onorio,
obispo, siervo de los siervos de Dios, a los amados
hijos el prior y los frailes predicadores de San Román
de la región de Toulouse, salud y la bendición
apostólica.
Damos
dignas acciones de gracias al dispensador de todos los
dones [1 Cor 1,4] por la gracia que os ha sido otorgada
por Dios, y en la que estáis y estaréis
hasta el final como esperamos, porque inflamados interiormente
con la llama de la caridad difundís en el exterior
el perfume de la buena fama que deleita a las almas
sanas y fortalece a las débiles. Con ello os
mostráis como médicos diligentes que para
que las mandrágoras espirituales no permanezcan
estériles las fecundáis con la semilla
de la palabra de Dios con vuestra saludable elocuencia.
Y así como siervos fieles repartiendo los talentos
confiados a vosotros para que reporten su fruto al Señor
(y como invictos atletas de Cristo armados con el escudo
de la fe y el yelmo de la salvación) [cf. 1 Te
5,8], sin temer a los que pueden matar el cuerpo, salid
al encuentro del enemigo de la fe con generosidad proclamando
la palabra de Dios, que es más tajante que una
espada de doble filo [Hb 5,41], pues así despreciando
vuestras almas en este mundo, las guardáis para
la vida eterna.
Por
lo demás, ya que el fin no corona el combate
y solamente la perseverancia de los que corren en el
estadio con todas sus fuerzas consiguen el premio reservado,
Nos rogamos y exhortamos a vuestra caridad atentamente,
mandándoos por los escritos apostólicos,
y adjuntando la remisión de vuestros pecados,
que cuanto más y más os entreguéis,
confortados en el Señor, a la predicación
de la palabra de Dios, insistiendo a tiempo y a destiempo
[Hch 5,41]. Y así cumpliréis laudablemente
la tarea de evangelista. Si a causa de esto padeciereis
algunas tribulaciones, no solamente las toleraréis
con ecuanimidad, sino que os gloriaréis con el
apóstol, contentos por ser considerados dignos
de padecer ultrajes por el nombre de Jesús [2
Cor 4,17]. Pues esta momentánea y ligera tribulación
prepara un peso eterno de gloria, y en su comparación
los padecimientos del tiempo presente no son nada [Rm
8,18].
Nos,
mirándoos como hijos muy especiales de la Iglesia,
así lo favorecemos y os pedimos que ofrezcáis
al Señor el sacrificio de vuestros labios por
nosotros, y así, si acaso lo que no conseguimos
por nuestros propios merecimientos, lo consigamos con
vuestros sufragios.
Dado
en Letrán, en el día 21 de enero, año
primero de nuestro pontificado. 
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