familia de Domingo necesita hermanas
y hermanos formados en análisis científicos,
sociales, políticos y económicos. Esto
también forma parte de la dimensión compasiva
del estudio.
f) En la búsqueda de la verdad.
El estudio es un acto, en el sentido de una acción
que significa, esfuerzo y aplicación asidua a
una realidad, para discernir su sentido, es decir, su
verdad. El estudio tiene a la verdad como su objetivo;
y la búsqueda de la verdad como su trayectoria.
Pero conviene interrogarse ¿De qué verdad
estamos hablando? Ciertamente, no se trata de esas verdades
abstractas de las esencias, ni tampoco de aquellas ideas
de las que, a veces, nos agarramos para llenar el vacío
de convicciones o para eludir la propia e intransferible
respuesta.
La verdad a la cual nos adherimos no es plural, ella
es única; es la verdad primera, Dios como principio
y fin de todas las cosas, que se nos da a conocer en
Jesús, nuestro Salvador. En Él “se
nos ha mostrado el camino de la verdad, por el cual
nos es posible acceder a la resurrección y a
la bienaventuranza de la vida inmortal”, dice
Tomás de Aquino en el Prólogo a la Suma
de Teolgía. Pero esta verdad única no
es un sistema de doctrinas sino una Persona, que se
muestra como camino hacia el Padre. Esta verdad es la
que hace posible la vida, ayuda a soportar los sufrimientos
y promete la liberación. Siguiendo precisamente
este camino nos hacemos testigos, predicadoras y predicadores
de la verdad.
Sin embargo, conocer esta verdad no es poseerla como
una moneda en el bolsillo; ante todo, es ser atraído
e identificarse con la forma de vivir de una Persona.
Esta verdad única y personal se conoce si se
la “frecuenta” siguiendo sus huellas en
la historia humana, que es donde quiso “poner
su tienda” (cf. Jn. 1,14). Por eso, “la
búsqueda de esta verdad implica aquello que Lacordaire
llamaba ‘la gracia de escuchar al presente’;
el diálogo crítico con el contexto dado,
con las cuestiones sociales, los desafíos de
la justicia y la paz; la búsqueda de esta verdad
nos lleva a la solidaridad con los marginados y los
olvidados. El fruto de esta búsqueda no es ante
todo la especulación de la alta ciencia sino
la compassio. En este sentido, el estudio es para nosotros
más que la adquisición de un saber; él
forma parte de la conversión permanente a la
cual estamos llamados por nuestro compromiso.”
Domingo tuvo la intuición fundamental de convocar
a un grupo de personas que, en el seguimiento de la
vida de los primeros cristianos, recogieran amorosamente
esta verdad que “yace en las calles”, esta
verdad que no se descubre sino cuando uno se pone en
camino, en una existencia de peregrino y mendicante,
lejos de la estabilidad económica de las formas
tradicionales de vida conventual monástica, en
medio de la confusión de los nuevos movimientos
religiosos y de una sociedad que buscaba estructuras
democráticas de coexistencia. En definitiva,
es “yendo a pie” como se encuentra esta
verdad; en la vulnerabilidad del peregrino; no con la
autosuficiencia del poderoso.
Cuando en la Orden Dominicana hablamos de la verdad,
estamos refiriéndonos, en último término,
a la verdad de nuestra vida: a la verdad definitiva
y definitoria de nuestra existencia. Se trata de buscar
la respuesta a la gran pregunta: ¿Cuál
es el sentido y la orientación de nuestra existencia
personal y social?
Ahora bien, la búsqueda de la verdad necesita
ser acompañada e impulsada por una actitud: la
estudiosidad. Ella es un estado de ánimo, una
disposición permanente de la persona que, incluso
cuando no estás estudiando, la mantiene en vilo,
vigilante y atenta, siempre despierta ante cualquier
signo de interrogación, para ponerse en camino
y emprender la búsqueda de la verdad. Su estructura
básica es la capacidad de asombro que lleva a
preguntas y respuestas, así sean provisionales.
La estudiosidad, como disposición permanente
de la persona, mantiene nuestro estudio en actitud siempre
despierta y siempre renovada.
f) Con un “itinerario” particular.
El estudio como acto, y la estudiosidad como actitud,
cuentan en la tradición dominicana con un “itinerario”
particular que puede sernos útil conocerlo.
En primer lugar, la toma de conciencia de aquello que
hemos presentido o precibido de la realidad: su variedad
desconcertante por lo múltiple y compleja y,
a veces, contradictoria; y el análisis de sus
diversos elementos y fenómenos, sus contrariedades
y coherencias, no aisladamente sino en su relación
con otras realidades; no captados como datos fijos y
disecados sino sorprendidos en su dinámica y
devenir. Es la mirada analítica, que valora la
singularidad de las cosas y considera las semejanzas
y coincidencias.
Luego, la búsqueda de una unidad más o
menos englobante y comprensiva que, por lo menos a modo
de hipótesis, vaya dando sentido a la realidad.
No será, seguramente, la clave perfecta de inteligibilidad
pero sí la apertura de un resquicio de luz para
romper nuevas brechas y abrir nuevos caminos hacia un
horizonte de comprensión más luminoso
y satisfactorio. Es ésta la elaboración
sintética de un “logos” que ensaya
explicar la realidad y que vale en la medida en que
sea fiel a ella.
Al final, la verificación sobre el paso mismo
de nuestra búsqueda: porque puede suceder que
la propia explicación conceptual no corresponda
a la realidad, porque falló el anterior trabajo
o porque la misma realidad, cambiante y fluyente como
es, invalidó la explicación. Por eso,
es preciso criticar tanto los primeros análisis
como las anteriores síntesis, con un retorno
a la realidad para constatar o verificar nuestros datos
en los diversos cambios y progresos.
3.
PARA FINALIZAR.
En una ocasión, fray Felicísimo Martínez
describió la espiritualidad dominicana como una
espiritualidad de “ojos abiertos”. El estudio
no va en contra de la espiritualidad y de la fe; en
la tradición dominicana, el estudio colabora
para que ellas incorporen también la percepción
que nuestra inteligencia va teniendo acerca del proyecto
de Dios para la humanidad, dentro de su propia historia.
Además, siendo el estudio dominicano netamente
apostólico, como servidoras y servidores de la
Palabra de Dios, deberíamos ser conscientes de
la fuerza de nuestras palabras, fuerza que puede curar
o herir, construir o destruir. Dios pronuncio una palabra
y el mundo comenzó a existir; y Dios pronuncia
la Palabra que es su Hijo, y somos redimidos. Nuestras
palabras participan de esa fuerza. En toda nuestra labor
educativa y práctica de estudio debería
ocupar un lugar central la profunda reverencia por el
lenguaje, una sensibilidad sobre lo que decimos a nuestras
hermanas y hermanos. Con las palabras podemos ocasionar
resurrección o crucifixión. Nuestro estudio
debería educarnos en la responsabilidad con respecto
a las palabras que usamos. Responsabilidad en el sentido
de que lo que decimos responda a la verdad, corresponda
a la realidad. Pero tenemos también la responsabilidad
de decir palabras constructoras de comunidad, que eduquen
a los demás, que curen las heridas y den vida.
Gabriel
M. Nápole, op
Convento San José, Esposo de la Virgen
Buenos Aires - Argentina
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