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Capítulo General de Ávila instituyó
una comisión especial para el estudio del papel
de los laicos en nuestro apostolado. Así el Capítulo
se hacía eco de la creciente importancia que
el laicado ha ido adquiriendo en la Iglesia, particularmente
a partir del Concilio Vaticano II. Dicha comisión
capitular encomendó al Maestro General de la
Orden “escribir a los frailes y a toda la Familia
Dominicana sobre los laicos en nuestro apostolado y
sobre los laicos dominicos en el mundo de hoy”
(n. 95).
1.
El despertar de los laicos, un nuevo signo eclesial
El
Concilio Vaticano II se hizo eco de un nuevo signo eclesial:
el despertar de los laicos a una nueva etapa eclesial
de corresponsabilidad y sentido de comunión.
Las palabras del Concilio fueron un reconocimiento y
acogida favorable de esta nueva etapa y, a la vez, una
invitación a toda la Iglesia para seguir por
este camino. El reciente Sínodo extraordinario
de los Obispos ha recogido la voz autorizada del Concilio
y ha señalado nuevas directrices y metas como
complemento de la vocación y la misión
de los laicos en la Iglesia.
El
despertar de los laicos a la ministerialidad y corresponsabilidad
eclesial es un signo de los tiempos con profundo significado
teológico. Las declaraciones conciliares o sinodales
son sólo el reflejo de un hecho histórico
que se está produciendo a lo largo y ancho de
todas las iglesias locales y, por tanto, de la Iglesia
universal.
Os
invito a repasar conmigo algunos hechos presentes en
la actual coyuntura de la Iglesia.
a)
Las iglesias locales, muchas de ella s iglesias jóvenes,
están cobrando especial vitalidad gracias en
buena parte a la activa corresponsabilidad de los laicos,
hombres y mujeres, conscientes de su vocación
cristiana y de su misión y responsabilidad apostólicas.
Los esfuerzos de revitalización, reorganización,
inculturación… renovación misionera…
son con frecuencia urgidos y llevados a cabo por los
laicos en diálogo y colaboración con sus
párrocos.
b)
Singular importancia ha adquirido el hecho de una progresiva
diversificación de los ministerios asumidos por
los laicos en el interior de la comunidad. Cada día
es mayor el número de los laicos que descubren
y realizan ministerios específicos en la Iglesia.
En la mayoría de los casos, estos ministerios
reconocidos y aprobados por sus respectivos pastores.
Crece el número de los laicos dedicados a la
catequesis y evangelización, a la reflexión
y la enseñanza teológica, a la presidencia
y animación de la comunidad, a la administración
y servicios sociales, la lucha por la causa de la justicia
y la paz en el mundo… Estos ministerios no son
ejercidos sin más preparación que la buena
voluntad, quienes los ejercen se sienten obligados a
una formación, preparación y entrenamiento
adecuados.
c)
C) Desde el punto de visa teológico, eclesial
y pastoral, es altamente significativo el hecho de un
creciente liderazgo asumido por los laicos. No es un
simple liderazgo que supla la escasez de sacerdotes
o que los desplace Es el liderazgo de muchos laicos
que por vocación o especial carisma se sienten
llamados a convertirse en animadores de la comunidad
cristiana en la oración, en el compartir la Palabra,
en los compromisos sociales y políticos, en las
obras de caridad y justicia. Estos líderes laicos
auguran una nueva etapa no sólo para la concepción
sino también para el funcionamiento de la autoridad
en la comunidad cristiana.
d)
En el despertar del laicado adquiere singular importancia
y significación la presencia de la mujer, tras
siglos de silencio y marginación. Los dones naturales
y los carismas especiales de la mujer inyectan una nueva
vitalidad en la comunidad cristiana y revela un nuevo
rostro de la experiencia cristiana. Su sentido de lo
práctico, la especial sensibilidad femenina,
su maternidad, la constancia en las pruebas… revelan
aspectos ocultos de la Palabra de Dios, de la comunión
cristiana, de la experiencia del Reino.
e)
Estos fenómenos presentes en la Iglesia actual
han provocado una creciente colaboración de laicos,
religiosos, sacerdotes en las distintas esferas de la
vida eclesial. Cada vez más los dominicos y dominicas
compartimos nuestra vida y proyectos apostólicos
con otros religiosos y laicos, hombres y mujeres, casados
o solteros. Los laicos no son ya simples destinatarios
de nuestra misión, ellos comparten con nosotros
–y nosotros con ellos- una misma responsabilidad
en la comunidad cristiana.
f)
Frente a este hecho eclesial es preciso que los dominicos
nos hagamos algunos interrogantes: ¿Cómo
no sentimos y cómo reaccionamos ante el despertar
de los laicos en la Iglesia? ¿Asumimos de buen
grado este hecho? ¿Lo ignoramos con autosuficiencia?
¿Lo rechazamos por falsos miedos? ¿Cuáles
son nuestras actitudes y nuestras prácticas en
relación con los laicos? ¿Qué puesto
tienen los laicos en nuestro ministerio, en la elaboración
y realización de nuestros proyectos apostólicos?
Sentir con la Iglesia hoy significa, entre otras cosas,
asumir estos interrogantes y responderlos con sinceridad.
2.
Claves Teológicas para una reflexión cristiana
La reflexión teológica ha vuelto hoy su
mirada hacia los signos de los tiempos para leer, interpretar
y discernir las exigencias de la Palabra de Dios y de
la experiencia cristiana. Hacer teología o predicar
es poner en contacto la Palabra de Dios con las situaciones
históricas de los hombres. La fidelidad a nuestra
rica tradición teológica exige de nosotros
una escucha atenta y un discernimiento teológico
de este nuevo signo eclesial de los tiempos. No podemos
olvidar que fueron precisamente nuestros hermanos teólogos
del Vaticano II quienes desarrollaron la nueva teología
del laicado y de la ministerialidad de la comunidad
cristiana.
a)
La primera clave para reflexionar sobre el laicado y
su misión en la Iglesia nos la proporciona la
eclesiología del Concilio Vaticano II. Éste
desplazó la definición jurídico-institucional
de la Iglesia hacia una concepción o definición
específicamente teológica. El criterio
clave de esta nueva definición específicamente
teológica. El criterio clave de esta nueva definición
es “El Pueblo de Dios”: la Iglesia es el
nuevo Pueblo de Dios, convocado por la fe en el Resucitado,
y sellado por el bautismo en Cristo Jesús. Hoy
existe una cierta tendencia a afirmar que la “comunión”
expresa la naturaleza de la Iglesia mejor que “el
Pueblo de Dios”. Sin embargo , tanto el Vaticano
II como una tradición gaética mucho más
antigua están en favor de la definición
“Pueblo de Dios”. Todos los bautizados participan
en pleno derecho en esta vocación y en esta misión.
Todos son Pueblo de Dios, miembros activos y responsables
de la Iglesia en su misión.
b)
Esta concepción eclesiológica del Concilio
nos conduce a una nueva concepción de la ministerialidad
y de los ministerios en la Iglesia. Todos los ministerios
y carismas son dones de Dios a través de la comunidad.
He aquí la segunda clave importante para nuestra
reflexión teológica. El sujeto de la ministerialidad
es la comunidad cristiana. Todo bautizado comparte radicalmente
esta dimensión de la ministerialidad. La diversificación
de los ministerios es la expresión de la dimensión
ministerial en la comunidad.
c)
Una tercera clave de la reflexión teológica
nos obliga a revisar nuestra tradicional teología
del ministerios. Me refiero a los criterios de valoración
y jerarquización de los mismos. El carácter
sacro de las acciones litúrgicas y el nexo estrecho
entre ministerio sacerdotal y autoridad en la Iglesia
nos han acostumbrado a un punto de vista sagrado y litúrgico,
concediendo preferencia a este ministerio. De esta forma,
las funciones y ministerios asociados con el culto ocupan
el primer puesto en nuestra escala de valores, mientras
que el ministerio más “secular” queda
relegado al segundo puesto. Esto debe cambiar. Recordando
el consejo de S. Pablo a los Corintios, es necesario
recobrar los criterios comunitarios para valorar y dar
preferencia al carisma y al ministerio. El carisma y
el ministerio cobran mayor importancia para el cristiano
en la medida en que sirven para construir la comunidad
cristiana.
Esta
tercera clave teológica ayuda a superar el tradicional
dualismo y en muchos casos falsa oposición entre
el sacerdocio y el laicado. Vale la pena recordar las
palabras del Padre Congar a este propósito:
“No
se construye la Iglesia solamente con los actos de los
ministros oficiales del sacerdocio, sino también
con muchos otros servicios, más o menos fijos
u ocasionales, más o menos espontáneos
o reconocidos, algunos consagrados por la ordenación
sacramental. Tales servicios existen; existen aunque
no se les llame por su proprio nombre: ministerio y
aunque no tengan su verdadero puesto y status en la
eclesiología… A la larga uno ve que el
doble elemento decisivo no es “sacerdocio-laicado”.
Sino “ministerio (o servicio) y comunidad”
(Ministères et communion ecclèsiale. París,
1971, pp. 9, 17, 19).
Ayuda
también a comprender la diversificación
y reparto de los carismas y ministerios entre todos
los miembros de la comunidad, ordenados o laicos, hombres
o mujeres. Finalmente lo que es más importante,
ayuda a reconocer el profundo significado cristiano
que tienen los ministerios ejercidos por los bautizados
en la búsqueda de una sociedad más humana,
más fraterna, más justa: promoción,
asistencia, defensa de los derechos humanos, etc.
Estas
claves teológicas deben estimular nuestra reflexión
y discernimiento desde la práctica de nuestra
actividad pastoral y eclesial. La teología nos
ofrece hoy puntos seguros y puntos disputados en torno
a los ministerios. Sigue siendo misión de los
dominicos ofrecer a la comunidad cristiana el ministerio
y el carisma del discernimiento teológico, si
queremos seguir siendo fieles a nuestra tradición.
Pero nuestra reflexión teológica no será
fecunda si se distancia de nuestra acción cristiana,
eclesial y apostólica.
3.
Retos y compromisos para la Familia Dominicana
El
centro del carisma dominicano ha de buscarse en la predicación,
en el anuncio kerigmático de la Palabra de Dios.
Ser dominico es ser predicador. Esto es lo más
importante del proyecto dominicano. Sin embargo, este
anuncio es más que un mero discurso verbal que
pasa a través de la catequesis, la homilía
o la enseñanza religiosa. Se manifiesta en cualquier
palabra o cualquier práctica histórica
que proclama el acontecimiento salvífico en medio
de la historia humana.
El
lugar específico de encuentro entre los dominicos
y los laicos es exactamente el carisma y el ministerio
de la predicación. La Familia dominicana está
llamada a ser una comunidad de predicación en
la que son miembros activos y corresponsables frailes,
religiosas, laicos con carismas y ministerios diferenciados.
La
Orden nació en un momento histórico de
crisis eclesial pero también de extraordinaria
vitalidad. Fue un momento del despertar de los movimientos
laicales, lo que influyó grandemente en el nacimiento
y en el proyecto funcional de las Ordenes Mendicantes
y creó una nueva concepción de Iglesia
por encima de los límites parroquiales o diocesanos.
A lo largo de su historia, la Orden tiene experiencias
significativas que nos pueden ayudar a comprender y
a asumir los nuevos tiempos del laicado: la evolución
de las funciones y ministerios de los hermanos cooperadores,
la incorporación de numerosas congregaciones
femeninas a la misión de la Orden. El recuerdo
de estos hechos es un reto para los nuevos tiempos.
Hoy,
pienso que nuestras comunidades están llamadas
a inaugurar y pontenciar nuevas prácticas eclesiales
que canalicen al laicado hacia la colaboración
en el ministerio de la Iglesia.
La
práctica de la oración compartida con
los laicos ofrece a éstos la riqueza de una oración
refrendada por siglos, a la vez que recibe de ellos
la novedad y la frescura de nuevas experiencias cristianas.
Algunas de nuestras comunidades dominicanas se verían
revitalizadas en su oración si la compartieran
con los laicos. No faltan ejemplos de ello.
Es
preciso asimismo inaugurar y potenciar nuevos modelos
de formación compartidos con los laicos. Esta
no puede orientarse en una sola dirección, como
si nosotros fuéramos los maestros y ellos los
discípulos. Ha de ser una formación compartida
y mutua. La Palabra de Dios no está encadenada:
está abierta a la inteligencia de todo creyente
que esté a la escucha. Nosotros podemos aportar
las riquezas de nuestra formación teológica
de aprender a escuchar a fin de enriquecernos en el
diálogo con los demás creyentes.
Nuestro
trabajo apostólico debe ser revisado y reorientado
desde la perspectiva de los nuevos ministerios laicales,
para responder adecuadamente a la nueva relación
eclesial con los laicos. Estos trabajos están
llamados a potenciar una nueva forma más colegial.
Debemos encontrar nuevas formas de compartir los proyectos
apostólicos, nuevas maneras de llevarlos a cabo
en corresponsabilidad, de diversificar las funciones
y ministerios en nuestra actividad apostólica.
La causa del Evangelio debe anteponerse a nuestras rutinas,
comodidades y temores. Una comunidad dominicana en estado
de misión y de itinerancia es una comunidad abierta
al presente y al futuro de la Iglesia y de la sociedad.
El
Capítulo de Ávila (N. 85 A) se hizo eco
del malestar que existe entre el laicado dominicano.
Hoy se encuentran frente a un problema particular: la
ausencia casi total de jóvenes, con la consiguiente
pérdida de vitalidad. ¿No será,
al menos en parte, consecuencia del desconocimiento
de las enseñanzas de la Iglesia a partir del
Concilio Vaticano II? El mismo problema fue tomado en
consideración por el Congreso del laicado dominicano
celebrado en Montreal –1985- Ante esta situación
es preciso repensar y reorientar los grupos del laicado
dominicano en consonancia con las nuevas prácticas
eclesiales y las nuevas claves teológicas concernientes
al puesto y a la misión de los laicos en la Iglesia
y en el mundo.
4.
Mirando al futuro
Nuestros
hermanos y hermanas se incorporan progresivamente a
este nuevo estilo de vida y misión dominicanas
para una Iglesia nueva que está naciendo. Muchos
han comenzado ya y son un estímulo para toda
la Familia dominicana. Su nuevo estilo hace más
creíble nuestra vocación. Es una oportunidad
de renovar la Orden. Este despertar del laicado nos
ofrece una nueva frontera. Para cruzarla se necesita
coraje.
El
futuro de la Iglesia y de la Familia dominicana pide
mucho de nosotros. Las razones para no actuar en algún
momento nos brindan una falsa seguridad, pero como nos
recuerda San Juan Bautista, el primer predicador de
Jesucristo, “es necesario que yo mengüe para
que Él crezca” (Io. 3, 30). Como Jesús,
la gracia divina que vive en cada uno de los fieles,
crece cuando éstos la proclaman hasta los últimos
confines de la tierra.
Que
el recuerdo de santo Domingo nos dé el coraje
para comprometernos en este nuevo signo eclesial.

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