acerdote
santísimo de Dios, confesor admirable y predicador
insigne, Santísimo Padre Domingo, hombre elegido
por el Señor; en tus días agradaste a
Dios por encima de todos los hombres, y fuiste amado
por tu vida gloriosa en doctrina y milagros. Ante el
Señor Dios nuestro, nos gozamos de tenerte por
principal abogado.
A ti, entre los santos y elegidos de Dios, te venero
con gran devoción, y grito desde lo hondo de
este valle de miserias. Asísteme, te ruego, piadosísimo;
cuida, clementísimo [Padre] de mi alma pecadora,
desprovista de toda virtud y gracia, rodeada de muchas
miserias, y apresada por lazos de vicios y pecados.
Cuida
de mi alma miserable e infeliz, ¡oh santa y bendita
alma del hombre de Dios! La gracia divina te enriqueció
de este modo con su bendición, para que no sólo
te elevaras tú al trono de paz, a la gloria celestial,
sino que atrajeras a innumerables gentes a esa misma
bienaventuranza, con tu vida digna de encomio, estimulando
con dulces exhortaciones, instruyendo con grata doctrina,
invitando con tu ferviente predicación.
Sé
propicio, bendito Domingo. Inclina tu oído compasivo
al deseo de mi súplica, que hago con devoción.
Buscando refugio en ti, mi alma pobre y menesterosa
se postra en tu presencia. En cuanto es posible a mi
pobre mente, se esfuerza por presentarse enferma ante
ti; te dirige su oración, según las posibilidades
de un alma moribunda, para que con tus poderosos méritos
y súplicas piadosas, te dignes vivificarla, sanarla
y llenarla copiosamente con el don de tu bendición.
Pues yo sé; lo sé muy bien, y estoy cierto
de que puedes; confo en tu gran caridad, que lo quieres;
espero también de la íntima familiaridad
que tienes con tu muy amado Jesucristo, elegido por
ti entre mil, que no te negará nada; por el contrario,
obtendrás cuanto quieras de tu Señor y
amigo. Quien es tan amado por ti, ¿qué
podrá negar a su amado?
Tú, ya en la juventud, consagraste tu virginidad
al hermoso Esposo de las vírgenes.
Tú, blanqueaste tu alma en las fuentes del bautismo,
y enriquecida con el Espíritu Santo, la entregaste
como esposa al castísimo amador de los que se
conservan célibes.
Tú, ofreciste tu cuerpo como hostia viva, santa
y agradable a Dios.
Tú, siguiendo la divina enseñanza, te
entregaste totalmente a Dios.
Tú, instruido tempranamente en la disciplina
regular, dispusiste en tu corazón los caminos
de ascensión hacia Dios.
Tú, creciendo de virtud en virtud, adelantaste
siempre de lo bueno a lo mejor.
Tú, una vez emprendido el camino de la perfección,
dejaste todas las cosas, y siguiendo desnudo a Cristo
desnudo, preferiste atesorar tesoros en los cielos.
Tú, negándote con rigor a ti mismo, y
portando varonilmente tu cruz, te esforzaste por seguir
las huellas de nuestro Redentor, y guía verdadero.
Tú, inflamado por el celo de Dios y por el fuego
que viene de lo alto, por tu gran amor e intenso fervor
de espíritu, te entregaste a ti mismo totalmente,
mediante la profesión de pobreza perpetua, al
ideal de vida apostólica, y a la predicación
evangélica. Con tal fin, inspirado por Dios,
fundaste la Orden de Predicadores.
Tú, iluminaste a la Santa Iglesia por toda la
tierra, con tus gloriosos méritos y ejemplos.
Tú, liberado de la prisión del cuerpo,
fuiste ascendido al reino de los cielos.
Tú, revestido con la vestidura de la inocencia
bautismal, te acercaste ante el Señor para ser
nuestro abogado.
Te
ruego, pues, que vengas en mi ayuda y en la de todos
nuestros seres queridos. Tú, que con tanto celo
deseaste la salvación del género humano,
ven en ayuda del clero, del pueblo fiel, y de las vírgenes
y mujeres piadosas. Tú, después de la
Reina de las Vírgenes, eres mi dulce esperanza
y consuelo, y mi particular refugio. Sé propicio
conmigo, y ven en mi auxilio. Sólo en ti me refugio.
Sólo ante ti me atrevo a acudir. Me postro a
tus pies. Te invoco suplicante como a protector mío.
Te imploro, y me encomiendo a ti con devoción.
Sea yo recibido y custodiado por ti. Dígnate,
propicio, protegerme y ayudarme, para que por mediación
de tu gracia, pueda yo recuperar la ansiada gracia de
Dios, y encontrar en él misericordia, y merezca
alcanzar los remedios saludables para la vida presente
y la futura.
Sí,
sí, óptimo Maestro, así te pido
que se cumpla, ínclito guía, Padre bueno,
Santo Domingo. Así, te ruego, para que me asistas
en todo. Sé para nosotros verdadero Domingo,
custodio asiduo de la grey del Señor. Custódianos
y gobiérnanos siempre; refórmanos a los
que te estamos encomendados, y reformados, recomiéndanos.
Preséntanos con gozo después de este destierro
a tu bendito y amado Señor, el Hijo del Dios
Altísimo y Salvador nuestro Jesucristo. A él
sea el honor, la alabanza y la gloria, con la gloriosa
Virgen María, y con toda la corte celestial por
los siglos de los siglos. Amén.
Termina
la devota oración del venerable Maestro Jordán,
a Santo Domingo. 
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