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San Domingo  Matisse
Mensajes a la Orden en América Latina
Homilía en la clausura del VI Encuentro de CIDAL, en Caracas (Venezuela), 2 de marzo, 1980

F. Vincent de Couesnongle, O.P.

Vincent de Couesnongle, O.P.1. Presencia y carisma dominicano

Durante las reuniones de este Encuentro de Cidal he querido ser discreto. Permítanme serlo un poco menos en esta Eucaristía con la que cerramos el Encuentro.

Quiero proponerles tres reflexiones relacionadas con los temas tratados durante estos días. Entre una y otra guardaremos algunos momentos de silencio para facilitar su meditación.

1.° Mi primera reflexión: la presencia de la Orden en los problemas más urgentes de América Latina

Tenemos mucho que hacer para llevar a cabo nuestra tarea en la «opción privilegiada por los pobres» que Puebla nos pide. Estamos todos de acuerdo en las palabras, en los sentimientos y en los principios. Pero, ¿en la práctica?, ¿cuál es nuestra actitud ante una parroquia, un convento o un colegio que habría que cerrar?, ¿cuál es nuestra postura hacia una asignación que habría que aceptar o ante una nueva fundación que habría que realizar? Estas decisiones pueden plantearse, bien sea con el fin de poder evangelizar a los marginados de los barrios más miserables de una ciudad, bien sea pensando en que algunos de nuestros hermanos puedan dedicarse al análisis y a la investigación de las causas profundas de la situación actual de injusticia, o también para hacer de un convento un verdadero centro de reflexión. Y, de manera más general, cuando se trata de orientar todo lo que hacemos en la perspectiva de un mundo mejor, abierto al Reino de Dios, que es lo que el Evangelio nos pide construir.

Porque, en definitiva, esto es lo que está en juego cuando hablamos de opción por los pobres: que los últimos de hoy tengan su lugar de derecho, si no el primero, en la fiesta que el Señor ofrece cada día a sus hijos.

En esta perspectiva tenemos que cambiar todo: lo que somos y lo que hacemos. Al menos, en el sentido de que nuestra misión debe trascender nuestros horizontes habituales; en el sentido de que nuestro corazón debe estar animado por otro amor y nuestras manos deben aprender a manejar otros instrumentos.
Esto vale ya para los compromisos apostólicos en que estamos metidos actualmente. Pero este cambio de mentalidad nos abrirá, sin duda, nuevas rutas y nuevos compromisos. Debemos estar listos desde ahora. Sin tergiversación demos los pasos que el Señor espera de nosotros.

Una escuela, de estilo «burgués», puede jugar un papel importante en nuestra opción primordial, si sabemos trabajar en simbiosis, por así decirlo, con las hermanas que viven y trabajan en medio de la miseria total. Un centro de reflexión no puede ser fiel a su misión, si los religiosos que trabajan en él no van a ver lo que está ocurriendo en los tugurios y lo que dicen las estadísticas.

El levita y el sacerdote del evangelio del buen samaritano han pecado porque apartaron su mirada del herido y siguieron su camino. En el mundo, tal como existe, el pecado más habitual es el pecado de omisión. ¡Que no sea ese nuestro pecado!

Los hombres más grandes de la Orden han estado presentes a los cuestionamientos de su época: Santo Domingo, Santo Tomás, San Vicente Ferrer, Las Casas, Lacordaire... por no hablar de otros que viven aún entre nosotros. Lo mismo ha ocurrido con las mujeres que han honrado el nombre dominicano. Piensen en Santa Catalina de Siena y en las geniales fundadoras de tantas congregaciones dominicanas.

Es, pues, a un gran esfuerzo de «presencia en la realidad» -presencia atenta, exigente, activa- a la cual invito a todos.

2. Mi segunda reflexión: tipo de presencia que exige el carisma dominicano

En el capítulo referente al estudio, nuestras Constituciones dicen que debemos llegar a los hombres en su deseo por la verdad (LCO. 77, II ). Es decir, tenemos que contactar con los hombres en su aspiración a conocer las cosas tal como son, a comprenderlas. Sobre este punto, siempre me gusta decir que lo que caracteriza al máximo la mentalidad dominicana (no digo la espiritualidad, que va íntimamente unida a aquella) es el «sentido de la verdad de las cosas», que evidentemente no puede separarse de la «verdad del hombre» y de la «verdad de Dios».

En la tarea, inmensa y apasionante, a la cual Cristo llama a la Orden en América Latina, este aspecto de nuestro carisma debe aplicarse, ante todo, al necesario análisis de la realidad, del que se ha hablado y discutido en estas sesiones y sobre el cual es necesario volver, pasado CIDAL, para descubrir los presupuestos subyacentes de orden filosófico.

Este aspecto del carisma dominicano debe aparecer también en nuestra manera de abordar los problemas y de aclarar las soluciones. No hay verdad sin totalidad. Dejar escapar tal o cual elemento de un problema, es incapacitarse para resolverlo. Como se dijo aquí durante la reunión, Dios es parcial; puede tomar partido por una causa (en este caso por los pobres). Es cierto. Pero esto no quiere decir que sólo vea un aspecto de las cosas. Dios siempre ve el conjunto. También en esto nosotros debemos imitarle, sabiendo encontrar en esta parcialidad un trampolín para descubrir algo nuevo. Pero nunca podemos olvidar las exigencias de la totalidad. Esto exige, además de una formación inicial y permanente, un estudio profundo de las cuestiones filosóficas y teológicas. Nunca se insistirá suficientemente en esto.

El mundo de hoy y sus «sistemas» ofrecen multitud de caminos a nuestro estudio e investigación. Pero en este camino debe iluminarnos una luz y empujarnos hacia adelante un deseo decidido: descubrir la totalidad del hombre. De esto se trata: la promoción de todo el hombre y de todos los hombres.

Sabemos muy bien que los dos «sistemas», que hoy se disputan el mundo, por diversas razones, son incapaces de promover esta totalidad. Y sin esto no hay «verdad sobre el hombre»; sin esto no hay liberación.

Es, pues, en esta dirección en la que debemos orientar nuestra investigación, toda nuestra búsqueda, precisamente en una época en la que el futuro y las posibilidades del progreso marcan irremediablemente a la humanidad.

Tenemos que convencernos de que los hombres menos pertrechados culturalmente no son, sin embargo, los menos sensibles a esta búsqueda incesante -que ha de ser, al mismo tiempo, franca, honesta y luminosa- de totalidad. Yo creo incluso que su pobreza les hace más sensibles en este sentido, aunque sólo sea por el temor que sienten espontáneamente frente a los otros, frente a los «grandes» y a los «sabios».

En nuestra manera de abordar, de situar e iluminar los problemas de los hombres, así como en nuestra manera de dialogar con ellos, tenemos ciertamente algo original que ofrecer como dominicos.

3.° Mi tercera reflexión: en torno a la oración

Ayer, último día de sesiones, estudiábamos los textos de Puebla y de la CLAR sobre la experiencia de Dios. Esta mañana les pido fijar su mirada en santo Domingo

Santo Domingo fue ciertamente un contemplativo, un verdadero contemplativo, uno de los contemplativos más grandes de la Iglesia. Pero lo fue de una manera original.
«Dedicaba el día a los hombres y la noche a Dios». Pero esto no significa que su vida estuviera dividida en dos partes. Su contemplación durante la noche estaba poblada de los rostros de los hombres y de las situaciones que había encontrado durante el día. «Dios mío, misericordia mía, ¿qué será de los pecadores?».

Releamos el texto de Jordán de Sajonia, que nos descubrirá de lleno la originalidad de la plegaria de Domingo: «Habíale otorgado Dios el don de llorar por los pecadores, por los pobres y por los afligidos; sus miserias afectaban lo más íntimo de su alma y se manifestaban al exterior en torrentes de lágrimas» (Libellus, VII).

Domingo llora por los pecadores, por los pobres, por los afligidos. La experiencia de Palencia permanece siempre viva en él. En la continuación del texto se habla de su deseo de identificarse cada vez más con Cristo. Sabemos, por otra parte, que su rostro siempre estaba alegre, pero le envolvía la tristeza ante la presencia de las desgracias del prójimo llegando, con frecuencia, a derramar lágrimas. En los nueve modos de orar de Santo Domingo lo que quizás nos llame más la atención son las posturas corporales, tal como nos las muestran las miniaturas de todos conocidas.

¿Hemos meditado suficientemente este relato hecho por una mano venerable? En él encontramos una vez más lo que ya sabemos: el corazón de Santo Domingo en oración estaba lleno de las miserias de los hombres y de la misericordia de Dios.

Aquí está la originalidad de su contemplación. Domingo es el contemplativo de la misericordia de Dios y de la miseria de los hombres. O, si se prefiere, pues es lo mismo, Domingo es el contemplativo de la miseria de los hombres, objeto de la misericordia de Dios.

El beato Angélico no pintó a Santo Domingo al pie de la Cruz, en muchos de sus cuadros, por capricho. Cristo en la Cruz es para Domingo, al mismo tiempo, la expresión suprema de la misericordia de Dios y su identificación con la miseria de los hombres.

Lo que nos propone Puebla y la CLAR, al hablar de nuestra experiencia de Dios, es menos original de lo que podríamos pensar en principio, porque la oración de Domingo nos pone en consonancia inmediata con lo que esos documentos nos proponen.

He aquí lo que debe ser nuestra oración, nuestra contemplación.

La vida dominicana es tremendamente rica, pero ¡qué difícil! Con los que nos han precedido en la Orden encontramos dos dificultades mayores: estar presentes en el mundo a evangelizar y hacer la unidad en una vida compleja hasta la contradicción. La fuente de esta unidad debemos buscarla en la oración y contemplación de Santo Domingo: contemplación de la calle y contemplación de Cristo en la Cruz, ambas unidas. Unica contemplación que debe suscitar y alimentar la verdad y la fidelidad de nuestra presencia en el mundo, de nuestro apostolado y del testimonio de nuestra vida.

Oración común y oración privada son necesarias en nuestra vida. ¿Qué hay de nuestra oración privada, sobra la «oración secreta» de los primeros tiempos de la Orden?

Queridos hermanos, queridas hermanas: les suplico hacer el esfuerzo, grandes esfuerzos, para saber encontrar silencio y tiempo, sin los cuales no es posible la oración dominicana. Sólo gracias a ella nuestra vida será auténtica.

2. Animación vocacional

El problema de las vocaciones es ante todo el problema de la vocación, de nuestra identidad. Y nuestra identidad es santo Domingo

En América Latina, la llamada a la «contemplación callejera» -por hablar así-, me empuja a ver en él «el hombre de la misericordia».

El primer gesto del joven Domingo, que la historia ha conservado, es un gesto de misericordia: «vender sus libros en Palencia». Según sus contemporáneos, su rostro, de costumbre alegre y risueño, se ponía triste ante toda miseria física o moral. Su oración en la noche era: «Dios mío, tú que eres la misericordia, ¿qué sucederá a los pecadores?». Para él, la misericordia de Dios no es solamente un atributo de Dios, es su nombre. Y esta plegaria no es solamente una oración de intercesión, sino que también es una petición a fin de que Dios le muestre caminos nuevos para atender con una eficacia mayor a los hombres. Sin duda, es el asentimiento de misericordia lo que le dio a Santo Domingo y profundizó en él su pasión por la salvación del mundo.

No nos damos cuenta suficientemente de lo mucho que la primera generación dominicana ha sido influenciada por esta característica. En aquel tiempo, se llamaba frecuentemente al Convento «la casa de misericordia». Este mismo hermoso nombre podría tener un gran eco en América Latina hoy.

En las «Vitae fratrum», los hechos son muy numerosos y demuestran la vitalidad de este sentimiento en los comienzos de la Orden. Por ejemplo, el hecho de que, al momento de morir, uno de los frailes se despierta y exclama: «Dios es verdaderamente misericordioso, verdaderamente misericordioso». La misma generación decide saludar cada día a la Virgen como «Mater misericordiae».

Si queremos que Santo Domingo esté activamente presente en el mundo de hoy, debemos comulgar frecuentemente con sus sentimientos de misericordia. Ellos pueden y deben ser la fuente de la mirada nueva, de la disposición al cambio, que todos deseamos hoy aquí. Para un dominico latinoamericano, la conversión de vida, la conversión integral, que se exige por la situación actual de este continente, no puede prescindir de una renovación de este sentimiento.

Aquí quisiera insistir en tres cosas.

1. Sensibles a la miseria humana

En América Latina, no faltan ocasiones para despertar estos sentimientos: rostros de niños; barrios sin agua, sin luz, sin carreteras, sin médicos, sin aire puro; numerosos jóvenes que ocultan un coeficiente de esperanza de vida muy bajo, ignorancia en todos los sectores de la vida humana y cristiana. Me pregunto si esta vez, cuando vuelva a Europa después de visitar América Latina, será como antes. ¿Olvidaré estos rostros y las estructuras que engendran la miseria? Les pregunto a ustedes: ¿El acostumbrarse no adormece sus corazones? ¿Habrá encontrado la miseria un puesto en nuestras vidas? ¿Será una parte de nuestras vidas y del paisaje de cada día? ¿Será como un opio: las cosas son así, así es la vida, no sé qué hacer, no cambio nada, continúo como antes, o, al contrario, será un fermento, un estimulante, una fuerza siempre nueva que nos produce un deseo, una inquietud cada vez más profunda, una realidad que nos ilumina la noche, que nos despierta en el lecho y nos impide dormir, que nos hace buscar y encontrar nuevas soluciones, que nos hace descubrir los sitios y las personas más infelices más lejanas de Dios, y quizá más aptas para recibir y entender su Palabra? Y creo que nuestras hermanas dominicas pueden ayudarnos mucho para revelar las realidades y profundidades de la miseria que sólo las mujeres pueden sentir. De ahí la necesidad de un trabajo y de una comunión más y más intensos entre ellas y sus hermanos. De ahí también la importancia particularmente actual y necesaria de vínculos estrechos y orgánicos entre los diferentes miembros de la familia dominicana.

Porque Santo Domingo veía con claridad, porque entendía a fondo, porque su corazón estaba siempre vivo, pudo encontrar nuevos caminos y fundó la Orden de Predicadores.

Santo Domingo fue un innovador. El más grande sin lugar a dudas en toda la historia de la difusión de la palabra de Dios. Todos conocemos a esos hombres o mujeres que buscan algo o que han descubierto algo. Es imposible hablarles de cualquier tema sin que, al cabo de tres o cinco minutos, vuelvan a la única realidad que les apasiona y constituye toda su vida. ¿Seremos nosotros de esos hombres, de esas mujeres? O ¿seremos de aquellos habituados a la miseria, de aquellos habituados a lo que ya es? Los testigos que consienten, adormecidos por la miseria, no nutren ninguna esperanza, ni para ellos ni para los demás. ¿No sería necesario añadir una nueva bienaventuranza en el estilo de Nietszche? «Dichosos los habituados, son muertos antes de tiempo».

2. Reto vocacional ante la miseria radical

El segundo punto toca las causas de esta miseria, ya sean puramente humanas, o, sobre todo, religiosas. Nuestra misericordia tiene que ser tan grande que nos lleve a atacar las causas. Sin duda, corresponde a cada uno de nosotros luchar en contra de las causas inmediatas. Dejo a un lado este punto para insistir en las causas más remotas y profundas, en aquellas que requieren un estudio más profundo y más exigente.

Las entidades que integran CIDAL y cada uno de los religiosos que forman parte de este organismo, ¿estarán dispuestos a permitir que un hermano latinoamericano estudie las ciencias económicas, o que otro estudie las ciencias políticas, otros las empresas multinacionales, otros que analicen periódicamente la coyuntura política y religiosa del Continente? Y no hablo de la urgencia de especialistas en Teología y Pastoral, porque es demasiado evidente. Estas preguntas se nos han presentado, y las hemos meditado. ¿Estará la misericordia de Santo Domingo tan viva en nosotros que fuerce a las entidades latinoamericanas a tomar las decisiones concretas y urgentes en el campo intelectual para que los hermanos capaces sigan o tomen en sus manos esta responsabilidad?

Entre nosotros, en América Latina, no faltan hermanos capaces de especializarse en estas ramas. ¿Qué hacemos nosotros respecto a esto? Y entre nosotros -yo me acuso el primero pensando en mi propio pasado- ¿no se ha dado el caso de algunos que no siguieron investigaciones fundamentales, por seguir trabajos útiles, sin duda, pero más fáciles y «consoladores», mientras que eran capaces de mucho más?

Hay aquí estudiantes dominicos que representan a todos los jóvenes hermanos que yo encontré desde que estoy en América Latina -y todavía no he terminado mi viaje-. ¿Qué haremos de ellos? ¿Qué criterios dirigirán sus estudios complementarios, exigidos para todos los frailes en nuestras Constituciones? Me dirijo ahora a vosotros que estáis aquí y representáis a la joven generación: ¿Estáis listos, si la obediencia os lo pide, a comprometeros valientemente con este camino difícil y austero, cuyos frutos necesitan muchos años para madurar? ¿Estáis dispuestos a perseverar durante toda vuestra vida en un trabajo de especialista y de investigador? Os insisto en la perseverancia, porque cuarenta años de vida dominicana me han enseñado que entre nosotros la falta de perseverancia en el camino elegido -sea por el hecho de los individuos o de los superiores que no preparan sucesores- es la causa de que la Orden esté lejos de poseer todo el resplandor y la influencia que debería tener en el mundo.

Un trabajo semejante no exige encerrarse toda la vida en una celda. Si hay una contemplación que nace de la calle, también es necesario, para el teólogo, para el pensador, para el técnico, un contacto concreto, ferviente, solidario con el mundo.

Yo he conocido al P. Lebret. Estoy viviendo todavía la profundidad, la simpatía, la comunión de su mirada cuando veía un hombre, una mujer, un niño que encontraba. No era un hombre de laboratorio, sino un hombre abierto y amplio como el mar. Y él era capaz, sin embargo, de pensar durante su oración en los más altos problemas económicos del momento y en lo que sería después la «Populorum Progressio», sin que, como él mismo decía, estos problemas le distrajesen de Dios.

3. Nuestra relación con Dios

Fray Angélico representó con frecuencia a Santo Domingo al pie de la Cruz: la mirada de Domingo llena de compasión y de amor hacia Cristo, sus brazos extendidos y apoyados sobre la Cruz, como si quisiera medir la hondura, la largura, la altura y la profundidad del misterio de la misericordia de Dios para la salvación del mundo.

La misericordia de Domingo no era un mero sentimiento humano. Ella adquiere una dimensión divina al pie de la Cruz. Sólo al pie de la Cruz podemos comunicar con la mirada de Cristo, quien lloró por la muerte de Lázaro, quien tuvo compasión por la muchedumbre que tenía hambre, quien lavó los pies de sus apóstoles, quien transformó el corazón de la samaritana.

Sólo la oración y la comunión con Cristo pueden despertar a los «habituados» que somos nosotros y decirnos cuál es el rostro de Lázaro hoy, qué puedo hacer yo por la muchedumbre hambrienta de hoy, hacia qué heridas de hoy debo inclinarme, en dónde puedo encontrar a la samaritana de hoy.

Un día deberemos meditar todos juntos, hermanos y hermanas de la Orden, sobre lo que me gusta llamar nuestra «relación con Dios», esta relación que se ata y se alimenta en la oración secreta y litúrgica, y que debe ser la inspiración de todo lo que hacemos y de todo lo que somos.

Comunión y misión son los dos ejes de la Constitución Fundamental. Una y otra deben estar más encarnadas que nunca en las realidades y en las aspiraciones del mundo; ¿no tienden hoy a secularizarse?

Nuestra misión, por ejemplo, no mira al anuncio auténtico, convincente y convencido de la Palabra de Dios, fuente de vida integral, y un sentido de la misericordia que no apunta al hombre total. En consecuencia, nuestra palabra se estanca en el camino.

Por otra parte, nuestra comunión permanece demasiado superficial, demasiado «camarada», solamente «a nivel de equipo de trabajo», mientras que ella debe ser la participación de la vida de Cristo en nosotros. Para poder hablar de Dios verdaderamente, ¿no es necesario hablar de él primero con algunos, en un grupito viviente, en comunión profunda? ¿No deben ser nuestras comunidades el lugar privilegiado de nuestra participación en una miellos?

No he dicho una palabra de vocaciones, sin embargo, creo que sólo hablé de ellas... ¿Cómo promover vocaciones? Cristo nos lo ha dicho: «Ven, y mira».

En nuestras provincias, en nuestros vicariatos, ¿hay muchas comunidades de las que podamos decir, sin vergüenza, con alegría, seguros y orgullosos de su atractivo, de su resplandor, de su profundidad sobrenatural, de su verdad dominicana, de su presencia en un mundo en construcción, de la misericordia que les inspira: «Ven y mira»?

Que el Señor y Santo Domingo nos conviertan a todos para hacer de nuestras comunidades «casas de misericordia», de las cuales necesita América Latina y que la Orden espera hoy de aquellos hermanos y hermanas que trabajan allí.

Nuestra primera palabra en la Orden ha sido para pedir la misericordia de Dios y la de los hermanos. Pero si la Orden nos la ha dado es para que nos comprometamos a vivir nosotros mismos esta misericordia y para extenderla por todo el mundo.

3. Comunión y misión en la iglesia

Es conocido el esfuerzo que realiza la Iglesia en estos países que se extienden desde México al cono sur del continente americano. A partir del descubrimiento de América, mucho han trabajado allá los frailes predicadores. En la hora presente, esta región mantiene una gran importancia para ellos, puesto que el 16 por ciento de los Dominicos viven en ella, es decir, uno de cada seis miembros de la Orden.

¿Por qué razón la experiencia dominicana puede mantener su autenticidad al servicio de la comunión eclesial? ¿Cómo algunas figuras cristianas, santos o profetas, de épocas anteriores podrán inspirar la acción de nuestro tiempo? Tales son las cuestiones que evocan y tratan los dos textos siguientes.

1. Nuestra vocación dominicana en la comunión eclesial

Hemos compartido estos días lo mejor de nuestra vida en este oratorio. Aquí mismo, en el corazón de la Eucaristía, parece preferible terminar esta semana de intercambios y de reflexiones apostólicas, dejándonos interpelar una vez más por la Palabra del Señor y abiertos a acoger las luces de su Espíritu.

Somos conscientes de pertenecer a una Orden que ha prestado verdaderos servicios a la Iglesia. Cuenta con una tradición de investigación intelectual, presencia misionera, participación de muchos de sus miembros en la preparación y desarrollo del Concilio Vaticano II..., así como de otras riquezas de las que nos sentimos orgullosos.

Sin embargo, surge un interrogante: ¿Vivimos este pasado como simple aureola o como una exigencia? ¿Qué renovación efectiva se da con miras a nuestros compromisos individuales o comunitarios?

Yo pienso que, como dominicos, hemos tenido en un pasado reciente -y en un lado u otro puede ser siempre verdaderouna dificultad especial para aceptar una enseñanza de fuera de la Orden. Yo me quedé sorprendido al enterarme de que un jesuita no debía confesarse más que con uno de sus hermanos de religión. Pero, a su vez, ¿no ha sido menester que pasaran años para preguntarme sobre el hecho de que todos nuestros retiros conventuales eran dirigidos por dominicos? Nosotros teníamos y tenemos a Santo Tomás. En consecuencia, debemos entregarnos a redescubrirlo para proyectarlo sobre nuestra época y no con miras a 1900 o a otra situación coyuntural. En el pasado nos bastaba con Santo Tomás y pensábamos que, gracias a él, podíamos abordar con suficiencia todos los problemas y hacer frente a todos los auditorios, fueran quienes fueran los interlocutores. Todos estamos convencidos de que esta postura es hoy día insuficiente.

Por eso, el CELAM ha organizado en diversos países institutos de pastoral, de liturgia, de catequesis, etc. Sin atrevernos a pronunciar un juicio concreto sobre todas estas iniciativas, sí podemos reconocer la importancia y el valor de estos esfuerzos, pues se encuentran magníficas «escuelas de aplicación» para toda la América latina y - en el orden de lo práctico - una especialización y sensibilización que solamente se puede adquirir en este continente.

¿Cuál ha sido, cuál es, cuál debe ser nuestra presencia como dominicos en estos Institutos, o incluso en aquéllos, fuera de América Latina, que proponen programas de estudio para los que deben trabajar aquí y que no carecen de valor? ¿Cuántos hermanos tienen la posibilidad de renovarse periódicamente? ¿Estamos presentes en sesiones pastorales de las jornadas que se nos bridan en bastantes lugares? ¿No nos marginamos aquí también, pensando que tenemos muy poco que recibir? Preguntémonos aquí: ¿Cuál es nuestro pensamiento en todo lo que acabamos de evocar? ¿Qué es lo que piensan los demás de nosotros a este respecto? ¿Qué resultados positivos se derivan de ello?

Ya que hablo de marginación dominicana, existe otro tipo de marginación, a nivel interno de nuestras comunidades, que, por lo menos, quiero evocar. Se trata de los hermanos que, bajo los mejores pretextos -al menos así lo creen ellos- no toman parte en tal o cual aspecto de nuestra vida. ¡Cuántos de los que participan muy poco o nada en la vida litúrgica de sus comunidades ponen por delante, por ejemplo, el hecho de que, no existiendo verdadera vida común, no tiene sentido la oración comunitaria! Como si el hombre no fuera un «dador de sentido». No participar en ella, no hacer nada por el cambio, ¿no es claudicar y ser la causa de que las cosas vayan siempre peor? A veces, me dan ganas de rechinar los dientes cuando veo que alguien critica y no hace nada por cambiar la situación. Todo dominico debe ser un manantial de agua vivificante para su comunidad; si no será como una cisterna vacía que se oxida progresivamente porque el agua no cae, y, sin duda, tampoco caerá del cielo.

Hace falta decir algo semejante de quienes afirman que no hacen nada para promover vocaciones y que todavía contribuyen menos por hacer atrayente su convento. ¿Cuántos son los promotores activos en nuestra entidad, promotores ingeniosos, apasionados, creativos? ¿Cuántos, entre nosotros, están convencidos de la urgencia y de la importancia de este cargo, y ayudan a los que están nombrados para él? ¿Cuál es nuestro programa de acción? ¿Aceptamos fácilmente ser padres estériles e impotentes?

Conviene también hablar de un aspecto importante de nuestra comunión, la que nos mantiene en relación viva con la Iglesia. Bastará una reflexión, partiendo del ejemplo mismo de Santo Domingo, pues la Liturgia canta a Santo Domingo «in medio Ecclesiae». La idea de su Orden maduró, por fin, pero exigió tiempo; no olvidemos esto en nuestras prisas e impaciencias; y va a Roma a someter su proyecto al Papa. Confortado con su aprobación y con su apoyo, regresa a Toulouse y dispersa a sus hermanos. Este hecho, este ejemplo, esta sumisión eclesial debe marcarnos también a nosotros. Lo que me impresiona de este episodio, es que, yendo a Roma, no solamente da a su Orden pleno valor de Iglesia, plena conciencia eclesial, sino que la universaliza, la hace católica en el sentido pleno del término.

¿Por qué no decíroslo? He conocido en Francia hermanos que disfrutaban de gran estima en el campo social, se hacían notables por su celo totalmente desinteresado en favor de los trabajadores y de la clase obrera. Ellos nos abandonaron, con el pretexto, a veces, de una mayor eficacia en esta línea. ¿Quién habla de ellos ahora? Parece como si su salida los haya, casi a todos -por no decir a todos-, tocado de esterilidad. Y no hablo de la vida «burguesa» de más de uno. No lamento haber evocado estos hechos. En momentos más difíciles, estos hechos pueden ayudar a algunos de nuestros hermanos a tomar conciencia de lo que la Iglesia es verdaderamente: ambiente, madre y matriz de la verdad de nuestra vida.

2. Renovación de la oración y de la vida comunitaria

En fin, quiero comunicaros mi gozo por la calidad de nuestra vida de oración durante esos días. Oración sinceramente excepcional por la comunión de personas; por el compartir en el transcurso de la Misa y del Oficio Divino las reacciones más profundas; por la puesta en común de las preocupaciones apostólicas más concretas; por la vuelta constante a la Palabra de Dios, rumiada sin cesar, y que era mucho más que una referencia constante; la atmósfera, el ambiente, el marco de nuestras palabras y de nuestros silencios ante Dios. Deduzco de ello, sin temor a engañarme, que en la Orden, en América Latina, hay un sentido remozado de oración y de contemplación. No os sentiríais vosotros tan espontáneamente sumergidos en «el juego de la oración», si, al menos, alguna de vuestras comunidades no viviese una esperanza semejante.

Algunas comunidades... ¿habrá muchas que recen así, dado que esta oración compartida es uno de los aspectos de la oración que Santo Domingo quiere ciertamente para nosotros hoy? ¿No hay muchos que prestan una fidelidad demasiado material, casi exclusiva, en la recitación del Oficio Divino? E incluso en este plano -que debiera ser sobre todo la llamada a la oración verdadera-, ¿en dónde están cada una de nuestras comunidades? ¿No estamos instalados en una concepción que fue tal vez de la Iglesia de ayer, pero que ya no es la de la Iglesia de hoy? ¿No somos demasiado tímidos, timoratos, tal vez víctimas de cierto respeto humano, porque viviendo juntos nos conocemos demasiado? ¿Cuántos de nosotros no practicamos más fácilmente «el compartir el evangelio» fuera de nuestra comunidad que dentro?

Se ha hablado de la «contemplación callejera», «contemplación de la calle». Yo aplaudo esta expresión, que ciertamente no quiere de ninguna manera disminuir o rebajar la oración gratuita ni la mirada enamorada de dos seres que se aman. Los enamorados hablan de todo lo que forma parte de sus vidas, de sus mayores disgustos, como de sus pequeñas alegrías. Pero tales palabras necesitan silencio. Palabra y silencio se compenetran y forman una sola cosa. Así sucede con la «oración callejera» y con la «oración coral». Una y otra se apoyan mutuamente. Una y otra son la única «relación con Dios», vivida diferentemente, pero como relación con Dios, pura, mirándose a los ojos, la que da sentido al mundo y a toda la creación y la que nos exige ir a los demás. Pues quien tiene el corazón lleno de Dios, lleva a los demás una mirada más profunda, ya que comulga con la mirada de Cristo, esa mirada de la que el evangelio habla bastante a menudo hasta pensar que golpea a sus interlocutores. Quien respira y aspira el Espíritu de Jesús, ve las cosas de otra manera. E incluso, ¿no sucede que los otros, como contrapartida, le miran a uno de otra manera también? Me gusta esta oración de un dominico conocido mío: «Señor, haz que nadie me encuentre, sin que se vuelva mejor».

El mundo conoce hoy una renovación de la oración privada, secreta, de esta oración de la que se tenía, tal vez, vergüenza de hablar hace algunos años. Y sobre todo son los jóvenes quienes la desean y se muestran creativos en este aspecto. ¿Estamos suficientemente atentos a ello? ¿Tenemos suficiente experiencia de tal oración para poder hablar de ella, sin sonrojarnos, a los que nos interrogan; y podemos ser para ellos verdaderos maestros de oración? Nuestras hermanas que pueden revelarnos ciertas zonas de miseria, tienen mucho que enseñarnos en esto. La oración les es más espontánea, más natural -si no más fácila ellas, que a nuestros corazones de hombres, más secos y que sienten miedo de perder el tiempo «sin hacer nada», pues se necesita tiempo para orar. Hermanos, durante estos días ¿habría sido nuestra oración la misma si las hermanas hubieran estado ausentes?

Muy recientemente un teólogo-sociólogo se preguntaba si los cristianos no irían, después de tantas divisiones -tradicionalistas y progresistas, anticonciiiares y conciliares, etc.- a conocer otra nueva división: «carismáticos y políticos». La pregunta no es inútil, tampoco si se intenta oponer a «los orantes y a los luchadores». Bajo vocablos diferentes está un problema tan viejo como la Iglesia y quizá como el mundo: contemplación y acción. Y algunos llegan a temer que tal o cual manera de insistir en la oración inmovilice a los cristianos frente al combate para optar y bregar por la justicia y la libertad ante las exigencias de una evangelización integral.

Como dominicos que conocemos el dilema contemplaciónacción desde que Santo Domingo lo vivió el primero, creo que estamos bien situados para solucionarlo. Todo cristiano debe aprender a resolver esta tensión, de otra manera Dios ya no estaría en la calle. Nosotros seremos maestros en este campo, a condición de que vivamos nosotros mismos las dos realidades que constituyen el dilema.

3. La flauta del Espíritu Santo

Un texto, en la celebración del Oficio, me ha conmovido profundamente, este pasaje de San Mateo en el que Jesús da un juicio sobre aquellos que le encuentran: «Esta generación se parece a los muchachos, que sentados en la plaza, se preguntan unos a otros: `Os tocamos la flauta y no habéis bailado, hemos entonado una canción fúnebre y no os habéis dolido'» (Mt. 11, 16-17).

Me parece que estos días el Espíritu Santo nos ha tocado la flauta, nos ha hecho oir su voz, hablándonos a todos a través de cada uno de nosotros; en las intervenciones, en el Oficio y en la Misa, como en la sala de sesiones y en nuestros encuentros personales hemos oído su voz. Pero ¿la hemos entendido y comprendido? ¿Hemos comenzado ya a danzar y a cantar al ritmo nuevo del Espíritu Santo?

Y después volveremos a nuestras casas. Es la Provincia, el Vicariato quienes nos han enviado aquí, no sólo en nombre de ellos, sino por ellos, para que todo lo recibido aquí lo compartáis con ellos de manera convincente. Entonces les daréis a vuestras Provincias y Vicariatos una nueva vida, un ritmo nuevo, un canto más claro y más lleno, un canto alegre y un canto triste también, para lucha necesaria y para la esperanza que no puede engañar. Pero que nunca merezcamos - nosotros mismos y nuestros hermanos - el reproche del mismo Señor:

«Esta generación se parece a los muchachos que, sentados en la plaza, se preguntan unos a otros: `Os tocamos la flauta y no habéis bailado, hemos entonado una canción fúnebre v no os habéis dolido'» (Mt. 11, 16-17). Fin d'article


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