
uan
Macías es español, nacido en la España
del siglo xvi, que comenzaba a construirse un inmenso
imperio más allá de los mares, en un mundo
nuevo.
Se
ambarca rumbo a América en 1610; tiene 25 años.
Después de algunos años ingresa en los
dominicos de Lima, como Hermano Cooperador; y en el
puesto de portero conventual vive todo el resto de su
existencia.
Una
vida sencilla, oscura. Pero, en realidad, una vida iluminada
por un espíritu religioso ejemplar y, sobre todo,
de testimonio para todos los que le conocen y se le
acercan; una vida transfigurada por la gran caridad
que siente hacia todos y despliega especialmente con
los más pobres.
1.
El mensaje social de una vida consagrada a los pobres
Juan
Macías no predicó ni escribió.
Este humilde hermano, ahora glorificado ante toda la
Iglesia, se hubiera quedado sobrecogido si entonces
se le hubiera dicho que su vida sencilla ofrecería
al mundo un mensaje, y, más aún, un mensaje
social.
Mas
esto es precisamente lo que hace que esta vida humilde
sirva hoy de testimonio para todos y constituya tal
mensaje. ¿No es esto. además, lo propio
de los santos proclamados como tales por la Iglesia?
La solemne glorificación da a estos elegidos
y a sus obras, una notoriedad y una resonancia a nivel
mundial, pues sobrepasando el medio en que vivieron
y fueron conocidos en vida, llegan a ser un bien para
toda la comunidad cristiana, y hasta un ejemplo para
toda la humanidad, abierta a la búsqueda de verdaderos
valores.
Juan
Macías se embarca muy joven para el nuevo mundo.
Es un emigrante. En los navíos que atravesaban
el océano se encontraba de todo: soldados que
iban como conquistadores, impulsados por la pasión
de la gloria y del oro; misioneros anhelantes de evangelizar
pueblos desconocidos; comerciantes y buscadores de aventuras;
también pobres gentes con la esperanza de dar
con mejor suerte para su vida. A estos últimos
es a los que solamente se les reconoce hoy por verdaderos
emigrantes. Y Juan Macías partió como
uno más de ellos.
Y
así conoció el desprendimiento, el desarraigo
doloroso del medio natural en el que había vivido,
y de la tranquilidad del marco de costumbres en el que
había crecido. Ha experimentado el salto a lo
desconocido, la mezcla agridulce, permanente, de esperanzas
y temores, y las dificultades inevitables del trasplante
violento y de la adaptación al nuevo medio social.
El fue uno de los millones de hombres que, desde hace
varios siglos, son zarandeados de un país a otro,
no por placer o por gusto de la aventura, sino movidos
por la necesidad.
Con
toda seguridad, Juan Macías no pensó nunca
hacer problema de su caso personal. Así mismo,
tendría, sin duda, una conciencia bastante confusa
acerca de la amplitud del fenómeno social que
él estaba dispuesto a vivir. Simplemente se enfrentaba
a su destino, destino que asumió como un santo.
Esta vida de santidad y de amor a los pobres la habría
podido llevar en cualquier lugar y tiempo. Pero, de
hecho, fue en este pequeño mundo de los desarraigados
y entre los más pobres, donde se santificó.
Y esto es lo que nos interpela ahora.
¿Tenemos
hoy conciencia del problema de la emigración?
Hoy, es decir, después de varios siglos del tráfico
de esclavos en los barcos negreros, de la explotación
de la mano de obra extranjera en los campos de algodón
o en las minas de carbón; después de siglos
de trasplante y deportación de multitudes...
Ha sido menester mucho tiempo y muchos sufrimientos
para adquirir esta conciencia del problema.
Pero
precisamente porque nuestro siglo ha llegado a tomar
conciencia sobre este tema, no podríamos ser
perdonados - y la historia tendría el derecho
de juzgarnos con extrema severidad - si nosotros no
buscásemos soluciones humanas y respetuosas con
la dignidad del hombre.
En
una canonización solemnemente proclamada por
la Iglesia no podemos contentarnos con ver solamente
el reconocimiento de los méritos y de la santidad
de un siervo de Dios. Encierra juntamente una lección,
una llamada y un aviso para nuestro tiempo. Y así
el hecho de que hoy, en Juan Macías, sea canonizado
un emigrante, debe atraer la atención de todos
los cristianos sobre la gravedad y urgencia de este
problema social. Y esto es lo que justamente puede llamarse
un mensaje.
Juan
Macías ha escalado la santidad porque supo vivir
entregado al amor de los pobres (En la alocución
pronunciada durante el Angelus, el domingo 28 de septiembre,
día de la canonización, Pablo VI presentó
al nuevo santo como ejemplo de pobreza para nuestro
tiempo. «La pobreza evangélica»,
La Documentation Catholique, n. 1684, 19 octubre 1975,
p. 859.). Y es seguramente porque él mismo, pobre,
desarraigado de su terruño, marginado, comprende
admirablemente a los pobres, a los desarraigados, a
los marginados, pues ha experimentado en su propia persona
lo que más les falta y lo que siempre les faltará,
a saber, no verse amados ni comprendidos ni acogidos
ni aceptados como los demás.
El
milagro tenido en cuenta para su canonización
(la multiplicación del arroz para una comunidad
pobre), va en esa misma línea. Y este mensaje
de amor fraternal es el que nosotros debemos comprender
y traducirlo para nuestro hoy, respetando los verdaderos
datos del problema tal como se presenta en la actualidad.
Desde
la época de Juan Macías el mundo ha evolucionado
mucho. No solamente las situaciones históricas
han sido profundamente modificadas, sino que, gracias
a una lectura más luminosa del Evangelio - y,
es bueno reconocerlo, también bajo la presión
de los acontecimientos -, el pueblo cristiano se ha
abierto a más amplias exigencias de la caridad.
Se
ha comprendido mejor que la caridad no puede reducirse
a simples gestos individuales de gentileza, de cuidado,
ni siquiera a heroicos sacrificios individuales al servicio
de los demás. Se impone la convicción
de que debe animar, invadir y transformar todos los
sectores de la vida de los hombres y de la organización
misma de la sociedad humana.
La
caridad no es un lujo gratuito que pueden permitirse
quienes tienen tiempo libre, dinero y buenas disposiciones
personales. La caridad fraterna no es simplemente un
suplemento benévolo que remedie las deficiencias
de un orden social que aplasta a los pobres. Ciertamente
estos suplementos serán siempre necesarios, pero
la primera exigencia de la caridad es la justicia para
todos. He aquí la afirmación de un famoso
sociólogo de Francia: «Es preciso que la
caridad de hoy, sea la justicia de mañana».
Amor a los hermanos es, ante todo, el deseo de que aquellos
sean admitidos en nuestro mundo, en nuestra sociedad,
como auténticos miembros, con plena participación;
es querer que, por medios eficaces y concretos, ellos
se sientan reconocidos, acogidos y aceptados dentro
del respeto a la dignidad humana.
La
verdadera caridad nos empuja hoy a trabajar, en la medida
de nuestras posibilidades y responsabilidades - ¿no
son mayores y más graves de lo que habitualmente
pensamos? -, en la construcción de una sociedad
más justa, más humana, más fraternal.
Añadamos,
sin embargo, que un mundo perfectamente justo, con leyes
perfectas, y donde los derechos de todos y de cada uno
estuvieran asegurados, podría ser aún
un mundo frío, sin alma, sin esperanza, sin amor.
La justicia sola puede ser inhumana, ya que ninguna
ley social puede por sí misma engendrar el amor.
Un discípulo del Evangelio debe ser particularmente
sensible en este aspecto. Los cristianos están
llamados a construir un mundo justo, en el que las relaciones
entre los hombres, los pueblos, las diversas comunidades
sean en verdad relaciones de amor. Este es el mensaje
del Evangelio. Es el mensaje de Fray Juan.
Es,
en realidad, mucho más que un simple mensaje
a secas, no queda reducido a un mero testamento o a
una lección póstuma. Es el impacto de
una mirada nueva sobre el mundo; es un impulso elevado
del corazón, un fermento; es una fuente de vida
estallante.
2.
Lecciones de una canonización para el hoy de
la Orden de Predicadores
Si
para todos los cristianos del momento presente es una
lección, ha de serlo, en primer lugar, para nosotros,
los hermanos dominicos.
Nuestro
hermano, Juan Macías, por su canonización,
figura entre las glorias de la Orden de Predicadores,
con Santa Rosa de Lima y San Martín de Porres,
sus conciudadanos, glorias inmortales del Perú
de siempre. ¿Cómo pueden los dominicos
dejar de sentirse unidos por lazos particulares al pueblo
peruano y a todos los pueblos de la América Latina?
En consecuencia, es lógico que la Orden de Predicadores,
extendida por todo el mundo, se vea comprometida a colocar
el mayor contingente de sus frailes en este continente.
Para
ser fieles al carisma transmitido por el fundador, a
quien la Iglesia ha saludado con el calificativo de
vir apostolicus -hombre apostólico-, a ejemplo
de San Juan Macías, los dominicos, vinculados
al servicio de América Latina, deben tener dos
grandes inquietudes.
1.
La primera, el ser verdadero testimonio de un evangelio
auténtico. Por evangelio auténtico entendemos
un evangelio verdadero y total: un evangelio que abarca
a todo hombre y que no se contenta con destacar algunos
aspectos inofensivos, sino que comprende y reconoce
las más diversas exigencias, al mismo tiempo
que el gran soplo de esperanza que suscita en todos
los hombres y especialmente en los más abandonados.
Por
testigos auténticos tomamos a los hombres que
son ellos mismos los primeros en vivir lo que predican;
hombres que, en su vida personal y en su comunidad,
son trasparentes al dinamismo del Evangelio; hombres
que se encarnan en el pueblo de los pobres, compartiendo
sus angustias e irradiando esperanza; hombres, en fin,
que cultivan la misericordia espontánea que abre
el corazón conmovido hacia todos los pobres,
pero que, a su vez, a imitación de Juan Macías
como de Domingo, alcanza toda su profundidad y apertura
al pie del crucifijo.
2.
La segunda inquietud, y uno de los principales objetivos,
en cuanto dominicos, debe ser el enraizamiento de la
Iglesia en lo profundo del alma popular, en la cultura
e idiosincrasia del pueblo latino-americano.
Yo
no puedo hacer otra cosa mejor aquí que traer
hasta vosotros algunas de las orientaciones recientemente
acordadas en Quito, a lo largo de una reunión
de todos los Provinciales y Vice-provinciales dominicos
del continente.
1)
Los dominicos que llegan del exterior para trabajar
en la evangelización, no deben pretender imponer
su propia cultura, sino, al contrario, asimilar ellos,
del mejor modo posible, la cultura del pueblo al que
han sido enviados. Esto reclama una selección
previa y una preparación; y, por otra parte,
que ellos mismos velen por una adaptación permanente
al ritmo de su apostolado.
2)
Los religiosos latino-americanos, por su lado, deben
comprender que ellos tienen necesidad de una mejor inserción
en su propio ambiente a fin de poder aportar una predicación
de la fe que responda adecuadamente a las urgencias
del pueblo.
3)
Los dominicos están invitados, por esta misma
asamblea, a optar preferentemente por los pobres; y
se recomienda a todos no mirar con desconfianza a los
que quieren consagrarse al servicio de los más
pobres.
4)
Finalmente, el programa de estudios -y se sabe que en
la Orden de Santo Domingo el estudio asiduo es una de
las obligaciones más graves- ha de ser pensado
y programado en función de las necesidades específicas
del continente. A modo de ejemplo, se recomienda examinar,
comprender e interpretar la «religiosidad popular»,
ya que es un elemento importante de la cultura latino-americana,
pues encierra valores de una fe auténtica, aunque
reclame una mayor purificación, interiorización,
madurez y compromiso (Esta preocupación está
presente en los trabajos del IV Sínodo de los
Obispos, celebrado en Roma, del 20 de septiembre al
28 de octubre de 1974, y fue repetido por Pablo VI,
en su exhortación apostólica Evan»
gel¡¡ nuntiandi, diciembre de 1975.). Ella
es un punto de partida fecundo para una nueva evangelización.
He
aquí algunas de las reflexiones que inspira esta
canonización. La glorificación de uno
de nuestros hermanos del Perú nos colma de gratitud
hacia el pasado, nos llena de alegría y lleva
a nuestro corazón un nuevo dinamismo y una gran
esperanza frente al futuro.
Pero,
por encima de las razones de orden social que explican
esta canonización y le dan un alcance particularmente
actual, hemos de apuntar el motivo fundamental de dicha
glorificación, que no puede ser más que
teologal. Para el cristiano la visión última
de la justicia y de la caridad sobrepasa los horizontes
humanos, pues Dios es el Alfa y Omega de toda la economía
de la creación y de la salvación. El mensaje
de Juan Macías no es, pues, solamente social,
sino ante todo teologal. Al poner de relieve ante nuestra
mirada las obras buenas -«opera bona»realizadas
por los santos, la Iglesia presenta con una luz más
viva un aspecto del nombre y del rostro de Dios; ella
invita al mundo cristiano a «glorificar a nuestro
Padre que está en los cielos» (Mt. 5, 16).

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