Orden de Predicadores
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San Domingo.  Matisse

Orígenes de la Orden de Predicadores

Fr. Jordán de Sajonia, O.P.


Prólogo

1. A los hijos por gracia y coherederos de la gloria [Rm 7,17], a todos los frailes, Fray Jordán, siervo inútil, salud y alegría en el seguimiento de la santa profesión.

2. Pidiéndolo con insistencia muchos frailes, deseosos de saber cómo se originó la institución de la Orden de Predicadores, mediante la cual la divina providencia salió al paso de los peligros de los últimos tiempos, y quiénes fueron los primeros frailes, cómo se multiplicaron [Hch 6,7] y fueron confortados por la gracia de Dios [2 Tm 2,1], se ha investigado hace ya tiempo y averiguado con certeza entre los mismos frailes que participaron en los momentos iniciales, y que vieron y oyeron al venerable siervo de Cristo, el maestro Domingo, fundador, maestro y hermano de esta religión; quien, viviendo en este mundo entre los pecadores, su alma piadosa se mantenía en comunión con Dios y con los ángeles; guardián de los preceptos, celoso de los consejos y servidor de su eterno Creador en todo cuanto supo y pudo. Brilló_ en medio de la densa oscuridad de este mundo por su inocente vida y por la práctica muy santa del celibato.

3. Así, me ha parecido bien poner por orden todas estas noticias conseguidas, aun cuando yo no haya sido en todo rigor uno de los frailes de la primera hora. Sin embargo, conviví con los primeros; vi bastantes veces y traté con familiaridad al bienaventurado Domingo, no sólo ante:. de entrar en la Orden, sino una vez que ingresé en ella; con él me confesé, y por deseo suyo recibí el orden del diaconado; también recibí el hábito cuatro años después de la fundación de la Orden. Me ha parecido bien, decía, poner por escrito todo aquello que he visto y oído personalmente, así como lo que he llegado a conocer por relación de los frailes más antiguos, respecto a los orígenes de la Orden, de la vida y milagros del bienaventurado Domingo, nuestro Padre, así como de algunos otros frailes, según que la ocasión los traiga a mi memoria. No sea que los hijos que nazcan y crezcan [Sal 77,6], ignoren los inicios de su Orden, y en vano pretendan conocerlos entonces, porque, por el largo tiempo transcurrido, no encontrarán quién pueda relatar nada cierto de los comienzos. Por tanto, amadísimos en Cristo, hermanos e hijos, cuanto sigue ha sido reunido de cualquier modo para vuestra edificación y consuelo; recibidlo devotamente y arded en deseos de emular la primera caridad [Ap 2,4] de nuestros frailes.

El Obispo Diego de Osma

4. Vivía en España un hombre de vida venerable llamado Diego, obispo de la iglesia de Osma. Estaba adornado por el conocimiento de la Sagrada Escritura, así como por la nobleza de su nacimiento, pero todavía más por su relevante honestidad de costumbres. Su amor estaba tan centrado en Dios que, despreciándose a sí mismo y buscando sólo los intereses de Jesucristo [Flp 2,21], orientaba todo el esfuerzo de su espíritu y de su voluntad, para devolver al Señor con los intereses, los talentos que tenía prestados, como si se tratara de un banquero que negociaba con muchas almas [Mt 25,14-30]. Así, pues, ponía especial cuidado en indagar por doquiera se le presentara ocasión, la existencia de hombres honestos y encomiables por su conducta, para atraerlos por todos los medios a su alcance e incorporarlos a la iglesia que presidía, dándoles algún beneficio. A los súbditos que mostraban una voluntad floja para la santidad, inclinada preferentemente a lo terreno, les persuadía de palabra e invitaba con el ejemplo, a abrazar una vida más religiosa y ejemplar. Para llevarlo de alguna manera a la práctica, se propuso convencer a sus canónigos con frecuentes consejos y por medio de una exhortación constante, para que dieran su parecer favorable y aceptaran el género de vida de los canónigos regulares, bajo la regla de San Agustín. Puso tanto empeño en esto, que logró inclinar su ánimo en el sentido que él deseaba, aun cuando algunos de entre ellos se oponían.

Conducta de Santo Domingo durante su juventud

5. Vivió por aquel tiempo un adolescente llamado Domingo, originario de la misma diócesis [de Osma] y de la villa de Caleruega. A su madre, antes de concebirlo, le fue mostrado en visión, que gestaba en su seno un cachorro, llevando una tea encendida en su boca; saliendo del vientre, parecía que prendía fuego a toda la tierra. Esta visión prefiguraba que concebiría a un predicador insigne, que despertaría a las almas dormidas en el pecado, con el ladrido de su doctrina sagrada, y propagaría por el mundo entero el fuego que vino a traer a la tierra el Señor Jesús. Así, pues, desde los años de su infancia fue educado diligentemente por sus padres, y en especial por un tío suyo arcipreste; le instruyeron con todo esmero al modo eclesiástico, a fin de que el que había sido predestinado por Dios para convertirse en vaso de elección [Hch 9,15], desde la niñez se impregnase como vasija recién fabricada de un perfume de santidad, que no pudiera desprenderse de él en lo sucesivo.

6. Después fue enviado a Palencia para formarse en aquella ciudad en las artes liberales, cuyo estudio estaba allí en auge por entonces. Una vez que en su opinión las tuvo suficientemente asimiladas, abandonó estos estudios, como si temiera ocupar en cosas menos útiles la brevedad de la vida. Se remontó al estudio de la teología, y comenzó a quedarse completamente pasmado en contacto con la Sagrada Escritura, mucho más dulce que la miel para su paladar [Sal 118,103].

7. En estos estudios sagrados pasó cuatro años. Se dedicaba con tal avidez y constancia a agotar el agua de los arroyos de la Sagrada Escritura que, infatigable cuando se trataba de aprender, pasaba las noches casi sin dormir. La verdad que escuchaba, la guardaba en lo profundo de su mente y la retenía en su tenaz memoria. Y lo que por su talento comprendía con facilidad, lo regaba con piadosos afectos que fructificaban en obras de salvación; bienaventurado ciertamente por ello, según la sentencia de la Verdad, que afirma en el Evangelio: «Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen» [Lc 11,28]. En efecto, hay dos modos de guardar la palabra de Dios: uno, reteniendo en la memoria cuanto hemos oído; otro, por el contrario, traduciendo en hechos y haciendo patente con las obras cuanto hemos escuchado. A nadie se le oculta cuál de las dos maneras de guardar la palabra de Dios es más recomendable. Del mismo modo que el grano de trigo se conserva mejor sembrado en la tierra, que almacenado en el arca (Jn 11,24).

Este dichoso siervo de Dios no descuidaba ninguno de los dos modos. Su memoria, como un prontuario de la verdad de Dios, le ofrecía abundantes recursos para pasar de una cosa a otra; mientras que sus costumbres y obras traslucían con toda claridad hacia fuera, cuanto guardaba en el santuario de su corazón. Porque abrazó los mandamientos del Señor con amor tan ferviente, y escuchó la voz del Esposo con verdadera devoción y buena voluntad, el Dios de las ciencias [1 R 2,3] le acrecentó la gracia, a fin de hacerlo idóneo, no sólo para beber leche [1 Co 3,2], sino para penetrar en el arcano de las cuestiones más difíciles con la humildad de su inteligencia y de su corazón, y asimilara con suficiente facilidad las dificultades que se derivaban de tomar un alimento más sólido.

8. Desde su nacimiento fue de muy buena índole; la infancia anunciaba ya que algo grande e insigne se podía esperar de él en su etapa de madurez. No se mezcló con los que ugaban, ni se hizo compañero de los que se andaban con ligereza [Tb 3,17, Vulgata]. A ejemplo del apacible Jacob, evitaba las correrías sin sentido de Esaú [Gn 25,27], y no abandonaba el regazo de la madre Iglesia, ni la santa tranquilidad de la morada doméstica. En él podías contemplar a un joven y anciano a la vez; los pocos días ponían de manifiesto la infancia; la madurez de su actitud y el arraigo de sus costumbres, proclamaban la ancianidad. Rechazaba las seducciones licenciosas del mundo, caminando por sendas de rectitud [Sal 100,6]. Conservó intacta hasta el final de su vida la gloria de la virginidad, reservándola para el Señor, que ama la pureza de vida.

9. Por lo demás, el Señor, que prevé el futuro, se dignó dar a conocer ya desde su infancia, que se esperaba de este niño un porvenir insigne. En una visión apareció ante su madre como si tuviera la luna en la frente, lo que prefiguraba ciertamente que algún día sería presentado como luz de las gentes [Hch 13,47], para iluminar a los que estaban sentados en tinieblas y en sombra de muerte [Le 1,79], como se comprobó más tarde por el desarrollo de los acontecimientos.

Conducta para con los pobres en tiempo de hambre

10. Por el tiempo en que continuaba estudiando en Palencia, se desencadenó una gran hambre por casi toda España. Entonces él, conmovido por la indigencia de los pobres y ardiendo en compasión hacia ellos, resolvió con un solo acto, obedecer los consejos del Señor, y reparar en cuanto podía la miseria de los pobres que morían de hambre. Vendió, pues, los libros que tenía, aunque le eran muy necesarios, con todo su ajuar, fundando una cierta limosna; distribuyó y donó lo suyo a los pobres [Sal 111,9]. Con su ejemplo de piedad incitó de tal modo a los otros teólogos y maestros que, cayendo en la cuenta de su dejadez, en contraste con la generosidad del joven abundaron desde entonces en limosnas más crecidas.

Llamado a la Iglesia de Osma

11. Mientras este hombre de Dios disponía tales ascensiones en su corazón [Sal 83,6], y progresaba de virtud en virtud [Sal 83,8], logrando superarse a sí mismo diariamente a los ojos de todos, brillaba por su pureza de vida como el lucero de la mañana en medio de las tinieblas [Si 50,6]. Su fama llegó a oídos del mismo obispo de Osma, quien, averiguada diligentemente la verdad acerca de él, le llamó e hizo canónigo regular en su iglesia.

12. Al punto comenzó a brillar entre los canónigos con resplandor extraordinario; se consideraba el último por la humildad de corazón, pero era el primero en la santidad, hecho para todos perfume de vida que conduce a la vida [Si 50,6], semejante al incienso que desprende su fragancia en los días de verano [Si 50,8]. Ellos se admiraron ante tan rápida y nunca vista cumbre de perfección y le nombraron subprior, para que, colocado sobre alta atalaya, resplandeciera a la vista de todos y les estimulara con su ejemplo. Como olivo fructífero [Sal 51,10], y ciprés que se eleva en lo alto [Si 50,11], pasaba los días y las noches en la iglesia dedicado sin descanso a la oración; y, como si quisiera recuperar el tiempo dedicado a la contemplación, apenas se dejaba ver fuera del recinto monástico. Dios le había otorgado la gracia particular de llorar por los pecadores, por los desdichados y por los afligidos; sus calamidades las gestaba consigo en el santuario de su compasión, y el amor que le quemaba por dentro, salía bullendo al exterior en forma de lágrimas.

13. Era costumbre muy frecuente en él pernoctar en oración; cerrada la puerta, oraba a su Padre [Mt 6,6]. Algunas veces mientras oraba, solía prorrumpir en gemidos que le salían de lo hondo del corazón, así como en rugidos y gritos incontenibles [Sal 37,9]; por el contrario, emitiéndolos con fuerza, se escuchaban claramente de lejos. Hacía frecuentemente a Dios una súplica especial: que se dignara concederle la verdadera y eficaz caridad, para cuidar con interés y velar por la salvación de los hombres. Pensaba que sólo comenzaría a ser de verdad miembro de Cristo, cuando pusiera todo su empeño en desgastarse para ganar almas [1 Co 9,19], al modo cómo el Señor Jesús, Salvador de todos, se inmoló totalmente por nuestra salvación. Leyendo con aprecio un libro titulado, Colaciones de los Padres3, en que se trata la temática referente a los vicios y a la perfección espiritual, se esforzó en buscar con todo cuidado las sendas de la salvación y seguirlas con todo empeño. Auxiliado por la divina gracia, le condujo este libro a conseguir la difícil pureza de conciencia, así como a alcanzar mucha luz para su vida contemplativa, y a una cima encumbrada de perfección.

Viaje del Obispo de Osma a Las Marcas

14. Mientras que de este modo la hermosa Raquel le acariciaba con su abrazo, Lía, no pudiendo soportarlo, comenzó a pedirle que desterrara el oprobio de sus ojos enfermos, dándole una numerosa descendencia [Gn 29,16-35]. Sucedió, pues, que en aquel tiempo, el rey Alfonso de Castillas deseaba el casamiento de su hijo Fernando con una noble de Las Marcas'. Por este motivo acudió al obispo de Osma, pidiéndole que hiciera de procurador en el asunto. El obispo accedió a la petición real, y, rodeándose de un distinguido acompañamiento cual correspondía a su dignidad, llevó también consigo al mencionado hombre de Dios, Domingo, subprior de su iglesia. Poniéndose en camino, llegaron a Toulouse.

15. Cuando supo que los habitantes de la región eran herejes desde hacía ya algún tiempo, comenzó a compadecerse de tantas almas engañadas miserablemente. En la misma noche en que fueron alojados en la mencionada ciudad [de Toulouse], el subprior mantuvo con calor y firmeza una larga disputa con el hospedero de la casa que era hereje. No pudiendo aquel hombre resistir la sabiduría y el espíritu con que hablaba [Hch 6,10], le recuperó para la fe, con la ayuda del Espíritu divino.

16. Dejando esta ciudad, llegaron, tras muchas fatigas, al lugar de destino donde se encontraba la joven. Expuesto el motivo de su viaje y recibida la conformidad, retornaron presurosos al rey. El obispo le comunicó el éxito de su gestión y el consentimiento de la joven. El rey, empero, estimó oportuno enviarle de nuevo con un cortejo más solemne, para que condujeran con todos los honores a la joven que había de desposarse con su hijo. Emprendido nuevamente el penoso viaje, y llegado a Las Marcas, se encontró con que en el entretanto había muerto la joven. Dios dispuso para un mayor provecho el motivo de aquel viaje, en cuanto iba a ser el origen de un matrimonio mucho más excelente entre Dios y las almas, en beneficio de toda la Iglesia; un vínculo de eterna salvación para recobrar de múltiples maneras a las almas apresadas por diversos errores y pecados [2 Co 11,2], como lo demostraron los acontecimientos que se siguieron.

Encuentro con el Papa

17. El obispo envió un mensajero al rey y, aprovechando la ocasión que se le ofrecía, se apresuró a ir con sus clérigos a la curia pontificia. Llegado ante el sumo pontífice Inocencio [III], le mostró con insistencia su deseo de que, si era posible, le concediera la gracia de aceptarle la renuncia, alegando con múltiples razones su insuficiencia, y la inmensa dignidad del ministerio, muy por encima de sus fuerzas. Reveló también al Papa que era propósito suyo muy querido, dedicarse con todas sus fuerzas a la conversión de los cumanos, si se dignaba admitirle la dimisión. El Pontífice no accedió a las instancias del demandante, ni siquiera quiso concederle que, reteniendo el episcopado y en remisión de sus culpas, le dejara ir a predicar a tierras de los cumanos. ¡Ocultos designios de Dios!, que había orientado los trabajos de una tal personalidad hacia otra cosecha más abundante en otro campo de salvación.

Diego de Osma toma el hábito del Císter

18. De regreso a Roma visitó Citeaux, donde observando la vida de muchos siervos de Dios, y atraído por su intensa religiosidad, se resolvió a tomar aquel hábito monacal. Tomó también en su compañía algunos monjes para aprender de ellos su forma de vida regular, y se apresuró a volver a España, ignorante todavía del obstáculo que, por voluntad divina, se opondría a sus prisas.

El Obispo de Osma aconseja a los legados papales

19. Por aquel tiempo, el papa Inocencio [III] había enviado doce abades del Císter, bajo la dirección de un legado, a predicar la fe contra los herejes albigenses. Los legados se encontraban deliberando en un concilio, al que habían acudido arzobispos y otros prelados de la región; trataban sobre el modo más fructífero de proseguir la tarea para la que habían sido enviados.

20. Entre tanto, iniciadas ya las deliberaciones, el obispo de Osma llegó a Montpellier, donde se celebraba el Concilio. Recibieron al viajero con honor y le pidieron consejo, sabiendo que era un hombre santo, maduro, justo y celoso de la fe. El, como era una persona circunspecta y conocedora de los caminos de Dios, hizo algunas preguntas sobre las prácticas rituales y conducta de los herejes. Advirtió cómo algunos atraían hacia su partido infiel por medio de exhortaciones y de la predicación, pero también con un ejemplo de santidad simulada. Dándose cuenta, por otra parte, de la gran ostentación de que hacían gala los misioneros, sus cuantiosos gastos, y la pompa en caballos y vestimenta, exclamó: «No es así, hermanos, no es así, como estimo que debéis proceder. Me parece imposible que se pueda hacer volver a estos hombres a la fe sólo con palabras, cuando ellos se apoyan preferentemente en el ejemplo. Fijaos en los herejes; bajo apariencia de verdad y engañando con ejemplos de mesura y austeridad evangélicas, inducen a la gente sencilla a seguir sus caminos. Por lo cual, si vosotros dais un ejemplo contrario, edificaréis poco, destruiréis mucho, y no os creerán en modo alguno. Un clavo se saca con otro clavo; a una santidad fingida, ponedla en fuga con la verdadera virtud; porque la soberbia de los pseudoapóstoles se vence sólo con una humildad manifiesta. Así Pablo se vio obligado a hacer el necio [2 Co 12,11; 11,1633], enumerando sus verdaderas virtudes, y recordando las privaciones y peligros por que había pasado, para demostrar la falsa arrogancia de los que se vanagloriaban del mérito de su vida». Los reunidos le preguntaron: «¿Qué nos aconsejas, pues, buen Padre?» El les respondió: «Haced lo que me veáis hacer». En seguida, posesionándose de él el Espíritu del Señor [1 R 10,10], llamó a los suyos y los envió a Osma, con las cabalgaduras, equipaje y séquito, reteniendo consigo a unos pocos clérigos. Manifestó que era su propósito detenerse en aquella región para propagar la fe.

21. Retuvo también consigo al subprior, Domingo, a quien estimaba grandemente y le unía un intenso amor de caridad. Este es fray Domingo, fundador y fraile de la Orden de Predicadores, que, a partir de este momento comenzó a llamarse, no subprior, sino fray Domingo. Y era verdaderamente Domingo, es decir, custodiado por el Señor, limpio de pecado; verdaderamente Domingo, pues guardaba con todas sus fuerzas la voluntad del Señor.

22. Una vez que los abades misioneros escucharon este consejo, animados por el ejemplo, decidieron también ellos intentar algo similar, enviando cada uno a sus casas lo que habían traído consigo, y quedándose únicamente con los libros necesarios para la recitación de las horas canónicas, el estudio y las controversias. Tenían al mencionado obispo [Diego de Osma] como superior y, por así decir, jefe de toda la empresa apostólica. Comenzaron a predicar la fe, caminando a pie, sin dinero, en pobreza voluntaria. Cuando advirtieron esto los herejes, también ellos se decidieron a predicar con mayor ahínco, desde sus posiciones contrarias.

23. En Pamiers, Lavaur, Montreal y Fanjeaux, se organizaron con frecuencia controversias, presididas por jueces designados al efecto. En los días señalados, acudían a ellas grandes señores, caballeros, mujeres, y poblaciones, para asistir a la discusión de fe.

24. Aconteció, pues, que determinaron celebrar una famosa controversia en Fanjeaux, a la que fue convocada una multitud de gente, así fieles, como infieles. Entre tanto, la mayor parte de los defensores de la fe habían escrito sus opúsculos, conteniendo argumentos de razón y de autoridad para la confirmación de la verdadera fe. Una vez examinados todos, fue preferido a los demás el opúsculo escrito por el bienaventurado Domingo. Recibió una aprobación general para presentarlo, junto con el opúsculo escrito en su defensa por los herejes, al examen de tres árbitros elegidos con el consentimiento de las partes para dar sentencia. El escrito que fuera juzgado más convincente por los árbitros, determinaría cuál de las dos creencias era más excelente.

25. Y como, tras larga discusión, los árbitros río llegaran a ponerse de acuerdo en favor de ninguna de las dos partes, se les ocurrió la propuesta de que fueran arrojados al fuego ambos escritos y, si sucediera que uno de ellos no se quemaba, aquél, sin duda, contendría la verdadera fe. Se hizo al efecto una gran hoguera y arrojaron a ella ambos libros. El libro de los herejes se quemó al momento; el otro, sin embargo, que lo había escrito el hombre de Dios Domingo, no sólo resultó ileso, sino que, a la vista de todos, saltó de las llamas, yendo a parar a un lugar distante. Echado de nuevo una segunda y tercera vez, otras tantas fue rechazado, despedido hacia lo alto, manifestando así con claridad la verdad de la fe que contenía, y la santidad de su autor.

26. Por otra parte, en el hombre de Dios, el obispo Diego resplandecía en tal grado la virtud, que se ganó el afecto de los mismos herejes y se introdujo en el corazón de todos cuantos le trataban. De ahí que dijeran de él los herejes que era imposible que semejante personalidad no estuviera predestinada para la vida, y que, quizás por este motivo, había sido encaminado hacia aquellas tierras para que aprendiera de ellos los preceptos de la verdadera fe.

Fundación del monasterio de Prulla

27. [El obispo Diego] instituyó un monasterio con el fin de recoger en él algunas mujeres nobles que, por motivos de pobreza, eran entregadas por sus padres a los herejes, para que las educaran y se preocuparan de su manutención. El monasterio estaba situado entre Fanjeaux y Montreal, en el lugar denominado Prulla. Hasta el día de hoy las siervas de Cristo ofrecen allí un culto agradable a su Creador, con una santidad vigorosa, y preclara pureza de inocencia. Llevan una vida provechosa para sí, ejemplar para los hombres, motivo de júbilo para los ángeles y grata a Dios.

Vuelta a España y muerte del Obispo de Osma

28. El obispo Diego permaneció dos años dedicado a este ministerio de la predicación. Al término de los cuales, y temiendo que quizá podía ser acusado de negligencia para con su iglesia doméstica de Osma, si prolongaba por más tiempo su estancia, determinó volverse a España. Se proponía, una vez cumplida la visita a su iglesia, recoger allí algún dinero para acabar la construcción del mencionado monasterio femenino, y volver. Finalmente, con el consentimiento del Papa, distribuiría por aquellas tierras hombres idóneos para la predicación, cuya misión sería la de disipar constantemente los errores de los herejes, y no descuidar la defensa de la verdadera fe.

29. En cuanto a lo espiritual [el obispo Diego] dejó al frente de los que permanecieron allí a fray Domingo, como verdaderamente lleno del Espíritu de Dios; sobre lo temporal, sin embargo, nombró a Guillermo Claret, de Pamiers, pero con la obligación de dar cuenta de todo lo que hiciera a fray Domingo.

30. Diciendo adiós a los hermanos, atravesó a pie Castilla y llegó a Osma. A los pocos días fue atacado por una enfermedad y, llegado a su término, acabó la vida presente tras alcanzar un alto grado de santidad. Recibió un fruto de gloria por sus trabajos, y bajando al sepulcro con abundancia de buenas obras [Jb 5,26], entró en el descanso de la gran riqueza. Se dice también de él que después de su muerte ha brillado en milagros. No es de admirar que sea poderoso ante Dios omnipotente para obrar prodigios, el que cuando todavía vivía entre los hombres, en esta morada de debilidad y lágrimas, fue tan favorecido con gracias insignes y resplandecía por su acendrada virtud.

Marcha de los misioneros enviados por el Papa a los albigenses 31. Cuando se supo la noticia de la muerte del hombre, de Dios [Diego de Osma], los que permanecían en la región de Toulouse volvieron a sus casas. Fray Domingo, sin embargo, se quedó allí solo, continuando la predicación. Aun cuando le seguían a veces algunos, no le tenían como superior. Entre aquellos seguidores se contaba el mencionado Guillermo Claret, y un cierto fray Domingo, español, que más tarde fue prior de Madrid, en España.

Predicación de la Cruzada contra los albigenses

32. Después de la muerte del obispo de Osma se comenzó a predicar en Francia una cruzada contra los albigenses. Indignado el papa Inocencio [III] porque no podía calmar la rebelión de los herejes con la dulzura de la verdad, ni cortarla con la espada espiritual, que es la palabra de Dios, determinó atacarles también con el poder de la espada material. 33. Todavía en vida, el obispo Diego había predicho este castigo de la espada secular; lo hizo con una imprecación profética. Pues un día impugnaba en público y ante muchos nobles la rebelión de los herejes. Ellos, burlándose, defendieron a los revolucionarios con excusas sacrílegas. Indignado el obispo, levantó las manos al cielo y dijo: «Señor, extiende tu mano y castígalos» [Jb 2,5]. Quienes oyeron estas palabras comprendieron después que habían sido inspiradas, pues quedaron aclaradas por lo menos al producirse esta persecución. Injurias recibidas de los albigenses

34. Durante el tiempo en que estuvieron allí los cruzados y hasta la muerte del conde de Montfort [25 de junio de 1218], permaneció fray Domingo en su tarea de predicador solícito de la palabra de Dios. ¡Cuántas injurias sufrió en aquellos días de parte de los malvados! ¡Cuántas asechanzas tuvo que despreciar! Cuando en alguna ocasión le amenazaban de muerte, respondía imperturbable: «No soy digno de la gloria del martirio; no he merecido todavía este género de muerte». Después, cuando pasaba por algún lugar en el que sospechaba que le habían tendido alguna emboscada, lo recorría alegre y cantando. Cuando se lo contaron a los herejes, éstos, admirados de una tal firmeza de ánimo, le dijeron: «¿No te horroriza la muerte? ¿Qué harías si te apresáramos?» El replicó: «Os rogaría que no me matarais inmediatamente, infligiéndome golpes mortales, sino que prolongarais el martirio con una sucesiva amputación de mis miembros. Después, poniendo ante mi vista los trozos de los miembros cortados, os pediría que me arrancarais los ojos, y dejarais así el tronco bañado en sangre, o, por el contrario, lo destruyerais por completo; así, con una muerte más prolongada recibiría una más alta corona de martirio». Los enemigos se quedaron atónitos ante estas palabras plenamente sinceras, y de allí en adelante no le tendieron más emboscadas, ni acecharon contra el alma del justo [Sal 93,21] porque, con la muerte, lejos de perjudicarle, le beneficiaban. Con todas sus energías, y con un celo ardentísimo, se preocupaba de la salvación de las almas a fin de poder ganarlas para Cristo [1 Co 9,19-21]; albergaba en su corazón una admirable y casi increíble ambición por la salvación de todos. Se quiere vender a sí mismo para ayudar a una cierta persona

35. No le faltaba ciertamente la virtud de la caridad, por nadie poseída en mayor grado, que por aquél que da la vida por sus amigos Un 15,13]. En cierta ocasión invitaba con piadosas exhortaciones a un hereje para que volviera al regazo verdadero de la madre Iglesia. Este invocó en su respuesta la necesidad material que le obligaba a permanecer en el grupo de los infieles, pues los herejes corrían con sus gastos imprescindibles, y ese pago no lo podía esperar de otra parte. Al momento, compadecido desde lo más íntimo de su corazón, determinó venderse a sí mismo, y, a precio de su libertad, redimir la pobreza de un alma en peligro. Lo hubiera hecho, si el Señor, que es rico para con todos, no le saliera al paso de otro modo para remediar la indigencia de aquel hombre.

36. La virtud y la fama del siervo de Dios Domingo, iban en aumento, y esto provocaba la envidia de los herejes. Cuanto mejor era él, tanto peor podían soportar sus ojos enfermos los rayos de luz con que resplandecía su vida. Se reían de él y se mofaban de sus seguidores [Jr 20,7], descubriendo la maldad que guardaban en el perverso tesoro de su corazón [Mt 12,35]. Pero ante las burlas de los infieles, se congratulaban con él los fieles devotos, y todos los católicos le veneraban con gran aprecio. Su santidad atractiva y la belleza de sus costumbres, conquistaban también el corazón de los grandes señores; los arzobispos, obispos y otros prelados de aquella región le tenían por muy digno de honor.

37. El conde de Montfort, que le ayudaba con una devoción especial, le regaló con el consentimiento de los suyos, un importante castillo, llamado Casseneuil; se lo dio para él y para los colaboradores que le ayudaran en el ministerio emprendido de salvación. Fray Domingo tenía, además, la iglesia de Fanjeaux y algunas otras posesiones, de las cuales podía recibir sustento para sí y sus acompañantes. Pero pasaban a las monjas de Prulla todo aquello de lo que se podían privar, procedente de estas rentas. No se había fundado todavía la Orden de Predicadores; se había tratado sólo de su institución, aun cuando fray Domingo se daba de lleno al ministerio de la predicación. No se observaba todavía aquella constitución que fue promulgada más tarde, según la cual no les estaba permitido recibir posesiones, ni retener las recibidas. Así, pues, desde la muerte del obispo de Osma hasta el concilio de Letrán, transcurrieron aproximadamente diez años, durante los cuales permaneció fray Domingo prácticamente solo en la región.

Los dos primeros frailes que se ofrecieron a fray Domingo

38. Llegado el tiempo en que los obispos comenzaban a viajar a Roma para la celebración del concilio de Letrán, se ofrecieron a fray Domingo dos personas de la ciudad de Toulouse, honradas y de valía. Uno de aquellos fue fray Pedro Seila, más tarde prior de Limoges; el otro, fray Tomás, hombre muy agradable y con facilidad de palabra. El primero, fray Pedro, entregó a fray Domingo y a sus compañeros unas casas altas y de noble fábrica que poseía en Toulouse, junto a la fortaleza Narbonense. Desde entonces comenzaron a habitar por primera vez en Toulouse, hospedándose en aquellas casas. También desde este momento todos los que le acompañaban emprendieron más y más el descenso de las gradas de la humildad, y comenzaron a conformar su tipo de vida con el de los religiosos.

De las rentas con que al principio atendían a su alimentación y demás cosas necesarias

39. El obispo de Toulouse Fulco, de feliz memoria, que amaba con gran ternura al amado de Dios y de los hombres [Si 45,1] fray Domingo, contemplando el tenor de vida religiosa de los frailes, a la par que su destreza y fervor en la predicación, se alegró vivamente del nacimiento de aquella nueva luz. Con el consentimiento de todo su cabildo les concedió la sexta parte de los diezmos de su diócesis, para que con tales recursos pudieran proveerse de libros y del sustento necesario.

El maestro Domingo, con el obispo de Toulouse, visita al Papa

40. Fray Domingo se incorporó al obispo Fulco para ir juntos al concilio, y exponer al Papa Inocencio [III] el común deseo de que confirmara la Orden de fray Domingo y sus compañeros, que se debía llamar y ser en verdad de Predicadores. Suplicarían también al Papa que confirmara las mencionadas rentas, tanto las otorgadas a los frailes por el conde de Montfort, como por el propio obispo.

41. El Romano Pontífice escuchó la súplica que le hicieron, y animó a fray Domingo a que volviera a sus frailes para tener con ellos una cumplida deliberación. Debían elegir con el consentimiento unánime de todos alguna de las reglas ya aprobadas. Después, el obispo les asignaría una iglesia y, cum plidos estos requisitos, volvería al Papa para recibir la aprobación de todo.

42. De regreso a Toulouse tras la celebración del concilio, manifestaron a los frailes la respuesta del Papa. Los futuros Predicadores eligieron en seguida la regla de San Agustín, egregio predicador, imponiéndose algunas otras observancias más estrictas, relativas a comidas, ayunos, lechos y uso de vestidos de lana. También se propuso y finalmente se estableció, que no tendrían posesiones, para no entorpecer el ministerio de la predicación con la solicitud de las cosas materiales; sólo las rentas accedieron a mantener todavía.

43. El obispo de Toulouse, por su parte, les asignó tres iglesias, con el consentimiento de su cabildo; una dentro de la ciudad, otra en la villa de Pamiers, y la tercera entre Soréze y Puylaurens, a saber, la iglesia de Santa María de Lescure. En cada una de ellas se debía establecer un convento prioral.

La primera iglesia concedida a los frailes en Toulouse

44. En el verano del año del Señor 1216, se dio a los frailes la primera iglesia en la ciudad de Toulouse, fundada en honor de San Román. En las otras dos iglesias no llegó a habitar ningún fraile. Contiguo a la iglesia de San Román se edificó de inmediato el claustro, con un piso de celdas suficientemente aptas para dormir y estudiar. Eran entonces alrededor de dieciséis frailes.

Muerte del Papa Inocencio [III] y elección del Papa Honorio [III]. Confirmación de la Orden

45. Entre tanto murió el Papa Inocencio [III] y fue elegido como sucesor Honorio [III]. Fray Domingo fue en seguida a verle y, en conformidad con el plan y organización ideado, obtuvo plenamente y en todo la confirmación de la Orden, consiguiendo, asimismo, todo lo demás que deseaba.

Muerte del conde de Montfort, prevista por el maestro Domingo

46. En el año del Señor 1217 las gentes de Toulouse decidieron alzarse contra el conde de Montfort. Parece que el hombre de Dios, Domingo, tuvo algún conocimiento de ello por vía sobrenatural antes de que acaeciese. Le fue mostrado en visión un árbol majestuoso y atractivo, en cuyo ramaje anidaban muchas aves. Se derrumbó el árbol y los pájaros que se cobijaban en él huyeron. Lleno del Espíritu de Dios, comprendió fray Domingo que un peligro inminente de muerte amenazaba al conde de Montfort, aquel grande y eminente príncipe, protector de muchas personas humildes.

47. Invocando el Espíritu Santo y reunidos los frailes, les dijo [fray Domingo] que había decidido en lo íntimo de su corazón enviarles a todos por el mundo, aunque fueran pocos; en lo sucesivo ya no morarían allí juntos. Se admiraron todos al manifestarles decisión tan categórica, fraguada con tal rapidez. Pero como les anima una indudable sumisión a la autoridad que le daba su vida santa, asintieron con facilidad, confiando en que todo conduciría a buen fin.

48. Pareció bien a fray Domingo que eligieran un fraile como abad, con autoridad sobre los demás, en calidad de superior o jefe. El, empero, se reservó el derecho de corregirle. El elegido canónicamente como abad fue fray Mateo. Fue el primero y el último que se denominó abad en la Orden, ya que después, para subrayar la humildad, pareció bien a los frailes que el que presidiera no se llamase abad, sino Maestro de la Orden.

Frailes enviados a España

49. Fueron, por tanto, destinados cuatro frailes a España: fray Pedro de Madrid, fray Gómez, fray Miguel de Ucero y fray Domingo. Estos dos últimos serían después enviados por el Maestro Domingo, de Roma, a donde habían ido tras su estancia en España, a Bolonia, en cuya ciudad permanecerían. No habían podido cosechar en España los frutos que deseaban; los otros dos, sin embargo, obtenían abundantes resultados, y sembraban la palabra de Dios. Este fray Domingo era un hombre destacado por su humildad, modesto en ciencia, pero magnífico en virtud, acerca del cual no parecerá inútil recordar brevemente alguna cosa. Cómo cierto fray Domingo venció la tentación de una mujer

50. En determinada ocasión fije urdido un plan, con el conocimiento quizá de algunos rivales, para que se acercara a él una mujer, con el pretexto de pedir confesión; era una desvergonzada meretriz, instrumento de Satanás, escollo de castidad y tea de vicios. Le habló de esta manera: «Estoy tremendamente angustiada y consumida de amor; me abrasa la pasión, pero por desgracia, aquél a quien amo no me conoce, y aunque me conociera, es posible que no me juzgara digna de él. Este amor se ha apoderado irremediablemente de mi corazón. Te ruego que me aconsejes, ofrece algún remedio a esta persona que perece; puedes hacerlo». Como la meretriz trataba de seducir al inocente con semejantes discursos llenos de ponzoña y rebuscados, las provechosas exhortaciones que le dirigía el fraile no lograban desviar su propósito; éste trató de conocer la persona y el motivo del peligro. Ella le descubrió que la causa de su encendida pasión estaba en él mismo. «Vete ahora -le dijo-, y regresa dentro de un poco; prepararé un lugar donde podamos encontrarnos convenientemente». Y entrando en la habitación preparó dos fuegos separados, aunque cercanos entre sí; llegada la mujerzuela se arrojó en medio del fuego, invitándola a que se acercara. «He aquí -le decía- el lugar apropiado para tal maldad; ven si te agrada y juntémonos». Ella quedó horrorizada al ver a un hombre arrojarse al fuego sin temor alguno y quedar envuelto en llamas; lanzando un grito de arrepentimiento, se marchó. El se levantó indemne, sin que ni el fuego material, ni la seducción para quebrantar la castidad, pudieran dominarle. Los primeros frailes enviados a París

51. Fueron también enviados a París, fray Mateo, el que había sido elegido abad, con fray Bertrán, que después fue prior provincial de Provenza, hombre muy santo y de un rigor inexorable para consigo mismo; mortificaba con mucha dureza su cuerpo, y había aprendido a fondo muy numerosas lecciones del Maestro Domingo, que era para él modelo y ejemplar; fue también algunas veces su compañero de camino. Ambos -venía diciendo-, fueron enviados a París con letras de presentación del Sumo Pontífice, con el objeto de dar a conocer allí la Orden. Les acompañaron otros dos frailes para que realizaran sus estudios, a saber, fray Juan de Navarra y fray Lorenzo de Inglaterra. A este último -tal como relató con anterioridad, y los acontecimientos vinieron a confirmar-, antes de que llegaran a París el Señor le reveló muchas cosas que acaecieron después a los frailes en aquella ciudad; por ejemplo, las características y situación de su casa, y la recepción [en la Orden] de muchos frailes. Aparte de los mencionados, fueron también a París: fray Mamés, hermano uterino del Maestro Domingo, fray Miguel de España, con un cooperador normando llamado Oderico.

52. Todos estos fueron enviados a París, pero los tres últimos se dieron más prisa y llegaron antes, haciendo su entrada en la ciudad el 12 de septiembre [de 1217]. Después de tres semanas llegaron los demás mencionados. Alquilaron una casa junto al hospital de Santa María Virgen, ante la entrada del palacio del obispo de París.

La casa de Santiago, concedida a los frailes de París

53. En el año del Señor 1218, los frailes recibieron la casa de Santiago en virtud de una donación, aunque todavía no definitiva, del Maestro Juan, deán de San Quintín, y de la universidad de París. La donación se hizo a petición del papa Honorio [III]. La comenzaron a habitar el 6 de Agosto [de 1218].

Primeros frailes enviados a Orleáns

54. En el mismo año fueron enviados a Orleáns algunos frailes jóvenes y sencillos; como si se tratara de una pequeña semilla, vinieron a ser con el tiempo el principio de una cosecha abundante.

Primeros frailes enviados a Bolonia

55. A principios del año 1218 el Maestro Domingo envió frailes desde Roma a Bolonia, a saber, a fray Juan de Navarra y a fray Bertrán, y más tarde a fray Cristián, con un hermano cooperador; establecidos ya en Bolonia, sufrieron una gran penuria económica.

Recepción milagrosa en la Orden del Maestro Reginaldo, llevada a cabo por el Maestro Domingo en Roma

56. En el mismo año [1218], encontrándose el Maestro Domingo en Roma, llegó a esta ciudad el Maestro Reginaldo, deán de San Aniano de Orleáns, con el propósito de embarcarse8. Era un hombre que gozaba de gran estima, docto e ilustre; había regentado durante cinco años la cátedra de derecho canónico en la universidad de París. Al llegar a Roma contrajo una grave, enfermedad. El Maestro Domingo le visitó algunas veces; y cuando le exhortó a abrazar la pobreza de Cristo y a entrar en su Orden, obtuvo de él libre y pleno consentimiento, obligándose incluso por voto.

57. Prácticamente desahuciado, se vio, no obstante, libre de su grave enfermedad, aunque no sin la intervención del Señor por medio de un milagro. Efectivamente, en plena fiebre abrasadora, se le hizo visible la Reina del cielo y Madre de misericordia, la Virgen María; le ungió con el saludable ungüento que traía consigo: ojos, nariz, oídos, boca, vientre, manos y pies, mientras decía: «Unjo tus pies con oleo santo para prepararlos al anuncio del Evangelio de la paz». Le mostró, además, el hábito completo de nuestra Orden. Sanó al instante, y su restablecimiento fue tan súbito y completo, que los médicos, al ver los síntomas evidentes de su salud, quedaron admirados, pues ya casi desesperaban de su curación. El Maestro Domingo dio a conocer después este famoso milagro a muchas personas que aún hoy lo testifican. Y yo mismo estuve presente cuando se lo refirió a varios en París, en una conferencia espiritual. >>>>>


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