
ste
año es el 750 aniversario de la canonización
de santo Domingo. En la bula de canonización
el Papa Gregorio IX habla de la santidad apostólica
de santo Domingo y de la fecundidad de su familia espiritual.
Sin duda, el mejor modo de celebrar este aniversario
será una reflexión sobre estos aspectos
de la vida de santo Domingo en relación con nuestro
modo de vivir hoy su ideal.
Como
santo Domingo, nosotros estamos llamados, por el bautismo,
a ser santos. El evangelio del Miércoles de Ceniza,
invitándonos a la conversión, nos recuerda
tres elementos esenciales de la vida cristiana: Oración,
ayuno, limosna. El proceso de canonización de
santo Domingo nos ofrece claramente su vivencia de estas
realidades con singular intensidad.
1.
La oración “Ciertamente
él fue muy ferviente y constante en la oración,
más que cualquier otro hombre que él había
conocido”. Sabemos que santo Domingo, fue al mismo
tiempo, siempre fiel a la obligación de la oración
común en el coro y practicó la oración
privada en el más alto grado de intensidad. “Oraba
más que los otros hermanos que vivían
con él guardando largas vigilias” (Juan
de España).
Necesitamos
ser hombres y mujeres de oración en el sentido
de orientar la totalidad de nuestras vidas hacia Dios
y siendo fieles a la oración comunitaria y privada
si queremos conocer la voluntad de Dios para nosotros
y llevarla a la práctica. El ritmo de la oración
será diferente para cada rama de nuestra familia:
las monjas de clausura, el predicador, las religiosas
de vida activa, el laicado dominicano y, además,
será diferente para cada persona dentro de cada
grupo. Lo importante es que cada individuo, cada grupo,
se dé cuenta de su necesidad de orar y establezca
el ritmo conveniente para orar y para ser fiel a este
ritmo.
2.
Ayuno. Santo Domingo fue frugal en la comida
y en la bebida pero particularmente respecto de cualquier
manjar exquisito.
Cada
uno de nosotros debe examinar su estilo de vida: nuestra
comida, nuestra bebida, nuestras vacaciones, nuestros
viajes. También debemos ensanchar nuestra perspectiva
de la penitencia en el sentido que el Papa Juan XXIII
hizo cuando decía que nos hemos de dejar mortificar
por los demás y hemos de mortificarnos un poco
a nosotros mismos también.
Hay
un lugar para imponernos nuestros ayunos y penitencias,
pero eso es la penitencia menos importante. La penitencia
más importante viene de fuera, de aceptar las
mortificaciones de los otros, las dificultades de la
vida diaria, el sufrimiento causado por la envidia,
la celosía, la crítica, la intolerancia,
el egoísmo.
Santo
Domingo nos enseña a ocuparnos de los demás,
de nuestros compañeros (“él estaba
siempre dispuesto a la dispensa” de los otros),
de los pecadores. Debemos cuidar nuestras propias respuestas
y no juzgar las respuestas de los otros. “Nunca
oyó una palabra mala, hiriente, ociosa de los
labios del Hermano Domingo”.
3. Limosna. “Movido a compasión
y misericordia, el Hermano Domingo vendió sus
libros (que él había anotado) y otras
posesiones y dio el dinero a los pobres”.
Nuestro Señor nos dice (Mt. 25) que las cosas
ordinarias de cada día son importantes para su
seguimiento … me disteis de comer, vinisteis a
verme. Nosotros hacemos realmente un servicio a los
demás cuando les ayudamos a superar las raíces
o causas de la injusticia y de la opresión. Es
necesario que nos dediquemos nosotros mismos a la causa
de la justicia y de la paz según las mejores
tradiciones de la Orden, pero ninguno de nosotros se
puede sentir desligado de la obligación del servicio
personal a los demás dentro y fuera de nuestras
comunidades.
En
este contexto también, es importante que cada
comunidad dedique un porcentaje de sus ingresos a la
ayuda de los pobres como una asignación normal
de sus recursos. Debemos también acoger con mucha
más seriedad las recomendaciones de nuestras
constituciones respecto a la repartición de bienes
entre nosotros y la tasa provincial y general debe ser
vista claramente como parte de esta repartición
de bienes entre nosotros.
Nuestro
compromiso cristiano se vive en la Familia dominicana.
Nos sentimos inspirados por el ejemplo de la vida evangélica
de santo Domingo y también por su celo apostólico.
“Pareció
al testigo (Juan de España) que él era
más celoso por la salvación de las almas
que cualquier otro hombre que jamás hubiese conocido”
y esto se manifestaba principalmente en su dedicación
y constancia “en la predicación y oyendo
confesiones”.
Nuestra
Familia no puede perder estas características
de nuestra dimensión apostólica. Santo
Domingo fundó su Orden para ser llamada y ser
realmente de predicadores. Existirán otras necesidades
y se fijarán otras prioridades pero para nosotros
todo estará orientado hacia la salvación
de las almas, la nuestra propia y la de los otros, mediante
la predicación.
Los
capítulos generales recientes han sido muy claros
proponiendo estas cuatro prioridades para nuestra actividad
apostólica hoy: Enseñanza-investigación;
Justicia y Paz; Medios de comunicación Social;
atención a todos aquellos que necesitan comprender
mejor el mensaje de Cristo.
No
todos estamos llamados igualmente a dedicar nuestras
energías en una o en las cuatro prioridades,
ni tampoco se nos pide que abandonemos nuestros apostolados
tradicionales, pero sí se nos pide que cada uno
de nosotros aporte algo a cada una de estas prioridades
en todo lo que hagamos y examinar nuestra acción
individual o común (conventos, congregaciones,
provincias) a la luz de estas prioridades establecidas.
Esto exige una gran capacidad de escucha en cada uno
de nosotros, una constante buena voluntad para aprender
a adaptarse y una disposición para aprovechar
los talentos y la ciencia de los otros.
En
nuestra Familia, consiguientemente, se da gran importancia
a la comunidad. El sistema de gobierno de santo Domingo
y su ejemplo aceptando la voluntad de los hermanos son
directrices esenciales para que vivamos este tipo de
vida comunitaria. Normalmente, esto quiere decir que
un grupo de hermanos o también de hermanas viven
juntos.
He estado presente en inútiles discusiones, donde
los hermanos trataron de determinar el “ideal”
o número mínimo de frailes para componer
una comunidad dominicana y sin embargo me he sentido
edificado por la adhesión a los ideales comunitarios
de algunos hermanos que viven solos por obediencia o
por razón de su labor apostólica.
Pero
parece que el número de hermanos y de hermanas
que viven fuera de la comunidad está aumentando.
Esto debe interpelarles a ellos sobre cómo viven
su compromiso con la comunidad y a nosotros cómo
es la calidad de nuestra vida comunitaria
La
dificultad que algunas casas y provincias han tenido
para encontrar hermanos que acepten cargos administrativos
como un servicio para toda la Orden y para la Iglesia
es notable y exige una reflexión de parte de
todos nosotros sobre el valor apostólico de la
vida administrativa.
Finalmente
el Papa Gregorio IX habla de la fecundidad de la Familia
de santo Domingo. La lista de nuestros santos y beatos
(religiosos y laicos, hombres y mujeres, casados y célibes)
es variada e impresionante y nos muestra cómo
gentes de diferentes capacidades y de diferentes naciones,
en todo tiempo, han encontrado modos de realizarse y
medios para santificarse en nuestra Familia. Hoy no
debería ser diferente.
Quiero
recordar dos cosas que los últimos capítulos
y congresos han dicho. La primera es la colaboración
dentro de la Familia en la actividad apostólica
y esto exige promocionar y dar el lugar justo a las
mujeres y al laicado. El capítulo de Walberberg
y de Roma tiene muchas y buenas enseñanzas en
este sentido.
La
segunda es que nosotros debemos ser fieles a nuestra
vocación a la misión que está encarnada
tan profundamente en la vida de santo Domingo. El Congreso
de Madrid, de 1973, marca un gran avance en nuestro
concepto de Misión y yo espero que el Capítulo
general de Ávila, 1986, fecha del IV Centenario
de nuestra Provincia misionera, desarrollará
aún más nuestro concepto de Misión
e incrementará la conciencia de la dimensión
misionera de nuestra Familia.

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