
anto
Domingo quería que su Orden se llamase y fuese
realmente una Orden de Predicadores. Tal es el título
que escogió para sí y sus compañeros
y el título otorgado por la Iglesia. Este título
determinó no sólo su misión, sino
todo su estilo de vida. Aunque son muchos los llamados
a predicar, se necesita una Orden de Predicadores que
recuerde a la Iglesia su misión de predicar.
Como hay órdenes dedicadas a la oración,
a las misiones o al servicio de los pobres y todos estamos
llamados a estas cosas en una forma u otra, nosotros
somos un alerta constante a toda la Iglesia sobre la
importancia de la predicación. Deberíamos
también sobresalir en ella.
¿Cómo debemos vivir y qué tenemos
que hacer para cumplir con nuestra vocación de
hombres y mujeres que proclaman el mensaje de salvación
de Cristo, de tal forma que se convierta en realidad
ardiente de nuestras vidas y ep la vidas de aquellos
a quienes somos enviados?
Vida
y testimonio
Una de las claves del éxito de Domingo como predicador
fue su estilo de vida. Con toda seguridad él
compartiría los sentimientos de la Evangelii
Nuntiandi: "El hombre contemporáneo escucha
más a gusto a los que dan testimonio que a los
que enseñan, o si escucha a los que enseñan
es porque dan testimonio" (E.N. 41).
Lo que gana a la gente no es tanto lo que decimos, cuanto
lo que somos. Nuestro Señor convirtió
a pecadores como Mateo con una palabra, a Pedro con
una simple mirada. Comió con los pecadores. Desafió
los prejuicios sociales charlando y comiendo con samaritanos,
con cobradores de tasas y prostitutas. Con la acción
y la palabra Jesús proclamó el amor misericordioso
de Dios.
En Octogesima Adveniens, Pablo VI nos recuerda: "Hoy
más que nunca, la Palabra de Dios no podrá
ser proclamada y ni escuchada, si/no va acompañada
del testimonio de la potencia del Espíritu Santo
operante en la acción de los cristianos al servicio
de sus hermanos, en los puntos donde se juegan su existencia
y su porvenir" (51). Nuestras palabras permanecen
vacías sino van acompañadas del testimonio
de vida, tanto individual como comunitario. La vida
común está inseparablemente unida con
nuestra misión de predicar. Missio et communio
son las dos caras de la misma moneda tanto en la Iglesia
como en la Orden y no podemos separarlas. Por esto precisamente,
a través del testimonio de sus vidas, nuestras
hermanas contemplativas son el corazón de nuestra
familia predicadora. Pero el testimonio de vida florece
dentro de un testimonio más profundo.
Queremos
ver a Jesús
En el Evangelio, nuestro Señor dijo a los apóstoles:
"Vosotros seréis mis testigos". La
frase 'nosotros somos testigos' significa literalmente
que se ofrece la experiencia de un Cristo que está
vivo, de alguien a quien es posible encontrar y hablar.
La petición de quienes se acercaron a Felipe
y dijeron: "Queremos ver a Jesús" es
hoy el grito de muchos en el mundo. Pero, ¿cuántas
veces lo descubren en la palabra que nosotros les distribuimos?
Con una cierta angustia, Pablo VI escribía: "Tácitamente
o a grandes gritos, siempre con fuerza, se nos pregunta:
¿Creéis verdaderamente en lo que anunciáis?
¿Vivís lo que creéis? ¿Predicáis
verdaderamente lo que vivís?" (EN 76).
Lo
que el mundo busca es un testimonio digno de ser creído.
La gente está cansada de ficciones. Quiere ver
a Jesús, como la Madre Teresa de Calcuta nos
ha recordado con claridad: "La gente tendría
que poder ver a Jesús en nosotros".
Si somos predicadores, debemos de ser hombres y mujeres
que leen, ponderan y viven la palabra de la Escritura.
Este encuentro ponderando y meditado con el Jesús
de los evangelios se convierte en resorte de vida para
cada uno de nosotros. De la mesa de la Palabra y de
la mesa de la Eucaristía recibe su alimento nuestra
vida de predicadores. Necesitamos también renovar
nuestra fe en el poder de la Palabra de Dios. "La
Palabra de Dios está viva, es vida..." (Heb
4,12). Cuando se la predica, Cristo está presente
(cf. Mysterium Fidei, nº 36). Pero la palabra debe
ser meditada en este momento histórico.
Aplicación
Nuestra predicación no será completa mientras
no relacione el Evangelio con la vida de la gente. Lo
mismo que Jesús predicó su mensaje en
forma adecuada a la gente de su tiempo, así nosotros
debemos de presentar su mensaje en modo apto para la
gente de nuestro tiempo. Conforme al Evangelio, nuestra
predicación debe aplicarse a las preguntas que
nos hacen. Esto nos impone la obligación de escuchar
y de estar alerta a los movimientos que se suceden con
rapidez en nuestra sociedad cambiante. ¿Cómo
podemos hablar a las necesidades de la gente sino compartimos
sus penas y alegrías? Como nos recuerda la Gaudium
et Spes:
"Los
gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias
de los hombres de nuestro tiempo sobre todo de los pobres
y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas,
tristezas y angustias de los discípulos de Cristo.
Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco
en su corazón" (1).
Antes
de hablar debemos escuchar no solo la voz del pueblo,
sino también sus ojos y sus corazones. Entonces,
nuestra palabra pronunciada cada día desde el
altar, en clase, en la sala del hospital..., será
una palabra, de esperanza: la cualidad de la predicación
en que más insistía el Papa Pablo VI.
Profética y doctrinal
Se repite la mejor tradición de la Orden cuando
nuestra predicación es profética. La predicación
puramente teórica y abstracta no capta ni el
espíritu de Santo Domingo, ni los corazones de
los fieles. La predicación profética no
es puramente el compartir la ciencia, sino una proclamación
alegre de la palabra de Dios viva y vivificante. Pero
es necesario anunciar el mensaje completo del Evangelio.
En
su Comentario a las Constituciones, Humberto de Romanis
escribe: "El estudio no es la finalidad de la Orden,
pero es de suprema necesidad para el fin que es la predicación
y el trabajo por la salvación de las almas, porque
sin el estudio no podemos hacer ni una cosa ni otra"
(Opera II, p. 41). Si somos predicadores, somos también
estudiantes. El día en que dejemos de leer y
reflexionar, dejaremos de ser predicadores eficientes.
Para seguir siendo buenos predicadores hay que ser siempre
estudiantes. ¿Leemos? ¿Leemos suficientemente?
La escucha real de las alegrías, penas, esperanzas
y preocupaciones de la familia humana requiere estudio
serio y análisis social. Requiere el aprendizaje
de otras lenguas y el respeto delicado de las diferencias
culturales, si el Evangelio tiene realmente que encarnarse
en las nuevas culturas. Antes que nada, requiere tiempo
y presencia entre aquellos a quienes debe más
predicar, porque es cosa cierta que a partir de su experiencia
escucharemos el Evangelio en formas nuevas.
Nosotros
estamos llamados a recibir y abrazar la Palabra de Dios
dondequiera que la oigamos. Domingo pasó la noche
en diálogo con su hostelero, la atención
de Las Casas a las diferencias culturales entre España
y el "Nuevo Mundo" le exigió una nueva
forma de predicación profética. La atención
de Catalina a los signos de su tiempo le llevó
a predicar una palabra de compasión a las víctimas
de la peste negra, pero también a proclamar la
verdad como ella la veía, no sólo a los
políticos, sino también a cardenales y
papas.
El
Obispo Diego y Domingo vieron la incapacidad de la Iglesia
de su tiempo para responder con eficacia al movimiento
albigense. Viviendo entre ellos, aprendiendo de ellos
y escuchándoles, desarrollaron una nueva catequesis.
La Iglesia necesitaba admitir los valores auténticos
que se encontraban en el movimiento albigense, así
como proclamar los valores auténticos que los
albigenses preferían ignorar. Esto es lo que
entendemos por predicación doctrinal, la predicación
de la "verdad completa" del Evangelio. El
reto de los albigenses hizo nacer en Domingo y Diego
una respuesta creativa. ¿Cuáles son los
retos que invitan a nuestra predicación de hoy
a una respuesta creativa?
Para
ser hijos e hijas de Santo Domingo, tenemos que insertarnos
en los campos de debate, especialmente en aquellos campos
en que la Iglesia encuentra dificultad para responder.
Nos insertamos primero en tales campos para escuchar
y aprender. Luego nos comprometemos en una reflexión
teológica y en el discernimiento de nuestra respuesta,
tanto con nuestros hechos y dichos, como con nuestra
forma de vida. Si no estamos en medio de las necesidades
de la gente, nos exponemos a desorientarnos y corremos
el riesgo de ser ineficaces. Seguir a Domingo significa
ser para nuestro período de historia, de la Iglesia
y sociedad lo que Domingo fue para el suyo. Él
es siempre nuestro punto de partida para examinarnos
y renovar nuestras vidas.
Fieles
a él y a nuestra tradición, nuestra propia
identidad y espiritualidad debe tener sus raíces
en nuestra misión de predicar. Ya en 1988, el
P. Congar hacia esta sorprendente observación:
"Yo podría citar toda una serie de textos
antiguos, en los que se afirma -más o menos-
que si en una nación se celebrara la misa durante
treinta anos sin predicación y en otra se predicara
durante treinta anos sin la celebración de la
misa, la gente sería más cristiana en
la nación donde hubiera habido la predicación"
(Concilium, nº 33).
¿Qué
significa para nosotros ser predicadores, no a principios
del siglo XIII sino a finales del siglo XX? Algo que
ha sido preocupación específicamente dominicana
dentro de la misión de la Iglesia universal de
predicar el Evangelio ha sido nuestro empeño
en "proclamar la verdad". ¿Dónde
está hoy la verdad no deseada o en peligro en
nuestra nación, en nuestra vida personal y comunitaria
e incluso en nuestra predicación?
Al igual que el mundo en que vivió Domingo, el
nuestro tiene sus propias formas de dualismo a las que
debemos dirigirnos: las divisiones profundas entre naciones
ricas y pobres, entre razas, religiones y grupos étnicos,
entre hombres y mujeres, entre naciones de ideologías
políticas diferentes.
Catorce
años después de la Evangelii Nuntiandi,
podemos hacernos las mismas tres preguntas cruciales
que Pablo VI hizo a toda la Iglesia:
1. ¿Qué ha sucedido hoy en día
con la energía oculta de la Buena Nueva, capaz
de influir poderosamente en la conciencia humana?
2. ¿En qué medida y en qué forma
es capaz la fuerza evangélica de trasformar realmente
a la gente de este siglo?
3. ¿Qué métodos deberían
seguirse para que el poder del Evangelio consiga sus
efectos?
Palabra
y Sacramento
La prioridad de las prioridades para todos los Dominicos
es la predicación y el amor por la predicación
debería de ser nuestro distintivo. Creo que según
el espíritu de la Evangelii Nuntiandi debería
de predicarse todos los días en las misas públicas.
Pablo VI señala también la importancia
de la predicación en la administración
de los sacramentos y en las ceremonias. Dirigiéndose
al Capítulo general de 1983, Juan Pablo II dijo:
"Vosotros, los dominicos, tenéis la misión
de predicar que Dios vive y que El es Dios de la vida
y que en El reside la raíz de la dignidad y la
esperanza del hombre llamado a la vida... Vuestras Constituciones
conceden la prioridad al ministerio de la Palabra en
todas sus formas orales y escritas y la unión
entre el ministerio de la palabra y el de los sacramentos
es su corona". La predicación viene en primer
lugar, más si no conduce a los sacramentos es
incompleta.
Es
importante comprobar el poder evangelizador que nuestra
predicación puede tener en el contexto de la
Eucaristía diaria o semanal. Decimos que mucha
gente hoy está sacramentalizada, pero no evangelizada.
Esta dimensión sacramental puede no solamente
brindar una ocasión de la proclamación
evangélica, sino que los mismos sacramentos son
palabras de evangelización por medio de los símbolos.
Como nos recuerda San Agustín, la palabra es
un sacramento audible y el sacramento es una palabra
visible. Mientras existen muchas ocasiones para predicar
la Palabra fuera de los sacramentos, sería un
error ignorar la oportunidad que la celebración
de los sacramentos nos ofrece para celebrar la Palabra.
Nunca
deberíamos dejar pasar una oportunidad de predicar.
No sólo por el bien de quien nos escucha: Yo
creo que nadie puede predicar continuamente la Palabra
de Dios sin ser transformado por la Palabra que predica.
Tanto Pablo VI como Juan Pablo II insisten no sólo
en la palabra hablada durante la celebración
de los servicios de la Iglesia, sino también
a través de los contactos individuales. "Imitando
a Santo Domingo que estaba lleno de solicitud por la
salvación de todos y cada uno, sepan los hermanos
que ellos han sido enviados a todos los creyentes y
especialmente a los pobres..."
¿Es ésta nuestra visión de la Iglesia
y de la Orden, la práctica diaria de cada uno
de nosotros? Pablo VI en una audiencia general, (3 de
diciembre, 1975) dijo a algunos aspirantes y novicios
dominicos: "Se dice que los dominicos son predicadores.
Sin embargo no es frecuente oír la predicación
de un dominico". La seriedad con que deberíamos
llegarnos a nuestro ministerio de la predicación
queda reflejada en la nueva Ratio Formationis, que establece
que "la aptitud para la predicación debe
ser uno de los elementos a tener presentes en la admisión
a las órdenes".
En una reciente visita a Japón, me hablaron del
gran testimonio dado por los artistas dominicos y yo
me acordé de las palabras de Lorenzo de Rippafratta
a Fray Angélico y a su hermano en un momento
de duda: "De ningún modo seréis frailes
predicadores menos auténticos si cultiváis
la pintura, porque se conquista al pueblo no sólo
con la predicación, sino también con las
artes, especialmente la música y la pintura.
Muchos que se muestran sordos a la predicación
serán ganados por vuestros cuadros, que continuarán
a predicar a través de los siglos". Y es
verdad, siguen predicando igual que los que escriben
y los que publican y cuantos están comprometidos
en las diversas formas de los media.
Colaboración
Me gustaría referirme a dos formas de colaboración,
una con raíces en nuestra tradición, la
otra como forma reciente de la misma.
El
domingo anterior a Navidad de 1511 en una capilla con
techo de paja en la Isla de la Española, Antonio
de Montesinos predicó un sermón sobre
el texto: "Yo soy la voz que grita en el desierto".
Su condena de la injusticia causó una avalancha
de protestas. La gente se precipitó a quejarse
al prior, Pedro de Córdoba, quien explicó
ante el asombro y el disgusto general: "No ha predicado
Antonio de Montesinos, sino toda la comunidad".
La comunidad había decidido tomar una postura:
decidieron lo que había que decir y Montesinos
lo dijo.
¡Cómo se enriquecería nuestra predicación
si ideáramos un método para preparar comunitariamente
la homilía del domingo y para reflexionar sobre
los temas clave que desafían. hoy a nuestras
diversas sociedades y necesitan ser abordados en nuestra
predicación'. Y si tal preparación incluyese
a los laicos, mejor todavía.
Una
segunda forma de colaboración hoy seria ver a
toda la Familia dominicana compartiendo el común
carisma de la predicación: No es que las mujeres
y los laicos estén llamados a vivir la vida evangélica
y los sacerdotes estén llamados a proclamar la
Palabra. Ya en el siglo XIII, Tomás de Aquino
sostuvo que el carisma de la predicación, que
él llamaba "carisma para pronunciar palabras
de sabiduría y ciencia en la comunidad cristiana",
había sido dado tanto a los hombres como a las
mujeres (II-II, q. 177, a. 2, 2m et 3m.).
Quien
esté dotado de un carisma tiene la obligación
de ejercerlo; por ello urjo a las hermanas dominicas
de clausura o de vida activa, a aprovechar toda oportunidad
de predicar que se les ofrezca y esté en consonancia
con las circunstancias de su vida. No hay nadie que
no pueda predicar con el testimonio y con su contacto
"de persona a persona, contacto que conserva toda
su validez" (EN 46).
No se puede discutir que la Orden está llamada
hoy día a proclamar el Evangelio y a practicarlo
como una sola familia. Nuestra misma diversidad y nuestros
esfuerzos para crecer como familia a fin de colaborar
en nuestra misión evangélica, son aspectos
reales de nuestra predicación en un mundo que
todavía no ha descubierto cómo mujeres
y hombres, laicos y clérigos, puedan unirse en
comunidad como iguales, respetuosos de las diferencias,
pero unidos en la fe.
Conclusión
En mis visitas por las diferentes partes del mundo,
he constatado que quienes se hallan en mayor dificultad
son los que proclaman el Evangelio con mayor fuerza
y los que viven la vida evangélica con mayor
entrega. A causa de su situación, su predicación
tiene una resonancia y un impacto mucho mayor que la
de quienes predican en ambientes de comodidad y seguridad.
Tal vez será difícil que se den buenos
predicadores en un pueblo que no sufre o no está
oprimido. Debemos de hallarnos frente a problemas importantes
para que el Evangelio sea proclamado con vigor.
El
Primer Mundo tiene problemas graves con que luchar,
pero la autocomplacencia y una falsa seguridad pueden
cegar fácilmente al predicador para que no vea
su urgencia. El Evangelio es la Buena Nueva a los pobres.
Cuando echamos nuestra suerte con los pobres y oprimidos
nos convertimos en destinatarios de su Evangelio; la
predicación nace entonces de un profundo compromiso
con el pueblo, un compromiso que inspira una palabra
de respuesta a sus necesidades. Nuestra misión
es proclamar la esperanza del Evangelio más frecuentemente
y predicarlo hasta el límite de nuestra visión,
incluso cuando nosotros no encarnamos completamente
tal visión. Como Domingo, no somos profetas de
perdición o desgracia. Domingo, como Jesús,
no anuncio malas noticias, sino la Buena Nueva, siendo
un profeta de esperanza. Tampoco fue un moralista que
amenazase castigos o crease sentimientos de culpa. El
fue -y es- el maestro espiritual que devuelve la esperanza
a los que se hallan oprimidos por la pena o por el sentimiento
de culpa.
Santo
Domingo no tuvo dudas sobre su misión. Él
sabía que era predicador. Nosotros tenemos que
reevocar este sentimiento de Domingo, reconociéndonos
no tanto como "Dominicos", como cuanto "Predicadores".
Yo
he propuesto al Capítulo de Julio las siguientes
interrogaciones:
1.
¿Se halla mi vida donde se hallan mis palabras?
2. ¿Son reconocidos los dominicos en todo el
mundo como la Orden de Predicadores?
3. Como parte de nuestra renovación continua,
¿no tendríamos que vernos más como
predicadores, titulo que nos dieron el Papa Honorio
y Santo Domingo?
4. ¿Cuáles son las experiencias humanas
que me forman a mí y a mis palabras? ¿En
qué medida he permitido que el grito de los pobres,
de los sin categoría social, educación
o poder influya en mi comprensión del Evangelio
y en mi anuncio del mismo?
5. ¿Cómo predico Yo? ¿Se basa mi
predicación en la oración y en el estudio?
¿He hecho de la Palabra de Dios algo familiar?
¿Me predico a mí mismo, -mis ideas-, o
a Jesucristo? ¿Acepto lo que yo soy, permitiendo
a los otros que me enseñen? ¿Cómo
he continuado mi formación como predicador? ¿Busco
la colaboración de mis hermanos, hermanas y del
laicado en mi ministerio de predicación?.
6. ¿De qué forma puede nuestra manera
particular de vivir juntos promover directamente la
oración, el estudio y el anuncio, -elementos
integrantes de la predicación-, a fin de ser
identificados públicamente como "los Predicadores"?
¡Somos
Predicadores!. Alegrémonos de nuestra vocación,
hombres y mujeres a quienes ha sido confiada la Palabra
y la visión de Dios para nuestro mundo.

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