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San Domingo  Matisse
El coraje del futuro
En la fiesta de la Epifanía, 6 de enero de 1975

F. Vincent de Couesnongle, O.P.

Vincent de Couesnongle, O.P. n esta carta dirigida a todos los religiosos quisiera entablar con cada uno de vosotros una reflexión, que debemos continuar juntos en los años venideros. Hacer la Orden más viva, cada vez más capaz de realizar su misión de «evangelizar por todo el mundo el nombre de Nuestro Señor Jesucristo»: tal debe ser nuestra gran pasión.

1. La Orden, hoy

La Orden es un cuerpo vivo. El Capítulo de Madonna dell'Arco ha puesto bien de relieve las fuerzas vivas que continúan animándola y atormentándola. Como todas las instituciones contemporáneas, la Orden sufre una grave crisis. Sería necio y contrario a la verdad negarse a ver las cosas de cara: no se puede construir sobre la arena de las ilusiones y de la irrealidad.

Las estadísticas son conocidas. En 1964, éramos más de 10.000 dominicos; hoy, somos cerca de 8.000. Hace diez arios teníamos 367 novicios (y ya se daba una disminución sensible); actualmente hay 167. En este período de tiempo, 700 dominicos sacerdotes han dejado la Orden y el sacerdocio. Se sabe, además, que algunos de nuestros religiosos se encuentran hoy «en estado de búsqueda», como suele decirse, o no están a gusto. ¿Quién, entre nosotros, no se siente a veces tentado a plantear a sus hermanos la misma pregunta de Jesús después de la marcha de algunos discípulos: «Vosotros también queréis marcharos?».
Merece la pena mencionar ahora ciertas causas de nuestras dificultades.

Todo concurre actualmente a que nuestras convicciones más profundas se vean afectadas por un coeficiente de relatividad. El terreno sobre el que se ha construido la vida parece menos firme. Con el pluralismo, que nace de la diversidad de situaciones y del cambio que afecta a todas las cosas, la Orden ha perdido algo de su unidad que constituía, no hace mucho tiempo, un medio de vida sólido, seguro, y en el que se encontraba cierto apoyo.

Por otra parte, está el secularismo invadiente que hace menos real -si no la esfuma en algunos momentos- la relación a Dios, sin la que no es posible llevar a cabo la vida que fue propia de los apóstoles. Con sus imágenes, su ruido, sus periódicos, sus distracciones, sus provocaciones de toda clase, su obsesión de eficacia y de rapidez, este período del siglo xx hace difícil, si no imposible a algunos, una oración que sea un encuentro con Dios. ¿«Quién es el que reza verdaderamente entre nosotros?». A esta cuestión, planteada hace muchos años, debemos responder hoy.

Considerar ciertas dificultades del momento presente no es indiscreción, pesimismo o complacencia ante lo que conocemos bien y nos hace sufrir. Es conveniente tomar conciencia juntos de lo que nos preocupa a todos. Esto es ya, creo, un signo de salud y debe ser sobre todo fuente de una renovación común. Por otro lado, sería muy perjudicial recargar las tintas. Estas sombras no deben ocultar todo el resto. Porque, ¡cuántas cosas admirables hay en la Orden, en estos años que vivimos! Baste recordar algunos hechos que me vienen a la memoria.

Pienso en las realizaciones de tantas Provincias, bajo el punto de vista de la evangelización, enseñanza, vida intelectual, apostolado misionero, etc... Y cómo no evocar los pequeños grupos de frailes que trabajan y viven con los marginados en los barrios pobres de las grandes ciudades o en otros lugares-, enseñándoles a luchar contra el hambre y la ignorancia. Y tantos otros casos de este género... Yo pienso en estas posibilidades que nos ofrecen ciertos sectores o algunas regiones. Y, por no citar más que un ejemplo, ¿se sabe en América Latina hay más de 1.200 dominicos?; ¡ 1.200 de los 8.000 esparcidos por el mundo! ¿No es una inversión preciosa en un continente en pleno crecimiento?

Además, hay gérmenes nuevos que percibo en más de un sector y que no esperan otra cosa que brotar. Pienso especialmente en los jóvenes que entran en nuestras Provincias cuyos noviciados, últimamente, estaban vacíos, o semivacíos. Su seriedad y amor hacia todo lo que constituye la vida dominicana causa impresión. Y ¿cómo olvidar -pero así es el secreto de Dios- a cuantos, en el mundo donde tantas cosas se oponen, -y quizá debido a esto mismo-, viven el primado de la oración en una búsqueda incesante de Dios?

Cualquiera que sea nuestra situación dentro de la Orden y ante la llamada de Dios, la actual crisis en que se encuentra la Iglesia y toda institución religiosa nos obliga a afrontarla. Nuestra vida no puede ser fácil. Lo que más necesitamos es coraje.

No se trata de cualquier clase de coraje, sino del que ha configurado la vida de santo Domingo Es el coraje del canónigo de Osma que deja su Capítulo y, a la vera de su obispo, se adentra por una ruta desconocida. Es el coraje del apóstol que se instala en Fanjeaux, una región en manos de los herejes. Es el coraje del fundador que dispersa en Toulouse, el 15 de agosto de 1217, su pequeño grupo de frailes. Es el coraje del misionero que, una vez establecidos los fundamentos de su Orden, sueña con ir a los Cumanos para gastar sus últimas fuerzas. En síntesis, es el coraje de un «hombre evangélico» que vive, en la fe, el impulso de una esperanza sin limites.

El coraje de Santo Domingo es el de uno que, lejos de aferrarse a un cierto pasado porque es el pasado, se apoya sobre los valores esenciales y permanentes de éste, para mirar de frente e ir adelante: el coraje del futuro. Estas palabras, que reflejan la «fuerza de ánimo» de que nos habla nuestra Constitución Fundamental ante los cambios necesarios (S VIII), me han venido espontáneamente a la memoria al comienzo del Capítulo General. Yo quisiera deciros sencillamente lo que me sugieren al empezar una nueva etapa que nos toca en suerte vivir juntos.

2. El «coraje del futuro»

Los rasgos característicos del «coraje del futuro» parece que los podemos hacer consistir en una mirada nueva y en una disposición al cambio, a los que cabe añadir, como su fundamento, la esperanza en Dios».

1. Una mirada nueva

El coraje del futuro consiste, en primer lugar, en la capacidad de ver las cosas con una mirada nueva. Uno se habitúa con frecuencia a mirar las cosas no como ellas son, sino como nos las han catalogado de una vez para siempre. Uno se organiza fácilmente su mundo personal, su jerarquía de valores... Gracias a una consideración de todo lo que nos rodea, uno se da cuenta que envejece, tal vez, muy rápidamente. Y esta «característica» nueva afecta a todas las edades.

Cristo nos ha enseñado a ver las cosas, las personas, los acontecimientos con ojos nuevos, es decir, con una luz desconocida hasta entonces. ¡El predica un reino cuyos valores son cambiados, donde los últimos serán los primeros, donde la pecadora es preferida al fariseo, donde el ladrón entra directamente en el paraíso!
Cristo nos revela el verdadero rostro de las cosas. Hay que penetrar más allá de las apariencias, de las máscaras. Los hombres y todo lo que les afecta, amor, esperanzas, anhelos, alegrías, penas, sufrimientos, se nos presentan raramente en su verdad inmediata, original, en su estado tosco, por así decir.

Hay que saber ir más allá de lo que nosotros somos capaces de ver con nuestros ojos humanos. Las cosas son más de lo que aparentan. Son también signos de los tiempos, caminos hacia Dios, presencia de Dios, palabras de Dios. Es necesario reconocer la gracia de Dios que actúa en esta fase de construcción de un «mundo mejor». Detrás de toda realidad hay, pues, una «verdad última» que nosotros tenemos bastante dificultad en descubrir, pero que siempre, de una manera o de otra, nos lleva de nuevo a Dios.

Mirada nueva, ante todo, sobre nosotros mismos. Yo he dicho sí al Señor, cuando El me ha llamado a ser «servidor de la Palabra». ¿Cómo respondo yo a este sí con mi vida? Mirada nueva sobre la Orden. ¿Qué juicios doy de ella? Mirada nueva sobre mi prójimo: tan cercano a veces que él me molesta, me empuja, destruye el mundo que he construido; tan lejano, por otra parte, que no le veo, incluso cuando está sentado a mi lado en la mesa. Mirada nueva sobre el mundo. La carta del Capítulo de Madonna dell'Arco sobre los problemas contemporáneos ha intentado suscitar una nueva consideración del mundo. ¿Qué ha significado para cada uno de nosotros?

Esta mirada nueva es propia del profeta. Con unos ojos que ven más allá del horizonte humano. ¿No somos, por vocación, profetas de un nuevo mundo, que está construyéndose?» (LCO, nn. 1, 5; 99, l). De esta forma el mensaje que predicamos no caerá en el vacío ni será una frase hecha, como si fuera válida para todo el mundo. Antes bien debe encarnarse en las personas, en las comunidades, en las instituciones reales. Seremos así capaces de llegar hasta los otros y hacerles entender aquellas cosas que encontrarán eco en lo más profundo de su vida. Un verdadero diálogo resultará posible. ¿No consiste éste en una consideración atenta más bien que en un juego de palabras? Antes de ser una palabra, ¿no es, acaso, una mirada hecha más perspicaz por la caridad?

«Es asombroso ver cómo cambian nuestras ideas cuando se las reconsidera a la luz de Dios. Nuestra mirada, en tanto cambia y se aproxima a la Verdad de Dios en cuanto es capaz de ver todas las cosas bajo tal punto de vista...

2. Disposición al cambio

El mundo de hoy es «creatividad». Esta no es sólo una palabra de moda, sino una palabra clave de nuestro tiempo. Nadie puede vivir fuera de este ambiente. Esto que es verdadero para todo hombre, lo es especialmente para el fraile predicador que, en el anuncio de la Palabra eterna de Dios, debe ser «contemporáneo» de aquellos a quienes se dirige. Como tal, debe ponerse al día en todo lo que concierne a la evolución del mundo. Es decir, que so pena de no ser fiel a su vocación, debe dar prueba de «creatividad» en su misión evangelizadora.

Por naturaleza, el fraile predicador debe, además, sentirse a gusto en este gran movimiento que afecta a la humanidad, ya que la Orden ha nacido en un período en que la vida cultural y las estructuras sociales del Occidente sufrían profundas transformaciones. Toda nuestra historia muestra cómo estamos caracterizados por esta atención especial a todo lo que es nuevo, a todo lo que comienza. Los dominicos más ilustres ¿no se han encontrado frente a situaciones aparentemente sin salida, donde ellos han debido emplear su espíritu creador?

Creatividad, disposición al cambio, coraje del futuro: todo esto va a la par. Para afrontar el futuro es necesario reconocer lúcidamente los límites de cuanto se hace; hay que vivir en la inquietud de lo más y de lo mejor, saber constatar su impotencia (¿acaso lo que hacemos no es irrisorio frente a la inmensidad de la tarea?); estar igualmente dotados de un sentimiento de urgencia. ¡El tiempo apremia para los que no escuchan la Palabra de Dios!

No es el trabajo lo que falta en la mayor parte de los conventos y de las Provincias. Lo importante es que ciertas cuestiones siguen planteadas: ¿no es posible hacerlo mejor? ¿Cuáles son

las prioridades pastorales que nos urgen, hoy? ¿No cabría dejar tal ministerio a otros que lo harían bien -tal vez mejor que yo- para lanzarme a otro apostolado del que nadie se ha ocupado y que corresponde, quizá, más propiamente a la misión de la Orden?

Esta insatisfacción y esta impaciencia, que en algunos momentos puede convertirse en verdadera angustia, son fundamentalmente buenas. Este temor de dejar adormecerse en nosotros el celo apostólico, este sentimiento de urgencia, todo esto debe ser, en efecto, en cada uno de nosotros y en nuestras comunidades, como una fuente de energías siempre nuevas. No concluimos que los deseos y los proyectos, suscitados por esta insatisfacción, deben ser considerados como algo absoluto y que hay que realizarlos cueste lo que cueste. Por una serie de razones relativas a las condiciones concretas de nuestra vocación en la Iglesia, no es siempre posible, y ni siquiera deseable, poner en marcha y realizar estos proyectos. Sin embargo, esta inquietud debe ser, tanto en nosotros como en nuestros hermanos -sobre todo cuando se sabe asumirla- una fuerza que mantiene nuestro ardor apostólico y que nos ayuda a dedicarnos, más plenamente a la obra que la obediencia nos ha confiado en el futuro inmediato.

El puesto de la Orden, dentro de la Iglesia, está en primera fila, en las fronteras, allí donde hay que tener inventiva, abrir pistas, dar prueba de audacia. Sectores humanos importantes e inmensos, que constituyen verdaderos «mundos nuevos», han nacido y se desarrollan fuera de todo contacto con el Evangelio. ¿No es acaso nuestra vocación hacer resonar allí la Palabra de vida?

Esta insatisfacción, esta búsqueda constante, la vemos en la vida de santo Domingo ¿No es esta obsesión la que le hace gritar durante sus noches en vela al pie del altar: Dios mío, misericordia, qué será de los pecadores? Sin duda, este grito no es sólo una oración de intercesión. Es también un problema, el problema de un apóstol siempre en búsqueda, que se interroga sobre el camino mejor para anunciar la salvación.

3. Fortalecidos en la esperanza

¿Poseemos esta mirada nueva y esta disposición al cambio, sin las que no existe «coraje del futuro»? Ciertamente no, si nos basamos sólo en nuestras fuerzas, sin otro apoyo que las motivaciones humanas. Pero nosotros contamos con la fuerza misma de Dios y con la potencia misma de «Cristo, nuestra esperanza». Spe roborati.

Como nuestra fe es comunión con la fe de la Iglesia, así también nuestra esperanza se nutre de la esperanza de la Iglesia. Con Abrahán, los profetas y todos los enviados de Dios a su pueblo, y a través de los hechos más significativos que jalonan la historia de la salvación, el Antiguo Testamento proclama la fidelidad de Dios, misericordioso y omnipotente. Esta esperanza culmina en Cristo: «Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». Tal es el fundamento de la esperanza de la Iglesia. Después de su partida, Jesús, ha enviado, como había prometido, el Espíritu que renueva todas las cosas. El Espíritu está siempre presente alimentando y fortaleciendo la esperanza de la Iglesia. La Iglesia, esta madre siempre joven que sin cesar engendra con dolor una humanidad nueva que tiene como lazo de unión la caridad de Cristo.

Nuestra esperanza personal y la de nuestra Orden, «esperanza dominicana», se inserta dentro de este gran movimiento de la Iglesia.

Los primeros frailes de Santo Domingo eran personas «como los otros». La dispersión del 15 de agosto de 1217 fue para ellos ocasión de turbación y de crisis. No obstante, partieron, confortados por las buenas palabras de su padre. Este muere muy pronto, pero conocemos todo lo que ha sido realizado por la Orden a lo largo del siglo xiii. Ellos son nuestros antepasados, que nos han dejado una herencia. ¿Estamos convencidos de la vocación siempre actual, tal vez más urgente que nunca, de la Orden en la Iglesia? Imitemos a Santo Domingo, su pureza de corazón, su pobreza, su mirada hacia Dios, su pasión por la salvación de todos. El quería sacrificar todo por el bien de las almas; incluso sus libros. Nosotros, que tan elocuentemente evocamos todo esto y otros hechos de su vida, ¿qué es lo que hacemos? Más que palabras, el mundo reclama hoy hombres valientes que se entreguen totalmente y osen hablar de Dios.

Imitémosles. Tiremos lejos las muletas y otros accesorios que aseguran nuestro confort y nos satisfacen costándonos poco. Incluso sin saberlo, quisiéramos tener entre manos un porvenir hecho a nuestra medida, pero que se nos escapa inevitablemente, porque éste no es el de Dios. Muy a menudo el «Maestro de lo imposible» se sirve de nuestros planes. Una cierta obscuridad es el aspecto común de los servidores de Dios. No intentemos saber exactamente a dónde nos lleva Dios. Lo que cuenta, ante todo, es la fuerza de la fe, siempre presente en nosotros y que deja lugar a la iniciativa divina.

Que nuestra confianza, por su firmeza, sea contagiosa. Comuniquémosla unos a otros. El coraje es siempre contagioso, como el miedo, la duda, el fatalismo. Participemos con los otros, y especialmente con los miembros de nuestra comunidad, esta esperanza que nos anima. Que cada uno de nosotros sea consciente de su gran responsabilidad ante los hermanos en este campo. Dado que el mundo es ruidoso hoy, ¿la llamada de Dios se hará menos apremiante? Puesto que el pecado abunda, ¿será esto un impedimento para la sobreabundancia de la gracia? ¿El Espíritu Santo ha llegado a ser, repentinamente, avaro de sus dones?

3. Exigencias más urgentes

El «coraje del futuro», que testimonia Santo Domingo y que él espera de nosotros, no es un impulso ciego. Quisiera señalar algunas prioridades de la hora presente.

1. Comunión con el mundo actual

Ya he hablado de la necesidad de ver todas las cosas con una mirada nueva; es necesario insistir en este punto.

Este conocimiento del mundo presenta, hoy, instancias de orden técnico: métodos de encuesta, estadística, sociología, antropología, etc... Un verdadero predicador no tiene derecho a ignorarlas, y mucho menos a despreciarlas; por el contrario, tiene el deber de estudiar estas nuevas materias, para aplicarlas con discernimiento.

Si se piensa que todo ha sido dicho y que basta repetirlo, es como no seguir el ritmo del tiempo. Conocer las esperanzas y angustias de los hombres, compartiéndolas, no es un lujo o una fantasía condenable. Antes bien, es una exigencia de la vocación dominicana. Exigencia, por tanto, más sentida en cuanto el mundo cambia rápidamente. Y esta «puesta al día» exige de cada uno esfuerzo y perseverancia.

El peligro de contaminación es real y conocemos los daños. Hay que echar fuera ciertos demonios, quiero decir cierto temor, casi pánico, que hace presa de algunos ante la idea de tener que acercarse más al mundo. Para salvar nuestro mundo, ¿no se ha encarnado Dios en este mismo mundo donde queremos vivir según el Evangelio? En la medida en que nos identificamos con Cristo -y es precisamente en esta identificación donde debemos buscar nuestra verdadera identidad- encontramos, como por un instinto seguro, esta relación de comunión auténtica con el mundo.

2. Pluralidad en la unidad

En Madonna dell'Arco (Capítulo General, 1974) se ha comprobado especialmente una toma de conciencia muy viva por parte de las diversas Provincias de la Orden acerca de su originalidad. Un mes más tarde, en el sínodo de los obispos, se ha llegado a la misma constatación respecto a la diversidad de los problemas de las iglesias particulares según su situación geográfica.

Hay algo muy positivo para la Orden: este pluralismo de nuestras Provincias testimonia su deseo de «partir ante todo de la realidad», condición de su presencia y de su acción. Sin embargo, al momento de afirmar aún más el pluralismo de nuestras formas de vida, es necesario subrayar más fuertemente que nunca lo que constituye la unidad fundamental de la Orden.

Nuestro sistema de gobierno explica en gran parte la unidad que hemos conservado durante varios siglos. Incluso estos elementos constitutivos de nuestra vida, enumerados en el § IV de la Constitución fundamental (misión apostólica, vida común, consejos evangélicos, celebración comunitaria de la liturgia, oración privada, estudio, observancia regular), que componen como el tejido de nuestra vida, contribuyen a formar este espíritu que nos reúne.

¿No convendría, por consiguiente, ir más allá y buscar el fundamento de esta unidad a nivel de la inteligencia: forma de abordar los problemas, sensibilidad a medida de la verdad de cada cosa y del deseo de verdad que se encuentra en todo hombre, método de pensamiento, discernimiento y amor de las fuentes, recurso a los principios fundamentales que esclarecen una cuestión, etc.? Entre nosotros, la inteligencia está al servicio de lo espiritual y lo fortalece; nuestra espiritualidad es eminentemente teológica. No es preciso que todo dominico sea un gran intelectual o un genio, pero nosotros tenemos una forma propia de acercarnos a los hombres y de anunciarles a Jesucristo.

Nuestra responsabilidad en el campo de la formación intelectual -institucional y permanente- no es menos en esta época en que las convicciones intelectuales más seguras se ponen en duda. He aquí algunos interrogantes que nos acucian: ¿organización de los estudios? ¿Rol del promotor provincial en este campo? ¿Forma de estudiar a Santo Tomás? ¿Apertura al pensamiento moderno? Y tantos otros... El hecho de que el último Capítulo haya decidido que un asistente general esté en adelante totalmente dedicado a esta tarea, manifiesta que la Orden tiene la convicción de encontrarse frente a un punto neurálgico que compromete su identidad y su unidad para el futuro. Si el «coraje del futuro» debe ser una realidad dentro de nuestras vidas, hay que ponerlo en práctica aquí.

3. Una tarea esencial de la Orden

El Santo Padre, en su alocución durante la audiencia concedida a los Padres capitulares, ha dicho que «la fidelidad a Santo Tomás era una parte integrante de la misión confiada por la Iglesia a la Orden». Dos meses después, en la carta que envió a la Orden con motivo del VII centenario de la muerte de Santo Tomás, volvió a tratar este tema con mayor insistencia, señalando cómo Santo Tomás abordó con lucidez y coraje la crisis que la Iglesia atravesaba entonces (Cf. Pablo VI, carta «Lumen Ecclesiae» para el VII Centenario de la muerte de santo Tomás de Aquino (20 nov. 1974), en Acta Apostolicae Sedis 64, 1974; pp. 673-702.).

En esta doble exhortación hay algo más que una simple invitación a estudiar a Santo Tomás. Creo que debemos ver en esto una misión explícitamente confiada a la Orden para hacer frente, con el celo y el respeto al magisterio de la Iglesia que ha caracterizado al Doctor Angélico, a la profunda crisis actual del pensamiento humano y cristiano.

El gran esfuerzo de discernimiento que Santo Tomás ha manifestado acerca del pensamiento griego, árabe y judío, que imbuía entonces el mundo occidental, debe ser puesto en práctica por nosotros, siguiendo su ejemplo y discerniendo los elementos válidos de solución que nos ha legado, respecto de todo lo que el pensamiento moderno acerca los descubrimientos científicos, la evolución del mundo, nos dicen del hombre, de la vida y del universo, con todas las incidencias que esto puede tener en la fe y en la moral.

Es deseable que haya entre nosotros algunos pioneros que, con fuerzas nuevas, sientan pasión por un trabajo de confrontación entre el pensamiento del Aquinate y todo lo que contiene de nuevo el pensamiento moderno. Las celebraciones del centenario han demostrado que, a pesar de los siete siglos, su doctrina es siempre objeto de consideración. Incluso varios estudiosos e investigadores no católicos se sienten interesados por ella.

La Comisión permanente para la promoción del estudio, en su sesión de 1973, se ha planteado el problema de cómo suscitar entre nuestros jóvenes religiosos vocaciones de profesores y de investigadores. ¿Estamos suficientemente convencidos de la importancia de este trabajo para la Iglesia? ¿El ambiente general de nuestras Provincias y de nuestros conventos suscita y mantiene tales vocaciones? ¿Qué hacemos para preparar a estas personas, liberarlas de otros trabajos, responder a sus necesidades?

La Orden, para permanecer fiel a sí misma, ha prestado siempre especial atención a la salvaguardia del equilibrio entre los que anuncian directamente la verdad que salva y, por otra parte, los que preparan y forman profundamente a los predicadores del mañana. No se puede permitir que este equilibrio, tan rico para unos y para otros, sea roto en provecho de un apostolado de contactos más directos. La existencia de un Asistente especial para el apostolado, conjuntamente con otro dedicado a la vida intelectual, es una garantía de este equilibrio.

4. Una convicción de fe

La crisis de la Iglesia, hoy, es una crisis de fe. En la historia, los hijos de Santo Domingo se han esforzado siempre en ser testimonios y predicadores privilegiados. La crisis debe encontrarnos preparados y lúcidos en nuestra fe.

En estos tiempos de transformación cultural, técnica, económica y política, asistimos a una reflexión crítica particularmente planteada bajo un punto de vista de la fe. Se pregunta -con razón- sobre todo aquello que ayude a comprender mejor el sentido, a expresarlo en fórmulas más significativas, discerniendo mejor las exigencias del orden moral. Pero una cosa es plantear cuestiones a la f e y otra cosa es ponerla en duda.

La tentación actual de poner los dogmas y la moral «al gusto del día» es más fuerte; el relativismo y el secularismo, a los que he hecho ya alusión, debilitan nuestras fuerzas de resistencia. Que nosotros llevamos el tesoro de nuestra fe en «vasos de arcilla» es particularmente verdadero en nuestra época. ¿Y estamos bastante atentos? Tenemos conciencia clara del carácter humanamente vulnerable de la fe, sea la propia o la de los demás. ¿Sabemos evitar siempre una cierta ligereza ante las cuestiones que no podemos solucionar y que corren el riesgo de corroer las convicciones de los que nos escuchan? Sin duda, esto depende de las personas y de las circunstancias. Hay cuestiones -y muchas...- que debemos plantearnos.

La fe se afianza y se desarrolla particularmente a través de la oración, a condición de que ésta sea un verdadero encuentro con Cristo. ¿Cuál es la calidad de nuestra oración común? ¿Simple obligación? ¿Verdadero encuentro, en común, con el Señor? ¿Somos capaces de compartir oportunamente nuestra fe? Se sabe todo lo que esto comporta cuando se trata de hablar de Jesucristo a los que nos han sido confiados. Una tal participación ¿es algo espontáneo entre nosotros? ¿Qué es de nuestra oración privada? Después de varios años, un poco por doquier, los jóvenes nos asombran por su deseo de oración. ¿No puede verse en esto un «signo de los tiempos»? ¿Podemos hablar de la oración, si nosotros no sabemos rezar, si rezamos poco? ¿Nos extrañamos de la debilidad de nuestra fe...?

5. Revisiones necesarias

Como respuesta a lo que la Iglesia y el mundo esperan de la Orden al comienzo de este último cuarto de siglo, será necesario sin duda reconsiderar nuestros compromisos apostólicos, en más de un campo. No somos ya muy numerosos. Mantener lo que hacemos plantea ya difíciles problemas en muchos sectores y debemos prever el futuro antes de que sea demasiado tarde. Por otra parte, nuevos campos de apostolado reclaman más urgentemente nuestra presencia. Son necesarias algunas decisiones y sacrificios.

Esto no debe desanimarnos. La historia de la Orden nos enseña que fuerzas reducidas, pero bien preparadas, pueden hacer grandes cosas cuando los objetivos son juiciosamente seleccionados. Las Constituciones nos piden criticar periódicamente nuestras actividades apostólicas (LCO, n. 100, 3 y 4). Emplear este año movidos por un gran deseo de renovación y para manifestar dinamismo y presencia a los jóvenes que pensasen entrar en la Orden, ¿no sería una de las primeras manifestaciones de este «coraje del futuro» del que hablo? Que cada Provincia, cada casa, cada religioso revise todas sus actividades, interrogándose: ¿Cómo empleo mí tiempo? ¿En qué medida estas actividades ayudan a los hombres a conocer a Dios y a buscar en El el sentido de su vida? Debo continuar en la misma línea, y entregarme aún más. ¿Qué debo eliminar de mi vida?

Convendría interrogarse también sobre los nuevos tipos de predicación, sobre la manera de llegar a ciertos ambientes. ¿Qué hacemos de cara a los no creyentes, a los cristianos separados, a los miembros de las grandes religiones? Además, existen una serie de problemas referentes a la miseria, injusticia, incomprensión, conflictos y tensiones de toda clase, guerras. ¿En qué medida estamos comprometidos en estos sectores sobre los que insiste tanto hoy la Iglesia, viendo una exigencia de la predicación integral del Evangelio?

Estas revisiones necesarias que evoco exigen una revisión de nuestras comunidades, ya que tales cuestiones no se plantean sólo a cada uno de nosotros, individualmente, sino a las comunidades de las que formamos parte. La seriedad de nuestros intercambios sobre estos problemas, como sobre todo lo que constituye nuestra vida, depende de la calidad de nuestra vida comunitaria. ¿Qué hacemos, dentro de nuestros conventos, para ayudarnos los unos a los otros a crecer en la plenitud de Cristo?

Al principio de esta carta he recordado las sombras y las crisis que nos han afectado, las dificultades que tenemos aún y el sufrimiento que nos causan. Pero, lo más grave no es nuestra disminución de personal. Lo más grave sería que nuestra fe en la Orden, nuestra confianza en nosotros mismos y en nuestros hermanos, nuestro dinamismo, se viesen afectados, aunque en pequeña medida.

Queridísimos hermanos, invito a cada uno de vosotros a una renovación del coraje y de la esperanza.

Encarnar el proyecto de Santo Domingo en el mundo actual consiste en no dejarse abatir por la crisis que afecta al mundo y a la Iglesia. Debemos estar presentes para ayudar a nuestros hermanos los hombres a superar esta crisis y a descubrir lo que Dios quiere manifestarnos para hoy y para mañana. Fin d'article


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