osotros
debemos estar totalmente dedicados a la evangelización
de la Palabra de Dios" (LCO cf. Const. Fund., §
III), lo que las Constituciones precisan así:
"Que los hermanos se sepan enviados a todos los
pueblos, creyentes o no creyentes y sobre todo, a los
pobres, a fin de procurar evangelizar e implantar la
Iglesia entre los paganos e iluminar y confortar la
fe del pueblo cristiano" (LCO nº 98). El número
siguiente recuerda que si la predicación adaptada
(subrayo esta palabra) de la palabra revelada constituye
la ley de la evangelización, esto se refiere
sobre todo (subrayo igualmente esta palabra) a los que
están lejos de la fe (LCO, nº 99 §
Los dos últimos capítulos generales (Q.
C. nº 15,5 ; Wg nº 7, al inicio) recuerdan,
por su parte, que la Orden debe estar constantemente,
por su naturaleza, en acto de misión e insisten
sobre el hecho de que nuestro carisma responde muy bien
a las necesidades de nuestro tiempo. Es de aquí
de donde fluyen nuestras cuatro prioridades. Reducir
toda nuestra predicación a sólo estas
pistas o reservarlas a los especialistas sería
igualmente erróneo. Tenemos allí como
cuatro caminos o cuatro campos que nuestra predicación
ha de tener presente en nuestros días. Es decir,
que nosotros, como Hermanos Predicadores, las debemos
poner en el primer plano de nuestras preocupaciones
hoy día.
¿Qué
significan estas cuatro prioridades? ; ¿Qué
cambios de mentalidad exigen de nosotros? Quisiera intentar
responder a estas dos cuestiones:
1.
Qué significan la prioridad de Justicia y Paz
hoy día
El
Sínodo de los Obispos de 1971 ve en la lucha
por la justicia y la participación en la transformación
del mundo "una dimensión constitutiva de
la predicación del evangelio para la redención
de la humanidad y la liberación de toda situación
opresiva". Después de 1971, los Papas y
los obispos no han cesado de volver sobre esta declaración
fundamental.
¿Qué
se ha hecho en la Orden? El Capitulo general de Walberberg
declara: "Respecto a las dos últimas prioridades
(y por tanto respecto de la prioridad de la justicia),
algunas provincias y regiones, no todas, han iniciado
y continúan haciendo alguna cosa". Algunas
... alguna cosa. No es un tono de triunfo. Cada Provincia
debe ver hasta qué punto tiene derecho a figurar
entre las que han comenzado a hacer alguna cosa. Salvo
excepciones, es cierto que en la Orden y los compromisos
en este sentido son tímidos, demasiado tímidos.
Hace
algún tiempo presencié un debate con cristianos
más o menos marginados pero en relación
con los dominicos. ¡Cuántas cosas no habré
oído respecto al papel de la Iglesia frente a
las injusticias! La Iglesia, decían ellos, no
hace nada para suprimirlas, sino que es con frecuencia
cómplice cuando no causa. ¿Entonces, cómo
podemos nosotros proclamar la Buena Noticia de Jesucristo
en estas condiciones?. ¿Cómo anunciarla
a los pobres?. Sin duda existen cristianos que huyen
de nuestras Iglesias cuando en ellas se hace alusión,
a veces torpemente a unos problemas que les acusan a
ellos. Pero existen, también, personas que van
con preferencia a las iglesias de los dominicos porque
en ellas saben que los pobres son allí defendidos
y no temen alarmar la conciencia de los fieles a este
respecto. ¿De qué lado estamos nosotros?
Me
parece que la Orden debe promover la justicia de tres
maneras: con las "obras de caridad", con la
palabra y, finalmente, con el estudio de las causas
y medios a usar para cambiar la situación.
La
más extraordinaria de estas obras de Caridad
hoy día es la que hace Madre Teresa de Calcuta.
Con sus innumerables hermanas ella es testimonio de
la misericordia de Cristo y desengaña a mucha
gente. Pero por muy admirable que sea este trabajo no
es eso lo que acabará definitivamente con las
estructuras inhumanas.
¿El
estudio de las causas y de los medios a usar para cambiar
el mundo ?. Se relaciona con la política cultural
de la Orden de la que ya hemos hablado. Demasiado pocos
son, por desgracia, los Institutos y los Centros dominicanos
que estudian, de modo sistemático y científico,
tal o cual aspecto de estos problemas.
Pero
quisiera insistir sobre lo que nosotros debemos hacer
a nivel de la palabra y la predicación. Yo estaba
en Manila en el momento del viaje de Juan Pablo II en
marzo de 1981. Me he sentido impresionado por todo lo
que dijo allí. Lo veo hasta como un modelo de
evangelización para hoy. En este país;
del que se conoce la situación política
y social, no ha tenido ningún miedo en denunciar
la miseria de una gran parte de la población
y de hostigar sus causas. ¿ Pero cuántos
se atreven en la Orden?. Muchos de nosotros no hablan
prácticamente nunca de estas cuestiones. ¿Cuántos
por el contrario explican estas cuestiones a los que
les escucha? ¿Cómo explicar este gran
silencio?
Muchas
cosas me llaman la atención y os las confío:
*
No vemos con suficiente claridad cuál es el papel
exacto de la Iglesia en este campo ni lo que el sacerdote
puede y debe decir sin ser acusado de "hacer política".
Denunciar de una manera concreta un abuso (pues las
generalidades y las abstracciones no sirven prácticamente
para nada) tiene con frecuencia una "incidencia
política" (el mundo está hecho así),
pero esto no es "hacer política" de
manera partidista.
*
Los sufrimientos y los gritos lejanos no nos afectan.
Es necesario tomar contacto con los lugares o, al menos,
escuchar a aquellos que conocen los ambientes reales.
Durante mis visitas, he tenido la ocasión de
reunirme con dominicos que viven y trabajan en barrios.
Me han hecho confidente de sus experiencias. Toda Provincia
debería tener religiosos que se consagren a un
"sector de miseria". Cuando expongan lo que
ven, sienten y sufren serán para sus hermanos
y para toda la Provincia como una invitación
constante a tomar parte en este campo.
*
No se habla por miedo a equivocarse. Pero entonces nuestro
deber seria el de informar, consultar, trabajar sobre
estas cuestiones solos o en equipo. Pensemos en Las
Casas en América Latina y en Vitoria que, en
Salamanca, acogía sus problemas y les daba las
respuestas necesarias.
*
En fin, se puede tener miedo a que nuestros oyentes
habituales se alejen de nuestros conventos y de nuestras
iglesias. Pienso en una Provincia que, en una situación
muy delicada, ha fundado un periódico que hacia
responsables a unos de sus amigos. Muchos de ellos se
alejaron. La situación económica del convento
se vio muy afectada. No olvidemos que después
de santo Domingo, la pobreza dominicana pasa por la
opción de nuestros ministerios apostólicos.

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