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mi primera carta a la orden, yo abría el siguiente
interrogante:¿ "Quién, entre nosotros,
realmente ora?". La respuesta que cada dominico
le haya dado, permanece en el secreto de Dios. A cada
uno le toca formulárselo. Personalmente, creo
que un cierto número de hermanos experimentan
hoy un verdadero deseo, una verdadera sed de oración
y de contemplación, y lo prueban todos aquellos
que un poco por todas partes me preguntan qué
ha sido de aquella carta que hace tiempo anunciara sobre
este tema. Hay también dominicos que no conocen
quizá ese deseo punzante, pero que sienten de
un modo confuso que alguna cosa importante falta en
sus vidas. Y se preguntan qué han de hacer. Se
escucha con frecuencia: "Yo no tengo tiempo",
o también, "No se me ha enseñado
a orar en el noviciado".
Es,pues,de
la oración de lo que quiero hablarles, mas bajo
un aspecto particular. No hablaré de la oración
en sí; no faltan libros sobre eso. Mi intento
quisiera ser más realista, existencial, y partir
de aquello que no podemos no vivir como dominicos, y
mostrar cómo eso nos invita, nos abre a la oración
privada y llega a suscitar en nosotros una relación
viviente a Dios (es de este modo como designo a toda
oración privada) que, desde que se intensifica,
se prolonga,se convierte en mirada y amor, escucha y
acogida de Dios, merece ser llamada contemplación.
Yo partiré,pues,de tres valores o elementos característicos
de nuestra vida que santo Domingo estableció
él mismo el día en que dispersó
a los primeros frailes. A la pregunta que le dirigieran
éstos: ¿ "Qué vamos a hacer
a París, a Bolonia, a Roma?", él
les respondió: "Predicar, estudiar, fundar
conventos". Y sabemos que para él la predicación
debe proceder de la abundancia de la contemplación.
Como esa relación viviente a Dios se imprima
en lo concreto de la vida, podremos hablar de la "dimensión
contemplativa de nuestra vida dominicana". Concluiremos
con algunas consideraciones sobre el "ritmo de
la oración".
Predicar
La frase de Karl Barth es más verdadera que nunca:
"La teología se hace con la Biblia y el
periódico". Esto vale verdaderamente también
para la predicación. En efecto, ¿ cómo
anunciar a ,Jesucristo a los hombres si se ignoran sus
aspiraciones y las condiciones en que viven? Escrito
o hablado, el diario y todos los medios de comunicación
que evoca esa palabra, nos permiten conocer lo que ocupa
el espíritu, el corazón y la imaginación
de aquellos con los que nos encontramos. Nuestro diálogo
se hace así verdadero.
Se
podría decir asimismo que, para predicar, debemos
poseer una doble contemplación : la contemplación
de la calle, que nos hace entrar en comunión
con la mirada siempre actual del Cristo "que tiene
compasión de la multitud,, y la contemplación
de "Jesús en el misterio de su amor. Pero¿
sabemos pasar dé la una a la otra? . 0 más
bien, ¿ sabemos hacer de esa doble contemplación
una sola y misma mirada?.. Cuántos entre nosotros
saben "rezar su periódico"?
Y
sin embargo, cuando nos oyen hablar en una iglesia,
en una reunión bíblica, en una reunión
carismática, en la cátedra de una Universidad,
raros son los oyentes que se equivocan. Saben distinguir
pronto al predicador que habla del Amigo con quien vive
sin cesar, del predicador que habla de él como
de un extraño a quien quiere hacer pasar por
un familiar. El primero sabe hablar de Dios porque está
habituado a hablar con Dios. Y se comprende fácilmente
que del Padre de los Predicadores se diga que él
no hablaba sino a Dios o de Dios. Las dos cosas eran
inseparables para él.
Si
quiere ser un auténtico testigo del Evangelio,
el fraile predicador debe ser ante todo un "orante".
Entonces se encontrará con el Señor no
solamente durante la preparación de sus sermones
y conferencias, sino en el mismo momento de hablar.
Su palabra le remitirá entonces, como reacción,
a un nuevo encuentro con su Señor, más
profundamente quizá que aquél que le ha
precedido. Y así sucesivamente. Porque no hay
que interpretar en un solo sentido y de modo demasiado
material el célebre texto de santo Tomás:
"contemplar y transmitir lo contemplado".
La contemplación no debe sólo preceder
a la predicación. El anuncio del mensaje vivifica
y enriquece, si sabemos estar atentos, nuestra relación
vivida con Dios.¡Dichosos los que en la Orden
tienen la misión de predicar la fe! Puede resultarles
más fácil que a otros ser verdaderos contemplativos
según santo Domingo
Ya
no vivimos más en cristiandad. El mundo que habitan
los hombres, las mujeres y los jóvenes con que
nos encontramos viven en un mundo "post-cristiano",
una manera recatada de decir que es abiertamente "anti-cristiano",
dado que de hecho, ya no tiene nada de cristiano: negar
una persona es referirse a ella; no decir nada, es lo
peor.
Esa
neutralidad asfixiante no procede únicamente
de la ignorancia o de la malicia de los hombres. Con
la ciencia, la técnica, las ciencias humanas,
el progreso de la historia, las ideologías de
toda clase, el mundo ha conquistado su autonomía
y se desenvuelve cada día en su esfera. Secularizado
de hecho, el mundo ya no remite a Dios.
Nuestros
frailes trabajan cada vez más en sectores puramente
profanos. Se ven tentados a veces a pensar que son predicadores
"de segunda clase" puesto que el compromiso
apostólico que les es propio - ellos se encuentran
allí por cumplir con su deber de dominicos -
no les permite encontrar directamente a Dios ni hablar
directamente del Evangelio. Y no obstante ellos anuncian
también una parte absolutamente indispensable
del Evangelio, pues el Evangelio o es integral, o no
existe. De la primera a la última página
de la Biblia, en efecto,la Escritura ordena librar al
hombre de las injusticias que le impiden vivir, y explotar
la tierra y los talentos que Dios le ha dado para descubrir
la Verdad.
El
peligro presente es especialmente el secularizarse en
el pensamiento y en el corazón. Lo que hace falta
entonces, es poseer una visión del mundo suficientemente
amplia para no reducir las exigencias evangélicas
a un intimismo demasiado fácil con Dios ("Jesús
y yo en un frasco", se ha dicho) y a relaciones
interpersonales más sentimentales que constructivas
con sus semejantes. Es en esa "visión sapiencial"
que todo objeto, toda investigación, todo descubrimiento
encuentra su lugar en el designio de Dios sobre el universo
del que Cristo es la piedra angular.
No
es posible inclinarse sobre la situación de los
hombres o estudiar las ideas que improntan las culturas
que se desarrollan fuera del influjo de la fe, si no
se llega a considerar las lágrimas y las huellas
que han dejado sobre los rostros de los que son sus
víctimas. La compasión característica
de santo Domingo nos impulsa entonces a trabajar por
librar a la humanidad de los sortilegios del mundo presente.
La misericordia, compasión activa, nos emparenta
con santo Domingo Como en él, ésta debe
suscitar en nosotros la oración. Un sacerdote
que he conocido y que era párroco en una parroquia
rural completamente descristianizada recordó
muy bien lo que puede - y debe - tener lugar en un corazón
apostólico frente al mundo post-cristiano: "Con
los ojos fijos sobre la Eucaristía donde se expresa
y se construye la Iglesia, debemos aceptar que la gente
de que somos responsables permanezca mucho tiempo (siempre,
quizá) en camino, sin llegar jamás; pero
cuidadosos de proponerles siempre que caminen y sin
poder siquiera decirles la meta".
Conocí
a dos dominicos que consagraron su vida a la "investigación
pura", uno en economía, otro en ciencias
naturales. Ambos han sido verdaderos contemplativos.
Me acuerdo en particular de una homilía, sobre
el Rosario, muy sencilla pero muy vivida que uno de
ellos pronunció el día de esta fiesta.
No era un "funcionario", sino un hombre de
fe.
Gran
contemplativo si lo hubo, santo Domingo no lo era a
la manera de Benito, de Juan de la Cruz o de Teresa
de Jesús. Pues era también un gran apóstol.
El beato Jordán de Sajonia nos dice que consagraba
sus días a los hombres y sus noches a Dios. Mas
hace falta comprender lo que se quiere decir. Durante
el día Domingo habla de Dios a los hombres. De
noche es "de los pecadores, de los pobres y de
los afligidos" que ha encontrado durante el día,
que habla a Dios. Los dos únicos textos en que
él mismo nos habla de su oración son elocuentes
al respecto. De noche: "Dios mío, Misericordia
mía, ¿ qué será de los pecadores?".
De día, a sus compañeros itinerantes,
les exhortaba saludablemente al perdón: "Vayan
más adelante, guardemos silencio, y pensemos
en nuestro Salvador". Santo Domingo nos enseña
así lo que es la "oración de petición
por la liberación de los pecadores, de los pobres
y de los afligidos". He aquí otra vía
que, partiendo de las necesidades espirituales y materiales,
sociales y personales de los hombres nos incita a reunirnos
con santo Domingo a los pies de Cristo en la Cruz que
tantas veces pintara fray Angélico.
Estudiar
Mi
propósito no es decirles que es menester estudiar.
Tampoco les pregunto cuántas horas consagran
por semana a un estudio verdaderamente serio. Quisiera
solamente mostrarles cómo en la Orden el trabajo
intelectual nos abre a la oración y a la contemplación.
Las Constituciones, cuando quieren situar nuestro estudio
en el conjunto de nuestra vida religiosa, comienzan
por estas palabras: "El estudio asiduo nutre la
contemplación" (LCO. n.83) t Cómo
debe ser hoy nuestro estudio para que resulte así?.
Sin duda, debe orientarse ante todo a la Palabra de
Dios transmitida por la Sagrada Escritura. Por lo demás,
siempre ha sido así en la Orden a partir de santo
Domingo que llevaba siempre consigo el Evangelio de
san Mateo y las Epístolas de san Pablo. Alegrémonos
de comprobar que en la Iglesia actual hay una recuperación
notable de interés por la Biblia. Pienso en ese
cura de parroquia donde algunos de sus fieles siguen
cursos bíblicos. Me confesaba que por no perder
la estimación y la confianza de sus parroquianos
había tenido que retomar todos sus estudios en
ese campo. (Es exactamente la situación en que
me encontraré dentro de poco).
En una alocución a la Comisión Bíblica
(14 marzo 1974), Paulo VI después de haber recordado
que Dios se revela a los pequeños y a los humildes
y no a los sabios y prudentes, citaba este hermoso texto
de san Agustín: "A los que se entregan al
estudio de las Sagradas letras no basta recomendarles
que sean versados en el conocimiento de las particularidades
del lenguaje... sino además,y es a la vez primordial
y sumamente necesario, que oren para comprender".
Orar la Biblia para comprenderla: es lo que hacen tantos
cristianos hoy. La Biblia se ha convertido en su libro
de oración. Se reza la Biblia y se reza sobre
la Biblia: esto es algo nuevo.
Rogar sobre la Biblia: nada mejor,,pero atención!
El descubrimiento de textos que nos hablan más,
de frases bíblicas que son como gritos hacia
Dios y que corresponden a cosas que vivimos - alabanza,
esperanza, alegría ... - puede tener como efecto
que las tomemos demasiado literalmente y sin bastante
discernimiento. Los sobrecargamos con nuestros propios
sentimientos, sean cuales fueran. Puede suceder entonces
que oremos no tanto sobre la Biblia misma con todas
sus riquezas y armonías, sino en cambio sobre
nuestros propios sentimientos. En tal caso, el riesgo
de caer en un cierto "fundamentalismo" no
es quimérico. No confundamos la oración
con cualquier clase de repeticiones de fórmulas.
Nuestra predicación corre entonces el riesgo
de resultar demasiado fácil. No presenta a los
fieles que tienen hambre de verdad lo que ellos tienen
derecho de esperar de nosotros.
Hay que encontrar entonces un equilibrio entre un conocimiento
científico de la Biblia - absolutamente indispensable
- y una lectura material, sin perspectiva ni relieve.
Esto habla de la importancia de una "lectura sabrosa"
apoyada sobre la exégesis y vivida en la oración.
Dadas estas condiciones, ¿cómo dudar acerca
de la dimensión contemplativa del estudio de
la Escritura?
Nuestra
lectura bíblica, ¿no es quizá con
demasiada frecuencia una lectura ocasional o de circunstancias?
Sin embargo, según el texto citado de las Constituciones,
es el estudio asiduo el que nutre la contemplación.
Cuando tenemos que preparar un sermón, L no nos
sucede alguna vez buscar a la ligera algunos textos
en que apoyar, con frecuencia artificialmente, lo que
queremos decir? Como decía un profesor de teología
de otros tiempos: "Una vez que ya he demostrado
mi tesis, abro mi Biblia y espolvoreo mi texto con citas".
Si la Escritura debe encontrarse en el corazón
de nuestra vida intelectual como dominicos - pues es
la salvación lo que anunciamos - un estudio ocasional
no puede bastar. Debemos llevar a cabo un estudio sistemático,
profundo, perseverante. El Padre Aniceto Fernández,
me acuerdo, insistía mucho sobre la importancia
del oficio de lecturas, porque nos hace releer y meditar
cada día los textos sagrados. Además es
necesario prolongar esa lectura con un verdadero estudio.
Los programas de formación permanente deben reservarle
un lugar de primordial importancia.
Pero
el estudio del dominico no se detiene en la Biblia,
no obstante la importancia que tiene su papel de inspiración.
Es conocida la antífona de la fiesta de san Alberto
Magno, sacada de sus obras: "La teología
está más cerca de la oración que
del estudio". En otras palabras, es más
contemplativa que especulativa. Algunos dirán
que al hablar así san Alberto parece aproximarse
más a san Buenaventura que a Santo Tomás.
Puede ser. Pero en todo caso, es un modo feliz de subrayar
la dimensión contemplativa que debe hallarse
impresa en toda reflexión teológica.
En
santo Tomás, dicha dimensión se hace más
real y perceptiva cuando su pensamiento se sitúa
en el nivel de una filosofía del ser, lo que
le permitía lograr una percepción profunda
y una sistematización de conjunto de la doctrina
cristiana. Todos los elementos de la Revelación
se encontraban así organizados, los unos respecto
a los otros, en una verdadera "visión sapiencial"
que atrae a la mirada contemplativa.
¿Qué
hay hoy de todo ello?
Lejos
de mí la idea de juzgar o de condenar a priori
los esfuerzos de muchos de los teólogos actuales.
Su tarea es tremenda, dado que una especialización
a ultranza no puede dar, en el campo de cualquier realidad
- y eso vale también para una reflexión
sobre el Misterio de Dios - más que "flashes"
muy diversos e inconexos. La enseñanza de la
teología como la de la filosofía se reduce,
con demasiada frecuencia, a una acumulación de
estudios fragmentarios. Muy escasos son los teólogos
que osan presentar un conjunto que mereciera hoy ser
llamado "una teología".
Pienso
entonces que en la hora actual la reflexión teológica
nos abre menos que antaño a la contemplación.
No solamente ella ha estudiado la revelación
de un modo parcial sino también por razones que
proceden entre otras casas del ambiente secularizado
de nuestro tiempo, ella se desarrolla sin ser tampoco
interior a la fe o a la vida de la fe. Procede también
de las ciencias humanas que tienen tan gran ascendiente
y que no pueden alcanzar, al menos hasta ahora, al don
de la fe tan profundamente como antes. No concluyamos
que hay que volver pura y simplemente a la filosofía
de antaño y a la teología medieval - que
tienen no obstante aún mucho que decirnos. Como
dominicos nos equivocaríamos si ignoráramos
los esfuerzos de los teólogos actuales.
Y
acerca de la teología, una última observación.
Como se sabe, la cristología es uno de los temas
más estudiados de la teología actual.
Expresiones como "Jesús libre", "Jesús
profeta", "Cristo un hombre para los demás"
(expresión ésta que encontramos en Paulo
VI) y tantas otras, ponen felizmente en evidencia ciertos
aspectos del Cristo del Evangelio. Podemos adivinar
que esos descubrimientos no son extraños a la
situación en que vivimos hoy. Con todo es necesario
no considerar esos calificativos de manera "exclusiva",
quiero decir como si ellos manifestaran la totalidad
de Cristo. No dejaría de tener consecuencias
para nuestra vida religiosa, que quiere ser una vida
a imitación, en la sequela, de la vida de Jesús.
Los religiosos, como por lo demás los cristianos,
se reconocen fácilmente hoy bajo estos aspectos.
Y se puede adivinar lo que sería una vida religiosa
que privilegiara esos aspectos como si fueran lo esencial
de la vida de Cristo y de sus propios vidas. En otras
palabras, podemos ver cómo la vida religiosa
está lejos de ser independiente de toda cristología.
Todo
esto se explica por el período de transición
en que nos encontramos. Dios quiera que se prepare un
porvenir que asegure, quizá mejor que antes,
la dimensión contemplativa del estudio dominicano
y de toda nuestra vida.
Me
dirán quizá que hablando como lo he hecho
a propósito del estudio, he escogido la parte
más hermosa: "Lo que dice vale para aquellos
que tienen un trabajo propiamente pastoral,que anuncian
la fe y el Evangelio. Pero,¿y los otros, los
que trabajan por la justicia, los que enseñan
las ciencias profanas en la Orden o fuera de ella, los
sacerdotes obreros, los sacerdotes profesionales, etc.
?,,.Responderé insistiendo en que todo compromiso
apostólico, por más secularizado que sea,
exige una parte de estudio propiamente eclesial. Si
no fuera así, la asfixia espiritual nos acecharía.
La experiencia de cada uno de nosotros lo demuestra
suficientemente.
Es
necesario ante todo saber organizarse, hacer distinción
entre los estudios profesionales y la auscultación
de la Palabra de Dios, entre el tiempo perdido y las
distensiones necesarias (en Roma, cada noche veo los
noticiarios de la televisión). Durante varios
años al momento de visitar las Provincias, yo
felicitaba a los hermanos porque trabajaban mucho. Ya
no lo digo más. Lo que hay que decir en verdad
es que gran número de hermanos trabaja demasiado.
Lo que no es lo mismo. Y las razones de ese exceso no
son siempre las exigencias del ministerio, sino otras
razones que no siempre se reconocen y que con frecuencia
ni los mismos actores tienen conciencia de ello. Creen
que hay que trabajar así. De donde se sigue una
vida desequilibrada.Será necesario que vuelva
a encontrar el equilibrio insistiendo más sobre
el platillo de un estudio a la vez serio y orante. Volveré
otra vez sobre este problema al hablar del "ritmo
de la oración".
Conozco
hermanos que luchan con éxito para lograr este
equilibrio. Conozco también a los que tienen
compromisos que no pueden ser más profanos, y
en ambientes extremadamente secularizados. Ellos encuentran
el modo de predicar en ciertas circunstancias o en ciertos
momentos, por ejemplo durante las vacaciones. Es para
ellos un verdadero baño de rejuvenecimiento espiritual.
Y junto a la cabecera de sus lechos se encuentran libros
que los nutren espiritualmente y en profundidad.
El
equilibrio entre todos los elementos de la vida dominicana
es un problema temible, sobre todo cuando están
en juego la contemplación y la acción,
siendo así que con frecuencia el equilibrio entre
una y otra ha sido lo que nos ha atraído más
firmemente a la Orden. Los superiores, provinciales
y locales, tienen graves responsabilidades al respecto.
Fundar conventos
"Fundar conventos". No consideraré
sino un solo punto, el objetivo que se proponía
santo Domingo al hablar así: la vida comunitaria.
Es
éste uno de los aspectos de la vida religiosa
del que más se ha hablado desde hace veinte años.
Yo no conozco bastante cuanto haya al respecto en vuestras
Provincias. Pero si contemplo el conjunto de la Orden,
constato muchos esfuerzos y progresos en ese sentido.
En general me parecen ser con todo bastante modestos,
cuando lo comparo con lo que dicen ciertos generales
religiosos en roma.
¿No
encontraríamos en este punto más dificultades
que los otros religiosos? Sin duda que el individualismo
es una tara que todos experimentan hoy. Antaño
el tipo de vida común estaba muy organizado,
con estructuras que era difícil eludir. En la
hora actual, por todas partes las personas tienen mayor
libertad, son más abiertas y más espontáneas.
Lo mismo sucede entre nosotros. Añadamos que
el espíritu, la mentalidad, la formación
dominicanas desarrollan - es uno de los aspectos de
nuestro carisma - los gérmenes de originalidad
de cada uno, por tanto la personalidad. De lo que se
sigue el riesgo de ver acrecentarse el individualismo
y la no-participación, que es el enemigo número
uno de toda vida comunitaria.
No
existe vida comunitaria sin las cuatro condiciones consabidas:
1)
Ante todo nuestras relaciones fraternales deben poner
en tela de juicio lo que afecta a nuestra vida personal,
nuestras preocupaciones, lo que nos interesa - dado
que con facilidad permanecemos superficiales en este
dominio.
2)
No hay vida común sin relaciones interpersonales
e intercambios profundos. A veces me pregunto: ¿no
somos con facilidad reservados, en el sentido peyorativo
del término?.¿ No ocultamos espontáneamente
lo que somos, lo que pensamos, lo que vivimos en nosotros
mismos? Si existen tiempos y lugares que puedan facilitar
los intercambios - y los superiores deben vigilar sobre
esto - ¿no practicamos el arte de evitarlos?;
nos encastillamos, recluimos y evitamos las preguntas
comprometedoras.
3)
No hay vida comunitaria sin participación: sin
abrirse a los demás, sin entrega, sin exponerse,
sin correr riesgos.
4)
Por fin, no hay vida común sin participación
en la vida y la marcha de la comunidad, y esto es tanto
más exigente cuanto que ella se encuentra en
constante evolución. Cada uno debe sentirse responsable.
Escuchar, acoger y comprender aun aquello que a primera
vista nos contraría. Exponerse al peligro...
Al
hablar como acabo de hacerlo, no olvido mi propósito:
poner de relieve la "dimensión contemplativa"
de nuestra vida comunitaria. Pero ella depende del material
humano, tan complejo en este caso y de tal modo decisivo
para la edificación de una persona y de una comunidad.
El aspecto místico se injerta en la realidad
humana, y tan humana en este caso..., que es, sin duda,
el caso extremo.
Ahora
bien, esta mística la encontramos en el Evangelio
con la enseñanza y el ejemplo de Cristo. Las
exigencias cotidianas de la vida común son demasiado
fuertes, exigen demasiados esfuerzos de nuestra parte
para que no posean la gracia de poder abrirnos al Evangelio
y a la oración, si al menos no lo obstaculizamos.
Es
pues la persona y la vida de Cristo - el ejemplo "de
su más grande amor" - lo que ofrece cuanto
la vida común espera de nosotros. Sería
interesante revisar a la luz del Evangelio y aun del
sólo sermón de la montaña las discusiones
de uno de nuestros capítulos o consejos. Descubriríamos
fácilmente el porqué de los éxitos
y de los fracasos de nuestros intercambios y discusiones.
La transposición resultaría fácil.
Las
bienaventuranzas nos hablan de los pobres, de los mansos,
de los afligidos, de los sedientos de justicia, de los
misericordiosos, de los artesanos de la paz, etc. ¿No
nos encontramos en nuestros diálogos con hermanos
que, no queriendo imponerse, saben hacerse escuchar
mejor, con los incomprendidos que guardan silencio,
con los que tratan de convencernos acerca de la brizna
de verdad que han descubierto, con los que perdonan
los excesos del lenguaje con los que buscan siempre
por encima de las observaciones más o menos interesantes
lo que hay de positivo y que procuran incansablemente
el mayor acuerdo posible?
Y,
siempre en el mismo discurso de la montaña, encontramos
lo que Cristo demanda -y que vale para nuestras relaciones
mutuas: "El que se enoja con su hermano...";
"Ve primero a reconciliarte"; "No resistas
al malvado"; "Vuestro Padre hace llover sobre
malos y buenos..."; "Que tu mano izquierda
ignore..."; "Perdonen"; "Donde está
tu tesoro allí también está tu
corazón"; "Nadie puede servir a dos
señores..."; "No se inquieten...";
"Busquen primero el Reino de Dios..."; "No
quieran juzgar..." {Cuánto se podría
extraer de esas "palabras de oro" de Cristo
para nuestra vida comunitaria! Cuántas exigencias.
Z Y de todo el resto del Evangelio? (¿No encontraríamos
allí como el "vade mecum" del perfecto
capitular?).
De
este modo la vida comunitaria no nos entrega con manos
y pies ligados a las exploraciones de todas las sicologías
y sociologías. Nos invita sobre todo a levantar
nuestra mirada a un nivel mas alto, hacia Cristo. En
sentido inverso, el Evangelio y la persona de Jesús
deben transformar nuestra manera de ser, de obrar, de
reaccionar, en las relaciones con nuestros hermanos.
El
significado de esta conducta dentro de la Iglesia ha
sido bien puesta de relieve en una "nota de trabajo"
para la última asamblea de religiosos canadienses
celebrada en Montréal.
El
autor (fr. Laurier Labonté) habla de realidades
de anverso y reverso que la vida propone hoy continuamente
al cristiano. Por una parte, dice, las bienaventuranzas,
el recuerdo del Crucificado y el llamado a la Parusía,
por otra la riqueza, el bienestar, las situaciones privilegiadas,
los arreglos demasiado diplomáticos, el egoísmo,
el distanciamiento. De continuo el cristiano debe luchar
contra las comodidades de la vida para que ellas no
triunfen sobre su vocación a sobreponerse a sí
mismo y al mundo. La vida comunitaria de los religiosos,
que no se puede separar de los consejos evangélicos,
instala al religioso en una vida donde las relaciones
interpersonales y la vida social deben ser gobernadas
por el primado absoluto de una vida conforme a la de
Jesús, el Señor de las bienaventuranzas.
Tal género de vida da testimonio no de una relativización
de las exigencias evangélicas para todos los
cristianos, sino que, gracias a la radicalidad que define
la vida de los religiosos, recuerda a todos los cristianos,
habida cuenta de su situación propia, la primacía
de Dios. Como lo dice el autor, "la vida comunitaria
consiste en tener radicalmente presente la crítica
profética de los compromisos peligrosos"
(a los que todo cristiano corre el riesgo de ceder).
He
hablado anteriormente del capítulo. Se podría
también tomar otro ejemplo: el de la "obediencia"
tal como hoy se la comprende cada vez más. Como
ayer, como siempre, ella debe permitir al religioso
conocer la voluntad de Dios sobre sí y conformarse
a ella. Pero mientras que antes el superior era el único
que debía encargarse de esta búsqueda,
hoy ella pasa cada vez más a través de
la puesta en común y la discusión de los
miembros de la comunidad, frecuentemente en presencia
del religioso en cuestión. Como dice el padre
Tillard, el religioso "obedecerá a una voluntad
de Dios que él no habrá sido el solo en
percibir, pero que alcanzará gracias a otros,
y que muchas veces no corresponderá a lo que
él solo había creído percibir.
Esta búsqueda común será vivida
gracias a un "discernimiento comunitario"
que tratará de descubrir como a tientas la verdad,
a través de las luces y las preguntas que cada
uno aportará a la discusión. Del Espíritu
Santo se ha de esperar en cada instante la luz y la
certidumbre que no puede proceder más que de
El. Y la presencia, durante el transcurso de esta búsqueda,
de los nueve aspectos del fruto del Espíritu
según la epístola de san Pablo a los Gálatas
(cap. V, 22-23): caridad, gozo, paz, etc., podrá
representar como el signo de la presencia del Espíritu
Santo mientras se espera que el Superior, puesto al
tanto de todo el proceso al que habrá participado,
diga la última palabra.
Así
pues,la vida comunitaria nos sitúa de una manera
privilegiada en el corazón de la "caridad
hacia el prójimo". Ella nos abre a Dios
y nos permite alcanzarle y de unirnos a El a pesar de
las dudas, las amarguras, las oposiciones que son con
demasiada frecuencia el pan cotidiano de toda agrupación:
"Dimensión contemplativa de la vida comunitaria".
En esta charla, si yo no he querido hablar de la misma
oración privada no he hecho sino pensar en ella.
Pues todo lo que dije no tenía otra finalidad:
ayudar a mis hermanos - esos hermanos de que Uds. y
yo somos responsables - a encontrar e intensificar el
camino de la oración personal o, si fuere el
caso, volver a darle el lugar que le corresponde en
nuestra vida dominicana.
Al
término de nuestras reflexiones, vemos mejor,
espero, cómo nuestros tres elementos fundamentales
tienen una "dimensión contemplativa"
que nos abre a Dios. En el corazón de esta presencia
de Dios más o menos difusa que ellos nos proporcionan,
se abre una puerta que nos pone ya en una relación
más viva con el Señor. Sin duda la vida
litúrgica es el lugar por excelencia para llegar
a ella. Pero porque la predicación, el estudio
y la vida común ocupan la mayor parte de nuestras
jornadas, debemos estar muy atentos a su contribución.
Una
verdadera vida interior no puede contentarse con eso.
El trabajo no es la oración. Se ha dicho: “Yo
no existo sino porque Dios me dice ‘tú’”
El que se da cuenta, profundamente de esta interpelación,
¡cómo no ha de desear alcanzar a Dios y
maravillarse ante El con la sola respuesta que ha de
brotarle como espontáneamente: “Abba, Padre”!
Una
verdadera vida cristiana, y cuanto más la religiosa
y dominicana, debe sentir la necesidad vital de la oración
interior y silenciosa. Ella debe ser nuestra respiración
espiritual. Ella debe ser una oración gratuita:
porque Dios ES. Los diferentes aspectos de nuestra vida
nos ayudan a ello si los vivimos como valores humanos
pero también dentro de su connotación
mística. Sin embargo, esta relación viva
con Dios a nivel de las realidades sería tanto
más verdadera e intensa si reserváramos
cada día para Dios sólo, lo que nuestras
Constituciones nos piden... Existiría entonces
a lo largo de nuestras jornadas un intercambio armonioso
entre la vida concreta que conduce a Dios y a la "oración
pura" que se intensifica y se encarna en la vida
misma.
Para
meternos por este camino que nos permite hablar "ex
abundantia contemplationis", me parece que nos
faltan sobre todo dos cosas.
Los
mejores argumentos en favor de la oración personal
no tienen gran peso comparados con el único que,
a mi parecer, es decisivo: la experiencia. La experiencia
de la oración privada tiene el máximo
de probabilidad de convencernos y de hacernos retomar
el camino tal vez abandonado, - para que vayamos a la
oración "como a una danza o a un combate"
(san Nicolás de Flüe).
Junto
con esta experiencia, lo que también nos falta
es tiempo. ¿Quién no se lamenta, y encuentra
en esto una excusa fácil? Sabemos cómo
los historiadores se asombran ante la actividad de santo
Domingo durante los últimos años de su
vida: viajes a pie a Roma y a través de Europa,
organización de la Orden, ayuda a los frailes,
redacción de las Constituciones: todo eso no
le impedía predicar, y menos orar de día
y de noche. ¿Cómo podía hacerlo?
Al lado de esto, ¿qué representan los
pequeños cuartos de hora de oración común
y privada que encontramos tan difícil de asegurar
cada día?
Habría que reflexionar aquí acerca del
ritmo de nuestra oración. Me impresiona la importancia
que toman hoy en día en la vida de todo el mundo
los fines de semana (week-end), los feriados, los "puentes",
las vacaciones... Es la vida agitada la que dicta esas
necesidades. ¿Por qué no tomarlo en cuenta
nosotros mismos? No solamente para un reposo que tanto
el cuerpo como el espíritu necesitan, sino también
para beneficio de nuestra vida espiritual. Aprovechemos
esas distensiones para un descanso interior. Día
de desierto, retiros anuales renovados (un desafío
a nuestra creatividad), encerrarnos en nuestra habitación,
pasar algunos días en un monasterio, son otras
tantas exigencias para nuestra atormentada vida contemplativa.
Walberberg contiene algunas sugerencias interesantes
al respecto (nn. 52,53,54). Solos, o en comunidad, tengamos
el coraje de enfrentar ese problema. Y después:
"Hacer lo que El les dirá".
Permítanme soñar. En las notas de trabajo
de Montréal, se dice que al presente muchos religiosos
y religiosas resumen su deseo de vida religiosa en dos
palabras: Contemplación y servicio de los pobres.
Lo creo. Para la Orden, prefiero decir, y es mi sueño:
Contemplación y Predicación.
Post scriptum
Algunas reflexiones acerca del ritmo de nuestra oración
Después de releer las páginas precedentes,
experimento la necesidad de añadir algunas reflexiones.
Reflexiones que "peguen" con el tipo de vida
que, de un modo u otro, la complejidad del mundo actual
hace pesar sobre nuestras espaldas y condiciona cada
instante de nuestra vida.
Hace falta tener tiempo para orar. Esto es tan cierto
que sacrificar por Dios sólo un poco de tiempo,
es ya orar. Y hay que decir algo semejante si queremos
comulgar con la mirada de Cristo sobre las muchedumbres
hambrientas. Entre todos los obstáculos que encontramos
en el camino que conduce a la oración, el mayor
es la imposibilidad que experimentamos con frecuencia
para tener en nuestras manos algunos momentos en que
seamos libres de hacer lo que queremos. En tales condiciones,
¿qué queda para la oración? Desde
este. punto de vista, interroguemos nuestro modo de
vivir cotidiano. ¿Oración pública?
Lo más frecuente, es rezar Laudes y Vísperas;
de vez en cuando la hora media. ¿ Y el oficio
de Lecturas? Walberberg insistió sobre ello (n.
53 c), pero hay que confesar que todavía existen
demasiadas comunidades que se abstienen del mismo casi
sistemáticamente. Cuanto a las Completas que
deben ser la última oración de la jornada,¿
no se encuentra en ese principio, excelente en sí,
un motivo demasiado fácil para recitarlas juntos?
Sin duda, todo eso no es así por todas partes.
En este lugar, o en aquel, apenas si hay tiempo para
Laudes y vísperas, mientras que en otras partes
los frailes experimentan juntos el gozo vivencial de
reunirse delante de Dios, de cantarle, de darle gracias,
de alabarle no formando con sus hermanos más
que un corazón, un alma, una oración.
Una oración rica en verdad, aunque sin esplendor
en su simplicidad.
Ante
la mediocridad de nuestra oración, cuanto al
tiempo y a la calidad, se podrá alegar siempre
que nos falta tiempo. Y es verdad cuando se piensa en
los trabajos, los encuentros, los cursos, las entrevistas
que nos acaparan y nos impiden tantas veces tomar aliento,
hasta físicamente. Y no hablemos de la radio,
de la televisión, de los diarios, revistas y
otras ocupaciones devoradores de tiempo a los que es
tan difícil hacer soltar la presa. Y por todo
eso, ¿en qué va a quedar la media hora
cotidiana de meditación y el Rosario previstos
por las Constituciones? Lo que éstas nos piden
es bien poca cosa comparado con lo que conocía
la Orden no hace todavía cincuenta años.
Lo que me crea un mayor problema, permítanme
decirlo, es que no pudiendo hacer algo mejor, aceptemos,
sin dificultad ese modo de ser. Particularmente hoy
en que lo que la orden espera de nosotros nos acosa
de mil maneras, a cual más imprevisibles, que
nos reclaman por todas partes. Nos encontramos como
sumergidos. Y entonces, ¿en qué va a parar
ese magnífico equilibrio entre los diferentes
elementos de nuestro carisma que ha conocido santo Domingo,ese
equilibrio que, con su rostro sonriente por la presencia
de Dios y lleno de compasión por la miseria del
mundo, nos sedujo para siempre?. Tenemos derecho de
presentarnos como religiosos cuya palabra procede de
la abundancia de la contemplación?.¿O
es una simple expresión de otros tiempos?
Los
historiadores no comprenden cómo, durante los
últimos años de su vida, santo Domingo
pudo ser a la vez predicador, viajero, fundador, legislador,
organizador de su Orden y... orante. Uno de los más
grandes contemplativos de toda la historia de la Iglesia..
Es que había encontrado un ritmo de vida que
le permitía ser todo eso al mismo tiempo.
Resulta
clarísimo que el ritmo de vida de nuestro mundo
poco tiene que ver con el de santo Domingo Antes -
y esto era verdad hasta no hace mucho tiempo -, el ritmo
de la vida en Occidente era cotidiano, siguiendo el
ritmo solar. Ahora el ritmo de trabajo es cada día
mucho más intensivo y exigente. Hay que acomodarse
al ritmo de la máquina. Y es eso mismo lo que
permite y exige a la vez los fines de semana y las vacaciones
de verano que equilibran la vida agitada de nuestros
contemporáneos. Es decir, nuestra vida ha pasado
a un ritmo que con una palabra podemos llamar hebdomadario.
Nuestra oración ¿no debería servirse
de ello? Es sobre este punto que yo quisiera insistir.
Me cuidaré muy bien de decir que debemos abandonar
definitivamente el tiempo cotidiano de la oración
que se nos pide y que es verdaderamente un mínimo
necesario para sobrevivir espiritualmente. Justamente
porque ese tiempo es un mínimo, porque jamás
santo Domingo conoció este término cuando
se trataba de la oración, porque como frailes
predicadores no podemos contentarnos sólo con
lo que la misericordia de la Iglesia y de la Orden nos
piden; por tanto, debemos hacer más, pero al
modo hodierno. En definitiva, nuestro ritmo de oración
debe tener cuenta del tiempo en que vivimos.
Insisto sobre la responsabilidad de los superiores sobre
este punto. Hace algunos años yo felicitaba con
frecuencia en el curso de mis visitas a los hermanos
por sus trabajos. Ya no lo hago más. Demasiado
trabajo desvirtúa la sal que debe impregnar todo
apostolado y también toda vida dominicana. Como
el equilibrio entre la oración y la predicación,
y el equilibrio entre la predicación a los fieles
y a los no-cristianos debe improntar toda nuestra vida;
en ambos casos, el tiempo en que vivimos nos arroja
un desafío que debemos recoger.
¿Qué hacemos de nuestros domingos? Este
es un asunto importante, aun cuando el domingo pueda
llegar a ser un simple día de la semana. ¿Tenemos
un día o al menos algunas horas por semana en
que podamos respirar?. ¿Qué hacemos entonces?.¿Sabemos
consagrar un tiempo, al menos una vez por mes, en nuestra
celda o en un lugar tranquilo, para reaprovisionarnos,
Biblia en mano, en la soledad y el silencio de Dios?
La palabra 'desierto' se ha convertido en una palabra
de moda, y esto es una suerte. ¿Sabemos reservarnos
uno o varios días en otro convento, en una abadía,
en la campaña, con el mismo propósito?
Al final de nuestras vacaciones,,nos encontramos más
calmos, más en paz ante Dios; o aspiramos a regresar
a casa para poder descansar por fin.,.? Desde hace tiempo,
al menos la semana del retiro anual debe tener tal objetivo,
y espero que sea hecho en compañía de
nuestros hermanos. Este es un punto de nuestra vida
respecto del cual desde el Vaticano II hemos carecido
con frecuencia de imaginación y creatividad.
Algunos llegarán quizás a la conclusión
que no tenemos necesidad de todo eso dado que, según
lo que he dicho al hablar de la "Dimensión
contemplativa de nuestra vida", la predicación,
el estudio, la vida común pueden y deben reemplazar
a la oración. Hablar así, seria no haber
comprendido nada. Lo que he dicho, es que esos puntos
cardinales de nuestra vida nos abren, si queremos, a
un encuentro con Dios al reavivar, al nivel mismo de
lo que hace la trama de nuestra vida, el deseo de unirnos
a Dios. Pero ese "trampolín" no puede
desempeñar su papel si por otra parte la súplica
de la Iglesia, el deseo de nuestro corazón, el
hábito de encontrar a Dios en el silencio de
la soledad no habitan en nuestro corazón en momentos
privilegiados de nuestra vida.
Hace
falta tiempo para orar... Sepamos encontralo y ofrecerlo
a Dios, sin duda a gran distancia de santo Domingo
Pero con él, no obstante. Que él inspire
a cada uno, a cada una de sus discípulos y discípulas
que me han leído, lo que él espera de
ellos.

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