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San Domingo.  Matisse

A los Frailes de la Provincia de Lombardía
(h. 25 de mayo de 1233)

Fr. Jordán de Sajonia, O.P.


los muy queridos en Cristo, los frailes todos de la Provincia de Lombardía, Fray Jordán su siervo inútil, salud y fervor apostólico.

Invita la caridad y aconseja la utilidad que, ya que no puedo estar como quisiera presente entre vosotros, por lo menos os visite de algún modo por medio de mis escritos, cuando se ofrece una oportunidad. Puesto que mientras peregrinamos, es perverso el corazón del hombre [Sal 100,4; Jer 17,9], inclinado al vicio, desidioso y flojo para la virtud, necesitamos de exhortaciones para que un hermano sea ayudado por su hermano [Pr 18,19], e inflame con la solicitud de la caridad sobrenatural el fervor de espíritu, que se amortigua con la tibieza diaria de la propia negligencia.

Esta es la razón, muy queridos hijos, por la que os ruego y amonesto con todas mis fuerzas, advirtiéndoos de parte del que os redimió con su venerable sangre y os devolvió a la vida con su muerte santa, para que no os olvidéis de vuestra profesión y de vuestro compromiso, sino que recordéis las sendas antiguas [Jer 6,16], por las que nuestros antepasados corrieron con presteza hacia el descanso [Hb 4,11], como llevados por un viento impetuoso [Sal 47,81, y reinan ya con el Señor consolados eternamente en la feliz bienaventuranza, alegres ahora por los días en que los afligió el Señor, por los años en que sufrieron desdichas [Sal 89,15]. Mientras vivieron en este mundo procuraron aspirar a los dones espirituales [1 Cor 14,12], se despreciaron a sí mismos, menospreciaron el mundo, desearon ardientemente el reino; fueron fuertes en la paciencia, voluntariosos para la pobreza, fervientes en la caridad.

Creemos que entre todos ellos tuvo la primacía el venerable y Padre nuestro Domingo, de santa memoria, el cual mientras vivió con nosotros en la carne, caminaba en el espíritu, no solo negando las apetencias de la carne [Ga 5,16], sino extinguiéndolas; comportándose como verdaderamente pobre en el alimento, vestido y en todo su proceder. Fue constante en la oración, el primero en la compasión, férvido hasta las lágrimas por causa de sus hijos, es decir, por el celo que le devoraba en procurar el bien de las almas; no se amedrentó ante las dificultades; fue paciente en la adversidad. Cuán eminente fue entre nosotros mientras vivió en este mundo, lo proclamaban sus obras, y lo testimoniaban las virtudes y milagros. Cuán digno sea ahora ante Dios, ha quedado manifiesto en estos últimos días en que se ha verificado el traslado de su sagrado cuerpo, desde el lugar de la primitiva sepultura, a un lugar digno de veneración. Esta manifestación se ha hecho por medio de prodigios, y ha sido confirmada con milagros, como se os hará saber más por extenso en otra carta, tal como espero.

Por todo ello sea alabado nuestro Redentor, el Hijo de Dios Jesucristo, que se ha dignado elegir para sí a un tal siervo, y dárnoslo a nosotros como Padre para instruirnos en la vida religiosa, e inflamarnos con el ejemplo de su resplandeciente santidad. ¡Oh, cuánto estima el que pesa las almas [Pr 16,21 la verdadera humildad de corazón, unida a la pobreza voluntaria! ¡Cuán hermosa es ante Dios la carencia de hijos acompañada de virtud! [Sb 4,1]. Tales virtudes poseía en alto grado el siervo de Dios Domingo. Se estimaba en poco, era austero para consigo mismo; tenía celos de los demás, los celos de Cristo [2 Cor 11,1]; fue virgen e íntegro desde el seno materno.

No sucede así con los que se glorifican a sí mismos, con los que están ansiosos de que les alaben los demás, con los que, cuantas más gracias recibieron para ponerlas al servicio del prójimo, con tanta mayor altivez se estiman a sí mismos [1 Tm 6,17]. No sucede así con los que buscan lo cómodo para sí, profesando pobreza, pero sin ajustar a ella su obrar; los que debiendo despreciar todas las cosas, se preocupan obsesivamente de lo que no tiene importancia ni merece la pena, y no soportan que les falte nada de cuanto les pide su desordenada voluntad. Pero tampoco observan el mandato que nos dio nuestro Padre de tener caridad, los que profesando nuestra vida, esconden debajo del celemín [Le 11,23] la gracia recibida de Dios para predicar o aconsejar, y así envuelven en el pañuelo el talento que les confió el Señor [Lc 19,20]. Ciertamente merecen ser denunciados, y quiera Dios que no se hagan dignos de maldición los que esconden el trigo al pueblo [Pr 11,26] y no le dan a su tiempo la ración [Lc 12,42] que le corresponde a la familia de Jesucristo.

A esto se aproxima ya la negligencia que se observa en muchos, consistente en que gran número de superiores, sin preocuparse del estudio, apartan con tanta frecuencia del mismo a frailes dotados y con aptitudes, o los colocan en cualquier oficio, de modo que les es imposible estudiar. Y también los mismos lectores en algunas partes, desempeñan el oficio de las clases con tan poca asiduidad y diligencia, que no es de admirar, que al que enseña con descuido, le oigan con indiferencia. Pero si quizás hay lectores que desempeñan con esmero el oficio de las clases, resta todavía un tercer peligro por parte de los frailes, a saber, que los estudiantes se muestren muy descuidados en el tema del estudio, estén raramente en la celda, sean perezosos para las repeticiones de repaso, y no pongan el alma en los ejercicios escolásticos. Algunos obran de este modo, para dedicarse más libremente a sus aficiones, faltas de discreción; otros hacen también esto por la perniciosa y miserable pasión de la ociosidad, de modo que no sólo se descuidan de sí mismos e inducen al cansancio a los lectores, sino que roban la oportunidad de salvarse a muchas almas, a las que podían edificar para la vida eterna, si no estudiaran con negligencia, sino como es debido. Por esto hay entre nosotros tantos flojos, y duermen muchos [1 Cor 11,30], superiores y doctores; hay también muchos que perecen por la propia negligencia.

En medio de todo, será feliz aquel que guarde la debida proporción y no abandone el justo medio; el que se aparta del huracán y de la tormenta [Sal 54,9], para que, edificando a muchos, no se descuide de la utilísima consideración de sí mismo, ni se aleje del juicio vigilante y ponderado; el que no es impulsado por viento de amor humano, sino que obra urgido por la caridad en todo lo que hace, y es movido por el Espíritu de Dios; el que no orienta sus palabras u obras hacia la tierra y no corre a la ventura [1 Cor 9,26], sino que busca en todo pura y simplemente la gloria de Dios, la edificación del prójimo y la propia salvación.

Esta es, hermanos, la palabra que no todos entienden [Mt 19,11]; ¡cuántas veces el conjunto de nuestros afectos y de nuestros pensamientos andan descarriados, y no se orientan a la verdad [Sal 24,51, ni contemplan el fin último! Hablamos mucho y hacemos también muchas cosas, soportamos múltiples sufrimientos, por los cuales, si en nuestros corazones sobreabundara la caridad, dirigiendo y ordenando todo al verdadero fin que es Dios, nos haríamos ciertamente mucho más ricos en méritos, y muchísimo más en virtud. Ahora, sin embargo, pensando con frecuencia en las vanidades, y deseando todavía cosas más vanas, sin que acrisolemos plenamente los afectos de nuestro corazón [Is 1,25; 48,10], no es de admirar que tardemos en perfeccionarnos, que caminemos con demasiada lentitud hacia la perfección.

Sin embargo, no digo que no haya entre vosotros algunos que, por la misericordia de Dios, se muestran solícitos del decoro del Santuario [Eccli 44,6], se cuidan de su conciencia, buscan con diligencia la perfección, trabajan en el ministerio de la predicación, se dan con ardor al estudio, se inflaman en la oración y meditación [Sal 38,4], teniendo siempre ante sí al Señor [Sal 15,8] como remunerador y juez de sus almas; de estos tales me alegro y doy gracias a Dios.

Carísimos, los que así sois, alegraos y esforzaos por progresar más [1 Ts 4,5; 1 Cor 14,12]. Los que, por el contrario, todavía no lo sois, poned manos a la obra, trabajad con habilidad para que crezcáis en orden a la salvación [1 Pe 2,2] de Aquel que se dignó llamaros para que os perfeccionéis, no para que os vayáis entibiando. El se ha dignado llamaros por medio de la gracia en la que os mantenéis firmes, es nuestro Salvador bueno y piadoso, el Hijo de Dios Jesucristo, a quien sea dado el honor y el imperio, ahora y por los siglos de los siglos eternos. Amén.


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