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San Domingo.  Matisse

Oración del Maestro Jordán a Santo Domingo

Fr. Jordán de Sajonia, O.P.


acerdote santísimo de Dios, confesor admirable y predicador insigne, Santísimo Padre Domingo, hombre elegido por el Señor; en tus días agradaste a Dios por encima de todos los hombres, y fuiste amado por tu vida gloriosa en doctrina y milagros. Ante el Señor Dios nuestro, nos gozamos de tenerte por principal abogado.

A ti, entre los santos y elegidos de Dios, te venero con gran devoción, y grito desde lo hondo de este valle de miserias. Asísteme, te ruego, piadosísimo; cuida, clementísimo [Padre] de mi alma pecadora, desprovista de toda virtud y gracia, rodeada de muchas miserias, y apresada por lazos de vicios y pecados.

Cuida de mi alma miserable e infeliz, ¡oh santa y bendita alma del hombre de Dios! La gracia divina te enriqueció de este modo con su bendición, para que no sólo te elevaras tú al trono de paz, a la gloria celestial, sino que atrajeras a innumerables gentes a esa misma bienaventuranza, con tu vida digna de encomio, estimulando con dulces exhortaciones, instruyendo con grata doctrina, invitando con tu ferviente predicación.

Sé propicio, bendito Domingo. Inclina tu oído compasivo al deseo de mi súplica, que hago con devoción. Buscando refugio en ti, mi alma pobre y menesterosa se postra en tu presencia. En cuanto es posible a mi pobre mente, se esfuerza por presentarse enferma ante ti; te dirige su oración, según las posibilidades de un alma moribunda, para que con tus poderosos méritos y súplicas piadosas, te dignes vivificarla, sanarla y llenarla copiosamente con el don de tu bendición. Pues yo sé; lo sé muy bien, y estoy cierto de que puedes; confo en tu gran caridad, que lo quieres; espero también de la íntima familiaridad que tienes con tu muy amado Jesucristo, elegido por ti entre mil, que no te negará nada; por el contrario, obtendrás cuanto quieras de tu Señor y amigo. Quien es tan amado por ti, ¿qué podrá negar a su amado?

Tú, ya en la juventud, consagraste tu virginidad al hermoso Esposo de las vírgenes.
Tú, blanqueaste tu alma en las fuentes del bautismo, y enriquecida con el Espíritu Santo, la entregaste como esposa al castísimo amador de los que se conservan célibes.
Tú, ofreciste tu cuerpo como hostia viva, santa y agradable a Dios.
Tú, siguiendo la divina enseñanza, te entregaste totalmente a Dios.
Tú, instruido tempranamente en la disciplina regular, dispusiste en tu corazón los caminos de ascensión hacia Dios.
Tú, creciendo de virtud en virtud, adelantaste siempre de lo bueno a lo mejor.
Tú, una vez emprendido el camino de la perfección, dejaste todas las cosas, y siguiendo desnudo a Cristo desnudo, preferiste atesorar tesoros en los cielos.
Tú, negándote con rigor a ti mismo, y portando varonilmente tu cruz, te esforzaste por seguir las huellas de nuestro Redentor, y guía verdadero.
Tú, inflamado por el celo de Dios y por el fuego que viene de lo alto, por tu gran amor e intenso fervor de espíritu, te entregaste a ti mismo totalmente, mediante la profesión de pobreza perpetua, al ideal de vida apostólica, y a la predicación evangélica. Con tal fin, inspirado por Dios, fundaste la Orden de Predicadores.
Tú, iluminaste a la Santa Iglesia por toda la tierra, con tus gloriosos méritos y ejemplos.
Tú, liberado de la prisión del cuerpo, fuiste ascendido al reino de los cielos.
Tú, revestido con la vestidura de la inocencia bautismal, te acercaste ante el Señor para ser nuestro abogado.

Te ruego, pues, que vengas en mi ayuda y en la de todos nuestros seres queridos. Tú, que con tanto celo deseaste la salvación del género humano, ven en ayuda del clero, del pueblo fiel, y de las vírgenes y mujeres piadosas. Tú, después de la Reina de las Vírgenes, eres mi dulce esperanza y consuelo, y mi particular refugio. Sé propicio conmigo, y ven en mi auxilio. Sólo en ti me refugio. Sólo ante ti me atrevo a acudir. Me postro a tus pies. Te invoco suplicante como a protector mío. Te imploro, y me encomiendo a ti con devoción. Sea yo recibido y custodiado por ti. Dígnate, propicio, protegerme y ayudarme, para que por mediación de tu gracia, pueda yo recuperar la ansiada gracia de Dios, y encontrar en él misericordia, y merezca alcanzar los remedios saludables para la vida presente y la futura.

Sí, sí, óptimo Maestro, así te pido que se cumpla, ínclito guía, Padre bueno, Santo Domingo. Así, te ruego, para que me asistas en todo. Sé para nosotros verdadero Domingo, custodio asiduo de la grey del Señor. Custódianos y gobiérnanos siempre; refórmanos a los que te estamos encomendados, y reformados, recomiéndanos. Preséntanos con gozo después de este destierro a tu bendito y amado Señor, el Hijo del Dios Altísimo y Salvador nuestro Jesucristo. A él sea el honor, la alabanza y la gloria, con la gloriosa Virgen María, y con toda la corte celestial por los siglos de los siglos. Amén.

Termina la devota oración del venerable Maestro Jordán, a Santo Domingo.


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