
ue
la beatificación de Francisco Coll sea una lección
y una fuente de renovación para la Congregación
por él fundada, es algo evidente. ¿Se
puede decir lo mismo respecto a sus hermanos? En medio
de la tormenta que se abatió entonces sobre su
país, ¿cómo ha vivido nuestra vocación?
Oficio coral, vida común, observancia regular,
obediencia y pobreza religiosas ¿han sido vividos
por él, al menos en su corazón? ¿Basta
esto para verlo como un modelo digno de imitación?
En vísperas de su beatificación por el
Papa Juan Pablo 1, creo que Francisco Coll nos propone
los mensajes de suma actualidad.
1. Una defensa de la predicación itinerante
En tiempos del P. Coll la mayor parte de los religiosos,
condenados a vivir fuera de su convento, se ponen al
servicio de los obispos y aceptan una parroquia, esperando,
dentro del corazón de muchos de ellos, ser incardinados
a la diócesis. Francisco fue vicario de dos parroquias
durante unos doce años, aunque sin dejar de ser
dominico.
En
esta situación, orgulloso de su título
de «fraile predicador», se dedica con todas
sus fuerzas a la predicación. Pero esto no llega
a satisfacerle. Apenas encuentra un sustituto, deja
la parroquia, se libera de todo cargo pastoral y consagra
sus restantes 25 años a la «predicación
itinerante». Entonces reconoce en la vida que
lleva, pobre según el Evangelio y predicando
de pueblo en pueblo, el mismo estilo de vida de santo Domingo Y se siente muy feliz. Tal es el «fraile
predicador» que el Santo Padre elevará
a los altares.
Lejos
de mí - y del P. Coll... ! - la idea de criticar
la existencia de parroquias dominicanas o de otros ministerios
estables, como las actividades y obras - tan numerosas
hoy en día- que requieren la presencia continua
de frailes en el mismo lugar. De país a país,
las situaciones y necesidades de la Iglesia son, por
lo demás, diferentes. Sin embargo, la cuestión
que me plantea el nuevo Beato es la siguiente: ¿cuál
es, actualmente, la importancia de la predicación
itinerante en la Orden?
Nadie
trata de poner en duda el papel que ella ha jugado en
nuestra historia. Nuestros mayores predicadores -San
Vicente Ferrer, entre otros- se han hecho así
famosos. Pablo VI, hace tres años (3-XII-1975),
decía, durante una audiencia general, a los aspirantes
y novicios dominicos: «Se dice que los dominicos
son predicadores, pero resulta difícil entender
la predicación de un dominico». ¿Es
cierto?
Se
suele decir que los párrocos no nos llaman más.
En mi visita a las Pravincias he tenido ocasión
de hablar con algunos religiosos dedicados totalmente
a la predicación. Y me ha llamado la atención
que, durante la mayor parte del tiempo, no se bastan
para responder a todas las demandas. Prueba de que la
predicación itinerante es más viva de
lo que, a veces, se piensa. Prueba también de
que si se sabe proponer una palabra que llegue a los
hombres y mujeres de hoy en sus cuestiones, situaciones
sociales, problemas de sus respectivas profesiones...,
será escuchada y apreciada. ¿Nuestra sensibilidad
al mundo moderno y a los diferentes ambientes, es suficiente?
¿Trabajamos bastante para que nuestra palabra
resulte actual y viva? Me ha impresionado igualmente
que, entre los menos jóvenes llamados para este
apostolado, existe un deseo de formación ('reciclaje')
regular.
«No
se pide ya nuestra predicación...». Mas
los verdaderos apóstoles, ¿esperan que
se los solicite? Ellos mismos escuchan los gritos que
otros no oyen y saben emprender nuevos caminos. para
llegar al corazón de los hombres. Ante nuestro
mundo técnico-científico son cada vez
más numerosos en la Orden los especialistas de
este o de aquel apostolado. Y es algo muy hermoso. Sin
embargo, ¿cuántos son los «especialistas
de la predicación»? Habría que hacer
una encuesta y dar algunas estadísticas a este
respecto.
El
Capítulo General de Quezon City habla de «nuevos
lugares de predicación» (Act., cap. II,
n. 3). Ciertamente no se predica sólo desde lo
alto de una cátedra, dentro de una iglesia. Los
«nuevos lugares» pueden ser muy distintos:
por ejemplo, una sala donde se reúnen personas
que no suelen verse en otro lugar, así como los
sitios donde los hombres y mujeres se encuentran espontáneamente
- y donde es posible intervenir: cine o teleclub, salas
de recreación, de grupos informales, etc... -
Sería interesante, y muy beneficioso, escuchar
a aquellos hermanos que tienen experiencia en este campo.
Ellos pudieran decirnos, en particular, cómo
su predicación tiene en cuenta actualmente los
puntos señalados en el mismo capítulo
de las «Actas de Quezon City»: el fenómeno
de descristianización, las fuerzas socio-culturales,
los pueblos jóvenes y los países nuevos
(Id., n. 4). Sin duda, también las situaciones
son muy diversas según cada país. Pero
la Orden, ¿no debe hacer nada por renovar la
predicación?
Nuestro
mundo, en continuo desarrollo, deja al descubierto algunos
espacios donde Dios parece que está ausente.
Así, pues, la Iglesia tiene necesidad de sacerdotes
bastante libres, que no se sientan bastante atados por
cualquier clase de lazos, para responder a estas llamadas
en el mismo momento de ser escuchadas. Cuando San Pablo
decía que la «Palabra de Dios no puede
estar encadenada» (2 Tim. 2, 9), ¿no quiere
afirmar precisamente esto?
Dicha libertad es también un aspecto querido
y vívido por santo Domingo
Evidentemente, todo esto lleva consigo dificultades
y problemas, bajo el punto de vista económico
en particular, que no son conocidos habitualmente en
otros ministerios más estables: una parroquia,
una capellanía, la enseñanza de la religión
en las escuelas, etc. Pero el P. Coll ha experimentado
y amado estas dificultades y estos riesgos. Con plena
conciencia y en nombre de su profesión dominicana,
ha decidido consagrarse totalmente a la predicación
itinerante, siguiendo el estilo de pobreza evangélica
que fue propio de Santo Domingo y de sus compañeros.
Después de dos mil años, pobreza y predicación
van a menudo de la mano. Aceptar ciertos riesgos en
este orden de cosas, ¿no es un aspecto de la
pobreza evangélica y dominicana, hoy en día?
Y
hay algo apasionante en este ministerio de la Palabra:
auditorios numerosos y diversos, situaciones nuevas,
necesidad de inventiva, alegría de proponer el
mensaje de una gracia nueva. Además una predicación,
«puesta al día» y «según
el estilo dominicano», ¿no llegaría
a suscitar vocaciones entre los jóvenes, dándoles
a conocer mejor uno de los aspectos más característicos
de la Orden?
Al
final de esta defensa, he aquí algunas cuestiones
que pueden favorecer la reflexión:
1)
En nuestros conventos y Provincias ¿cuántos
son los predicadores itinerantes con dedicación
plena, en comparación a los otros ministerios?
2)
¿Qué lugar ocupa la predicación
en la planificación pedida por LCO, nn. 106-107?
3)
¿Qué valor se da prácticamente
a los religiosos que se especializan en la predicación,
por relación a los otros especialistas?
2.
La tenacidad de una vocación dominicana
El
P. Coll ha vivido su vocación con tenacidad.
Este es el segundo mensaje, a mi parecer, que dirige
a sus hermanos de hoy.
Que
él haya llamado a la puerta del convento de Gerona,
después de haber sufrido un primer rechazo en
Vich, no es lo más destacado en su vida. Lo más
importante son los años que han venido a continuación.
Hay que conocer el ambiente anticlerical que reinaba
entonces en España, para apreciar la fuerza de
convicción del P. Coll. El vivió en esta
situación como un extranjero. Una vez comprometido
en un ministerio itinerante que llena sus aspiraciones,
no se interroga más sobre el modo de vida que
debe hacer propio: ¿volver a entrar en una diócesis?
¿Abandonar el país? ¿Partir hacia
misiones? Fiel al ideal, sigue adelante. En la medida
de lo posible, cumple las exigencias de su profesión
religiosa, viviendo plenamente, ante todo, lo que constituye
la razón de ser más profunda: la predicación
itinerante del pobre según el Evangelio.
Aquí
el P. Coll debe provocar nuestra reflexión.
El
ha vivido en un «mundo difícil».
El nuestro es bien distinto del suyo, pero no es menos
duro. Y, sin ser pesimista o profeta, puede pensarse
que ser fiel a su vida dominicana, como a toda vida
religiosa, será más difícil aún
en los años siguientes. Le basta estar atento
a lo que supone todo cambio de cultura y de civilización.
Una
de las mayores dificultades de nuestra vida ¿no
será, quizás, este exceso de facilidades
materiales que nos rodean: confort, comodidades de todo
tipo, coche, lugares de descanso y de distracciones,
etc.? Si somos capaces de utilizarlas siempre para servir
mejor a la Palabra de Dios, no habrá más
que dar gloria al Señor. ¿Pero es así
o somos frecuentemente esclavos de tales medios?
Esta
dificultad resulta mayor porque, so pena de ser infieles
a nuestra vocación de predicadores de la fe,
no tenemos el derecho de cerrar nuestros ojos a la realidad.
Un biólogo que prepara nuevas vacunas puede ser
afectado por la enfermedad que quiere curar. Y lo mismo
nos puede suceder a nosotros. Entonces el mayor mal
reside en nuestra falta de convicciones y de vitalidad
religiosa ya que, en virtud de la profesión y
gracia de estado, debiéramos ser capaces de afrontar
estas dificultades sin correr el riesgo de destruirnos.
3. Fuertes convicciones
-¿Cuáles
son nuestras convicciones? ¿Tenemos esta firmeza,
esta perseverancia, esta tenacidad, sin las cuales nuestra
vida dominicana no puede más que seguir a remolque,
dejándonos insatisfechos?
El
mundo que cambia nos interroga sobre nuestro modo de
ser dominicos. Sin caer en una política del avestruz,
nos debemos preguntar si ciertas cuestiones, que nos
planteamos gratuitamente, no nos afectan en mayor grado
que aquellas otras que nos ayudan a realizar, ante todo,
nuestra identidad dominicana. Los verdaderos esposos
no se preguntan durante mucho tiempo, y de una forma
casi enfermiza, sobre la «identidad» de
su amor. Ellos lo viven. Así debe ser para nosotros.
-Todo
esto plantea otra cuestión. ¿Estamos bastante
convencidos -yo diría, bastante preocupados-
del apostolado que hacemos? Me gusta hablar aquí
de la «esperanza apostólica» de una
Provincia, de un convento, de un religioso, queriendo
designar ese interés y entusiasmo que, con el
sentimiento de hacer «algo» por el Reino
de Dios, deben animarnos.
Y
nuestros compromisos personales deben situarse dentro
de la planificación de la Provincia. Se habla
cada vez más de planificación, lo cual
es estupendo. Pero debo confesar que los que más
hablan no están siempre preparados a aceptar
los sacrificios que toda planificación supone:
no se quiere cambiar de convento, dejar un trabajo al
que está aficionado, no se aceptan cargos de
responsabilidad... ¿Cómo hablar de planificación
si se trata de planificar para los otros... y no para
sí mismo? ¿Dónde está la
obediencia religiosa, precisamente en un punto que toca
el corazón de nuestra vida apostólica?
-Excepto
al principio de su vida religiosa, el P. Coll no ha
vivido en un convento. Con su ejemplo nos invita a ser
más conscientes de las ventajas y de la gracia
que nos son ofrecidas. Dentro de nuestros conventos
y casas, en efecto, cuántos «exclaustrados
vivientes» hay, es decir, religiosos que aquí
encuentran comida y alojamiento, pero que no participan,
o muy poco, en la vida de comunidad. Y aunque su caso
sea bien diferente, pienso también en esos hermanos
que viven habitualmente fuera de su convento. ¿Hasta
qué punto se trata de una verdadera necesidad
apostólica?
Después
de más de un siglo, nuestras Constituciones han
cambiado. Todos hemos aceptado las nuevas Constituciones
que, nacidas del Concilio, son conformes a sus directrices.
La cuestión que me viene a la mente es: ¿nos
hemos hecho cargo de sus exigencias y de su nuevo espíritu?
Hay
estructuras nuevas que nos parecen aún extrañas:
«Colloquia» y capítulos regulares
renovados, formación permanente (LCO, nn. 84
y ss. sobre la «promoción de los estudios»),
«ratio studiorum» particular, etc. Las determinaciones
concernientes al silencio, penitencia y otros puntos
de nuestra vida regular están confiados en adelante
a los Capítulos provinciales y conventuales.
¿En qué han quedado, en realidad? Otros
puntos también importantes, como la oración
mental, se han dejado a la responsabilidad de cada uno.
No sin razón el último Capítulo
general ha insistido en este particular. Me pregunto
igualmente si la evolución en materia de apostolado
no ha desarrollado la «vida privada», que
tantos males ha ocasionado en el pasado. Me limito a
evocar estos puntos que, así mismo, nos traen
a la memoria otros.
La
elección de los f ormadores es capital: Padres
maestros y religiosos que los ayudan, formando un equipo
de formación o algo parecido. Una Provincia debe
estar dispuesta a hacer todos los sacrificios que se
requieren a este propósito. La elección
del convento y de la casa de formación no es
menos importante.
Por otra parte, es siempre preferible retrasar la entrada
al noviciado si hay dudas sobre la madurez de los candidatos.
De lo contrario, los frailes, en mayor o menor número,
abandonarán la Orden durante sus primeros años
de formación. Lo cual no es bueno para nadie,
porque el nivel de fervor del noviciado o del estudiantado
podrán sufrir las consecuencias.
En
fin, hay que crear convicciones. Existen motivaciones
profundas y personales que cabe suscitar e insertar
cada vez más en lo íntimo del ser. Esta
inserción no puede crecer más que gracias
al desarrollo de toda la personalidad en su encuentro
vivo con Dios, luz y fuerza de toda vida.
Predicación itinerante y tenacidad en la vida
dominicana: tales son los dos mensajes que nos dirige
el P. Coll en la jornada de su beatificación.
Mensajes actuales, porque recogen las dos cuestiones
que nos interrogan en este momento con agudeza: Nuestra
identidad dominicana y nuestra tarea apostólica.
Que,
por su intercesión, el Beato Francisco Coll nos
ayude a entender las palabras vivas que él nos
dirige, inscribiéndolas en nuestra vida.

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