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o RTF)
Mis
queridos hermanos y hermanas en Santo Domingo:
es
escribo con temor y temblor. Ante todo, para animarme,
una confidencia. En los últimos tiempos, he leído
y meditado los diversos mensajes que los últimos
cuatro Maestros de la Orden escribieran a la Orden.
Me refiero a estos cuatro, por citar solamente los que
la Providencia ha puesto al servicio de la Familia Dominicana
desde los tiempos del Concilio Vaticano II hasta el
2001. No puedo sino exclamar: ¡Cuánta riqueza!
¡Qué profunda es la palabra que ellos nos
han predicado con tanta generosidad y entrega! . Ante
esta realidad – esta es la confidencia fraterna-
¡Qué difícil escribir una carta
a la Orden!. Me explico… ¡pareciera que
todo ya estuviera dicho! ¿Qué podría
decir de nuevo a mis hermanos y hermanas en Santo Domingo?.
Al mismo tiempo constato con pena que en muchas comunidades,
me refiero más específicamente a las de
los frailes, apenas si se conocen las Actas de los últimos
Capítulos Generales ¡siendo esos textos
verdaderos programas de vida dominicana para nuestro
tiempo! Por último, como sucede a tantos otros,
no solamente en la Orden, me asalta la sensación
de estar frente a cierta “inflación”
de documentos, textos, mensajes, cartas, acerca de los
temas más variados (pero imposibles de leer con
provecho ante la llegada de uno nuevo).
DIVERSAS
EXPERIENCIAS EN LOS ÚLTIMOS SEIS AÑOS
1.
Hace tiempo, un fraile provincial, conversaba conmigo
informalmente acerca de la situación de su provincia.
Pensando en voz alta se lamentaba, no sin cierta tristeza:
“en mi provincia no puedo hacer ninguna asignación”.
Esas palabras me impresionaron mucho. No dejo de pensar
en ellas y en sus consecuencias.
En
los últimos años, no es ninguna novedad,
he vivido dos experiencias muy diversas. La tarea como
Procurador General, oficio “sedentario”
como pocos, me puso sin embargo en contacto con muchas
situaciones muy delicadas para la vida dominicana y
religiosa de muchos hermanos y hermanas. Ahora, en el
ejercicio de este ministerio, más bien “nómada”,
al visitar comunidades en diversos países, descubro
la “sinfonía - policromática”
de la Orden en la Iglesia y el mundo desde una perspectiva
distinta. Sin embargo ambas perspectivas me han llevado
a una misma intuición. Me han hecho descubrir
que hay algo que realmente “bloquea”, amenazando
las raíces de nuestra vocación y misión
en la Iglesia y en el mundo: cierta inmovilidad. Esta
inercia provoca una especie de parálisis, un
“instalarse”, que por ende hiere de muerte
las más generosas energías de nuestro
ser y vivir como hijas e hijos de Santo Domingo.
2.
Uno de los rasgos que Domingo de Caleruega ha encarnado
a imitación de los apóstoles, heredado
por quienes somos sus discípulos, es el de la
itinerancia evangélica. Por gracia de Dios, por
decirlo de un modo visual, él rompió los
límites de un esquema “geográfico”
en la organización y vida de la Iglesia, basado
fundamentalmente en la organización diocesana
por un lado y –hablando de la vida religiosa –
en la estructura de la vida monástica y de los
canónigos regulares. Sin duda que la historia
de la Iglesia misionera no comienza con la Orden de
Predicadores, ¡cuántos monjes misioneros,
por ejemplo, han evangelizado tantas regiones de Europa!
Pero Domingo quiso fundar, in medio Ecclesiae, una Orden
que fuera y se llamara de predicadores.
“SUCEDIÓ
EN AQUEL TIEMPO…” ¡PONERSE EN CAMINO
CAMBIA LA VIDA!
3.
Cuando éramos niños nos deleitábamos
escuchando o leyendo historias reales o imaginarias.
Muchas de estas comienzan con el típico “Había
una vez”. Salvando las distancias, cuando se proclama
el Evangelio, siguiendo a Jesús en su Camino,
se suele iniciar la lectura: “En aquel tiempo”…
Fray
Jordán, con la frescura del discípulo,
como volviéndonos a enamorar de los orígenes
escribe en su Libellus:
“En
aquel tiempo, sucedió, pues, que el rey Alfonso
de Castilla deseaba el casamiento de su hijo Fernando
con una noble de Las Marcas. Por este motivo acudió
al obispo de Osma pidiéndole que hiciera de procurador
en el asunto. El obispo accedió a la petición
real y (…) llevó consigo al mencionado
hombre de Dios, Domingo, subprior de su iglesia. Poniéndose
en camino, llegaron a Toulouse ”
4.
Marie-Humbert Vicaire en su “Historia de Santo
Domingo”, a través de diversos argumentos
históricos, refiere que esta invitación
de Alfonso VIII al Obispo de Osma fue hecha hacia mediados
de mayo de 1203. El célebre biógrafo francés,
siguiendo a Jordán, concluye: “El Obispo
no tardó en ponerse en camino, llevando consigo
a Domingo. Era a mediados de octubre de 1203 ”.
¡De esto hace 800 años!
No
es éste el lugar ni el momento apropiado para
entrar en detalles, tampoco para detenernos en un análisis
histórico y cronológico más exhaustivo.
Sabemos –eso sí- que este viaje cambió
para siempre la vida de estos dos amigos. En efecto,
apenas cruzaron los Pirineos, los dos hombres de Dios
pudieron comprobar un hecho que hasta entonces no conocían
más que de oídas: el desafío del
dualismo de raíz maniquea, arraigado profundamente
en aquella región a través de diversos
grupos y sectas. Como un ejemplo elocuente del impacto
que ocasionó en ambos viajeros esta nueva realidad,
Jordán nos narra el célebre episodio del
hospedero:
“En
la misma noche en que fueron alojados en la ciudad de
Toulouse, el subprior, mantuvo con calor y firmeza una
larga disputa con el hospedero de la casa que era hereje.
No pudiendo aquel hombre resistir la sabiduría
y el espíritu con que hablaba, le recuperó
para la fe, con la ayuda del Espíritu divino
.
La
“misión matrimonial”, lo sabemos,
exigiría otro viaje y finalmente terminaría
en un fracaso. ¿Un fracaso?, sí, ¡pero
preñado de vida nueva!. Así lo expresa
Jordán de Sajonia:
“Dios
dispuso para un mayor provecho el motivo de aquel viaje,
en cuanto iba a ser el origen de un matrimonio más
excelente entre Dios y las almas, en beneficio de toda
la Iglesia; un vínculo de eterna salvación
para recobrar de múltiples maneras a las almas
apresadas por diversos errores y pecados [2 Cor 11,
2], como lo demostraron los acontecimientos que le siguieron”
5.
Una misión diplomática en nombre del Rey
-un repentino cambio de planes en la vida de Diego y
Domingo- es la ocasión que termina ofreciendo
un color diverso a sus historias iluminadas por la luz
renovadora de la gracia. Un Obispo y el subprior de
un Cabildo catedralicio, llamados a crecer y dar fruto
en el jardín limitado de Osma, se encuentran
frente a un panorama eclesial e histórico totalmente
diverso. Conocían sí las consecuencias
de las herejías allende los Pirineos, pero “sólo
de oídas”. Algo análogo a lo del
Justo Job, quien al final de su dura experiencia de
vida, en diálogo abierto con Dios, exclama: “Yo
te conocía sólo de oídas, pero
ahora te han visto mis ojos ”
En
efecto, Dios llamaba a Diego y Domingo a iniciar en
tierra extranjera una nueva evangelización que
con el tiempo adquiriría horizontes universales.
El camino fuera de lo conocido les abrió los
ojos del alma. Los dos no volverían a ser más
los mismos. Ambos viajes diplomáticos (en 1203
y 1205 respectivamente) tuvieron consecuencias “vocacionales”
para ambos ¡y no porque descubrieran una vocación
diplomática!.
Diego
de Osma, (¿en 1206?), pediría al Papa
Inocencio III que le concediera la gracia de aceptar
su renuncia al episcopado, puesto que era propósito
suyo muy querido, dedicarse con todas sus fuerzas a
la conversión de los cumanos, pueblo pagano del
este de Hungría. El Papa, lo sabemos, no aceptó
su renuncia. El Obispo posteriormente toma el hábito
del Císter; aconseja a los legados papales acerca
de la predicación de la fe contra los albigenses;
se compromete seriamente en esa misión itinerante
durante dos años; decide regresar a su sede de
Osma; a los pocos días cae enfermo y fallece
a fines de 1207.
Conocemos
con mayor detalle la vida de Domingo. A partir de estos
viajes a las Marcas su vida será la de un apóstol
itinerante hasta la muerte. Diría -¿por
qué no?- que a partir de este VIII centenario
de este “primer viaje misionero” de Domingo,
comenzaremos a celebrar con alegría otros “octavos
centenarios” de extraordinaria belleza e importancia
para toda la Familia Dominicana ¡entre ellos la
fundación de Prulla! considerada siempre como
la primera comunidad de la Orden.
LA
ITINERANCIA ¡EN EL CORAZÓN Y LA MENTE DE
TODO DOMINICO!
6.
Fray Pablo de Venecia, uno de los testigos en el proceso
de canonización de Santo Domingo, cuenta que
“el maestro Domingo” le decía a él
y a otros que estaban con él: “Caminad,
pensemos en nuestro Salvador”. También
atestigua que “dondequiera que se encontraba Domingo
hablaba siempre de Dios o con Dios”; confiesa
que “nunca lo vio airado, agitado o turbado, ni
por la fatiga del camino, ni por otra causa sino siempre
alegre en las tribulaciones y paciente en las adversidades
”.
7.
¿Entonces? ¿Una carta a la Orden sobre
la itinerancia?. Lo que tienen en sus manos, lo que
leerán y –eso espero- meditarán
en su corazón, de modo personal y en común,
es el fruto de una reflexión en el seno del Consejo
Generalicio. Cuando comencé a pensar y reflexionar
sobre el tema de la itinerancia en la vida dominicana,
preparamos una reunión con el Consejo Generalicio
en pleno. Invité también a fray Manuel
Merten, Promotor General para las monjas. Con suficiente
tiempo cada uno de los frailes preparó una breve
exposición acerca de los diversos aspectos de
la itinerancia en nuestra “sequela Dominici”:
itinerancia y vida espiritual; itinerancia y camino
formativo e intelectual; itinerancia y cada uno de los
votos religiosos; itinerancia y vida común; itinerancia
y vida contemplativa; itinerancia y gobierno dominicano;
itinerancia e inculturación; itinerancia y el
fenómeno de la movilidad humana; itinerancia
y misión; etc.. En un encuentro de tres días,
fuera de Roma, cada uno presentó su tema y todos
dialogamos sobre estos y otros aspectos de nuestra itinerancia
dominicana.
Confieso
que la cualidad de las reflexiones fue tal que, al final,
ya no me sentía capaz de escribir una carta sobre
el tema que pudiese abrazar tanta riqueza. ¡Tan
amplio el arco-iris de temas a tratar!. Por otro lado,
tampoco podíamos editar simplemente los 15 “textos”
preparados ¡Lejos de nosotros pretender publicar
una “enciclopedia” o “diccionario”
sobre el tema!.
En
una segunda etapa, intentamos meditar acerca de algunos
temas centrales alrededor de los cuales giraran otros
que también habíamos estudiado juntos.
Para ello pedí a cuatro hermanos presentaran
una síntesis elaborada de lo compartido comunitariamente.
Les presento entonces el resultado de nuestro trabajo.
Fray Roger Houngbedji (Vicariato de África del
Oeste, Provincia de Francia, Socio para África)
ha escrito acerca de la “Itinerancia en la Biblia”.
Fray Manuel Merten (Provincia de Teutonia, Promotor
para las monjas) nos ofrece su reflexión acerca
de la “Itinernacia y vida contemplativa”.
Fray Wojciech Giertych (Provincia de Polonia, Socio
para la Vida Intelectual) escribe acerca de la “Itinerancia
en el camino formativo e intelectual”. Finalmente,
fray Chrys McVey (Vice-Provincia de Pakistán,
Socio para la Vida Apostólica y Promotor de la
Familia Dominicana) nos predica acerca de la “Itinerancia
y misión”.
La
palabra iter – itineris (del griego hodós)
significa : camino, viaje, marcha, jornada ¡pongámonos
en marcha para recorrer juntos este paisaje interior
dominicano!
I
- LA ITINERANCIA EN LA BIBLIA
8. La itinerancia aparece como un tema dominante en
la Biblia. En efecto, el pueblo de la Biblia se define
principalmente como un pueblo en peregrinación.
El término ´hebreo´ por el que es
designado viene de ´ibrî´, que quiere
decir ´el otro lado´ de un límite
y evoca la idea de emigración. El pueblo hebreo
es pues un pueblo en estado de migración, un
pueblo nómada. Es en esta óptica donde
los grandes creyentes del Antiguo Testamento (sobre
todo los Patriarcas) van a considerarse como ´extranjeros´
(xénoi), puesto que no han podido obtener (sino
que lo han visto de lejos solamente) el objeto de las
promesas que Yahvé les hizo (cf Gn 23,4; Ex 2,22;
1Cr 29,15; Sal 39,13; Lv 25,23). Toda la historia del
Pueblo de Israel será entendida como una larga
marcha hacia el cumplimiento de las promesas de Dios
en su Hijo Jesús.
Por
lo mismo, la comunidad cristiana (el nuevo Pueblo de
Dios) será llamada ´el Camino´ (cf
Hch 9,2; 18,25; 19,9.23; 22,4; 24,14.22), lo cual destaca
la idea de camino o de itinerancia. En tal perspectiva
el autor de la carta a los Hebreos presentará
a la comunidad cristiana como una comunidad de peregrinos
sobre la tierra (He 11,13), en marcha hacia la ciudad
futura sólidamente construida (He 13,14). Los
cristianos viven pues aquí abajo como ´desarraigados´,
pero ´arraigados´ allá arriba, en
la ciudad celeste, que es el objetivo último
de su caminar. San Pedro en su carta (1P 1,17) mostrará
que desde el momento en que los cristianos no pertenecen
más que a Dios deben considerar su paso por la
tierra como una estadía transitoria, sin ninguna
atadura con este mundo de aquí abajo. El término
técnico utilizado por el Nuevo Testamento para
expresar esta situación pasajera del cristiano
en este mundo es parepidêmos, que indica el extranjero
no establecido, el viajero, y se opone al extranjero
con residencia permanente.
Es
claro, pues, que en la mentalidad bíblica toda
la vida del creyente, su relación con Dios, está
polarizada por la idea de la marcha, del camino, de
la itinerancia. La cuestión es saber en qué
consiste esta itinerancia o qué la caracteriza.
Una visión de conjunto permite señalar
tres grandes rasgos característicos de la itinerancia
bíblica.
ITINERANCIA
COMO ÉXODO
Desplazamiento
espacial
9.
El camino de Dios (hodos) se define como una partida,
una salida, un éxodo. El creyente está
llamado a abandonar un lugar determinado, a romper su
lazo de unión a un mundo físico o geográfico,
para ponerse en camino e ir más allá.
La itinerancia está tomada aquí en su
acepción geográfica, física. En
este sentido se puede comprender la itinerancia de Abrahán,
que debe salir de su tierra para aventurarse en un país
extranjero (Gn 12,1-9). La Palabra de Dios que le es
dirigida lleva al patriarca a hacer una ruptura total
con su patria y todos los vínculos humanos para
lanzarse a un camino donde sólo la fe es determinante.
La fe del patriarca consiste precisamente en una respuesta
incondicional que le lleva a comprometerse en un camino
del que sólo Dios conoce la salida. Lo mismo
sucede con el profeta Elías, que se pondrá
en camino hasta el Horeb, donde Dios, a través
de una brisa ligera, se le va a revelar (1R 19,4-8).
La itinerancia exige pues aquí un salto a lo
desconocido que es el lugar de la fe.
Además,
el pueblo elegido en su conjunto está marcado
también por la experiencia del éxodo fuera
de Egipto, una experiencia que va a determinar toda
su vida. Guiado por Dios y por Moisés, el pueblo
es llamado a comprometerse en un camino largo y difícil
por el cual, a través de mil pruebas, llegará
a conocer a su Dios y a hacer su entrada en la tierra
prometida. A causa de sus numerosos pecados ese pueblo
será exilado de nuevo, esta vez a Babilonia,
donde va a experimentar la dolorosa experiencia de su
condición de ´peregrino´, considerándose
como un grupo de refugiados o de exilados en territorio
extranjero (cf Sal 137). Cuando llegue su liberación
se verá de nuevo llamado a lanzarse a un nuevo
éxodo, signo de la liberación que llevará
a cabo el Siervo de Yahvé, cuya misión
consiste en hacer salir de la esclavitud más
profunda constituida por el pecado (Is 42,1-9; 53,5-12).
En
el Nuevo Testamento Jesús será presentado
también como un gran itinerante. En efecto, en
los evangelios aparece como un gran viajero, siempre
en camino (cf Lc 9,57; 13,33; Mc 6,6b), pasando de Samaria
a Galilea o haciendo la ruta hacia Jerusalén
(Lc 9,51). Él mismo se presenta como el Hijo
del hombre, que no tenía un lugar donde reclinar
su cabeza (Lc 9,58). Enviará a sus discípulos
a caminar (Lc 10,1-9; Mt 10,5-15) y señalará
la condición de discípulo como un compromiso
en su seguimiento (Lc 9,59-62; Mc 2,13-14; Jn 1,43).
Toda la misión de los apóstoles después
de la muerte de Jesús se realizará en
la perspectiva de una gran itinerancia (cf Hch 16,1-10;
2Co 11,23-28).
Se
aprecia pues que la itinerancia en la Biblia es en primer
lugar y ante todo geográfica-espacial en el sentido
de paso de un lugar a otro -el término ´paso´
significa también la Pascua, el Éxodo
(Jesús realizó su Pascua pasando de este
mundo a su Padre: Jn 13,1). Y hay que señalar
que el desplazamiento espacial indica siempre una misión.
Desplazamiento
espacial en vistas a una misión
10.
En la perspectiva bíblica los desplazamientos
que se hacen por motivo de un mandato o de una obediencia
se realizan a menudo en vistas a una misión:
entregar un mensaje, hacer una obra. Es el caso de Moisés,
por ejemplo, en su encuentro con Yahvé (Ex 3,1-6),
que será el comienzo de su misión: mientras
que antes, por miedo a la guardia, Moisés debió
huir de Egipto (2,15), por petición de Dios regresa
para liberar a su pueblo. En el transcurso de dicha
misión recibirá frecuentes peticiones
de Yahvé para ir a reunirse con el Faraón
y conducir a su pueblo al desierto, para recibir la
Ley y dársela al pueblo. De hecho todo el libro
del Éxodo se presenta como una itinerancia vivida
como obediencia a Dios.
Así
sucede también en los libros proféticos.
En efecto, el profeta es tomado por Dios en la situación
en que se encuentra para cumplir una misión.
Muy a menudo esa misión le lleva a enfrentarse
al rey o a las autoridades religiosas, a poner en peligro
su propia vida . Es decir que la obediencia pedida supone
no solamente un desplazamiento sino también un
riesgo que se asume. La misión no se cumple sin
riesgo, como sucede con Elías, prototipo de profeta:
tiene que huir de su país para asegurar el éxito
futuro de su misión (1R 17,3.9), regresar para
enfrentar al rey Ajab, para darle el mensaje dictado
por Dios (1R 18,1; 21,18-19) y abandonar el lugar de
su encuentro con Dios para continuar su misión
(1R 19,15-16). Tenemos una especie de resumen de este
esquema cuando el profeta suplica a un simple creyente
que sea su intermediario : el mandato ordena un desplazamiento
en vistas a entregar un mensaje, pero hay un riesgo
y por tanto razón de tener miedo (1R 18,7-16).
En
el Nuevo testamento el mandato que exige un desplazamiento
va siempre asociado a la predicación del Reino,
del tiempo de Jesús (cf Lc 9,2) o a la misión
después de su resurrección (Mt 28,19-20).
Las condiciones son precisas: se trata de viajar sin
equipaje embarazoso y sin medios especiales. Notemos
que se puede negar alguien a seguir la llamada por rechazar
la itinerancia (Mt 19,16-22; Lc 18,18-23; Mc 10,17-22).
ITINERANCIA
COMO CONVERSIÓN
11.
A la itinerancia geográfica-espacial va ligada
la itinerancia espiritual, que aparece como el lugar
de una conversión, entendida como ´metanoia´
(cambio radical de espíritu, de mentalidad).
En efecto, en la Biblia la itinerancia geográfica
siempre va acompañada de la itinerancia espiritual:
el desapego de un lugar para ir a otro se hace en vistas
al desapego de sí mismo para no pertenecer más
que a Dios. El término bíblico utilizado
para manifestar este lazo entre ambos tipos de itinerancia
es ´dérék´ (camino), derivado
de ´darak´ (caminar), que indica el camino
espiritual que se debe asumir para corresponder a la
voluntad y al plan de Dios. En la mentalidad de Israel
la persona, por culpa de sus pecados y de su rechazo
a realizar los designios de Dios, debe conformar su
modo de existencia, sus hechos y sus gestos, a la voluntad
divina (Miq 6,8; Is 30,21; Os 14,10; Sal 119,1). Es
la condición para que pueda llegar a la verdadera
vida (Prov 2,19; 5,6; 6,23; Dt 30,15; Jer 21,8). La
conversión consiste en todo el proceso espiritual
(la itinerancia espiritual) que se debe realizar para
corresponder a la voluntad de Dios. En esta perspectiva
es como se entiende todo el cambio que se obra en la
vida del profeta que recibe una misión específica
de Dios. El llamado de Dios se apodera de él
y afecta profundamente su estado social, su modo de
vida, al mismo tiempo que le pide cumplir una misión
que incluye un desplazamiento, una itinerancia (cf Os
1,2; Jon 1,2; 3,2). El desplazamiento aquí no
es sólo espacial sino también simbólico,
en la medida en que toca a la vez la vida del profeta
y la del pueblo, en su relación a la Ley.
Esta
misma idea es retomada en el Nuevo Testamento a través
del término ´hodos´, que indica el
camino (Hch 18,26) que los discípulos deben emprender
para llegar a la vida (Mt 7,13-14). En esta perspectiva
se inscriben las condiciones planteadas por Jesús
para entrar en el Reino (Mc 1,15) y las que se les exige
a los discípulos que quieren comprometerse en
su seguimiento (Mc 8,34-35). Seguir a Cristo aquí
conduce al discípulo a una renuncia radical a
sí mismo y a todas sus tendencias egoístas
a fin de hacer depender su vida únicamente de
él solo. El seguimiento de Cristo (itinerancia
geográfica) está así condicionada
por la renuncia radical, como lugar de conversión
(itinerancia espiritual). La itinerancia espiritual
se presenta aquí como el lugar de una identificación
con Cristo.
ITINERANCIA
COMO IDENTIFICACIÓN CON CRISTO
Cristo
como camino
12.
La gran innovación del Nuevo Testamento es la
identificación del camino con Cristo: Cristo
mismo se presenta como la vía viviente que lleva
al cielo y permite el acceso al Padre (Jn 14,6). Tal
identificación de Cristo con el camino muestra
que la ruta a tomar (sea física o espiritual)
no es un conjunto de leyes o de actitudes sino la Persona
de Cristo, la sola vía con la cual debe identificarse
el discípulo para tener acceso a Dios Padre.
Todo el rumbo del cristiano (su itinerancia) va a consistir
en identificarse con Cristo por su vida de fe. Creer
en Cristo consiste, pues, en ir y unirse con él
(comprometerse existencialmente cara a cara con él),
de modo que se apropie de sus dones y riquezas, condición
para alcanzar a Dios.
La
identificación con Cristo (el camino que lleva
al Padre) se presenta aquí como aquello que le
da al cristiano la consistencia, la estabilidad que
le permite proseguir el rumbo a pesar de las dificultades
y las pruebas del camino. Dicho de otra manera, identificarse
con Cristo -lugar de una vida de fe y de enraizamiento
en su Persona- es lo que le da al discípulo el
impulso para una auténtica itinerancia. No hay
verdadera itinerancia sin la búsqueda de una
cierta fijeza o estabilidad en Cristo.
Obediencia
e itinerancia en la Orden
13.
La cuestión de la identificación con Cristo
-lugar de conformidad a su voluntad y de la obediencia-
tiene una relación muy fuerte con la itinerancia
en la Orden. En efecto, en la tradición dominicana
la itinerancia a partir del hecho de la obediencia es
el origen mismo de la Orden, o más bien, de su
desarrollo espectacular fuera de la región tolosana.
Santo Domingo dispersa a sus frailes de dos en dos (Libellus
47), probablemente pensando en la idéntica acción
de Jesús cuando envió a sus discípulos
de dos en dos . Se trata de una obediencia que excluye
la discusión (cf Deposición de fr. Juan
de España, Deposición de Bolonia, 26)
y que fue mantenida a pesar de la oposición de
los hermanos y de las autoridades civiles y religiosas
amigas de santo Domingo. El fruto sería el magnífico
desarrollo de la Orden. Allí incluso se trata
de una dispersión en vistas a una misión,
la de la predicación y la propagación
de la vida apostólica según el modelo
imaginado y deseado por santo Domingo. Los testimonios
(deposiciones) en el proceso de canonización
del Maestro Domingo muestran que los hermanos viajaban
mucho de un lugar a otro en función de las necesidades.
Un ejemplo de esa movilidad es la asignación
del bachiller Reginaldo a París, a pesar de que
estaba haciendo maravillas en Bolonia (Libellus 61-62).
La
obediencia religiosa no es un fin en sí. Está
al servicio de la misión de la Orden, tal como
ella es definida por los Capítulos Generales
y Provinciales, y le asegura a la Orden la necesaria
libertad para su acción (Bolonia 33). Es un medio
para que los hermanos, como cuerpo constituido, respondan
a las exigencias del bien común que deben alcanzar
juntos porque ha sido discernido en conjunto. La obediencia
no es pues la expresión del capricho del superior
o del capítulo, sino la expresión personalizada
del esfuerzo que se le pide a todos en vistas a la misión
o al bien de la Orden en circunstancias particulares.
Como éstas son cambiantes por naturaleza, conviene
que los frailes acepten cambiar también, a fin
de responder mejor a la misión. La movilidad
intelectual, apostólica, de los cargos, de los
lugares, es la consecuencia de la misión evaluada
y diseñada en común. Tanto el inmovilismo
como la exagerada movilidad son evasiones con relación
a la misión. La obediencia es un medio para regular
la movilidad en orden a la misión, para provocar
la itinerancia a fin de responder a las necesidades
impuestas por las circunstancias o deseadas por un Capítulo.
Evidentemente, para alcanzar lo que nos enseña
la Biblia, la itinerancia querida y aceptada en el cuadro
de la obediencia religiosa supone la fe, por una parte,
en la capacidad de la institución para discernir
el bien común y, por otra parte, en Dios puesto
que es su Evangelio quien está en el origen de
nuestra presencia en la Orden y en la misión
confiada por la Iglesia, a la que nosotros servimos
lo mejor que podemos. En este sentido, para nosotros,
la obediencia religiosa y la itinerancia que de ella
puede resultar están íntimamente ligadas
a nuestra vida religiosa, pues ésta se da en
orden a la predicación del Evangelio. Por algo
será que el único voto que nosotros declaramos
públicamente es el de la obediencia.
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