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San Domingo  Matisse
“Caminemos con alegría y pensemos en nuestro Salvador.” Pinceladas sobre la itinerancia dominicana
Santa Sabina, 24 de Mayo de 2003, memoria de la Traslación de nuestro Padre Santo Domingo

Fr. Carlos Azpiroz Costa, O.P.

(Documento Word o RTF)

Carlos Azpiroz Costa, o.p.Mis queridos hermanos y hermanas en Santo Domingo:

es escribo con temor y temblor. Ante todo, para animarme, una confidencia. En los últimos tiempos, he leído y meditado los diversos mensajes que los últimos cuatro Maestros de la Orden escribieran a la Orden. Me refiero a estos cuatro, por citar solamente los que la Providencia ha puesto al servicio de la Familia Dominicana desde los tiempos del Concilio Vaticano II hasta el 2001. No puedo sino exclamar: ¡Cuánta riqueza! ¡Qué profunda es la palabra que ellos nos han predicado con tanta generosidad y entrega! . Ante esta realidad – esta es la confidencia fraterna- ¡Qué difícil escribir una carta a la Orden!. Me explico… ¡pareciera que todo ya estuviera dicho! ¿Qué podría decir de nuevo a mis hermanos y hermanas en Santo Domingo?. Al mismo tiempo constato con pena que en muchas comunidades, me refiero más específicamente a las de los frailes, apenas si se conocen las Actas de los últimos Capítulos Generales ¡siendo esos textos verdaderos programas de vida dominicana para nuestro tiempo! Por último, como sucede a tantos otros, no solamente en la Orden, me asalta la sensación de estar frente a cierta “inflación” de documentos, textos, mensajes, cartas, acerca de los temas más variados (pero imposibles de leer con provecho ante la llegada de uno nuevo).

DIVERSAS EXPERIENCIAS EN LOS ÚLTIMOS SEIS AÑOS

1. Hace tiempo, un fraile provincial, conversaba conmigo informalmente acerca de la situación de su provincia. Pensando en voz alta se lamentaba, no sin cierta tristeza: “en mi provincia no puedo hacer ninguna asignación”. Esas palabras me impresionaron mucho. No dejo de pensar en ellas y en sus consecuencias.

En los últimos años, no es ninguna novedad, he vivido dos experiencias muy diversas. La tarea como Procurador General, oficio “sedentario” como pocos, me puso sin embargo en contacto con muchas situaciones muy delicadas para la vida dominicana y religiosa de muchos hermanos y hermanas. Ahora, en el ejercicio de este ministerio, más bien “nómada”, al visitar comunidades en diversos países, descubro la “sinfonía - policromática” de la Orden en la Iglesia y el mundo desde una perspectiva distinta. Sin embargo ambas perspectivas me han llevado a una misma intuición. Me han hecho descubrir que hay algo que realmente “bloquea”, amenazando las raíces de nuestra vocación y misión en la Iglesia y en el mundo: cierta inmovilidad. Esta inercia provoca una especie de parálisis, un “instalarse”, que por ende hiere de muerte las más generosas energías de nuestro ser y vivir como hijas e hijos de Santo Domingo.

2. Uno de los rasgos que Domingo de Caleruega ha encarnado a imitación de los apóstoles, heredado por quienes somos sus discípulos, es el de la itinerancia evangélica. Por gracia de Dios, por decirlo de un modo visual, él rompió los límites de un esquema “geográfico” en la organización y vida de la Iglesia, basado fundamentalmente en la organización diocesana por un lado y –hablando de la vida religiosa – en la estructura de la vida monástica y de los canónigos regulares. Sin duda que la historia de la Iglesia misionera no comienza con la Orden de Predicadores, ¡cuántos monjes misioneros, por ejemplo, han evangelizado tantas regiones de Europa! Pero Domingo quiso fundar, in medio Ecclesiae, una Orden que fuera y se llamara de predicadores.

“SUCEDIÓ EN AQUEL TIEMPO…” ¡PONERSE EN CAMINO CAMBIA LA VIDA!

3. Cuando éramos niños nos deleitábamos escuchando o leyendo historias reales o imaginarias. Muchas de estas comienzan con el típico “Había una vez”. Salvando las distancias, cuando se proclama el Evangelio, siguiendo a Jesús en su Camino, se suele iniciar la lectura: “En aquel tiempo”…

Fray Jordán, con la frescura del discípulo, como volviéndonos a enamorar de los orígenes escribe en su Libellus:

“En aquel tiempo, sucedió, pues, que el rey Alfonso de Castilla deseaba el casamiento de su hijo Fernando con una noble de Las Marcas. Por este motivo acudió al obispo de Osma pidiéndole que hiciera de procurador en el asunto. El obispo accedió a la petición real y (…) llevó consigo al mencionado hombre de Dios, Domingo, subprior de su iglesia. Poniéndose en camino, llegaron a Toulouse ”

4. Marie-Humbert Vicaire en su “Historia de Santo Domingo”, a través de diversos argumentos históricos, refiere que esta invitación de Alfonso VIII al Obispo de Osma fue hecha hacia mediados de mayo de 1203. El célebre biógrafo francés, siguiendo a Jordán, concluye: “El Obispo no tardó en ponerse en camino, llevando consigo a Domingo. Era a mediados de octubre de 1203 ”. ¡De esto hace 800 años!

No es éste el lugar ni el momento apropiado para entrar en detalles, tampoco para detenernos en un análisis histórico y cronológico más exhaustivo. Sabemos –eso sí- que este viaje cambió para siempre la vida de estos dos amigos. En efecto, apenas cruzaron los Pirineos, los dos hombres de Dios pudieron comprobar un hecho que hasta entonces no conocían más que de oídas: el desafío del dualismo de raíz maniquea, arraigado profundamente en aquella región a través de diversos grupos y sectas. Como un ejemplo elocuente del impacto que ocasionó en ambos viajeros esta nueva realidad, Jordán nos narra el célebre episodio del hospedero:

“En la misma noche en que fueron alojados en la ciudad de Toulouse, el subprior, mantuvo con calor y firmeza una larga disputa con el hospedero de la casa que era hereje. No pudiendo aquel hombre resistir la sabiduría y el espíritu con que hablaba, le recuperó para la fe, con la ayuda del Espíritu divino .

La “misión matrimonial”, lo sabemos, exigiría otro viaje y finalmente terminaría en un fracaso. ¿Un fracaso?, sí, ¡pero preñado de vida nueva!. Así lo expresa Jordán de Sajonia:

“Dios dispuso para un mayor provecho el motivo de aquel viaje, en cuanto iba a ser el origen de un matrimonio más excelente entre Dios y las almas, en beneficio de toda la Iglesia; un vínculo de eterna salvación para recobrar de múltiples maneras a las almas apresadas por diversos errores y pecados [2 Cor 11, 2], como lo demostraron los acontecimientos que le siguieron”

5. Una misión diplomática en nombre del Rey -un repentino cambio de planes en la vida de Diego y Domingo- es la ocasión que termina ofreciendo un color diverso a sus historias iluminadas por la luz renovadora de la gracia. Un Obispo y el subprior de un Cabildo catedralicio, llamados a crecer y dar fruto en el jardín limitado de Osma, se encuentran frente a un panorama eclesial e histórico totalmente diverso. Conocían sí las consecuencias de las herejías allende los Pirineos, pero “sólo de oídas”. Algo análogo a lo del Justo Job, quien al final de su dura experiencia de vida, en diálogo abierto con Dios, exclama: “Yo te conocía sólo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos ”

En efecto, Dios llamaba a Diego y Domingo a iniciar en tierra extranjera una nueva evangelización que con el tiempo adquiriría horizontes universales. El camino fuera de lo conocido les abrió los ojos del alma. Los dos no volverían a ser más los mismos. Ambos viajes diplomáticos (en 1203 y 1205 respectivamente) tuvieron consecuencias “vocacionales” para ambos ¡y no porque descubrieran una vocación diplomática!.

Diego de Osma, (¿en 1206?), pediría al Papa Inocencio III que le concediera la gracia de aceptar su renuncia al episcopado, puesto que era propósito suyo muy querido, dedicarse con todas sus fuerzas a la conversión de los cumanos, pueblo pagano del este de Hungría. El Papa, lo sabemos, no aceptó su renuncia. El Obispo posteriormente toma el hábito del Císter; aconseja a los legados papales acerca de la predicación de la fe contra los albigenses; se compromete seriamente en esa misión itinerante durante dos años; decide regresar a su sede de Osma; a los pocos días cae enfermo y fallece a fines de 1207.

Conocemos con mayor detalle la vida de Domingo. A partir de estos viajes a las Marcas su vida será la de un apóstol itinerante hasta la muerte. Diría -¿por qué no?- que a partir de este VIII centenario de este “primer viaje misionero” de Domingo, comenzaremos a celebrar con alegría otros “octavos centenarios” de extraordinaria belleza e importancia para toda la Familia Dominicana ¡entre ellos la fundación de Prulla! considerada siempre como la primera comunidad de la Orden.

LA ITINERANCIA ¡EN EL CORAZÓN Y LA MENTE DE TODO DOMINICO!

6. Fray Pablo de Venecia, uno de los testigos en el proceso de canonización de Santo Domingo, cuenta que “el maestro Domingo” le decía a él y a otros que estaban con él: “Caminad, pensemos en nuestro Salvador”. También atestigua que “dondequiera que se encontraba Domingo hablaba siempre de Dios o con Dios”; confiesa que “nunca lo vio airado, agitado o turbado, ni por la fatiga del camino, ni por otra causa sino siempre alegre en las tribulaciones y paciente en las adversidades ”.

7. ¿Entonces? ¿Una carta a la Orden sobre la itinerancia?. Lo que tienen en sus manos, lo que leerán y –eso espero- meditarán en su corazón, de modo personal y en común, es el fruto de una reflexión en el seno del Consejo Generalicio. Cuando comencé a pensar y reflexionar sobre el tema de la itinerancia en la vida dominicana, preparamos una reunión con el Consejo Generalicio en pleno. Invité también a fray Manuel Merten, Promotor General para las monjas. Con suficiente tiempo cada uno de los frailes preparó una breve exposición acerca de los diversos aspectos de la itinerancia en nuestra “sequela Dominici”: itinerancia y vida espiritual; itinerancia y camino formativo e intelectual; itinerancia y cada uno de los votos religiosos; itinerancia y vida común; itinerancia y vida contemplativa; itinerancia y gobierno dominicano; itinerancia e inculturación; itinerancia y el fenómeno de la movilidad humana; itinerancia y misión; etc.. En un encuentro de tres días, fuera de Roma, cada uno presentó su tema y todos dialogamos sobre estos y otros aspectos de nuestra itinerancia dominicana.

Confieso que la cualidad de las reflexiones fue tal que, al final, ya no me sentía capaz de escribir una carta sobre el tema que pudiese abrazar tanta riqueza. ¡Tan amplio el arco-iris de temas a tratar!. Por otro lado, tampoco podíamos editar simplemente los 15 “textos” preparados ¡Lejos de nosotros pretender publicar una “enciclopedia” o “diccionario” sobre el tema!.

En una segunda etapa, intentamos meditar acerca de algunos temas centrales alrededor de los cuales giraran otros que también habíamos estudiado juntos. Para ello pedí a cuatro hermanos presentaran una síntesis elaborada de lo compartido comunitariamente. Les presento entonces el resultado de nuestro trabajo. Fray Roger Houngbedji (Vicariato de África del Oeste, Provincia de Francia, Socio para África) ha escrito acerca de la “Itinerancia en la Biblia”. Fray Manuel Merten (Provincia de Teutonia, Promotor para las monjas) nos ofrece su reflexión acerca de la “Itinernacia y vida contemplativa”. Fray Wojciech Giertych (Provincia de Polonia, Socio para la Vida Intelectual) escribe acerca de la “Itinerancia en el camino formativo e intelectual”. Finalmente, fray Chrys McVey (Vice-Provincia de Pakistán, Socio para la Vida Apostólica y Promotor de la Familia Dominicana) nos predica acerca de la “Itinerancia y misión”.

La palabra iter – itineris (del griego hodós) significa : camino, viaje, marcha, jornada ¡pongámonos en marcha para recorrer juntos este paisaje interior dominicano!

I - LA ITINERANCIA EN LA BIBLIA

8. La itinerancia aparece como un tema dominante en la Biblia. En efecto, el pueblo de la Biblia se define principalmente como un pueblo en peregrinación. El término ´hebreo´ por el que es designado viene de ´ibrî´, que quiere decir ´el otro lado´ de un límite y evoca la idea de emigración. El pueblo hebreo es pues un pueblo en estado de migración, un pueblo nómada. Es en esta óptica donde los grandes creyentes del Antiguo Testamento (sobre todo los Patriarcas) van a considerarse como ´extranjeros´ (xénoi), puesto que no han podido obtener (sino que lo han visto de lejos solamente) el objeto de las promesas que Yahvé les hizo (cf Gn 23,4; Ex 2,22; 1Cr 29,15; Sal 39,13; Lv 25,23). Toda la historia del Pueblo de Israel será entendida como una larga marcha hacia el cumplimiento de las promesas de Dios en su Hijo Jesús.

Por lo mismo, la comunidad cristiana (el nuevo Pueblo de Dios) será llamada ´el Camino´ (cf Hch 9,2; 18,25; 19,9.23; 22,4; 24,14.22), lo cual destaca la idea de camino o de itinerancia. En tal perspectiva el autor de la carta a los Hebreos presentará a la comunidad cristiana como una comunidad de peregrinos sobre la tierra (He 11,13), en marcha hacia la ciudad futura sólidamente construida (He 13,14). Los cristianos viven pues aquí abajo como ´desarraigados´, pero ´arraigados´ allá arriba, en la ciudad celeste, que es el objetivo último de su caminar. San Pedro en su carta (1P 1,17) mostrará que desde el momento en que los cristianos no pertenecen más que a Dios deben considerar su paso por la tierra como una estadía transitoria, sin ninguna atadura con este mundo de aquí abajo. El término técnico utilizado por el Nuevo Testamento para expresar esta situación pasajera del cristiano en este mundo es parepidêmos, que indica el extranjero no establecido, el viajero, y se opone al extranjero con residencia permanente.

Es claro, pues, que en la mentalidad bíblica toda la vida del creyente, su relación con Dios, está polarizada por la idea de la marcha, del camino, de la itinerancia. La cuestión es saber en qué consiste esta itinerancia o qué la caracteriza. Una visión de conjunto permite señalar tres grandes rasgos característicos de la itinerancia bíblica.

ITINERANCIA COMO ÉXODO

Desplazamiento espacial

9. El camino de Dios (hodos) se define como una partida, una salida, un éxodo. El creyente está llamado a abandonar un lugar determinado, a romper su lazo de unión a un mundo físico o geográfico, para ponerse en camino e ir más allá. La itinerancia está tomada aquí en su acepción geográfica, física. En este sentido se puede comprender la itinerancia de Abrahán, que debe salir de su tierra para aventurarse en un país extranjero (Gn 12,1-9). La Palabra de Dios que le es dirigida lleva al patriarca a hacer una ruptura total con su patria y todos los vínculos humanos para lanzarse a un camino donde sólo la fe es determinante. La fe del patriarca consiste precisamente en una respuesta incondicional que le lleva a comprometerse en un camino del que sólo Dios conoce la salida. Lo mismo sucede con el profeta Elías, que se pondrá en camino hasta el Horeb, donde Dios, a través de una brisa ligera, se le va a revelar (1R 19,4-8). La itinerancia exige pues aquí un salto a lo desconocido que es el lugar de la fe.

Además, el pueblo elegido en su conjunto está marcado también por la experiencia del éxodo fuera de Egipto, una experiencia que va a determinar toda su vida. Guiado por Dios y por Moisés, el pueblo es llamado a comprometerse en un camino largo y difícil por el cual, a través de mil pruebas, llegará a conocer a su Dios y a hacer su entrada en la tierra prometida. A causa de sus numerosos pecados ese pueblo será exilado de nuevo, esta vez a Babilonia, donde va a experimentar la dolorosa experiencia de su condición de ´peregrino´, considerándose como un grupo de refugiados o de exilados en territorio extranjero (cf Sal 137). Cuando llegue su liberación se verá de nuevo llamado a lanzarse a un nuevo éxodo, signo de la liberación que llevará a cabo el Siervo de Yahvé, cuya misión consiste en hacer salir de la esclavitud más profunda constituida por el pecado (Is 42,1-9; 53,5-12).

En el Nuevo Testamento Jesús será presentado también como un gran itinerante. En efecto, en los evangelios aparece como un gran viajero, siempre en camino (cf Lc 9,57; 13,33; Mc 6,6b), pasando de Samaria a Galilea o haciendo la ruta hacia Jerusalén (Lc 9,51). Él mismo se presenta como el Hijo del hombre, que no tenía un lugar donde reclinar su cabeza (Lc 9,58). Enviará a sus discípulos a caminar (Lc 10,1-9; Mt 10,5-15) y señalará la condición de discípulo como un compromiso en su seguimiento (Lc 9,59-62; Mc 2,13-14; Jn 1,43). Toda la misión de los apóstoles después de la muerte de Jesús se realizará en la perspectiva de una gran itinerancia (cf Hch 16,1-10; 2Co 11,23-28).

Se aprecia pues que la itinerancia en la Biblia es en primer lugar y ante todo geográfica-espacial en el sentido de paso de un lugar a otro -el término ´paso´ significa también la Pascua, el Éxodo (Jesús realizó su Pascua pasando de este mundo a su Padre: Jn 13,1). Y hay que señalar que el desplazamiento espacial indica siempre una misión.

Desplazamiento espacial en vistas a una misión

10. En la perspectiva bíblica los desplazamientos que se hacen por motivo de un mandato o de una obediencia se realizan a menudo en vistas a una misión: entregar un mensaje, hacer una obra. Es el caso de Moisés, por ejemplo, en su encuentro con Yahvé (Ex 3,1-6), que será el comienzo de su misión: mientras que antes, por miedo a la guardia, Moisés debió huir de Egipto (2,15), por petición de Dios regresa para liberar a su pueblo. En el transcurso de dicha misión recibirá frecuentes peticiones de Yahvé para ir a reunirse con el Faraón y conducir a su pueblo al desierto, para recibir la Ley y dársela al pueblo. De hecho todo el libro del Éxodo se presenta como una itinerancia vivida como obediencia a Dios.

Así sucede también en los libros proféticos. En efecto, el profeta es tomado por Dios en la situación en que se encuentra para cumplir una misión. Muy a menudo esa misión le lleva a enfrentarse al rey o a las autoridades religiosas, a poner en peligro su propia vida . Es decir que la obediencia pedida supone no solamente un desplazamiento sino también un riesgo que se asume. La misión no se cumple sin riesgo, como sucede con Elías, prototipo de profeta: tiene que huir de su país para asegurar el éxito futuro de su misión (1R 17,3.9), regresar para enfrentar al rey Ajab, para darle el mensaje dictado por Dios (1R 18,1; 21,18-19) y abandonar el lugar de su encuentro con Dios para continuar su misión (1R 19,15-16). Tenemos una especie de resumen de este esquema cuando el profeta suplica a un simple creyente que sea su intermediario : el mandato ordena un desplazamiento en vistas a entregar un mensaje, pero hay un riesgo y por tanto razón de tener miedo (1R 18,7-16).

En el Nuevo testamento el mandato que exige un desplazamiento va siempre asociado a la predicación del Reino, del tiempo de Jesús (cf Lc 9,2) o a la misión después de su resurrección (Mt 28,19-20). Las condiciones son precisas: se trata de viajar sin equipaje embarazoso y sin medios especiales. Notemos que se puede negar alguien a seguir la llamada por rechazar la itinerancia (Mt 19,16-22; Lc 18,18-23; Mc 10,17-22).

ITINERANCIA COMO CONVERSIÓN

11. A la itinerancia geográfica-espacial va ligada la itinerancia espiritual, que aparece como el lugar de una conversión, entendida como ´metanoia´ (cambio radical de espíritu, de mentalidad). En efecto, en la Biblia la itinerancia geográfica siempre va acompañada de la itinerancia espiritual: el desapego de un lugar para ir a otro se hace en vistas al desapego de sí mismo para no pertenecer más que a Dios. El término bíblico utilizado para manifestar este lazo entre ambos tipos de itinerancia es ´dérék´ (camino), derivado de ´darak´ (caminar), que indica el camino espiritual que se debe asumir para corresponder a la voluntad y al plan de Dios. En la mentalidad de Israel la persona, por culpa de sus pecados y de su rechazo a realizar los designios de Dios, debe conformar su modo de existencia, sus hechos y sus gestos, a la voluntad divina (Miq 6,8; Is 30,21; Os 14,10; Sal 119,1). Es la condición para que pueda llegar a la verdadera vida (Prov 2,19; 5,6; 6,23; Dt 30,15; Jer 21,8). La conversión consiste en todo el proceso espiritual (la itinerancia espiritual) que se debe realizar para corresponder a la voluntad de Dios. En esta perspectiva es como se entiende todo el cambio que se obra en la vida del profeta que recibe una misión específica de Dios. El llamado de Dios se apodera de él y afecta profundamente su estado social, su modo de vida, al mismo tiempo que le pide cumplir una misión que incluye un desplazamiento, una itinerancia (cf Os 1,2; Jon 1,2; 3,2). El desplazamiento aquí no es sólo espacial sino también simbólico, en la medida en que toca a la vez la vida del profeta y la del pueblo, en su relación a la Ley.

Esta misma idea es retomada en el Nuevo Testamento a través del término ´hodos´, que indica el camino (Hch 18,26) que los discípulos deben emprender para llegar a la vida (Mt 7,13-14). En esta perspectiva se inscriben las condiciones planteadas por Jesús para entrar en el Reino (Mc 1,15) y las que se les exige a los discípulos que quieren comprometerse en su seguimiento (Mc 8,34-35). Seguir a Cristo aquí conduce al discípulo a una renuncia radical a sí mismo y a todas sus tendencias egoístas a fin de hacer depender su vida únicamente de él solo. El seguimiento de Cristo (itinerancia geográfica) está así condicionada por la renuncia radical, como lugar de conversión (itinerancia espiritual). La itinerancia espiritual se presenta aquí como el lugar de una identificación con Cristo.

ITINERANCIA COMO IDENTIFICACIÓN CON CRISTO

Cristo como camino

12. La gran innovación del Nuevo Testamento es la identificación del camino con Cristo: Cristo mismo se presenta como la vía viviente que lleva al cielo y permite el acceso al Padre (Jn 14,6). Tal identificación de Cristo con el camino muestra que la ruta a tomar (sea física o espiritual) no es un conjunto de leyes o de actitudes sino la Persona de Cristo, la sola vía con la cual debe identificarse el discípulo para tener acceso a Dios Padre. Todo el rumbo del cristiano (su itinerancia) va a consistir en identificarse con Cristo por su vida de fe. Creer en Cristo consiste, pues, en ir y unirse con él (comprometerse existencialmente cara a cara con él), de modo que se apropie de sus dones y riquezas, condición para alcanzar a Dios.

La identificación con Cristo (el camino que lleva al Padre) se presenta aquí como aquello que le da al cristiano la consistencia, la estabilidad que le permite proseguir el rumbo a pesar de las dificultades y las pruebas del camino. Dicho de otra manera, identificarse con Cristo -lugar de una vida de fe y de enraizamiento en su Persona- es lo que le da al discípulo el impulso para una auténtica itinerancia. No hay verdadera itinerancia sin la búsqueda de una cierta fijeza o estabilidad en Cristo.

Obediencia e itinerancia en la Orden

13. La cuestión de la identificación con Cristo -lugar de conformidad a su voluntad y de la obediencia- tiene una relación muy fuerte con la itinerancia en la Orden. En efecto, en la tradición dominicana la itinerancia a partir del hecho de la obediencia es el origen mismo de la Orden, o más bien, de su desarrollo espectacular fuera de la región tolosana. Santo Domingo dispersa a sus frailes de dos en dos (Libellus 47), probablemente pensando en la idéntica acción de Jesús cuando envió a sus discípulos de dos en dos . Se trata de una obediencia que excluye la discusión (cf Deposición de fr. Juan de España, Deposición de Bolonia, 26) y que fue mantenida a pesar de la oposición de los hermanos y de las autoridades civiles y religiosas amigas de santo Domingo. El fruto sería el magnífico desarrollo de la Orden. Allí incluso se trata de una dispersión en vistas a una misión, la de la predicación y la propagación de la vida apostólica según el modelo imaginado y deseado por santo Domingo. Los testimonios (deposiciones) en el proceso de canonización del Maestro Domingo muestran que los hermanos viajaban mucho de un lugar a otro en función de las necesidades. Un ejemplo de esa movilidad es la asignación del bachiller Reginaldo a París, a pesar de que estaba haciendo maravillas en Bolonia (Libellus 61-62).

La obediencia religiosa no es un fin en sí. Está al servicio de la misión de la Orden, tal como ella es definida por los Capítulos Generales y Provinciales, y le asegura a la Orden la necesaria libertad para su acción (Bolonia 33). Es un medio para que los hermanos, como cuerpo constituido, respondan a las exigencias del bien común que deben alcanzar juntos porque ha sido discernido en conjunto. La obediencia no es pues la expresión del capricho del superior o del capítulo, sino la expresión personalizada del esfuerzo que se le pide a todos en vistas a la misión o al bien de la Orden en circunstancias particulares. Como éstas son cambiantes por naturaleza, conviene que los frailes acepten cambiar también, a fin de responder mejor a la misión. La movilidad intelectual, apostólica, de los cargos, de los lugares, es la consecuencia de la misión evaluada y diseñada en común. Tanto el inmovilismo como la exagerada movilidad son evasiones con relación a la misión. La obediencia es un medio para regular la movilidad en orden a la misión, para provocar la itinerancia a fin de responder a las necesidades impuestas por las circunstancias o deseadas por un Capítulo. Evidentemente, para alcanzar lo que nos enseña la Biblia, la itinerancia querida y aceptada en el cuadro de la obediencia religiosa supone la fe, por una parte, en la capacidad de la institución para discernir el bien común y, por otra parte, en Dios puesto que es su Evangelio quien está en el origen de nuestra presencia en la Orden y en la misión confiada por la Iglesia, a la que nosotros servimos lo mejor que podemos. En este sentido, para nosotros, la obediencia religiosa y la itinerancia que de ella puede resultar están íntimamente ligadas a nuestra vida religiosa, pues ésta se da en orden a la predicación del Evangelio. Por algo será que el único voto que nosotros declaramos públicamente es el de la obediencia.

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