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San Domingo  Matisse
Vida intelectual, presencia en el mundo y oración
Carta dirigida a la Orden, ante la Navidad de 1975

F. Vincent de Couesnongle, O.P.

Vincent de Couesnongle, O.P. n el curso de este año, he visitado más de la mitad de las 41 Provincias y un cierto número de Vicarías de Africa y de Latinoamérica. Al mismo tiempo, la mayor parte de los asistentes, invitados por los Provinciales, han pasado unas estancias más o menos largas en sus regiones respectivas.

Durante estas visitas, que constituyen una primera toma de contacto con los centros más importantes de la Orden, he escuchado sobre todo, de boca de los mismos religiosos, cuáles son sus trabajos apostólicos, sus aspiraciones. He tenido ocasión de cambiar impresiones con los frailes, y también con las monjas y las hermanas, sobre las tres preocupaciones principales que se plantean ante la situación de la Orden, tal como me parece en este momento. Estos tres puntos expresan además no una jerarquía de valores, sino un orden de urgencia.

1. La primera preocupación : la vida intelectual

Actualmente las dos terceras partes de las Provincias no tienen un «Studium» propio, lo que significa que nuestros estudiantes siguen los cursos de filosofía y de teología en facultades con características bien diversas. Pudiera tomarse una solución inmediata: enviar a los estudiantes a otros países que cuentan con un Studium dominicano, pero hoy se subraya cómo es importante que los estudiantes cursen los estudios en su propio país, en su cultura, en su ambiente. Pienso que nuestros jóvenes tienen necesidad de una sana metodología, para poder pensar de un modo crítico.

Hay que hacer un serio esfuerzo para confrontar, en una fecundación mutua, las conclusiones de las filosofías modernas con las intuiciones de Santo Tomás (cf. LCO, n. 82). En el pasado hemos tenido hombres que han sabido comprender el pensamiento moderno así como la perspectiva histórica y la problemática del Aquinatense. Pero, demasiado a menudo, la «confrontación» era dejada a los estudiantes; una tarea difícil que éstos raramente podían cumplir. Hace nueve años, antes de mi llegada a Roma, comprobé que debía cambiar mi forma de enseñar. Estoy convencido que esta «confrontación» debe hacerse si nuestra herencia intelectual quiere sobrevivir.

Existe también la necesidad urgente de una formación continua por parte de los religiosos. Bajo este aspecto, hay Provincias fuertes y Provincias débiles. No podemos contentarnos con llevar el hábito de Santo Domingo y con cantar los himnos de Santo Tomás. En realidad se nos pide mucho más en este mundo moderno que cambia tan rápidamente, que se va construyendo. Tampoco podemos manifestar un aire de superioridad, como si tuviésemos todas las respuestas, ni actuar como si nadie tuviera algo que enseñarnos. De hecho, tenemos mucho que aprender de los demás, especialmente en el campo de la pastoral y de las especializaciones apostólicas.

2. Segunda preocupación : La presencia dominicana en el mundo actual

Nosotros realizamos las tareas más variadas y, en general, de un modo bastante perfecto. Sin embargo, me parece que hacemos las mismas cosas, y de la misma manera, que hace 5, 10 ó 20 años. Es preciso plantearnos esta cuestión, sometiéndola a un examen serio.

¿En qué terreno se va a construir el mundo de mañana, que está en gestación? ¿Qué hacemos nosotros por llegar a formar a estos jóvenes, profesionales, parejas, estudiantes, de tal o cual esfera social o grupo? ¿Qué papel dinámico, ejemplar y actual juegan las parroquias, las escuelas, las capellanías? ¿No damos, acaso, una respuesta demasiado fácil a nuestras aspiraciones apostólicas? ¿No buscamos evangelizar, sobre todo, un pequeño número de personas bien conocido, `salvar a los salvados'? Sin una reflexión atenta sobre todo lo que hacemos, el año 2.000 tendrá un contenido totalmente nuevo. ¿Dónde estará presente la Orden de Predicadores?

En mis conversaciones con los religiosos, con las hermanas y con las monjas he manifestado mi asombro ante la débil representación de los dominicos en el campo de la justicia social y de los mass-media, insistiendo en la necesidad de que algunos religiosos se dediquen a estos menesteres y adquieran una formación adecuada.

Un buen número de posibilidades se nos ofrecen para servir al pobre y al oprimido: 1) ayuda directa; 2) enseñanza de los métodos de auto-asistencia; 3) investigación de las causas de la miseria y de la injusticia. Creo firmemente que, como dominicos, y sin excluir las otras dos, debemos usar prevalentemente la tercera posibilidad que exige una competencia profesional en las materias más diversas: economía, sociología, política, filosofía, teología y otras muchas disciplinas. La historia nos presenta un modelo en los esfuerzos realizados por un Vitoria y un Las Casas, al defender la causa de los indios oprimidos.

3. Mi tercera preocupación : la oración

Después del Vaticano II, el aspecto cuantitativo de nuestra oración ha sido reducido y creo que la calidad ha salido ganando. Pero, ¿qué es de la intensidad de nuestra oración privada?

Entre los jóvenes se comprueba que existe una búsqueda creciente de una vida de oración más profunda. ¿Hasta qué punto podemos satisfacer estas aspiraciones? Basado en mis breves contactos con algunos monasterios, estoy convencido que nuestras monjas aprecian profundamente la oración y la vida contemplativa. Y pienso que debemos prestar mucha atención a su voz.

He oído decir, por parte de algunos grupos, que existía cierto antagonismo entre los «carismáticos» y los «políticos» -palabra entendida en su sentido amplio. Estos últimos acusan a los otros de neutralizar el cambio social. ¿Hemos reflexionado suficientemente sobre este problema para dar una respuesta inteligente? Otros muchos aspectos de la oración merecen ser explorados.

Durante los dos o tres últimos años, he notado un cambio en el tipo de hombres que piensan entrar en nuestros conventos. Y esta impresión ha sido confirmada en el curso de mis recientes viajes. Estos jóvenes manifiestan el deseo de un estudio profundo y, también, de una sólida vida de oración. Ellos quieren vivir la vida común como una participación de la fe. No sin cierto humor, he hablado a menudo de los jóvenes como de «la raza nueva».

Sin embargo, siento cierta preocupación sobre la acogida que se les reserva. ¿Podemos recibirlos, sin defraudarlos? ¿Podemos ofrecerles las riquezas de la vida espiritual interior que ellos buscan? Llegan hasta nosotros sin prejuicios ni a favor ni en contra del pasado, que ha cambiado tanto a partir del Vaticano II.

Como participante en las sesiones de CIDAL, celebradas este verano en Quito, me ha llamado la atención la seriedad e intensidad del modo de tratar el problema de la evangelización, por parte de los padres y religiosas, en un propio país. He quedado especialmente impresionado por nuestra oración comunitaria, dos horas al día. Los actos comunes se limitaban a la recitación de Laudes, Vísperas y a la Misa concelebrada, pero había otros momentos de reunión y de reflexión sobre la Escritura, de ofrenda de las intenciones, de silencio -simple y profundo-. Pienso que nuestra esperiencía ha resultado también rica, debido a la presencia de las religiosas, bien se trate de la autenticidad y del fervor de nuestra vida de oración como de la conciencia que ellas tienen, por su sensibilidad natural, de los problemas concretos cotidianos y de la condición del pobre.

Un nuevo motivo de alegría es la comprobación de la cooperación que existe entre los frailes y religiosas. Espero que seguiremos adelante en esta misma línea, puesto que nosotros tenemos mucho que aportarnos mutuamente y, todos juntos, podremos constituir una fuerza viva en la Iglesia y en el mundo.

Por otra parte, hasta el presente no he encontrado más que una pequeña cooperación de los frailes y religiosas con los miembros de las Fraternidades seglares de Santo Domingo, los cuales debieran ser, ante un mundo en evolución, una ayuda y una inspiración insustituible. Sin ellos, ¿seremos capaces de dar al mundo de hoy esa nueva «alma» de la que tiene necesidad y que no puede encontrar más que en el Evangelio de Cristo?

Y ahora, una vez que os he hecho partícipes de estas tres preocupaciones, pido a cada dominico, a cada religiosa, a cada monja, a cada convento, a cada monasterio, a cada provincia, a cada congregación, a cada fraternidad seglar con todos sus miembros, que tengáis a bien reflexionar y buscar cómo, vosotros y yo, unidos en este espíritu de solidaridad y en la misma esperanza, que es ante todo oración, podemos preparar hoy la encarnación de la Orden de Predicadores en el mundo de mañana - el siglo XXI -. Fin d'article


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