
einte
años atrás, los Comunistas encarcelaron
a un teólogo vietnamita. Después de un
cierto tiempo, algunos de sus compañeros y carceleros
le preguntaron al prisionero cómo lograba mantener
su fe y esperanza. El sabía que tenía
que contestar de un modo que lograran entender, sin
utilizar una terminología escolástica,
sino que con la simple verdad del Evangelio. Por fin,
encontró el modo de explicarles y dijo: “Dejé
todo porque amo los defectos de Jesús: tiene
una memoria terrible, no conoce ni la lógica
ni la matemática y no comprende las finanzas
ni la economía.” (Testimonio de Esperanza
— Testimony of Hope, Cardinal Francis Xavier Nguyen
Van Thuan p. 36).
Para hablarles de la Espiritualidad Dominicana de la
Animación y la Formación, mis estimadas
hermanas, que viven en esta realidad cotidianamente,
pienso que podría comenzar afirmando que podemos
aprender mucho sobre este tema si nos fijamos en los
defectos de Domingo.
Domingo desobedeció a algunas de sus propias
reglas y no respetó ciertas leyes de la Iglesia.
Ni logró concretizar algunas de sus ideas y se
encargó de más cosas de las que podía.
En cierta forma, fue negligente ya que no dejó
unas reglas o algo escrito para orientar e inspirar
a sus discípulos, como hicieron otros fundadores.
Por lo tanto, hay esperanza para personas como nosotros.
No tenemos que tenerlo todo. En efecto, no sería
muy dominicano. A imitación de Domingo, podemos
ser desobedientes, fracasar, ser escandalosa e irresponsables,
¡y aún así ser buenas animadoras
y formadores! Por lo tanto, ¡relajémonos!
Dado que hablaré de animadoras y formadores,
incluyo a todos los directores de vocaciones presentes,
ya que en realidad son ellas las que nos orientan con
vistas al futuro.
Existe mucha literatura sobre la animación y
la formación. ¿Qué puedo decir
de original sobre la “Espiritualidad Dominicana
de la Animación y la Formación”?
Realmente vacilo al hablar, sobre todo a la luz de los
trágicos acontecimientos del once de septiembre,
pero lo intentaré, confiando no sólo en
vuestra capacidad de reflexionar sobre vuestra experiencia
personal como animadoras y formadoras, sino que también
en vuestra capacidad de buscar la verdad en vuestra
propia “Espiritualidad de Animadoras y Formadoras”
en los comentarios que preparé.
Tras leer y reflexionar acerca de nuestra historia y
tradición dominicanas, y reflexionar sobre mi
propia experiencia en la formación y la animación
como Coordinadora Internacional de las Hermanas Dominicas
Internacionales, me gustaría tomar en consideración
tres cualidades que representan nuestra Espiritualidad
Dominicana de Animación y Formación; tres
formas en que el Espíritu Santo hoy nos inspira
a ser líderes y formadoras dominicas. Esta es
mi lista. Fue una experiencia enriquecedora llegar a
estas tres cualidades. Quizá, también
ustedes podrían entretenerse pensando en su lista.
¿Cuáles son las cualidades que pienso
caracterizan la animación y formación
dominicana? Muy sencillamente, son: la confianza, la
sinceridad y la amabilidad. Espero lograr analizar estas
cualidades para que puedan ver si corresponden a vuestras
percepciones, o lograr estimularlos para que las incluyan
más explícitamente en vuestra vida de
líderes o formadores. Desgraciadamente, no tengo
tiempo suficiente para examinar cada una de estas tres
cualidades desde el punto de vista de Dios, personal
y de los demás; por lo tanto he sintetizado mi
pensamiento y llegado a la conclusión de que
las animadoras y formadoras dominicas deben confiar
en Dios, ser sinceras consigo mismas y amables con los
demás. Analizaré el fundamento dominico
de cada una de estas cualidades, qué sucede cuando
faltan estas cualidades en la animación y la
formación, y algunas sugerencias para lograr
incorporarlas en nuestra vida cotidiana. Por tanto,
¡ abrochen los cinturones de seguridad!.
CONFIAR EN DIOS
No soy muy original incluyendo este
aspecto a los fines de la comprensión de la Espiritualidad
Dominicana. Estoy segura de que muchos de ustedes se
recordarán inmediatamente de la maravillosa cita
de Schillebeeckx. Él afirma que la Espiritualidad
Dominicana consiste en la “Fe en la prioridad
absoluta de la gracia de Dios antes de cualquier acción
humana: la orientación teológica de la
vida Dominicana y su programa en relación con
la ética, el mundo, la sociedad y la promoción
de las personas. No hay una preocupación ego-céntrica
sino la confianza en Dios. Puedo confiar más
en Dios que en mí mismo... Dios todavía
brinda un futuro inesperado al significado limitado
y alcance de mis propias acciones (God Among Us, Cross
road, NY, 1987, p. 241 —Dios entre Nosotros).
Koudelka también se centra en la confianza de
Domingo en la Divina Providencia. “Si la Orden
tiene la marca indeleble de la personalidad de Domingo,
no es porque él haya impuesto o deseado imponer
sus propias ideas y temperamentos en ella, sino porque
se le entregó su propio sentido del dinamismo
de la Divina Providencia, y su inmensa confianza en
Dios y en los ayudantes y compañeros que Dios
le había dado.” (Vladimir Koudelka, Dominic,
Darton, Longman, Todd, England, p. XVII).
Nuestra tradición se caracteriza
por este principio de confianza absoluta en la Providencia
Desde el inicio, Domingo envió a sus jóvenes
predicadores, incluso a los novicios, por todo el mundo
y les dijo que el iba a rezar por ellos. Juan de España
declaró en el proceso de canonización:
“Domingo tuvo tanta confianza en la bondad de
Dios que envió aún a hombres ignorantes
a predicar, diciendo: “No tengan miedo; el Señor
estará con usted y pondrá su poder en
su boca” (Simon Tugwell, “Dominican Risks”,
Ashram,p. 187— Riesgos Dominicanos). Un buen ejemplo
de esta confianza se puede ver en al historia de Buonviso:
“Fue un novicio y no tuvo habilidad para predicar,
porque no había estudiado la escritura. Domingo
le dijo que fuera a predicar a Piacenza. Domingo habló
con tal encanto que persuadió ir a Buonviso,
diciéndole que Dios estaría con él
y le pondría las palabras en la boca. De hecho.
Dios dio tanta gracias a Buonviso en su predicación
que se convirtieron mucha gente y tres entraron en la
Orden como fruto de esta predicación.”
(Simon Tugwell, Early Dominicans, SPCK, London, p. 73—
Primeros Dominicos). Este modo “despreocupado”
de Domingo de enviar jóvenes sin preparación
fue muy criticado. Lo que Jacques de Vitry dijo acerca
de los Franciscanos también se dijo de los Dominicos:
“Esta forma de vida religiosa me parece muy peligrosa,
porque no solamente a hombres maduros, pero también
a los jóvenes que debían haber contenido
y probado dentro de la disciplina conventual, se les
desparrama de a dos por todo el mundo.” (“Dominican
Risks”, p. 174 — Riesgos Dominicanos). Mi
opinión es que este método arriesgado
estaba relacionado con la confianza de Domingo en la
Divina Providencia.
Existen muchos ejemplos en la vida
de Domingo en que es evidente esta confianza en Dios.
El estuvo sólo por diez años en Fanjeaux.
En mil doscientos siete (1207) muere Diego y también
uno de los primeros tres legados. En mil doscientos
ocho (1208) otro de estos legados es asesinado. Domingo
no lograba poner en marcha su proyecto. Según
buenos criterios administrativos, Domingo era básicamente
un fracaso. Sin embargo, él resistió,
no renunció y confió como nunca en la
Providencia. No puedo evitar de pensar que esa fue su
noche oscura del alma. Como Juan de la Cruz, se encontró
ante un punto muerto pero nunca perdió su fe
en Dios.
Como fundador, la confianza de Domingo
en el Señor es igualmente evidente. Esto resulta
patente cuando Domingo introdujo la fórmula de
la profesión. Los discípulos de Domingo
tenían que jurar obediencia ante todo a Dios.
En ese entonces, otros grupos religiosos hacían
la profesión a alguna Regla o estructura de la
Iglesia, pero Domingo insistió en que sus discípulos
juraran primero obediencia a Dios. Dios tenía
que venir antes de todo lo demás; tenia que ser
la primen persona con quien comprometerse. Dios tenía
que estar en el primer lugar en la vida religiosa dominica,
y tenía que tener la influencia principal en
los discípulos de Domingo. En segundo lugar,
ellos tenían que seguir la profesión de
superiores, lo que “debe ser relativizado por
el reconocimiento explícito de las acciones independientes
de Dios.” (Early Donlinicans, p. 26 —Primeros
Dominicos). Ante todo, por último y siempre,
debíamos confiar en el Señor Ayer, hoy
y mañana, Dios es en todo momento la surgente
de nuestra vida.
Otro ejemplo sorprendente de esta
confianza fue cuando Domingo hizo hincapié en
la importancia de la mendicidad en el Capítulo
de mil doscientos veinte (1220). Si bien antes había
hecho concesiones, esperando pacientemente el pleno
cumplimiento de ese objetivo, Domingo afirmó
que la Orden debía renunciar a todos los ingresos
y las rentas fijas, incluso los predicadores ambulantes,
los frailes y las comunidades, todos tenían que
vivir de la limosna. ¿Cuál mejor demostración
de esta confianza en la Divina Providencia que mendigar
para las propias necesidades cotidianas? En ese mismo
Capítulo, Domingo confió la Orden a sus
hermanos y pidió que lo exoneraran de su cargo.
Los frailes se opusieron, por tanto Domingo creó
un grupo de cuatro colabora dores para que lo ayudaran
en el Capítulo. (¡Ese grupo puede considerarse
el primer equipo o consejo de gobierno dominicano!).
Dado que creía que nada era imposible con la
ayuda del Señor, pudo renunciar al sueño
de su vida por el cuidado de sus hermanos. Como afirma
Schillebeeckx y como creía Domingo, Dios da un
futuro inesperado al significado y alcance limitado
de nuestras acciones. No es de extrañarse que
cuando empezó la controversia sobre la teología
de la gracia, los discípulos de Domingo adhirieran
a la interpretación que las buenas acciones,
si bien son genuinamente personales, se deben completamente
al Señor.
Durante toda su vida, Domingo hizo
lo que según Laurie Sones todo animador debería
hacer, es decir, Domingo se mantuvo constantemente en
contacto con su jefe. Este verano mientras leía
otra vez la vida de Domingo de Vicaire, me conmovieron
las numerosas referencias a la oración contemplativa
de Domingo, El rezaba todo el día, durante tos
momentos de dificultad, antes de tomar decisiones y
fuera de horas. Rezaba en cualquier lugar: en la calle,
en la capilla, en la sala del Capítulo, en el
Vaticano. Él confiaba en su relación con
el Señor de la Providencia. No se trataba de
un informe anual o una reunión trimestral de
la junta, o un retiro mensual o un día de oración.
Era una relación constante.
Gracias a esta confianza en el Señor,
Domingo confió en su comunidad. Deliberadamente
intentó no imponer mucho sus opiniones a sus
asociados. Después del Cuarto Concilio Laterano,
cuando le dijeron a Domingo que tenía que escoger
una de las reglas existentes, regresó a casa
en Toulouse, para analizar el asunto con su comunidad
y escuchar la sabiduría de sus hermanos. Juntos
eligieron la Regla de Agustín. Aunque Domingo
confiaba en la comunidad, también es evidente
que confiaba en sí mismo, creía en sí
mismo. Cuando decidió enviar por el mundo a sus
discípulos tuvo que enfrentar mucha resistencia,
tanto del obispo como de sus hermanos. El se mantuvo
firme y afirmó: “¡Yo sé lo
que estoy haciendo!”. ¿Concuerdan conmigo
en que una de las características del liderazgo
de Domingo fue su confianza, total y absoluta, en Dios
para todo?
¿Qué nos pasa como animadoras
dominicanas cuando no tenemos esa confianza en Dios?
Parker J. Palmer, un cuáquero contemporáneo
muy influyente, habla de “ateismo funcional: creer
que la responsabilidad última por todo corresponde
a nosotras. Esta es la convicción inconsciente
de que si algo bueno va a pasar aquí, seríamos
nosotras las que lo vamos a causar - es una convicción
mantenida hasta por gente que habla muchísimo
de Dios”. (Let Your Lefe Speak, Jossey-Boss Inc,
California, p. 88 — Deja que hable tu vida). Esta
actitud nos lleva a la depresión, a la desesperación.
Si confiamos en Dios cotidiana y constantemente, nos
damos cuenta que somos solo prioras adjuntas, provinciales
adjuntas consejeras generales adjuntas, directoras de
vocaciones adjuntas. Podemos renunciar a la función
de “Directora General del Universo Entero”,
así como de la congregación o provincia
entera, y hacer sólo lo que podemos, lo que está
en nuestras manos. Recuerden la cita de Walter Farell:
YOU ARE A DOMIMCAN. “A mí me parece encantador
poder tirarme en la cama, dándome cuenta que
hay alguien tan grande como Dios que se preocupa de
todo lo que hay que hacer... No puedes hacer todo en
un día ni ta poco puedes hacer una parte con
la perfección debida, ni aún a la manera
que te gustada hacerlo; por eso como todos los demás,
uno intenta hacer el trabajo con una cantidad normal
de energía, por un tiempo razonable, y después
uno se va a dormir, sabiendo que somos solamente hijas
de Dios, no Dios mismo. Es humillante pero es fascinante.”
Confiar en Dios nos permite dar nos
cuenta que no tenemos que soportar toda La carga. Podernos
compartirla con nuestras hermanas, que quieren que les
deleguemos poderes. Una vez escuché a un miembro
de un equipo directivo expresar urgencia acerca de su
ministerio diciendo: “Nuestro equipo tiene tan
poco tiempo para completar su labor. Tenemos sólo
una pequeña oportunidad, porque ELLAS (los miembros
de la congregación) no están equipadas
para enfrentar el futuro”. Quizás nuestros
miembros ya estaban antes que nos nombraran, y la mayoría
de ellos estará allí después que
nos vayamos. Y ese enorme sentido común que los
ha sostenido a lo largo de los años al final
no los abandonará. Nosotros tendemos a ponemos
en la defensiva cuando no confiamos lo suficiente en
la bondad y la sabiduría de nuestras hermanas
y hermanos. La confianza en nuestros miembros es una
característica muy dominicana del liderazgo y
la formación. Domingo tomó prestado del
derecho romano el aforismo: “Lo que concierne
a todos debe ser tratado y acordado por todos.”
(MH Vicaire, The Genius of St. Dominic, Dominican Publications,
Nagpur, India, p. 41 El genio de Santo Domingo). Hoy
día, pienso que la sabiduría reside en
la buena voluntad y en el sentido común de nuestra
hermandad y fraternidad, y ello gracias al plan y cuidado
providencial de nuestro Señor.
Otro obstáculo es que a veces
no confiamos en nosotros mismos. Dudamos de nuestras
capacidades de gobierno. No estamos seguros de nuestra
fortaleza en medio del caos. Nos olvidamos que la mano
del Señor vela sobre nosotros. Y, así,
sin ni siquiera darnos cuenta “privamos a otros
de su identidad como una manera de poder fortalecer
la nuestra”-(Palmer, p. 86). A nuestras hermanas
y al personal les privamos de la capacidad de pensar,
responder, crear y evaluar. La confianza en la “gracia
del oficio” es también una actitud muy
dominicana, es lo que nos permite relajamos y tranquilizar
nos. Recuerdo cuando comencé a trabajar con las
Hermanas Dominicas Internacionales, me aquejaban tantas
inseguridades: “Hermanas Dominicas Internacionales”
fracasará porque no soy capaz.. porque tengo
una mentalidad muy estadounidense y no lo suficientemente
internacional... porque no estoy segura de su futuro...
por que no lograré atraer ayuda, ni financiera
ni de otro tipo... porque no puedo hacer todo lo que
creo debería ser hecho.., porque en Roma hay
tanta opresión contra las mujeres.... porque
la Iglesia no ayuda a las mujeres en sus esfuerzos..
porque hay muchas diferencias entre las hermanas dominicas...
porque... porque... Y, en vez de superar todas esas
inseguridades, o algunas de ellas, me acordé
de mi experiencia más negativa y visible y dejé
que se apoderan de mí. Me olvidé de las
palabras de Meister Eckhart. Escuchen con atención:
“Si este nacimiento realmente ha ocurrido dentro
de ti, entonces ninguna criatura podrá frenarte.
Agarrar a Dios en todas las cosas, esa es la señal
de tu nuevo nacimiento.”
¿Cómo podemos incorporar
en nuestra vida cotidiana esos momentos de presencia
contemplativa en que estamos conscientes de la Pro videncia
del Señor? ¿Cómo podemos confiar
siempre en el dinamismo de la Providencia Divina? La
resignación pasiva, que se manifiesta en el dicho
“Es la voluntad del Señor?’ no hace
parte de la herencia de Domingo; el compromiso activo
es el camino para los dominicos. ¿Cómo
podemos dejar que la atención providencial de
Dios interrumpa nuestras vidas tan ocupadas y nos lleve
hacia delante y hacia arriba? ¿Qué es
lo que nos impide confiar más firmemente en Dios
considerándolo nuestra roca y fortaleza? ¿Es
que no tenemos tiempo, o no nos tomamos el tiempo para
lograr poner en perspectiva la situación a la
que nos enfrentamos? Nunca dejo de maravillarme ante
la sabiduría de nuestras hermanas más
ancianas. Algunas parece tener una percepción
que abarca el pasado, el presente y el futuro, y esto
se debe fundamentalmente a su confianza, dependencia
de Dios para todas las cosas. ¿Cómo se
ven afectados nuestros ministerios por la inmensidad
de la Providencia Divina? Una de las ex-prioras de mi
Congregación de Columbus, Madre Stephanie, cuatro
años después de la Depresión de
mil novecientos veintinueve (1929), escribió:
“Confía completamente en el Señor
y sigue adelante con coraje en tu importante trabajo;
planea todo para el futuro, como si tuvieras una donación
de un millón de dólares. En realidad,
posees algo más seguro: la fe y confianza en
la Providencia de Dios.” ¿Somos lo suficientemente
audaces en nuestros ministerios? ¿Estamos dispuestos
a arriesgarnos por la inmensidad de la Providencia Divina?
¿Cuáles decisiones hemos tomado recientemente
que estaban basadas en la fe y no en el miedo? ¿Podemos
permitirnos aparecer temerarias? Se trata de conservar
la herencia de Domingo. ¿Dejamos la puerta suficientemente
abierta para lo inesperado y las sorpresas? ¿O
somos tan organizadas y eficientes que tenemos una respuesta
o formularios para todo? ¿Tenemos que renunciar
un poco a nuestra “profesionalidad” para
dar espacio a lo ridículo o lo extravagante?
Tal vez, no todos los días, pero por lo menos
una o dos veces al año. ¿Cuándo
dejamos tiempo para analizar este tipo de preguntas
en nuestras reuniones de equipo?
Pregunta: ¿En cuál
situación particular te resultó más
difícil con fiar en Dios?
SER SINCERA CON UNO MISMO
La segunda calidad que considero esencial
para una Espiritualidad Dominicana del Liderazgo y la
Formación es la sinceridad. Dado que confiamos
en Dios, la verdad no es una característica sorprendente:
la verdad es una virtud antigua y, en efecto, es un
lema de la Orden. Fue sólo en el siglo diecinueve
(XIX) que la Orden escogió ese epíteto,
aunque hay referencias precedentes. En nuestros cantos
nos referimos a nuestro fundador como “Doctor
de la Verdad”. Sabemos que Tomás de Aquino,
que escribió tres grandes volúmenes acerca
de la Verdad, De Veritate, estaba fascinado por la Verdad
Divina y consideraba que ésta abarca la realidad
divina, física y humana. También existe
una carta que el Papa Clemente Cuarto (IV) envió
al Capítulo General de mil doscientos sesenta
y seis (1266) en la que el Papa atribuye a la Orden
de los predicadores la fórmula de Isaías
26:2 “la gente justa, guardadora de verdades”.
Y en el siglo catorce (XIV), Luis de Bayana, adversario
de Juan veintidós (XXI) I, escribía: “La
Orden de Predicadores es la Orden de la Verdad que defiende
tanto con valentía como con libertad”.
(Guy Bedouelle, The Grace of the Word, Ignatius Press,
San Francisco, p. 168 — La gracia de la Palabra).
También Catalina de Siena pone
énfasis en la Verdad. En el Diálogo, ella
se dirige a Dios como la Primera Verdad, la fuente de
toda verdad. y a Jesús como “Gentil Verdad”.
Y concluye esa conversación con las siguientes
palabras “Vísteme, vísteme con Vos
mismo, Verdad eterna” Para Catalina, estar comprometida
con la Verdad fue en primer lugar, estar comprometida
con Dios. La Verdad es ésta Dios sólo
quiere nuestro bien, nuestra plenitud en la verdad y
en el amor y nuestra santidad dentro de la santidad
de Dios.(Suzanne Noffke, Vision through a Distant Eye,
Liturgical Press, Minnesota, p. 167 Visión por
un Ojo distante)
Ahora me gustaría detenerme
en lo que nuestra querida Catalina dice sobre el ser
sincero con uno mismo. Hoy día, algunos se burlan
de este tipo de introspección, mientras otros
la exaltan en modo aislado. Nuestra santa hermana Catalina
afirma que el conocimiento de uno mismo es esencial
para entregarse a los demás, incluso al Otro,
es decir, a Dios. Catalina dice que debemos liberarnos
de nuestro falso yo y conocer nuestro verdadero ser.
Usa la imagen de un viaje en un pozo y describe el proceso
de construir un pozo en que uno tiene que excavar montones
de tierra antes de encontrar el agua. De manera similar,
tenemos que remover la tierra de nuestro falso yo, caracterizado
pro nuestra independencia y orgullo, “el suelo
de nuestra pobreza, el reconocimiento que solas nosotras
no somos nada.” (L 41). Sólo en ese modo
encontraremos el agua corriente de la bondad de Dios
en las profundidades de nosotras mismas, donde está
nuestro verdadero ser. En vena más contemporánea,
Etty Hillesum, una víctima del Holocausto, afirma:
“Verdaderamente, no veo otra solución sino
la de volvemos hacia nuestro interior y extirpar toda
la pobredumbre que hay allí. No creo que podamos
cambiar algo en el mundo sin antes cambiar nosotros
mismos. Y esta me parece que es la única enseñanza
extraída de esta guerra.”
Cuando Catalina habla del conocimiento
de uno mismo, lo describe como un proceso delicado,
un proceso de crecimiento. Este conocimiento no ocurre
de la noche a la mañana, hay que recorrer un
camino, lleno de etapas. Es un proceso de búsqueda
de la verdad. Como dice Timothy Radcliffe: “La
verdad no se capta con la claridad de una sola visión,
pero uno de acerca a puntapié a ella, por medio
de nociones parciales, teorías inadecuadas, por
medio de instrumentos diversos, y finalmente nos llega
como un don y como una sorpresa. (Timothy Radcliffe,
Sing A New Song, Dominican Publications, p. 239 Cantar
un canto Nuevo). La búsqueda de la verdad sobre
nosotros mismos es más una actitud que una acción
individual. En algún momento, en el viaje de
nuestra vida, debemos mirar nuestras limitaciones e
imperfecciones y, así, llegaremos a conocer la
bondad de Dios.
Otro aspecto de esta atención
de Catalina hacia la verdad es que nadie posee la verdad,
por lo tanto nos necesitamos los unos a los otros. No
se trata de un viaje solitario, privado. Catalina estaba
convencida de que todos los miembros del Cuerpo de Cristo
tienen la responsabilidad de decir la verdad en el amor,
por que ningún ser humano, ni siquiera el Papa,
tienen la capacidad de comprender toda la verdad. En
el Diálogo, escuchamos a Dios hablar con Catalina;
“... lo mismo es cierto de muchos de mis dones
y gracias, virtud y otros dones espirituales y las cosas
necesarias para el cuerpo y la vida humana. He distribuido
todo de tal manera que nadie tiene todos. Así,
les he dado una razón, -una necesidad de hecho-
para practicar la caridad mutua. Porque fácilmente
podría haber provisto a cada uno de ustedes todo
para cubrir sus necesidades, tanto espirituales como
materiales. Pero quería que fueran de pendientes
uno del otro, y así cada uno sería mi
ministro, dispensando las gracias y dones que han recibido
de Mí. ... Así ven que les hice mis ministros,
colocándoles en puestos y cargos diferentes para
ejercer la virtud de la caridad. Porque hay muchas habitaciones
en mi casa.” (D7). El conocimiento de nosotros
mismos nos conduce a los demás, así como
al Otro, a Dios.
¿Qué pasa cuando falta
esta verdad sobre nosotros mismos? A un grupo de mujeres
en Florencia, Catalina escribe; “que tal espíritu
no esté lleno de fantasías sino con sólida
virtud, amando con un corazón sincero y no falso,
libre pero no doble.” (Letter T 82). Y al monje
Giovanni dalle Celle: “Avanza con verdad sincera
que no sea contaminada con respeto humano.” (Letter
T322) (Noffke, p. 21). Según Catalina, nosotras
creamos fantasías, nos volvemos hipócritas
y corruptas con relación al respeto humano cuando
nos falta esta verdad sobre nosotras mismas.
May se hace eco de Catalina en su
poema:
Ahora me vuelvo yo misma.
Ha llevado tiempo, muchos lugares y años.
He sido disuelta y sacudida,
Fingido colocarme la cara de
otros...”
(May Sarton, Now 1 Become
Myself in Collected Poems,
1930-1973 (New York: Norton,
1974), p. 156)
Nos ocultamos atrás de rostros
que no son nuestros. Pienso que a veces la animación
y la formación nos obligan a enmascararnos porque
tenemos muchas cosas de que ocupamos. A veces, en nuestro
rol de directoras y formadoras se nos pide que hagamos
las veces de un administrador, director espiritual,
profesor, guía, testamentario, tesorero y todo
a mismo tiempo. Recuerdo que una vez, cuando estaba
preparando una charla importante para la apertura de
uno de nuestros colegios universitarios, nuestro abogado
me llamó para preguntarme la decisión
final sobre la venta de nuestro hospital. Apenas colgué
el teléfono, una hermana llamó a la puerta
para decirme que la hermana más anciana en nuestra
enfermería había recién fallecido
y que su familia quería ver me. Y todo eso pasó
durante los primeros meses de mi primer año como
Priora.
La lista de Nygreny Ukeritis nos confirma
esta necesidad de ponerse varios rostros. Ellos escriben:
“Líderes excepcionales poseen competencias
básicas: saben con seguir información,
tienen eficiencia y habilidad administrativa, la capacidad
intelectual de conceptuar y analizar, junto con un fuerte
sentido de misión. Además, estos líderes
poseen una conciencia profunda de la sacralidad de la
vida, lo cual les permite discernir y hablar de lo que
pasa en un mundo cambiante. Su pasión es mejorar
las cosas e iniciar cosas. Saben priorizar estrategia
por sobre mantenimiento, su mirada están fija
por donde la institución desea caminar y como
llegará hasta su meta, y no tanto en sostener
el funcionamiento diario del status que son objetivos
y sinceros sobre lo que pasa, pueden subordinar su necesidad
de ser populares y aprobados a la necesidad de cumplir
una. Son sensibles a las señales de resistencia
y siguen adelante enfrentando la resistencias como una
parte normal entre sus obligaciones profesionales (como
citado por Donna Markham, Spiritlinking Leadership,
Paulist Press, New Jersey p 123,4)
Y, que quede entre nosotros, hay veces
que tenemos que “fingir”, utilizar rostros
que no son los nuestros. ¿Están de acuerdo?
Este ambiente -todas estas exigencias-
a veces hace que nos engañemos en la creación
de nuestra verdad. A veces, pensamos que nuestras palabras
no pueden decir nada, independientemente de que sea
verdad o no. Como dice Catalina, hay ocasiones en que
estamos tentados a “ocultar la verdad y a decir
mentiras si eso nos aventaja”. Otras veces, en
cambio, pensamos que tenemos la última palabra
sobre todo. Recuerdo un hecho con Pat Walter, el año
después que había completado su mandato
como Priora. Ella vivía conmigo en Roma y fue
a ver la película “Isabel”. Le encantaron
los vestuarios y el argumento y refirió a toda
la comunidad, durante el desayuno del día siguiente,
cuánto le había gustado. Todos parecían
escuchar su opinión. Esa tarde, dos hermanas
inglesas fueron a ver la película, pero no les
gustó para nada. No encontraron ningún
rasgo positivo y nos dijeron su opinión el día
siguiente, durante el desayuno. Pat, estaba sentada
en silencio, escuchando lo que decían. Después,
se apartó conmigo y dijo “Margaret, me
acabo de dar cuenta de que debo renunciar a otro beneficio
del liderazgo. Todo lo que digo ahora ya no se considera
importante, digno de atención y verdadero”.
El mismo tipo de santurronería que a veces caracteriza
la política exterior de los Estados Unidos no
se aleja mucho de nuestro comportamiento cuando estamos
bajo presión. Frecuentemente repetimos: “Yo
sé lo que estoy haciendo”, a veces sin
convicción, otras veces por terquedad y miedo.
Las presiones que soportamos como líderes y formadores
son agobiantes. Se nos pide tan frecuentemente que hagamos
las veces de personas públicas, que es grande
la tentación de comportarnos siempre así.
Aunque este mundo externo es exigente,
en fondo sabemos que es más fácil crear
una institución que ocupamos de nuestra alma.
“Hacemos que las instituciones suenen complicadas,
duras y rigorosas, cuando en realidad son una cosa simple
en comparación con nuestro mundo interior. (Palmer,
Let Your Lefe Speak, p. 202). A veces mantenemos ocupados
nos ayuda a conservar la ilusión de que tenemos
todo bajo control. Como dice el actor Robin Williams,
sobre su búsqueda de la autenticidad: “La
verdad esencial es que a veces te preocupes de que descubran
que fue una cosa totalmente accidental, que realmente
no tienes talento. Que has perdido la musa o pero todavía-
que nunca la tuviste. Pasé por toda esa locura
al principio.” (Russ S. Moxley, “Leadrship
and Spirit”, p. 138)
¿Cómo podemos estimular
esta declaración de la vedad, este cono cimiento
de uno mismo? Naturalmente, existen los caminos tradicionales
de dirección espiritual, retiros, intercambio
con amigos, tiempo de calidad dedicado a la soledad
y al silencio, incorporar las ocasiones en que nos sentimos
apreciados, queridos y admirados. Mis lugares para este
tipo de afirmación fueron con los niños
Montessori, las hermanas en la enfermería y las
visitas a mi hermano y a su familia. A veces, estaba
tan ocupada que no podía hacer ninguna de esas
cosas e inevitablemente comenzaba a adquirir comportamientos
poco sanos. Me atrevo a decir que tomarse tiempo para
esas cosas es más importante que escribir cartas
a la comunidad, revisar los presupuestos de la congregación
y organizar reuniones del personal. Bueno, tal vez esté
exagerando, pero es sólo porque muy pocos de
nosotros se permiten tanto a ese respecto.
Gracias a Catalina, resulta claro
que tenemos que tomar seriamente este viaje interior,
para nuestro propio bien como también para nuestra
labor de liderazgo y formación. Como Rosa Parks,
debo decir: “Nunca más voy a actuar por
fuera de una manera que contradice la verdad que mantengo
profundamente por dentro. Nunca más voy a actuar
como si estuviera menos de la persona integral que sé
por dentro que soy.” (Rosa Parks, Rosa Parks:
My Story Dial Books, New York, p. 116). Todas nosotras
debemos mirar claramente a lo que está sucediendo
dentro de nosotras, para no distorsionar la realidad
y para que no permitamos que esa distorsión influencie
nuestros pensamientos y decisiones. Otra cosa es abrazar
las sombras, aquella parte de nosotras que no queremos
ser, que quisiéramos ocultar, que esconde nuestros
miedos, ansiedades e inseguridades. (Moxley, p. P.138)
Entonces no las proyectaremos más. La vida nos
ofrece indicios sobre nuestras sombras. Sabemos que
se acercan cuando nos damos cuenta que las cosas tienden
a ponemos furiosas. ¿Cuáles desaires nos
hacen reaccionar de manera exagerada? ¿cuándo
se asoma nuestra ira para perseguimos? ¿Qué
les parecen nuestros miedos? ¿Qué es lo
que no nos gusta en los demás, especialmente
en los demás de nuestro mismo sexo? Es en ellos
que más probablemente proyectaremos nuestras
sombras, (Moxley, p. 142) La cita de Jung que prefiero
es: “Nosotros no vemos las cosas como son, sino
que las vemos en el modo que somos NOSOTROS.”
Sólo cuando nos conozcamos a nosotros mismos
seremos capaces de transformar nos en lo que dice Helder
Cámara: “...un experto en el arte de descubrir
el núcleo de verdad en las opiniones de todo
tipo”, incluso la de nuestros miembros más
difíciles o perjudiciales. (¡La última
frase es mía!)
Es útil asimismo, dejar entrar
a los demás en nuestras zonas oscuras, naturalmente
no a todos los miembros de la congregación, aunque
a muchos les encantaría tener acceso a nuestra
mente y corazón. Pero, lo suficiente para que
no estemos solos con nuestro secreto, cualquiera que
sea. Últimamente estaba leyendo sobre una tradición
cuáquera, llamada el “comité de
la claridad”, un proceso mediante el cual el grupo
se abstiene de dar consejos, pero pasa tres horas haciendo
preguntas honestas y abiertas para ayudarte a descubrir
tu propia verdad interior. (Palmer, p. 44).Hay algunas
verdades sobre nosotros mismos que profundamente personales,
pero no son necesariamente asunto privado. Cuanto antes
reconozcamos este hecho, más libres seremos.
Por último, una cosa que he
descubierto recientemente que me ayuda a mantener la
perspectiva es decir, reír y celebrar la vida
más. Incluso las tragedias de las últimas
semanas nos recuerdan que hay muchas razones para celebrar.
Este nuevo énfasis deriva de mi experiencia en
la Asamblea de la Familia en Manila. (Hna. Marta lo
sabía incluso antes de Manila!). Todas las noches
en Manila había una celebración de algún
tipo, a pesar de los tifones, la crisis política
y los desastres económicos. Al principio pensé
que era una exageración, pero poco después,
y retrospectivamente, me di cuenta que esa era la clave
de la oración profunda y los debates memorables
relacionados con las misiones, ¿Alguna vez se
han dado cuenta de que no existen acentos extranjeros
cuando se escuchan las risas? La risa de la hermana
árabe suena exactamente como la de la francesa.
Este derrumbamiento de fronteras y esta nivelación
que caracteriza la recreación es sumamente reconstituyente
y unificador.
A través de la celebración,
podemos reír juntos y estar completamente de
acuerdo los unos con los otros, renunciando aparte de
nuestro control y abriéndonos a la transformación.
¿Se acuerdan de esa película de mediados
de los años ochenta, titulada la Fiesta de Babette?
En esa película la celebración era transformacional.
Una chef, con el dinero obtenido en una rifa, organiza
una cena especial, y los doce invitados se transforman
durante la celebración. Los invitados perdonan
las heridas pasadas, paran de chismear, hablan con sus
enemigos y comienzan a bailar juntos. Hay veces, en
que lo único que podeos hacer es celebrar. Se
nos han quitado tantas cosas que no hay nada que controlar,
ningún lugar que escalar o esconder. Como dijo
un fraile: “Necesitamos tener el coraje de pasar
de un extremo al otro: de la escalada al baile, del
control a la celebración.” Retrospectivamente,
me hubiese gustado reírme más durante
mi cargo de directora. ¡Acabo de darme cuenta
de que perdí un poco de esta dosis regular de
cuidado y charla, alegría y risas! Algunos nosotros
toman esta cuestión del liderazgo y la formación
tan seriamente, que perdemos la verdad de nuestro ser,
es decir, que sólo somos “directores generales
adjuntos de al congregación!
Pregunta: intenten pensar en
una ocasión en que no fueron sinceros consigo
mismos ¿qué cosa les impidió serlo?
SER CARIÑOSAS CON LOS
DEMÁS
Es fácil entender por qué
la ternura forma parte de nuestra Espiritualidad de
la Animación y la Formación. Domingo era
conocido en el mundo entero precisamente por esta calidad.
Dante en el paraíso (XII, 57) dijo que Domingo
era “cariñoso con los de más”
y Lacordaire comentó que Domingo fue capaz de
“tocar el corazón de su siglo”.
Domingo era más cariñoso
en su trato con los hermanos. Algunos de ellos lo observaban
desde una habitación en el dormitorio, que tenía
una ventana que daba a la Iglesia. Esto es lo que cuenta
uno de los que lo observó: “un fraile discreto
y virtuoso (Fray Juan de Bologna) declaró que
había observado por siete noches a nuestro beato
padre para ver como pasaba sus vigilias. Después
de rezar, se levantaría y visitaría a
cada uno de los altares, uno por uno. Seguirá
con esto hasta la medianoche. Entonces iba despacio
donde dormían los frailes y cubriría a
quien estaba destapado. A continuación, iría
a la iglesia para seguir con sus oraciones.” Y
sabemos de la amabilidad de Domingo cuando llevaba recuerdos
a las hermanas y las invitaba a todas, posiblemente
un centenar o más, a tomar un trago de vino.
Nos cuentan que decía: “Beban, mis hermanas!”.
Los relatos sobre su ternura son numerosos.
Seguramente, la historia que la mayoría
de nosotros recuerda, es la de Juan de España,
llamado también Juan de Navarra. “Cuando
el Santo Padre Domingo lo enviaba a Paris... con Fray
Lorenzo, Juan se le pidió algunas provisiones
o algo de dinero para el viaje. El santo se negó
a dárselo, urgiéndoles a ir como discípulos
de Cristo, sin llevar ni oro ni plata. “Confíen
en el Señor” les dijo, “a los que
temen a Dios no les falta nada”. Juan no podía
aceptar esto; se negó en absoluto a obedecer
la palabra del santo. Cuando el santo y amable padre
vio la desobediencia del desgraciado hombre, se tiró
a sus pies llorando y gritando por el miserable que
no podía llorar por si mismo. Les dijo de darles
doce monedas para todo el viaje a Paris” (page
89 ED). También recuerdo la historia que cuentan
sobre el almuerzo de Timothy, con el Papa. Durante el
Sínodo Europeo, el Papa invitó a los participantes
a sentarse en su mesa. Cuando Timothy se da cuenta que
estaba sentado a la derecha del Papa, el Papa le pregunta:
“Fray Timothy, ¿qué haces con un
fraile desobediente?” Timothy, con la prontitud
que lo caracteriza, respondió: “!Lo quiero!”
El Papa quedó maravillado por la respuesta y
contó esta historia en el Sínodo, en diversas
ocasiones. El hermano Ventura nos dice que “el
beato Domingo tuvo tanta caridad (otra palabra por la
ternura) que querría extenderla a todo el mundo,
aún a los condenados y a veces lloraba por ellos.
(Pag. 69 ED). ¡Qué ejemplo para nosotros!
¿Oramos por nuestros perseguidores?
No debemos maravillarnos que Domingo
haya sido cariñoso con los demás, ya que
era así con Dios. Domingo no sólo hablaba
sobre Dios. Domingo se refería a Dios llamándolo
“Mi Misericordia”. Se acuerdan de esa oración:
“Mi Dios, mi Señor, mi Misericordia, que
será de los pecadores?” ¿A qué
llamamos nuestro Señor? ¿Contiene la amabilidad
implícita en la oración de Domingo? También
los nueve modos de orar de Santo Domingo reflejan ese
cariño. Cuando Domingo usaba su cuerpo para rezar,
al hacerlo podía deshacerse en lágrimas.
Y sabemos que él tenía el don de las lágrimas
desde temprano. Como un canon en Osma, la compasión
caracterizaba su oración: él fue visto
llorar por los pecadores, los desgraciados y los afligidos,
ya que sentía el sufrimiento en su corazón
compasivo.
También Santa Catalina es conocida
por su ternura. En mi opinión, la historia de
su encuentro con Nicolo di Toldo capta al esencia de
su ternura. Como recordarán, le pidieron a Catalina
que visitara a Nicolo, un prisionero enojado, que se
había negado a ver un sacerdote. Él estaba
muy inquieto porque había sido acusado injustamente
y no quería escuchar tópicos piadosos
sobre el perdón, ya que él creía
que había que buscar justicia. Catalina logró
conquistar la confianza de Nicolo escuchando su sufrimiento
y miedo, y recordándole el gran amor de Jesús
por él, a pesar de todo. Al final, pese a que
los tentativos de Catalina de solucionar esa injusticia
no tu vieron éxito, Nicolo le pidió a
Catalina que estuviera presente el día de su
ejecución.
En la carta de Catalina a Raimundo
di Capua encontramos una tierna descripción de
este acontecimiento: “Lo esperaba en el lugar
de la ejecución y mientras esperaba, oraba...Antes
de que llegara, me acosté y puse mi cabeza sobre
el bloque, pidiendo a María la gracia que quería.
Que le pudiera darle luz y paz de corazón en
el momento de la muerte. Entonces llegó, como
un manso cordero y cuando me vio comenzó a sonreír.
Me pidió hacerla señal de la cruz sobre
él. ... Se postró con gran mansedumbre
y yo estiré su cuello y me incliné sobre
él, recordándole la sangre del Cordero.
Con sus labios murmuraba solamente: Jesús, Catalina,
y todavía estaba murmurando cuando recibí
su cabeza en mis manos...” (Mary O’Driscoll,
Catherifle of Siena: Pasión for the Truth, Compasión
for Humanity, New City Press, New York, p. 41). El cariño
de Catalina era una enorme fuente de consuelo y fortaleza.
Desgraciadamente, las preocupaciones sobre la mala praxis
nos amonestan sobre el uso de un toque apropiado en
nuestros ministerios. Tocar puede ser tan curativo y
restaurador, en ciertas ocasiones incluso más
que las palabras.
Sabemos que Catalina tenía
muchas preocupaciones y estaba muy ocupada en ese período
de su vida. Durante la mayor parte de ese año,
mil trescientos setenta y cinco (1375), antes de la
ejecución de Nicolo, Catalina estaba en Pisa
haciendo una cruzada y trabajando para la reconciliación
entre las ciudades-estados y el papado. En abril, recibe
los estigmas en la Iglesia de Santa Cristina en Pisa.
Sin embargo, en el verano de ese año, encontró
el tiempo para regresar rápidamente a Siena para
visitar y ayudar a Nicolo. Parece ser que nunca perdió
su toque con las personas comunes, a pesar de sus importantes
compromisos, como la reconciliación de las ciudades-estado
y el papado o las experiencias místicas.
Catalina le escribió una carta
a Caterína de Scetto, una laica dominica que
pertenecía a Mantellate de Siena, animándola
a amar tiernamente: “No debes ni disminuir ni
mezquinar tu amor hacia los demás sea que te
ofenden, sea que te aman, sea que la alegría
o provecho que ganas de su amor se reduce. Al contrario,
debes amarlos con ternura, aceptando y aguantando sus
defectos... así se hacen como el tierno y amable
Pablo que llora con los que lloran, y se alegra con
los que se alegran (cf. Rom. 12.15)... Quédense
en el amor santo y suave de Dios —o Suave Jesús,
Jesús Amor. (O’Driscoll, L 50, p. 27).
Escuchemos parte del elogio de Catalina a la Misericordia
de Dios y, en lugar de la palabra misericordia utilicemos
la palabra ternura:
“Veo tu misericordia (ternura) que te obliga a
damos aún más cuando tu nos dejas a ti
mismo como alimento para fortalecer nuestra debilidad,
para que nosotros tontos desmemoriados nos acordemos
de tu bondad para siempre. Y qué ha hecho esto?
Tu misericordia (ternura)... Porque por donde sea que
mi mente se fija; no encuentro más que misericordia!
(ternura) (D 30). Tanto Catalina como Domingo amaron
un Dios gentil, tierno, que los abrazó y les
dio la capacidad de ir y hacer lo mismo.
¿Qué pasa si falta esa
ternura? Entra sigilosamente la severidad. Muchas veces,
la severidad que existe entre animadoras y formadores
y miembros, y entre miembros, se apodera de la vida
de la congregación o provincia. Se critica y
juzga mucho sin prenunciar palabras de comprensión
y ternura. Es preciso entender cuál es el origen
de esa severidad y encontrar modos para enfrentarla.
De lo contrario, empeora y se extiende como una hiedra.
¿De qué estructuras disponemos para solucionar
ese tipo de severidad? ¿Dejamos sencillamente
que los amigos se den cuenta? Según mi experiencia,
muchos amigos no quieren poner en peligro la relación,
e incluso a veces la fomentan. En muchos lugares, no
disponemos más de ninguna estructura para enfrentar
esa práctica divisora y difícil de solucionar.
Annie Dillard escribe: “En las profundidades existen
la violencia y el terror sobre los cuales la psicología
nos ha advertido. Pero si montan y dominan estos monstruos,
si caes con ellos más allá del borde del
mundo, descubres lo que nuestras ciencias no pueden
ni localizar ni nombrar, el sustrato, el océano,
o la matriz o éter que sostiene el resto, que
da a la bondad su poder para hacer el bien, y al mal
su poder para hacer el mal, el campo unificado: nuestro
complejo e inexplicable cuidado y amor la una por la
otra y por nuestra vida juntas aquí. Es algo
dado. No se aprende.” (Annie Dillard, Teaching
a Stone to Taik, Harper-Collins, New York, p.94-95 Enseñando
hablar a una piedra). Recientemente, los extraordinarios
cuentos de heroísmo en los Estados Unidos después
de los ataques en Nueva York, Pennsylvania y Washington
son el testimonio de ese cuidado esencial hacia los
demás. ¿Cuáles estructuras hay
en nuestra vida dominicana para “atropellar esos
monstruos” y preocuparnos los unos de los otros?
Con el tiempo, esa severidad se extiende
en nuestros ministerios. Nos volvemos impacientes con
el personal, críticos ante la debilidad de los
demás, intolerantes hacia sus errores. Recuerdo
mi visita a Vietnam el año pasado. En esa ocasión,
tuve el privilegio de conocer a la hermana dominica
más anciana del mundo, la hermana Mainin Lang
Son, en el Norte, a 18 kilómetros de la frontera
con China. La hermana Maim me contó la historia
de cuando los comunistas en mil novecientos setenta
y nueve (1979) intentaron hacerle ceder la propiedad
de la Iglesia Católica en Lang Son. En ese entonces,
la hermana era la única persona que se hallaba
en la propiedad. El soldado comunista le pidió
que firmara el documento, que ya estaba listo. La hermana
Maim se negó y dijo: “No puedo hacerlo.
¡Si firmo esto no me iré al paraíso
y tú estarás condenado al infierno, y
no quiero que ninguna de estas dos cosas suceda!”
No había dureza, ni si quiera hacia sus enemigos.
Donna Markham, en su libro, hace observaciones sobre
algunas suposiciones relacionadas con la gestión
de los conflictos (p. 79). Dos puntos me impresionaron
particularmente y me parece que comunican un poco de
esa ternura, cuando habla de renunciar a la necesidad
de convencer y de lograr separarse como amigos. Antes
de enfrentarnos a nuestros adversarios, no nos tenemos
nunca que olvidar que ante todo son nuestras hermanas
y hermanos.
Sin embargo, muchas veces esta severidad
no es intencional. Es sólo que no tenemos tiempo
de preguntar ¿cómo estás? O de
felicitar o guiñarle el ojo a alguien. Estamos
muy ocupados. Es útil recordar que en el Génesis,
el séptimo día no dependía de que
se hubiese terminado el trabajo. No se trataba de una
fiesta que podía aplazarse hasta que se terminara
lo que había que hacer. El día de reposos
se ideó para hacernos parar, descansar y tener
una distinta perspectiva, un modo de ser y hacer como
el del Señor. La Organización Internacional
del Trabajo de las Naciones Unidas declaró que
durante los años noventa los estadounidenses
añadimos una entera semana a su trabajo, un aumento
de treinta y seis horas desde mil novecientos noventa
(1 990).Los estadounidenses trabajamos tres semanas
y media más que los alemanes. Tenemos demasiadas
reuniones; aparentemente todos tenemos que ir a todas
las reuniones, y parece que en esas reuniones creamos
más reuniones. Y el número aumenta a tal
punto que tenemos que programar las cosas un año,
a veces dos años, antes. Queda muy poco tiempo
para la espontaneidad. La guía que propone Donna
Markham en su libro es excelente y esencial para dejar
que la ternura entre en nuestra vida. Frecuentemente,
mi sobrina le dice a sus amigos cuando comienzan a ponerse
muy nerviosos: “!Vive la vida!”. Quizás
todos nosotros tengamos que trabajar mitad del tiempo
y tomamos cuatro semanas de vacaciones más un
retiro, de modo que podamos vivir nuestra vida dominicana
con tiempo para orar, tanto litúrgica como privadamente,
vivir en comunidad, estudiar y no tener tiempo solamente
para nuestros ministerios. ¿Qué les parece
esto para ir contra la corriente?
Pregunta: ¿Cuándo sentiste la
ternura de uno de tus miembros y cómo se sentía?
¿Cuándo fue la última vez que demostraste
tu cariño a uno de tus hermanas y hermanos?
CONCLUSIÓN:
Intenté describir tres cualidades
básicas para las animadoras y formadores dominicanas
y, a dicho propósito, recuerdo las palabras de
Micah: obra en modo justo, ama con ternura y camina
humildemente con Dios. También quise mostrar
algunas de las consecuencias de la ausencia de esas
cualidades, junto con los modos para conservar esas
cualidades como parte de nuestra conciencia. Creo que
esas cualidades están relacionadas entre sí.
Recuerden la ternura de la verdad cuando nos atrevemos
a confrontar a un hermano o una hermana con la verdad
de su alcoholismo. Al final ¿para nosotras qué
puede ser más tierno puesto que hemos dado nuestra
vida? ¿Y la ternura de la confianza? Piensen
a cuando un hermano o hermana toma la profesión
en nuestras manos y jura obediencia hasta el final de
su vida. Podría seguir hablando sobre esta interrelación,
pero será para otra charla.
Por tanto, mis queridas hermanas,
ahora está en vuestras manos. Concluiré
del mismo modo en que empecé, confiando en vuestra
habilidad no sólo en reflexionar acerca de vuestras
valiosas experiencias como animadoras y formadores,
sino también en buscar la verdad de vuestra propia
“Espiritualidad de la Animación y la Formación”.
Continuemos confiando en nuestra búsqueda de
la verdad y viviéndola en el amor. Muchas gracias.
Preguntas para la reflexión: Una espiritualidad
dominicana de la animación
1. ¿En qué situación le cuesta
más confiar en Dios?
2. Piense en una experiencia cuando no fue tan auténtica
con usted misma. ¿Cuál fue el impedimento
que no le dejó decirse la verdad?
3. ¿Cuándo ha sido la última vez
que experimentó la ternura de una de sus hermanas
y cómo le afecto? ¿Cuánto hace
que no ofreció ternura a una de ellas?
4. ¿Qué ha descubierto sobre usted misma
y su estilo de animación en estas situaciones?
5. ¿Cómo descubriría sus cualidades
como Animadora Dominicana?
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