1.
"El mismo Jesús se acercó y siguió con ellos" (Lc 24,
15). El relato evangélico de los discípulos
de Emaús, que hemos escuchado hace un momento, constituye
la imagen bíblica que sirve de marco a esta segunda
Asamblea Especial para Europa del Sínodo de los Obispos,
que iniciamos con esta solemne concelebración eucarística
cuyo tema es: "Jesucristo, Viviente en su Iglesia, fuente
de esperanza para Europa", confiando al Señor las expectativas
y esperanzas que guardamos en nuestros corazones. Nos
hallamos en torno al altar en representación de las
Naciones del Continente, unidos por el deseo de que
el anuncio y el testimonio de Cristo vivo ayer, hoy
y siempre sean cada vez más incisivos y concretos en
todos los rincones de Europa.
Con
gran alegría y cariño ofrezco a cada uno de vosotros
mi fraternal abrazo de paz. El Espíritu nos ha convocado
para este importante evento eclesial que, enlazándose
a la primera Asamblea para Europa de 1991, concluye
la serie de Sínodos continentales preparatorios del
Gran Jubileo del 2000. En vuestras personas dirijo a
las Iglesias locales de las que procedéis mi más cordial
saludo.
2. "Ayer como hoy, Jesucristo es el mismo, y
lo será siempre" (Hb 13, 8). Como
ya es sabido, es ésta la llamada constante que resuena
en la Iglesia encaminada hacia el gran Jubileo del año
2000. Jesucristo está vivo en su Iglesia y, generación
tras generación, sigue "acercándose" al hombre y "caminando"
con él. Especialmente en los momentos de prueba, cuando
las desilusiones amenazan con hacer vacilar la confianza
y la esperanza, el Resucitado cruza los senderos del
extravío humano y, aunque no Lo reconozcamos, se convierte
en nuestro compañero de camino.
De este modo, en Cristo y en su Iglesia, Dios no deja
de escuchar las alegrías y las esperanzas, las tristezas
y las angustias de la humanidad (cfr. Const. past. Gaudium
et spes, 1), a la cual quiere hacer llegar el anuncio
de su amoroso cuidado. Esto es lo que ha sucedido en
el Concilio Vaticano II y éste es también el sentido
de las diversas Asambleas continentales del Sínodo de
los Obispos: Cristo resucitado, vivo en su Iglesia,
camina con el hombre que vive en Africa, en América,
en Asia, en Oceanía, en Europa para suscitar o despertar
en su ánimo la fe, la esperanza y la caridad.
3. Con la Asamblea Sinodal que comienza hoy,
el Señor quiere dirigir al pueblo cristiano, peregrino
en las tierras comprendidas entre el Atlántico y los
Urales, una invitación a la esperanza. Invitación que
hoy ha encontrado una particular expresión en las palabras
del Profeta: "Lanza gritos de gozo ... alégrate y exulta"
(So 3, 14). El Dios de la Alianza conoce el corazón
de sus hijos y las muchas pruebas dolorosas que las
naciones europeas han tenido que sufrir a lo largo de
este duro y difícil siglo que ya se acerca a su fin.
Él, el Emanuel, el Dios-con-nosotros, ha sido crucificado
en los campos de concentración y en los gulags, ha conocido
el sufrimiento en los bombardeos, en las trincheras,
ha padecido allí donde el hombre, cada ser humano, ha
sido humillado, oprimido y violado en su irrenunciable
dignidad. Cristo ha sufrido la pasión en las innumerables
víctimas inocentes de las guerras y de los conflictos
que han ensangrentado las regiones de Europa. Conoce
las graves tentaciones de las generaciones que se preparan
a cruzar el umbral del tercer milenio: desgraciadamente,
los entusiasmos suscitados por la caída de las barreras
ideológicas y por las pacíficas revoluciones de 1989
parecen haberse extinguido de forma rápida en el impacto
con los egoísmos políticos y económicos, y en los labios
de tantas personas en Europa afloran las palabras desconsoladas
de los dos discípulos del camino de Emaús: "Nosotros
esperábamos..." (Lc 24, 21).
En este particular contexto social y cultural, la Iglesia
siente el deber de renovar con vigor el mensaje de esperanza
que Dios le ha confiado. Con esta Asamblea repite a
Europa: "Yahveh tu Dios está en medio de ti, ¡un poderoso
salvador!" (So 3, 17). Su invitación a la esperanza
no se basa en una ideología utópica como las que en
los últimos dos siglos han aplastado los derechos del
hombre y, especialmente, los de los más débiles. Es,
por el contrario, el imperecedero mensaje de salvación
proclamado por Cristo: ¡El Reino de Dios está en medio
de vosotros, convertíos y creed en el Evangelio! (cf.
Mc 1, 15). Con la autoridad que le viene de su Señor,
la Iglesia repite a la Europa de hoy: Europa del tercer
milenio, "¡...no desmayes tus manos!" (So 3, 16), non
cedas al desaliento, no te resignes a modos de pensar
y vivir que no tienen futuro, porque no se basan en
la sólida certeza de la Palabra de Dios!
Europa del tercer milenio, la Iglesia a ti y a todos
tus hijos vuelve a proponer a Cristo, único mediador
de la salvación ayer, hoy y siempre (cfr. Hb 13,8).
Te propone a Cristo, verdadera esperanza del hombre
y de la historia. Te lo propone no sólo con las palabras,
sino especialmente con el testimonio elocuente de la
santidad. Los Santos y las Santas, de hecho, con su
existencia marcada por las Bienaventuranzas evangélicas,
constituyen la vanguardia más eficaz y creíble de la
misión de la Iglesia.
4.
Por esto, queridísimos Hermanos y Hermanas,
en el umbral del Año 2000, mientras la Iglesia entera
que está en Europa se encuentra aquí representada del
modo más digno, tengo hoy la alegría de proclamar tres
nuevas Co-patronas del Continente europeo. Ellas
son: santa Edith Stein, santa Brígida de Suecia y santa
Catalina de Siena. Europa ya está bajo la protección
celestial de tres grandes santos: Benito de Nursia,
padre de la vida monástica occidental y de los dos hermanos
Cirilo y Metodio, apóstoles de los eslavos. He querido
colocar al lado de estos insignes testigos de Cristo
otras tantas figuras femeninas para subrayar además
el gran papel que las mujeres han tenido y tienen en
la historia eclesial y civil del Continente hasta nuestros
días.
Desde sus albores la Iglesia, aún estando condicionada
por las culturas en las cuales se hallaba integrada,
ha reconocido siempre la plena dignidad espiritual de
la mujer a partir de la singular vocación y misión de
María, Madre del Redentor. A mujeres como Felicita,
Perpetua, Ágata, Lucía, Inés, Cecilia, Anastasia -como
testifica el Canon romano- ya desde los comienzos los
cristianos se dirigieron con fervor no inferior a aquél
reservado a los santos varones.
5.
Las tres santas, escogidas como Co-patronas de Europa,
están ligadas de modo especial a la historia del Continente.
Edith Stein que, proviniendo de una familia judía, dejó
la brillante carrera de estudiosa para hacerse monja
carmelita con el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz
y murió en el campo de exterminio de Auschwitz, es un
símbolo de los dramas de la Europa de este siglo. Brígida
de Suecia y Catalina de Siena, que vivieron en el siglo
XIV, trabajaron incansablemente por la Iglesia, preocupándose
por su suerte a escala europea. Así, santa Brígida,
consagrada a Dios después de haber vivido plenamente
la vocación de esposa y madre, recorre Europa de norte
a sur trabajando sin descanso por la unidad de los cristianos
y murió en Roma. Catalina, humilde e intrépida terciaria
dominica, llevó la paz a su Siena, a Italia y a la Europa
del '300; se dedicó completamente a la Iglesia, logrando
obtener el retorno del Papa desde Aviñón a Roma.
Las tres expresaron admirablemente la síntesis entre
contemplación y acción. Su vida y sus obras testimonian
con gran elocuencia la fuerza de Cristo resucitado,
que vive en su Iglesia: fuerza del amor generoso por
Dios y por el hombre, fuerza de auténtica renovación
moral y civil. En estas Patronas, tan ricas de dones
desde el punto de vista tanto sobrenatural como humano,
pueden hallar inspiración los cristianos y las comunidades
eclesiales de cada confesión, como también los ciudadanos
y los estados europeos, sinceramente comprometidos en
la búsqueda de la verdad y del bien común.
6. "¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro
de nosotros ... y nos explicaba las Escrituras?"
(Lc 24,32). Deseo de corazón que los trabajos sinodales
nos hagan revivir la experiencia de los discípulos de
Emaús los cuales, llenos de esperanza y alegría por
haber reconocido al Señor "en la fracción del pan",
retornaron sin dudar a Jerusalén para contar a los hermanos
lo que había ocurrido a lo largo del camino (cfr. Lc
24,33-35). Que Jesucristo nos conceda también a nosotros
el encontrarlo y reconocerlo junto a la Mesa eucarística,
en la comunión de los corazones y de la fe. Que nos
done el vivir estas semanas de reflexión en la escucha
profunda del Espíritu Santo que habla a las Iglesias
en Europa. Que nos haga humildes y ardientes apóstoles
de su Cruz como lo fueron los santos Benito, Cirilo,
Metodio y las santas Edith, Brígida y Catalina.
Imploramos su ayuda junto a la celestial intercesión
de María, Reina de todos los Santos y Madre de Europa.
Que de esta segunda Asamblea Especial para Europa puedan
surgir las líneas de acción evangelizadora atenta a
los desafíos y a las expectativas de las jóvenes generaciones.
¡Y que Cristo pueda ser la renovada fuente de esperanza
para los habitantes del "viejo" continente, en el cual
el Evangelio ha suscitado en los siglos una incomparable
cosecha de fe, de amor laborioso y de civilización!
¡Amén!

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