
l
título de esta conferencia -que no es mío-
viene dado por el contacto mantenido con los religiosos.
He caído en la tentación de pasar revista
a los grandes temas de la vida religiosa. Me asusta
el temor de ofrecer aquí la imagen del viejo
profesor que se expone a dormir a sus alumnos.
Pero no; es otro tipo de reflexiones las que os ofrezco.
Me parece que lograré ganar vuestra atención,
hablándoos llanamente de lo que es la vida de
un superior general: su estudio, sus contactos con los
religiosos, sus reacciones ante la evolución
de la vida religiosa, sus preocupaciones y sus alegrías.
Son muchas las ocasiones que se nos brindan cada día
para reflexionar acerca de lo que es la vida religiosa
hoy día. Un crítico ha manifestado últimamente
la intención de escribir «una teología
hecha por mí». Confío en que este
auditorio me perdonará al proponer, sobre la
vida religiosa, «una reflexión hecha por
mí».
1.
El trabajo de un superior general
Yo
no viví el mayo del 68 en Francia. Pero sí
dos experiencias, en los años sesenta, que me
afectaron profundamente.
1.
Dos experiencias importantes
Un
artículo de revista, escrito por mí sobre
la teología del trabajo, tema de moda en aquellos
tiempos-, me llevó a ser un poco como el teólogo
de la Acción Católica rural. Este movimiento
contaba con mucha pujanza entonces en Francia, y particularmente
en lo relacionado con los problemas del orden humano,
sacerdotal y profesional que se plantean en este mundo.
En esa época participé en numerosas reuniones
de laicos y de clérigos; en sesiones de renovación
y actualización de vida, destinadas a sacerdotes
o religiosos. Sobre todo, trabajé a nivel nacional
con los capellanes encargados de orientar y animar este
movimiento.
Lo
que me aportaron estos clérigos fue su sensibilidad,
el conocimiento del medio rural, con el cual ellos estaban
habitualmente vinculados, y las cuestiones de tipo teológico
que aquel ambiente les despertaba. Ellos, a su vez,
me preguntaban, sobre todo, acerca de la «significación
evangélica de los valores del mundo», lo
que posteriormente se daría en llamar la teología
de la secularidad. De mí recababan, junto a la
profundización de la doctrina cristiana, un método
de reflexión teológica. Fue para mí
una revelación -y uno de los más gratos
recuerdos de esos años-, el comprobar el enriquecimiento
mutuo entre un profesor de oficio para estos sacerdotes
y los sacerdotes para este profesor. El estudio y la
reflexión teológicos no eran obra aislada
y unilateral del teólogo o de los sacerdotes,
sino que todo formábamos un equipo único
de trabajo.
La
segunda experiencia está vinculada con América
Latina. En 1963, me enviaron mis superiores al Brasil
para ejercer la enseñanza durante un año
en un Centro de Estudios de nuestra provincia.
Desde ese día suelo decir que Brasil es mi segunda
patria, ya que este país me ha engendrado a una
nueva manera de ver el mundo y la Iglesia. Me ha abierto
a nuevos horizontes. He vivido, sentido, respirado -en
el sentido propio de la palabra-, la miseria de las
«favellas», las injusticias irritantes en
las que la persona no cuenta, la corrupción de
los hombres políticos («Yo robo, pero soy
eficaz...», proclamaba un viejo gobernador en
un mitin electoral), la inestabilidad de las instituciones
políticas (esto ocurría algunos meses
antes de la llegada del régimen militar), tantas
inconsecuencias, sufrimientos y muertes. Y, al mismo
tiempo, yo consideraba las inmensas posibilidades de
este enorme país, que se preveía ya como
una de las grandes potencias del siglo xxi.
Sólo
la Iglesia se acercaba «poco a poco» a los
más pobres. Mis hermanos de Sao Paulo acababan
de celebrar una semana de estudio crítico sobre
las estructuras sociales, profesionales, gubernamentales,
capitalistas (brasileñas o extranjeras). Era
una voz nueva. Pero la reacción llegó
rápidamente; un cierto número de personas
acomodadas, allegadas al convento, se alejaron de nosotros
y cerraron toda ayuda económica. He ahí
una forma de pobreza muy actual, que permite, en algunos
casos, juzgar la verdad y sinceridad de tales enlaces
y colaboradores apostólicos.
La
atención espontánea que yo presto a los
dominicos latinoamericanos arranca ciertamente de este
primer contacto.
Yo
no quiero dar por terminada la evocación de estos
recuerdos sin decir una palabra en torno a dos experiencias,
quizá de menor relieve, pero para mí no
menos importantes: el estudio de Santo Tomás
y la predicación a las monjas.
Suelo
decir que me es imposible abrir la boca sin tener detrás
de ella a Santo Tomás. Aún, sin nombrarlo
o sin que tenga conciencia de ello, allí está
él. Ha sido mí M-stro en mi trayectoria
intelectual, apostólica y espiritual. Esto es
para mí una huella imborrable, quizá en
la apreciación de otros, un fallo.
En
cuanto a la experiencia con las monjas, a las que predico
a menudo, diré que me han dado bastante más
que lo que yo he podido ofrecerles. El hecho de escucharlas,
ayudarles en sus dificultades, participar en sus búsquedas,
constatar el amor preferencial que da sentido a su vida,
todo esto te hace palpar, por su mediación personal,
la experiencia del absoluto Dios. Sin esta experiencia,
¿es posible que haya una vida auténticamente
religiosa?
2.°
Elección como Maestro de la Orden
¡He
aquí una mirada al pasado! ¿Y el presente?
Mis predecesores eran elegidos para doce años.
El Capítulo General de 1974 restó tres
años a este plazo. Doce años de gobierno
parecían demasiado para nuestro tiempo; y seis,
etapa excesivamente corta, contrariamente a la práctica
de muchos Institutos, aun entre los importantes, que
vienen respetando el período de seis años.
Nuestra opción fue tomada teniendo en cuenta
la diversidad de nuestras 41 provincias (la famosa originalidad
dominicana) y la importancia concedida al contacto directo
del General con cada religioso.
Si,
en la misma tarde de su elección, el nuevo General
de la Orden tiene la impresión primera de sentirse
solo ante sus responsabilidades, pronto se percatará
de que no es así, ni lo será jamás,
puesto que siempre se verá rodeado de una multitud
de hermanos. «El amigo que tú me diste»,
decía San Francisco, al hablar de sus primeros
discípulos con Dios. ¡Qué verdad
tan grande! Un superior general cuenta con muchos amigos,
a pesar de los cambios en el correr de los años.
La
Curia Generalicia -en Santa Sabina, sobre el Aventino-,
está compuesta sólo de religiosos; unos
treinta, al servicio del gobierno central. Además
de seis asistentes designados para el conjunto de las
provincias; dos asistentes están encargados,
a tiempo completo, uno de la vida apostólica
de toda la Orden y el otro de la vida intelectual. Estas
funciones entraron en ejercicio hace cuatro años,
y se juzgan muy positivas.
3.° El trabajo de la U.S.G.
En tiempo de Pío XI, el Papa recibía al
Maestro General de los dominicos una vez al mes (ignoro
si esto sucedía con los demás Institutos).
Los lectores asiduos del Osservatore Romano, saben que
después no se ha mantenido esa práctica.
Sin duda, en esta época, salvo las reuniones
de las embajadas, los superiores generales apenas tenían
ocasión de encontrarse y menos aún de
trabajar juntos. Hoy no es así. Fundada la Unión
de Superiores Generales (U.S.G.), hace unos veinte años,
este organismo cobró mucha importancia durante
el Concilio y se ha desarrollado vigorosamente después,
bajo la presidencia del P. Arrupe. Y, a estas alturas,
comprendo perfectamente al superior general que me decía
hace unos años: «Si no existiese la U.S.G.,
yo presentaría rápidamente mi dimisión».
Sería
necesaria toda una conferencia para evocar las actividades
de la Unión, el espíritu que la anima
y todo lo que ella aporta. Me limitaré a destacar
el gran espíritu de amistad fraternal que la
inspira y el trabajo en equipos que une a los que participan
periódicamente en las reuniones. Al mes tiene
reservada una tarde de reflexión. Dos veces al
año estamos invitados a una convivencia de tres
días en la casa de los Padres Jesuitas, en Villa
Cavalletti; momentos fuertes e intensos para 60 6 70
generales.
El
mismo espíritu anima, si cabe con mayor intensidad,
a los miembros del consejo, que se reúnen cada
mes. Dos veces al año, comparten una jornada
entera de «brain storming», que reporta
los mejores frutos.
En
el curso de estos diversos encuentros han sido abordados
los temas más actuales, como son, la vida comunitaria,
las pequeñas comunidades, el sentido existencial
de los votos, la formación permanente, los religiosos
y el compromiso político, el reto para los religiosos
en favor de la promoción humana, el proyecto
del Derecho Canónico sobre los religiosos, etc.
Entre
las comisiones de estudios de la U.S.G. está,
al lado de la comisión teológica últimamente
reorganizada, la «ComiSión VI», dedicada
a los problemas misioneros, que ha desplegado una actividad
notable.
Como podréis comprobar, si nosotros predicamos
la importancia de la «formación permanente»,
no somos nosotros los últimos en practicarla.
En
otro nivel, está el «Consejo de los 16».
Se trata de 16 superiores o madres generales que, cada
mes, abordan, bajo la presidencia del cardenal Pironio,
los más diversos problemas de la vida religiosa
con los representantes de la Sagrada Congregación.
Bastantes de los temas anteriormente indicados han sido
igualmente examinados en estas reuniones. Yo debo subrayar
la sencillez, la sinceridad y la apertura que caracterizan
a estos encuentros. Y no puedo tener la menor duda de
que son muy fecundos para el presente como cara al futuro
de la vida religiosa. En prueba de ello, la última
vez, fue estudiado el más reciente documento,
elaborado conjuntamente por la Congregación de
los Obispos y la Congregación de los Religiosos
y aprobado por el Papa Pablo VI, sobre «las relaciones
entre obispos y religiosos».
Ya
han sido formuladas algunas observaciones para entender
la importancia de este documento. Aparecido en el verano
de 1978, este texto puede pasar desapercibido para muchos.
Sería una lástima. Conviene subrayar la
dimensión espiritual y eclesial del documento,
la importancia concedida al diálogo y comunión
en la Iglesia, el carisma propio de cada Instituto religioso
y, lo que es muy positivo, el puesto de las mujeres
y de las religiosas en la Iglesia, etc. Por otra parte,
se ha insistido en la necesidad de leer este texto con
una visión integral y coherente, evitando interpretaciones
unilaterales de tal o cual pasaje fuera de su conjunto.
2. Algunas preocupaciones importantes
Ya
es hora de abordar algunos de los problemas que más
me preocupan. Para ello recurriré, sobre todo,
a mi experiencia personal.
Un Provincial me planteó, cierto día,
sin rebozo, esta cuestión: «Si tuviese
que definir su función propia con una sola palabra,
¿cuál sería ésta?».
Yo le respondí: «Una función de
presencia». Y considero que es adecuada, en conformidad
con nuestro espíritu, a condición, claro
está, de dar a este término su pleno sentido.
Viene del latín prae-esse que comporta la idea
de primacía y superioridad. Vocablo que evoca
conjuntamente a sus correlativos: proximidad, escucha,
diálogo, acción persuasiva, comunión
con el otro, comprensión, irradiación,
afirmación de autoridad. Todo esto se encierra
en esa palabra. Y, consecuentemente, tratamos de una
presencia activa.
Por
esta razón, hago yo mismo ordinariamente la visita
a las provincias. Es una tradición antigua entre
nosotros. La historia dominicana nos enseña que
los generales que han ejercido mayor influencia en la
Orden, son aquellos que estuvieron casi siempre en los
caminos que llevan al encuentro con sus religiosos.
Dentro
de este mismo espíritu, doy mucho valor a las
cartas particulares, puesto que ofrecen una ocasión
privilegiada de contacto con los hermanos. Esta práctica
exige tiempo, pues frecuentemente el secretario no conoce
bien a la persona y la situación que motiva la
carta. Tengo comprobado, en ciertos casos, que mis cartas
cambiaron para siempre mis relaciones con el destinatario.
Me resulta imposible escribir cartas estereotipadas,
con una simple frase directa al interesado, entre las
frases de relleno.
1.°
Disminución del número de religiosos
La cuestión que más me preocupa es la
disminución de religiosos. Y explicaré
por qué.
--
Situación demográfica
Hace quince años los dominicos éramos
10.000. Según el último censo, de hace
un año, aproximadamente 7.600. Estoy convencido
-me gustaría equivocarme-, de que en los próximos
años aún disminuirá más
esta cifra. Dejando a un lado los que nos abandonan,
cuyo número espero que afortunadamente descienda,la
cifra de novicios, salvo un milagro, no compensará
los fallecimientos, teniendo en cuenta que la media
de edad, en algunas provincias, es acentuadamente elevada.
En algunos países, particularmente en Europa,
hubo numerosos novicios a los diez y quince años
de la primera guerra mundial. Pero un novicio de 1920
se aproxima ahora a los 80 años. Sin género
de duda, hay muchos religiosos que, sobrepasando actualmente
los 70 ó 75 años, son admirables y trabajan
con celo. ¿Pero, qué podrán hacer
dentro de tres, cinco o diez años? Conviene constatar,
sin embargo, que buena parte de los hermanos no son
conscientes de lo que estos datos significan para el
mañana ni se han percatado de sus mismas consecuencias
en el presente.
Pues bien, ante esta realidad demográfica - (Según
I.D.I. (Información Dominicana Internacional),
Roma, 25-X1977: Frailes: 7.600; Monjas: 4.826; Religiosas
de Congregaciones dominicanas: 42.592; Institutos y
Pías Uniones: 758; Fraternidades Sacerdotales
y Laicales: 70.431.) - no es nada excepcional- contamos
con un cierto número de puestos estables de trabajo
que hemos de cubrir: parroquias, escuelas, centros docentes
superiores, capellanías. Encontrar hombres que
aseguren el relevo es uno de los primeros problemas
para los años que se avecinan. Y, he aquí,
que, al mismo tiempo y en muchos países, tendrán
que afrontar las mismas dificultades y pedirán,
más que ahora, la colaboración de religiosos
presbíteros. ¿Qué hacer entonces,
a la luz del carisma dominicano?
Hay
que dar por hecho que, en este mismo período
de tiempo, se abrirán nuevos campos de apostolado;
lo difícil será acertar en la elección
entre ellos. Un caso concreto: los medios de comunicación
social y los problemas de «Justicia y Paz»
exigirán nuevas aportaciones. ¿Cómo
podremos responder a estas necesidades?
Para
terminar, señalemos que, durante esta misma etapa,
una masa proporcionalmente más reducida de religiosos
jóvenes deberá atender, al menos en parte,
a la subsistencia de los ancianos, más numerosos
que en tiempos anteriores, a consecuencia del fenó
meno existente de una más dilatada longevidad.
¿Este hecho no tendrá una desmesurada
incidencia en los trabajos apostólicos? ¿El
punto de vista económico, no repercutirá
negativamente en la dimensión propiamente apostólica
de nuestra misión? Ya se habla, en distintos
lugares, de los «apostolados alimenticios».
He
aquí algo que, pienso yo, sin ser pesimista,
tenemos que mirarlo de frente. Lo que más me
sorprende en este campo es que, a pesar de estas perspectivas,
apenas se ha previsto nada para el mañana. Las
decisiones, cuando se toman, es a menudo bajo el signo
de «catástrofe»; así, pongamos
por caso, cuando no se ve otra salida a una casa y,
sin haber preparado a tiempo a los religiosos, éstos
tienen que sufrir el cierre de su convento.
2.° Identidad dominicana
La
cuestión planteada apunta más lejos. Lo
que entra en litigio es nuestra identidad.
Santo
Domingo, al dispersar a sus primeros discípulos,
les confió la misión de «estudiar,
predicar y fundar conventos». Pero, si a consecuencia
de los múltiples trabajos inherentes a tal o
cual apostolado, se ve el dominico obligado a vivir
permanentemente solo y fuera del convento; si no puede
estudiar, ni predicar, a no ser en raras ocasiones,
la palabra de Dios; si no está disponible para
ocuparse de las gentes que viven al margen o fuera de
la Iglesia; si, cuando ellas se acercan, no puede responder
a estas nuevas demandas apostólicas, ¿dónde
queda el carisma de la Orden autentificado por la Iglesia?
¿A qué Institutos no se le plantean problemas
muy semejantes?
Esto
cuestiona igualmente las vocaciones: Atraídos
por nuestros fundadores y constituciones, los jóvenes
rehusarán venir y quedarse con nosotros, si comprueban
que un número cada vez mayor de los religiosos
no pueden vivir el estilo de vida con el cual se comprometieron.
Así surge el gran interrogante: Con tal proceder
¿no comprometo yo a las actuales generaciones
a seguir caminos que corren el riesgo de cerrar la puerta
a los jóvenes, o incluso engañarles? Este
problema se hace angustioso, cuando veo que algunos
asumen compromisos apostólicos que, para ser
válidos, aventuran el tener que soportar mañana
consecuencias penosas, si no fatales.
3.° Carisma de los Institutos
Mas
este problema no sólo interesa a los Institutos.
Es un problema de Iglesia, pues los religiosos son también
Iglesia. Como afirma el reciente documento acerca de
las relaciones entre obispos y religiosos, éstos
«encarnan una manera particular de participación
de la naturaleza `sacramental' del pueblo de Dios».
Esto exige a los religiosos la fidelidad al propio carisma,
pero también, de forma muy especial en el plano
apostólico, la sumisión a los obispos
de los que deben ser colaboradores asiduos (C. Vat.
II, CD, n. 35.)
.
Cada vez que la Iglesia habla de esta sumisión,
jamás deja de reafirmar la necesidad de respetar
el carácter peculiar del Instituto. Ciertamente
las dificultades pueden presentarse. El obispo hace
hincapié en el bien, en las necesidades de la
diócesis y en la urgencia de mantener algunos
puestos, etc.; por su lado, los superiores prestan más
atención al carisma de su Instituto e igualmente
están abiertos a un campo de acción que
sobrepasa los límites de la diócesis,
nación y hasta del mismo continente. A este respecto,
el documento sobre relaciones entre obispos y superiores
religiosos insiste con fuerza -este es uno de sus puntos
interesantes-, en la comunión que debe darse
entre unos y otros, y en la necesidad de fomentar los
encuentros entre ellos. Así, por ejemplo, cuando
se trata de suprimir alguna obra o de alguna presencia
apostólica, el obispo buscará, en diálogo
con el superior, la solución más conveniente
(Relaciones entre obispos y religiosos, nn. 41 y 47.).
Estos
prudentes principios no eliminan de raíz todo
riesgo de conflictos. ¿Con que espíritu
deben ser abordados? En una reunión de obispos
y religiosos, un obispo reclamaba el derecho de los
primeros; otro, en cambio, sin restar nada a ello, subrayaba
cómo las cosas no se realizan realmente siempre
bajo un esquema preconcebido. Podíamos preguntarnos:
¿quién decide en un hogar, el padre o
la madre? La mayor parte de las veces no es fácil
determinar sobre cuál de los dos debe estar la
decisión. Cosa explicable en el marco de la intimidad,
de la profunda comunión de vida que los une.
Y, según esta base, concluía el segundo
obispo: ¿No sucede también algo parecido,
a menudo, gracias a Dios, entre los obispos y los superiores
religiosos?
Y
si estallan los conflictos ¿no es precisamente
porque faltan la comunión y la confianza? El
mismo documento vuelve con energía sobre esto
y sobre los encuentros que deben celebrarse entre obispos
y superiores, de forma habitual, y no sólo cuando
surjan conflictos.
4.°
El riesgo de la sedentariedad
Después
de lo dicho, adivináis que mi temor se centra
en el riesgo de la sedentariedad. No sólo física,
sino más bien psicológica: es decir, que
el religioso se limite a su campo de acción y
caiga en la rutina de repetir las mismas ideas a auditorios
cada vez más semejantes. Puede cerrarse también
en una preferencia exclusiva por un género de
apostolado, para el cual -y esto sería mucho
más grave-, no se encuentra con la suficiente
fuerza, audacia o seguridad de su fe. Nosotros, al contrario,
debiéramos cuestionarnos con las siguientes preguntas:
¿Esto que yo juzgo por mí, es lo más
apremiante? ¿Dónde se está preparando
la «élite» del mañana? ¿Qué
hacer para descubrir esa «élite»
y para colaborar en la preparación de su futuro?
¿Qué es lo que me corresponde personalmente
a mí en ese programa? Con el pensamiento puesto
en el peligro de la sedentariedad, hace algún
tiempo, envié una circular a los hermanos sobre
la «Predicación itinerante» (Véase
el cap. IV, 2.' parte de esta obra, pp. 155 y ss.).
Es
cierto que con frecuencia oígo decir que los
curas no nos llaman a predicar como en tiempos pasados.
Sin embargo, en visitas, encuentro aún religiosos,
en plena edad, cosagrados totalmente a la predicación.
La mayor parte de ellos me confesaron que no podían
atender a todas las demandas. Ello prueba que, si se
sabe presentar la palabra de manera que despierte el
interés general de los hombres en torno a cuestiones
fundamentales y vitales, como la situación social,
los problemas profesionales..., entonces se gana la
audiencia del público y se valora positivamente
tal ministerio. Es un signo, a su vez, revelador de
que este tipo de apostolado es más vivo de lo
que muchas veces se piensa.
En el supuesto de que no se nos llamase, ¿no
podríamos prudentemente ofrecernos nosotros?
Los auténticos apóstoles ¿han de
esperar a que se solicite su servicio? Estos captan
las crisis que otros no perciben; y saben que hay que
abrir caminos nuevos para salir al encuentro de los
hombres. Reconozco que cada día son más
numerosos los especialistas en todo tipo de campos,
dentro de la Orden; sin embargo, demasiado pocos los
«especialistas en predicación itinerante».
No
se concluye de lo dicho que toda predicación
exija iglesias y púlpitos. Hay que saber descubrir,
inventar «nuevos lugares de predicación»:
una sala, en la que se reúnen gentes que no lo
hacen en otro sitio; dondequiera que los hombres se
congreguen espontáneamente y estén más
dispuestos al diálogo. Conozco un padre que recorre
los balnearios con el fin de proyectar una película
sobre los monasterios Zen del Japón, donde él
ha vivido. Y se vale de este medio para hablarles de
muchos temas acerca de la vida religiosa y de la fe
cristiana. Otro padre pasó un mes en el Centro
europeo de los seguidores de Moon. ¿Ponemos más
ejemplos? ¿Será posible agotar la capacidad
inventiva? A medida que el mundo se agranda, se descubren
los espacios en los cuales Dios no es reconocido. La
Iglesia necesita sacerdotes suficientemente libres y
liberados para corresponder a estas nuevas demandas.
Cuando San Pablo exclamaba: «La palabra de Dios
no está encadenada» (2 Tim. 2, 9), ¿no
quería afirmar esto mismo? La libertad del predicador
itinerante es una realidad siempre actual y muy necesaria.
5. Presencia en el mundo y contemplación de la
calle
Entre
nosotros, los religiosos con mayor vivencia espiritual
son también los más insertados en su tiempo.
Ha sido siempre así y en todos los Institutos.
Los fundadores, por ser, ante todo, hombres de Dios,
tuvieron la suerte de que el mundo, que contemplaron
bajo la óptica de la caridad de Cristo, les descubriera
sus necesidades, a cuya luz brotó su carisma
apostólico. Sin duda que existen religiosos entre
nosotros que se dejan envolver por el mundo, por no
saber guardar bien las distancias, por ejemplo, en el
plano de las ideas. De ese modo se hacen menos capaces
para desempeñar una tarea crítica y para
aportar la luz orientadora que de ellos se espera. Lamentablemente
esto es así; y ello encuentra un eco, sobre todo,
en la prensa.
Pero,
gracias a Dios, hay muchos religiosos de los que sólo
se puede decir que, fieles a su vocación y a
la Iglesia, tienen el coraje de caminar en esa línea
hacia adelante. Podemos enumerar un tercer grupo de
religiosos que, como en todas partes, temen abrir los
ojos a la realidad. Estos puede que hayan leído
y releído los documentos del Vaticano II, pero
no han captado ni hecho suyos el pensamiento y la sensibilidad
que late en los mismos. Ignoran todo lo que una teología
de las relaciones entre la Iglesia y el mundo, según
el Concilio, ha aportado de nuevo y que debe llevarse
a todos los campos en orden a la promoción integral
del hombre, incluso en sus aspectos más humanos.
«No tengáis miedo», la palabra alentadora
de Juan Pablo II, en el día de su entronización,
se dirige también a ellos.
La
apertura al mundo es garantía y condición
del servicio de la Palabra de Dios, con vistas a la
promoción completa del hombre, aún en
sus vertientes más humanas. Con nuestros ojos,
valiéndonos también de los medios de comunicación
social, de las ciencias del hombre, de todo lo que las
ciencias y las técnicas nos ofrecen, debemos
adoptar la manera que tenía Cristo de mirar a
la humanidad que pasa delante de nosotros. Debemos compartir
con los hermanos de nuestras comunidades esta convicción
fundamental: somos los encargados de infundir un alma
nueva a esta masa, en disgregación, pero, a la
vez, en permanente regeneración, proyectada a
un ideal mejor, aquí inaccesible. Si nosotros,
en nuestras comunidades, sabemos superar lo superficial
y marcarnos un nivel superior, teniendo presente la
realidad del mundo y del misterio de la salvación,
entonces podemos estar seguros de que nuestras reuniones
comunitarias, la formación permanente, nuestro
apostolado, nuestra misma oración y el resto
de las demás realizaciones, que con frecuencia
carecen de vitalidad, se harán pujantes, contagiosas
y atrayentes.
La misma plegaria... Aquí me complace hablar
de la «contemplación de la calle»
(Sobre el contexto latino-americano de esta expresión,
véase el cap. II, 2.a parte de esta obra, pp.
140-141.). Y digo intencionadamente de la calle y no
en la calle. No se trata de pasear ensimismado en medio
de la multitud, sino de mantener una mirada atenta sobre
todo lo que nos rodea: las personas, sus rostros, sus
pasos, la pobreza de sus vestidos o la insolencia de
su porte altivo. La contemplación de la calle
es saber detectar o adivinar lo que no se deja ver:
fracasos, sufrimientos, aspiraciones. Consiste, pues,
en dar poco a poco con todo lo que ello significa en
la vida de estos hombres, mujeres y jóvenes para
sí mismos y a los ojos de Dios. La contemplación
de la calle -que puede también extenderse a la
contemplación de los periódicos, de la
radio, de la televisión-, sabe hacer actual la
mirada, humana y divina, de Cristo -el más contemporáneo
de todos los hombres-, sobre la muchedumbre, los enfermos,
todos los poseídos por cualquiera de estos males:
el dinero, las injusticias, una sensualidad exacerbada,
el poder sin freno, el odio. En esa multitud, ¿quién
es Magdalena, Zaqueo, los publicanos, el sacerdote,
el levita que van de Jerusalén a Jericó?
¿Y quiénes los que se sienten hambrientos
de escuchar y de entender a Jesús, aunque fuera
sin plena conciencia de ello?
Para conocer lo que encierra la mirada de cualquiera,
hay que mirarlo a los ojos. Mis ojos deben penetrar
en los suyos y entonces se conoce lo que es él,
lo que busca, lo que ve. Esto mismo es válido
para valorar la relación de nuestra vida con
Cristo.
Antes
de salir a la calle, debemos, desde la fe, mirar a Cristo.
Escucharle, guardar silencio ante El. Será la
preparación para saber descubrir en la calle
muchas cosas que, de otra manera, se nos escaparán.
Y no es posible la contemplación de la calle,
si primero no somos capaces de encerrarnos en nuestra
celda. La contemplación en la celda y la contemplación
de la calle: el apóstol de nuestro tiempo debe
ser capaz de pasar de una a la otra, de alimentar la
una con la otra en un intercambio ininterrumpido.
He
aquí lo que me complace decir, cuando hablo de
la «contemplación de la calle». A
imitación de lo que es Cristo mismo en su ser
y en su oración, y ella debe ser el punto privilegiado
de unión en nuestra vida, entre la fe y el mundo.
6.° Exigencia de oración
Lo
he dicho y lo repito: para vivir así es preciso
pasar por la plegaría solitaria y silenciosa.
La palabra dominicana debe proceder de «la abundancia
de la contemplación». Tocamos aquí
el corazón de nuestra vida, y esta es mi mayor
preocupación.
Y
no pienso inmediatamente, al decir esto, en el oficio
coral, alabanza y alimento de nuestra vida, a los cuales
estamos obligados, si no en la oración privada,
en la «oración secreta» de nuestros
primeros Padres. Esta preocupación debe situarse
en nuestro tiempo: una época en la que la evolución
del mundo, la mentalidad general, la atmósfera
de ruido y el bullir de imágenes que respiramos,
se unen contra todo posible encuentro con Dios; pero
también, en contrapartida, a modo de defensa,
una época en la que los grupos de oración,
particularmente de jóvenes, se multiplican con
un deseo y un gusto por la oración, que nosotros,
en cuanto religiosos, no podemos menos de valorar por
su alta significación.
Con
lo dicho no me refiero a los grupos llamados «carismátiticos».
Estos son manifestaciones más espectaculares
y discutibles; sino a un movimiento espiritual más
amplio que, a mis ojos, es mucho más importante.
Tiene por norte el encontrarse a sí mismo en
lo más hondo de su ser y, con la gracia de Dios,
encontrará a Aquel que es El en plenitud. Maurice
Clavel se expresaba así: «Yo no soy, sino
cuando Dios me habla de tú». La oración
ha de tomarse y vivirse como el lugar privilegiado para
esta interpelación.
Después
de indicar esta experiencia, una cuestión se
me presenta con fuerza: estos jóvenes, ¿encontrarán
en nosotros lo que buscan, hombres de oración,
un clima de contemplación, una enseñanza
hecha vida - ya que hemos de tratar de alejar lo imaginativo,
lo emocional, lo artificial -, para sumergirnos en una
auténtica vida de oración, que es expresión
de fe y de caridad?
Esta
es la razón que me ha movido a preparar una circular
consagrada a tratar este tema. No con la pretensión
de proponer, a priori, una síntesis más
o menos original sobre lo que debe ser la oración
privada en la actualidad. Más bien, buscando
provocar en cada uno de nosotros una reflexión
concreta sobre su oración personal: su existencia,
sus dificultades, su vitalidad, el puesto y función
que debe cubrir en su vida. Ya que si la oración
ha de ser siempre un encuentro con Dios, esta verdad
está más viva en la conciencia actual
que el hecho de aprender a orar, puesto que se valora
más hoy la cuestión «mayéutica»
(de búsqueda de la verdad) que la cuestión
acerca del método.
7.° La vida religiosa, hoy
La
necesidad de este encuentro privilegiado con Dios nos
conduce a hablar de lo que el Vaticano II ha llamado
la «norma suprema de la vida religiosa»:
el seguimiento de Cristo, según la enseñanza
del Evangelio.
-
El seguimiento de Cristo
Esta
fórmula, a la hora de asumirla, no constituía
problema en sí misma, sino en virtud de las exigencias
que entrañaba. Sin embargo, al correr de los
años, exégetas, teólogos, sociólogos,
incluso filósofos, proponían nuevas lecturas
del Evangelio, influenciados, esto es evidente, por
la situación del mundo. Una conciencia más
viva de las injusticias, de la falta de libertad, de
la necesidad de solidaridad... ha llevado a descubrir
en el Evangelio aspectos de la figura de Cristo, que
habían pasado casi desapercibidos hasta entonces:
el Cristo «hombre para los demás»,
el Cristo «hombre libre», el Cristo «modelo
de liberador político». Algunos van más
lejos e intentan explicar gran parte de su enseñanza
y de su obra, si no todo, bajo estas consideraciones.
Por ahí se llega al hecho sorprendente: jamás
se había hablado tanto del Evangelio, como en
estos diez últimos años, pero, paradójicamente,
tampoco nunca se había corrido tanto el riesgo
de vaciarlo de su contenido substancial vivificador,
al acentuar excesivamente sus dimensiones humanas o
la seducción liberadora que ello puede provocar.
Por muy reales que estos aspectos nuevos puedan ser,
no es legítimo reducir a ellos la figura de Cristo.
En verdad, su relación con el Padre constituye
su identidad. Como se ha dicho con mucha razón:
borrar del Evangelio todos los textos en los que Cristo
se identifica por su referencia al Padre equivaldría,
muy pronto, a no saber quién es exactamente El,
a no poder explicar el conjunto de su comportamiento.
Porque lo que El hace o dice, su atención a los
demás, su dominio de los acontecimientos, su
intervención en favor de los pobres, enfermos,
marginados y pecadores, lo refiere siempre al Padre,
a quien El se somete en todo y cuyo reino anuncia.
Tal
es la enseñanza del Evangelio. Este es el Cristo
a quien debemos seguir.
-
Trabajar en la promoción humana
Sabemos
con cuanto empeño insiste la Iglesia en la necesidad
de la promoción humana. El Sínodo de los
Obispos, de 1971 (SÍNODO DE LOS OBISPOS, 1971,
La justice dans le monde, presentación del P.
Liégé, Paris, Le Centurion, 1971: Introducción
del texto del Sínodo, pp. 53-54.), ve en la lucha
por la justicia y en la participación por la
transformación del mundo una «dimensión
constitutiva de la predicación del Evangelio».
Religiosos y religiosas han respondido a esta llamada,
dando nueva orientación al apostolado tradicional,
que continúa siendo el suyo, o bien ampliando
su campo de acción mediante fundaciones más
especialmente ordenadas a este fin. Nuevas esperanzas
se abren, pues, para el Evangelio, para el mundo y,
no menos, en favor del valor testimonial y de la veracidad
de nuestra vida religiosa. Cuestiones inéditas
han surgido, sobre las cuales no es posible todavía
hacer plena luz de un día para otro. Una cosa
es, sin embargo, muy cierta: la necesidad, en esta línea,
de vivir más intensamente, sin rodeos ni riesgo
de confusión, «el seguimiento de Cristo»
en toda su complejidad, pero sobre todo con gran nitidez
evangélica.
La
Evangelii nuntiandi Exhortación apostólica
«Evangelii nuntiandi», 1975, de Pablo VI.
(), haciendo alusión a estos peligros, recuerda
que, al lado de numerosos elementos secundarios, está
«el contenido esencial, la substancia vivificante,
que no podrá ser modificada ni silenciada sin
desnaturalizar gravemente la evangelización misma».
Esta afirmación, válida para todo bautizado
en su actuación, con más razón
lo es para el religioso, tratándose de la evangelización,
que constituye la motivación última de
su vida. Si debemos reproducir actualmente los gestos
de Cristo, también estamos obligados a identificarnos
con su Ser de alabanza y de sumisión al Padre.
Unicamente bajo esta manera de ver las cosas, nuestros
votos, nuestra vida común, nuestra oración,
nuestro apostolado, todo lo que compone nuestra vida
alcanzará su verdadero sentido y sabrá
dar con las nuevas formas precisa que, lejos de desequilibrar
su conjunto, le darán un enraizamiento más
profundo y una presentación más convincente.
-
Profesión religiosa y votos
Ha
llegado el momento, antes de concluir, de hablar de
los votos. Si el seguimiento de Cristo es, ante todo,
un impulso interior que da su sentido -su orientación
y exigencias-, a toda la vida cristiana, él vincula
a la persona con las relaciones y actividades que constituyen
su existencia. El Evangelio nos presenta a Jesús
totalmente entregado a la sumisión y alabanza
de su Padre. Y así es como debemos seguirle nosotros,
con la plenitud de nuestro ser.
Conviene
tener en cuenta aquí el estilo del Evangelio.
Un género literario define un estilo de vida.
«Da al que te pide», «Pon la otra
mejilla», «Como la viuda del Templo, da
de tu pobreza», «Estar prontos para lo que
se nos reclame», etc. El Evangelio no se interroga
si las circunstancias permiten realizar al pie de la
letra tales consignas, o si no existe contradicción
entre una y otra. Por ejemplo, ¿quién
alimentará a esta viuda el día de mañana?
Aquí se ofrecen muchas pistas que deben inspirar
la vida de todo cristiano y sensibilizar las exigencias
inmensas de la caridad.
Como
acostumbra a decir el P. Tillard: «El Evangelio
expone la perfección del Reino como el fin alcanzable
para todos sin excepción, poniendo los medios,
por radical y absoluto que sea aquél, cada vez
que la situación concreta lo reclame... El religioso
escoge un estado en el que una cierta actitud radical
se convierte en la norma de su vida. El decide abrazar
más de continuo el radicalismo evangélico,
haciéndolo ley interna de la existencia y de
la institucionalización de la misma» (TILLARD,
J. M. R., El proyecto de vida de los religiosos, ed.
española, Madrid, 1974, p. 184.). Pablo VI tiene
una bella expresión en Evangelii nuntiandi: «(Los
religiosos) en carnan la Iglesia deseosa de entregarse
al radicalismo de las bienaventuranzas» (n. 69).
Entre los consejos evangélicos, la pobreza, la
obediencia y la castidad recaen sobre los tres valores
a los que el hombre se siente impulsado: el poseer (pobreza),
el poder (obediencia), la sexualidad (celibato consagrado).
Según el criterio del mundo, el hombre triunfa
cuando goza de seguridad material, disfruta de un hogar
feliz y de una profesión en la que se encuentra
libre y responsable.
La
consagración religiosa proporciona al profeso
una mayor disponibilidad para «cuidar de las cosas
de Dios» (1 Cor. 7, 32) y para darse al prójimo
con el mismo amor de Cristo. Pero aquí se plantea
la primera cuestión a religiosos y superiores:
estos tres votos, ¿cómo los vivimos en
la práctica diaria? ¿Cuál es nuestro
sacrificio real? ¿Cuál es nuestra verdadera
libertad frente a los valores del mundo? ¿Cuál
nuestro testimonio, en este triple plano, para el mundo
que se avecina? El invierno pasado pude visitar la vivienda
de Gandhi, en la India, especie de ermita en la que
reside cuando no está de viaje. El recuerdo que
me dejó y me persigue continuamente es este:
¿qué hacer para que nostros ofrezcamos
un testimonio semejante de pobreza evangélica?
Tener,
poder, sexualidad. La Iglesia reconoce estos valores
y subraya su importancia, pensando especialmente en
todos aquellos que se ven privados de medios o sufren
las trabas de las estructuras sociales, económicas
y políticas. Por otra parte, asoma una nueva
dificultad: todo conspira hoy día, no sólo
a destacar estas realidades, sino muchas veces también
a privarlas de su auténtico sentido y a dotarlas
de capacidad de fascinación exorbitante.
Por
esto los jóvenes encuentran más dificultades
para abrazar un compromiso definitivo, para siempre.
¿Por qué asombrarnos? No se les hace presente
la profesión religiosa como en tiempos pasados.
Entonces, el mundo aparecía estable y el joven
sabía que -un año con otro-, el día
de su profesión perpetua se podía ofrecer
a Dios «usque ad mortero». Hoy día,
por el contrario, se hace la profesión en un
mundo inseguro, que quizá mañana no sea
el mismo. La profesión se abre paso en medio
de obscuridades, que acaso tienen su atractivo para
despertar la generosidad de la juventud. Y, por otro
lado, ahí está la grandeza del hombre,
en la capacidad de orientar su vida de una vez y para
siempre. El «Dios fiel», no se dejará
ganar en generosidad.
Todos
los aspectos de la vida religiosa y las preocupaciones,
de las que se ha tratado en este Capítulo, pueden
concentrarse, a mi parecer, bajo la palabra «presencia»,
en el sentido rico de contenido dado por mí:
presencia en la Iglesia, presencia ante las llamadas
más apremiantes del mundo, presencia ante Dios
en el seguimiento de Cristo.
Un hecho de la historia de la Iglesia fortalece con
frecuencia mi confianza y me impulsa hacia adelante.
Las grandes crisis eclesiales han provocado, a menudo,
una renovación de la vida religiosa con el nacimiento,
a veces, de Institutos más adaptados a la situación
histórica y cuya acción ha sido decisiva.
Yo pienso en el renacimiento y en la expansión
extraordinaria de la vida religiosa en el siglo pasado;
en todas las Congregaciones que fueron fundadas para
las misiones o en otros Institutos femeninos que hicieron
su aparición en Europa a raíz de la revolución
francesa para paliar sus excesos. ¿Será
el siglo xix el siglo de los religiosos? En un pasado
más lejano, sucedió lo mismo, por ejemplo,
después de las persecuciones, en el siglo XIII,
a raíz de la Reforma, etc.
En
esta etapa difícil que nos toca vivir, cuando
un mundo nuevo y una cultura nueva están en marcha,
¿estarán los religiosos a la altura del
momento histórico? La Iglesia espera nuestra
respuesta: una renovación sincera y entusiasta.

Inicio