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San Domingo  Matisse
Reflexiones de un superior general sobre la vida religiosa hoy
Conferencia dada en Roma -16-XI-1978-,
en el Centro de Estudios de S. Luis,
de la Embajada de Francia ante la Santa Sede

F. Vincent de Couesnongle, O.P.

Vincent de Couesnongle, O.P. l título de esta conferencia -que no es mío- viene dado por el contacto mantenido con los religiosos. He caído en la tentación de pasar revista a los grandes temas de la vida religiosa. Me asusta el temor de ofrecer aquí la imagen del viejo profesor que se expone a dormir a sus alumnos.

Pero no; es otro tipo de reflexiones las que os ofrezco. Me parece que lograré ganar vuestra atención, hablándoos llanamente de lo que es la vida de un superior general: su estudio, sus contactos con los religiosos, sus reacciones ante la evolución de la vida religiosa, sus preocupaciones y sus alegrías. Son muchas las ocasiones que se nos brindan cada día para reflexionar acerca de lo que es la vida religiosa hoy día. Un crítico ha manifestado últimamente la intención de escribir «una teología hecha por mí». Confío en que este auditorio me perdonará al proponer, sobre la vida religiosa, «una reflexión hecha por mí».

1. El trabajo de un superior general

Yo no viví el mayo del 68 en Francia. Pero sí dos experiencias, en los años sesenta, que me afectaron profundamente.

1. Dos experiencias importantes

Un artículo de revista, escrito por mí sobre la teología del trabajo, tema de moda en aquellos tiempos-, me llevó a ser un poco como el teólogo de la Acción Católica rural. Este movimiento contaba con mucha pujanza entonces en Francia, y particularmente en lo relacionado con los problemas del orden humano, sacerdotal y profesional que se plantean en este mundo. En esa época participé en numerosas reuniones de laicos y de clérigos; en sesiones de renovación y actualización de vida, destinadas a sacerdotes o religiosos. Sobre todo, trabajé a nivel nacional con los capellanes encargados de orientar y animar este movimiento.

Lo que me aportaron estos clérigos fue su sensibilidad, el conocimiento del medio rural, con el cual ellos estaban habitualmente vinculados, y las cuestiones de tipo teológico que aquel ambiente les despertaba. Ellos, a su vez, me preguntaban, sobre todo, acerca de la «significación evangélica de los valores del mundo», lo que posteriormente se daría en llamar la teología de la secularidad. De mí recababan, junto a la profundización de la doctrina cristiana, un método de reflexión teológica. Fue para mí una revelación -y uno de los más gratos recuerdos de esos años-, el comprobar el enriquecimiento mutuo entre un profesor de oficio para estos sacerdotes y los sacerdotes para este profesor. El estudio y la reflexión teológicos no eran obra aislada y unilateral del teólogo o de los sacerdotes, sino que todo formábamos un equipo único de trabajo.

La segunda experiencia está vinculada con América Latina. En 1963, me enviaron mis superiores al Brasil para ejercer la enseñanza durante un año en un Centro de Estudios de nuestra provincia.

Desde ese día suelo decir que Brasil es mi segunda patria, ya que este país me ha engendrado a una nueva manera de ver el mundo y la Iglesia. Me ha abierto a nuevos horizontes. He vivido, sentido, respirado -en el sentido propio de la palabra-, la miseria de las «favellas», las injusticias irritantes en las que la persona no cuenta, la corrupción de los hombres políticos («Yo robo, pero soy eficaz...», proclamaba un viejo gobernador en un mitin electoral), la inestabilidad de las instituciones políticas (esto ocurría algunos meses antes de la llegada del régimen militar), tantas inconsecuencias, sufrimientos y muertes. Y, al mismo tiempo, yo consideraba las inmensas posibilidades de este enorme país, que se preveía ya como una de las grandes potencias del siglo xxi.

Sólo la Iglesia se acercaba «poco a poco» a los más pobres. Mis hermanos de Sao Paulo acababan de celebrar una semana de estudio crítico sobre las estructuras sociales, profesionales, gubernamentales, capitalistas (brasileñas o extranjeras). Era una voz nueva. Pero la reacción llegó rápidamente; un cierto número de personas acomodadas, allegadas al convento, se alejaron de nosotros y cerraron toda ayuda económica. He ahí una forma de pobreza muy actual, que permite, en algunos casos, juzgar la verdad y sinceridad de tales enlaces y colaboradores apostólicos.

La atención espontánea que yo presto a los dominicos latinoamericanos arranca ciertamente de este primer contacto.

Yo no quiero dar por terminada la evocación de estos recuerdos sin decir una palabra en torno a dos experiencias, quizá de menor relieve, pero para mí no menos importantes: el estudio de Santo Tomás y la predicación a las monjas.

Suelo decir que me es imposible abrir la boca sin tener detrás de ella a Santo Tomás. Aún, sin nombrarlo o sin que tenga conciencia de ello, allí está él. Ha sido mí M-stro en mi trayectoria intelectual, apostólica y espiritual. Esto es para mí una huella imborrable, quizá en la apreciación de otros, un fallo.

En cuanto a la experiencia con las monjas, a las que predico a menudo, diré que me han dado bastante más que lo que yo he podido ofrecerles. El hecho de escucharlas, ayudarles en sus dificultades, participar en sus búsquedas, constatar el amor preferencial que da sentido a su vida, todo esto te hace palpar, por su mediación personal, la experiencia del absoluto Dios. Sin esta experiencia, ¿es posible que haya una vida auténticamente religiosa?

2.° Elección como Maestro de la Orden

¡He aquí una mirada al pasado! ¿Y el presente? Mis predecesores eran elegidos para doce años. El Capítulo General de 1974 restó tres años a este plazo. Doce años de gobierno parecían demasiado para nuestro tiempo; y seis, etapa excesivamente corta, contrariamente a la práctica de muchos Institutos, aun entre los importantes, que vienen respetando el período de seis años. Nuestra opción fue tomada teniendo en cuenta la diversidad de nuestras 41 provincias (la famosa originalidad dominicana) y la importancia concedida al contacto directo del General con cada religioso.

Si, en la misma tarde de su elección, el nuevo General de la Orden tiene la impresión primera de sentirse solo ante sus responsabilidades, pronto se percatará de que no es así, ni lo será jamás, puesto que siempre se verá rodeado de una multitud de hermanos. «El amigo que tú me diste», decía San Francisco, al hablar de sus primeros discípulos con Dios. ¡Qué verdad tan grande! Un superior general cuenta con muchos amigos, a pesar de los cambios en el correr de los años.

La Curia Generalicia -en Santa Sabina, sobre el Aventino-, está compuesta sólo de religiosos; unos treinta, al servicio del gobierno central. Además de seis asistentes designados para el conjunto de las provincias; dos asistentes están encargados, a tiempo completo, uno de la vida apostólica de toda la Orden y el otro de la vida intelectual. Estas funciones entraron en ejercicio hace cuatro años, y se juzgan muy positivas.

3.° El trabajo de la U.S.G.

En tiempo de Pío XI, el Papa recibía al Maestro General de los dominicos una vez al mes (ignoro si esto sucedía con los demás Institutos). Los lectores asiduos del Osservatore Romano, saben que después no se ha mantenido esa práctica. Sin duda, en esta época, salvo las reuniones de las embajadas, los superiores generales apenas tenían ocasión de encontrarse y menos aún de trabajar juntos. Hoy no es así. Fundada la Unión de Superiores Generales (U.S.G.), hace unos veinte años, este organismo cobró mucha importancia durante el Concilio y se ha desarrollado vigorosamente después, bajo la presidencia del P. Arrupe. Y, a estas alturas, comprendo perfectamente al superior general que me decía hace unos años: «Si no existiese la U.S.G., yo presentaría rápidamente mi dimisión».

Sería necesaria toda una conferencia para evocar las actividades de la Unión, el espíritu que la anima y todo lo que ella aporta. Me limitaré a destacar el gran espíritu de amistad fraternal que la inspira y el trabajo en equipos que une a los que participan periódicamente en las reuniones. Al mes tiene reservada una tarde de reflexión. Dos veces al año estamos invitados a una convivencia de tres días en la casa de los Padres Jesuitas, en Villa Cavalletti; momentos fuertes e intensos para 60 6 70 generales.

El mismo espíritu anima, si cabe con mayor intensidad, a los miembros del consejo, que se reúnen cada mes. Dos veces al año, comparten una jornada entera de «brain storming», que reporta los mejores frutos.

En el curso de estos diversos encuentros han sido abordados los temas más actuales, como son, la vida comunitaria, las pequeñas comunidades, el sentido existencial de los votos, la formación permanente, los religiosos y el compromiso político, el reto para los religiosos en favor de la promoción humana, el proyecto del Derecho Canónico sobre los religiosos, etc.

Entre las comisiones de estudios de la U.S.G. está, al lado de la comisión teológica últimamente reorganizada, la «ComiSión VI», dedicada a los problemas misioneros, que ha desplegado una actividad notable.

Como podréis comprobar, si nosotros predicamos la importancia de la «formación permanente», no somos nosotros los últimos en practicarla.

En otro nivel, está el «Consejo de los 16». Se trata de 16 superiores o madres generales que, cada mes, abordan, bajo la presidencia del cardenal Pironio, los más diversos problemas de la vida religiosa con los representantes de la Sagrada Congregación. Bastantes de los temas anteriormente indicados han sido igualmente examinados en estas reuniones. Yo debo subrayar la sencillez, la sinceridad y la apertura que caracterizan a estos encuentros. Y no puedo tener la menor duda de que son muy fecundos para el presente como cara al futuro de la vida religiosa. En prueba de ello, la última vez, fue estudiado el más reciente documento, elaborado conjuntamente por la Congregación de los Obispos y la Congregación de los Religiosos y aprobado por el Papa Pablo VI, sobre «las relaciones entre obispos y religiosos».

Ya han sido formuladas algunas observaciones para entender la importancia de este documento. Aparecido en el verano de 1978, este texto puede pasar desapercibido para muchos. Sería una lástima. Conviene subrayar la dimensión espiritual y eclesial del documento, la importancia concedida al diálogo y comunión en la Iglesia, el carisma propio de cada Instituto religioso y, lo que es muy positivo, el puesto de las mujeres y de las religiosas en la Iglesia, etc. Por otra parte, se ha insistido en la necesidad de leer este texto con una visión integral y coherente, evitando interpretaciones unilaterales de tal o cual pasaje fuera de su conjunto.

2. Algunas preocupaciones importantes

Ya es hora de abordar algunos de los problemas que más me preocupan. Para ello recurriré, sobre todo, a mi experiencia personal.

Un Provincial me planteó, cierto día, sin rebozo, esta cuestión: «Si tuviese que definir su función propia con una sola palabra, ¿cuál sería ésta?». Yo le respondí: «Una función de presencia». Y considero que es adecuada, en conformidad con nuestro espíritu, a condición, claro está, de dar a este término su pleno sentido. Viene del latín prae-esse que comporta la idea de primacía y superioridad. Vocablo que evoca conjuntamente a sus correlativos: proximidad, escucha, diálogo, acción persuasiva, comunión con el otro, comprensión, irradiación, afirmación de autoridad. Todo esto se encierra en esa palabra. Y, consecuentemente, tratamos de una presencia activa.

Por esta razón, hago yo mismo ordinariamente la visita a las provincias. Es una tradición antigua entre nosotros. La historia dominicana nos enseña que los generales que han ejercido mayor influencia en la Orden, son aquellos que estuvieron casi siempre en los caminos que llevan al encuentro con sus religiosos.

Dentro de este mismo espíritu, doy mucho valor a las cartas particulares, puesto que ofrecen una ocasión privilegiada de contacto con los hermanos. Esta práctica exige tiempo, pues frecuentemente el secretario no conoce bien a la persona y la situación que motiva la carta. Tengo comprobado, en ciertos casos, que mis cartas cambiaron para siempre mis relaciones con el destinatario. Me resulta imposible escribir cartas estereotipadas, con una simple frase directa al interesado, entre las frases de relleno.

1.° Disminución del número de religiosos

La cuestión que más me preocupa es la disminución de religiosos. Y explicaré por qué.

-- Situación demográfica

Hace quince años los dominicos éramos 10.000. Según el último censo, de hace un año, aproximadamente 7.600. Estoy convencido -me gustaría equivocarme-, de que en los próximos años aún disminuirá más esta cifra. Dejando a un lado los que nos abandonan, cuyo número espero que afortunadamente descienda,la cifra de novicios, salvo un milagro, no compensará los fallecimientos, teniendo en cuenta que la media de edad, en algunas provincias, es acentuadamente elevada. En algunos países, particularmente en Europa, hubo numerosos novicios a los diez y quince años de la primera guerra mundial. Pero un novicio de 1920 se aproxima ahora a los 80 años. Sin género de duda, hay muchos religiosos que, sobrepasando actualmente los 70 ó 75 años, son admirables y trabajan con celo. ¿Pero, qué podrán hacer dentro de tres, cinco o diez años? Conviene constatar, sin embargo, que buena parte de los hermanos no son conscientes de lo que estos datos significan para el mañana ni se han percatado de sus mismas consecuencias en el presente.

Pues bien, ante esta realidad demográfica - (Según I.D.I. (Información Dominicana Internacional), Roma, 25-X1977: Frailes: 7.600; Monjas: 4.826; Religiosas de Congregaciones dominicanas: 42.592; Institutos y Pías Uniones: 758; Fraternidades Sacerdotales y Laicales: 70.431.) - no es nada excepcional- contamos con un cierto número de puestos estables de trabajo que hemos de cubrir: parroquias, escuelas, centros docentes superiores, capellanías. Encontrar hombres que aseguren el relevo es uno de los primeros problemas para los años que se avecinan. Y, he aquí, que, al mismo tiempo y en muchos países, tendrán que afrontar las mismas dificultades y pedirán, más que ahora, la colaboración de religiosos presbíteros. ¿Qué hacer entonces, a la luz del carisma dominicano?

Hay que dar por hecho que, en este mismo período de tiempo, se abrirán nuevos campos de apostolado; lo difícil será acertar en la elección entre ellos. Un caso concreto: los medios de comunicación social y los problemas de «Justicia y Paz» exigirán nuevas aportaciones. ¿Cómo podremos responder a estas necesidades?

Para terminar, señalemos que, durante esta misma etapa, una masa proporcionalmente más reducida de religiosos jóvenes deberá atender, al menos en parte, a la subsistencia de los ancianos, más numerosos que en tiempos anteriores, a consecuencia del fenó meno existente de una más dilatada longevidad. ¿Este hecho no tendrá una desmesurada incidencia en los trabajos apostólicos? ¿El punto de vista económico, no repercutirá negativamente en la dimensión propiamente apostólica de nuestra misión? Ya se habla, en distintos lugares, de los «apostolados alimenticios».

He aquí algo que, pienso yo, sin ser pesimista, tenemos que mirarlo de frente. Lo que más me sorprende en este campo es que, a pesar de estas perspectivas, apenas se ha previsto nada para el mañana. Las decisiones, cuando se toman, es a menudo bajo el signo de «catástrofe»; así, pongamos por caso, cuando no se ve otra salida a una casa y, sin haber preparado a tiempo a los religiosos, éstos tienen que sufrir el cierre de su convento.

2.° Identidad dominicana

La cuestión planteada apunta más lejos. Lo que entra en litigio es nuestra identidad.

Santo Domingo, al dispersar a sus primeros discípulos, les confió la misión de «estudiar, predicar y fundar conventos». Pero, si a consecuencia de los múltiples trabajos inherentes a tal o cual apostolado, se ve el dominico obligado a vivir permanentemente solo y fuera del convento; si no puede estudiar, ni predicar, a no ser en raras ocasiones, la palabra de Dios; si no está disponible para ocuparse de las gentes que viven al margen o fuera de la Iglesia; si, cuando ellas se acercan, no puede responder a estas nuevas demandas apostólicas, ¿dónde queda el carisma de la Orden autentificado por la Iglesia? ¿A qué Institutos no se le plantean problemas muy semejantes?

Esto cuestiona igualmente las vocaciones: Atraídos por nuestros fundadores y constituciones, los jóvenes rehusarán venir y quedarse con nosotros, si comprueban que un número cada vez mayor de los religiosos no pueden vivir el estilo de vida con el cual se comprometieron. Así surge el gran interrogante: Con tal proceder ¿no comprometo yo a las actuales generaciones a seguir caminos que corren el riesgo de cerrar la puerta a los jóvenes, o incluso engañarles? Este problema se hace angustioso, cuando veo que algunos asumen compromisos apostólicos que, para ser válidos, aventuran el tener que soportar mañana consecuencias penosas, si no fatales.

3.° Carisma de los Institutos

Mas este problema no sólo interesa a los Institutos. Es un problema de Iglesia, pues los religiosos son también Iglesia. Como afirma el reciente documento acerca de las relaciones entre obispos y religiosos, éstos «encarnan una manera particular de participación de la naturaleza `sacramental' del pueblo de Dios». Esto exige a los religiosos la fidelidad al propio carisma, pero también, de forma muy especial en el plano apostólico, la sumisión a los obispos de los que deben ser colaboradores asiduos (C. Vat. II, CD, n. 35.)
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Cada vez que la Iglesia habla de esta sumisión, jamás deja de reafirmar la necesidad de respetar el carácter peculiar del Instituto. Ciertamente las dificultades pueden presentarse. El obispo hace hincapié en el bien, en las necesidades de la diócesis y en la urgencia de mantener algunos puestos, etc.; por su lado, los superiores prestan más atención al carisma de su Instituto e igualmente están abiertos a un campo de acción que sobrepasa los límites de la diócesis, nación y hasta del mismo continente. A este respecto, el documento sobre relaciones entre obispos y superiores religiosos insiste con fuerza -este es uno de sus puntos interesantes-, en la comunión que debe darse entre unos y otros, y en la necesidad de fomentar los encuentros entre ellos. Así, por ejemplo, cuando se trata de suprimir alguna obra o de alguna presencia apostólica, el obispo buscará, en diálogo con el superior, la solución más conveniente (Relaciones entre obispos y religiosos, nn. 41 y 47.).

Estos prudentes principios no eliminan de raíz todo riesgo de conflictos. ¿Con que espíritu deben ser abordados? En una reunión de obispos y religiosos, un obispo reclamaba el derecho de los primeros; otro, en cambio, sin restar nada a ello, subrayaba cómo las cosas no se realizan realmente siempre bajo un esquema preconcebido. Podíamos preguntarnos: ¿quién decide en un hogar, el padre o la madre? La mayor parte de las veces no es fácil determinar sobre cuál de los dos debe estar la decisión. Cosa explicable en el marco de la intimidad, de la profunda comunión de vida que los une. Y, según esta base, concluía el segundo obispo: ¿No sucede también algo parecido, a menudo, gracias a Dios, entre los obispos y los superiores religiosos?

Y si estallan los conflictos ¿no es precisamente porque faltan la comunión y la confianza? El mismo documento vuelve con energía sobre esto y sobre los encuentros que deben celebrarse entre obispos y superiores, de forma habitual, y no sólo cuando surjan conflictos.

4.° El riesgo de la sedentariedad

Después de lo dicho, adivináis que mi temor se centra en el riesgo de la sedentariedad. No sólo física, sino más bien psicológica: es decir, que el religioso se limite a su campo de acción y caiga en la rutina de repetir las mismas ideas a auditorios cada vez más semejantes. Puede cerrarse también en una preferencia exclusiva por un género de apostolado, para el cual -y esto sería mucho más grave-, no se encuentra con la suficiente fuerza, audacia o seguridad de su fe. Nosotros, al contrario, debiéramos cuestionarnos con las siguientes preguntas: ¿Esto que yo juzgo por mí, es lo más apremiante? ¿Dónde se está preparando la «élite» del mañana? ¿Qué hacer para descubrir esa «élite» y para colaborar en la preparación de su futuro? ¿Qué es lo que me corresponde personalmente a mí en ese programa? Con el pensamiento puesto en el peligro de la sedentariedad, hace algún tiempo, envié una circular a los hermanos sobre la «Predicación itinerante» (Véase el cap. IV, 2.' parte de esta obra, pp. 155 y ss.).

Es cierto que con frecuencia oígo decir que los curas no nos llaman a predicar como en tiempos pasados. Sin embargo, en visitas, encuentro aún religiosos, en plena edad, cosagrados totalmente a la predicación. La mayor parte de ellos me confesaron que no podían atender a todas las demandas. Ello prueba que, si se sabe presentar la palabra de manera que despierte el interés general de los hombres en torno a cuestiones fundamentales y vitales, como la situación social, los problemas profesionales..., entonces se gana la audiencia del público y se valora positivamente tal ministerio. Es un signo, a su vez, revelador de que este tipo de apostolado es más vivo de lo que muchas veces se piensa.

En el supuesto de que no se nos llamase, ¿no podríamos prudentemente ofrecernos nosotros? Los auténticos apóstoles ¿han de esperar a que se solicite su servicio? Estos captan las crisis que otros no perciben; y saben que hay que abrir caminos nuevos para salir al encuentro de los hombres. Reconozco que cada día son más numerosos los especialistas en todo tipo de campos, dentro de la Orden; sin embargo, demasiado pocos los «especialistas en predicación itinerante».

No se concluye de lo dicho que toda predicación exija iglesias y púlpitos. Hay que saber descubrir, inventar «nuevos lugares de predicación»: una sala, en la que se reúnen gentes que no lo hacen en otro sitio; dondequiera que los hombres se congreguen espontáneamente y estén más dispuestos al diálogo. Conozco un padre que recorre los balnearios con el fin de proyectar una película sobre los monasterios Zen del Japón, donde él ha vivido. Y se vale de este medio para hablarles de muchos temas acerca de la vida religiosa y de la fe cristiana. Otro padre pasó un mes en el Centro europeo de los seguidores de Moon. ¿Ponemos más ejemplos? ¿Será posible agotar la capacidad inventiva? A medida que el mundo se agranda, se descubren los espacios en los cuales Dios no es reconocido. La Iglesia necesita sacerdotes suficientemente libres y liberados para corresponder a estas nuevas demandas. Cuando San Pablo exclamaba: «La palabra de Dios no está encadenada» (2 Tim. 2, 9), ¿no quería afirmar esto mismo? La libertad del predicador itinerante es una realidad siempre actual y muy necesaria.

5. Presencia en el mundo y contemplación de la calle

Entre nosotros, los religiosos con mayor vivencia espiritual son también los más insertados en su tiempo. Ha sido siempre así y en todos los Institutos. Los fundadores, por ser, ante todo, hombres de Dios, tuvieron la suerte de que el mundo, que contemplaron bajo la óptica de la caridad de Cristo, les descubriera sus necesidades, a cuya luz brotó su carisma apostólico. Sin duda que existen religiosos entre nosotros que se dejan envolver por el mundo, por no saber guardar bien las distancias, por ejemplo, en el plano de las ideas. De ese modo se hacen menos capaces para desempeñar una tarea crítica y para aportar la luz orientadora que de ellos se espera. Lamentablemente esto es así; y ello encuentra un eco, sobre todo, en la prensa.

Pero, gracias a Dios, hay muchos religiosos de los que sólo se puede decir que, fieles a su vocación y a la Iglesia, tienen el coraje de caminar en esa línea hacia adelante. Podemos enumerar un tercer grupo de religiosos que, como en todas partes, temen abrir los ojos a la realidad. Estos puede que hayan leído y releído los documentos del Vaticano II, pero no han captado ni hecho suyos el pensamiento y la sensibilidad que late en los mismos. Ignoran todo lo que una teología de las relaciones entre la Iglesia y el mundo, según el Concilio, ha aportado de nuevo y que debe llevarse a todos los campos en orden a la promoción integral del hombre, incluso en sus aspectos más humanos. «No tengáis miedo», la palabra alentadora de Juan Pablo II, en el día de su entronización, se dirige también a ellos.

La apertura al mundo es garantía y condición del servicio de la Palabra de Dios, con vistas a la promoción completa del hombre, aún en sus vertientes más humanas. Con nuestros ojos, valiéndonos también de los medios de comunicación social, de las ciencias del hombre, de todo lo que las ciencias y las técnicas nos ofrecen, debemos adoptar la manera que tenía Cristo de mirar a la humanidad que pasa delante de nosotros. Debemos compartir con los hermanos de nuestras comunidades esta convicción fundamental: somos los encargados de infundir un alma nueva a esta masa, en disgregación, pero, a la vez, en permanente regeneración, proyectada a un ideal mejor, aquí inaccesible. Si nosotros, en nuestras comunidades, sabemos superar lo superficial y marcarnos un nivel superior, teniendo presente la realidad del mundo y del misterio de la salvación, entonces podemos estar seguros de que nuestras reuniones comunitarias, la formación permanente, nuestro apostolado, nuestra misma oración y el resto de las demás realizaciones, que con frecuencia carecen de vitalidad, se harán pujantes, contagiosas y atrayentes.

La misma plegaria... Aquí me complace hablar de la «contemplación de la calle» (Sobre el contexto latino-americano de esta expresión, véase el cap. II, 2.a parte de esta obra, pp. 140-141.). Y digo intencionadamente de la calle y no en la calle. No se trata de pasear ensimismado en medio de la multitud, sino de mantener una mirada atenta sobre todo lo que nos rodea: las personas, sus rostros, sus pasos, la pobreza de sus vestidos o la insolencia de su porte altivo. La contemplación de la calle es saber detectar o adivinar lo que no se deja ver: fracasos, sufrimientos, aspiraciones. Consiste, pues, en dar poco a poco con todo lo que ello significa en la vida de estos hombres, mujeres y jóvenes para sí mismos y a los ojos de Dios. La contemplación de la calle -que puede también extenderse a la contemplación de los periódicos, de la radio, de la televisión-, sabe hacer actual la mirada, humana y divina, de Cristo -el más contemporáneo de todos los hombres-, sobre la muchedumbre, los enfermos, todos los poseídos por cualquiera de estos males: el dinero, las injusticias, una sensualidad exacerbada, el poder sin freno, el odio. En esa multitud, ¿quién es Magdalena, Zaqueo, los publicanos, el sacerdote, el levita que van de Jerusalén a Jericó? ¿Y quiénes los que se sienten hambrientos de escuchar y de entender a Jesús, aunque fuera sin plena conciencia de ello?

Para conocer lo que encierra la mirada de cualquiera, hay que mirarlo a los ojos. Mis ojos deben penetrar en los suyos y entonces se conoce lo que es él, lo que busca, lo que ve. Esto mismo es válido para valorar la relación de nuestra vida con Cristo.

Antes de salir a la calle, debemos, desde la fe, mirar a Cristo. Escucharle, guardar silencio ante El. Será la preparación para saber descubrir en la calle muchas cosas que, de otra manera, se nos escaparán. Y no es posible la contemplación de la calle, si primero no somos capaces de encerrarnos en nuestra celda. La contemplación en la celda y la contemplación de la calle: el apóstol de nuestro tiempo debe ser capaz de pasar de una a la otra, de alimentar la una con la otra en un intercambio ininterrumpido.

He aquí lo que me complace decir, cuando hablo de la «contemplación de la calle». A imitación de lo que es Cristo mismo en su ser y en su oración, y ella debe ser el punto privilegiado de unión en nuestra vida, entre la fe y el mundo.

6.° Exigencia de oración

Lo he dicho y lo repito: para vivir así es preciso pasar por la plegaría solitaria y silenciosa. La palabra dominicana debe proceder de «la abundancia de la contemplación». Tocamos aquí el corazón de nuestra vida, y esta es mi mayor preocupación.

Y no pienso inmediatamente, al decir esto, en el oficio coral, alabanza y alimento de nuestra vida, a los cuales estamos obligados, si no en la oración privada, en la «oración secreta» de nuestros primeros Padres. Esta preocupación debe situarse en nuestro tiempo: una época en la que la evolución del mundo, la mentalidad general, la atmósfera de ruido y el bullir de imágenes que respiramos, se unen contra todo posible encuentro con Dios; pero también, en contrapartida, a modo de defensa, una época en la que los grupos de oración, particularmente de jóvenes, se multiplican con un deseo y un gusto por la oración, que nosotros, en cuanto religiosos, no podemos menos de valorar por su alta significación.

Con lo dicho no me refiero a los grupos llamados «carismátiticos». Estos son manifestaciones más espectaculares y discutibles; sino a un movimiento espiritual más amplio que, a mis ojos, es mucho más importante. Tiene por norte el encontrarse a sí mismo en lo más hondo de su ser y, con la gracia de Dios, encontrará a Aquel que es El en plenitud. Maurice Clavel se expresaba así: «Yo no soy, sino cuando Dios me habla de tú». La oración ha de tomarse y vivirse como el lugar privilegiado para esta interpelación.

Después de indicar esta experiencia, una cuestión se me presenta con fuerza: estos jóvenes, ¿encontrarán en nosotros lo que buscan, hombres de oración, un clima de contemplación, una enseñanza hecha vida - ya que hemos de tratar de alejar lo imaginativo, lo emocional, lo artificial -, para sumergirnos en una auténtica vida de oración, que es expresión de fe y de caridad?

Esta es la razón que me ha movido a preparar una circular consagrada a tratar este tema. No con la pretensión de proponer, a priori, una síntesis más o menos original sobre lo que debe ser la oración privada en la actualidad. Más bien, buscando provocar en cada uno de nosotros una reflexión concreta sobre su oración personal: su existencia, sus dificultades, su vitalidad, el puesto y función que debe cubrir en su vida. Ya que si la oración ha de ser siempre un encuentro con Dios, esta verdad está más viva en la conciencia actual que el hecho de aprender a orar, puesto que se valora más hoy la cuestión «mayéutica» (de búsqueda de la verdad) que la cuestión acerca del método.

7.° La vida religiosa, hoy

La necesidad de este encuentro privilegiado con Dios nos conduce a hablar de lo que el Vaticano II ha llamado la «norma suprema de la vida religiosa»: el seguimiento de Cristo, según la enseñanza del Evangelio.

- El seguimiento de Cristo

Esta fórmula, a la hora de asumirla, no constituía problema en sí misma, sino en virtud de las exigencias que entrañaba. Sin embargo, al correr de los años, exégetas, teólogos, sociólogos, incluso filósofos, proponían nuevas lecturas del Evangelio, influenciados, esto es evidente, por la situación del mundo. Una conciencia más viva de las injusticias, de la falta de libertad, de la necesidad de solidaridad... ha llevado a descubrir en el Evangelio aspectos de la figura de Cristo, que habían pasado casi desapercibidos hasta entonces: el Cristo «hombre para los demás», el Cristo «hombre libre», el Cristo «modelo de liberador político». Algunos van más lejos e intentan explicar gran parte de su enseñanza y de su obra, si no todo, bajo estas consideraciones. Por ahí se llega al hecho sorprendente: jamás se había hablado tanto del Evangelio, como en estos diez últimos años, pero, paradójicamente, tampoco nunca se había corrido tanto el riesgo de vaciarlo de su contenido substancial vivificador, al acentuar excesivamente sus dimensiones humanas o la seducción liberadora que ello puede provocar. Por muy reales que estos aspectos nuevos puedan ser, no es legítimo reducir a ellos la figura de Cristo. En verdad, su relación con el Padre constituye su identidad. Como se ha dicho con mucha razón: borrar del Evangelio todos los textos en los que Cristo se identifica por su referencia al Padre equivaldría, muy pronto, a no saber quién es exactamente El, a no poder explicar el conjunto de su comportamiento. Porque lo que El hace o dice, su atención a los demás, su dominio de los acontecimientos, su intervención en favor de los pobres, enfermos, marginados y pecadores, lo refiere siempre al Padre, a quien El se somete en todo y cuyo reino anuncia.

Tal es la enseñanza del Evangelio. Este es el Cristo a quien debemos seguir.

- Trabajar en la promoción humana

Sabemos con cuanto empeño insiste la Iglesia en la necesidad de la promoción humana. El Sínodo de los Obispos, de 1971 (SÍNODO DE LOS OBISPOS, 1971, La justice dans le monde, presentación del P. Liégé, Paris, Le Centurion, 1971: Introducción del texto del Sínodo, pp. 53-54.), ve en la lucha por la justicia y en la participación por la transformación del mundo una «dimensión constitutiva de la predicación del Evangelio». Religiosos y religiosas han respondido a esta llamada, dando nueva orientación al apostolado tradicional, que continúa siendo el suyo, o bien ampliando su campo de acción mediante fundaciones más especialmente ordenadas a este fin. Nuevas esperanzas se abren, pues, para el Evangelio, para el mundo y, no menos, en favor del valor testimonial y de la veracidad de nuestra vida religiosa. Cuestiones inéditas han surgido, sobre las cuales no es posible todavía hacer plena luz de un día para otro. Una cosa es, sin embargo, muy cierta: la necesidad, en esta línea, de vivir más intensamente, sin rodeos ni riesgo de confusión, «el seguimiento de Cristo» en toda su complejidad, pero sobre todo con gran nitidez evangélica.

La Evangelii nuntiandi Exhortación apostólica «Evangelii nuntiandi», 1975, de Pablo VI. (), haciendo alusión a estos peligros, recuerda que, al lado de numerosos elementos secundarios, está «el contenido esencial, la substancia vivificante, que no podrá ser modificada ni silenciada sin desnaturalizar gravemente la evangelización misma». Esta afirmación, válida para todo bautizado en su actuación, con más razón lo es para el religioso, tratándose de la evangelización, que constituye la motivación última de su vida. Si debemos reproducir actualmente los gestos de Cristo, también estamos obligados a identificarnos con su Ser de alabanza y de sumisión al Padre. Unicamente bajo esta manera de ver las cosas, nuestros votos, nuestra vida común, nuestra oración, nuestro apostolado, todo lo que compone nuestra vida alcanzará su verdadero sentido y sabrá dar con las nuevas formas precisa que, lejos de desequilibrar su conjunto, le darán un enraizamiento más profundo y una presentación más convincente.

- Profesión religiosa y votos

Ha llegado el momento, antes de concluir, de hablar de los votos. Si el seguimiento de Cristo es, ante todo, un impulso interior que da su sentido -su orientación y exigencias-, a toda la vida cristiana, él vincula a la persona con las relaciones y actividades que constituyen su existencia. El Evangelio nos presenta a Jesús totalmente entregado a la sumisión y alabanza de su Padre. Y así es como debemos seguirle nosotros, con la plenitud de nuestro ser.

Conviene tener en cuenta aquí el estilo del Evangelio. Un género literario define un estilo de vida. «Da al que te pide», «Pon la otra mejilla», «Como la viuda del Templo, da de tu pobreza», «Estar prontos para lo que se nos reclame», etc. El Evangelio no se interroga si las circunstancias permiten realizar al pie de la letra tales consignas, o si no existe contradicción entre una y otra. Por ejemplo, ¿quién alimentará a esta viuda el día de mañana? Aquí se ofrecen muchas pistas que deben inspirar la vida de todo cristiano y sensibilizar las exigencias inmensas de la caridad.

Como acostumbra a decir el P. Tillard: «El Evangelio expone la perfección del Reino como el fin alcanzable para todos sin excepción, poniendo los medios, por radical y absoluto que sea aquél, cada vez que la situación concreta lo reclame... El religioso escoge un estado en el que una cierta actitud radical se convierte en la norma de su vida. El decide abrazar más de continuo el radicalismo evangélico, haciéndolo ley interna de la existencia y de la institucionalización de la misma» (TILLARD, J. M. R., El proyecto de vida de los religiosos, ed. española, Madrid, 1974, p. 184.). Pablo VI tiene una bella expresión en Evangelii nuntiandi: «(Los religiosos) en carnan la Iglesia deseosa de entregarse al radicalismo de las bienaventuranzas» (n. 69).
Entre los consejos evangélicos, la pobreza, la obediencia y la castidad recaen sobre los tres valores a los que el hombre se siente impulsado: el poseer (pobreza), el poder (obediencia), la sexualidad (celibato consagrado). Según el criterio del mundo, el hombre triunfa cuando goza de seguridad material, disfruta de un hogar feliz y de una profesión en la que se encuentra libre y responsable.

La consagración religiosa proporciona al profeso una mayor disponibilidad para «cuidar de las cosas de Dios» (1 Cor. 7, 32) y para darse al prójimo con el mismo amor de Cristo. Pero aquí se plantea la primera cuestión a religiosos y superiores: estos tres votos, ¿cómo los vivimos en la práctica diaria? ¿Cuál es nuestro sacrificio real? ¿Cuál es nuestra verdadera libertad frente a los valores del mundo? ¿Cuál nuestro testimonio, en este triple plano, para el mundo que se avecina? El invierno pasado pude visitar la vivienda de Gandhi, en la India, especie de ermita en la que reside cuando no está de viaje. El recuerdo que me dejó y me persigue continuamente es este: ¿qué hacer para que nostros ofrezcamos un testimonio semejante de pobreza evangélica?

Tener, poder, sexualidad. La Iglesia reconoce estos valores y subraya su importancia, pensando especialmente en todos aquellos que se ven privados de medios o sufren las trabas de las estructuras sociales, económicas y políticas. Por otra parte, asoma una nueva dificultad: todo conspira hoy día, no sólo a destacar estas realidades, sino muchas veces también a privarlas de su auténtico sentido y a dotarlas de capacidad de fascinación exorbitante.

Por esto los jóvenes encuentran más dificultades para abrazar un compromiso definitivo, para siempre. ¿Por qué asombrarnos? No se les hace presente la profesión religiosa como en tiempos pasados. Entonces, el mundo aparecía estable y el joven sabía que -un año con otro-, el día de su profesión perpetua se podía ofrecer a Dios «usque ad mortero». Hoy día, por el contrario, se hace la profesión en un mundo inseguro, que quizá mañana no sea el mismo. La profesión se abre paso en medio de obscuridades, que acaso tienen su atractivo para despertar la generosidad de la juventud. Y, por otro lado, ahí está la grandeza del hombre, en la capacidad de orientar su vida de una vez y para siempre. El «Dios fiel», no se dejará ganar en generosidad.

Todos los aspectos de la vida religiosa y las preocupaciones, de las que se ha tratado en este Capítulo, pueden concentrarse, a mi parecer, bajo la palabra «presencia», en el sentido rico de contenido dado por mí: presencia en la Iglesia, presencia ante las llamadas más apremiantes del mundo, presencia ante Dios en el seguimiento de Cristo.
Un hecho de la historia de la Iglesia fortalece con frecuencia mi confianza y me impulsa hacia adelante. Las grandes crisis eclesiales han provocado, a menudo, una renovación de la vida religiosa con el nacimiento, a veces, de Institutos más adaptados a la situación histórica y cuya acción ha sido decisiva. Yo pienso en el renacimiento y en la expansión extraordinaria de la vida religiosa en el siglo pasado; en todas las Congregaciones que fueron fundadas para las misiones o en otros Institutos femeninos que hicieron su aparición en Europa a raíz de la revolución francesa para paliar sus excesos. ¿Será el siglo xix el siglo de los religiosos? En un pasado más lejano, sucedió lo mismo, por ejemplo, después de las persecuciones, en el siglo XIII, a raíz de la Reforma, etc.

En esta etapa difícil que nos toca vivir, cuando un mundo nuevo y una cultura nueva están en marcha, ¿estarán los religiosos a la altura del momento histórico? La Iglesia espera nuestra respuesta: una renovación sincera y entusiasta. Fin d'article


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