1.
Presencia y carisma dominicano
Durante las reuniones de este Encuentro de Cidal he
querido ser discreto. Permítanme serlo un poco
menos en esta Eucaristía con la que cerramos
el Encuentro.
Quiero
proponerles tres reflexiones relacionadas con los temas
tratados durante estos días. Entre una y otra
guardaremos algunos momentos de silencio para facilitar
su meditación.
1.° Mi primera reflexión: la presencia de
la Orden en los problemas más urgentes de América
Latina
Tenemos
mucho que hacer para llevar a cabo nuestra tarea en
la «opción privilegiada por los pobres»
que Puebla nos pide. Estamos todos de acuerdo en las
palabras, en los sentimientos y en los principios. Pero,
¿en la práctica?, ¿cuál
es nuestra actitud ante una parroquia, un convento o
un colegio que habría que cerrar?, ¿cuál
es nuestra postura hacia una asignación que habría
que aceptar o ante una nueva fundación que habría
que realizar? Estas decisiones pueden plantearse, bien
sea con el fin de poder evangelizar a los marginados
de los barrios más miserables de una ciudad,
bien sea pensando en que algunos de nuestros hermanos
puedan dedicarse al análisis y a la investigación
de las causas profundas de la situación actual
de injusticia, o también para hacer de un convento
un verdadero centro de reflexión. Y, de manera
más general, cuando se trata de orientar todo
lo que hacemos en la perspectiva de un mundo mejor,
abierto al Reino de Dios, que es lo que el Evangelio
nos pide construir.
Porque,
en definitiva, esto es lo que está en juego cuando
hablamos de opción por los pobres: que los últimos
de hoy tengan su lugar de derecho, si no el primero,
en la fiesta que el Señor ofrece cada día
a sus hijos.
En
esta perspectiva tenemos que cambiar todo: lo que somos
y lo que hacemos. Al menos, en el sentido de que nuestra
misión debe trascender nuestros horizontes habituales;
en el sentido de que nuestro corazón debe estar
animado por otro amor y nuestras manos deben aprender
a manejar otros instrumentos.
Esto vale ya para los compromisos apostólicos
en que estamos metidos actualmente. Pero este cambio
de mentalidad nos abrirá, sin duda, nuevas rutas
y nuevos compromisos. Debemos estar listos desde ahora.
Sin tergiversación demos los pasos que el Señor
espera de nosotros.
Una
escuela, de estilo «burgués», puede
jugar un papel importante en nuestra opción primordial,
si sabemos trabajar en simbiosis, por así decirlo,
con las hermanas que viven y trabajan en medio de la
miseria total. Un centro de reflexión no puede
ser fiel a su misión, si los religiosos que trabajan
en él no van a ver lo que está ocurriendo
en los tugurios y lo que dicen las estadísticas.
El
levita y el sacerdote del evangelio del buen samaritano
han pecado porque apartaron su mirada del herido y siguieron
su camino. En el mundo, tal como existe, el pecado más
habitual es el pecado de omisión. ¡Que
no sea ese nuestro pecado!
Los
hombres más grandes de la Orden han estado presentes
a los cuestionamientos de su época: Santo Domingo,
Santo Tomás, San Vicente Ferrer, Las Casas, Lacordaire...
por no hablar de otros que viven aún entre nosotros.
Lo mismo ha ocurrido con las mujeres que han honrado
el nombre dominicano. Piensen en Santa Catalina de Siena
y en las geniales fundadoras de tantas congregaciones
dominicanas.
Es,
pues, a un gran esfuerzo de «presencia en la realidad»
-presencia atenta, exigente, activa- a la cual invito
a todos.
2. Mi segunda reflexión: tipo de presencia que
exige el carisma dominicano
En
el capítulo referente al estudio, nuestras Constituciones
dicen que debemos llegar a los hombres en su deseo por
la verdad (LCO. 77, II ). Es decir, tenemos que contactar
con los hombres en su aspiración a conocer las
cosas tal como son, a comprenderlas. Sobre este punto,
siempre me gusta decir que lo que caracteriza al máximo
la mentalidad dominicana (no digo la espiritualidad,
que va íntimamente unida a aquella) es el «sentido
de la verdad de las cosas», que evidentemente
no puede separarse de la «verdad del hombre»
y de la «verdad de Dios».
En
la tarea, inmensa y apasionante, a la cual Cristo llama
a la Orden en América Latina, este aspecto de
nuestro carisma debe aplicarse, ante todo, al necesario
análisis de la realidad, del que se ha hablado
y discutido en estas sesiones y sobre el cual es necesario
volver, pasado CIDAL, para descubrir los presupuestos
subyacentes de orden filosófico.
Este
aspecto del carisma dominicano debe aparecer también
en nuestra manera de abordar los problemas y de aclarar
las soluciones. No hay verdad sin totalidad. Dejar escapar
tal o cual elemento de un problema, es incapacitarse
para resolverlo. Como se dijo aquí durante la
reunión, Dios es parcial; puede tomar partido
por una causa (en este caso por los pobres). Es cierto.
Pero esto no quiere decir que sólo vea un aspecto
de las cosas. Dios siempre ve el conjunto. También
en esto nosotros debemos imitarle, sabiendo encontrar
en esta parcialidad un trampolín para descubrir
algo nuevo. Pero nunca podemos olvidar las exigencias
de la totalidad. Esto exige, además de una formación
inicial y permanente, un estudio profundo de las cuestiones
filosóficas y teológicas. Nunca se insistirá
suficientemente en esto.
El
mundo de hoy y sus «sistemas» ofrecen multitud
de caminos a nuestro estudio e investigación.
Pero en este camino debe iluminarnos una luz y empujarnos
hacia adelante un deseo decidido: descubrir la totalidad
del hombre. De esto se trata: la promoción de
todo el hombre y de todos los hombres.
Sabemos
muy bien que los dos «sistemas», que hoy
se disputan el mundo, por diversas razones, son incapaces
de promover esta totalidad. Y sin esto no hay «verdad
sobre el hombre»; sin esto no hay liberación.
Es,
pues, en esta dirección en la que debemos orientar
nuestra investigación, toda nuestra búsqueda,
precisamente en una época en la que el futuro
y las posibilidades del progreso marcan irremediablemente
a la humanidad.
Tenemos
que convencernos de que los hombres menos pertrechados
culturalmente no son, sin embargo, los menos sensibles
a esta búsqueda incesante -que ha de ser, al
mismo tiempo, franca, honesta y luminosa- de totalidad.
Yo creo incluso que su pobreza les hace más sensibles
en este sentido, aunque sólo sea por el temor
que sienten espontáneamente frente a los otros,
frente a los «grandes» y a los «sabios».
En
nuestra manera de abordar, de situar e iluminar los
problemas de los hombres, así como en nuestra
manera de dialogar con ellos, tenemos ciertamente algo
original que ofrecer como dominicos.
3.° Mi tercera reflexión: en torno a la oración
Ayer,
último día de sesiones, estudiábamos
los textos de Puebla y de la CLAR sobre la experiencia
de Dios. Esta mañana les pido fijar su mirada
en santo Domingo
Santo
Domingo fue ciertamente un contemplativo, un verdadero
contemplativo, uno de los contemplativos más
grandes de la Iglesia. Pero lo fue de una manera original.
«Dedicaba el día a los hombres y la noche
a Dios». Pero esto no significa que su vida estuviera
dividida en dos partes. Su contemplación durante
la noche estaba poblada de los rostros de los hombres
y de las situaciones que había encontrado durante
el día. «Dios mío, misericordia
mía, ¿qué será de los pecadores?».
Releamos
el texto de Jordán de Sajonia, que nos descubrirá
de lleno la originalidad de la plegaria de Domingo:
«Habíale otorgado Dios el don de llorar
por los pecadores, por los pobres y por los afligidos;
sus miserias afectaban lo más íntimo de
su alma y se manifestaban al exterior en torrentes de
lágrimas» (Libellus, VII).
Domingo
llora por los pecadores, por los pobres, por los afligidos.
La experiencia de Palencia permanece siempre viva en
él. En la continuación del texto se habla
de su deseo de identificarse cada vez más con
Cristo. Sabemos, por otra parte, que su rostro siempre
estaba alegre, pero le envolvía la tristeza ante
la presencia de las desgracias del prójimo llegando,
con frecuencia, a derramar lágrimas. En los nueve
modos de orar de Santo Domingo lo que quizás
nos llame más la atención son las posturas
corporales, tal como nos las muestran las miniaturas
de todos conocidas.
¿Hemos
meditado suficientemente este relato hecho por una mano
venerable? En él encontramos una vez más
lo que ya sabemos: el corazón de Santo Domingo
en oración estaba lleno de las miserias de los
hombres y de la misericordia de Dios.
Aquí
está la originalidad de su contemplación.
Domingo es el contemplativo de la misericordia de Dios
y de la miseria de los hombres. O, si se prefiere, pues
es lo mismo, Domingo es el contemplativo de la miseria
de los hombres, objeto de la misericordia de Dios.
El
beato Angélico no pintó a Santo Domingo
al pie de la Cruz, en muchos de sus cuadros, por capricho.
Cristo en la Cruz es para Domingo, al mismo tiempo,
la expresión suprema de la misericordia de Dios
y su identificación con la miseria de los hombres.
Lo
que nos propone Puebla y la CLAR, al hablar de nuestra
experiencia de Dios, es menos original de lo que podríamos
pensar en principio, porque la oración de Domingo
nos pone en consonancia inmediata con lo que esos documentos
nos proponen.
He
aquí lo que debe ser nuestra oración,
nuestra contemplación.
La
vida dominicana es tremendamente rica, pero ¡qué
difícil! Con los que nos han precedido en la
Orden encontramos dos dificultades mayores: estar presentes
en el mundo a evangelizar y hacer la unidad en una vida
compleja hasta la contradicción. La fuente de
esta unidad debemos buscarla en la oración y
contemplación de Santo Domingo: contemplación
de la calle y contemplación de Cristo en la Cruz,
ambas unidas. Unica contemplación que debe suscitar
y alimentar la verdad y la fidelidad de nuestra presencia
en el mundo, de nuestro apostolado y del testimonio
de nuestra vida.
Oración
común y oración privada son necesarias
en nuestra vida. ¿Qué hay de nuestra oración
privada, sobra la «oración secreta»
de los primeros tiempos de la Orden?
Queridos
hermanos, queridas hermanas: les suplico hacer el esfuerzo,
grandes esfuerzos, para saber encontrar silencio y tiempo,
sin los cuales no es posible la oración dominicana.
Sólo gracias a ella nuestra vida será
auténtica.
2. Animación vocacional
El
problema de las vocaciones es ante todo el problema
de la vocación, de nuestra identidad. Y nuestra
identidad es santo Domingo
En
América Latina, la llamada a la «contemplación
callejera» -por hablar así-, me empuja
a ver en él «el hombre de la misericordia».
El
primer gesto del joven Domingo, que la historia ha conservado,
es un gesto de misericordia: «vender sus libros
en Palencia». Según sus contemporáneos,
su rostro, de costumbre alegre y risueño, se
ponía triste ante toda miseria física
o moral. Su oración en la noche era: «Dios
mío, tú que eres la misericordia, ¿qué
sucederá a los pecadores?». Para él,
la misericordia de Dios no es solamente un atributo
de Dios, es su nombre. Y esta plegaria no es solamente
una oración de intercesión, sino que también
es una petición a fin de que Dios le muestre
caminos nuevos para atender con una eficacia mayor a
los hombres. Sin duda, es el asentimiento de misericordia
lo que le dio a Santo Domingo y profundizó en
él su pasión por la salvación del
mundo.
No
nos damos cuenta suficientemente de lo mucho que la
primera generación dominicana ha sido influenciada
por esta característica. En aquel tiempo, se
llamaba frecuentemente al Convento «la casa de
misericordia». Este mismo hermoso nombre podría
tener un gran eco en América Latina hoy.
En
las «Vitae fratrum», los hechos son muy
numerosos y demuestran la vitalidad de este sentimiento
en los comienzos de la Orden. Por ejemplo, el hecho
de que, al momento de morir, uno de los frailes se despierta
y exclama: «Dios es verdaderamente misericordioso,
verdaderamente misericordioso». La misma generación
decide saludar cada día a la Virgen como «Mater
misericordiae».
Si
queremos que Santo Domingo esté activamente presente
en el mundo de hoy, debemos comulgar frecuentemente
con sus sentimientos de misericordia. Ellos pueden y
deben ser la fuente de la mirada nueva, de la disposición
al cambio, que todos deseamos hoy aquí. Para
un dominico latinoamericano, la conversión de
vida, la conversión integral, que se exige por
la situación actual de este continente, no puede
prescindir de una renovación de este sentimiento.
Aquí
quisiera insistir en tres cosas.
1.
Sensibles a la miseria humana
En
América Latina, no faltan ocasiones para despertar
estos sentimientos: rostros de niños; barrios
sin agua, sin luz, sin carreteras, sin médicos,
sin aire puro; numerosos jóvenes que ocultan
un coeficiente de esperanza de vida muy bajo, ignorancia
en todos los sectores de la vida humana y cristiana.
Me pregunto si esta vez, cuando vuelva a Europa después
de visitar América Latina, será como antes.
¿Olvidaré estos rostros y las estructuras
que engendran la miseria? Les pregunto a ustedes: ¿El
acostumbrarse no adormece sus corazones? ¿Habrá
encontrado la miseria un puesto en nuestras vidas? ¿Será
una parte de nuestras vidas y del paisaje de cada día?
¿Será como un opio: las cosas son así,
así es la vida, no sé qué hacer,
no cambio nada, continúo como antes, o, al contrario,
será un fermento, un estimulante, una fuerza
siempre nueva que nos produce un deseo, una inquietud
cada vez más profunda, una realidad que nos ilumina
la noche, que nos despierta en el lecho y nos impide
dormir, que nos hace buscar y encontrar nuevas soluciones,
que nos hace descubrir los sitios y las personas más
infelices más lejanas de Dios, y quizá
más aptas para recibir y entender su Palabra?
Y creo que nuestras hermanas dominicas pueden ayudarnos
mucho para revelar las realidades y profundidades de
la miseria que sólo las mujeres pueden sentir.
De ahí la necesidad de un trabajo y de una comunión
más y más intensos entre ellas y sus hermanos.
De ahí también la importancia particularmente
actual y necesaria de vínculos estrechos y orgánicos
entre los diferentes miembros de la familia dominicana.
Porque
Santo Domingo veía con claridad, porque entendía
a fondo, porque su corazón estaba siempre vivo,
pudo encontrar nuevos caminos y fundó la Orden
de Predicadores.
Santo Domingo fue un innovador. El más grande
sin lugar a dudas en toda la historia de la difusión
de la palabra de Dios. Todos conocemos a esos hombres
o mujeres que buscan algo o que han descubierto algo.
Es imposible hablarles de cualquier tema sin que, al
cabo de tres o cinco minutos, vuelvan a la única
realidad que les apasiona y constituye toda su vida.
¿Seremos nosotros de esos hombres, de esas mujeres?
O ¿seremos de aquellos habituados a la miseria,
de aquellos habituados a lo que ya es? Los testigos
que consienten, adormecidos por la miseria, no nutren
ninguna esperanza, ni para ellos ni para los demás.
¿No sería necesario añadir una
nueva bienaventuranza en el estilo de Nietszche? «Dichosos
los habituados, son muertos antes de tiempo».
2.
Reto vocacional ante la miseria radical
El segundo punto toca las causas de esta miseria, ya
sean puramente humanas, o, sobre todo, religiosas. Nuestra
misericordia tiene que ser tan grande que nos lleve
a atacar las causas. Sin duda, corresponde a cada uno
de nosotros luchar en contra de las causas inmediatas.
Dejo a un lado este punto para insistir en las causas
más remotas y profundas, en aquellas que requieren
un estudio más profundo y más exigente.
Las
entidades que integran CIDAL y cada uno de los religiosos
que forman parte de este organismo, ¿estarán
dispuestos a permitir que un hermano latinoamericano
estudie las ciencias económicas, o que otro estudie
las ciencias políticas, otros las empresas multinacionales,
otros que analicen periódicamente la coyuntura
política y religiosa del Continente? Y no hablo
de la urgencia de especialistas en Teología y
Pastoral, porque es demasiado evidente. Estas preguntas
se nos han presentado, y las hemos meditado. ¿Estará
la misericordia de Santo Domingo tan viva en nosotros
que fuerce a las entidades latinoamericanas a tomar
las decisiones concretas y urgentes en el campo intelectual
para que los hermanos capaces sigan o tomen en sus manos
esta responsabilidad?
Entre
nosotros, en América Latina, no faltan hermanos
capaces de especializarse en estas ramas. ¿Qué
hacemos nosotros respecto a esto? Y entre nosotros -yo
me acuso el primero pensando en mi propio pasado- ¿no
se ha dado el caso de algunos que no siguieron investigaciones
fundamentales, por seguir trabajos útiles, sin
duda, pero más fáciles y «consoladores»,
mientras que eran capaces de mucho más?
Hay aquí estudiantes dominicos que representan
a todos los jóvenes hermanos que yo encontré
desde que estoy en América Latina -y todavía
no he terminado mi viaje-. ¿Qué haremos
de ellos? ¿Qué criterios dirigirán
sus estudios complementarios, exigidos para todos los
frailes en nuestras Constituciones? Me dirijo ahora
a vosotros que estáis aquí y representáis
a la joven generación: ¿Estáis
listos, si la obediencia os lo pide, a comprometeros
valientemente con este camino difícil y austero,
cuyos frutos necesitan muchos años para madurar?
¿Estáis dispuestos a perseverar durante
toda vuestra vida en un trabajo de especialista y de
investigador? Os insisto en la perseverancia, porque
cuarenta años de vida dominicana me han enseñado
que entre nosotros la falta de perseverancia en el camino
elegido -sea por el hecho de los individuos o de los
superiores que no preparan sucesores- es la causa de
que la Orden esté lejos de poseer todo el resplandor
y la influencia que debería tener en el mundo.
Un
trabajo semejante no exige encerrarse toda la vida en
una celda. Si hay una contemplación que nace
de la calle, también es necesario, para el teólogo,
para el pensador, para el técnico, un contacto
concreto, ferviente, solidario con el mundo.
Yo
he conocido al P. Lebret. Estoy viviendo todavía
la profundidad, la simpatía, la comunión
de su mirada cuando veía un hombre, una mujer,
un niño que encontraba. No era un hombre de laboratorio,
sino un hombre abierto y amplio como el mar. Y él
era capaz, sin embargo, de pensar durante su oración
en los más altos problemas económicos
del momento y en lo que sería después
la «Populorum Progressio», sin que, como
él mismo decía, estos problemas le distrajesen
de Dios.
3. Nuestra relación con Dios
Fray
Angélico representó con frecuencia a Santo
Domingo al pie de la Cruz: la mirada de Domingo llena
de compasión y de amor hacia Cristo, sus brazos
extendidos y apoyados sobre la Cruz, como si quisiera
medir la hondura, la largura, la altura y la profundidad
del misterio de la misericordia de Dios para la salvación
del mundo.
La
misericordia de Domingo no era un mero sentimiento humano.
Ella adquiere una dimensión divina al pie de
la Cruz. Sólo al pie de la Cruz podemos comunicar
con la mirada de Cristo, quien lloró por la muerte
de Lázaro, quien tuvo compasión por la
muchedumbre que tenía hambre, quien lavó
los pies de sus apóstoles, quien transformó
el corazón de la samaritana.
Sólo
la oración y la comunión con Cristo pueden
despertar a los «habituados» que somos nosotros
y decirnos cuál es el rostro de Lázaro
hoy, qué puedo hacer yo por la muchedumbre hambrienta
de hoy, hacia qué heridas de hoy debo inclinarme,
en dónde puedo encontrar a la samaritana de hoy.
Un
día deberemos meditar todos juntos, hermanos
y hermanas de la Orden, sobre lo que me gusta llamar
nuestra «relación con Dios», esta
relación que se ata y se alimenta en la oración
secreta y litúrgica, y que debe ser la inspiración
de todo lo que hacemos y de todo lo que somos.
Comunión
y misión son los dos ejes de la Constitución
Fundamental. Una y otra deben estar más encarnadas
que nunca en las realidades y en las aspiraciones del
mundo; ¿no tienden hoy a secularizarse?
Nuestra
misión, por ejemplo, no mira al anuncio auténtico,
convincente y convencido de la Palabra de Dios, fuente
de vida integral, y un sentido de la misericordia que
no apunta al hombre total. En consecuencia, nuestra
palabra se estanca en el camino.
Por
otra parte, nuestra comunión permanece demasiado
superficial, demasiado «camarada», solamente
«a nivel de equipo de trabajo», mientras
que ella debe ser la participación de la vida
de Cristo en nosotros. Para poder hablar de Dios verdaderamente,
¿no es necesario hablar de él primero
con algunos, en un grupito viviente, en comunión
profunda? ¿No deben ser nuestras comunidades
el lugar privilegiado de nuestra participación
en una miellos?
No he dicho una palabra de vocaciones, sin embargo,
creo que sólo hablé de ellas... ¿Cómo
promover vocaciones? Cristo nos lo ha dicho: «Ven,
y mira».
En
nuestras provincias, en nuestros vicariatos, ¿hay
muchas comunidades de las que podamos decir, sin vergüenza,
con alegría, seguros y orgullosos de su atractivo,
de su resplandor, de su profundidad sobrenatural, de
su verdad dominicana, de su presencia en un mundo en
construcción, de la misericordia que les inspira:
«Ven y mira»?
Que
el Señor y Santo Domingo nos conviertan a todos
para hacer de nuestras comunidades «casas de misericordia»,
de las cuales necesita América Latina y que la
Orden espera hoy de aquellos hermanos y hermanas que
trabajan allí.
Nuestra
primera palabra en la Orden ha sido para pedir la misericordia
de Dios y la de los hermanos. Pero si la Orden nos la
ha dado es para que nos comprometamos a vivir nosotros
mismos esta misericordia y para extenderla por todo
el mundo.
3. Comunión y misión en la iglesia
Es conocido el esfuerzo que realiza la Iglesia en estos
países que se extienden desde México al
cono sur del continente americano. A partir del descubrimiento
de América, mucho han trabajado allá los
frailes predicadores. En la hora presente, esta región
mantiene una gran importancia para ellos, puesto que
el 16 por ciento de los Dominicos viven en ella, es
decir, uno de cada seis miembros de la Orden.
¿Por qué razón la experiencia dominicana
puede mantener su autenticidad al servicio de la comunión
eclesial? ¿Cómo algunas figuras cristianas,
santos o profetas, de épocas anteriores podrán
inspirar la acción de nuestro tiempo? Tales son
las cuestiones que evocan y tratan los dos textos siguientes.
1. Nuestra vocación dominicana en la comunión
eclesial
Hemos
compartido estos días lo mejor de nuestra vida
en este oratorio. Aquí mismo, en el corazón
de la Eucaristía, parece preferible terminar
esta semana de intercambios y de reflexiones apostólicas,
dejándonos interpelar una vez más por
la Palabra del Señor y abiertos a acoger las
luces de su Espíritu.
Somos
conscientes de pertenecer a una Orden que ha prestado
verdaderos servicios a la Iglesia. Cuenta con una tradición
de investigación intelectual, presencia misionera,
participación de muchos de sus miembros en la
preparación y desarrollo del Concilio Vaticano
II..., así como de otras riquezas de las que
nos sentimos orgullosos.
Sin
embargo, surge un interrogante: ¿Vivimos este
pasado como simple aureola o como una exigencia? ¿Qué
renovación efectiva se da con miras a nuestros
compromisos individuales o comunitarios?
Yo
pienso que, como dominicos, hemos tenido en un pasado
reciente -y en un lado u otro puede ser siempre verdaderouna
dificultad especial para aceptar una enseñanza
de fuera de la Orden. Yo me quedé sorprendido
al enterarme de que un jesuita no debía confesarse
más que con uno de sus hermanos de religión.
Pero, a su vez, ¿no ha sido menester que pasaran
años para preguntarme sobre el hecho de que todos
nuestros retiros conventuales eran dirigidos por dominicos?
Nosotros teníamos y tenemos a Santo Tomás.
En consecuencia, debemos entregarnos a redescubrirlo
para proyectarlo sobre nuestra época y no con
miras a 1900 o a otra situación coyuntural. En
el pasado nos bastaba con Santo Tomás y pensábamos
que, gracias a él, podíamos abordar con
suficiencia todos los problemas y hacer frente a todos
los auditorios, fueran quienes fueran los interlocutores.
Todos estamos convencidos de que esta postura es hoy
día insuficiente.
Por
eso, el CELAM ha organizado en diversos países
institutos de pastoral, de liturgia, de catequesis,
etc. Sin atrevernos a pronunciar un juicio concreto
sobre todas estas iniciativas, sí podemos reconocer
la importancia y el valor de estos esfuerzos, pues se
encuentran magníficas «escuelas de aplicación»
para toda la América latina y - en el orden de
lo práctico - una especialización y sensibilización
que solamente se puede adquirir en este continente.
¿Cuál
ha sido, cuál es, cuál debe ser nuestra
presencia como dominicos en estos Institutos, o incluso
en aquéllos, fuera de América Latina,
que proponen programas de estudio para los que deben
trabajar aquí y que no carecen de valor? ¿Cuántos
hermanos tienen la posibilidad de renovarse periódicamente?
¿Estamos presentes en sesiones pastorales de
las jornadas que se nos bridan en bastantes lugares?
¿No nos marginamos aquí también,
pensando que tenemos muy poco que recibir? Preguntémonos
aquí: ¿Cuál es nuestro pensamiento
en todo lo que acabamos de evocar? ¿Qué
es lo que piensan los demás de nosotros a este
respecto? ¿Qué resultados positivos se
derivan de ello?
Ya
que hablo de marginación dominicana, existe otro
tipo de marginación, a nivel interno de nuestras
comunidades, que, por lo menos, quiero evocar. Se trata
de los hermanos que, bajo los mejores pretextos -al
menos así lo creen ellos- no toman parte en tal
o cual aspecto de nuestra vida. ¡Cuántos
de los que participan muy poco o nada en la vida litúrgica
de sus comunidades ponen por delante, por ejemplo, el
hecho de que, no existiendo verdadera vida común,
no tiene sentido la oración comunitaria! Como
si el hombre no fuera un «dador de sentido».
No participar en ella, no hacer nada por el cambio,
¿no es claudicar y ser la causa de que las cosas
vayan siempre peor? A veces, me dan ganas de rechinar
los dientes cuando veo que alguien critica y no hace
nada por cambiar la situación. Todo dominico
debe ser un manantial de agua vivificante para su comunidad;
si no será como una cisterna vacía que
se oxida progresivamente porque el agua no cae, y, sin
duda, tampoco caerá del cielo.
Hace
falta decir algo semejante de quienes afirman que no
hacen nada para promover vocaciones y que todavía
contribuyen menos por hacer atrayente su convento. ¿Cuántos
son los promotores activos en nuestra entidad, promotores
ingeniosos, apasionados, creativos? ¿Cuántos,
entre nosotros, están convencidos de la urgencia
y de la importancia de este cargo, y ayudan a los que
están nombrados para él? ¿Cuál
es nuestro programa de acción? ¿Aceptamos
fácilmente ser padres estériles e impotentes?
Conviene
también hablar de un aspecto importante de nuestra
comunión, la que nos mantiene en relación
viva con la Iglesia. Bastará una reflexión,
partiendo del ejemplo mismo de Santo Domingo, pues la
Liturgia canta a Santo Domingo «in medio Ecclesiae».
La idea de su Orden maduró, por fin, pero exigió
tiempo; no olvidemos esto en nuestras prisas e impaciencias;
y va a Roma a someter su proyecto al Papa. Confortado
con su aprobación y con su apoyo, regresa a Toulouse
y dispersa a sus hermanos. Este hecho, este ejemplo,
esta sumisión eclesial debe marcarnos también
a nosotros. Lo que me impresiona de este episodio, es
que, yendo a Roma, no solamente da a su Orden pleno
valor de Iglesia, plena conciencia eclesial, sino que
la universaliza, la hace católica en el sentido
pleno del término.
¿Por
qué no decíroslo? He conocido en Francia
hermanos que disfrutaban de gran estima en el campo
social, se hacían notables por su celo totalmente
desinteresado en favor de los trabajadores y de la clase
obrera. Ellos nos abandonaron, con el pretexto, a veces,
de una mayor eficacia en esta línea. ¿Quién
habla de ellos ahora? Parece como si su salida los haya,
casi a todos -por no decir a todos-, tocado de esterilidad.
Y no hablo de la vida «burguesa» de más
de uno. No lamento haber evocado estos hechos. En momentos
más difíciles, estos hechos pueden ayudar
a algunos de nuestros hermanos a tomar conciencia de
lo que la Iglesia es verdaderamente: ambiente, madre
y matriz de la verdad de nuestra vida.
2. Renovación de la oración y de la vida
comunitaria
En
fin, quiero comunicaros mi gozo por la calidad de nuestra
vida de oración durante esos días. Oración
sinceramente excepcional por la comunión de personas;
por el compartir en el transcurso de la Misa y del Oficio
Divino las reacciones más profundas; por la puesta
en común de las preocupaciones apostólicas
más concretas; por la vuelta constante a la Palabra
de Dios, rumiada sin cesar, y que era mucho más
que una referencia constante; la atmósfera, el
ambiente, el marco de nuestras palabras y de nuestros
silencios ante Dios. Deduzco de ello, sin temor a engañarme,
que en la Orden, en América Latina, hay un sentido
remozado de oración y de contemplación.
No os sentiríais vosotros tan espontáneamente
sumergidos en «el juego de la oración»,
si, al menos, alguna de vuestras comunidades no viviese
una esperanza semejante.
Algunas
comunidades... ¿habrá muchas que recen
así, dado que esta oración compartida
es uno de los aspectos de la oración que Santo
Domingo quiere ciertamente para nosotros hoy? ¿No
hay muchos que prestan una fidelidad demasiado material,
casi exclusiva, en la recitación del Oficio Divino?
E incluso en este plano -que debiera ser sobre todo
la llamada a la oración verdadera-, ¿en
dónde están cada una de nuestras comunidades?
¿No estamos instalados en una concepción
que fue tal vez de la Iglesia de ayer, pero que ya no
es la de la Iglesia de hoy? ¿No somos demasiado
tímidos, timoratos, tal vez víctimas de
cierto respeto humano, porque viviendo juntos nos conocemos
demasiado? ¿Cuántos de nosotros no practicamos
más fácilmente «el compartir el
evangelio» fuera de nuestra comunidad que dentro?
Se
ha hablado de la «contemplación callejera»,
«contemplación de la calle». Yo aplaudo
esta expresión, que ciertamente no quiere de
ninguna manera disminuir o rebajar la oración
gratuita ni la mirada enamorada de dos seres que se
aman. Los enamorados hablan de todo lo que forma parte
de sus vidas, de sus mayores disgustos, como de sus
pequeñas alegrías. Pero tales palabras
necesitan silencio. Palabra y silencio se compenetran
y forman una sola cosa. Así sucede con la «oración
callejera» y con la «oración coral».
Una y otra se apoyan mutuamente. Una y otra son la única
«relación con Dios», vivida diferentemente,
pero como relación con Dios, pura, mirándose
a los ojos, la que da sentido al mundo y a toda la creación
y la que nos exige ir a los demás. Pues quien
tiene el corazón lleno de Dios, lleva a los demás
una mirada más profunda, ya que comulga con la
mirada de Cristo, esa mirada de la que el evangelio
habla bastante a menudo hasta pensar que golpea a sus
interlocutores. Quien respira y aspira el Espíritu
de Jesús, ve las cosas de otra manera. E incluso,
¿no sucede que los otros, como contrapartida,
le miran a uno de otra manera también? Me gusta
esta oración de un dominico conocido mío:
«Señor, haz que nadie me encuentre, sin
que se vuelva mejor».
El
mundo conoce hoy una renovación de la oración
privada, secreta, de esta oración de la que se
tenía, tal vez, vergüenza de hablar hace
algunos años. Y sobre todo son los jóvenes
quienes la desean y se muestran creativos en este aspecto.
¿Estamos suficientemente atentos a ello? ¿Tenemos
suficiente experiencia de tal oración para poder
hablar de ella, sin sonrojarnos, a los que nos interrogan;
y podemos ser para ellos verdaderos maestros de oración?
Nuestras hermanas que pueden revelarnos ciertas zonas
de miseria, tienen mucho que enseñarnos en esto.
La oración les es más espontánea,
más natural -si no más fácila ellas,
que a nuestros corazones de hombres, más secos
y que sienten miedo de perder el tiempo «sin hacer
nada», pues se necesita tiempo para orar. Hermanos,
durante estos días ¿habría sido
nuestra oración la misma si las hermanas hubieran
estado ausentes?
Muy
recientemente un teólogo-sociólogo se
preguntaba si los cristianos no irían, después
de tantas divisiones -tradicionalistas y progresistas,
anticonciiiares y conciliares, etc.- a conocer otra
nueva división: «carismáticos y
políticos». La pregunta no es inútil,
tampoco si se intenta oponer a «los orantes y
a los luchadores». Bajo vocablos diferentes está
un problema tan viejo como la Iglesia y quizá
como el mundo: contemplación y acción.
Y algunos llegan a temer que tal o cual manera de insistir
en la oración inmovilice a los cristianos frente
al combate para optar y bregar por la justicia y la
libertad ante las exigencias de una evangelización
integral.
Como
dominicos que conocemos el dilema contemplaciónacción
desde que Santo Domingo lo vivió el primero,
creo que estamos bien situados para solucionarlo. Todo
cristiano debe aprender a resolver esta tensión,
de otra manera Dios ya no estaría en la calle.
Nosotros seremos maestros en este campo, a condición
de que vivamos nosotros mismos las dos realidades que
constituyen el dilema.
3. La flauta del Espíritu Santo
Un
texto, en la celebración del Oficio, me ha conmovido
profundamente, este pasaje de San Mateo en el que Jesús
da un juicio sobre aquellos que le encuentran: «Esta
generación se parece a los muchachos, que sentados
en la plaza, se preguntan unos a otros: `Os tocamos
la flauta y no habéis bailado, hemos entonado
una canción fúnebre y no os habéis
dolido'» (Mt. 11, 16-17).
Me
parece que estos días el Espíritu Santo
nos ha tocado la flauta, nos ha hecho oir su voz, hablándonos
a todos a través de cada uno de nosotros; en
las intervenciones, en el Oficio y en la Misa, como
en la sala de sesiones y en nuestros encuentros personales
hemos oído su voz. Pero ¿la hemos entendido
y comprendido? ¿Hemos comenzado ya a danzar y
a cantar al ritmo nuevo del Espíritu Santo?
Y
después volveremos a nuestras casas. Es la Provincia,
el Vicariato quienes nos han enviado aquí, no
sólo en nombre de ellos, sino por ellos, para
que todo lo recibido aquí lo compartáis
con ellos de manera convincente. Entonces les daréis
a vuestras Provincias y Vicariatos una nueva vida, un
ritmo nuevo, un canto más claro y más
lleno, un canto alegre y un canto triste también,
para lucha necesaria y para la esperanza que no puede
engañar. Pero que nunca merezcamos - nosotros
mismos y nuestros hermanos - el reproche del mismo Señor:
«Esta
generación se parece a los muchachos que, sentados
en la plaza, se preguntan unos a otros: `Os tocamos
la flauta y no habéis bailado, hemos entonado
una canción fúnebre v no os habéis
dolido'» (Mt. 11, 16-17).

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