
a
formación en todas sus etapas tiene una importancia
vital para el bien de la Orden y de sus religiosos.
Pero precisamente porque es tan importante — y
tan compleja — hay sobre ella tantas opiniones,
cuantos dominicos hay en el mundo.
A
pesar de todo, es necesario establecer algunas verdades
acerca de la formación y reflexionar sobre ellas:
1
La formación es un proceso que dura toda la vida.
Para algunos, la formación era algo que terminaba
con la profesión solemne o con la ordenación,
víctimas de una cierta tendencia a identificarla
con los estudios institucionales y no con una forma
de vida.
2.
Por lo tanto, es necesario dar importnacia a todas las
etapas del proceso de la formación. La formación
inicial es sólo una parte del mismo, aunque hay
que reconocerle una función única y crucial.
3.
Para hacer realidad la formación en cada una
de sus etapas, se necesitan estructuras adecuadas que
capaciten a los religiosos a vivir la vida religiosa
en las circunstancias actuales. Esto exige claridad
sobre las diferentes etapas de la formación y
una preocupación: “…determinar, a
tenor de las necesidades regionales y de las fuerzas
de que disponga, los objetivos principales del ministerio
de los frailes” (LCO 106, III).
¿Qué
es la Formación?
En
el concepto de FORMACIÓN concurren cuatro elementos
básicos: humano, religioso, intelectual y pastoral.
Estos cuatro elementos deben de estar presentes en cada
una de las etapas de la formación, aunque uno
y otro pueda predominar en algunas de ellas. Puesto
que pudiera insistirse sobre cualquiera de estos elementos
con perjuicio de los otros, debemos de ser conscientes
de que los cuatro aspectos son necesarios para relaizar
un cambio de renovación.
“No
podemos decir que las experiencias por sí solas
sean la única norma de verdad, pero sí
que seamos conscientes de la importancia que tienen
nuestras experiencias, y el lugar que nuestros sentimientos
y emociones guardan como apoyos para alcanzar la verdad
sobre nosotros mismos sobre los demás y sobre
Dios (Relatio del MO en el Caítuo de Oakland,
pág. 114)
Esto
implica un camino que dura toda la vida, por el que
nos adentramos en el conocimiento de nosotros mismos,
de los demás y de Dios. ¿Estamos convencidos
de que la formación es un proceso que dura toda
la vida? Los capítulos generales y provinciales,
con frecuencia, insisten enérgicamente sobre
la formación. Los resultados, ¿son proporcionados
a la insistencia de su llamada?
Reflexión
sobre la Formación Institucional
El
tema que he tratado con más frecuencia en mis
visitas a la Orden ha sido el de la formación
institucional o inicial. Algunos comparan los programas
actuales de formación con los del pasado y los
juicios que se dan son positivos y negativos. En realidad,
no existe un modelo válido para todos los tiempos.
En
primer lugar, nosotros debemos desear vocaciones y acogerlas
cordialmente. Nuestras casas deben estar abiertas para
recibir a los jóvenes, que deben ver en nosotros
hombres de fe, que se ayudan mutuamente en su camino
y que se saben al servicio de los demás. Nos
deben ver como hombres de esperanza en el futuro de
la Orden y en su misión dentro de la Iglesia.
Esto sólo será posible si valoramos las
orientaciones de los últimos capítulos
generales. Se nos debe apreciar como religiosos que
creen en el poder de la gracia para superar las limitaciones
humanas y que viven todo el día en presencia
del Espíritu.
En
segundo lugar, es importante crear condiciones favorables
al proceso de formación. El trabajo de formación
debe ser prioritario y no un complemento a otro trabajo
en la comunidad. Las necesidades de los formandos deben
ser prioritarias de frente a las obligaciones de la
comunidad de mantener el coro o los trabajos de la casa.
Además, los jóvenes necesitan compañeros
que estén realizando la misma experiencia. Esta
exigencia no será satisfecha si existen grandes
vacios de edad en nuestras Provincias. Por otro lado,
no ayuda a la formación de nuestros jóvenes
el que se les trate como “peces en pecera”,
observados por los cuatro lados. Por ello, cuando el
número de los formandos sea reducido, se deben
favorecer las casas comunes de formación para
una misma nación o región. Por esta razón,
“las estructuras de la comunidad formativa, aún
manteniéndose suficientemente claras y firmes,
dejarán amplio lugar a las iniciativas y decisiones
responsables” (Orientaciones sobre la Formación
de los Institutos Religiosos, nº 15).
Finalmente,
debemos respetar el nivel proprio de los jóvenes,
sin pretender que hayan llegado a nuestro nivel de desarrollo
o de convencimiento. “La razón esencial
es la de no multiplicar los problemas durante una etapa
de formación, en la que debe hallar su poropio
puesto el equilibrio fundamental de la persona …”
(Orientaciones, nº 47).
A
veces llegamos a exigirles el mismo comportamiento en
el apostolado, en el trato con los pobres y frente a
las cosas externas (como el hábito), que nosotros
hemos adquirido después de muchos años
de vida religiosa. A los jóvenes hay que dejarles
la libertad y la iniciativa de crecer y de elegir. Además,
debemos de escucharlos. En la Centesimus Annus, Juan
Pablo II observa:
“…
el patrimonio de los valores heredados y adquiridos
es siempre objeto de contestación por parte de
los jóvenes. Contestar, por otra parte, no quiere
decir necesariamente o rechazar a priori , sino que
quiere significar sobre todo someter a prueba en la
propia vida y, tras esta verificación existencial,
hacer que esos valores sean más vivos, actuales
y personales, discerniendo lo que en la tradición
es válido respecto de falsedades y errores o
de formas obsoletas, que pueden ser sustituidas por
otras más en consonancia con los tiempos”
(nº 50).
Nuestro
papel es el de acompañar a los jóvenes
y ayudarles a ser seguidores de Cristo y de santo Domingo,
no el de controlarlos o el de pretender convertirlos
en discípulos nuestros. Las constituciones son
claras al decir que la autoridad última para
la admisión de los candidatos a la Orden y para
la profesión solemne, asi como para su presentación
a las órdenes sagradas, es el Provincial. Éste
es ayudado en su función por el consejo de admisión
y por los varios equipos de formación. Es importante
que los poderes confiados al consejo de admisión,
a los consejos y a los capítulos referentes a
la no admisión de los candidatos sean ejercidos
con responsabilidad. Esto significa especialmente que
se debe mirar atentamente lo que es mejor para el candidato
y para la Orden, basando nuestros juicios en hechos
y no en gustos personales.
La
figura clave en la formación es el Maestro. La
Orden es deudora para con los formadores, que asumen
este trabajo urgente y difícil. Las dificultades
aumentan cuando los demás no comprendemos las
exigencias de la formación en la Iglesia y en
la Orden hoy. Una maestra de Novicias me escribía:
“He
tenido algunos días realmente difíciles,
pero también intuiciones maravillosas de cómo
Dios obra delicadamente en las almas. He aprendido mucho
y he llegado a apreciar la singularidad de cada persona
más que nunca” Si pudiéramos apreciar
la dificultad del trabajo confiado a los formadores
y la singularidad de cada una de las criaturas de Dios,
seríamos menos negativos en nuestros juicios.
Por
último, se podría reflexionar sobre el
impacto que provoca en los jóvenes nuestra vida
de religiosos. Por ejemplo, ¿perciben la diferencia
que existe entre sacerdote religioso y sacerdote diocesano?
¿Ven al sacerdote religioso poner su profesión
religiosa y las prácticas comunitarias como su
obligación primera?
Las
Etapas de la Formación Religiosa
Quisiera relflexionar sobre las cuatro etapas de la
formación: El pre-Noviciado, el Noviciado y la
Primera Profesión, los Años de estudiantado
y la Formación Permanente.
1.
El Pre-Noviciado
Muchas
provincias tienen establecida esta etapa de la formación.
En el año 1990, el documento de la CRIS “Orientaciones
sobre la Formación en los Institutos Religiosos”
afirmó explícitamente que ésta
era la primera etapa de la formación y con ello
reafirmó lo ya dicho en Renovationis Causam:
“La
mayor parte de las dificultades encontradas en la formación
de los novicios provienen del hecho de que éstos
no poseen en el momento de su admisión al noviciado
el mínimum de madurez necesaria” (Orientaciones
nº 42).
Dichas
Orientaciones continúan diciendo que los requisitos
de la Iglesia para entrar en el Noviciado son:
·
Un grado suficiente de madurez humana y cristiana.
· Un nivel de cultura general igual al que se
espera “de un joven que ha terminado la preparación
escolástica normal de su país”.
También
se menciona la necesidad de adquirir:
·
“la comprensión del lenguaje usado en el
Noviciado”;
· equilibrio afectivo, con la consiguiente madurez
sexual;
· aptitud para vivir en comunidad bajo la autoridad
de los superiores, en un determinado Instituto.
¿Es
que se puede conseguir esto en solo tres o seis meses?
Aún
los candidatos más maduros necesitan probar la
experiencia de la vida comunitaria cristiana. Los responsables
de la formación suelen afirmar que los aspirantes
ya maduros necesitan esta experiencia del Pre-Noviciado
más que los jóvenes.
Otra
finalidad importante del Pre-Noviciado es permitir al
candidato clarificar sus ideas sobre otras posibilidades
vocaciones y, para quienes se interesan por la vida
dominicana, el ver claramente que la prioridad de nuestra
misión es la Predicación.
También
es importante el lugar del Pre-Noviciado. En la medida
de lo posible, debiera ser un lugar que permita al Maestro
conducir al candidato hacia la vida religiosa. Por ello,
siempre que se pueda, no debería se una casa
religiosa. El Pre-Noviciado no es vida religiosa y sería
injusto e imprudente exigir a los candidatos que vivan
una vida para la que no han recibido ninguna formación,
ni se han comprometido con ella.
Viviendo
en lugar separado, la naturaleza de comunidad cristiana
de este período de Pre-Noviciado puede también
enseñar a los candidatos una necesaria independencia
de su familia natural y de su futura familia religiosa.
Si
yo tuviera que aplicar los cuatro elementos: humano,
religioso, intelectual y pastoral en este año,
insistiría en el aspecto humano y cristiano,
-más que en el religioso-, en la necesidad de
alcanzar el nivel cultural requerido para el ingreso
en las universidades o escuelas técnicas de la
nación, en la apertura hacia el apostolado de
la Orden, y en el conocerse mejor a sí mismos,
sus fuerzas y sus debilidades.
2.
El Noviciado
En
muchos aspectos, éste es el año más
importante de la formación, en el que el candidato
decide su vocación, en la medida de los posible.
Las
Orientaciones de la Santa Sede son claras acerca de
la naturaleza de este año. Es un año de
retiro, no de inserción: debería ser una
experiencia de soledad. Muchos jóvenes son atraídos
a la Orden por el deseo de predicar el Evangelio y por
el amor al estudio, pero si esto no está enraizado
en la práctica continua de la oración,
individual y comunitaria, este entusiasmo no será
suficiente para sostenerlos a través de la pasión
por Dios que hace que no nos convirtamos en meros vendedores
de palabras.
“Los
novicios tienen necesidad de ejercitarse en la práctica
de la oración prolongada, de la soledad y del
silencio. Para esto, el factor tiempo juega un papel
determinante. Ellos pueden sentir más la necesidad
de salir del mundo que la de ir al mundo, y esta necesidad
no es sólo subjetiva. Por eso el tiempo y el
lugar del noviciado se organizarán de suerte
que los novicios puedan encontrar un clima propicio
para un arraigo en profundidad en la vida con Cristo.
Lo cual solamente se obtiene a partir de un desprendimiento
de sí, de todo lo que el mundo resiste a Dios
y aun de aquellos valores del mundo que indiscutiblemente
merecen ser estimados. En consecuencia es del todo desaconsejable
pasar el tiempo del noviciado en comunidades insertas.
Como ya se ha dicho (nº 28), las exigencias de
la formación deben prevalecer sobre ciertas ventajas
apostólicas de la inserción en ambientes
pobres (Orientacioes, nº 50)”.
Llegados
a este punto, podemos reflexionar sobre el fenómeno
de no pocos religiosos jóvenes que ha concluido
su noviciado según las nuevas Orientaciones,
pero que abandonan la vida religiosa poco después
de haber profesado. Algunos hermanos creen que hay demasiada
mística en la naturaleza espiritual del año
de noviciado, que puede conducir al candidato fácilmente
a desentenderse de toda responsabilidad para consigo
mismo, para con la comunidad y para el futuro. Por ello,
opinan que lo que se necesita es una inserción
más profunda en el mundo y sus problemas, para
afrontar la propia responsabilidad.
Personalmente,
creo que esto es más labor del Pre-Noviciado
que del Noviciado. Si no hacemos una distinción
clara entre los fines del Pre-noviciado y los del noviciado,
continuará el debate y nunca será resuelto.
Los formandos sufrirán las consecuencias inmediatas
y –a la larga también las sufrirá
la Orden.
Necesitamos
unidad en los criterios de formación, tanto por
el bien de los formandos, como por nuestro proprio futuro.
En
nuestros noviciados, se cumplen la mayor parte de las
otras normas mencionadas en las Orientaciones, pero
falta claridad suficiente sobre el fin del Noviciado
en los que se refiere a ayudar al candidato a probar
su capacidad de vivir a solas con Dios, única
fuente de toda plenitud. Por esta razón, creo
que debemos insistir en que el Noviciado sea, en cierto
sentido, una experiencia de desierto y que – por
ello- este elemento de la formación ha de prevalecer
sobre los otros. No conviene omitir el compromiso con
el apostolado, pero tampoco sobreestimarlo.
Otro punto mencionado en las Orientaciones (nº
47) requiere nuestra atención. Me refiero a la
celebración de la liturgia según el espíritu
y carácter del Instituto. Me he encontrado con
noviciados donde no se recita todo el oficio divino,
porque la comunidad entera no puede asistir o porque
no es costumbre en la Provincia.
Pienso
que el novicio tiene que ser introducido en la herencia
de la Iglesia y de la Orden en lo referente al oficio
divino completo y a devociones, como el rosario. Uno
y otro tienen como centro la persona de Cristo y la
sagrada escritura.
2.
Los Años de Estudios. El estudiantado
El
elemento intelectual de a formación recibirá
su debida importancia durante los años que el
candidato pase en la casa de estudios. Dado que mi Carta
a la Orden del mes de mayo trataba del estudio, bastará
ahora considerar algunos puntos:
1.
Siempre que sea posible, el estudiante deberá
realizar sus estudios en su proprio entorno cultural.
2.
Esto supondrá algunas veces hacer los estudios
en una institución no dominicana. En este caso
es importante que los estudiantes estén acompañados
por algún religioso maduro.
3.
Por otra parte, debe examinarse la posibilidad de que
se asocien varias entidades, al menos para una parte
de los estudios.
4.
4. Es importante el papel de la comunidad como Santa
Predicación, para que el estudiante vea la conexión
entre el estudio y predicación. El estudiante
también debe valorar la necesidad de que en la
Iglesia haya especialistas de la predicación,
que predican con autoridad especial y que, en un cierto
sentido, tienen la misma función del obispo de
suscitar la fe en la Iglesia.
El
estudiante avanzará en su madurez con la participación
diaria en la Eucaristía, celebrada con homilía
todos los días, y a través de los otros
componentes de la formación.
Hay
que insistir en el compromiso con los hermanos y con
el celibato. El religioso renuncia a la unión
exclusiva de dos personas y acepta la obligación
de observar perfecta castidad en el celibato (Cf. CIC
599).
En
la carta sobre la Vida Común ya hablé
de algunos aspectos de la obediencia, castidad y pobreza
en nuestro tiempo. Aquí, me limitaré a
una palabra sobre el celibato. Escribiendo sobre este
tema, hace muchos años, un cierto P. Sellmair
recordaba a los maestros de estudiantes la obligación
de formar para el celibato:
“Por
buenos que sean sus deseos y puras sus intenciones,
el estudiante puede encontrar, más tarde en su
vida, alguna persona que haga vibrar la parte más
sensible de su corazón y ponga en movimiento
fuerzas que parecen escapar a todo control, y que ciertamente
no pueden ser canalizadas por medios puramente humanos.
Quien se de dedica a la formación de los jóvenes
para el sacerdocio y omite enseñar esto a los
candidatos, asume una gran responsabilidad y demuestra
conocer poco la naturaleza humana”.
Una
gran salvaguardia del celibato es la vida de comunidad,
en que se nutre la vida de oración, donde la
amistad y el compañerismo permitirán al
hermano darse cuenta de que las dificultades son parte
de la vida y no deben abrumarnos. Si un religioso no
encuentra la amistad dentro de la comunidad, la buscará
fuera y, encontrándola, se aislará más
de su comunidad y así se verá envuelto
en una espiral de alejamiento.
La
Primera Asignación y los Hermanos Mayores
Hay
otras dos etapas en nuestra vida religiosa que merecen
nuestra atención: los religiosos en sus primeros
años de ministerio y los “hermanos mayores
que ya no pueden predicar” (RFG, nº 9). Jóvenes
y ancianos deben sentirse en sus comunidades como en
su propia casa y darse cuenta de que tienen mucho que
aportar. En mi primera carta de mayo de 1990, ya traté
algunos de los problemas de la Primera Asignación;
en cuanto a los Hermanos Mayores, pienso presentar un
trabajo ene l próximo Capítulo General.
4
Formación Permanente
“Si
uno no vive con su tiempo, se queda atrás; y
quien se queda retrasado queda descalificado para su
trabajo, a los que seguirá inevitablemente el
desaliento”.
Estas
palabras de Juan Pablo II nos dan dos razones para perseverar
en nuestra formación: La necesidad de poder cumplir
nuestro papel dentro de la Iglesia y el peligro, -no
sólo de nuestra incompetencia- sino también
de nuestro desaliento y tristeza.
Pocos
de nosotros se dieron cuenta de cuánto tuvimos
que aprender cuando nos dirigimos a nuestra primera
asignación y muchos se sintieron asustados ante
la tarea de la renovación intelectual, psicológica
y espiritual. La vida comunitaria es el camino por donde
continúa la formación después de
la salida del estudiantado. “La Palabra de Dios
que habita en nosotros, los estudios que proseguimos,
los hombres y mujeres que encontramos, las mentalidades
que nos desafían, los lugares y sucesos en los
cuales estamos inmersos, nos espolean a una formación
permanente” (RFG, nº 12). Uno de los comentarios
que oímos con más frecuencia sobre la
Ratio Formationis Generalis es la necesidad de normas
concretas sobre la formación permanente (Cf.
OAKLAND, Pág. 115).
“Los
religiosos continuarán diligentemente su formación
espiritual, doctrinal y práctica durante toda
la vida; los superiores han de proporcionarles medios
y tiempo para ello (CIC, 661).
“Todos
los Institutos religiosos, por lo tanto, tienen la obligación
de planificar y concretar programas de formación
permanente, necesaria para todos sus miembros. Debe
de ser un programa dirigido no sólo a la formación
intelectual, sino de la persona en su totalidad, principalmente
en su dimensión espiritual, de manera que, cada
uno de los religiosos/as vivan su consagración
a Dios en toda su plenitud, en conformidad con la misión
específica que la Iglesia les ha confiado”
(Juan Pablo II A los religiosos/as del Brasil, a. 1986,
nº 6)
Quizás
no necesitemos normas detalladas, sino un nuevo acercamiento.
Ciertamente que se necesita la colaboración de
los teólogos y otros especialistas. Más
importante, sin embargo, será nuestra propia
aportación reflexionando comunitariamente sobre
las experiencias y dificultades (Cf. LCO, 100, S IV),
junto con el vivo deseo de compartir nuestra fe.
Donde
sea posible, deberíamos reunirnos con otros:
hermanos, hermanas, laicos, de la misma ciudad/región,
de forma que aprendamos a estar realmente abiertos a
los demás: a sus necesidades, aspiraciones y
temores.
En
un documento publicado por la Comisión “Vida
sacerdotal y ministerial “de la Conferencia de
Obispos de Estados Unidos sobre el estado psicológico
de los sacerdotes, se dice:
“A
pesar de las enseñanzas claras de la Iglesia,
debe reconocerse que una fuente de desaliento de algunos
sacerdotes proviene de que algunas soluciones a la escasez
del clero están cerradas a toda discusión
y que no se pueden intentar todas las soluciones pastorales
y opciones posibles. El desaliento viene de un íntimo
conocimiento entre los sacerdotes de que algunos posibles
caminos de aliviar estos problemas no son ni considerados
ni discutidos. Los problemas a los que comúnmente
se alude son la ordenación de hombres casados,
el empleo de los sacerdotes secularizados y la ampliación
del papel de la mujer en el ministerio”
No
debemos tener miedo a tratar materias de esta naturaleza.
El no hacerlo entre nosotros sería signo de miedo,
más que de obediencia. La verdadera obediencia
consiste en la escucha atenta.
Nuestras
reuniones conventuales también deben conducirnos
a la renovación de la predicación y, en
el caso de los sacerdotes, a una mejor administración
del sacramento de la penitencia. El Papa Benedicto XI,
escribiendo a sus hermanos dominicos reunidos en el
Capítulo General de Tolosa de 1304, les recordaba
la importancia del estudio, de la predicación
frecuente y del ministerio de la penitencia. Setecientos
años más tarde, este consejo conserva
su oportunidad. Podemos ayudarnos comunitariamente a
ser mejores predicadores, mejores confesores y mejores
estudiantes.
La
formación permanente no debe ser vista tan sólo
como la adquisición de nuevos conocimientos o
nuevas técnicas para la práctica de un
apostolado individual, sino también como la oportunidad
de poder participar de una nueva manera en el apostolado
de la Provincia. Para quien ha terminado la carrera
hace algún tiempo, puede resultarle difícil
adquirir de nuevo el hábito del estudio y –así-
el desaliento es frecuente. El reto de enfrentarse con
el mundo de la nuevas ideas se hará más
fácil si se le considera como una apertura y
participación más plena en los proyectos
comunes de la Orden. Debemos de tener confianza en las
dotes y valores de cada uno, y conviene recordar a los
superiores con frecuencia que nuestros hermanos son
capaces de rendir más de lo que ellos se imaginan.
Abogo
de nuevo por la renovación sabática. Puedo
afirmar sin lugar a dudas que aquellas provincias y
vicariatos que han animado a sus religiosos a seguir
cursos de renovación sabática son las
que mejor se encuentran de toda la Orden. En este sentido,
las necesidades de los hermanos son diferentes. Para
algunos, la necesidad puede ser más de orden
espiritual que intelectual. A muchos de nosotros les
dan miedo las exigencias de la renovación y dudan
de su capacidad para emprender el año sabático.
Tened confianza en vosotros mismos, no camináis
solos.

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