Prólogo
1.
A los hijos por gracia y coherederos de la gloria [Rm
7,17], a todos los frailes, Fray Jordán, siervo
inútil, salud y alegría en el seguimiento
de la santa profesión.
2.
Pidiéndolo con insistencia muchos frailes, deseosos
de saber cómo se originó la institución
de la Orden de Predicadores, mediante la cual la divina
providencia salió al paso de los peligros de
los últimos tiempos, y quiénes fueron
los primeros frailes, cómo se multiplicaron [Hch
6,7] y fueron confortados por la gracia de Dios [2 Tm
2,1], se ha investigado hace ya tiempo y averiguado
con certeza entre los mismos frailes que participaron
en los momentos iniciales, y que vieron y oyeron al
venerable siervo de Cristo, el maestro Domingo, fundador,
maestro y hermano de esta religión; quien, viviendo
en este mundo entre los pecadores, su alma piadosa se
mantenía en comunión con Dios y con los
ángeles; guardián de los preceptos, celoso
de los consejos y servidor de su eterno Creador en todo
cuanto supo y pudo. Brilló_ en medio de la densa
oscuridad de este mundo por su inocente vida y por la
práctica muy santa del celibato.
3.
Así, me ha parecido bien poner por orden todas
estas noticias conseguidas, aun cuando yo no haya sido
en todo rigor uno de los frailes de la primera hora.
Sin embargo, conviví con los primeros; vi bastantes
veces y traté con familiaridad al bienaventurado
Domingo, no sólo ante:. de entrar en la Orden,
sino una vez que ingresé en ella; con él
me confesé, y por deseo suyo recibí el
orden del diaconado; también recibí el
hábito cuatro años después de la
fundación de la Orden. Me ha parecido bien, decía,
poner por escrito todo aquello que he visto y oído
personalmente, así como lo que he llegado a conocer
por relación de los frailes más antiguos,
respecto a los orígenes de la Orden, de la vida
y milagros del bienaventurado Domingo, nuestro Padre,
así como de algunos otros frailes, según
que la ocasión los traiga a mi memoria. No sea
que los hijos que nazcan y crezcan [Sal 77,6], ignoren
los inicios de su Orden, y en vano pretendan conocerlos
entonces, porque, por el largo tiempo transcurrido,
no encontrarán quién pueda relatar nada
cierto de los comienzos. Por tanto, amadísimos
en Cristo, hermanos e hijos, cuanto sigue ha sido reunido
de cualquier modo para vuestra edificación y
consuelo; recibidlo devotamente y arded en deseos de
emular la primera caridad [Ap 2,4] de nuestros frailes.
El
Obispo Diego de Osma
4. Vivía en España un hombre de vida venerable
llamado Diego, obispo de la iglesia de Osma. Estaba
adornado por el conocimiento de la Sagrada Escritura,
así como por la nobleza de su nacimiento, pero
todavía más por su relevante honestidad
de costumbres. Su amor estaba tan centrado en Dios que,
despreciándose a sí mismo y buscando sólo
los intereses de Jesucristo [Flp 2,21], orientaba todo
el esfuerzo de su espíritu y de su voluntad,
para devolver al Señor con los intereses, los
talentos que tenía prestados, como si se tratara
de un banquero que negociaba con muchas almas [Mt 25,14-30].
Así, pues, ponía especial cuidado en indagar
por doquiera se le presentara ocasión, la existencia
de hombres honestos y encomiables por su conducta, para
atraerlos por todos los medios a su alcance e incorporarlos
a la iglesia que presidía, dándoles algún
beneficio. A los súbditos que mostraban una voluntad
floja para la santidad, inclinada preferentemente a
lo terreno, les persuadía de palabra e invitaba
con el ejemplo, a abrazar una vida más religiosa
y ejemplar. Para llevarlo de alguna manera a la práctica,
se propuso convencer a sus canónigos con frecuentes
consejos y por medio de una exhortación constante,
para que dieran su parecer favorable y aceptaran el
género de vida de los canónigos regulares,
bajo la regla de San Agustín. Puso tanto empeño
en esto, que logró inclinar su ánimo en
el sentido que él deseaba, aun cuando algunos
de entre ellos se oponían.
Conducta
de Santo Domingo durante su juventud
5. Vivió por aquel tiempo un adolescente llamado
Domingo, originario de la misma diócesis [de
Osma] y de la villa de Caleruega. A su madre, antes
de concebirlo, le fue mostrado en visión, que
gestaba en su seno un cachorro, llevando una tea encendida
en su boca; saliendo del vientre, parecía que
prendía fuego a toda la tierra. Esta visión
prefiguraba que concebiría a un predicador insigne,
que despertaría a las almas dormidas en el pecado,
con el ladrido de su doctrina sagrada, y propagaría
por el mundo entero el fuego que vino a traer a la tierra
el Señor Jesús. Así, pues, desde
los años de su infancia fue educado diligentemente
por sus padres, y en especial por un tío suyo
arcipreste; le instruyeron con todo esmero al modo eclesiástico,
a fin de que el que había sido predestinado por
Dios para convertirse en vaso de elección [Hch
9,15], desde la niñez se impregnase como vasija
recién fabricada de un perfume de santidad, que
no pudiera desprenderse de él en lo sucesivo.
6.
Después fue enviado a Palencia para formarse
en aquella ciudad en las artes liberales, cuyo estudio
estaba allí en auge por entonces. Una vez que
en su opinión las tuvo suficientemente asimiladas,
abandonó estos estudios, como si temiera ocupar
en cosas menos útiles la brevedad de la vida.
Se remontó al estudio de la teología,
y comenzó a quedarse completamente pasmado en
contacto con la Sagrada Escritura, mucho más
dulce que la miel para su paladar [Sal 118,103].
7.
En estos estudios sagrados pasó cuatro años.
Se dedicaba con tal avidez y constancia a agotar el
agua de los arroyos de la Sagrada Escritura que, infatigable
cuando se trataba de aprender, pasaba las noches casi
sin dormir. La verdad que escuchaba, la guardaba en
lo profundo de su mente y la retenía en su tenaz
memoria. Y lo que por su talento comprendía con
facilidad, lo regaba con piadosos afectos que fructificaban
en obras de salvación; bienaventurado ciertamente
por ello, según la sentencia de la Verdad, que
afirma en el Evangelio: «Bienaventurados los que
escuchan la palabra de Dios y la cumplen» [Lc
11,28]. En efecto, hay dos modos de guardar la palabra
de Dios: uno, reteniendo en la memoria cuanto hemos
oído; otro, por el contrario, traduciendo en
hechos y haciendo patente con las obras cuanto hemos
escuchado. A nadie se le oculta cuál de las dos
maneras de guardar la palabra de Dios es más
recomendable. Del mismo modo que el grano de trigo se
conserva mejor sembrado en la tierra, que almacenado
en el arca (Jn 11,24).
Este
dichoso siervo de Dios no descuidaba ninguno de los
dos modos. Su memoria, como un prontuario de la verdad
de Dios, le ofrecía abundantes recursos para
pasar de una cosa a otra; mientras que sus costumbres
y obras traslucían con toda claridad hacia fuera,
cuanto guardaba en el santuario de su corazón.
Porque abrazó los mandamientos del Señor
con amor tan ferviente, y escuchó la voz del
Esposo con verdadera devoción y buena voluntad,
el Dios de las ciencias [1 R 2,3] le acrecentó
la gracia, a fin de hacerlo idóneo, no sólo
para beber leche [1 Co 3,2], sino para penetrar en el
arcano de las cuestiones más difíciles
con la humildad de su inteligencia y de su corazón,
y asimilara con suficiente facilidad las dificultades
que se derivaban de tomar un alimento más sólido.
8.
Desde su nacimiento fue de muy buena índole;
la infancia anunciaba ya que algo grande e insigne se
podía esperar de él en su etapa de madurez.
No se mezcló con los que ugaban, ni se hizo compañero
de los que se andaban con ligereza [Tb 3,17, Vulgata].
A ejemplo del apacible Jacob, evitaba las correrías
sin sentido de Esaú [Gn 25,27], y no abandonaba
el regazo de la madre Iglesia, ni la santa tranquilidad
de la morada doméstica. En él podías
contemplar a un joven y anciano a la vez; los pocos
días ponían de manifiesto la infancia;
la madurez de su actitud y el arraigo de sus costumbres,
proclamaban la ancianidad. Rechazaba las seducciones
licenciosas del mundo, caminando por sendas de rectitud
[Sal 100,6]. Conservó intacta hasta el final
de su vida la gloria de la virginidad, reservándola
para el Señor, que ama la pureza de vida.
9.
Por lo demás, el Señor, que prevé
el futuro, se dignó dar a conocer ya desde su
infancia, que se esperaba de este niño un porvenir
insigne. En una visión apareció ante su
madre como si tuviera la luna en la frente, lo que prefiguraba
ciertamente que algún día sería
presentado como luz de las gentes [Hch 13,47], para
iluminar a los que estaban sentados en tinieblas y en
sombra de muerte [Le 1,79], como se comprobó
más tarde por el desarrollo de los acontecimientos.
Conducta para con los pobres en tiempo de hambre
10.
Por el tiempo en que continuaba estudiando en Palencia,
se desencadenó una gran hambre por casi toda
España. Entonces él, conmovido por la
indigencia de los pobres y ardiendo en compasión
hacia ellos, resolvió con un solo acto, obedecer
los consejos del Señor, y reparar en cuanto podía
la miseria de los pobres que morían de hambre.
Vendió, pues, los libros que tenía, aunque
le eran muy necesarios, con todo su ajuar, fundando
una cierta limosna; distribuyó y donó
lo suyo a los pobres [Sal 111,9]. Con su ejemplo de
piedad incitó de tal modo a los otros teólogos
y maestros que, cayendo en la cuenta de su dejadez,
en contraste con la generosidad del joven abundaron
desde entonces en limosnas más crecidas.
Llamado
a la Iglesia de Osma
11. Mientras este hombre de Dios disponía tales
ascensiones en su corazón [Sal 83,6], y progresaba
de virtud en virtud [Sal 83,8], logrando superarse a
sí mismo diariamente a los ojos de todos, brillaba
por su pureza de vida como el lucero de la mañana
en medio de las tinieblas [Si 50,6]. Su fama llegó
a oídos del mismo obispo de Osma, quien, averiguada
diligentemente la verdad acerca de él, le llamó
e hizo canónigo regular en su iglesia.
12.
Al punto comenzó a brillar entre los canónigos
con resplandor extraordinario; se consideraba el último
por la humildad de corazón, pero era el primero
en la santidad, hecho para todos perfume de vida que
conduce a la vida [Si 50,6], semejante al incienso que
desprende su fragancia en los días de verano
[Si 50,8]. Ellos se admiraron ante tan rápida
y nunca vista cumbre de perfección y le nombraron
subprior, para que, colocado sobre alta atalaya, resplandeciera
a la vista de todos y les estimulara con su ejemplo.
Como olivo fructífero [Sal 51,10], y ciprés
que se eleva en lo alto [Si 50,11], pasaba los días
y las noches en la iglesia dedicado sin descanso a la
oración; y, como si quisiera recuperar el tiempo
dedicado a la contemplación, apenas se dejaba
ver fuera del recinto monástico. Dios le había
otorgado la gracia particular de llorar por los pecadores,
por los desdichados y por los afligidos; sus calamidades
las gestaba consigo en el santuario de su compasión,
y el amor que le quemaba por dentro, salía bullendo
al exterior en forma de lágrimas.
13.
Era costumbre muy frecuente en él pernoctar en
oración; cerrada la puerta, oraba a su Padre
[Mt 6,6]. Algunas veces mientras oraba, solía
prorrumpir en gemidos que le salían de lo hondo
del corazón, así como en rugidos y gritos
incontenibles [Sal 37,9]; por el contrario, emitiéndolos
con fuerza, se escuchaban claramente de lejos. Hacía
frecuentemente a Dios una súplica especial: que
se dignara concederle la verdadera y eficaz caridad,
para cuidar con interés y velar por la salvación
de los hombres. Pensaba que sólo comenzaría
a ser de verdad miembro de Cristo, cuando pusiera todo
su empeño en desgastarse para ganar almas [1
Co 9,19], al modo cómo el Señor Jesús,
Salvador de todos, se inmoló totalmente por nuestra
salvación. Leyendo con aprecio un libro titulado,
Colaciones de los Padres3, en que se trata la temática
referente a los vicios y a la perfección espiritual,
se esforzó en buscar con todo cuidado las sendas
de la salvación y seguirlas con todo empeño.
Auxiliado por la divina gracia, le condujo este libro
a conseguir la difícil pureza de conciencia,
así como a alcanzar mucha luz para su vida contemplativa,
y a una cima encumbrada de perfección.
Viaje del Obispo de Osma a Las Marcas
14.
Mientras que de este modo la hermosa Raquel le acariciaba
con su abrazo, Lía, no pudiendo soportarlo, comenzó
a pedirle que desterrara el oprobio de sus ojos enfermos,
dándole una numerosa descendencia [Gn 29,16-35].
Sucedió, pues, que en aquel tiempo, el rey Alfonso
de Castillas deseaba el casamiento de su hijo Fernando
con una noble de Las Marcas'. Por este motivo acudió
al obispo de Osma, pidiéndole que hiciera de
procurador en el asunto. El obispo accedió a
la petición real, y, rodeándose de un
distinguido acompañamiento cual correspondía
a su dignidad, llevó también consigo al
mencionado hombre de Dios, Domingo, subprior de su iglesia.
Poniéndose en camino, llegaron a Toulouse.
15.
Cuando supo que los habitantes de la región eran
herejes desde hacía ya algún tiempo, comenzó
a compadecerse de tantas almas engañadas miserablemente.
En la misma noche en que fueron alojados en la mencionada
ciudad [de Toulouse], el subprior mantuvo con calor
y firmeza una larga disputa con el hospedero de la casa
que era hereje. No pudiendo aquel hombre resistir la
sabiduría y el espíritu con que hablaba
[Hch 6,10], le recuperó para la fe, con la ayuda
del Espíritu divino.
16.
Dejando esta ciudad, llegaron, tras muchas fatigas,
al lugar de destino donde se encontraba la joven. Expuesto
el motivo de su viaje y recibida la conformidad, retornaron
presurosos al rey. El obispo le comunicó el éxito
de su gestión y el consentimiento de la joven.
El rey, empero, estimó oportuno enviarle de nuevo
con un cortejo más solemne, para que condujeran
con todos los honores a la joven que había de
desposarse con su hijo. Emprendido nuevamente el penoso
viaje, y llegado a Las Marcas, se encontró con
que en el entretanto había muerto la joven. Dios
dispuso para un mayor provecho el motivo de aquel viaje,
en cuanto iba a ser el origen de un matrimonio mucho
más excelente entre Dios y las almas, en beneficio
de toda la Iglesia; un vínculo de eterna salvación
para recobrar de múltiples maneras a las almas
apresadas por diversos errores y pecados [2 Co 11,2],
como lo demostraron los acontecimientos que se siguieron.
Encuentro
con el Papa
17.
El obispo envió un mensajero al rey y, aprovechando
la ocasión que se le ofrecía, se apresuró
a ir con sus clérigos a la curia pontificia.
Llegado ante el sumo pontífice Inocencio [III],
le mostró con insistencia su deseo de que, si
era posible, le concediera la gracia de aceptarle la
renuncia, alegando con múltiples razones su insuficiencia,
y la inmensa dignidad del ministerio, muy por encima
de sus fuerzas. Reveló también al Papa
que era propósito suyo muy querido, dedicarse
con todas sus fuerzas a la conversión de los
cumanos, si se dignaba admitirle la dimisión.
El Pontífice no accedió a las instancias
del demandante, ni siquiera quiso concederle que, reteniendo
el episcopado y en remisión de sus culpas, le
dejara ir a predicar a tierras de los cumanos. ¡Ocultos
designios de Dios!, que había orientado los trabajos
de una tal personalidad hacia otra cosecha más
abundante en otro campo de salvación.
Diego
de Osma toma el hábito del Císter
18.
De regreso a Roma visitó Citeaux, donde observando
la vida de muchos siervos de Dios, y atraído
por su intensa religiosidad, se resolvió a tomar
aquel hábito monacal. Tomó también
en su compañía algunos monjes para aprender
de ellos su forma de vida regular, y se apresuró
a volver a España, ignorante todavía del
obstáculo que, por voluntad divina, se opondría
a sus prisas.
El
Obispo de Osma aconseja a los legados papales
19.
Por aquel tiempo, el papa Inocencio [III] había
enviado doce abades del Císter, bajo la dirección
de un legado, a predicar la fe contra los herejes albigenses.
Los legados se encontraban deliberando en un concilio,
al que habían acudido arzobispos y otros prelados
de la región; trataban sobre el modo más
fructífero de proseguir la tarea para la que
habían sido enviados.
20.
Entre tanto, iniciadas ya las deliberaciones, el obispo
de Osma llegó a Montpellier, donde se celebraba
el Concilio. Recibieron al viajero con honor y le pidieron
consejo, sabiendo que era un hombre santo, maduro, justo
y celoso de la fe. El, como era una persona circunspecta
y conocedora de los caminos de Dios, hizo algunas preguntas
sobre las prácticas rituales y conducta de los
herejes. Advirtió cómo algunos atraían
hacia su partido infiel por medio de exhortaciones y
de la predicación, pero también con un
ejemplo de santidad simulada. Dándose cuenta,
por otra parte, de la gran ostentación de que
hacían gala los misioneros, sus cuantiosos gastos,
y la pompa en caballos y vestimenta, exclamó:
«No es así, hermanos, no es así,
como estimo que debéis proceder. Me parece imposible
que se pueda hacer volver a estos hombres a la fe sólo
con palabras, cuando ellos se apoyan preferentemente
en el ejemplo. Fijaos en los herejes; bajo apariencia
de verdad y engañando con ejemplos de mesura
y austeridad evangélicas, inducen a la gente
sencilla a seguir sus caminos. Por lo cual, si vosotros
dais un ejemplo contrario, edificaréis poco,
destruiréis mucho, y no os creerán en
modo alguno. Un clavo se saca con otro clavo; a una
santidad fingida, ponedla en fuga con la verdadera virtud;
porque la soberbia de los pseudoapóstoles se
vence sólo con una humildad manifiesta. Así
Pablo se vio obligado a hacer el necio [2 Co 12,11;
11,1633], enumerando sus verdaderas virtudes, y recordando
las privaciones y peligros por que había pasado,
para demostrar la falsa arrogancia de los que se vanagloriaban
del mérito de su vida». Los reunidos le
preguntaron: «¿Qué nos aconsejas,
pues, buen Padre?» El les respondió: «Haced
lo que me veáis hacer». En seguida, posesionándose
de él el Espíritu del Señor [1
R 10,10], llamó a los suyos y los envió
a Osma, con las cabalgaduras, equipaje y séquito,
reteniendo consigo a unos pocos clérigos. Manifestó
que era su propósito detenerse en aquella región
para propagar la fe.
21.
Retuvo también consigo al subprior, Domingo,
a quien estimaba grandemente y le unía un intenso
amor de caridad. Este es fray Domingo, fundador y fraile
de la Orden de Predicadores, que, a partir de este momento
comenzó a llamarse, no subprior, sino fray Domingo.
Y era verdaderamente Domingo, es decir, custodiado por
el Señor, limpio de pecado; verdaderamente Domingo,
pues guardaba con todas sus fuerzas la voluntad del
Señor.
22.
Una vez que los abades misioneros escucharon este consejo,
animados por el ejemplo, decidieron también ellos
intentar algo similar, enviando cada uno a sus casas
lo que habían traído consigo, y quedándose
únicamente con los libros necesarios para la
recitación de las horas canónicas, el
estudio y las controversias. Tenían al mencionado
obispo [Diego de Osma] como superior y, por así
decir, jefe de toda la empresa apostólica. Comenzaron
a predicar la fe, caminando a pie, sin dinero, en pobreza
voluntaria. Cuando advirtieron esto los herejes, también
ellos se decidieron a predicar con mayor ahínco,
desde sus posiciones contrarias.
23.
En Pamiers, Lavaur, Montreal y Fanjeaux, se organizaron
con frecuencia controversias, presididas por jueces
designados al efecto. En los días señalados,
acudían a ellas grandes señores, caballeros,
mujeres, y poblaciones, para asistir a la discusión
de fe.
24.
Aconteció, pues, que determinaron celebrar una
famosa controversia en Fanjeaux, a la que fue convocada
una multitud de gente, así fieles, como infieles.
Entre tanto, la mayor parte de los defensores de la
fe habían escrito sus opúsculos, conteniendo
argumentos de razón y de autoridad para la confirmación
de la verdadera fe. Una vez examinados todos, fue preferido
a los demás el opúsculo escrito por el
bienaventurado Domingo. Recibió una aprobación
general para presentarlo, junto con el opúsculo
escrito en su defensa por los herejes, al examen de
tres árbitros elegidos con el consentimiento
de las partes para dar sentencia. El escrito que fuera
juzgado más convincente por los árbitros,
determinaría cuál de las dos creencias
era más excelente.
25.
Y como, tras larga discusión, los árbitros
río llegaran a ponerse de acuerdo en favor de
ninguna de las dos partes, se les ocurrió la
propuesta de que fueran arrojados al fuego ambos escritos
y, si sucediera que uno de ellos no se quemaba, aquél,
sin duda, contendría la verdadera fe. Se hizo
al efecto una gran hoguera y arrojaron a ella ambos
libros. El libro de los herejes se quemó al momento;
el otro, sin embargo, que lo había escrito el
hombre de Dios Domingo, no sólo resultó
ileso, sino que, a la vista de todos, saltó de
las llamas, yendo a parar a un lugar distante. Echado
de nuevo una segunda y tercera vez, otras tantas fue
rechazado, despedido hacia lo alto, manifestando así
con claridad la verdad de la fe que contenía,
y la santidad de su autor.
26.
Por otra parte, en el hombre de Dios, el obispo Diego
resplandecía en tal grado la virtud, que se ganó
el afecto de los mismos herejes y se introdujo en el
corazón de todos cuantos le trataban. De ahí
que dijeran de él los herejes que era imposible
que semejante personalidad no estuviera predestinada
para la vida, y que, quizás por este motivo,
había sido encaminado hacia aquellas tierras
para que aprendiera de ellos los preceptos de la verdadera
fe.
Fundación
del monasterio de Prulla
27.
[El obispo Diego] instituyó un monasterio con
el fin de recoger en él algunas mujeres nobles
que, por motivos de pobreza, eran entregadas por sus
padres a los herejes, para que las educaran y se preocuparan
de su manutención. El monasterio estaba situado
entre Fanjeaux y Montreal, en el lugar denominado Prulla.
Hasta el día de hoy las siervas de Cristo ofrecen
allí un culto agradable a su Creador, con una
santidad vigorosa, y preclara pureza de inocencia. Llevan
una vida provechosa para sí, ejemplar para los
hombres, motivo de júbilo para los ángeles
y grata a Dios.
Vuelta
a España y muerte del Obispo de Osma
28.
El obispo Diego permaneció dos años dedicado
a este ministerio de la predicación. Al término
de los cuales, y temiendo que quizá podía
ser acusado de negligencia para con su iglesia doméstica
de Osma, si prolongaba por más tiempo su estancia,
determinó volverse a España. Se proponía,
una vez cumplida la visita a su iglesia, recoger allí
algún dinero para acabar la construcción
del mencionado monasterio femenino, y volver. Finalmente,
con el consentimiento del Papa, distribuiría
por aquellas tierras hombres idóneos para la
predicación, cuya misión sería
la de disipar constantemente los errores de los herejes,
y no descuidar la defensa de la verdadera fe.
29.
En cuanto a lo espiritual [el obispo Diego] dejó
al frente de los que permanecieron allí a fray
Domingo, como verdaderamente lleno del Espíritu
de Dios; sobre lo temporal, sin embargo, nombró
a Guillermo Claret, de Pamiers, pero con la obligación
de dar cuenta de todo lo que hiciera a fray Domingo.
30.
Diciendo adiós a los hermanos, atravesó
a pie Castilla y llegó a Osma. A los pocos días
fue atacado por una enfermedad y, llegado a su término,
acabó la vida presente tras alcanzar un alto
grado de santidad. Recibió un fruto de gloria
por sus trabajos, y bajando al sepulcro con abundancia
de buenas obras [Jb 5,26], entró en el descanso
de la gran riqueza. Se dice también de él
que después de su muerte ha brillado en milagros.
No es de admirar que sea poderoso ante Dios omnipotente
para obrar prodigios, el que cuando todavía vivía
entre los hombres, en esta morada de debilidad y lágrimas,
fue tan favorecido con gracias insignes y resplandecía
por su acendrada virtud.
Marcha
de los misioneros enviados por el Papa a los albigenses
31. Cuando se supo la noticia de la muerte del hombre,
de Dios [Diego de Osma], los que permanecían
en la región de Toulouse volvieron a sus casas.
Fray Domingo, sin embargo, se quedó allí
solo, continuando la predicación. Aun cuando
le seguían a veces algunos, no le tenían
como superior. Entre aquellos seguidores se contaba
el mencionado Guillermo Claret, y un cierto fray Domingo,
español, que más tarde fue prior de Madrid,
en España.
Predicación
de la Cruzada contra los albigenses
32.
Después de la muerte del obispo de Osma se comenzó
a predicar en Francia una cruzada contra los albigenses.
Indignado el papa Inocencio [III] porque no podía
calmar la rebelión de los herejes con la dulzura
de la verdad, ni cortarla con la espada espiritual,
que es la palabra de Dios, determinó atacarles
también con el poder de la espada material.
33. Todavía en vida, el obispo Diego había
predicho este castigo de la espada secular; lo hizo
con una imprecación profética. Pues un
día impugnaba en público y ante muchos
nobles la rebelión de los herejes. Ellos, burlándose,
defendieron a los revolucionarios con excusas sacrílegas.
Indignado el obispo, levantó las manos al cielo
y dijo: «Señor, extiende tu mano y castígalos»
[Jb 2,5]. Quienes oyeron estas palabras comprendieron
después que habían sido inspiradas, pues
quedaron aclaradas por lo menos al producirse esta persecución.
Injurias recibidas de los albigenses
34.
Durante el tiempo en que estuvieron allí los
cruzados y hasta la muerte del conde de Montfort [25
de junio de 1218], permaneció fray Domingo en
su tarea de predicador solícito de la palabra
de Dios. ¡Cuántas injurias sufrió
en aquellos días de parte de los malvados! ¡Cuántas
asechanzas tuvo que despreciar! Cuando en alguna ocasión
le amenazaban de muerte, respondía imperturbable:
«No soy digno de la gloria del martirio; no he
merecido todavía este género de muerte».
Después, cuando pasaba por algún lugar
en el que sospechaba que le habían tendido alguna
emboscada, lo recorría alegre y cantando. Cuando
se lo contaron a los herejes, éstos, admirados
de una tal firmeza de ánimo, le dijeron: «¿No
te horroriza la muerte? ¿Qué harías
si te apresáramos?» El replicó:
«Os rogaría que no me matarais inmediatamente,
infligiéndome golpes mortales, sino que prolongarais
el martirio con una sucesiva amputación de mis
miembros. Después, poniendo ante mi vista los
trozos de los miembros cortados, os pediría que
me arrancarais los ojos, y dejarais así el tronco
bañado en sangre, o, por el contrario, lo destruyerais
por completo; así, con una muerte más
prolongada recibiría una más alta corona
de martirio». Los enemigos se quedaron atónitos
ante estas palabras plenamente sinceras, y de allí
en adelante no le tendieron más emboscadas, ni
acecharon contra el alma del justo [Sal 93,21] porque,
con la muerte, lejos de perjudicarle, le beneficiaban.
Con todas sus energías, y con un celo ardentísimo,
se preocupaba de la salvación de las almas a
fin de poder ganarlas para Cristo [1 Co 9,19-21]; albergaba
en su corazón una admirable y casi increíble
ambición por la salvación de todos.
Se quiere vender a sí mismo para ayudar a una
cierta persona
35.
No le faltaba ciertamente la virtud de la caridad, por
nadie poseída en mayor grado, que por aquél
que da la vida por sus amigos Un 15,13]. En cierta ocasión
invitaba con piadosas exhortaciones a un hereje para
que volviera al regazo verdadero de la madre Iglesia.
Este invocó en su respuesta la necesidad material
que le obligaba a permanecer en el grupo de los infieles,
pues los herejes corrían con sus gastos imprescindibles,
y ese pago no lo podía esperar de otra parte.
Al momento, compadecido desde lo más íntimo
de su corazón, determinó venderse a sí
mismo, y, a precio de su libertad, redimir la pobreza
de un alma en peligro. Lo hubiera hecho, si el Señor,
que es rico para con todos, no le saliera al paso de
otro modo para remediar la indigencia de aquel hombre.
36.
La virtud y la fama del siervo de Dios Domingo, iban
en aumento, y esto provocaba la envidia de los herejes.
Cuanto mejor era él, tanto peor podían
soportar sus ojos enfermos los rayos de luz con que
resplandecía su vida. Se reían de él
y se mofaban de sus seguidores [Jr 20,7], descubriendo
la maldad que guardaban en el perverso tesoro de su
corazón [Mt 12,35]. Pero ante las burlas de los
infieles, se congratulaban con él los fieles
devotos, y todos los católicos le veneraban con
gran aprecio. Su santidad atractiva y la belleza de
sus costumbres, conquistaban también el corazón
de los grandes señores; los arzobispos, obispos
y otros prelados de aquella región le tenían
por muy digno de honor.
37.
El conde de Montfort, que le ayudaba con una devoción
especial, le regaló con el consentimiento de
los suyos, un importante castillo, llamado Casseneuil;
se lo dio para él y para los colaboradores que
le ayudaran en el ministerio emprendido de salvación.
Fray Domingo tenía, además, la iglesia
de Fanjeaux y algunas otras posesiones, de las cuales
podía recibir sustento para sí y sus acompañantes.
Pero pasaban a las monjas de Prulla todo aquello de
lo que se podían privar, procedente de estas
rentas. No se había fundado todavía la
Orden de Predicadores; se había tratado sólo
de su institución, aun cuando fray Domingo se
daba de lleno al ministerio de la predicación.
No se observaba todavía aquella constitución
que fue promulgada más tarde, según la
cual no les estaba permitido recibir posesiones, ni
retener las recibidas. Así, pues, desde la muerte
del obispo de Osma hasta el concilio de Letrán,
transcurrieron aproximadamente diez años, durante
los cuales permaneció fray Domingo prácticamente
solo en la región.
Los
dos primeros frailes que se ofrecieron a fray Domingo
38.
Llegado el tiempo en que los obispos comenzaban a viajar
a Roma para la celebración del concilio de Letrán,
se ofrecieron a fray Domingo dos personas de la ciudad
de Toulouse, honradas y de valía. Uno de aquellos
fue fray Pedro Seila, más tarde prior de Limoges;
el otro, fray Tomás, hombre muy agradable y con
facilidad de palabra. El primero, fray Pedro, entregó
a fray Domingo y a sus compañeros unas casas
altas y de noble fábrica que poseía en
Toulouse, junto a la fortaleza Narbonense. Desde entonces
comenzaron a habitar por primera vez en Toulouse, hospedándose
en aquellas casas. También desde este momento
todos los que le acompañaban emprendieron más
y más el descenso de las gradas de la humildad,
y comenzaron a conformar su tipo de vida con el de los
religiosos.
De
las rentas con que al principio atendían a su
alimentación y demás cosas necesarias
39.
El obispo de Toulouse Fulco, de feliz memoria, que amaba
con gran ternura al amado de Dios y de los hombres [Si
45,1] fray Domingo, contemplando el tenor de vida religiosa
de los frailes, a la par que su destreza y fervor en
la predicación, se alegró vivamente del
nacimiento de aquella nueva luz. Con el consentimiento
de todo su cabildo les concedió la sexta parte
de los diezmos de su diócesis, para que con tales
recursos pudieran proveerse de libros y del sustento
necesario.
El
maestro Domingo, con el obispo de Toulouse, visita al
Papa
40.
Fray Domingo se incorporó al obispo Fulco para
ir juntos al concilio, y exponer al Papa Inocencio [III]
el común deseo de que confirmara la Orden de
fray Domingo y sus compañeros, que se debía
llamar y ser en verdad de Predicadores. Suplicarían
también al Papa que confirmara las mencionadas
rentas, tanto las otorgadas a los frailes por el conde
de Montfort, como por el propio obispo.
41.
El Romano Pontífice escuchó la súplica
que le hicieron, y animó a fray Domingo a que
volviera a sus frailes para tener con ellos una cumplida
deliberación. Debían elegir con el consentimiento
unánime de todos alguna de las reglas ya aprobadas.
Después, el obispo les asignaría una iglesia
y, cum plidos estos requisitos, volvería al Papa
para recibir la aprobación de todo.
42.
De regreso a Toulouse tras la celebración del
concilio, manifestaron a los frailes la respuesta del
Papa. Los futuros Predicadores eligieron en seguida
la regla de San Agustín, egregio predicador,
imponiéndose algunas otras observancias más
estrictas, relativas a comidas, ayunos, lechos y uso
de vestidos de lana. También se propuso y finalmente
se estableció, que no tendrían posesiones,
para no entorpecer el ministerio de la predicación
con la solicitud de las cosas materiales; sólo
las rentas accedieron a mantener todavía.
43.
El obispo de Toulouse, por su parte, les asignó
tres iglesias, con el consentimiento de su cabildo;
una dentro de la ciudad, otra en la villa de Pamiers,
y la tercera entre Soréze y Puylaurens, a saber,
la iglesia de Santa María de Lescure. En cada
una de ellas se debía establecer un convento
prioral.
La primera iglesia concedida a los frailes en Toulouse
44. En el verano del año del Señor 1216,
se dio a los frailes la primera iglesia en la ciudad
de Toulouse, fundada en honor de San Román. En
las otras dos iglesias no llegó a habitar ningún
fraile. Contiguo a la iglesia de San Román se
edificó de inmediato el claustro, con un piso
de celdas suficientemente aptas para dormir y estudiar.
Eran entonces alrededor de dieciséis frailes.
Muerte
del Papa Inocencio [III] y elección del Papa
Honorio [III]. Confirmación de la Orden
45.
Entre tanto murió el Papa Inocencio [III] y fue
elegido como sucesor Honorio [III]. Fray Domingo fue
en seguida a verle y, en conformidad con el plan y organización
ideado, obtuvo plenamente y en todo la confirmación
de la Orden, consiguiendo, asimismo, todo lo demás
que deseaba.
Muerte
del conde de Montfort, prevista por el maestro Domingo
46.
En el año del Señor 1217 las gentes de
Toulouse decidieron alzarse contra el conde de Montfort.
Parece que el hombre de Dios, Domingo, tuvo algún
conocimiento de ello por vía sobrenatural antes
de que acaeciese. Le fue mostrado en visión un
árbol majestuoso y atractivo, en cuyo ramaje
anidaban muchas aves. Se derrumbó el árbol
y los pájaros que se cobijaban en él huyeron.
Lleno del Espíritu de Dios, comprendió
fray Domingo que un peligro inminente de muerte amenazaba
al conde de Montfort, aquel grande y eminente príncipe,
protector de muchas personas humildes.
47.
Invocando el Espíritu Santo y reunidos los frailes,
les dijo [fray Domingo] que había decidido en
lo íntimo de su corazón enviarles a todos
por el mundo, aunque fueran pocos; en lo sucesivo ya
no morarían allí juntos. Se admiraron
todos al manifestarles decisión tan categórica,
fraguada con tal rapidez. Pero como les anima una indudable
sumisión a la autoridad que le daba su vida santa,
asintieron con facilidad, confiando en que todo conduciría
a buen fin.
48.
Pareció bien a fray Domingo que eligieran un
fraile como abad, con autoridad sobre los demás,
en calidad de superior o jefe. El, empero, se reservó
el derecho de corregirle. El elegido canónicamente
como abad fue fray Mateo. Fue el primero y el último
que se denominó abad en la Orden, ya que después,
para subrayar la humildad, pareció bien a los
frailes que el que presidiera no se llamase abad, sino
Maestro de la Orden.
Frailes
enviados a España
49.
Fueron, por tanto, destinados cuatro frailes a España:
fray Pedro de Madrid, fray Gómez, fray Miguel
de Ucero y fray Domingo. Estos dos últimos serían
después enviados por el Maestro Domingo, de Roma,
a donde habían ido tras su estancia en España,
a Bolonia, en cuya ciudad permanecerían. No habían
podido cosechar en España los frutos que deseaban;
los otros dos, sin embargo, obtenían abundantes
resultados, y sembraban la palabra de Dios. Este fray
Domingo era un hombre destacado por su humildad, modesto
en ciencia, pero magnífico en virtud, acerca
del cual no parecerá inútil recordar brevemente
alguna cosa.
Cómo cierto fray Domingo venció la tentación
de una mujer
50.
En determinada ocasión fije urdido un plan, con
el conocimiento quizá de algunos rivales, para
que se acercara a él una mujer, con el pretexto
de pedir confesión; era una desvergonzada meretriz,
instrumento de Satanás, escollo de castidad y
tea de vicios. Le habló de esta manera: «Estoy
tremendamente angustiada y consumida de amor; me abrasa
la pasión, pero por desgracia, aquél a
quien amo no me conoce, y aunque me conociera, es posible
que no me juzgara digna de él. Este amor se ha
apoderado irremediablemente de mi corazón. Te
ruego que me aconsejes, ofrece algún remedio
a esta persona que perece; puedes hacerlo». Como
la meretriz trataba de seducir al inocente con semejantes
discursos llenos de ponzoña y rebuscados, las
provechosas exhortaciones que le dirigía el fraile
no lograban desviar su propósito; éste
trató de conocer la persona y el motivo del peligro.
Ella le descubrió que la causa de su encendida
pasión estaba en él mismo. «Vete
ahora -le dijo-, y regresa dentro de un poco; prepararé
un lugar donde podamos encontrarnos convenientemente».
Y entrando en la habitación preparó dos
fuegos separados, aunque cercanos entre sí; llegada
la mujerzuela se arrojó en medio del fuego, invitándola
a que se acercara. «He aquí -le decía-
el lugar apropiado para tal maldad; ven si te agrada
y juntémonos». Ella quedó horrorizada
al ver a un hombre arrojarse al fuego sin temor alguno
y quedar envuelto en llamas; lanzando un grito de arrepentimiento,
se marchó. El se levantó indemne, sin
que ni el fuego material, ni la seducción para
quebrantar la castidad, pudieran dominarle.
Los primeros frailes enviados a París
51.
Fueron también enviados a París, fray
Mateo, el que había sido elegido abad, con fray
Bertrán, que después fue prior provincial
de Provenza, hombre muy santo y de un rigor inexorable
para consigo mismo; mortificaba con mucha dureza su
cuerpo, y había aprendido a fondo muy numerosas
lecciones del Maestro Domingo, que era para él
modelo y ejemplar; fue también algunas veces
su compañero de camino. Ambos -venía diciendo-,
fueron enviados a París con letras de presentación
del Sumo Pontífice, con el objeto de dar a conocer
allí la Orden. Les acompañaron otros dos
frailes para que realizaran sus estudios, a saber, fray
Juan de Navarra y fray Lorenzo de Inglaterra. A este
último -tal como relató con anterioridad,
y los acontecimientos vinieron a confirmar-, antes de
que llegaran a París el Señor le reveló
muchas cosas que acaecieron después a los frailes
en aquella ciudad; por ejemplo, las características
y situación de su casa, y la recepción
[en la Orden] de muchos frailes. Aparte de los mencionados,
fueron también a París: fray Mamés,
hermano uterino del Maestro Domingo, fray Miguel de
España, con un cooperador normando llamado Oderico.
52.
Todos estos fueron enviados a París, pero los
tres últimos se dieron más prisa y llegaron
antes, haciendo su entrada en la ciudad el 12 de septiembre
[de 1217]. Después de tres semanas llegaron los
demás mencionados. Alquilaron una casa junto
al hospital de Santa María Virgen, ante la entrada
del palacio del obispo de París.
La
casa de Santiago, concedida a los frailes de París
53.
En el año del Señor 1218, los frailes
recibieron la casa de Santiago en virtud de una donación,
aunque todavía no definitiva, del Maestro Juan,
deán de San Quintín, y de la universidad
de París. La donación se hizo a petición
del papa Honorio [III]. La comenzaron a habitar el 6
de Agosto [de 1218].
Primeros
frailes enviados a Orleáns
54.
En el mismo año fueron enviados a Orleáns
algunos frailes jóvenes y sencillos; como si
se tratara de una pequeña semilla, vinieron a
ser con el tiempo el principio de una cosecha abundante.
Primeros
frailes enviados a Bolonia
55.
A principios del año 1218 el Maestro Domingo
envió frailes desde Roma a Bolonia, a saber,
a fray Juan de Navarra y a fray Bertrán, y más
tarde a fray Cristián, con un hermano cooperador;
establecidos ya en Bolonia, sufrieron una gran penuria
económica.
Recepción
milagrosa en la Orden del Maestro Reginaldo, llevada
a cabo por el Maestro Domingo en Roma
56.
En el mismo año [1218], encontrándose
el Maestro Domingo en Roma, llegó a esta ciudad
el Maestro Reginaldo, deán de San Aniano de Orleáns,
con el propósito de embarcarse8. Era un hombre
que gozaba de gran estima, docto e ilustre; había
regentado durante cinco años la cátedra
de derecho canónico en la universidad de París.
Al llegar a Roma contrajo una grave, enfermedad. El
Maestro Domingo le visitó algunas veces; y cuando
le exhortó a abrazar la pobreza de Cristo y a
entrar en su Orden, obtuvo de él libre y pleno
consentimiento, obligándose incluso por voto.
57.
Prácticamente desahuciado, se vio, no obstante,
libre de su grave enfermedad, aunque no sin la intervención
del Señor por medio de un milagro. Efectivamente,
en plena fiebre abrasadora, se le hizo visible la Reina
del cielo y Madre de misericordia, la Virgen María;
le ungió con el saludable ungüento que traía
consigo: ojos, nariz, oídos, boca, vientre, manos
y pies, mientras decía: «Unjo tus pies
con oleo santo para prepararlos al anuncio del Evangelio
de la paz». Le mostró, además, el
hábito completo de nuestra Orden. Sanó
al instante, y su restablecimiento fue tan súbito
y completo, que los médicos, al ver los síntomas
evidentes de su salud, quedaron admirados, pues ya casi
desesperaban de su curación. El Maestro Domingo
dio a conocer después este famoso milagro a muchas
personas que aún hoy lo testifican. Y yo mismo
estuve presente cuando se lo refirió a varios
en París, en una conferencia espiritual. >>>>>
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