
stas
dos páginas bíblicas, de San Pablo y de
San Mateo, nos introducen en un clima de gravedad, de
urgencia apostólica y también de confianza
para celebrar, esta tarde, la memoria de Nuestro Padre
Santo Domingo y la actualidad de su carisma en el mundo.
En el marco de los «Martes de Santo Domingo»,
organizadores, participantes, amigos del Centro, queréis
dar gracias al Señor por estos diez años
de acción común. Queréis descubrir
también juntos, una vez más, esta fisonomía
de Domingo hombre auténticamente apostólico,
e interrogaros sobre vuestra misión. ¿Cómo
vivir el hoy del Evangelio en el hoy de la cultura,
estimulados por el carisma dominicano?
1. Hermano Domingo, un hombre ardiente en el estudio
y apasionado por la verdad
La
figura de Santo Domingo seduce por su delicadeza, su
celo apostólico, su dulce y exigente firmeza
religiosa, su audacia y su genio institucional. Más
raramente, seguimos la huella de su fisonomía
y de su vigor intelectual. ¿Por qué?
La gloria de nuestro hermano Tomás de Aquino,
¿habría perjudicado, en este punto, la
de nuestro Padre Domingo? No lo creo. En el hermano
Domingo es todo tan armonioso y discreto que las más
grandes cualidades, las intuiciones más geniales
pueden parecer «lo más natural».
¡No
nos engañemos! En Santo Domingo, el papel del
estudio, la búsqueda apasionada de la verdad,
el cuidado de «dar cuenta de su fe» tuvieron
un lugar primordial y central.
En
Palencia, Domingo fue un estudiante aplicado y hasta
austero. Trabajando con ardor, apenas terminó
las ciencias profanas, se dedica con pasión a
los estudios sagrados. Joven profesor, comenta la Palabra
de Dios al pueblo cristiano y enseña también
la teología.
Otros
acontecimientos que marcan su vida tienen, al mismo
tiempo, valor ejemplar para nosotros.
Para
él, «compasión», «misericordia»
y «ciencia» están unidas. El episodio
del hambre, en el curso de la cual vende sus libros,
ilustra hasta el extremo lo que debería ser una
máxima para sus hijos: « ¡Ay de la
ciencia que no lleve al amor! ».
El
encuentro con el huésped hereje de Toulouse es
un episodio importante para el hermano Domingo y para
nosotros: un cambio en su vida que le revela a sí
mismo. En cierta manera, sin la ciencia de Domingo,
sin su poder de convicción, sin su ímpetu
apostólico, que se acerca al de un San Pablo,
el hecho «no se habría convertido en un
beneficio para el Evangelio». Sin aquella tarde,
amigos míos, no estaríamos aquí.
Finalmente,
no pensemos que las célebres «disputas»
con los albigenses del sur de Francia y los encuentros
con los valdenses y los cátaros de Lombardía
fueron fáciles. Tampoco, actualmente, es fácil
una conferencia, una mesa redonda, un diálogo
ecuménico riguroso o incluso una entrevista en
la televisión y en la radio.
2.
Perfil dominicano del estudio y de la preocupación
cultural
En
todos estos acontecimientos, estos hechos, no se trata
solamente de gracia o de éxito individuales.
Santo Domingo traduce en orientaciones fundamentales,
institucionales, para su Orden y para todos los que
le invocan, estas realidades que el Señor le
otorgó vivir y experimentar en su historia personal.
«
¡Conservar a la sal su sabor! », «no
disimular la luz», sino que «todo sirva
a la gloria del Padre que está en los cielos!
». ¿No es también el programa de
la Orden y de todos vosotros reunidos aquí?
De
investigación individual, de «lectio divina»,
en la calma de los claustros, el estudio se hace con
el Maestro Domingo, valor religioso estructural para
su Orden y para cada uno de nosotros. Orientado a la
salvación de las almas, el esfuerzo intelectual
da su cualidad doctrinal a la misión, al tiempo
que mantiene a un alto nivel espiritual el trabajo apostólico.
Las
repercusiones de estas intuiciones son inmensas. Nacido
en una época de profundas conmociones culturales,
la Orden de los Predicadores tiene un carisma para estar
presente en las distintas mutaciones que el mundo puede
conocer.
El
estudio, la investigación de la verdad están
más ligados de lo que habitualmente pensamos
a un estilo de vida e, incluso, a una «praxis».
Para nosotros, Hermanos Predicadores, miembros de la
familia dominicana, hay un pacto entre el estudio y
la pobreza, el estudio y la fraternidad, el estudio
y las «esperanzas y las angustias de este mundo».
¿No es en esta línea donde hay que saber
leer y comprender las orientaciones de nuestros últimos
Capítulos generales para la «Justicia y
la Paz»?
Por
otra parte, tenemos que ser «mendigos de la Palabra
de Dios», no sólo en un estudio serio de
la Biblia y en oración incesantes, sino también
en nuestro encuentro con los hombres. La fe cristiana
debe encarnarse. Debe mantener un diálogo con
las culturas. No solamente tenemos que hablar «a
los» hombres, sino también «con»
ellos y recibir de ellos.
Me
gustaría añadir que el pacto existe también
entre la búsqueda de la verdad y una cierta «itinerancia»:
la del predicador que acepta sacrificar «ministerios
fáciles» para responder a llamadas más
urgentes, más cruciales -como la del cristiano-,
en la escuela de Santo Domingo, constantemente abierto
a la miseria material y espiritual de los hombres. En
nuestra solidaridad humana, y en nombre del Evangelio
integral, ¿somos los cristianos suficientemente
conscientes de la necesidad de descubrir estos espacios
nuevos donde se juega el futuro del mundo: ambientes
descristianizados, universos culturales nuevos e incluso
marginales, campo de la justicia social, sector de los
medios de comunicación social y su integración
en la predicación de la Palabra de Dios? (cf.
Q. C., n. 15). A este fin, ¿«aceptaremos
poner en entredicho nuestras frágiles y a veces
rápidas síntesis? ¿Seguimos teniendo
una voluntad real de búsqueda de la Verdad en
el hoy de la historia de los hombres?
3. Conscientes de la urgencia de la llamada...
Queridos
amigos, asiduos como sois del «Centro San Domenico»,
donde suelen debatirse todas estas cuestiones, mis palabras
habrán parecido «ordinarias». En
septiembre último, ¿no se celebró
aquí una asamblea sobre el tema «Evangelizzazione
e culture oggi in Italia»? ¿No evocaban
las conclusiones: «En el caos de la cultura la
"brújula" cristiana»?
Pese
a todo, bueno es que reavivemos estas interrogaciones.
San Pablo, en su carta a Timoteo, admirable de emoción
y de gravedad, nos invita a proseguir sin desfallecimiento
la misión. Y Cristo evoca la radicalidad necesaria
a toda vida que quiera dar testimonio del Padre.
Fidelidad
al descubrimiento y al anuncio de la Palabra de Dios,
mantenimiento de nuestras vidas en el camino recto del
Evangelio; que Santo Domingo, «Lumen Ecclesiae»,
bañe nuestros corazones con su ardor apostólico
y nos conduzca, por estos caminos, al encuentro de Cristo
en un servicio cada vez más real de nuestros
hermanos. 
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