los muy queridos en Cristo, los frailes todos de la
Provincia de Lombardía, Fray Jordán su
siervo inútil, salud y fervor apostólico.
Invita
la caridad y aconseja la utilidad que, ya que no puedo
estar como quisiera presente entre vosotros, por lo
menos os visite de algún modo por medio de mis
escritos, cuando se ofrece una oportunidad. Puesto que
mientras peregrinamos, es perverso el corazón
del hombre [Sal 100,4; Jer 17,9], inclinado al vicio,
desidioso y flojo para la virtud, necesitamos de exhortaciones
para que un hermano sea ayudado por su hermano [Pr 18,19],
e inflame con la solicitud de la caridad sobrenatural
el fervor de espíritu, que se amortigua con la
tibieza diaria de la propia negligencia.
Esta
es la razón, muy queridos hijos, por la que os
ruego y amonesto con todas mis fuerzas, advirtiéndoos
de parte del que os redimió con su venerable
sangre y os devolvió a la vida con su muerte
santa, para que no os olvidéis de vuestra profesión
y de vuestro compromiso, sino que recordéis las
sendas antiguas [Jer 6,16], por las que nuestros antepasados
corrieron con presteza hacia el descanso [Hb 4,11],
como llevados por un viento impetuoso [Sal 47,81, y
reinan ya con el Señor consolados eternamente
en la feliz bienaventuranza, alegres ahora por los días
en que los afligió el Señor, por los años
en que sufrieron desdichas [Sal 89,15]. Mientras vivieron
en este mundo procuraron aspirar a los dones espirituales
[1 Cor 14,12], se despreciaron a sí mismos, menospreciaron
el mundo, desearon ardientemente el reino; fueron fuertes
en la paciencia, voluntariosos para la pobreza, fervientes
en la caridad.
Creemos
que entre todos ellos tuvo la primacía el venerable
y Padre nuestro Domingo, de santa memoria, el cual mientras
vivió con nosotros en la carne, caminaba en el
espíritu, no solo negando las apetencias de la
carne [Ga 5,16], sino extinguiéndolas; comportándose
como verdaderamente pobre en el alimento, vestido y
en todo su proceder. Fue constante en la oración,
el primero en la compasión, férvido hasta
las lágrimas por causa de sus hijos, es decir,
por el celo que le devoraba en procurar el bien de las
almas; no se amedrentó ante las dificultades;
fue paciente en la adversidad. Cuán eminente
fue entre nosotros mientras vivió en este mundo,
lo proclamaban sus obras, y lo testimoniaban las virtudes
y milagros. Cuán digno sea ahora ante Dios, ha
quedado manifiesto en estos últimos días
en que se ha verificado el traslado de su sagrado cuerpo,
desde el lugar de la primitiva sepultura, a un lugar
digno de veneración. Esta manifestación
se ha hecho por medio de prodigios, y ha sido confirmada
con milagros, como se os hará saber más
por extenso en otra carta, tal como espero.
Por
todo ello sea alabado nuestro Redentor, el Hijo de Dios
Jesucristo, que se ha dignado elegir para sí
a un tal siervo, y dárnoslo a nosotros como Padre
para instruirnos en la vida religiosa, e inflamarnos
con el ejemplo de su resplandeciente santidad. ¡Oh,
cuánto estima el que pesa las almas [Pr 16,21
la verdadera humildad de corazón, unida a la
pobreza voluntaria! ¡Cuán hermosa es ante
Dios la carencia de hijos acompañada de virtud!
[Sb 4,1]. Tales virtudes poseía en alto grado
el siervo de Dios Domingo. Se estimaba en poco, era
austero para consigo mismo; tenía celos de los
demás, los celos de Cristo [2 Cor 11,1]; fue
virgen e íntegro desde el seno materno.
No
sucede así con los que se glorifican a sí
mismos, con los que están ansiosos de que les
alaben los demás, con los que, cuantas más
gracias recibieron para ponerlas al servicio del prójimo,
con tanta mayor altivez se estiman a sí mismos
[1 Tm 6,17]. No sucede así con los que buscan
lo cómodo para sí, profesando pobreza,
pero sin ajustar a ella su obrar; los que debiendo despreciar
todas las cosas, se preocupan obsesivamente de lo que
no tiene importancia ni merece la pena, y no soportan
que les falte nada de cuanto les pide su desordenada
voluntad. Pero tampoco observan el mandato que nos dio
nuestro Padre de tener caridad, los que profesando nuestra
vida, esconden debajo del celemín [Le 11,23]
la gracia recibida de Dios para predicar o aconsejar,
y así envuelven en el pañuelo el talento
que les confió el Señor [Lc 19,20]. Ciertamente
merecen ser denunciados, y quiera Dios que no se hagan
dignos de maldición los que esconden el trigo
al pueblo [Pr 11,26] y no le dan a su tiempo la ración
[Lc 12,42] que le corresponde a la familia de Jesucristo.
A
esto se aproxima ya la negligencia que se observa en
muchos, consistente en que gran número de superiores,
sin preocuparse del estudio, apartan con tanta frecuencia
del mismo a frailes dotados y con aptitudes, o los colocan
en cualquier oficio, de modo que les es imposible estudiar.
Y también los mismos lectores en algunas partes,
desempeñan el oficio de las clases con tan poca
asiduidad y diligencia, que no es de admirar, que al
que enseña con descuido, le oigan con indiferencia.
Pero si quizás hay lectores que desempeñan
con esmero el oficio de las clases, resta todavía
un tercer peligro por parte de los frailes, a saber,
que los estudiantes se muestren muy descuidados en el
tema del estudio, estén raramente en la celda,
sean perezosos para las repeticiones de repaso, y no
pongan el alma en los ejercicios escolásticos.
Algunos obran de este modo, para dedicarse más
libremente a sus aficiones, faltas de discreción;
otros hacen también esto por la perniciosa y
miserable pasión de la ociosidad, de modo que
no sólo se descuidan de sí mismos e inducen
al cansancio a los lectores, sino que roban la oportunidad
de salvarse a muchas almas, a las que podían
edificar para la vida eterna, si no estudiaran con negligencia,
sino como es debido. Por esto hay entre nosotros tantos
flojos, y duermen muchos [1 Cor 11,30], superiores y
doctores; hay también muchos que perecen por
la propia negligencia.
En
medio de todo, será feliz aquel que guarde la
debida proporción y no abandone el justo medio;
el que se aparta del huracán y de la tormenta
[Sal 54,9], para que, edificando a muchos, no se descuide
de la utilísima consideración de sí
mismo, ni se aleje del juicio vigilante y ponderado;
el que no es impulsado por viento de amor humano, sino
que obra urgido por la caridad en todo lo que hace,
y es movido por el Espíritu de Dios; el que no
orienta sus palabras u obras hacia la tierra y no corre
a la ventura [1 Cor 9,26], sino que busca en todo pura
y simplemente la gloria de Dios, la edificación
del prójimo y la propia salvación.
Esta
es, hermanos, la palabra que no todos entienden [Mt
19,11]; ¡cuántas veces el conjunto de nuestros
afectos y de nuestros pensamientos andan descarriados,
y no se orientan a la verdad [Sal 24,51, ni contemplan
el fin último! Hablamos mucho y hacemos también
muchas cosas, soportamos múltiples sufrimientos,
por los cuales, si en nuestros corazones sobreabundara
la caridad, dirigiendo y ordenando todo al verdadero
fin que es Dios, nos haríamos ciertamente mucho
más ricos en méritos, y muchísimo
más en virtud. Ahora, sin embargo, pensando con
frecuencia en las vanidades, y deseando todavía
cosas más vanas, sin que acrisolemos plenamente
los afectos de nuestro corazón [Is 1,25; 48,10],
no es de admirar que tardemos en perfeccionarnos, que
caminemos con demasiada lentitud hacia la perfección.
Sin
embargo, no digo que no haya entre vosotros algunos
que, por la misericordia de Dios, se muestran solícitos
del decoro del Santuario [Eccli 44,6], se cuidan de
su conciencia, buscan con diligencia la perfección,
trabajan en el ministerio de la predicación,
se dan con ardor al estudio, se inflaman en la oración
y meditación [Sal 38,4], teniendo siempre ante
sí al Señor [Sal 15,8] como remunerador
y juez de sus almas; de estos tales me alegro y doy
gracias a Dios.
Carísimos,
los que así sois, alegraos y esforzaos por progresar
más [1 Ts 4,5; 1 Cor 14,12]. Los que, por el
contrario, todavía no lo sois, poned manos a
la obra, trabajad con habilidad para que crezcáis
en orden a la salvación [1 Pe 2,2] de Aquel que
se dignó llamaros para que os perfeccionéis,
no para que os vayáis entibiando. El se ha dignado
llamaros por medio de la gracia en la que os mantenéis
firmes, es nuestro Salvador bueno y piadoso, el Hijo
de Dios Jesucristo, a quien sea dado el honor y el imperio,
ahora y por los siglos de los siglos eternos. Amén.

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