“Pero
él, queriendo justificarse, dijo a Jesús:
¿Y quién es mi prójimo?”
Ama
a tu prójimo como a ti mismo. Es sencillo. Pero
el doctor de la ley no queda satisfecho. Quiere una
respuesta clara, y probablemente compleja. ¡Los
hombres de leyes no tendrían nada que hacer si
las respuestas fuesen demasiado sencillas! Quiere saber
exactamente cuáles son sus obligaciones. Los
judíos reflexionaron mucho sobre quién
era el prójimo. Literalmente la palabra significa
“alguien que está cerca de mí”.
Cuanto más cercano esté, más obligaciones
tengo para con él. Algunas personas están
tan alejadas de mí que en modo alguno pueden
considerarse prójimos, y por tanto no tengo ninguna
obligación para con ellas. Esto se aplicaba sobre
todo a aquellos herejes, los samaritanos.
Para
nosotros sigue siendo una pregunta en la Europa de hoy.
¿Quiénes son nuestros prójimos?
¿Nuestras familias? Sí, ¡sobre todo
en Italia! ¿Las personas que viven cerca de nosotros?
En los pueblos es posible que sí, pero no en
las grandes ciudades donde a veces no sabemos siquiera
el nombre de los vecinos del piso. ¿La gente
de otros países de la Comunidad Europea? ¿Son
los ingleses prójimos de los italianos? Sí,
cuando se trata del Primer Ministro, ¡pero quizá
no cuando son hinchas de un equipo de fútbol!
¿A qué estamos obligados hacia ellos?
¿Y qué obligaciones tenemos para con los
inmigrantes que están llegando a Europa todos
los días por nuestras fronteras, de Europa del
Este, de Asia y de África, América? ¿Qué
decir de los inmigrantes ilegales, que huyen de la pobreza
y en ocasiones de la opresión política?
¿Son también ellos nuestros prójimos?
Como el doctor de la ley, queremos respuestas claras.
Queremos saber qué debemos hacer.
Pero
Jesús no da una respuesta clara. Se limita a
narrar una historia:
“Un
hombre bajaba de Jerusalén a Jericó…”
Las
parábolas no son ilustraciones de una tesis.
Son hechos profundos que nos transforman. Cambian de
arriba abajo nuestra vida. Un rabino judío contaba
la siguiente historia acerca de su abuelo, que fue alumno
del famoso rabino Baal Shem Tov. Decía: “Mi
abuelo estaba paralítico. En una ocasión
le pidieron que contase algo de su maestro, y narró
que el santo Baal Shem Tov tenía la costumbre
de saltar y bailar cuando rezaba. Mi abuelo se puso
de pie mientras lo contaba, y se entusiasmó tanto
que tuvo que ponerse a saltar y bailar para mostrar
a todos cómo hacía su maestro. Desde aquel
momento se curó. ¡Así es como deben
contarse las historias!” 1.
Las
parábolas de Jesús deben apasionarnos
y entusiasmarnos. Cuando nos metemos dentro de las parábolas,
nos transforman. Normalmente las parábolas de
Jesús cumplieron este fin conmocionando a los
oyentes. Normalmente, no siempre. La Señora Thacher,
por ejemplo, creía que la parábola del
Buen Samaritano era una confirmación de su liderazgo.
Es decir, el samaritano no habría podido asistir
al hombre herido si no hubiera tenido bastante dinero.
¡El samaritano representa la asistencia sanitaria
privatizada! El problema es que las conocemos de memoria
y con frecuencia no nos sorprenden. Es como escuchar
un chiste sabiendo ya cómo va a acabar. Debemos
descubrir de nuevo el sentido de la sorpresa. La parábola
del Buen Samaritano fue un escándalo para los
que la oyeron por primera vez. Necesitamos descubrir
de nuevo la capacidad de asombro de un principio.
Durante
la revolución de Nicaragua, un dominico estadounidense
ayudó a un grupo de jóvenes nicaragüenses
a representar la parábola del Buen Samaritano
durante la Misa. Los jóvenes interpretaron a
un joven nicaragüense golpeado y abandonado medio
muerto junto al camino. Un fraile dominico pasó
por allí y no hizo caso. También un ministro
de la palabra pasó de largo. Luego pasó
uno de sus enemigos, un “contra”, vestido
de militar. Se detuvo, le colocó un rosario alrededor
del cuello, le dio agua y lo llevó al pueblo
cercano. En ese momento, la mitad de la asamblea empezó
a gritar y a protestar. Era inaceptable que un ‘contra’
pudiera comportarse así. “Son gente horrible,
no tenemos nada que ver con ellos”. La Misa terminó
en un caos. Después la gente comenzó a
discutir el sentido de la parábola. Como habían
quedado impresionados, llegaron a comprenderlo con más
profundidad. Acordaron no referirse en adelante a los
otros como “los contra”, sino “nuestros
primos de Honduras”, o “nuestros primos
equivocados”. Repitieron el rito inicial del acto
penitencial, se intercambiaron el beso de paz y continuaron
la celebración de la Eucaristía. Una convulsión
así debería producir en nosotros esta
historia.
Obviamente,
lo primero que llama la atención es que sea este
hombre impuro, este hereje, el samaritano, el que ofrece
ayuda y no el sacerdote o el levita. Pero, en mi opinión,
la parábola ofrece una provocación mucho
más profunda. Una provocación a nuestra
idea de qué significa para nosotros el ser humano,
y de quién es Dios.
La
historia narra el viaje de Jerusalén a Jericó.
Yo he hecho a pie ese recorrido, por el Wadi Qelt. Son
unos 25 kilómetros, a través de una región
de desierto rocoso. Hacía tanto calor que uno
de mis acompañantes se puso mal de la cabeza.
Os advierto que era un dominico, ¡por tanto no
fue una cosa muy extraordinaria! Pero la historia se
refiere a un viaje más profundo. La palabra que
Lucas usa para “viaje” es la misma palabra
(hodos) que usa para la fe cristiana, “el camino”.
La parábola es un viaje que transforma nuestra
comprensión de Dios y de la humanidad.
“¿Quién
de estos tres te parece haber sido prójimo del
hombre que cayó en poder de los ladrones?”
El
doctor de la ley pregunta: “¿Quién
es mi prójimo?”. Al final de la historia
Jesús plantea una pregunta distinta: “¿Cuál
de los tres se comportó como prójimo del
hombre que cayó en manos de los ladrones?”
En la pregunta del doctor de la ley él se pone
en el centro. ¿Quién es su prójimo?
Pero la parábola cambia la pregunta: ahora quien
está en el centro es el hombre herido. ¿Quién
fue prójimo para él?
Este
es el viaje más radical que todo ser humano tiene
que hacer, la liberación del egoísmo.
Comenzamos este viaje de recién nacidos. El bebé
es el centro de su proprio mundo. Crecer es descubrir
poco a poco que existen otras personas y que no existen
sólo para hacer su voluntad. Detrás del
seno hay una madre. Uno llega a ser plenamente humano
cuando aprende a ceder el centro a los demás.
Para
cada uno de nosotros el reto más grande de nuestras
vidas es dejar de ser el centro del universo. Es esta
una verdad que conozco intelectualmente, pero muy difícil
de alcanzar. Creo que es particularmente difícil
en la sociedad contemporánea. La modernidad ha
consagrado la imagen del ser humano como esencialmente
solitario, desgajado de los otros, libre de deberes,
sin compromiso. Este es el ego de la sociedad de consumo.
Quizás en Italia habéis conservado una
visión más antigua y tradicional del ser
humano, gracias a Dios. Pero por todas partes en la
aldea global podemos ver los signos del triunfo de la
“generación del Yo”, de la tiranía
del ego. ¿Cómo podemos aprender a caminar,
dejando el centro a los otros?
Un
samaritano, que iba de camino, se acercó adonde
estaba (el herido) y, al verlo, se movió a compasión.
La
palabra que traducimos por “tener compasión”
es una de las más importantes del Nuevo Testamento.
Significa ser tocado en lo más profundo, en las
entrañas mismas del ser. Es la convulsión
que supone la conciencia de que existe el otro.
Se
hizo un experimento en Nueva York. Se pidió a
un grupo de seminaristas que preparasen una homilía
sobre la parábola del Buen Samaritano, como parte
de su aprendizaje para predicar. Prepararon los textos
en un edificio, bajaron y tuvieron que caminar por la
calle hasta un estudio, donde se grababa en vídeo.
En la calle un actor estaba representando a un hombre
herido que yacía en el suelo cubierto de sangre,
pidiendo ayuda. El 80 % pasaron junto a él y
ni siquiera lo vieron. Estudiaron la parábola
y prepararon hermosas palabras sobre ella, pero esto
no impidió que pasaran junto al herido y lo ignoraran.
¿Cómo podemos abrirnos al otro?
La
mayoría de los seres humanos experimentamos esta
plena conciencia de la existencia del otro de forma
muy dramática cuando nos enamoramos. Iris Murdoch,
filósofo inglés, ha dicho que enamorarse
es “para muchos la experiencia más extraordinaria
y reveladora de sus vidas, porque de repente se desplaza
de nosotros la creencia de ser el centro, y el ego soñador
y fantasioso es golpeado por la conciencia de una realidad
totalmente separada"2. Cuando nos enamoramos, dejamos
de ser, al menos de vez en cuando, el centro del universo,
y dejamos que otro ocupe ese lugar. Dejamos de ser el
sol para ser la luna.
Pero
esto no responde realmente a nuestra pregunta. ¡No
podemos enamorarnos de todos! ¡Y el samaritano
no se enamoró del hombre herido! Por consiguiente,
la pregunta es esta: ¿Cómo podemos dejarnos
conmover por las personas que apenas conocemos? El samaritano
se enternece porque ve al hombre herido. El sacerdote
y el levita también lo ven, pero no ven a una
persona necesitada de ayuda, sino una posible fuente
de impureza. Volveremos a hablar de ellos más
tarde.
El
primer reto es abrir los propios ojos para ver. Inmediatamente
antes de la parábola del Buen Samaritano, Jesús
se vuelve a los discípulos y les dice: “Bienaventurados
los ojos que ven lo que vosotros veis” (10, 23).
Cuando yo era estudiante en Oxford, decidimos abrir
un albergue para los vagabundos. Las calles de Oxford
estaban llenas de ellos, ya que los turistas son generosos.
Acordamos que el primer paso debía ser organizar
una inspección nocturna para ver cuántos
vagabundos dormían en la calle. Seis grupos de
estudiantes recorrieron todas los rincones de la ciudad.
Nos juntamos a las cinco de la mañana, ¡y
no encontramos ni un solo vagabundo durmiendo a la intemperie!
Seguramente estaban por allí en alguna parte,
¡pero no supimos mirar! ¡Eran invisibles
a nuestros ojos!
Toda
sociedad hace visibles a ciertas personas y a otras
las hace desaparecer. En nuestra sociedad son muy visibles
los políticos y estrellas de cine, cantantes
y futbolistas. Aparecen en público, en los carteles
publicitarios y en las pantallas de televisión.
Pero los pobres no se ven. Desaparecen de las listas
electorales. No tienen ni voz ni rostro. Y los inmigrantes
ilegales no pueden permitirse que se les vea. Si no
tienen los papeles en regla, deben pasar desapercibidos.
Deben aprender el arte del camuflaje.
Cuando
el Papa visitó la República Dominicana,
el gobierno hizo construir un muro a lo largo del trayecto
desde el aeropuerto al centro de la ciudad, para impedirle
que viera las chabolas donde vivían los pobres.
La gente lo llama “el muro de la vergüenza”.
¿Nos atrevemos a ver a nuestros pobres y ser
conmovidos por ellos? ¿Cuáles son los
muros de vergüenza que construimos en nuestra sociedad
para ocultar a los pobres?
Y
el samaritano “se acercó a él y
vendó sus heridas, derramando aceite y vino;
lo hizo montar en su propia cabalgadura, lo llevó
al mesón y cuidó de él. Al día
siguiente sacó dos denarios, se los dio al mesonero,
y dijo: ‘Cuida de él; y lo que gastares
de más, a la vuelta te lo pagaré”.
No
basta con dejarse conmover. Cuando voy al cine, me conmuevo
mucho y lloro con facilidad. ¡Mis amigos se sienten
incómodos al acompañarme al cine! Pero
cuando termina la película, me voy a tomar una
buena pizza y la olvido fácilmente. Todos nosotros
sufrimos por la “fatiga de la compasión”.
Vemos en las pantallas de nuestros televisores miles
de imágenes de hombres heridos y moribundos,
mujeres y niños tirados al borde de la carretera.
¿Cuál debe ser nuestra reacción
ante ellas?
Mientras
escribía estas líneas, en este preciso
instante vino a verme un obispo dominico de Guatemala.
Describió la pobreza de la gente, el sufrimiento
causado por los huracanes y terremotos, la corrupción
del gobierno y la persecución de la Iglesia.
Me conmoví profundamente. Pero cuando marchó
¡seguí preparando mi reflexión sobre
el Buen Samaritano! Es mucho más fácil
escribir meditaciones sobre parábolas que vivirlas.
Como decía (creo) Georges Bernard Shaw: “Los
que pueden lo hacen; ¡los que no pueden, enseñan!”.
La
compasión del samaritano trastoca sus planes.
Había preparado el viaje con comida, bebida y
dinero. Ahora todo eso es usado para un fin que no había
imaginado. Dos denarios era una cantidad considerable
de dinero, suficiente para pagar la pensión completa
más de tres días. Además da lo
que todavía no tiene, el dinero que espera ganar
en Jericó. Corre el riesgo de una promesa abierta,
sin poner límites.
Cuando
el doctor de la ley pregunta: “¿Quién
es mi prójimo?”, quiere concretar sus obligaciones.
Desea saber de antemano lo que debe hacer y lo que no
está obligado a hacer. Pero la respuesta del
samaritano le lleva a un terreno desconocido. No puede
saber cuánto le pedirá el posadero. Hay
un viejo chiste: “Si quieres hacer reír
a Dios, cuéntale tus planes”. La verdadera
compasión altera nuestros planes y nos lleva
por caminos inesperados. Si nos atrevemos a mirar a
los pobres, a los heridos, a los extranjeros de nuestro
alrededor, ¿quién sabe las consecuencias
que nos acarreará?
“¿Quién
de estos tres te parece haber sido prójimo del
hombre que cayó en manos de los ladrones?”
Él respondió: “El que hizo con él
misericordia”. Y Jesús le dijo: “Vete
y haz tú lo mismo”.
Ya
hemos visto que el doctor de la ley hace una pregunta
que le hace ser el centro, y Jesús replica con
una pregunta que pone en el centro a la otra persona.
Pero hay otro cambio. El doctor de la ley pregunta quién
es su prójimo. El problema de base es que ya
tenemos prójimos, pero queremos definir quiénes
son. Pero Jesús responde preguntando quién
llegó a ser prójimo del hombre herido.
El samaritano hace de sí mismo un prójimo
para aquel hombre. Crea una relación que antes
no existía.
Europa
está angustiada estos días por el miedo
al otro. Parece que los grupos neo-nazis están
creciendo en Alemania. En Inglaterra ha habido recientemente
disturbios raciales en las ciudades septentrionales
de Oldham y Leeds. Europa se siente amenazada por los
extranjeros. Dentro de toda sociedad hay miedo de los
que son diferentes, que tienen religiones diferentes,
diferente color de la piel, que visten de forma diferente,
que hablan en lenguas diferentes. La invitación
de la parábola es a hacerlos prójimos.
Helder Camara, el arzobispo de Recife en Brasil, fue
acusado más de una vez de ser comunista por su
preocupación por los pobres que viven en las
favelas de las colinas que rodean la ciudad. Decía:
“Si no subo a las colinas y no entro en las favelas
para encontrarme con ellos como hermanos y hermanas,
bajarán ellos de las colinas a las ciudades con
banderas y pistolas”.
“Ve
y haz tú lo mismo”. Estas palabras son
una invitación a construir una sociedad que aún
no existe. Una política cristiana es más
que la administración de la sociedad y la regulación
de intereses que se hacen la competencia. Una “conciencia
cristiana y nuevas responsabilidades de la política”
mira siempre al futuro. Supone proyectarse hacia una
comunidad en donde los extraños, los forasteros,
los pobres sean verdaderamente nuestros prójimos.
Apunta hacia el Reino. Al contrario del comunismo, nosotros
cristianos no creemos que podemos construir por nosotros
mismos el Reino. El Reino vendrá como un don
inmerecido y más allá de lo que imaginamos.
Pero nuestra política, al tender hacia la comunión
con el otro, abre nuestras manos para recibir ese don.
La política se ha definido como “el arte
de lo posible”. La política cristiana está
marcada por la esperanza de lo que muchos considerarían
imposible. Corremos el riesgo de tender hacia una comunión
que está más allá de nuestro alcance.
La política cristiana es el arte de lo imposible.
En
resumidas cuentas, esto significa perder las pequeñas
identidades que nos separan a unos de los otros. La
parábola nos habla de un viaje que transforma
las identidades de los protagonistas. Al hombre atacado
por los ladrones se le llama simplemente “un cierto
hombre”. No se dice si era judío o samaritano,
inglés o italiano. Él es cada uno de nosotros,
todo ser humano. Y cuando Jesús pregunta quién
llegó a ser el prójimo para el herido,
el doctor de la ley no responde: “el samaritano”.
Dice solamente: “El que tuvo compasión
de él”. También el samaritano ha
sido liberado de aquella pequeña identidad de
hereje. La historia comienza como una historia de judíos
y samaritanos y se convierte en historia de dos seres
humanos. Los únicos que mantienen su identidad
original son sólo los que pasan de largo, el
sacerdote y el levita. Dejan pasar la oportunidad de
descubrir un nuevo modo de ser humano. Caminan, pero
están inmóviles en su vieja identidad.
Hay
que amar al prójimo como a uno mismo. Esto quiere
decir mucho más que amar al prójimo tanto
como a uno mismo. Se nos invita a amar a nuestro prójimo
como parte de nosotros mismos. Amamos a los miembros
de nuestra familia como a nosotros mismos, porque son
parte de quienes somos nosotros. Somos una carne y sangre.
Amar al extranjero como a mí mismo es descubrir
una nueva identidad que me transforma. El samaritano
ejerce lo que llamamos ‘caridad’, pero en
el sentido más antiguo de la palabra 3. Hasta
el siglo XVII, al menos en inglés, “caridad”
significaba los lazos que nos unen unos a otros como
miembros del Cuerpo de Cristo. Después del siglo
XVII, con una amplia transformación del modo
de entender nuestra humanidad, llegó a significar
sobre todo el dinero que damos a los pobres. Dejó
de expresar el amor a nuestros hermanos y hermanas,
y llegó a expresar la ayuda ofrecida a extranjeros.
A
veces, cuando Helder Camara se enteraba de que un pobre
hombre había sido arrestado por la policía,
telefoneaba y decía: “Me he enterado de
que habéis arrestado a mi hermano”. Y la
policía mostraba sus disculpas: “Excelencia,
¡qué terrible error! No sabíamos
que era su hermano. ¡Lo soltaremos en seguida!”.
Y cuando el arzobispo iba a la comisaría a recoger
a aquel hombre, los policías decían: “Pero,
Excelencia, este no tiene el mismo apellido que usted”.
Y Camara respondía que toda persona pobre era
su hermano y hermana.
Por
tanto, amar a mi prójimo como a mí mismo
es ponerme en camino. El camino nos lleva no sólo
desde Jerusalén a Jericó, sino al Reino,
donde descubriré quién soy yo. Es un viaje
que me libera de todas las pequeñas auto-definiciones,
y me configura con Cristo. Como escribe San Juan: “Todavía
no ha aparecido lo que seremos, pero sabemos que cuando
(Cristo) aparezca, seremos semejantes a él, porque
le veremos tal cual es” (1 Jn 3, 2).
¿Cómo
atrevernos a emprender este viaje arriesgado hacia el
Reino? ¿Tendremos el valor de salir de Jerusalén
a Jericó? Podríamos caer en manos de ladrones
y ser abandonados medio muertos. Podríamos encontrarnos
con un hombre herido, y este encuentro cambiaría
nuestras vidas. ¿No es más seguro quedarse
en casa? En última instancia, podemos arriesgarnos
a emprender “el camino” porque Dios nos
ha precedido. Es Dios quien se ha trasladado de Jerusalén
a Jericó y podemos seguirle con seguridad.
La
parábola nos habla de la transformación
de la identidad humana. Pero más profundamente,
hay otra historia, también la transformación
de la identidad de Dios. Pero, tranquilos. Seré
breve.
Un
hombre bajaba de Jerusalén a Jericó…
Jerusalén
es la ciudad santa, el lugar donde Dios mora en el Templo.
Pero el viaje nos lleva fuera del Templo, fuera del
lugar más santo de la tierra.
El
sacerdote va también a Jericó. De hecho,
muchas familias sacerdotales vivían en Jericó
y, después de haber terminado su turno en el
Templo, hacían el mismo recorrido de vuelta a
casa. Y cuando ve el cuerpo del herido, pasa de largo.
¿Por qué? No necesariamente porque no
tenga corazón. Se describe al herido como “medio
muerto”. Se admite generalmente que el sacerdote
no podía tocar el cuerpo de esta persona medio
muerta porque se habría convertido en un impuro.
El Dios de la vida no tiene nada que ver con la muerte,
por eso a los sacerdotes del Templo se les prohibía
tocar cadáveres. El sacerdote no ve a un hombre
que necesita ayuda, sino una amenaza a su santidad.
Y el levita, que servía también en el
Templo, habría pasado de largo por la misma razón.
El
samaritano estaba totalmente alejado de la santidad
del Templo. Era hereje y cismático. Los samaritanos
incluso habían construido otro Templo. Eran la
impureza encarnada. Pero estos gestos de compasión
revelan el nuevo lugar en que se revela la santidad
de Dios. Hasta es posible que la referencia al vino
y al aceite esté aludiendo a los dos elementos
usados en los sacrificios del Templo. Todo el texto
está impregnado por la frase de Oseas (6, 6):
“Misericordia quiero y no sacrificio”. Y
el samaritano lleva al hombre a una posada. En griego
se usa una palabra sugerente con el significado de “todos
bienvenidos”. Los cadáveres no son una
amenaza a la verdadera santidad. En realidad, el Dios
de la vida puede abrazar a los muertos y darles vida.
La cruz es el verdadero Templo donde se manifiesta la
gloria de Dios.
Uno
de los funerales más conmovedores que he celebrado
fue por un hombre llamado Benedict. Murió de
sida hacia 1985. Le di la unción de enfermos
una hora antes de su muerte y le pregunté si
tenía algún deseo especial. Me replicó
que deseaba ser enterrado después del funeral
en la Catedral de Westminster. Era un tiempo en que
se sabía poco del sida y había mucho miedo
y prejuicio. Pero las autoridades de la catedral aceptaron
su petición. Se colocó el ataúd
en el centro de la catedral, en el centro del catolicismo
inglés. Fue un bello símbolo de dónde
está Dios. Benedict había sido golpeado
por una enfermedad terrible, que lleva consigo rechazo,
repulsa y miedo. Ahora, en cambio, estaba en el centro
de este lugar sagrado, rodeado por sus amigos, muchos
de los cuales también tenían el sida.
El Dios de la vida se manifiesta cuando los que están
al margen se convierten en el centro.
“¿Quién
es mi prójimo?”, preguntó el doctor
de la ley. Es una cuestión que obsesiona a la
Europa de hoy. ¿Qué obligaciones tenemos
para con los otros? Hay muchas preguntas difíciles
cuya respuesta exige un trabajo arduo. Jesús
no nos ofrece una respuesta sencilla. Y nosotros tenemos
necesidad de echar mano de los hombres de leyes y de
los políticos. Lo que hace la parábola
es cambiar el modo de plantear estas preguntas. ¿Cómo
puedo yo ser prójimo del hombre herido? ¿Cómo
puedo descubrirme a mí mismo con él y
por él? ¿Cómo puedo descubrir que
Dios está allí? Porque, en definitiva,
es Dios el que yace junto al camino, roto y extenuado,
esperándome. 
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