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el curso de este año, he visitado más
de la mitad de las 41 Provincias y un cierto número
de Vicarías de Africa y de Latinoamérica.
Al mismo tiempo, la mayor parte de los asistentes, invitados
por los Provinciales, han pasado unas estancias más
o menos largas en sus regiones respectivas.
Durante
estas visitas, que constituyen una primera toma de contacto
con los centros más importantes de la Orden,
he escuchado sobre todo, de boca de los mismos religiosos,
cuáles son sus trabajos apostólicos, sus
aspiraciones. He tenido ocasión de cambiar impresiones
con los frailes, y también con las monjas y las
hermanas, sobre las tres preocupaciones principales
que se plantean ante la situación de la Orden,
tal como me parece en este momento. Estos tres puntos
expresan además no una jerarquía de valores,
sino un orden de urgencia.
1.
La primera preocupación : la vida intelectual
Actualmente
las dos terceras partes de las Provincias no tienen
un «Studium» propio, lo que significa que
nuestros estudiantes siguen los cursos de filosofía
y de teología en facultades con características
bien diversas. Pudiera tomarse una solución inmediata:
enviar a los estudiantes a otros países que cuentan
con un Studium dominicano, pero hoy se subraya cómo
es importante que los estudiantes cursen los estudios
en su propio país, en su cultura, en su ambiente.
Pienso que nuestros jóvenes tienen necesidad
de una sana metodología, para poder pensar de
un modo crítico.
Hay
que hacer un serio esfuerzo para confrontar, en una
fecundación mutua, las conclusiones de las filosofías
modernas con las intuiciones de Santo Tomás (cf.
LCO, n. 82). En el pasado hemos tenido hombres que han
sabido comprender el pensamiento moderno así
como la perspectiva histórica y la problemática
del Aquinatense. Pero, demasiado a menudo, la «confrontación»
era dejada a los estudiantes; una tarea difícil
que éstos raramente podían cumplir. Hace
nueve años, antes de mi llegada a Roma, comprobé
que debía cambiar mi forma de enseñar.
Estoy convencido que esta «confrontación»
debe hacerse si nuestra herencia intelectual quiere
sobrevivir.
Existe
también la necesidad urgente de una formación
continua por parte de los religiosos. Bajo este aspecto,
hay Provincias fuertes y Provincias débiles.
No podemos contentarnos con llevar el hábito
de Santo Domingo y con cantar los himnos de Santo Tomás.
En realidad se nos pide mucho más en este mundo
moderno que cambia tan rápidamente, que se va
construyendo. Tampoco podemos manifestar un aire de
superioridad, como si tuviésemos todas las respuestas,
ni actuar como si nadie tuviera algo que enseñarnos.
De hecho, tenemos mucho que aprender de los demás,
especialmente en el campo de la pastoral y de las especializaciones
apostólicas.
2. Segunda preocupación : La presencia dominicana
en el mundo actual
Nosotros realizamos las tareas más variadas y,
en general, de un modo bastante perfecto. Sin embargo,
me parece que hacemos las mismas cosas, y de la misma
manera, que hace 5, 10 ó 20 años. Es preciso
plantearnos esta cuestión, sometiéndola
a un examen serio.
¿En
qué terreno se va a construir el mundo de mañana,
que está en gestación? ¿Qué
hacemos nosotros por llegar a formar a estos jóvenes,
profesionales, parejas, estudiantes, de tal o cual esfera
social o grupo? ¿Qué papel dinámico,
ejemplar y actual juegan las parroquias, las escuelas,
las capellanías? ¿No damos, acaso, una
respuesta demasiado fácil a nuestras aspiraciones
apostólicas? ¿No buscamos evangelizar,
sobre todo, un pequeño número de personas
bien conocido, `salvar a los salvados'? Sin una reflexión
atenta sobre todo lo que hacemos, el año 2.000
tendrá un contenido totalmente nuevo. ¿Dónde
estará presente la Orden de Predicadores?
En
mis conversaciones con los religiosos, con las hermanas
y con las monjas he manifestado mi asombro ante la débil
representación de los dominicos en el campo de
la justicia social y de los mass-media, insistiendo
en la necesidad de que algunos religiosos se dediquen
a estos menesteres y adquieran una formación
adecuada.
Un
buen número de posibilidades se nos ofrecen para
servir al pobre y al oprimido: 1) ayuda directa; 2)
enseñanza de los métodos de auto-asistencia;
3) investigación de las causas de la miseria
y de la injusticia. Creo firmemente que, como dominicos,
y sin excluir las otras dos, debemos usar prevalentemente
la tercera posibilidad que exige una competencia profesional
en las materias más diversas: economía,
sociología, política, filosofía,
teología y otras muchas disciplinas. La historia
nos presenta un modelo en los esfuerzos realizados por
un Vitoria y un Las Casas, al defender la causa de los
indios oprimidos.
3. Mi tercera preocupación : la oración
Después
del Vaticano II, el aspecto cuantitativo de nuestra
oración ha sido reducido y creo que la calidad
ha salido ganando. Pero, ¿qué es de la
intensidad de nuestra oración privada?
Entre
los jóvenes se comprueba que existe una búsqueda
creciente de una vida de oración más profunda.
¿Hasta qué punto podemos satisfacer estas
aspiraciones? Basado en mis breves contactos con algunos
monasterios, estoy convencido que nuestras monjas aprecian
profundamente la oración y la vida contemplativa.
Y pienso que debemos prestar mucha atención a
su voz.
He
oído decir, por parte de algunos grupos, que
existía cierto antagonismo entre los «carismáticos»
y los «políticos» -palabra entendida
en su sentido amplio. Estos últimos acusan a
los otros de neutralizar el cambio social. ¿Hemos
reflexionado suficientemente sobre este problema para
dar una respuesta inteligente? Otros muchos aspectos
de la oración merecen ser explorados.
Durante
los dos o tres últimos años, he notado
un cambio en el tipo de hombres que piensan entrar en
nuestros conventos. Y esta impresión ha sido
confirmada en el curso de mis recientes viajes. Estos
jóvenes manifiestan el deseo de un estudio profundo
y, también, de una sólida vida de oración.
Ellos quieren vivir la vida común como una participación
de la fe. No sin cierto humor, he hablado a menudo de
los jóvenes como de «la raza nueva».
Sin
embargo, siento cierta preocupación sobre la
acogida que se les reserva. ¿Podemos recibirlos,
sin defraudarlos? ¿Podemos ofrecerles las riquezas
de la vida espiritual interior que ellos buscan? Llegan
hasta nosotros sin prejuicios ni a favor ni en contra
del pasado, que ha cambiado tanto a partir del Vaticano
II.
Como
participante en las sesiones de CIDAL, celebradas este
verano en Quito, me ha llamado la atención la
seriedad e intensidad del modo de tratar el problema
de la evangelización, por parte de los padres
y religiosas, en un propio país. He quedado especialmente
impresionado por nuestra oración comunitaria,
dos horas al día. Los actos comunes se limitaban
a la recitación de Laudes, Vísperas y
a la Misa concelebrada, pero había otros momentos
de reunión y de reflexión sobre la Escritura,
de ofrenda de las intenciones, de silencio -simple y
profundo-. Pienso que nuestra esperiencía ha
resultado también rica, debido a la presencia
de las religiosas, bien se trate de la autenticidad
y del fervor de nuestra vida de oración como
de la conciencia que ellas tienen, por su sensibilidad
natural, de los problemas concretos cotidianos y de
la condición del pobre.
Un
nuevo motivo de alegría es la comprobación
de la cooperación que existe entre los frailes
y religiosas. Espero que seguiremos adelante en esta
misma línea, puesto que nosotros tenemos mucho
que aportarnos mutuamente y, todos juntos, podremos
constituir una fuerza viva en la Iglesia y en el mundo.
Por
otra parte, hasta el presente no he encontrado más
que una pequeña cooperación de los frailes
y religiosas con los miembros de las Fraternidades seglares
de Santo Domingo, los cuales debieran ser, ante un mundo
en evolución, una ayuda y una inspiración
insustituible. Sin ellos, ¿seremos capaces de
dar al mundo de hoy esa nueva «alma» de
la que tiene necesidad y que no puede encontrar más
que en el Evangelio de Cristo?
Y
ahora, una vez que os he hecho partícipes de
estas tres preocupaciones, pido a cada dominico, a cada
religiosa, a cada monja, a cada convento, a cada monasterio,
a cada provincia, a cada congregación, a cada
fraternidad seglar con todos sus miembros, que tengáis
a bien reflexionar y buscar cómo, vosotros y
yo, unidos en este espíritu de solidaridad y
en la misma esperanza, que es ante todo oración,
podemos preparar hoy la encarnación de la Orden
de Predicadores en el mundo de mañana - el siglo
XXI -.

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