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las ‘relaciones’ de los provinciales aparece
una preocupación constante: su dificultad en
encontrar la asignación más apropiada
para los hermanos que comienzan su ministerio.
Me
parece que hay dos problemas básicos. El primero
es que, a causa de la falta de visión y planificación
en algunos capítulos provinciales, el Provincial
se ve en la obligación de llenar demasiados huecos
con el perjuicio consiguiente de los jóvenes.
El segundo es que, desgraciadamente, existen pocas comunidades
en las provincias abiertas a recibir los valores que
los jóvenes representan y pocas comunidades que
pueden garantizar una vida comunitaria y apostolado,
de acuerdo con nuestra legislación.
Planificación
A
medida que algunas de nuestras provincias decrecen en
número, su posibilidad de continuar con sus compromisos
apostólicos se hace progresivamente más
difícil. Las provincias que se enfrentan con
este problema y reestructuran sus compromisos están
en mucho mejor condición que las que no lo hacen.
El aplazar la necesaria reorganización no sirve
más que para complicar los problemas que tienen
que ser afrontados. Dos ejemplos de reorganización
con éxito son las provincias de México
e Inglaterra. En capítulos sucesivos han cerrado
algunas casas, lo que les ha permitido emplear su personal
en otra parte y emprender nuevos apostolados. Aunque
tal reorganización nunca es fácil, el
futuro de las provincias y de los vicariatos depende
de ella.
Las
Constituciones y los últimos capítulos
generales insisten en la necesidad de la planificación.
Es responsabilidad de todos, no sólo de los superiores;
tiene que hacerse en nuestras casas y en nuestras provincias
y Vicariatos (cf. Walberberg, nº 17c, 78, 201).
Es
fácil examinar compromisos y ver las nuevas necesidades
de una manera abstracta, pero cuando nos enfrentamos
con el cierre de una casa o el abandono de un apostolado,
con frecuencia no nos decidimos a actuar. Esto se puede
ver incluso cuando una comunidad tiene que revisar su
horario de misas. No es raro que las preferencias de
los religiosos se pongan antes de las reales necesidades
de los fieles o de las exigencias de la liturgia respecto
a la participación y predicación.
Lo
que escribe Donald Nicholl sobre la búsqueda
de la verdad de la realidad y el dolor que comporta
el abandonar fórmulas, imágenes y símbolos
antiguos se puede aplicar igualmente al abandono de
sitios que nos son queridos:
“Yo
me esforcé en vano durante muchos años
por encontrar esta característica de nuestro
anhelo por la verdad, hasta que un día me vino
como una iluminación … del comentario que
Santo Tomás de Aquino sobre la bienaventuranza
“Bienaventurados los que lloran”. Dice Santo
Tomás que es una bienaventuranza especial para
aquellos cuya vocación es extender las fronteras
del conocimiento. La vocación es extender las
fronteras del conocimiento. La afirmación de
Santo Tomás es, por lo pronto, intrigante e invita
a uno a preguntarse por qué es así. La
respuesta que da Tomás es que siempre que nuestras
mentes anhelan una nueva verdad se ven afligidas por
el dolor, en cuanto todo nuestro ser desea proteger
el estado de inercia y comodidad que nos hemos establecido.
Perderlos como perder una parte de nosotros mismos y
el dolor es como un síntoma de nuestra pena y
sus consecuencias. Además experimentamos una
especie de aflicción …., por que esos formularios,
imágenes y símbolos han sido durante años
parte de nosotros mismos. Perderlos es como perder parte
de nosotros mismos y nosotros lloramos esta pérdida
como se llora la pérdida de un miembro”
(Sedos, Febrero 1990).
Hay
que saber morir para vivir. La poda del Evangelio se
extiende no sólo a nuestras vidas, sino también
a las casas en que vivimos y a nuestros apostolados.
En muchos sitios continuamos pegados a edificios que
no son más que museos. Quizás el Estado
nos haga un favor cuando nos quita algunos de nuestros
edificios y los mantiene abiertos al público,
que continúa así participando de nuestra
herencia material. ¿Podríamos nosotros
conservar conventos como San Marcos de Florencia o Santo
Domingo de Oaxaca tan bien como lo hace el Estado? Y
si lo hiciéramos, ¿para qué serviría?
Los religiosos jóvenes no pueden ser asignados
a comunidades que viven en viejos edificios en ruinas.
Además
algunas provincias se enfrentan con el problema de conservar
fundaciones en lugares que ya no son centros urbanos
o en zonas ya debidamente servidas por otros. Si ligamos
nuestro proyecto de predicación a tales fundaciones,
¿somos fieles a nuestra vocación “de
estar presentes a Dios y al mundo” de hoy? Con
el espíritu del Evangelio deberíamos tener
el valor de “lanzarnos en alto mar” y cambiarnos
a centros nuevos de población. Jesús pone
a la gente por encima de las cosas. Con esto no quiero
decir que todo lo viejo deba abandonarse; el mantenimiento
de algunas fundaciones puede ser un trampolín
de nuevos apostolados. Se ha dicho que “las condiciones
de esperanza y las condiciones de desesperación
son –a menudo- las mismas”. Esta es ciertamente
mi experiencia. En nuestra actitud y respuesta a falta
de respuesta lo que hace las cosas así. Juntos,
en el Espíritu, en los capítulos a nivel
de las comunidades locales debemos de planificar para
el futuro. Los ministerios tradicionales deben ser revisados
y evaluados y hay que desarrollar nuevas formas de predicación.
En
particular, necesitamos prestar atención al número
y cualidad de nuestras parroquias. El Capítulo
de Ávila recomendó que toda petición
para responsabilizarnos de una parroquia debería
tener presente las exigencias de nuestra vida religiosa
y cualidad de nuestro apostolado itinerante. Nos recomienda
también que nuestras parroquias no sean aceptadas
con facilidad y que sean sujetas a revisión periódicamente
los capítulos provinciales. Estos principios
tienen que ser aplicados a nuestras parroquias del mundo
entero.
Debe
mantenerse una evaluación parecida de nuestras
universidades, colegios, santuarios y capellanías
de hospital.
Vida
Comunitaria e Inserción de los Jóvenes
Mi
segunda preocupación es la primera asignación
de los jóvenes apenas terminada su formación
inicial. Como dije antes, en muchas provincias hay pocas
comunidades que ofrezcan a los jóvenes un sitio
donde puedan vivir su vida religiosa en consonancia
con un sentido actual de la vida de comunidad y de un
apostolado específicamente dominicano. Debería
de existir continuidad entre la formación inicial
y la experiencia de la vida comunitaria de la Provincia.
Los
jóvenes tiene que ser recibidos como adultos,
no como niños. No los debemos de considerar como
mero reemplazo de nosotros mismos. Ellos tienen su propia
visión, sus propias esperanzas. Como nosotros
aprendimos cometiendo errores, también ellos
cometerán los suyos y aprenderán así.
Recuerdo el comentario de un viejo sacerdote que decía:
“Los jóvenes son nuestros hijos, tienen
que aprender de nosotros y no están preparados
para ello”. Yo respondí: “Padre,
ellos no son sus hijos. Son gente adulta que viene a
una comunidad adulta. Si, tienen mucho que aprender,
tienen también mucho que dar y no debe existir
la relación de un padre o de un abuelo para con
un niño. Es relación de adultos que tienen
mucho que aprender unos de otros”.
Pienso
que tenemos que ser muy cuidadosos sobre el lugar donde
se destina a los jóvenes. Necesitan una asignación
donde no sólo reciban una bienvenida calurosa,
sino donde puedan sentirse en casa y se sientan animados
en su apostolado. Debería de pedirse siempre
el consejo de los responsables de la formación.
Recordemos que, para muchos, la primera asignación
significa el paso de la estabilidad a la inestabilidad.
Uno
de los problemas que encuentran parece se la soledad,
el sentimiento de haber sido abandonados sin ayuda.
No podemos eliminar todo el dolor, la soledad, los fallos
de los primeros años de comunidad y apostolado,
pero tenemos que acompañarlos. Si es posible,
que el nuevo hermano forme parte de un equipo o que
trabaje al menos con otro dominico. Al principio, tratemos
de no confiarles proyectos individuales, aun cuando
vivan en comunidad. No los destinemos a tapar huecos
en viejos proyectos que ha perdido su significado. El
equipo apostólico, la cualidad de la vida en
la casa de asignación y una buena relación
con uno o más miembros de la comunidad son tres
puntos de un triángulo; cuando más débil
sea uno de ellos, tanto más fuertes tienen que
ser los otros.
No
logro entender la mentalidad que asigna a los jóvenes
a vivir y trabajar solos o en comunidades donde no existe
una sana vida comunitaria. ¿Cómo podrán
sobrevivir? Además, dudo mucho que sea prudente
enviarlos a realizar estudios complementarios inmediatamente
después de la formación inicial, cuando
es necesario un año o más para asentarse
en el ritmo de su ministerio. ¡Cuántos
ejemplos conozco de jóvenes que entran en crisis
en los años inmediatos a su ordenación!
No existe un sistema que pueda predecir en qué
forma uno responderá en situaciones difíciles,
pero sí sabemos de cuánto valor puede
ser la vida comunitaria. ¿Cuándo cesa
uno de nosotros de necesitar apoyo y sostén en
nuestro Trabajo? ¿Hemos olvidado lo que era ser
jóvenes? ¿Hemos olvidado nuestro primer
intento de predicar, nuestra preocupación, nuestros
fallos, esperanzas y miedos?
Necesitamos
interrogarnos sobre nuestra actitud respecto a los jóvenes
y su mundo. ¿Nos esforzamos por entender los
sentimientos de los jóvenes, que frecuentemente
tienen experiencias culturales y religiosas diferentes
de las nuestras? ¿Somos capaces de introducirnos
en su mundo, como, nosotros queremos que ellos se introduzcan
en el nuestro? Muchos hablan de “los buenos tiempos
pasados”, pero no tienen en cuenta la promesa
y la esperanza de hoy. El Capítulo de Ávila
nos cuestiona cuando dice:
Si
realmente queréis estar abiertos al futuro, es
necesario cumplir una condición fundamental:
Aprender a tener verdadera confianza en los jóvenes.
Si logramos esto, seremos compañeros de camino,
capaces de paciencia, de comprensión y esperanza,
capaces de acoger con alegría la novedad que
los jóvenes aportan. Además podremos confiarles
responsabilidades apostólicas serias, no sólo
con la gente de su edad…, sino también
en el seno de nuestras comunidades cristianas. También
aprenderemos de ellos cómo promocionar más
eficazmente la evangelización del mundo (cf.
cap. IV, Nº 67.3)
Los
Jóvenes y las Cuatro Prioridades
Otro
aspecto de la primera asignación es el justo
empleo de los talentos. Pensar que un joven puede hacer
todo o casi todo como las personas que lo han precedido
es ingenuo. Una comunidad debe ofrecer el contexto de
un ministerio, pero es el individuo el que lo anima
según su propia habilidad y talento. Concedamos
a los otros no el privilegio, sino el derecho de hacer
las cosas de modo diferente. Dejémosles espacio
para expresar sus propias opiniones, cuando se trata
de mejorar la predicación, los estudios, la enseñanza,
las relaciones humanas… Dejémosles sitio
para desarrollar su iniciativa, creatividad y capacidad
organizativa; en una palabra un ambiente que les permita
crecer y ser ellos mismos.
Para
nosotros, este desarrollo se realiza dentro del marco
de las ‘cuatro prioridades’, que ofrecen
grandes posibilidades al desarrollo de los talentos
de un hermano. A este respecto todas las provincias
deben de preguntarse lo siguiente: ¿Realizamos
una evangelización entre los que no creen en
Jesús? ¿Tenemos jóvenes en el trabajo
intelectual, necesario para predicar y enseñar
en la cultura de hoy? ¿Existen quienes se identifican
con los pobres y la lucha por la justicia y la paz?
¿Hay en nuestra Provincia quién esté
comprometido en los medios de comunicación social?
En
cuanto Orden tenemos una larga tradición de creatividad
apostólica; no es sólo prerrogativa de
la juventud. Sigo admirando todavía la actitud
creativa de un anciano misionero alemán en Taiwan
frente a la sociedad en cambio continuo de aquella nación.
Pero también debemos de seguir impulsando la
creatividad entre los jóvenes.
Durante
siglos, una de las formas en que los artistas han representado
a los dominicos ha sido llevando libros bajos sus brazos.
Dos siglos antes de la revolución de la imprenta,
la Orden desempeñó un papel importante
en hacer de los libros un medio familiar de comunicación.
Una lista incompleta de autores dominicos abarca más
de 5.000 nombres. Una creatividad semejante se dio en
las misiones. En 1226 Honorio III concedió a
los frailes que trabajaban en Marruecos permiso para
adaptar su hábito al de la gente a fin de facilitar
su trabajo. En otro campo Alberto y Tomás adaptaron
y asimilaron el pensamiento de Aristóteles poniéndolo
al servicio de la Iglesia. Existe en la Biblioteca Vaticana
un ejemplar del siglo XV del famoso juego moralizante
del ajedrez (De Ludis Scacchorum) de Jacobus de Cessolis
de nuestra casa de Génova, de hacia 1290. El
dibujo de la portada es un dominico mostrando desde
el púlpito un tablero de ajedrez, en un temprano
intento de ‘comunicación’ efectiva.
Cada uno de nosotros está así desafiando
a escribir su proprio capítulo en la historia
futura de la Familia dominicana.
En
el púlpito, en los medios, en el desarrollo del
pensamiento cristiano y en el trabajo de evangelización
la Orden ha demostrado un alto grado de creatividad
y de adaptación: así debemos de actuar
nosotros. El gran peligro es la complacencia y la preocupación
por nuestra propia seguridad.
También
aquí los jóvenes tienen que tener el valor
de comprometerse en los apostolados de frontera, pero
los apostolados de frontera necesitan vida de comunidad
y preparación cuidadosa.
Por
encima de todo, Predicadores
Antes
que nada somos predicadores. En muchas provincias la
preparación para la predicación durante
los años de formación es ahora mejor que
nunca. Aprenden sus métodos en grupo o en una
comunidad que los estimula a la predicación.
Creo que debería existir una experiencia comunitaria
en la preparación de los sermones y en la condivisión
de la Fe. Continúo recomendando a las comunidades
que se reúnan y compartan sus reflexiones, puntos
de vista y experiencia en la preparación de la
próxima predicación. El ideal sería
que participasen los laicos, las hermanas y quienes
están comprometidos en el ministerio pastoral.
Esta pudiera ser la estructura de la formación
permanente en la predicación.
Tenemos
más de mil hermanos en formación. Un buen
número en relación a nuestro contingente
total. Incluso se puede esperar que en un próximo
futuro el número de los jóvenes siga creciendo.
El futuro es de ellos.

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