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San Domingo.  Matisse

Regla de San Agustín, Obispo


San Agustin, Obispo1. Ante todo, hermanos carísimos, amad a Dios y después también al prójimo, porque estos son los mandamientos que principalmente se nos han dado.

2. Esto es lo que os mandamos guardar a los iue vivís en el monasterio

Fin y fundamento de la vida común

3. Lo primero porque os habéis congregado en comunidad es para que habitéis en la casa unánimes y tengáis un alma sola y un solo corazón hacia Dios.

4. Y no tengáis cosa alguna como propia, sino que todo sea de todos; y el prepósito distribuya a cada uno de vosotros el alimento y el vestido, no igualmente a todos, porque no tenéis todos iguales fuerzas, sino a cada uno según su necesidad. Pues así leéis en los Hechos de los Apóstoles: «Todas las cosas les eran comunes, y se distribuía a cada uno según su necesidad» (Hech. 4, 32 y 35).

5. Los que al entrar en el monasterio tenían algo en el siglo aspiren de buen grado a que sea común.

6. Pero los que nada poseían no busquen en el monasterio lo que no pudieron tener fuera de él; con todo esto, socórrase su debilidad con lo que sea menester, aunque haya sido tanta su pobreza cuando estaban fuera que no pudiesen hallar ni lo necesario. Y no se crean felices por haber encontrado la comida y vestido que no podían hallar fuera.

7. Ni se envanezcan por verse en compañía de aquellos a quienes en el siglo no se atrevían a acercarse, antes bien, levanten su corazón a Dios y no busquen las vanidades terrenas, no sea que comiencen a ser los monasterios de provecho para los ricos y no para los pobres, si en ellos se hacen humildes los ricos, y los pobres se envanecen.

8. Por el contrario, los que parecían ser algo en el siglo, no menosprecien a sus hermanos que llegaron desde la pobreza a esta santa sociedad. Antes bien, esfuércense en preciarse más de la convivencia con sus hermanos pobres que de la riqueza y dignidad de sus padres. Y no se engrían si dieron algo de su hacienda para la vida común, ni se ensoberbezcan más de sus bienes por compartirlos en el monasterio que si estuvieran disfrutándolos en el siglo. Porque todas las otras especies de vicios provocan a ejecutar obras malas, pero la soberbia acecha las mismas obras buenas para conseguir que perezcan. ¿Y qué aprovecha derramar los bienes dándolos a los pobres hasta hacerse pobre, si el alma miserable se hace más soberbia despreciando las riquezas que lo había sido poseyéndolas?

9. Vivid, pues, todos unánimes y concordes y honrad los unos en los otros a Dios, de quien sois templos vivos.

La oración

10. Aplicaos con instancia a la oración en las horas y tiempos señalados.

11. Nadie haga en el oratorio, sino aquello para lo que está destinado, como lo indica su mismo nombre, a fin de que si algunos, fuera de las horas señaladas, quieren tener oración en sus ratos libres, no se lo impida el que piensa hacer allí otra cosa.

12. Cuando alabáis a Dios con salmos e himnos, sienta el corazón lo que dice la boca.

13. Y no cantéis sino lo que leéis que debe ser cantado; pero lo que no está escrito para ser cantado no se cante.

El ayuno y la mortificación

14. Domad vuestra carne con ayunos y con abstinencia de comida y bebida cuando la salud lo permita. Pero cuando alguno no puede ayunar, no por eso coma fuera de la hora de la refección, a no ser que esté enfermo.

15. Durante las comidas escuchad sin ruido ni porfía lo que, según costumbre, se os lee; y no sea sola la boca la que recibe el alimento, sino que el oído tenga también hambre de la palabra de Dios.

16. Si los que se hallan débiles por una inveterada enfermedad reciben distinto trato en la comida, no debe ser molesto ni parecer injusto a quienes otra naturaleza hizo más fuertes. Y no les crean más felices porque reciben lo que a ellos no se les da; antes bien, alégrense porque pueden lo que no pueden ellos.

17. Y si a quienes vinieron al monasterio de una vida más delicada se da comida, vestido, cama o abrigo que no se da a otros más fuertes y por tanto más felices, deben pensar quienes no lo reciben cuánto descendieron aquéllos desde su vida seglar hasta ésta, aunque no hayan podido llegar a la frugalidad de los que tienen una constitución más vigorosa. Y no deben querer todos lo que unos pocos reciben de más, no por honrarlos, sino por condescender con ellos, para que no suceda la detestable perversidad de que en el monasterio, donde los ricos en cuanto pueden se hacen laboriosos, se hagan delicados los pobres.

18. Así como los enfermos por necesidad han de comer menos para que no se agraven, así también, después de la enfermedad han de ser tratados de tal modo que se restablezcan pronto, aunque hayan venido de una estrechísima pobreza en el siglo, como si la reciente enfermedad les otorgase lo que a los ricos su antiguo modo de vivir. Mas, recobradas las fuerzas perdidas, vuelvan a su más feliz norma de vida, la cual tanto es más decorosa a los siervos de Dios cuanto menos necesitan. Ni la comodidad los retenga una vez restablecidos allí donde la necesidad los puso cuando estaban enfermos. Considérense más afortunados los que hayan sido más fuertes en vivir con frugalidad, porque más vale necesitar poco que tener mucho

Defensa de la caridad y correccion fraterna

19. No os hagáis notar por vuestro porte, ni pretendáis agradar con los vestidos, sino con la conducta.

20. Cuando salgáis de casa, id juntos; cuando lleguéis adonde vais, permaneced también juntos.

21. En el andar, en el estar parados y en todos vuestros ademanes nada hagáis que ofenda a los demás, sino aquello que conviene a vuestra profesión de santidad.

22. Aunque veáis alguna mujer, no fijéis los ojos en ninguna. Cierto que no se os prohíbe verlas cuando salís de casa; lo que es pecaminoso es el desearlas o querer ser deseado por ellas. No sólo con el tacto y el deseo, sino también con miradas se excita la concupiscencia hacia las mujeres. Y no digáis que tenéis el corazón puro, si son impuros vuestros ojos, pues la mirada impura es mensajera de la impureza del corazón. Y cuando los corazones, aunque calle la lengua, se insinúan deshonestamente con mutuas miradas y, según la concupiscencia de la carne, se deleitan en el ardor recíproco, aunque los cuerpos permanezcan libres de violación inmunda, la castidad desaparece de las costumbres.

23. No debe pensar el que fija la vista en alguna mujer y se goza de haber sido mirado de ella que nadie lo ve cuando hace eso; es visto ciertamente por quienes no piensa él que lo ven. Pero, dado caso que quede oculto y no sea visto por nadie, ¿qué hará de Aquel que le observa desde lo alto, a quien nada se puede ocultar? ¿Acaso se ha de creer que no lo está viendo, porque lo ve con tanta paciencia como sabiduría? Tema, pues, la persona consagrada desagradar a Aquel, para que no pretenda agradar desordenadamente a la mujer; para que no desee mirar maliciosamente a la mujer piense que Dios todo lo ve. Pues sobre este punto se nos recomendó el temor de Dios donde se dijo: «Abominación es para el Señor el que fija los ojos» (Prov. 27, 20).

24. Cuando os reunís en la iglesia o en cualquier otro lugar donde haya mujeres, guardad mutuamente vuestra castidad. Porque Dios, que habita en vosotros, os guardará también valiéndose de vosotros mismos.

25. Y si notáis en alguno de vosotros este descaro en el mirar de que os he hablado, amonestadle inmediatamente para que lo ya comenzado no progrese y se corrija pronto.

26. Pero si, hecha la advertencia, lo vieseis otra vez, en otro día cualquiera, cometer la misma falta, en este caso el que lo haya visto delátelo como a sujeto dañado para que lo curen. Pero antes se ha de manifestar a otro o también a un tercero, para que con el testimonio de dos o tres pueda ser convencido y castigado con la severidad competente. Y no creáis ser malévolos cuando decís esto. Antes bien, no sois inocentes si por callar permitís que perezcan vuestros hermanos a quienes podéis corregir con una indicación. Porque si un hermano tuyo tu viese en el cuerpo una herida y se empeñase en ocultarla por temor a las curas, ¿no serías tan cruel en callarla como misericordioso en manifestarla? ¿Con cuánta mayor razón debes delatarlo para que no se corrompa más en su corazón?

27. Pero si, habiendo sido amonestado, no quiere corregirse, antes de manifestarlo a los otros por los cuales debe ser convencido, en caso de negarlo se ha de avisar en primer lugar al prepósito, para que, si acaso se enmienda con la corrección secreta, no llegue a conocimiento de los demás. Si persiste en su negativa, tráiganse ante el mentiroso los otros para que delante de todos pueda no ya ser argüido por un solo testigo, sino convencido por dos o tres. Una vez convicto el reo, debe sufrir la sanción medicinal que juzgue prudente el prepósito o presbítero a cuya jurisdicción pertenece. Si rehúsa recibir el castigo, aunque él no quiera irse, despedidle de vuestra sociedad. Y esto no se hace por crueldad, sino por misericordia, para que con su pestilente contagio no pierda a otros muchos.

28. Y lo que he dicho de no fijar la vista, obsérvese fiel y diligentemente, por amor a los hombres y odio a los vicios, en averiguar, prohibir, manifestar, convencer y castigar todos los demás pecados.

29. Mas si en alguno llega la maldad al extremo de recibir ocultamente cartas o regalos de alguna mujer, con tal de que espontáneamente lo confiese, perdónesele y hágase oración por él. Pero si es sorprendido o convencido, sea castigado a discreción del presbítero o prepósito más gravemente aún.

Atencion a las necesidades comunes

30. Tened vuestra ropa en común, bajo el cuidado de uno o dos o cuantos sean necesarios para sacudirla, a fin de que no se apolille; y como os alimentáis de una misma despensa, así vestíos de una misma ropería. Y si puede ser no os corresponda a vosotros determinar qué prenda habéis de usar en las diferentes estaciones del año, ni si cada uno recibe el vestido que antes había dejado, o acaso el que otro había tenido; con tal que a cada uno no se le niegue lo que necesite. Pero si de aquí se originan entre vosotros contiendas y murmuraciones, quejándose alguno de que lo que recibe es peor que lo que había tenido antes, y se siente avergonzado porque se le viste como se vestía otro hermano, deducid de aquí cuánto os falta en hábito santo del corazón cuando contendéis por el hábito del cuerpo. Sin embargo, si, a pesar de eso, se os tolera la flaqueza de recibir lo mismo que habíais dejado, depositadlo todo bajo la custodia del encargado correspondiente.

31. De suerte que ninguno trabaje para sí mismo, sino que todos vuestros trabajos se hagan en común, con mayor esmero y alegría que si cada uno lo hiciese para sí. Pues la caridad, de la cual está escrito que no busca el propio interés, se entiende así: que prefiere las cosas comunes a las propias y no las propias a las comunes. Y así, cuanto cuidéis el bien común mejor que el propio, tanto conoceréis que habéis adelantado en la virtud; de modo que en todas las cosas de que nos servimos para las necesidades transitorias sobresalga la caridad que permanece siempre.

32. De donde se infiere que, si alguno trae a sus hijos, a los parientes o amigos que viven en el monasterio, algún vestido, o cualquier otra cosa de las que se juzgan necesarias, no se reciba ocultamente, sino que debe ponerse a disposición del prepósito para que, unido a lo de la comunidad, se dé a quien lo necesite. Y si alguno oculta lo que le han traído, sea castigado como reo de hurto.

33. Lávense vuestros vestidos a juicio del encargado, ya por vosotros mismos, ya por las lavanderas, no sea que el demasiado deseo de tener el vestido limpio ocasione manchas en el alma.

34. De ninguna manera se niegue el baño al cuerpo cuando la enfermedad lo exija. Con el consejo del médico, hágase sin quejarse, si así lo ordena el prepósito, lo que por razones de salud deba hacerse aunque el enfermo no quiera. Pero si éste quiere y tal vez no le conviene, no se deje llevar de su gusto; porque a veces, aun cuando sea perjudicial, se cree que es provechoso aquello que agrada.

35. Por último, cuando un siervo de Dios se queja de una dolencia latente, désele crédito sin vacilación alguna, aunque aparentemente parezca sano; pero si no existe la certeza de que, para curar aquel dolor, conviene lo que le agrada, consúltese al médico.

36. Y no vayan a los baños, o a otro cualquier lugar adonde haya necesidad de ir, menos de dos o tres. Y quien necesite salir a alguna parte deberá ir con quienes el prepósito mande, no con los que él prefiere.

37. El cuidado de los enfermos, o de los convalecientes de alguna enfermedad, o de los que sin fiebre padecen algún achaque, debe encargarse a uno para que pida de la despensa lo que vea que necesita cada cual.

38. Los encargados de la despensa, de los vestidos o de los libros sirvan sin murmuración a sus hermanos.

39. Pídanse cada día los libros a hora determinada, y al que los pida fuera de la hora no se le den.

40. Los encargados de guardar los vestidos y calzado no se demoren en darlos cuando los hermanos los necesiten.

Perdón de las injurias y olvido de las ofensas

41. No tengáis pleito alguno o terminadlo cuanto antes, para que la ira no crezca hasta convertirse en odio, y de una paja se haga una viga, haciendo homicida el alma. Pues así leéis: «El que odia a su hermano es homicida» (1 Jn. 3, 15).

42. Si alguno ha molestado a otro con injuria, maldición o echándole en cara algún delito, procure cuanto antes reparar con la satisfacción aquello que hizo, y el que fue ofendido perdónele con amabilidad. Pero si la ofensa ha sido mutua, deben también mutuamente perdonarse las ofensas por vuestras oraciones, las cuales cuanto más frecuentemente las tenéis, tanto más perfectamente debéis hacerlas. Pues es mejor aquel que, aunque se irrite frecuentemente, se apresura, sin embargo, a pedir perdón al que reconoce haber injuriado, que el otro que tarda en enojarse, pero muy difícilmente se doblega a pedir perdón. Y el que nunca quiere pedir perdón o no lo pide de corazón, sin ;motivo está en el monasterio, aunque de él no sea expulsado. Por tanto, absteneos de las palabras demasiado duras. Si alguna vez las habéis pronunciado, no os avergoncéis de aplicar el remedio con la misma boca que produjo la herida.

43. Cuando, para corregir a los hermanos más jóvenes, la necesidad de la observancia os obliga a decir palabras duras, si notáis que os habéis excedido en la corrección, no se os exige que pidáis perdón a vuestros súbditos; no sea que, mientras se guarda demasiada humildad ante aquellos que deben estaros sujetos, se menoscabe la autoridad para gobernar. Pero habéis de pedir perdón al Señor de todos, que conoce con cuánta benevolencia amáis incluso a los que quizá reprendéis algo más de lo justo. El amor entre vosotros no ha de ser carnal. sino espiritual.

Criterios de gobierno y obediencia

44. Obedézcase al prepósito como a un padre, con respeto, para que no se ofenda a Dios en su persona, y mucho más al presbítero que tiene el cuidado de todos vosotros.

45. Así, pues, será deber principal del prepósito que se cumpla todo esto y, si se deja algo sin observar, no se transija negligentemente, sino que se procure enmendar y corregir; por tanto, ponga en conocimiento del presbítero -que es el que tiene entre vosotros la mayor autoridad- lo que exceda a sus atribuciones y posibilidades.

46. Y aquel que os preside no se considere feliz por dominar con potestad, sino por servir con caridad. Guardad al presbítero el honor debido entre vosotros; pero él, con temor ante Dios, esté postrado a vuestros pies. Muéstrese a todos modelo de buenas obras. Corrija a los inquietos, consuele a los pusilánimes, aliente a los débiles y sea paciente con todos; sostenga con agrado la observancia e infunda respeto. Y aunque uno y otro sea necesario, sin embargo, busque más ser amado de vosotros que temido, pensando siempre que ha de dar cuenta de vosotros ante Dios.

47. Por lo cual, obedeciéndole con diligencia, compadeceos no solamente de vosotros mismos, sino también de él; porque cuanto está entre vosotros en lugar más elevado, tanto se halla en mayor peligro.

Observancia de la regla

48. Conceda el Señor que observéis todo esto con agrado como amadores de la belleza espiritual, exhalando en vuestra conversación el buen olor de Cristo, no como siervos bajo el peso de la ley, sino como hombres libres dirigidos por la gracia.

49. Mas para que podáis miraros en este librito como en un espejo y no descuidéis algo por olvido, léase una vez a la semana. Y si veis que cumplís todas las prescripciones que quedan escritas, dad a Dios gracias, dador de todos los bienes; pero si alguno de vosotros ve que ha faltado en algo, lamente lo pasado, prevenga lo futuro, rogando a Dios que le perdone su falta y no le deje caer en la tentación. Amén.


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