regorio
obispo, siervo de los siervos de Dios, a nuestros venerables
hermanos los arzobispos y obispos, a nuestros amados
hijos los abades, priores, arcedianos, arciprestes,
deanes y demás prelados de las iglesias a cuyas
manos llegaren estas letras, salud y bendición
apostólica.
Nuestro
Señor Jesucristo, Fuente de la Sabiduría,
Verbo del Padre [Eccli 1,5], cuya naturaleza es bondad
y su obra la misericordia; que redime y renueva a los
que ha creado, y no abandona hasta la consumación
de los siglos [Mt 28,20] la viña que trasplantó
de Egipto [Sal 79,9], renueva sabiamente los prodigios
por la inconstancia de la mente humana, y repite los
portentos para salir al paso de la desconfianza de los
incrédulos. Pues desde el nacimiento de la Iglesia,
después de la muerte de Moisés, es decir,
tras el fin de la Ley [Rm 10,4] el Señor subió
a los caballos y a las cuadrigas de los Evangelios,
que son en verdad fuente de salud y, queriendo anular
la presunción de Jericó, es decir, la
vanagloria del mundo, la derrotó ante la admiración
de las naciones, con el solo estruendo de la predicación,
tomando en su mano el arco de la divina palabra, que
había mantenido en tensión hasta reducir
a los judíos a la impotencia [Sal 57,8], y recordando
el juramento que había hecho a nuestros padres,
abrió en el mar un camino para sus caballos,
prefigurando con la señal del hilo de púrpura
de Rahab [Jos 2,18-21] la salvación de innumerables
pueblos.
En
la primera de las cuatro cuadrigas, que según
la profecía de Zacarías salía de
entre dos montañas de bronce [Za 6,1-2], tenía
enganchados caballos oscuros, que representaban a los
príncipes de los pueblos y a los poderosos de
la tierra que, adhiriéndose por la obediencia
de la fe [Rm 1,5; 16,26] al Dios de Abrahán,
padre de los creyentes [Rin 4,11], y para fundamento
de la nueva alianza, tiñeron sus vestidos a ejemplo
de su caudillo en Bosra [Is 63,1], es decir, en la angustia
de la tribulación, enrojecieron en sangre todas
las insignias del combate. De modo que no temieron la
espada temporal y, con el fin de conquistar la gloria
futura, se hicieron mártires, que es lo mismo
que decir, testigos. Con su confesión suscribieron
el libro de la nueva Ley, y con la pública manifestación
de sus milagros dieron valor a sus pactos. El libro
y el tabernáculo, obras divinas, que no humanas,
así como los vasos del ministerio evangélico
fueron teñidos, no con sangre de animales, sino
con la sangre de víctimas racionales; echando,
en fin, las redes de la predicación en la vasta
extensión de los mares [Hab 1,17; Mt 13,47],
han reunido la Iglesia, acrecentada sobremanera, con
miembros de todas las naciones que hay bajo el cielo.
Mas,
con la multitud nació la presunción, y
con la libertad la malicia; el Señor envió
la segunda cuadriga de caballos negros, símbolo
de duelo y penitencia [Za 6,12], en quienes estaba representado
aquel escuadrón de caballeros, conducido por
el Espíritu al desierto del claustro, bajo la
dirección del nuevo auriga de Israel [4 Re 2,12;
13,14], el santísimo Benito. Bajo su guía,
a semejanza de los hijos de los profetas bajo Elíseo
[4 Re 2,3], esta milicia restableció en grata
sociedad de una alegre convivencia el bien de la vida
común, que se había perdido por culpa
del número excesivo. Se reparó así
la red rota de la unidad y, llegando con obras de piedad
a la tierra del Aquilón, de donde viene todo
mal [Jer 1,14], hizo reposar en las almas blancas como
la nieve [Job 28,22] y en los corazones contritos a
Aquel que desdeña habitar en el cuerpo esclavo
del pecado [Sab 1,4].
Después
de esto, como para restablecer las fuerzas del ejército
fatigado, y para devolver el júbilo tras el llanto,
lanzó la tercera cuadriga [Za 6,3], tirada por
caballos blancos, que simbolizaban los frailes de la
Orden Cisterciense y de Fiore, semejantes a ovejas esquiladas
y ricas en frutos de caridad, saliendo del baño
de la penitencia [Cant 4,2], conducidas por San Bernardo.
El, como un ariete a la cabeza del rebaño, en
virtud del espíritu divino de que estaba sobrenaturalmente
revestido, condujo a su rebaño por valles abundosos
en trigo, a fin de que los liberados por él,
durante esta marcha clamen con fuerza al Señor,
entonen himnos, y coloquen el campamento del Dios de
los ejércitos [Gn 32,2] sobre el mar. Con este
triple ejército el nuevo Israel hizo frente a
otros tantos escuadrones que habían formado los
filisteos [ 1 Re 13,17].
Mas,
a la hora undécima, cuando el día ya declinaba
hacia el atardecer, y por la abundancia del mal se enfriaba
la caridad de muchos [Mt 24,12], y el rayo del sol de
la justicia se acercaba al ocaso, el Padre de familia
advirtió que la viña plantada con sus
manos [Sal 79,16], a la que había enviado obreros
a diferentes horas, conviniendo con ellos el precio
de un denario [Mt 20,2], no sólo se había
llenado de las zarzas y espinas de los vicios, sino
que estaba a punto de ser completamente destrozada por
las zorras [Cant 22,15], que intentaban convertirla
en amargura de una viña ajena. Por eso quiso
congregar una milicia mejor dispuesta para el combate
contra esta multitud de enemigos.
Y
así podemos contemplar al presente, después
de las tres cuadrigas con diferentes significados, una
cuarta, tirada por caballos robustos y de variado color
[Za 6,31. Son las legiones de los Frailes Predicadores
y Menores, con jefes elegidos para llevarlos a la par
al combate. El Señor suscitó el espíritu
de Santo Domingo, y le otorgó como a caballo
de su gloria, la fortaleza de la fe y el fervor de la
divina predicación, y le hizo brotar el relincho
de su cuello [Job 39,19 Vulg.].
Desde
su infancia tuvo un corazón de anciano, y eligiendo
una vida de mortificación para su cuerpo, buscó
afanosamente al autor de la vida. Entregado a Dios como
nazareo [Juec 16,17], y consagrado por la profesión
de la regla de San Agustín, imitó a Samuel
en el servicio asiduo del Santuario [1 Re 3,1], y continuó
las piadosas inspiraciones de Daniel [Dan 10,11] en
su afán por regular sus deseos. Recorrió
fielmente cual valeroso atleta las sendas de la justicia
[Sal 22,3] y el camino de los santos. No abandonó
ni siquiera por un instante la casa del Señor,
ni su oficio de maestro y ministro de la Iglesia militante,
sometiendo siempre la carne al espíritu, la sensibilidad
a la razón. Hecho un solo espíritu con
Dios [Sal 30,33], se esforzó por abismarse en
El por la contemplación [1 Cor 6,17], sin descuidar
la caridad para con el próo, que le impulsó
a entregarse con justa medida a las obras de misericordia.
Así, combatiendo las delicias de la carne, y
alumbrando las mentes endurecidas de los impíos,
hizo temblar a la secta de los herejes, y exultar a
la Iglesia de los fieles. A medida que crecía
en edad, crecía también en gracia [Le
2,52], y experimentaba una indescriptible felicidad
en la entrega a la salvación de las almas. Se
dio por completo a la predicación de la Palabra
de Dios, engendrando a muchos en Cristo por el Evangelio
[1 Cor 4,15], una verdadera multitud que, siguiéndole
en su ardua vocación, se consagró al sublime
ministerio evangélico. Esto le mereció
obtener en la tierra el nombre y oficio de patriarca.
Convertido
en pastor y jefe ínclito del pueblo de Dios,
instituyó con sus méritos la nueva Orden
de Predicadores, la aleccionó con sus ejemplos,
y no dejó de confirmarla con auténticos
y evidentes milagros. De hecho, entre las obras maravillosas
de santidad y muestras de poder con las que brilló
todavía en vida, se cuentan diferentes curaciones:
dio el habla a los mudos, vista a los ciegos, oído
a los sordos, hizo caminar a los paralíticos,
y restableció la salud a un gran número
de enfermos atormentados por diversas dolencias. En
todo esto se muestra claramente la calidad de espíritu
que habitaba en la tierra de aquel santísimo
cuerpo.
Gracias,
pues, a la gran familiaridad que tuvo con Nos cuando
ocupábamos un cargo más modesto, teníamos
ya pruebas de su santidad, habiendo podido admirar personalmente
su vida. Se añada ahora que testimonios cualificados
nos han proporcionado la plena certeza de la autenticidad
de los milagros de que nos habían hablado. Por
tanto, Nos, y la grey encomendada a nuestro cuidado,
confiamos poder recibir ayuda de la misericordia de
Dios por intercesión de aquel que, después
de habernos consolado en la tierra con su grata amistad,
nos otorgará desde el cielo la alegría
de su poderoso patrocinio.
Con
el consejo y asentimiento de nuestros hermanos y de
todos los prelados presentes en la actualidad en la
Sede Apostólica, decretamos inscribirlo en el
catálogo de los santos, estableciendo firmemente
y mandando a todos vosotros por las presentes, que celebréis
y hagáis celebrar solemnemente su nacimiento
para el cielo el 5 de agosto, vigilia del día
en que, aligerado del peso de la carne, entró
rico de méritos en el lugar santo, hecho semejante
a los santos por la gloria. Que el Señor a quien
él honró en vida, por intercesión
de su plegaria, nos otorgue la gracia en esta vida y
la gloria en la futura.
Deseando,
en fin, que el venerable sepulcro de este gran confesor,
que ilustra toda la Iglesia con el fulgor de sus milagros,
sea dignamente frecuentado y honrado por la piedad cristiana;
confiando en la misericordia de Dios omnipotente y en
la autoridad de sus santos Apóstoles Pedro y
Pablo, concedemos de buen grado a todos los fieles que,
confesados y verdaderamente arrepentidos, lo visiten
todos los años el día de la fiesta, con
devoción y la debida reverencia, un año
de indulgencia.
Dado
en Rieti, el 3 de julio del año octavo [de nuestro
pontificado, 1234]. 
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