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esta carta dirigida a todos los religiosos quisiera
entablar con cada uno de vosotros una reflexión,
que debemos continuar juntos en los años venideros.
Hacer la Orden más viva, cada vez más
capaz de realizar su misión de «evangelizar
por todo el mundo el nombre de Nuestro Señor
Jesucristo»: tal debe ser nuestra gran pasión.
1.
La Orden, hoy
La Orden es un cuerpo vivo. El Capítulo de Madonna
dell'Arco ha puesto bien de relieve las fuerzas vivas
que continúan animándola y atormentándola.
Como todas las instituciones contemporáneas,
la Orden sufre una grave crisis. Sería necio
y contrario a la verdad negarse a ver las cosas de cara:
no se puede construir sobre la arena de las ilusiones
y de la irrealidad.
Las estadísticas son conocidas. En 1964, éramos
más de 10.000 dominicos; hoy, somos cerca de
8.000. Hace diez arios teníamos 367 novicios
(y ya se daba una disminución sensible); actualmente
hay 167. En este período de tiempo, 700 dominicos
sacerdotes han dejado la Orden y el sacerdocio. Se sabe,
además, que algunos de nuestros religiosos se
encuentran hoy «en estado de búsqueda»,
como suele decirse, o no están a gusto. ¿Quién,
entre nosotros, no se siente a veces tentado a plantear
a sus hermanos la misma pregunta de Jesús después
de la marcha de algunos discípulos: «Vosotros
también queréis marcharos?».
Merece la pena mencionar ahora ciertas causas de nuestras
dificultades.
Todo
concurre actualmente a que nuestras convicciones más
profundas se vean afectadas por un coeficiente de relatividad.
El terreno sobre el que se ha construido la vida parece
menos firme. Con el pluralismo, que nace de la diversidad
de situaciones y del cambio que afecta a todas las cosas,
la Orden ha perdido algo de su unidad que constituía,
no hace mucho tiempo, un medio de vida sólido,
seguro, y en el que se encontraba cierto apoyo.
Por
otra parte, está el secularismo invadiente que
hace menos real -si no la esfuma en algunos momentos-
la relación a Dios, sin la que no es posible
llevar a cabo la vida que fue propia de los apóstoles.
Con sus imágenes, su ruido, sus periódicos,
sus distracciones, sus provocaciones de toda clase,
su obsesión de eficacia y de rapidez, este período
del siglo xx hace difícil, si no imposible a
algunos, una oración que sea un encuentro con
Dios. ¿«Quién es el que reza verdaderamente
entre nosotros?». A esta cuestión, planteada
hace muchos años, debemos responder hoy.
Considerar
ciertas dificultades del momento presente no es indiscreción,
pesimismo o complacencia ante lo que conocemos bien
y nos hace sufrir. Es conveniente tomar conciencia juntos
de lo que nos preocupa a todos. Esto es ya, creo, un
signo de salud y debe ser sobre todo fuente de una renovación
común. Por otro lado, sería muy perjudicial
recargar las tintas. Estas sombras no deben ocultar
todo el resto. Porque, ¡cuántas cosas admirables
hay en la Orden, en estos años que vivimos! Baste
recordar algunos hechos que me vienen a la memoria.
Pienso
en las realizaciones de tantas Provincias, bajo el punto
de vista de la evangelización, enseñanza,
vida intelectual, apostolado misionero, etc... Y cómo
no evocar los pequeños grupos de frailes que
trabajan y viven con los marginados en los barrios pobres
de las grandes ciudades o en otros lugares-, enseñándoles
a luchar contra el hambre y la ignorancia. Y tantos
otros casos de este género... Yo pienso en estas
posibilidades que nos ofrecen ciertos sectores o algunas
regiones. Y, por no citar más que un ejemplo,
¿se sabe en América Latina hay más
de 1.200 dominicos?; ¡ 1.200 de los 8.000 esparcidos
por el mundo! ¿No es una inversión preciosa
en un continente en pleno crecimiento?
Además,
hay gérmenes nuevos que percibo en más
de un sector y que no esperan otra cosa que brotar.
Pienso especialmente en los jóvenes que entran
en nuestras Provincias cuyos noviciados, últimamente,
estaban vacíos, o semivacíos. Su seriedad
y amor hacia todo lo que constituye la vida dominicana
causa impresión. Y ¿cómo olvidar
-pero así es el secreto de Dios- a cuantos, en
el mundo donde tantas cosas se oponen, -y quizá
debido a esto mismo-, viven el primado de la oración
en una búsqueda incesante de Dios?
Cualquiera
que sea nuestra situación dentro de la Orden
y ante la llamada de Dios, la actual crisis en que se
encuentra la Iglesia y toda institución religiosa
nos obliga a afrontarla. Nuestra vida no puede ser fácil.
Lo que más necesitamos es coraje.
No
se trata de cualquier clase de coraje, sino del que
ha configurado la vida de santo Domingo Es el coraje
del canónigo de Osma que deja su Capítulo
y, a la vera de su obispo, se adentra por una ruta desconocida.
Es el coraje del apóstol que se instala en Fanjeaux,
una región en manos de los herejes. Es el coraje
del fundador que dispersa en Toulouse, el 15 de agosto
de 1217, su pequeño grupo de frailes. Es el coraje
del misionero que, una vez establecidos los fundamentos
de su Orden, sueña con ir a los Cumanos para
gastar sus últimas fuerzas. En síntesis,
es el coraje de un «hombre evangélico»
que vive, en la fe, el impulso de una esperanza sin
limites.
El coraje de Santo Domingo es el de uno que, lejos de
aferrarse a un cierto pasado porque es el pasado, se
apoya sobre los valores esenciales y permanentes de
éste, para mirar de frente e ir adelante: el
coraje del futuro. Estas palabras, que reflejan la «fuerza
de ánimo» de que nos habla nuestra Constitución
Fundamental ante los cambios necesarios (S VIII), me
han venido espontáneamente a la memoria al comienzo
del Capítulo General. Yo quisiera deciros sencillamente
lo que me sugieren al empezar una nueva etapa que nos
toca en suerte vivir juntos.
2.
El «coraje del futuro»
Los
rasgos característicos del «coraje del
futuro» parece que los podemos hacer consistir
en una mirada nueva y en una disposición al cambio,
a los que cabe añadir, como su fundamento, la
esperanza en Dios».
1. Una mirada nueva
El
coraje del futuro consiste, en primer lugar, en la capacidad
de ver las cosas con una mirada nueva. Uno se habitúa
con frecuencia a mirar las cosas no como ellas son,
sino como nos las han catalogado de una vez para siempre.
Uno se organiza fácilmente su mundo personal,
su jerarquía de valores... Gracias a una consideración
de todo lo que nos rodea, uno se da cuenta que envejece,
tal vez, muy rápidamente. Y esta «característica»
nueva afecta a todas las edades.
Cristo
nos ha enseñado a ver las cosas, las personas,
los acontecimientos con ojos nuevos, es decir, con una
luz desconocida hasta entonces. ¡El predica un
reino cuyos valores son cambiados, donde los últimos
serán los primeros, donde la pecadora es preferida
al fariseo, donde el ladrón entra directamente
en el paraíso!
Cristo nos revela el verdadero rostro de las cosas.
Hay que penetrar más allá de las apariencias,
de las máscaras. Los hombres y todo lo que les
afecta, amor, esperanzas, anhelos, alegrías,
penas, sufrimientos, se nos presentan raramente en su
verdad inmediata, original, en su estado tosco, por
así decir.
Hay
que saber ir más allá de lo que nosotros
somos capaces de ver con nuestros ojos humanos. Las
cosas son más de lo que aparentan. Son también
signos de los tiempos, caminos hacia Dios, presencia
de Dios, palabras de Dios. Es necesario reconocer la
gracia de Dios que actúa en esta fase de construcción
de un «mundo mejor». Detrás de toda
realidad hay, pues, una «verdad última»
que nosotros tenemos bastante dificultad en descubrir,
pero que siempre, de una manera o de otra, nos lleva
de nuevo a Dios.
Mirada
nueva, ante todo, sobre nosotros mismos. Yo he dicho
sí al Señor, cuando El me ha llamado a
ser «servidor de la Palabra». ¿Cómo
respondo yo a este sí con mi vida? Mirada nueva
sobre la Orden. ¿Qué juicios doy de ella?
Mirada nueva sobre mi prójimo: tan cercano a
veces que él me molesta, me empuja, destruye
el mundo que he construido; tan lejano, por otra parte,
que no le veo, incluso cuando está sentado a
mi lado en la mesa. Mirada nueva sobre el mundo. La
carta del Capítulo de Madonna dell'Arco sobre
los problemas contemporáneos ha intentado suscitar
una nueva consideración del mundo. ¿Qué
ha significado para cada uno de nosotros?
Esta
mirada nueva es propia del profeta. Con unos ojos que
ven más allá del horizonte humano. ¿No
somos, por vocación, profetas de un nuevo mundo,
que está construyéndose?» (LCO,
nn. 1, 5; 99, l). De esta forma el mensaje que predicamos
no caerá en el vacío ni será una
frase hecha, como si fuera válida para todo el
mundo. Antes bien debe encarnarse en las personas, en
las comunidades, en las instituciones reales. Seremos
así capaces de llegar hasta los otros y hacerles
entender aquellas cosas que encontrarán eco en
lo más profundo de su vida. Un verdadero diálogo
resultará posible. ¿No consiste éste
en una consideración atenta más bien que
en un juego de palabras? Antes de ser una palabra, ¿no
es, acaso, una mirada hecha más perspicaz por
la caridad?
«Es
asombroso ver cómo cambian nuestras ideas cuando
se las reconsidera a la luz de Dios. Nuestra mirada,
en tanto cambia y se aproxima a la Verdad de Dios en
cuanto es capaz de ver todas las cosas bajo tal punto
de vista...
2. Disposición al cambio
El
mundo de hoy es «creatividad». Esta no es
sólo una palabra de moda, sino una palabra clave
de nuestro tiempo. Nadie puede vivir fuera de este ambiente.
Esto que es verdadero para todo hombre, lo es especialmente
para el fraile predicador que, en el anuncio de la Palabra
eterna de Dios, debe ser «contemporáneo»
de aquellos a quienes se dirige. Como tal, debe ponerse
al día en todo lo que concierne a la evolución
del mundo. Es decir, que so pena de no ser fiel a su
vocación, debe dar prueba de «creatividad»
en su misión evangelizadora.
Por
naturaleza, el fraile predicador debe, además,
sentirse a gusto en este gran movimiento que afecta
a la humanidad, ya que la Orden ha nacido en un período
en que la vida cultural y las estructuras sociales del
Occidente sufrían profundas transformaciones.
Toda nuestra historia muestra cómo estamos caracterizados
por esta atención especial a todo lo que es nuevo,
a todo lo que comienza. Los dominicos más ilustres
¿no se han encontrado frente a situaciones aparentemente
sin salida, donde ellos han debido emplear su espíritu
creador?
Creatividad,
disposición al cambio, coraje del futuro: todo
esto va a la par. Para afrontar el futuro es necesario
reconocer lúcidamente los límites de cuanto
se hace; hay que vivir en la inquietud de lo más
y de lo mejor, saber constatar su impotencia (¿acaso
lo que hacemos no es irrisorio frente a la inmensidad
de la tarea?); estar igualmente dotados de un sentimiento
de urgencia. ¡El tiempo apremia para los que no
escuchan la Palabra de Dios!
No
es el trabajo lo que falta en la mayor parte de los
conventos y de las Provincias. Lo importante es que
ciertas cuestiones siguen planteadas: ¿no es
posible hacerlo mejor? ¿Cuáles son
las
prioridades pastorales que nos urgen, hoy? ¿No
cabría dejar tal ministerio a otros que lo harían
bien -tal vez mejor que yo- para lanzarme a otro apostolado
del que nadie se ha ocupado y que corresponde, quizá,
más propiamente a la misión de la Orden?
Esta
insatisfacción y esta impaciencia, que en algunos
momentos puede convertirse en verdadera angustia, son
fundamentalmente buenas. Este temor de dejar adormecerse
en nosotros el celo apostólico, este sentimiento
de urgencia, todo esto debe ser, en efecto, en cada
uno de nosotros y en nuestras comunidades, como una
fuente de energías siempre nuevas. No concluimos
que los deseos y los proyectos, suscitados por esta
insatisfacción, deben ser considerados como algo
absoluto y que hay que realizarlos cueste lo que cueste.
Por una serie de razones relativas a las condiciones
concretas de nuestra vocación en la Iglesia,
no es siempre posible, y ni siquiera deseable, poner
en marcha y realizar estos proyectos. Sin embargo, esta
inquietud debe ser, tanto en nosotros como en nuestros
hermanos -sobre todo cuando se sabe asumirla- una fuerza
que mantiene nuestro ardor apostólico y que nos
ayuda a dedicarnos, más plenamente a la obra
que la obediencia nos ha confiado en el futuro inmediato.
El
puesto de la Orden, dentro de la Iglesia, está
en primera fila, en las fronteras, allí donde
hay que tener inventiva, abrir pistas, dar prueba de
audacia. Sectores humanos importantes e inmensos, que
constituyen verdaderos «mundos nuevos»,
han nacido y se desarrollan fuera de todo contacto con
el Evangelio. ¿No es acaso nuestra vocación
hacer resonar allí la Palabra de vida?
Esta
insatisfacción, esta búsqueda constante,
la vemos en la vida de santo Domingo ¿No es
esta obsesión la que le hace gritar durante sus
noches en vela al pie del altar: Dios mío, misericordia,
qué será de los pecadores? Sin duda, este
grito no es sólo una oración de intercesión.
Es también un problema, el problema de un apóstol
siempre en búsqueda, que se interroga sobre el
camino mejor para anunciar la salvación.
3. Fortalecidos en la esperanza
¿Poseemos
esta mirada nueva y esta disposición al cambio,
sin las que no existe «coraje del futuro»?
Ciertamente no, si nos basamos sólo en nuestras
fuerzas, sin otro apoyo que las motivaciones humanas.
Pero nosotros contamos con la fuerza misma de Dios y
con la potencia misma de «Cristo, nuestra esperanza».
Spe roborati.
Como
nuestra fe es comunión con la fe de la Iglesia,
así también nuestra esperanza se nutre
de la esperanza de la Iglesia. Con Abrahán, los
profetas y todos los enviados de Dios a su pueblo, y
a través de los hechos más significativos
que jalonan la historia de la salvación, el Antiguo
Testamento proclama la fidelidad de Dios, misericordioso
y omnipotente. Esta esperanza culmina en Cristo: «Yo
estaré con vosotros todos los días hasta
el fin del mundo». Tal es el fundamento de la
esperanza de la Iglesia. Después de su partida,
Jesús, ha enviado, como había prometido,
el Espíritu que renueva todas las cosas. El Espíritu
está siempre presente alimentando y fortaleciendo
la esperanza de la Iglesia. La Iglesia, esta madre siempre
joven que sin cesar engendra con dolor una humanidad
nueva que tiene como lazo de unión la caridad
de Cristo.
Nuestra
esperanza personal y la de nuestra Orden, «esperanza
dominicana», se inserta dentro de este gran movimiento
de la Iglesia.
Los
primeros frailes de Santo Domingo eran personas «como
los otros». La dispersión del 15 de agosto
de 1217 fue para ellos ocasión de turbación
y de crisis. No obstante, partieron, confortados por
las buenas palabras de su padre. Este muere muy pronto,
pero conocemos todo lo que ha sido realizado por la
Orden a lo largo del siglo xiii. Ellos son nuestros
antepasados, que nos han dejado una herencia. ¿Estamos
convencidos de la vocación siempre actual, tal
vez más urgente que nunca, de la Orden en la
Iglesia? Imitemos a Santo Domingo, su pureza de corazón,
su pobreza, su mirada hacia Dios, su pasión por
la salvación de todos. El quería sacrificar
todo por el bien de las almas; incluso sus libros. Nosotros,
que tan elocuentemente evocamos todo esto y otros hechos
de su vida, ¿qué es lo que hacemos? Más
que palabras, el mundo reclama hoy hombres valientes
que se entreguen totalmente y osen hablar de Dios.
Imitémosles.
Tiremos lejos las muletas y otros accesorios que aseguran
nuestro confort y nos satisfacen costándonos
poco. Incluso sin saberlo, quisiéramos tener
entre manos un porvenir hecho a nuestra medida, pero
que se nos escapa inevitablemente, porque éste
no es el de Dios. Muy a menudo el «Maestro de
lo imposible» se sirve de nuestros planes. Una
cierta obscuridad es el aspecto común de los
servidores de Dios. No intentemos saber exactamente
a dónde nos lleva Dios. Lo que cuenta, ante todo,
es la fuerza de la fe, siempre presente en nosotros
y que deja lugar a la iniciativa divina.
Que
nuestra confianza, por su firmeza, sea contagiosa. Comuniquémosla
unos a otros. El coraje es siempre contagioso, como
el miedo, la duda, el fatalismo. Participemos con los
otros, y especialmente con los miembros de nuestra comunidad,
esta esperanza que nos anima. Que cada uno de nosotros
sea consciente de su gran responsabilidad ante los hermanos
en este campo. Dado que el mundo es ruidoso hoy, ¿la
llamada de Dios se hará menos apremiante? Puesto
que el pecado abunda, ¿será esto un impedimento
para la sobreabundancia de la gracia? ¿El Espíritu
Santo ha llegado a ser, repentinamente, avaro de sus
dones?
3. Exigencias más urgentes
El
«coraje del futuro», que testimonia Santo
Domingo y que él espera de nosotros, no es un
impulso ciego. Quisiera señalar algunas prioridades
de la hora presente.
1. Comunión con el mundo actual
Ya
he hablado de la necesidad de ver todas las cosas con
una mirada nueva; es necesario insistir en este punto.
Este conocimiento del mundo presenta, hoy, instancias
de orden técnico: métodos de encuesta,
estadística, sociología, antropología,
etc... Un verdadero predicador no tiene derecho a ignorarlas,
y mucho menos a despreciarlas; por el contrario, tiene
el deber de estudiar estas nuevas materias, para aplicarlas
con discernimiento.
Si
se piensa que todo ha sido dicho y que basta repetirlo,
es como no seguir el ritmo del tiempo. Conocer las esperanzas
y angustias de los hombres, compartiéndolas,
no es un lujo o una fantasía condenable. Antes
bien, es una exigencia de la vocación dominicana.
Exigencia, por tanto, más sentida en cuanto el
mundo cambia rápidamente. Y esta «puesta
al día» exige de cada uno esfuerzo y perseverancia.
El
peligro de contaminación es real y conocemos
los daños. Hay que echar fuera ciertos demonios,
quiero decir cierto temor, casi pánico, que hace
presa de algunos ante la idea de tener que acercarse
más al mundo. Para salvar nuestro mundo, ¿no
se ha encarnado Dios en este mismo mundo donde queremos
vivir según el Evangelio? En la medida en que
nos identificamos con Cristo -y es precisamente en esta
identificación donde debemos buscar nuestra verdadera
identidad- encontramos, como por un instinto seguro,
esta relación de comunión auténtica
con el mundo.
2. Pluralidad en la unidad
En
Madonna dell'Arco (Capítulo General, 1974) se
ha comprobado especialmente una toma de conciencia muy
viva por parte de las diversas Provincias de la Orden
acerca de su originalidad. Un mes más tarde,
en el sínodo de los obispos, se ha llegado a
la misma constatación respecto a la diversidad
de los problemas de las iglesias particulares según
su situación geográfica.
Hay
algo muy positivo para la Orden: este pluralismo de
nuestras Provincias testimonia su deseo de «partir
ante todo de la realidad», condición de
su presencia y de su acción. Sin embargo, al
momento de afirmar aún más el pluralismo
de nuestras formas de vida, es necesario subrayar más
fuertemente que nunca lo que constituye la unidad fundamental
de la Orden.
Nuestro
sistema de gobierno explica en gran parte la unidad
que hemos conservado durante varios siglos. Incluso
estos elementos constitutivos de nuestra vida, enumerados
en el § IV de la Constitución fundamental
(misión apostólica, vida común,
consejos evangélicos, celebración comunitaria
de la liturgia, oración privada, estudio, observancia
regular), que componen como el tejido de nuestra vida,
contribuyen a formar este espíritu que nos reúne.
¿No
convendría, por consiguiente, ir más allá
y buscar el fundamento de esta unidad a nivel de la
inteligencia: forma de abordar los problemas, sensibilidad
a medida de la verdad de cada cosa y del deseo de verdad
que se encuentra en todo hombre, método de pensamiento,
discernimiento y amor de las fuentes, recurso a los
principios fundamentales que esclarecen una cuestión,
etc.? Entre nosotros, la inteligencia está al
servicio de lo espiritual y lo fortalece; nuestra espiritualidad
es eminentemente teológica. No es preciso que
todo dominico sea un gran intelectual o un genio, pero
nosotros tenemos una forma propia de acercarnos a los
hombres y de anunciarles a Jesucristo.
Nuestra
responsabilidad en el campo de la formación intelectual
-institucional y permanente- no es menos en esta época
en que las convicciones intelectuales más seguras
se ponen en duda. He aquí algunos interrogantes
que nos acucian: ¿organización de los
estudios? ¿Rol del promotor provincial en este
campo? ¿Forma de estudiar a Santo Tomás?
¿Apertura al pensamiento moderno? Y tantos otros...
El hecho de que el último Capítulo haya
decidido que un asistente general esté en adelante
totalmente dedicado a esta tarea, manifiesta que la
Orden tiene la convicción de encontrarse frente
a un punto neurálgico que compromete su identidad
y su unidad para el futuro. Si el «coraje del
futuro» debe ser una realidad dentro de nuestras
vidas, hay que ponerlo en práctica aquí.
3.
Una tarea esencial de la Orden
El Santo Padre, en su alocución durante la audiencia
concedida a los Padres capitulares, ha dicho que «la
fidelidad a Santo Tomás era una parte integrante
de la misión confiada por la Iglesia a la Orden».
Dos meses después, en la carta que envió
a la Orden con motivo del VII centenario de la muerte
de Santo Tomás, volvió a tratar este tema
con mayor insistencia, señalando cómo
Santo Tomás abordó con lucidez y coraje
la crisis que la Iglesia atravesaba entonces (Cf. Pablo
VI, carta «Lumen Ecclesiae» para el VII
Centenario de la muerte de santo Tomás de Aquino
(20 nov. 1974), en Acta Apostolicae Sedis 64, 1974;
pp. 673-702.).
En
esta doble exhortación hay algo más que
una simple invitación a estudiar a Santo Tomás.
Creo que debemos ver en esto una misión explícitamente
confiada a la Orden para hacer frente, con el celo y
el respeto al magisterio de la Iglesia que ha caracterizado
al Doctor Angélico, a la profunda crisis actual
del pensamiento humano y cristiano.
El
gran esfuerzo de discernimiento que Santo Tomás
ha manifestado acerca del pensamiento griego, árabe
y judío, que imbuía entonces el mundo
occidental, debe ser puesto en práctica por nosotros,
siguiendo su ejemplo y discerniendo los elementos válidos
de solución que nos ha legado, respecto de todo
lo que el pensamiento moderno acerca los descubrimientos
científicos, la evolución del mundo, nos
dicen del hombre, de la vida y del universo, con todas
las incidencias que esto puede tener en la fe y en la
moral.
Es
deseable que haya entre nosotros algunos pioneros que,
con fuerzas nuevas, sientan pasión por un trabajo
de confrontación entre el pensamiento del Aquinate
y todo lo que contiene de nuevo el pensamiento moderno.
Las celebraciones del centenario han demostrado que,
a pesar de los siete siglos, su doctrina es siempre
objeto de consideración. Incluso varios estudiosos
e investigadores no católicos se sienten interesados
por ella.
La Comisión permanente para la promoción
del estudio, en su sesión de 1973, se ha planteado
el problema de cómo suscitar entre nuestros jóvenes
religiosos vocaciones de profesores y de investigadores.
¿Estamos suficientemente convencidos de la importancia
de este trabajo para la Iglesia? ¿El ambiente
general de nuestras Provincias y de nuestros conventos
suscita y mantiene tales vocaciones? ¿Qué
hacemos para preparar a estas personas, liberarlas de
otros trabajos, responder a sus necesidades?
La
Orden, para permanecer fiel a sí misma, ha prestado
siempre especial atención a la salvaguardia del
equilibrio entre los que anuncian directamente la verdad
que salva y, por otra parte, los que preparan y forman
profundamente a los predicadores del mañana.
No se puede permitir que este equilibrio, tan rico para
unos y para otros, sea roto en provecho de un apostolado
de contactos más directos. La existencia de un
Asistente especial para el apostolado, conjuntamente
con otro dedicado a la vida intelectual, es una garantía
de este equilibrio.
4. Una convicción de fe
La
crisis de la Iglesia, hoy, es una crisis de fe. En la
historia, los hijos de Santo Domingo se han esforzado
siempre en ser testimonios y predicadores privilegiados.
La crisis debe encontrarnos preparados y lúcidos
en nuestra fe.
En
estos tiempos de transformación cultural, técnica,
económica y política, asistimos a una
reflexión crítica particularmente planteada
bajo un punto de vista de la fe. Se pregunta -con razón-
sobre todo aquello que ayude a comprender mejor el sentido,
a expresarlo en fórmulas más significativas,
discerniendo mejor las exigencias del orden moral. Pero
una cosa es plantear cuestiones a la f e y otra cosa
es ponerla en duda.
La
tentación actual de poner los dogmas y la moral
«al gusto del día» es más
fuerte; el relativismo y el secularismo, a los que he
hecho ya alusión, debilitan nuestras fuerzas
de resistencia. Que nosotros llevamos el tesoro de nuestra
fe en «vasos de arcilla» es particularmente
verdadero en nuestra época. ¿Y estamos
bastante atentos? Tenemos conciencia clara del carácter
humanamente vulnerable de la fe, sea la propia o la
de los demás. ¿Sabemos evitar siempre
una cierta ligereza ante las cuestiones que no podemos
solucionar y que corren el riesgo de corroer las convicciones
de los que nos escuchan? Sin duda, esto depende de las
personas y de las circunstancias. Hay cuestiones -y
muchas...- que debemos plantearnos.
La fe se afianza y se desarrolla particularmente a través
de la oración, a condición de que ésta
sea un verdadero encuentro con Cristo. ¿Cuál
es la calidad de nuestra oración común?
¿Simple obligación? ¿Verdadero
encuentro, en común, con el Señor? ¿Somos
capaces de compartir oportunamente nuestra fe? Se sabe
todo lo que esto comporta cuando se trata de hablar
de Jesucristo a los que nos han sido confiados. Una
tal participación ¿es algo espontáneo
entre nosotros? ¿Qué es de nuestra oración
privada? Después de varios años, un poco
por doquier, los jóvenes nos asombran por su
deseo de oración. ¿No puede verse en esto
un «signo de los tiempos»? ¿Podemos
hablar de la oración, si nosotros no sabemos
rezar, si rezamos poco? ¿Nos extrañamos
de la debilidad de nuestra fe...?
5.
Revisiones necesarias
Como respuesta a lo que la Iglesia y el mundo esperan
de la Orden al comienzo de este último cuarto
de siglo, será necesario sin duda reconsiderar
nuestros compromisos apostólicos, en más
de un campo. No somos ya muy numerosos. Mantener lo
que hacemos plantea ya difíciles problemas en
muchos sectores y debemos prever el futuro antes de
que sea demasiado tarde. Por otra parte, nuevos campos
de apostolado reclaman más urgentemente nuestra
presencia. Son necesarias algunas decisiones y sacrificios.
Esto
no debe desanimarnos. La historia de la Orden nos enseña
que fuerzas reducidas, pero bien preparadas, pueden
hacer grandes cosas cuando los objetivos son juiciosamente
seleccionados. Las Constituciones nos piden criticar
periódicamente nuestras actividades apostólicas
(LCO, n. 100, 3 y 4). Emplear este año movidos
por un gran deseo de renovación y para manifestar
dinamismo y presencia a los jóvenes que pensasen
entrar en la Orden, ¿no sería una de las
primeras manifestaciones de este «coraje del futuro»
del que hablo? Que cada Provincia, cada casa, cada religioso
revise todas sus actividades, interrogándose:
¿Cómo empleo mí tiempo? ¿En
qué medida estas actividades ayudan a los hombres
a conocer a Dios y a buscar en El el sentido de su vida?
Debo continuar en la misma línea, y entregarme
aún más. ¿Qué debo eliminar
de mi vida?
Convendría
interrogarse también sobre los nuevos tipos de
predicación, sobre la manera de llegar a ciertos
ambientes. ¿Qué hacemos de cara a los
no creyentes, a los cristianos separados, a los miembros
de las grandes religiones? Además, existen una
serie de problemas referentes a la miseria, injusticia,
incomprensión, conflictos y tensiones de toda
clase, guerras. ¿En qué medida estamos
comprometidos en estos sectores sobre los que insiste
tanto hoy la Iglesia, viendo una exigencia de la predicación
integral del Evangelio?
Estas
revisiones necesarias que evoco exigen una revisión
de nuestras comunidades, ya que tales cuestiones no
se plantean sólo a cada uno de nosotros, individualmente,
sino a las comunidades de las que formamos parte. La
seriedad de nuestros intercambios sobre estos problemas,
como sobre todo lo que constituye nuestra vida, depende
de la calidad de nuestra vida comunitaria. ¿Qué
hacemos, dentro de nuestros conventos, para ayudarnos
los unos a los otros a crecer en la plenitud de Cristo?
Al principio de esta carta he recordado las sombras
y las crisis que nos han afectado, las dificultades
que tenemos aún y el sufrimiento que nos causan.
Pero, lo más grave no es nuestra disminución
de personal. Lo más grave sería que nuestra
fe en la Orden, nuestra confianza en nosotros mismos
y en nuestros hermanos, nuestro dinamismo, se viesen
afectados, aunque en pequeña medida.
Queridísimos hermanos, invito a cada uno de vosotros
a una renovación del coraje y de la esperanza.
Encarnar
el proyecto de Santo Domingo en el mundo actual consiste
en no dejarse abatir por la crisis que afecta al mundo
y a la Iglesia. Debemos estar presentes para ayudar
a nuestros hermanos los hombres a superar esta crisis
y a descubrir lo que Dios quiere manifestarnos para
hoy y para mañana.

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